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III. El régimen interior

 

Así, en política exterior, estricta neutralidad, y en política interior, naturalmente, la más amplia libertad. ¿Cómo podía ser de otra manera? “Las relaciones entre los obreros y los campesinos de Georgia [cuenta Kautsky] son hasta el presente las mejores del mundo” (pág. 54). Del Rhin al Océano Pacífico, las insurrecciones ensangrientan al mundo y “Georgia es el único país que, con la Austria alemana, no ha sido teatro de la violencia.” ¿Y los comunistas? “Legalmente reconocidos y gozando de una completa libertad de acción”, no han podido, sin embargo, adquirir influencia alguna (pág. 65). Los socialdemócratas han obtenido en todas las elecciones una aplastante mayoría de votos. ¡He aquí, en efecto, el único país en su género, del Océano Pacífico al Rhin! No obstante, al otro lado del Rhin, fácilmente se hubiese encontrado un país parecido a no ser el principado de Mónaco, tal como lo presentan los fosilizados pensionistas de la Academia francesa.

Ante una tal costra política, uno se para de repente, paralizado, como delante de uno de esos impertinentes grabados policromados donde cada color mirado separadamente es falso y cuyo conjunto es de una falsedad que hiere a los ojos todavía más. Todo lo que conocemos de los orígenes de la Georgia autónoma y de su política exterior desmiente ya, a priori, el cuadro de pacificación general que Kautsky nos pinta por haberlo observado desde la portezuela de su vagón, entre Batum y Tiflis. La ligazón entre la política exterior y la política interior debía de manifestarse en Georgia con tanta más fuerza, puesto que ese país había nacido por un camino llano en dos etapas, de tal manera que las cuestiones que a la víspera eran para él cuestiones interiores, al día siguiente se habían convertido en cuestiones exteriores. Por otra parte, los mencheviques, con el pretexto de resolver sus problemas exteriores, habían llamado a las tropas extranjeras, en primer lugar, a las tropas alemanas, en seguida a inglesas y, de nuevo, se puede decir a priori que el general von Kress y el general Walker no han jugado un papel poco importante en la vida interior del país.

Como, según Kautsky, cuya trivialidad se convierte algunas veces en paradójica, los generales de los Hohenzollern cumplían en Georgia las altas funciones de “organizadores de las fuerzas productivas” (pág. 57), sin atentar al delicado mecanismo de la democracia, nos parece oportuno traer aquí a colación el apóstrofe amenazante de von Kress relativo a la detención de un grupo de nobles reaccionarios que intentaban organizar bandas de progromistas: “El gobierno no tiene derecho [aleccionaba von Kress al ministro Ramichvili] a considerar la política de un partirlo o de un grupo de ciudadanos sospechosos por el solo hecho de estar dirigida contra el régimen actual. Mientras que esa política no esté dirigida contra la existencia misma del estado, no se debe decir que se esté en presencia de un crimen de alta traición.” Respondiendo a esas clásicas lecciones, Ramichvili, entre otros, declaraba respetuosamente: “Yo he propuesto a los militantes de esta unión [señores terratenientes] presentarme un proyecto de mejoramiento de la situación de los mencionados nobles, lo que están en trance de hacer.” ¿Quién desempeña aquí el papel principal: el organizador de las fuerzas productivas, von Kress, o el demócrata Ramichvili? Sería difícil precisarlo. Hemos dicho ya que los oficiales ingleses se inmiscuían en la vida interior de Georgia con una insolencia aún mayor que los oficiales alemanes. Abstracción hecha de la brutalidad y de la franqueza propia de los militares, se ve que la ingerencia tanto de los alemanes como de los ingleses sigue la misma línea conservadora política y social que siguen los mencheviques desde que empezó la revolución.

La principal enseñanza sacada por Tseretelli de la experiencia de la revolución rusa era que: “la timidez y la falta de firmeza de las que había dado prueba la democracia en su lucha contra la anarquía” habían perdido a la democracia, a la revolución y al país; y en calidad de principal inspirador de la política del gobierno exigía que el Seim transcaucasiano “impusiera al gobierno el deber de luchar con las medidas más rigurosas contra toda manifestación anárquica…” (18 de marzo de 1918). Ya antes, el 15 de febrero, Jordan declaraba, en una sesión del Seim: “En nuestro país, la anarquía hace progresos todos los días… Entre la clase obrera, el estado de ánimo es favorable a los bolcheviques; incluso los obreros mencheviques están contaminados.”

Los primeros regimientos nacionales georgianos estaban imbuidos del mismo estado de ánimo. Los soldados desmovilizados llevaban el virus revolucionario a las ciudades. “Lo que pasa actualmente en nuestras ciudades [dijo Jordan] no es caso nuevo. Ha pasado lo mismo en todas (¡!) las revoluciones, en todas partes (¡!): las masas son hostiles a la democracia. Ya es hora de que pongamos fin al reinado de las ilusiones del Partido Socialdemócrata sobre el campesinado. Ya es hora de volver a Marx y montar firmemente la guardia para defender la revolución, también de la reacción campesina.”

Esta referencia a Marx es prueba de una simpleza doblada de charlatanería. Durante el periodo menchevique del que hablamos, los campesinos transcaucasianos se insurreccionaban no contra la revolución democrática, sino contra su lentitud, contra su indecisión y contra su pusilanimidad, sobre todo en la cuestión agraria. Solamente después de la victoria efectiva de la revolución agrario-democrática se desbroza terreno para las acciones contrarrevolucionarias de los campesinos soliviantados contra las exigencias materiales de la ciudad, contra las tendencias socialistas de la política económica y, finalmente, contra la dictadura del partido de la clase obrera. Si en el primer periodo de la revolución la fuerza motriz de las insurrecciones agrarias está formada por las capas inferiores de la población rural, por los elementos más oprimidos y más pobres, en el segundo periodo, por el contrario, el papel rector en las sublevaciones campesinas pasa a la capa superior de la población rural, a los elementos más ricos, a los grandes influyentes. Pero es superfluo demostrar que los mencheviques georgianos comprenden tan poco el ABC revolucionario del marxismo como sus cofrades no georgianos. Es suficiente con anotar la profunda convicción con que las masas campesinas, que forman la inmensa mayoría de la población, actuaban como bolcheviques contra la “democracia” de los mencheviques. Fiel al programa fijado por el Seim, el gobierno georgiano, apoyado en la democracia pequeñoburguesa de la ciudad y en las capas superiores de la clase obrera, por aquel entonces muy poyo numerosa, libraba una lucha sin cuartel contra las masas influencias por el bolchevismo.

Toda la historia de la Georgia menchevique no es más que una larga sucesión de insurrecciones campesinas. Estas estallaban, literalmente, en todos los rincones de este pequeño país y revestían con mucha frecuencia un carácter de extremo encarnizamiento. En ciertos distritos, el poder soviético es mantenía durante meses. Se liquidaban las insurrecciones por medio de brutales expediciones que terminaban Con ejecuciones sumarísimas ordenadas por tribunales militares compuestos por oficiales e hidalgüelos. Para darse una idea de la manera como el gobierno georgiano se comportaba con los campesinos revolucionarios, lo mejor es tomar el informe de los mencheviques abkhasianos sobre la acción del destacamento Mazniev en Abkhasia:

“Por su crueldad, por su barbarie [dice el informe presentado al gobierno georgiano] este destacamento ha sobrepasado las atrocidades del general zarista Alikhanov, de triste memoria. Los cosacos de dicho destacamento irrumpían en las apacibles aldeas abkhasianas, se apoderaban de todo aquello que tenía algún valor y violaban a las mujeres. Otro grupo de ese destacamento se ocupaba, bajo la vigilancia directa de M. Tukhareli, en destruir y arrojar bombas sobre las casas pertenecientes a personas objeto de una denuncia. Análogos actos de violencia han sido realizados en el distrito de Gudaut. El jefe del destacamento georgiano, el teniente Kupunia, ex inspector de policía de Poti, hizo tumbarse en el suelo, bajo el fuego de ametralladora, a los miembros de la Asamblea de la ciudad de Asti; después, pisando sobre las espaldas de sus víctimas, los golpeó a mandoble limpio con su sable. A continuación, ordenó a esos desgraciados agruparse y poniendo su caballo al galope se arrojó sobre ellos distribuyendo a derecha y a izquierda latigazos. Los miembros del ex Consejo del Pueblo abhkasiano, Tsukuita y Abukhav, que fueron a protestar de tal atrocidad, fueron detenidos y encerrados en un galpón... El suplente del comisario del distrito de Gudaut, teniente Grigoriadi, hacía apalear a los miembros de las asambleas rurales y nombró a su gusto los comisarios rurales, que elegía entre los viejos funcionarios zaristas más detestados por el pueblo.”

¿Acaso no es evidente que las relaciones entre los mencheviques y los campesinos, como dijo Kautsky, han sido siempre “las mejores del mundo”? Una de las consecuencias de la represión abkhasiana fue la salida de casi todos los mencheviques abkhasianos del seno de la fracción socialdemócrata (Tarnova, Bazba, Tchukhar, Kobakhia, Tsvichba, Bartssitse y Dsukuia).

En la Osetia insurreccionada, Dsugheli no se portó mejor. Como nos hemos asignado la tarea, por razones pedagógicas, de caracterizar la política de los mencheviques georgianos en la medida de lo posible por medio de sus propias declaraciones y documentos, es necesario aquí, a pesar de nuestra repugnancia a hacerlo, dar algunas citas de un libro de Valiko Dsugheli, el ex jefe de la guardia popular, el menchevique “caballeresco” del que ya hemos hablado. Estas citas serán como un trazo de acciones de Dsugheli, confesadas por él mismo, de la represión de la insurrección de los campesinos de Osetia.

“El enemigo huía a la desbandada, en desorden, casi sin resistencia. Fue necesario castigar cruelmente a aquellos traidores.”

El mismo día escribía en su diario (el libro estaba escrito en forma de diario), el relato siguiente:

“Es de noche. Por todas partes se ven hogueras. Son las casas de los insurrectos que arden. Pero ya estoy habituado a esa clase de espectáculos y casi no me conmueven.” Al siguiente día leemos:

“En todas partes, alrededor nuestro, arden las aldeas osetianas... Para servir los intereses de la clase obrera en lucha, los intereses del socialismo que se acerca, seremos crueles. Sí, lo seremos. Por eso con toda serenidad, con la conciencia tranquila, miro las ruinas y, por encima de ellas, las columnas de humo... Estoy completamente tranquilo... sí, estoy tranquilo.” Al día siguiente, por la mañana, Dsugheli escribió:

“Llamas... casas ardiendo... por el hierro y el fuego…” El mismo día, algunas horas más tarde, todavía escribió: “El fuego flamea, flamea…”

El mismo día por la tarde, continúa:

“Ahora, por todos lados hay llamas…, flamean..., flamean... llamas siniestras... Una terrible, cruel y mágica belleza... Y, dirigiendo una mirada en rededor sobre estas llamas esplendorosas en la noche, un viejo camarada me dijo tristemente: “Comprendo ahora a Nerón y al gran incendio de Roma.””

“Y los fuegos flamean, flamean por todos lados…”

Este repugnante charlatanear consolida, en todo caso, nuestra opinión sobre las relaciones entre los mencheviques y los campesinos georgianos; relaciones que no han dejado de ser “las mejores del mundo”.

Después de la evacuación de Adjar (distrito de Batum) por los ingleses, en 1922, el gobierno georgiano se vio obligado, para tomar posesión de la región, a recurrir a la artillería. En una palabra, el histrionismo neroniano de Dsugheli se puede hallar sobre todo el territorio georgiano. Tomando ejemplo de Jordan, el ministro del Interior, Ramichvili (que se ocupaba, como hemos visto, de mejorar la situación de los nobles), también recurrió a Marx para justificar el terror blanco ejercido contra los campesinos insurrectos.

No obstante, es cierto que a pesar del terror blanco disfrazado con flores retóricas, la dictadura menchevique ha sido barrida como una brizna de paja. Si los mencheviques se mantuvieron en el poder en esa época, se lo deben, no al alemán Marx, sino al alemán von Kress.

Pero lo que es una necedad supina, son las afirmaciones de Kautsky sobre la “absoluta libertad de acción del Partido Comunista Georgiano”. Se pudo contentar con decir: una cierta libertad. Pero ya conocemos la forma de Kautsky: si él habla de neutralidad, ésta no puede ser más que la neutralidad “estricta”; la libertad, para él, es “absoluta” y las relaciones no son simplemente buenas relaciones, sino “las mejores del mundo”.

Lo que ante todo sorprende, es que ni Kautsky, ni Vandervelde, ni Mrs. Snowden, ni los diplomáticos extranjeros, ni los periodistas de la prensa burguesa, ni el Times, fiel guardián de la libertad, ni el honrado Temps, ni, en una palabra, ninguno de aquellos que dieron su bendición a la Georgia democrática, no se han dado cuenta de la presencia en esa Georgia... de la Policía Especial. Sin embargo, estaba y no les disgustaba: era la Checa menchevique. La Policía Especial arrestaba a cuantos se oponían a los mencheviques, los detenía, los fusilaba. Esta policía no se diferenciaba en nada, en sus métodos terroristas, de la Checa de la Rusia soviética, en nada, excepto en sus fines. La Checa protegía la dictadura socialista contra los agentes del capital, mientras que la Policía Especial protegía un régimen burgués contra la “anarquía” bolchevique. ¡Pero precisamente por eso los honorables ciudadanos que maldecían la Checa no se daban cuenta de la existencia de la Policía Especial georgiana!

En cambio, los bolcheviques georgianos no podían por menos que sentirla, pues existía, sobre todo por ellos y para ellos. ¿Es necesario citar aquí la martirología del comunismo georgiano? Detenciones, deportaciones, extradiciones, huelgas de hambre, ejecuciones... ¿Acaso es necesario continuar? ¿Es que no basta recordar el informe respetuosamente presentado por Gueguetchkori a Denikin?:

“En lo que concierne a la actitud hacia los bolcheviques, puedo declarar que, en Georgia, la lucha contra el bolchevismo es IMPLACABLE. Empleamos todos los medios a nuestro alcance para LIQUIDAR al bolchevismo... y de ello hemos dado ya numerosas pruebas muy elocuentes.”

Esta cita merece ser escrita en el gorro de dormir de Kautsky, si no estuviera ya escrito por todas partes de inscripciones poco edificantes. Allí donde Gueguetchkori dice: los liquidamos por todos los medios a nuestro alcance, los ahogamos despiadadamente, Kautsky explica: libertad absoluta. ¿No será ya hora de someter a Kautsky mismo a una buena tutela verdaderamente democrática? Desde el 8 de febrero de 1918, todos los periódicos bolcheviques fueron prohibidos en Georgia. En esa misma época, la prensa menchevique continuaba apareciendo legalmente en la Rusia soviética. El 10 de febrero tuvo lugar un ataque armado contra los participantes en un mitin pacífico que se estaba celebrando en el jardín Alexandrivski, en Tiflis, el día de la inauguración del Seim transcaucasiano. El 15 de febrero, en una sesión del Seim, Jordan protestó contra el ambiente bolchevique que reinaba entre las masas populares e, incluso, entre los obreros mencheviques. En fin, Tseretelli que, con Kerenski, acusaba a nuestro Partido del crimen de alta traición, deploraba en el Seim, en marzo, la “timidez” y las “vacilaciones” del gobierno de Kerenski en su lucha contra los bolcheviques. Como en Finlandia, en los países bálticos y en Ucrania, las tropas alemanas fueron llamadas en Georgia para luchar contra los bolcheviques. Al representante americano que le había planteado una cuestión sobre los bolcheviques, Topuridze, el representante diplomático de Georgia, respondió: “Nosotros hemos llegado hasta el fin, los hemos aplastado. Lo que lo prueba es que de todos los países que componían la vieja Rusia... Georgia es el único de ellos donde el bolchevismo no existe.” Topuridze no es menos categórico en lo que concierne al futuro: “Nuestra república contribuirá con todas sus fuerzas y con todos los medios a su alcance a ayudar a las potencias de la Entente en su lucha contra los bolcheviques.” El jefe de las tropas británicas de la Transcaucasia occidental, general Forestier Walker, explicó a Jordan, el 4 de enero de 1919, oralmente y por escrito, que el enemigo de la Entente en el Cáucaso era “el bolchevismo, que las grandes potencias habían decidido extirpar siempre y donde apareciera”. A propósito de las instrucciones recibidas de Walker, Jordan declaró dos semanas después al general inglés Mime: “El general Walker… ha sido el primero en comprender la situación real de nuestro país.” El mismo general Milne resumió de la manera siguiente el pacto concertado entre él y Jordan:

“Nuestros enemigos comunes son los alemanes y los bolcheviques.” Todo esto, en su conjunto, creaba en verdad las condiciones más favorables para la “libertad de acción absoluta” para los bolcheviques. El 18 de febrero de 1919, Walker dio la siguiente orden (No. 99/6) al gobierno georgiano:

“Todos los bolcheviques que entren en Georgia deben ser encarcelados en Mtskhete (Cárcel de Tiflis) y bien vigilados.” Aquí se trata de los bolcheviques que huían de Denikin. Pero el 26 de febrero, Walker escribía No. 99/9: “A continuación de la conversación que he mantenido con su excelencia M. Jordan, el 20 de este mes, he llegado a la conclusión de que hay que conseguir a toda costa que en el futuro los bolcheviques no entren por ferrocarril en Georgia.” Los refugiados bolcheviques que estaban encerrados en Mtskhete, hasta cierto punto, estaban a salvo algún tiempo.

Walker “llegó a la conclusión” de que lo mejor era cerrarles la única vía de salvación que les quedaba: dejarlos que cayesen en manos de los verdugos de Denikin. Si, entre sus campañas contra las crueldades del gobierno soviético y sus ejercicios religiosos, Arthur Henderson encuentra un momento libre, debería entrevistarse sobre este particular con Forestier Walker. Sus excelencias no se limitarían a conversaciones y a cambios de misivas. Desde el 8 de abril, cuarenta y dos personas, entre las que se encuentran los comisarios soviéticos de la República de Terek, sus mujeres y sus hijos, soldados del Ejército Rojo y otros refugiados han sido detenidos por una patrulla georgiana cerca de la Fortaleza de Darial y después de insultarles y someterlos a actos de violencia, por orden del coronel Tseretelli fueron arrojados al territorio de Denikin. Jordan trata de explicar ese inocente episodio lanzando la responsabilidad exclusivamente sobre el coronel Tseretelli; pero este último no hacía más que cumplir la convención secreta concluida entre Jordan y Walker. Es verdad que el documento No. 99/9 no prevé ni los culatazos ni los bastonazos en el pecho y en la cabeza. Pero ¿cómo actuar, para arrojar a gentes extenuadas, enloquecidas de terror que buscan salvarse de una muerte segura? El coronel Tseretelli, como se ve, no ha podido asimilar mejor los preceptos de su ilustre homónimo, según el cual “la timidez y las vacilaciones de la democracia” en su lucha contra el bolchevismo podrían causar la pérdida del Estado y de la nación.

Así pues, la República georgiana estuvo desde un principio basada en la lucha contra el comunismo. Los líderes del Partido y los miembros del gobierno tenían como fin en su programa “la represión despiadada” dirigida contra los bolcheviques. A este fin estaban adaptados los órganos más importantes del estado: la Policía Especial, la Guardia Popular y la Milicia. Los oficiales alemanes y, más tarde, los oficiales ingleses, que eran los verdaderos amos de Georgia en esta época, aprobaban enteramente, desde este punto de vista, el programa socialdemócrata. Los periódicos comunistas estaban prohibidos, las asambleas las disolvían a golpes de fusil, las aldeas ocupadas por los bolcheviques eran incendiadas. La Policía Especial pasaba por las armas a los jefes bolcheviques, la cárcel de Mtskhete rebosaba de comunistas, los refugiados bolcheviques eran entregados a Denikin. Sólo en el transcurso del mes de octubre de 1919, según la declaración del ministro del Interior, más de treinta comunistas fueron fusilados en Georgia. Aparte todo eso, como lo afirma el beato optimismo de Kautsky, el Partido Comunista goza en Georgia de una “libertad de acción absoluta”.

Es verdad que, precisamente, en el momento en que Kautsky se encontraba en Tiflis, los comunistas georgianos poseían sus ediciones legales y gozaban de cierta libertad, pero de una libertad que estaba lejos de ser “absoluta”... Mas urge precisar que ese régimen provisional fue instituido después del desastre de Denikin, bajo la presión del ultimátum soviético, que fue la premisa para el tratado de paz firmado el 3 de mayo de 1920 entre la Rusia de los soviets y Georgia. Entre el mes de febrero de 1918 y el mes de junio de 1920, el Partido Comunista georgiano estuvo condenado a la clandestinidad. ¡Los soviets, pues, intervinieron en 1920 en los asuntos interiores de una “democracia” y que, además, es una democracia “neutral”!... ¡He ahí, he ahí! Es imposible negarlo. El general von Kress exigía para los nobles georgianos la libertad de acción contrarrevolucionaria. El general Walker exigía que los comunistas fuesen arrojados a la cárcel de Mtskhete y entregados de nuevo a golpes de bayoneta a Denikin. Y nosotros, después de haber derrotado a Denikin y de haberle perseguido hasta las fronteras de Georgia, exigíamos para los comunistas la libertad de acción, cuya libertad de acción no llegaría hasta la insurrección armada. ¡El mundo está lejos de ser perfecto, M. Henderson!

El gobierno menchevique se vio obligado a ceder a nuestra petición, y de liberar en una sola vez (según los datos oficiales), cerca de 900 bolcheviques[1]. Como se ve, no había muchos bolcheviques encarcelados. Pero hay que tener en cuenta la cifra de la población. Si queremos ser equitativos (pues nuestros corazones no son insensibles a la equidad de Mrs. Snowden!), y hemos tomado como base del cálculo Georgia, donde había 900 detenidos para dos millones y medio de habitantes, resulta que nosotros tenemos el derecho a encarcelar en la república soviética cerca de 45.000 mencheviques. Pues, en los periodos más penosos y más agudos de la revolución (en los cuales los mencheviques se aprovechaban siempre para intensificar su hostil propaganda), nosotros no hemos llegado jamás ni a una décima parte de esa imponente cifra. Y como sobre el territorio soviético es muy difícil de juntar 45.000 mencheviques, porque no los hay, les podemos garantizar que jamás alcanzaremos la enorme represión instituida por la democracia Jordan-Tseretelli y aprobada por las lumbreras de la II Internacional.

Así, en el mes de mayo, bajo el régimen de la guerra civil, obligamos al gobierno georgiano a “legalizar” al Partido Comunista. Los que habían sido fusilados, naturalmente no resucitaron, pero aquellos que estaban encarcelados fueron puestos en libertad. Si la democracia reviste, por así decir, formas poco democráticas, sólo fue, como vemos, bajo el puño de la dictadura proletaria. El puño revolucionario, instrumento de democratismo, es un excelente tema para vuestra predicación dominical, ¡M. Henderson! Es decir, que ¡a partir de mediados del año 1920, la política georgiana se modificó y tendió a una aproximación con los bolcheviques! Nada más lejos de la verdad. El gobierno menchevique cruzó, en la primavera de 1920, un periodo agudo de acobardamiento y capituló. Pero cuando se dio cuenta, no sin estupefacción, de que el puño que le amenazaba no caía sobre él, se dijo que había exagerado el peligro y empezó a dar marcha atrás en toda la línea.

La represión contra los comunistas se renovó. En una serie de notas de una monotonía fatigante, nuestro representante diplomático no cesó de protestar contra la suspensión de los periódicos, contra las detenciones, la incautación de los bienes del Partido, etc. Pero las protestas no surtían ningún efecto: el gobierno georgiano estaba desenfrenado: colaboraba con Wrangel, contaba con Polonia y esto hacía adivinar el desenlace... Resumamos: ¿en qué, exactamente, la “democracia” menchevique se diferenciaba de la dictadura bolchevique? En primer lugar, en que el régimen terrorista menchevique, que era una imitación servil de los métodos empleados por los bolcheviques, tenían como objetivo proteger los pilares de la propiedad privada y la alianza con el imperialismo. La dictadura soviética era, y lo es todavía, una lucha organizada para la reconstrucción socialista de la sociedad en unión con el proletariado revolucionario. En segundo lugar, en que la dictadura soviética de los bolcheviques asienta su justificación en su misión histórica y en las condiciones de su realización actúa abiertamente. El régimen menchevique, con su terrorismo y su democracia, es el bastardo de la impotencia, de la cobardía y de la mentira.



[1] La nota del ministro de Asuntos Extranjeros georgiano tiene la fecha del 30 de junio de 1920 (No. 5171). 



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