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IX - Marcha y fechas

En el curso del año transcurrido desde que este libro ha sido escrito, los acontecimientos no han seguido el itinerario de Baldwin o de Macdonald. La magnanimidad del Premier conservador ha palidecido rápidamente. Los comunistas, excluidos por Macdonald del Labour Party, son encarcelados por los jueces del Rey Jorge, que de este modo colocan al partido fuera de la legalidad. Estos mismos jueces, animando familiarmente a los jóvenes fanfarrones del fascismo, recomiendan a estos violadores de la ley que se alisten en la policía, llamada a hacer respetar las leyes. Los jueces certifican de este modo que la diferencia entre la violación fascista de las leyes y su aplicación policíaca es de forma y no de esencia. Los fascistas son unos excelentes ciudadanos, pero demasiado impacientes; sus métodos son prematuros. La lucha de clases no ha llegado todavía a la guerra civil. Macdonald y Lansbury siguen prestando sus servicios, contentando al proletariado con ayuda de las ficciones de la democracia y de los mitos de la religión. El fascismo permanece en reserva. Los políticos capitalistas comprenden, no obstante, que los métodos de la democracia no son suficientes, y Mr. Johnson Hicks, a solas consigo mismo, examina si tiene el rostro de Mussolini. La energía policíaca del Gobierno Baldwin completa necesariamente su mísero desconcierto económico. El proteccionismo del partido conservador es tan absolutamente impotente en presencia de los nuevos hechos de la vida económica, como el librecambio de los liberales. Desde el principio fue evidente que las tentativas proteccionistas tropezarían con los intereses contradictorios de las principales ramas de industria. Hace un año, sin embargo, no creíamos que el programa proteccionista degenerara en una farsa semejante. En el curso de este lapso de tiempo han sido establecidas tasas aduaneras sobre los encajes, los guantes, los instrumentos de música, las camisas de gas, los cortaplumas y el papel higiénico. La producción de estos artículos no ocupa a mucho más de 10.000 obreros, pero en cambio hay 1.231.900 mineros y 1.215.900 parados. ¿No abusa Mr. Baldwin con exceso de… la evolución gradual?

El partido liberal, cuyo naufragio es una de las más eminentes expresiones de la decadencia social de la Gran Bretaña, ha renunciado, en su mayoría, a la esperanza de ejercer el poder independientemente, y su derecha sueña con un papel moderador a la izquierda de los conservadores, en tanto que su izquierda quisiera sostener, a la derecha, a Macdonald, que cada vez tendrá mayor necesidad de su apoyo. Cuando el viejo Asquith comenta con ironía los discursos de Snowden y de Churchill, en los cuales el primero invita a los liberales a adherirse al Labour Party y el segundo a adherirse al partido conservador, tiene razón a su manera: no hay una gran diferencia entre morir lamentablemente a remolque de sus enemigos políticos o morir independiente.

El papel de la camarilla de Macdonald en el período que nos ocupa ha quedado suficientemente caracterizado por la simple yuxtaposición de los hechos. En 1924 el Gobierno Macdonald perseguía a los comunistas en virtud de una ley penal de 1797 (¡la época de la revoluci6n francesa!). A fines de 1925, Macdonald conseguía la exclusión de los comunistas del Labour Party. El ministro más reaccionario del Gobierno conservador, Benito Hicks, arriba mencionado, ha perseguido a los comunistas por aplicación de la misma ley de 1797, encerrando a los líderes del partido. Las masas obreras protestan. La camarilla de Macdonald se ve obligada también a emitir unos gruñidos indistintos, a modo de protesta. ¿Contra qué? Evidentemente, contra la concurrencia de Hicks, que les arranca su pedazo de pan.

Ni la economía ni la política de Inglaterra en el curso del año transcurrido nos dan motivos para modificar, por poco que sea, las conclusiones de nuestro libro. No tenemos por qué reaccionar de otro modo ante el rechinamiento de dientes de la prensa burguesa inglesa y sobre todo americana. “El autor enseña a los americanos y a los ingleses [clama una gaceta neoyorquina], bajo la máscara de su nuevo libro, el arte de la insurrección.” Y como no puede habérselas con el autor, la gaceta exige medidas radicales contra el libro. Está en el orden de las cosas. No hay ninguna necesidad de responder. Responderán los acontecimientos. Lo único que he aprendido de la crítica de la prensa burguesa es que Mr. Winston Churchill no es lord aún, como yo, por error, suponía, o por lo menos prematuramente.

La prensa oficial del menchevismo emplea en el fondo el mismo lenguaje, pero aquí el llamamiento a la policía burguesa contra la “propaganda de la violencia” reviste formas algo más veladas. Tampoco en este punto hay lugar de entablar una polémica. En la fase actual de los acontecimientos, la oposición de la izquierda del Labour Party nos interesa mucho más. Poco aprendemos, sin embargo, de los escritores que la representan. “Si las dementes tendencias moscovitas pueden hallar entre nosotros un terreno favorable, no será sino gracias a la avidez de nuestra burguesía y a las excesivas concesiones de los dirigentes del Labour Party”, etc., etc. Tal es el sentido de los artículos de Lansbury, de Brailsford y otros. Clichés centristas. De antemano conocemos sus ideas y expresiones. Esperar por parte de estos señores un intento de verdadero análisis de los hechos y de los argumentos, sería tanto como esperar leche de un chivo.

Felizmente tenemos en las manos un documento interesante por su carácter mucho más espontáneo, por su mayor frescor, si cabe expresarse así. Un camarada ruso, en correspondencia con militantes del movimiento obrero inglés me ha comunicado dos cartas de un miembro de la “izquierda” del P.O.I. consagradas a la crítica de este libro. Me han parecido estas cartas mucho más interesantes que los artículos de los “líderes” británicos y demás, entre los cuales unos han olvidado pensar y otros no lo han sabido nunca. No quiere decir que el autor de estas cartas razone bien. Por el contrario, es difícil imaginar caos mayor que el que reina en sus ideas, en lo cual, por lo demás, ve su autor su gran superioridad sobre los conciliadores rematados como Macdonald y los revolucionarios “dogmáticos” que nosotros somos.

Conocemos bastante bien, por la experiencia rusa e internacional, a los confusionistas de esta catadura. Si no obstante consideramos las cartas críticas de este militante de “izquierda”, no destinadas a la publicación, como más instructivas que los amanerados artículos de los profesionales del centrismo, es precisamente porque la ecléctica y concienzuda confusión de sus cartas expresa de modo mucho más directo los movimientos políticos de las masas.

Los grupos ideológicos del movimiento obrero inglés y de sus medios directores particularmente, pueden ser distribuidos en tres líneas principales. En el Labour Party (la conferencia de Liverpool lo ha demostrado de nuevo), el papel director pertenece a los derechistas. Los residuos de las teorías burguesas del siglo XIX, sobre todo de su primera mitad, constituyen la ideología oficial de estos señores, que no retrocederían ante nada por defender las bases de la sociedad burguesa. Con relación a ellos, la pequeña minoría de comunistas se sitúa en los antípodas. La clase obrera inglesa no vencerá sino hallándose bajo la dirección de un partido bolchevique. Esta clase se halla aún en la infancia, pero se desarrolla y puede desarrollarse rápidamente.

Entre estos dos agrupamientos extremos, como entre dos orillas, se extienden no pocos matices y corrientes desprovistos en sí mismos de porvenir, pero que preparan el porvenir. Los teóricos y los políticos de esta ancha tendencia media se reclutan entre los eclécticos, los sentimentales, los humanitarios histéricos y toda clase de gentes nebulosas. En unos, el eclecticismo es una vocación determinada, perfecta; en otros, una fase de desenvolvimiento. El movimiento de oposición dirigido por los hombres de izquierda, de semiizquierda y de extrema-izquierda traduce un profundo cambio social en las masas. Pero la medianía de los “hombres de izquierda” ingleses, el amorfismo de sus teorías, su indecisión política (por no decir su cobardía), aseguran el dominio de la situación a la camarilla de los Macdonald, los Webb y los Snowden, imposible a su vez sin los Thomas. Si los medios directores del Labour Party pueden ser considerados como el freno de la clase obrera inglesa, Thomas es la anilla por donde la burguesía inglesa pasa las riendas.

La etapa actual del desenvolvimiento del proletariado inglés, durante la cual su aplastante mayoría acoge con fervor los discursos de los “hombres de izquierda” y deja en el poder a los Macdonald y los Thomas, no es, naturalmente, fortuita. No puede ser saltada. El camino del partido comunista, gran partido de masas del porvenir, no pasa sólo por una lucha irreconciliable con los agentes del capital, encarnados en la camarilla Thomas-Macdonald, sino también por una acción sistemática que tienda a desenmascarar a los confusionistas de la izquierda, gracias a cuya ayuda únicamente pueden los Macdonald y los Thomas conservar sus posiciones. Y esta es la justificación del interés que concedemos a nuestro crítico de izquierda.

Inútil es decir que este crítico acusa a nuestro libro de rigidez, encuentra que la cuestión está planteada de una manera mecánica, que la realidad ha sido simplificada, etc. “Todo su libro (el mío) está penetrado de la convicción de que la decadencia de Inglaterra durará aún cuatro o cinco años (?!) antes de conducir en el interior a complicaciones serias”, cuando, según la opinión del crítico, los doce próximos meses señalarán el apogeo de la crisis, pasada la cual, “el desenvolvimiento ulterior proseguirá durante una decena (?!) de años sin grandes dificultades”. Mi crítico empieza, pues, por imputarme el pronóstico preciso de una agravación de la crisis durante cuatro o cinco años, luego le opone una predicción todavía más precisa que divide el período inmediatamente próximo de la historia de Inglaterra en dos porciones: doce meses de crisis agravada y diez años de progreso tranquilo.

La carta, con gran sentimiento nuestro, no presenta motivos económicos. No nos queda, para dar a esta predicción de un año de crisis y una década de feliz desenvolvimiento un sentido económico, sino admitir que el autor relaciona sus previsiones con las dificultades financieras actuales determinadas por el paso a la moneda de oro y por el arreglo de la cuestión de las deudas. El autor reduce evidentemente la crisis económica a una crisis de desinflación, y por esta causa le asigna una duración tan breve. Es muy probable que, vencidas las mayores dificultades de la finanza y del crédito, se produzca un cierto alivio en el mercado financiero y, por tanto, en los negocios industriales y comerciales. Pero no se puede fundar una previsión general sobre variaciones de un carácter en realidad tan secundario. Y la predicción de una década de feliz desenvolvimiento no está justificada por nada. Las principales dificultades de Inglaterra son originadas, de un lado, por la reagrupación y el desplazamiento de las fuerzas económicas y políticas mundiales; de otro, por el conservadurismo interno de la industria inglesa.

La inmensa superioridad industrial y financiera de los Estados Unidos sobre Inglaterra es un hecho cuya importancia será cada vez mayor en el porvenir. No hay ni puede haber ningún factor susceptible de atenuar las desastrosas consecuencias para Inglaterra de la incomparable superioridad americana.

El desarrollo de la técnica más reciente (en particular la creciente importancia de la electrificación) alcanza directamente a la industria hullera y, de manera indirecta, a toda la industria extraordinariamente conservadora de Inglaterra, basada principalmente en el carbón.

El desarrollo de la independencia industrial y política del Canadá, de Australia y África del Sur, que se ha manifestado después de la guerra en toda su amplitud, asesta a la metrópoli golpes reiterados. Hasta ayer fuentes de enriquecimiento, los Dominios se convierten para Inglaterra en una causa del déficit de la economía nacional.

En las Indias, en Egipto y en todo el Oriente, el movimiento nacional va dirigido en primer lugar contra el imperialismo británico. Dudamos mucho de que haya razones para esperar un retroceso en doce meses.

La existencia de la Unión Soviética (podemos dar razón en este punto a los políticos ingleses, conservadores y liberales) implica asimismo para la Gran Bretaña grandes dificultades económicas y políticas. Y tampoco aquí hay razones para pensar que estas dificultades se atenuarán en doce meses.

Si eso que se llama la pacificación de Europa continúa, el resultado será el renacimiento y el refuerzo de la concurrencia alemana. Y si a la pacificación sigue una crisis guerrera o revolucionaria, esta crisis no dejará de alcanzar a la economía británica.

El período más próximo creará, pues, al capital británico condiciones de existencia cada vez más penosas, y, por lo mismo, planteará cada vez más ásperamente ante el proletariado el problema del poder. No he fijado un plazo. La única observación en mi libro a este respecto dice que el movimiento revolucionario de la clase obrera inglesa se medirá más bien por lustros que por décadas. Bien se comprende que no he querido decir que la revolución socialista tendrá lugar dentro de cuatro años (aun cuando no me parezca excluida esta hipótesis). Mi pensamiento era que la perspectiva del desenvolvimiento revolucionario tiene que ser considerada, no para decenas de años, no para nuestros hijos o nuestros nietos, sino para la generación actual.

Heme aquí obligado a presentar una larga cita de la carta de mi crítico de izquierda: “Trotsky habla a cada momento de decenas de años. ¿Puede hablarse así a propósito de una situación económica o aun política? Yo no lo creo en ningún caso. No se puede, como en otro tiempo indicaba Trotsky mismo, asignar y fijar la fecha exacta del comienzo de la explosión revolucionaria, y aun cuando él haya más bien pretendido precisar el día (?!), yo considero imposible predecir el año (!). La revolución depende, ante todo, de los factores económicos, y los factores económicos susceptibles de obrar en favor o en contra de la revolución son en este momento, en Inglaterra, infinitamente numerosos. La revolución pudo estallar el primero de agosto de 1925, a consecuencia de la crisis de la industria hullera. La revolución podrá estallar cuando en mayo próximo

(1926) se renueve la misma crisis. La revolución puede ser precipitada por la crisis del Extremo Oriente, por la guerra, por el crac económico de otros países, por la miopía de ciertos industriales de nuestro país, por la incapacidad del Gobierno para resolver el problema del paro, por la crisis de otras industrias que la hullera, y también por la propaganda socialista entre los obreros, propaganda que aumenta sus exigencias y sus esperanzas. Cada una de estas posibilidades es perfectamente plausible en la situación actual, pero ninguna puede ser prevista ni aun un mes de antemano. El tiempo presente se caracteriza por una extrema inestabilidad económica y, por consiguiente, política; un movimiento puede estropear todo el juego. Por otra parte, el sistema existente puede sostenerse aún artificialmente durante cierto número de años. La revolución británica, si por ésta se entiende una revolución política, se coloca, pues, bajo una gran X.”

La confusión verdaderamente inconcebible de estas líneas no es la de un espíritu aislado; es, por el contrario, una confusión profundamente típica. Es la de las gentes que “de modo general” admiten la revolución, pero la temen con todas las fibras de su ser y se hallan dispuestas a justificar su temor político con ayuda de no importa qué teoría.

Examinemos, en efecto, de más cerca la argumentación del autor. Demostrando que la marcha del desenvolvimiento de una revolución y, por consiguiente, su fecha, son determinadas por numerosos factores dependientes entre sí que precipitan o aminoran la acción, no hace más que empujar puertas abiertas. De ello deduce la conclusión, indiscutible en sí, de la imposibilidad de predecir la fecha de la revolución. Pero he aquí cómo consigue formular esta noción elemental: Trotsky cree imposible prever el día de la revolución; en cuanto a él, crítico lleno de prudencia, cree imposible prever ni aun el año. Esta antítesis es pueril hasta parecer inverosímil. Puede incluso parecer que no merece ser refutada. Pero ¡cuántos hombres de extrema izquierda hay, en realidad, que no han examinado ni aun superficialmente los problemas de la revolución y para los cuales el hecho solo de pensar en el día y en el año constituye un gran paso adelante, comparable, a título de ejemplo, al paso del analfabetismo a la lectura vacilante de las sílabas!

Si en realidad pensara yo que no es imposible determinar sino el día de la revolución, sin duda me esforzaría en determinar la semana, el mes o el año. Pero no creo haberlo intentado. Me he limitado a mostrar que el desarrollo social de Inglaterra ha entrado en una fase revolucionaria. A fines del último siglo no se podía hablar de revolución en Inglaterra sino en los límites de las previsiones más generales. En los últimos años que precedieron a la guerra, ya se podían señalar diversos síntomas que anunciaban la proximidad de un viraje. Después de la guerra ha sobrevenido (y brusco) este viraje. La burguesía inglesa, oprimiendo a los trabajadores y saqueando a las colonias, condujo en el pasado a la nación hacia la prosperidad material, asegurando de este modo su dominación. Hoy no sólo es incapaz el régimen burgués de sacar adelante a la nación británica, sino que no está ni en medida de conservarle el nivel alcanzado. La clase obrera inglesa se debate entre las contradicciones de la decadencia capitalista. No hay ninguna cuestión de la vida económica (nacionalización de las minas y de los ferrocarriles, lucha contra el paro, librecambio o proteccionismo, construcción de viviendas, etc.) que no lleve en línea recta al problema del poder. Tal es la base social histórica de la situación revolucionaria. Es evidente que se trata de la lucha de las fuerzas vivas de la historia y no de la acumulación automática de magnitudes cuantitativas. Este solo hecho hace imposible el pronóstico pasivo de las etapas del proceso y de las fechas de su desenvolvimiento. Es cuestión de llevar el pulso de la economía y de la política inglesas y le seguir atentamente, sin perder de vista un minuto la perspectiva general, todas las variaciones, todos los flujos y reflujos, determinando su lugar en el proceso de la decadencia capitalista. Esta orientación general ofrece la única base de la política de un partido revolucionario, político, cuya elasticidad consistiría en tener en cuenta también las modificaciones parciales, pero sin perder de vista en modo alguno la curva directriz del desarrollo.

Evidentemente, mi crítico de izquierda ha oído decir algo (a muy otro respecto) sobre la determinación del día de la evolución, y no se ha dado cuenta de que se trataba del momento de la insurrección puesta al orden del día por la revolución. Son dos cuestiones totalmente diferentes, si bien conexas. Se trata en un caso de una previsión histórica fundamentada y de le la estrategia general que de ella se deriva; en el otro, de un propósito táctico que supone una determinación más o menos exacta de lugares y de tiempo. Nadie (excepto los procuradores británicos) pensará en decir que la insurrección armada está en este momento al orden del día en Inglaterra y que la tarea práctica consiste en precisar el plan y, por consiguiente, la fecha. Sin embargo, no será posible sino en estas condiciones hablar de uno o de varios días. En el otoño de 1923 las cosas presentaban precisamente de este modo en Alemania. No se trata de fijar ahora en Inglaterra el día de la revolución (¡estamos aún bastante lejos de ello!), sino de comprender que toda la situación objetiva la aproxima, la hace entrar en el dominio de la política educadora, preparatoria del partido del proletariado, creando al mismo tiempo las condiciones necesarias para una rápida formación revolucionaria del proletariado.

En su carta segunda aporta el mismo crítico, en apoyo de escepticismo sobre los plazos de la revolución (en realidad, sobre la revolución misma), argumentos más inesperados aún: “El dominio económico [se dice] es prácticamente ilimitado… Un nuevo invento, una nueva agrupación de fuerzas capitalistas… La otra parte advierte igualmente el peligro… En fin, América puede adoptar medidas contra el crac amenazador de Inglaterra. En una palabra [concluye nuestro crítico]: las posibilidades son muy numerosas y Trotsky se halla lejos de haberlas agotado.”

Tiene necesidad nuestro crítico de izquierda de todas las posibilidades menos de una sola: la posibilidad revolucionaria. Jugando con la realidad a la gallinita ciega, está dispuesto a asirse a no importa qué fantasía. ¿En qué sentido, por ejemplo, podría modificar un invento nuevo las condiciones sociales del desenvolvimiento de la Gran Bretaña? Desde Marx se han multiplicado los inventos, sin atenuar los efectos de la ley de concentración de la producción y de agravación de la lucha de clases; por el contrario: acentuándolos. Los nuevos inventos, en el porvenir como en el pasado, darán más ventajas a los más fuertes, es decir, no a la Gran Bretaña, sino a los EstadosUnidos. Que la otra parte advertirá el peligro y lo combatirá por todos los medios, no es discutible. Por lo demás, es precisamente la condición previa más importante de la revolución. La esperanza en la mano salvadora de América es, en fin, completamente ridícula. Es más que probable que en caso de guerra civil en Inglaterra, América intentará acudir en ayuda de la burguesía. Pero esto no significa sino que también el proletariado inglés tendrá que buscar sus aliados fuera de las fronteras del país. Nosotros creemos que los encontrará. De aquí resulta que la revolución inglesa revestirá infaliblemente un carácter internacional. Pero lo que quiere decir nuestro crítico (porque eso nosotros no lo discutimos) es otra cosa. Este expresa la esperanza de que América mejorará lo bastante las condiciones de existencia de la burguesía inglesa para ayudarla, en general, a evitar la revolución. ¡Es un hallazgo estupendo! Cada día que pasa nos demuestra que el capital americano es el ariete de la historia que, conscientemente o no, asesta los golpes más destructores a la situación mundial y a la estabilidad interior de Inglaterra. Nuestro “hombre de izquierda” no se ve por ello impedido de esperar que el capital americano se achicará amablemente en interés del capital británico. Hay que esperar evidentemente que América, para empezar, renuncie a reintegrarse la deuda de Inglaterra, restituya sin compensación al Tesoro británico los 300 millones de dólares que constituyen la reserva de la moneda inglesa, sostenga en China la política de la Gran Bretaña y hasta transmita quizá a la flota británica unos cuantos cruceros nuevos y a las firmas inglesas (con una rebaja del 50 por 100) sus acciones británicas. En una palabra, hay que esperar que el Gobierno de Washington pase la dirección de los asuntos del Estado a la A.R.A., sin incluir en esta última a los cuáqueros más filantrópicos.

¡Que los hombres que tienen ocupado el espíritu con tales quimeras se guarden de pretender dirigir al proletariado inglés!



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