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La consigna de la Asamblea Nacional en China[1]

 

 

2 de abril de 1930

 

 

 

Me parece que nuestros amigos chinos enfocan la cuestión de las consignas políticas de la democracia de manera demasiado metafísica, incluso escolástica.

Las “dificultades” comienzan con el nombre: asamblea constituyente o asamblea nacional. En Rusia utilizamos la consigna de asamblea constituyente has­ta el momento de la Revolución, porque era la que su­brayaba de la manera más enfática la ruptura con el pasado. Pero ustedes dicen que es difícil formular esta consigna en idioma chino. Si es así, pueden plantear la consigna de asamblea nacional. Para la conciencia de las masas su contenido dependerá, en primer lugar, de las implicaciones que le dé la agita­ción revolucionaria y, en segundo lugar, de los aconte­cimientos. Me preguntan: “¿Es posible hacer agitación por una asamblea constituyente a la vez que se niega su factibilidad?" Pero, ¿por qué hemos de decidir de ante­mano que no es factible? Por supuesto, las masas sólo apoyaran la consigna si la consideran factible. ¿Quién instaurará la asamblea constituyente, y cómo funcio­nará? Sólo se puede especular. En caso de un debilitamiento mayor del régimen de los militares y el Kuo­mintang y de un creciente descontento de las masas, sobre todo de las ciudades, puede ser que un sector del Kuomintang, con algún “tercer partido”, intente convocar algo que se parezca a una asamblea nacio­nal. Por supuesto, restringirán lo más posible los dere­chos de la clases y sectores más Oprimidos. Nosotros, los comunistas, ¿entraríamos en una asamblea nacio­nal así restringida y manipulada? Si carecemos de las fuerzas suficientes para reemplazarla, es decir, para tomar el poder, es obvio que entraríamos. Esa etapa no nos debilitaría en lo más mínimo. Por el contrario, nos ayudaría a reunir y desarrollar las fuerzas de la vanguardia proletaria. En esta asamblea espúrea, y sobre todo fuera de la misma, desarrollaríamos nuestra agitación por una nueva asamblea más democrática. De existir una movilización revolucionaria de masas, simultáneamente construiríamos Soviets. Es muy posi­ble que en ese caso los partidos pequeñoburgueses convoquen a una asamblea nacional relativamente más democrática, que sirva de dique de contención frente a los soviets. ¿Participaríamos en ese tipo de asamblea? Por supuesto que si; nuevamente, sólo si careciéramos de fuerzas suficientes como para remplazarla con un tipo más elevado de gobierno, es decir, con soviets. Sin embargo, esa posibilidad surge solamente en la cumbre del ascenso revolucionario. En la actualidad, tal situación es lejana.

Aunque existieran soviets en China -y no es así -, ello no constituiría por si sólo una razón suficiente para abandonar la consigna de asamblea nacional. La mayoría de los soviets podría estar -al principio esta­ría, con toda seguridad - en manos de organizaciones y partidos conciliadores y centristas. Nos convendría denunciarlos en la tribuna libre de la asamblea nacio­nal. De esta manera ganaríamos la mayoría más rápida y seguramente. Una vez lograda, contrapondríamos el programa de los soviets al programa de la asamblea nacional, agruparíamos a la mayoría del país bajo la bandera de los soviets y esto nos permitiría, en los hechos y no en las palabras, remplazar la asamblea na­cional, institución democrático-parlamentaria, con los soviets, organismo de la dictadura revolucionaria de clase.

En Rusia la Asamblea Constituyente duró un solo día. ¿Por qué? Porque apareció demasiado tarde; el poder soviético ya existía y entró en conflicto con ella. En este conflicto, la Asamblea Constituyente represen­taba el ayer de la revolución. Pero supongamos que el Gobierno Provisional burgués hubiera tenido la sufi­ciente iniciativa como para convocar la Asamblea Constituyente en marzo o abril. ¿Podía ser? Claro que sí. Los kadetes[2] emplearon todas las artimañas legales para postergar la convocatoria de la Asamblea Consti­tuyente con la esperanza de que la marea revolucio­naria entrara en reflujo. Los mencheviques y los social-revolucionarios siguieron a los kadetes. Si los mencheviques y los social-revolucionarios hubieran tenido un poco más de iniciativa revolucionaria, habrían podido convocarla en pocas semanas. ¿Habríamos par­ticipado los bolcheviques en las elecciones y en la pro­pia asamblea? Sin duda, porque éramos nosotros los que exigíamos que se convocara la Asamblea Constitu­yente lo antes posible. Una temprana convocatoria a la asamblea, ¿habría alterado el curso de la revolución en detrimento del proletariado? De ninguna manera. Tal vez ustedes recuerden que los representantes de las clases poseedoras rusas y, a la zaga de ellos, los conci­liadores[3], estaban a favor de postergar la resolución de todos los problemas importantes de la revolución, “hasta la Asamblea Constituyente”, mientras demoraban la convocatoria de esta. Esto les daba a los terrate­nientes y capitalistas la oportunidad de enmascarar hasta cierto punto sus intereses de propietarios en la cuestión agraria, la cuestión industrial, etcétera. Si se hubiera convocado a la Asamblea Constituyente, diga­mos, en abril de 1917, la misma habría tenido que en­frentar todos los problemas sociales. En ese caso las clases poseedoras se habrían visto obligadas a poner todas sus cartas sobre la mesa; el papel traidor de los con­ciliadores habría salido a luz. El bloque bolchevique de la Asamblea Constituyente habría ganado gran popula­ridad y esto los habría ayudado a ganar la mayoría en los Soviets. En tales circunstancias la Asamblea Consti­tuyente no habría durado un día sino, quizás, varios meses. Esto habría enriquecido la experiencia política de las masas trabajadoras, y antes que retrasar la re­volución proletaria la habría adelantado. Este hecho habría tenido una importancia enorme. De haberse producido la Segunda revolución en julio o agosto en lugar de octubre, el ejército hubiera estado menos exhausto y debilitado en el frente, y la paz con los Hohenzollern quizás nos habría resultado un poco más favorable. Aun suponiendo que la Asamblea Consti­tuyente no adelantara la revolución proletaria un solo día, la escuela de parlamentarismo revolucionario habría dejado su marca en el nivel político de las masas, facilitando así nuestras tareas al día  siguiente de la Revolución de Octubre.

¿Se puede dar esta variante en China? No está excluida. Imaginar y esperar que el Partido Comunista Chino salte de las actuales circunstancias -caracterizadas por el gobierno de camarillas militares-burguesas desenfrenadas, la opresión y atomización de la clase obrera y el tremendo reflujo del movimiento campesino- a la toma del poder, es creer en milagros En la práctica eso conduce a la actividad guerrillerista aventurera, que la Comintern apoya bajo cuerda. Debemos repudiar esta política y advertir a los obreros revolucionarios al respecto.

En las circunstancias actuales -de contrarrevolu­ción militar-burguesa- la primer tarea que debe resolverse es la movilización política del proletariado, que dirija a las masas campesinas. La fuerza de las masas oprimidas reside en su cantidad. Cuando despierten trataran de expresar políticamente esa fuerza numérica mediante el sufragio universal. El puñado de comunistas ya sabe que el sufragio universal es un instrumento de la dominación burguesa, y que esa dominación sólo puede liquidarse por la dictadura proletaria. Ustedes pueden educar desde ya a la vanguardia proletaria en esta convicción. Pero los millones de trabajadores sólo se acercaran a la dictadura del proletariado a través de su propia experiencia política, y la asamblea nacional seria un paso más en esa senda. Por eso levantamos esta consigna junto con otras cuatro consignas de la revolución democrática: entrega de la tierra a los campesinos pobres, jornada laboral de ocho horas, independencia de China y derecho a la auto-determinación para las nacionalidades que habitan el territorio chino.

Se entiende que no podemos descartar la perspec­tiva -teóricamente admisible- de que el proletariado chino, a la cabeza de las masas campesinas y apoyándose en los soviets, llegue al poder antes de que se constituya una asamblea nacional, cualquiera que sea su forma. Pero en el período inmediato esto resulta improbable, porque supone la existencia de un partido revolucionario del proletariado, poderoso y centrali­zado. Ante la falta de éste, ¿qué otra fuerza unificará a las masas revolucionarias de ese gigantesco país? Mientras tanto, debemos lamentar que en China no haya un partido comunista fuerte y centralizado; es necesario crearlo. La lucha por la democracia es preci­samente la condición necesaria para ello. La consigna de asamblea nacional uniría a los movimientos e insurrecciones regionales dispersos, les daría unidad política y sentaría las bases para la formación del par­tido comunista como dirigente del proletariado y de todas las masas trabajadoras a escala nacional.

Por eso se debe levantar la consigna de asamblea nacional -en base al voto universal, directo, igualitario y secreto- lo más enérgicamente posible y librar una lucha valiente y resuelta en torno a ella. Tarde o temprano la esterilidad de la posición puramente nega­tiva de la Comintern y de la dirección oficial del Partido Comunista Chino saldrá inexorablemente a la luz. Esto ocurrirá con más rapidez, cuanto más resueltamente la Oposición de Izquierda comunista inicie y desarrolle su campaña por consignas democráticas. El derrumbe inevitable de la política de la Comintern fortalecerá enormemente a la Oposición de Izquierda y la ayudará a convertirse en la fuerza decisiva en el proletariado chino.



[1] La consigna de asamblea nacional en China, The Militant, 14 de Junio de 1930. Carta dirigida a la oposición china.

[2] Los Kadetes (Partido Constitucional Democrático, liberal-burgués), querían una monarquía constitucional en Rusia.

[3] El término conciliadores era empleado por los bolcheviques en 1917 para referirse a los mencheviques, social-revolucionarios y otros izquierdistas que apoyaban al Gobierno Provisional capitalista y trataban de atemperar la lucha de clases en su contra.



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