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La crisis en la Oposición de Izquierda alemana[1]

 

 

17 de febrero de 1931

 

 

 

Carta a todas las secciones de la Izquierda Internacional

 

La Oposición de Izquierda Internacional se desarro­lla en medio de profundas crisis que arrojan en brazos del pesimismo a los pusilánimes y a los miopes. En rea­lidad, estas crisis son absolutamente inevitables. Basta con leer atentamente la correspondencia de Marx y Engels o estudiar seriamente la historia del Partido Bolchevique para comprender qué difícil, complejo y con­tradictorio es el proceso de formar cuadros revoluciona­rios.

Así como el primer capítulo de la Revolución Rusa (1917-1923) dio un poderoso impulso a las tendencias revolucionarias del proletariado mundial, el segundo capítulo (después de 1923) sembró una confusión terri­ble en las filas de los obreros revolucionarios. Cuando pasamos revista a todo este período nos vemos obligados a decir: sólo un horrendo terremoto puede provocar en la cultura material una devastación tan colosal como la que la conducta administrativista de los epígonos provocó en los principios, ideas y métodos del marxismo.

Le corresponde a la Oposición de Izquierda reanudar el hilo de la continuidad histórica en la teoría y la política marxistas. Sin embargo, los distintos grupos de la Oposición de izquierda surgieron bajo la influencia de los más diversos factores nacionales, provinciales y puramente personales y, con frecuencia, cada uno educó a sus cuadros en un espíritu diferente, a veces incluso opuesto a los demás grupos.

No tenemos que cerrar los ojos ante los hechos. Debemos decir con franqueza: muchos grupos y grupúsculos de oposición son una caricatura del partido oficial, Poseen todos sus vicios, a veces exagerados, pero no sus virtudes, aunque éstas sólo sean condicionadas por la fuerza numérica de los obreros que agrupa aquél.

El ejemplo más acabado de una "Oposición de Izquierda" negativa es indudablemente el austríaco. En mi trabajo La crisis austríaca y el comunismo[2] intenté hacer una reseña de la fuerza y el poder de resistencia de la socialdemocracia austríaca. Es imposible volver aquí sobre este tema. De hecho, el Partido Comunista Austríaco, que hizo todo lo posible por ayudar a la socialdemocracia, lleva una existencia lamentable en la trastienda del movimiento obrero. Todos los males que aquejan a la Internacional Comunista encuentran en el su expresión más aguda. Los grupúsculos de oposición del partido austríaco ‑sin una base internacional bajo sus pies, sin método internacionalista en su cabeza, sin contactos con las masas, con los ojos fijos en un mezquino horizonte austríaco‑ degeneran muy rápidamente en camarillas sin principios. Estos grupos entran y salen de la Oposición Internacional como si fuera un café.

En este sentido, la suerte del grupo Mahnruf es muy aleccionadora. Todo militante de la Oposición, no sólo en Austria sino también en los demás países y sobre todo en Alemania, debe meditar sobre la escandalosa historia de este grupo. En el transcurso de los últimos dos años tuve la oportunidad de observarlo a través de su prensa y de la correspondencia con sus representantes. Su evolución ha sido la siguiente: 1) primero se declaró, con pasión conmovedora, partidario de la Oposición rusa; 2) después, inesperadamente, declaró que no adheriría a ninguna fracción internacional; 3) luego trató de unificar a todos los grupos, incluidos los de la derecha; 4) posteriormente disolvió su bloque con los brandleristas y nuevamente le juró su lealtad a la Oposición Internacional; 5) más adelante aprobó ‑en las palabras para provocar la unificación, pero en los hechos como medida de supervivencia- una plataforma al estilo del camarada Landau; 6) el paso siguiente fue repudiar la plataforma del camarada Landau y aprobar la plataforma capituladora del camarada Graef; 7) por último se separó del camarada Graef y declaró nuevamente su coincidencia con la plataforma de la Izquierda Internacional. Siete virajes ideológicos en dos años, algunos de los cuales duraron tan sólo un par de días. Indudablemente, en este grupo milita un puñado de obreros honestos aunque confundidos. Pero nosotros debemos tomar al grupo en su conjunto, con su dirección y su "tradición". ¿Podemos depositar la menor confianza en él? ¿Podemos permitir que semejantes grupos penetren en la Izquierda Internacional?

A la vez que cambia de posición en lo que hace a los problemas fundamentales del marxismo, el grupo Mahnruf despliega una energía sin precedentes para salvar a su dirección, y no se detiene ante los ardides más venenosos.

Por deplorable que resulte perder el tiempo propio Y ajeno en estas bagatelas, es necesario utilizar las experiencias lamentables del grupo Mahnruf, de la misma manera que usamos una vacuna para prevenir una enfermedad. Formulo un ejemplo que, para mí es decisivo.

Uno de los militantes del grupo Mahnruf, un tal K, se pasó al grupo de Frey (que es un poco más numeroso y no tiene en su haber tal cantidad de oscilaciones, pero también se encuentra bastante lejos de nosotros). Bastó que K pasara de un grupo a otro para que el grupo Mahnruf, lo tachara de provocador y acusara al grupo de Frey de defender a un provocador. ¿Pruebas? ¡Ninguna! Las organizaciones revolucionarias rusas, que durante varias décadas sobrellevaron una existencia clandestina, tuvieron abundantes experiencias en el terreno de la lucha contra la provocación, sospecha, acusación, infiltración, etcétera, y no era raro que se polemizara sobre esto entre las distintas fracciones (bolcheviques, mencheviques, social‑revolucionarios, anarquistas, etcétera). Pero me resulta difícil recordar un solo caso de algún grupo que jugara tan criminalmente con acusaciones graves como lo hace el Mahnruf. Desde el punto de vista de la supervivencia revolucionaria de la organización, para nosotros no tiene absolutamente la menor importancia que el grupo Mahnruf creyera o no en la veracidad de sus propias acusaciones contra K o el grupo Frey (en todo caso, jamás podrían creer en la veracidad de la segunda acusación). En ambos casos, observamos la carencia absoluta de moral revolucionaria y de sentido de responsabilidad política. Estos síntomas nos bastan para decir que estamos ante una combinación de irresponsabilidad y cinismo, rasgos que son muy característicos de las sectas que tienen un cincuenta por ciento de comunista y un veinticinco por ciento de bohemia comunista pero se diferencian totalmente de la psicología del revolucionario proletario. Si en Viena hubiera grupos auténticamente revolucionarios, que libraran una lucha ideológica seria, tendrían que expulsar unánimemente de sus filas, por encima de sus diferencias, a esos elementos que envenenan la fuente de la revolución. Eso ayudaría mucho más a la educación revolucionaria de los camaradas más jóvenes que las bravatas polémicas sin principios de los periodistas que se disfrazan de "intransigentes".

La organización revolucionaria selecciona y educa a la gente para las grandes luchas, no para las intrigas entre camarillas. Eso impone enormes responsabilidades a los cuadros y aun más a los "líderes ", o a quienes aspiran a un puesto en la dirección. Los momentos de crisis, por dolorosos que sean, tienen su importancia política para toda organización, ya que revelan el verdadero carácter político de sus militantes: qué espíritu los anima, en nombre de quién luchan, cuál es su poder de resistencia, etcétera.

Naturalmente, la caracterización política de los individuos sobre todo de los más jóvenes, en la mayoría de los casos no es definitiva. Las personas pueden aprender de sus experiencias, reprimir ciertas características, desarrollar otras. Sin embargo, es precisamente en aras de esa educación colectiva que la Izquierda Internacional en general y las diversas secciones nacionales en particular deben fomentar con ahínco el desarrollo de cada uno de sus militantes, sobre todo de los obreros que ocupan puestos de responsabilidad; y deben redoblar su atención a este aspecto en tiempos e crisis. No pueden permitir que queden impunes los que juegan con los principios, los que caen en la irresponsabilidad periodística, en la flojedad moral y en una falsa "intransigencia" por capricho personal. Sólo así, la organización podrá protegerse de sorpresas catastróficas en el futuro. El espíritu del círculo de compinches (hoy por tí, mañana por mí) es la más repugnante de las enfermedades organizativas. Con los compinches se puede agrupar una camarilla, pero no una fracción internacional de compañeros. Ese es el sentido de la resolución del Secretariado Internacional que considera a ambos grupos austríacos indignos de pertenecer a la Izquierda Internacional. Todos saben que el grupo de Frey se separó de la Oposición Internacional por propia voluntad, tras llegar a la conclusión de que su camino no coincidía con el nuestro. Todas las acciones del grupo Mahnruf demuestran en forma concluyente que es un cuerpo extraño entre nosotros. Creo que todas las secciones deberán apoyar unánimemente esta propuesta del Secretariado para transformarla en una decisión definitiva[3].

La situación alemana se diferencia tajantemente de la austríaca, aunque sólo sea por que allí existe un poderoso Partido Comunista. Sin embargo, cuando hacemos el balance de la historia de Alemania a partir de 1914, debemos decir que el Partido Comunista actual es el más débil de cuantos hubieran podido conformarse en las condiciones excepcionales del proceso alemán. Las condiciones objetivas obraron en favor del comunismo; la dirección partidaria en contra. El resultado: un partido profundamente conmocionado, desilusión y desconfianza hacia la dirección, el escepticismo que reina en todas partes, etcétera. Todo esto origina, en el seno de la clase obrera, a una masa de elementos descontentos, que protestan en forma dispersa, algunos totalmente fatigados, agotados (sólo una revolución los reflotará), mientras otros mantienen su vitalidad revolucionaria pero no pueden encontrar una línea correcta y una dirección digna de confianza. Debemos agregar: no sólo la historia del partido en su conjunto sino también la de su fracción de izquierda está llena de contradicciones, oscilaciones, errores y desilusiones; de ahí el gran número de sectas, con sus conocidos anatemas "contra" la participación en los sindicatos, "contra" el parlamentarismo, etcétera. Eso significa que debemos construir la Oposición de Izquierda sobre un terreno plagado de los vestigios y despojos de viejos fracasos. En estas condiciones, el papel de la dirección reviste una importancia excepcional.

Los obreros de izquierda, con mentalidad crítica, tanto dentro como fuera del partido, no le exigen en la actualidad a la dirección la infalibilidad política ‑que es imposible‑ sino, sobre todas las cosas, abnegación revolucionaria, firmeza personal, objetividad revolucionaria, honradez. Estos criterios, que antes se daban por sentados en el partido revolucionario, adquieren hoy una importancia excepcional en vista de la decadencia burocrática de los últimos años: dirigentes elegidos desde arriba, empleados de aparato contratados como un negociante contrata a sus secretarios, funcionarios del Partido que cambian sus posiciones, reprimen o mienten cuando se les ordena hacerlo, etcétera.

No es imposible que este proceso de desintegración alcance a sectores intermedios de la oposición, ya que ésta, sobre todo en sus primeras etapas, no sólo atrajo a revolucionarios sino también a toda clase de arribistas. Esto a su vez suscita un sentimiento de indiferencia escéptica entre los obreros oposicionistas en lo tocante a la cuestión de la dirección: "Todos son más o menos arribistas pero uno, por ejemplo, sabe escribir artículos, mientras que el otro ni siquiera sabe eso." Así se explica, en primer término, por qué tantos obreros con espíritu crítico pueden aceptar el régimen partidario: ¡no conocen otro! En segundo lugar, por qué la mayoría de los obreros oposicionistas permanecen fuera de la organización. En tercer lugar, por qué dentro de la Oposición los obreros menos pretenciosos aceptan la presencia de intrigantes, pues los consideran "especialistas" como un mal inevitable, con la misma actitud del obrero ruso hacia los ingenieros burgueses. Todo esto es resultado, por un lado, de grandes derrotas, y por el otro, del régimen burocrático en desintegración.

La Oposición alemana no se desarrolla en el vacío. En el curso de los dos últimos años he podido observar, no sólo en la Leninbund sino también en la organización de los bolcheviques leninistas, métodos que no tienen absolutamente nada en común con el régimen que debe imperar en una organización proletaria revolucionaria. Más de una vez me pregunté con asombro: ¿creerán que éstos son los métodos de educación bolchevique? ¿Cómo es posible que los inteligentes obreros alemanes toleren en su organización la deslealtad y el absolutismo? Traté de manifestar mis objeciones a través de cartas dirigidas a distintos camaradas, pero me he convencido de que los fundamentos, que en mi opinión debían ser elementales para cualquier revolucionario proletario, no despertaban ecos entre algunos dirigentes de la Oposición que desarrollaron decididamente una psicología conservadora muy definida, la cual puede caracterizarse de la siguiente manera: una susceptibilidad extrema, frecuentemente enfermiza, frente a todo lo que concierne al círculo propio, y una soberana indiferencia en relación a todo lo que concierne al resto del mundo. A través de las cartas y circulares, sin mencionar nombres, o para no herir el amor propio de los camaradas más jóvenes, traté de llamar la atención sobre la necesidad de una revisión completa del régimen interno de la Oposición de Izquierda. No tropecé con la menor objeción; al contrario, encontré exactamente las mismas expresiones en la prensa de la oposición alemana. Sin embargo, en la práctica se hacía lo contrario. Cuando volví a abordar en la correspondencia la cuestión de esta incongruencia, sólo encontré fastidio.

Durante un año entero continuaron estos intentos de fijar determinadas normas sin provocar una crisis organizativa aguda. En ese lapso, los camaradas cuya política me parecía la más peligrosa se ocuparon principalmente de consolidar las posiciones de su camarilla. Sus esfuerzos se vieron coronados, en cierta medida, por el éxito... a expensas de los intereses ideológicos y organizativos de la Oposición alemana. En el trabajo general de ésta es posible observar cierta falta de iniciativa, estancamiento, relajamiento. No obstante, se está librando una lucha feroz por la supervivencia de su camarilla dirigente. Esto conduce, en última instancia, a una profunda crisis interna, cuya base está constituida por la contradicción entre las crecientes necesidades de desarrollo de la Oposición de Izquierda y las tácticas conservadoras de su dirección.

En el curso de los últimos años recibí de Sajonia, Berlín y Hamburgo una serie de comunicados y documentos sumamente inquietantes, así como el insistente pedido de que la Oposición Internacional intervenga en la crisis alemana. Estas son las circunstancias que me obligan a desarrollar una serie de cuestiones vinculadas a esta crisis para someterlas al juicio de todas las sec­ciones de la Izquierda Internacional.

Uno de los representantes más acabados de este conservadurismo camarillesco es el camarada Landau. Su escuela es la típica escuela "austríaca", en el sentido que explicamos más arriba. Landau es el funda­dor, maestro y protector del grupo austríaco Mahnruf. Hemos visto a este grupo en acción. Es capaz de sacri­ficar sus ideas, mas no sus dirigentes. El mero hecho de que Landau haya resuelto constituirse en defensor del grupo Mahnruf en las filas revolucionarias y exigir para él un lugar prominente en la Oposición es de por sí elocuente. Que esta gente se alinee con Brandler hoy, con nosotros mañana, con Graef después y vuelva por fin a ocupar el lugar que dejaron vacío; que esta gente haya luchado con armas envenenadas para volver a ocupar su lugar vacío en la Oposición de Izquierda: todos estos hechos pueden haber sido "errores" (Landau lo reconoce ahora), pero esos errores pasan a un segundo plano porque sus autores constituyen la clientela política de Landau. Este es, en verdad, el retrato de una camarilla, de un grupo que se preocupa por las personas, no por las ideas[4].

La posición del camarada Landau respecto de la cuestión francesa no es menos errónea, dado que, desgraciadamente, al obrero alemán le resulta más difícil mantenerse al tanto de la lucha ideológica desde Alemania que desde Austria.

El sindicalismo es, en la actualidad, la variedad específicamente francesa del oportunismo. En Francia, aquéllos que se alejan del comunismo y la revolución proletaria tienden a caer con mayor frecuencia y faci­lidad en el sindicalismo. Reconocer y desenmascarar el contenido oportunista que se oculta tras esta forma es la primera tarea de los comunistas franceses. La vieja dirección de la Liga francesa no lo hizo, a pesar de las advertencias y los consejos, lo que provocó la formación de una tendencia semisindicalista en el seno de la Liga, la cual, con su trabajo sindical, se convirtió en un muro impuesto entre la Liga y los sindicatos en lugar de esta­blecer vínculos entre ambos. Como consecuencia, el crecimiento de la Liga se vio frenado durante varios meses. El camarada Landau tenia oportunidad de mantenerse al tanto de los acontecimientos de la crisis francesa, dado que lee francés y colabora con la prensa francesa. Por mi parte, insistí en una serie de cartas que se familiarizaran con la crisis francesa y volcaran sus experiencias alemanas para ayudar a los camaradas franceses. ¡En esto reside, en efecto, el internaciona­lismo en la práctica! Sin embargo, como Landau mante­nía vínculos personales con el sector francés que desa­rrollaba una política errónea, le impidió sistemática­mente a la Oposición alemana elaborar una posición correcta respecto de esta cuestión fundamental. Hasta el día de hoy la dirección alemana sigue con su política de ocultar, embrollar y tergiversar los hechos relativos al problema francés. ¡Más aún! El camarada Landau no deja de aprovechar la menor oportunidad para atacar a la nueva dirección de la Liga, que trata de corregir viejos errores. ¡Esta es la verdad, sin adornos, que todo obrero de la Oposición comprenderá mañana!

La política de camarilla, la política de los vínculos y maniobras personales, se nos revela de manera todavía más burda cuando observamos el comportamiento del camarada Landau con los miembros de la Oposición de Izquierda alemana, e incluso con las organizaciones obreras, que osan criticar sus acciones.

La organización de Leipzig es la más poderosa y activa de la Oposición de Izquierda alemana. Sus rasgos positivos son indiscutibles: una lucha persistente y exitosa por penetrar en las filas del partido, objetividad proletaria, iniciativa en los aspectos organizativos. Se trata, justamente, de las cualidades que le faltan a la Oposición hasta el momento. Precisamente por eso, porque pudo adquirir conciencia de su crecimiento y pararse sobre sus propios pies, la organización de Leip­zig manifestó su anhelo de independencia y exigió un lugar para sus documentos en el periódico de la fracción, y no toleró las órdenes perentorias de la cúpula. No debemos olvidar que, si somos centralistas, somos centralistas democráticos, que empleamos el centralismo para bien de la causa revolucionaria, no para cimentar el "prestigio" de los líderes. Quien conoce la historia del Partido Bolchevique sabe que las organizaciones locales gozaban de una amplia autonomía, publicaban sus propios periódicos y, cuando lo consideraban oportuno, criticaban, abierta y acerba­mente al Comité Central. Si éste, en caso de surgir diferencias principistas, hubiera tratado de disolver las organizaciones locales o privarlas de su prensa (su pan de cada día) antes de que el partido hubiese tenido oportunidad de pronunciarse, semejante Comité Cen­tral se habría autoanulado. Naturalmente, en caso de necesidad el Comité Central bolchevique podía dar órdenes. Pero la subordinación al Comité era posible gracias a que todos sabían de su lealtad absoluta con todos los militantes del partido, así como de la dispo­sición constante de la dirección a someter todas las polémicas importantes a la consideración del partido. Por último, y lo más importante, el Comité Central gozaba de una autoridad teórica y política colosal, ganada gradualmente a través de los años, no con órde­nes, no con gritos, no con la represión sino mediante una conducción acertada, demostrada en la práctica, a través de grandes acontecimientos y luchas.

La desgracia del Ejecutivo berlinés, dirigido por el camarada Landau, es que no tiene, y no podía ganar la menor autoridad. Basta con recordar que este Ejecu­tivo convocó a una conferencia en octubre, la cual fue un rotundo fracaso, ya que no aprobó ninguna resolución sobre cuestiones importantes. ¡No existen muchos ejemplos parecidos en la historia de las organi­zaciones revolucionarias! La debilidad del Ejecutivo en lo que atañe a los problemas de la auténtica conduc­ción revolucionaria es evidente, en si misma, es totalmente comprensible. La falta de preparación y expe­riencia sólo se puede superar con tiempo. Sin embargo, el gran error del Ejecutivo, y del camarada Landau en particular, reside en que cuanto menores son sus apor­tes a la organización, mayor es la obediencia ciega que le exige.

En mi carta anterior cité la resolución del Ejecutivo, aprobada el 13 de enero, en virtud de la cual, en todo lo que atañe a la política de la Liga francesa -que no es un problema que concierne a la actividad práctica inme­diata en Alemania sino a una polémica principista inter­nacional-, se ordena a todos los militantes de la organización que no expresen sus propias posiciones sino las del Ejecutivo. ¿Qué posiciones? ¿Las que el Ejecutivo no tiene? Recién ahora empieza a elaborarlas. Leí y releí la resolución, una y otra vez, y me restregué los ojos. Y hasta el día de hoy debo recordarme que no se trata de un mal chiste sino de un hecho. Este ejemplo nos permite, mucho mejor que cualquier artículo periodístico, penetrar en la mentalidad de más de un diri­gente de la Oposición. Cuando un hombre hace celebrar una misa por el alma de su padre fallecido, puedo afir­mar, con certeza, sin conocer otros datos, que este hombre no tiene nada que ver con el materialismo. Asimismo, cuando leo la resolución del Ejecutivo alemán que, sobre la cuestión francesa, prohibe a los militantes expresar posiciones contrarias a las del camarada Landau quien todavía no ha tenido tiempo de reflexionar sobre el asunto, debo afirmar: he aquí una combinación de orgullo periodístico y burocratismo prematuro tan estéril y absurda que supera todos los ejemplos proporcionados por la burocracia Stalin­-Thaelmann. Me resulta imposible encontrar una caracterización más benigna[5].

Con tales costumbres, no es extraño que el Ejecu­tivo infalible acusara a la organización de Sajonia, que exige su independencia, de "federalismo" y toda clase de pecados capitales. El Ejecutivo se lanzó a una guerra mezquina, absorbente y carente de principios. Durante meses seguí el curso de esta lucha con creciente preocupación, tratando de convencer a los camaradas de Berlín y Leipzig de que llegaran a un acuerdo práctico, dado que no existían diferencias principistas, para que la conferencia a celebrarse en el otoño no se dedicara a discutir rencillas mezquinas sino los problemas de la lucha revolucionaria. El problema debía ser dirimido, sobre todo, por el camarada Landau, dirigente recono­cido del Ejecutivo, y el camarada Well, dirigente reconocido de la organización de Sajonia.

Tras recibir una serie de cartas apremiantes mías, el camarada Landau me respondió el 5 de setiembre del año pasado con un mensaje que me causó una impre­sión excelente. Cito textualmente un fragmento de la misma: "En la actualidad aparentemente reina la paz aquí. Deseo fervorosamente que entre Well y nosotros se establezca una relación permanente de colaboración pacífica y leal. Personalmente lo considero de suma importancia, dado que Well será el único capaz de dirigir el trabajo político si yo me ausento de Alemania. Estas reflexiones no son fruto de maquinaciones fraccionales, sino del hecho de que nosotros, los que ’emigramos’ de la Comintern, frecuentemente caemos presa de los males de la emigración. Cuando las rela­ciones personales son tensas y hostiles, los errores o diferencias políticos y tácticos de carácter secundario suelen provocar graves choques, que se pueden evitar si se conocen sus causas y peligros."

Estas líneas son, en esencia, enteramente correctas. Nos resulta de especial interés la caracterización de Well como única persona capaz de dirigir la organiza­ción en ausencia de Landau. Dado que se trata de una organización proletaria revolucionaria, es obvio que, en esta caracterización, Landau considera que Well es un revolucionario, firme en sus principios y destinado a cumplir un papel de dirección. Difícilmente podría darse una caracterización más digna de encomio.

El 30 de enero, el mismo Landau me escribe: "¿Y el grupo de Well? Denunciaremos a fondo el carác­ter centrista de este grupo ante toda la Oposición Inter­nacional. A usted le resultará difícil aceptar las posicio­nes que sostiene ese grupo. A la fracción de Well le resultará todavía más difícil fundamentar sus calum­nias e impedir que el Ejecutivo la disuelva."

En la carta del 5 de febrero el propio Ejecutivo había de "sanear la Oposición Alemana expulsando a la fracción centrista de Well". En las reuniones se comen­ta que la expulsión de Well, vale decir la ruptura, es inevitable. De esta manera, en el transcurso de unas pocas semanas -durante las cuales, por otra parte, no estuvo en Alemania- el camarada Well, el mejor (se­gún el propio Landau) y el único (en caso de ausencia de Landau) dirigente de la Oposición alemana, se ha transformado en... un centrista al que hay que aplastar, expulsar y destruir. No se trata de una sola persona sino de toda una organización.

¿Qué significa todo esto? ¿Cuales son las pautas políticas que le permiten al camarada Landau transfor­mar lo mejor en lo peor en tan breve lapso? ¿Podemos seguir creyendo en la seriedad de las caracterizaciones que hace el camarada Landau en casos tan impor­tantes?

En su carta del 6 de enero el camarada Frankel citó, entre otras cosas, la caracterización tan favorable de Well que mencionamos más arriba[6]. ¿Qué hace el camarada Landau, ante contradicciones tan lapidarias? Calla durante un tiempo -cinco días- y deja que el Ejecutivo responda. He aquí lo que escribió éste el 25 de enero: "El Comité Nacional [Ejecutivo] considera que la caracterización que hace el camarada Landau del camarada Well no tiene nada que ver con el punto de vista del CN. El Comité Nacional observa en dicha caracterización una manifestación de la conocida actitud conciliadora del camarada Landau hacia una fracción sin principios, políticamente derrotada en toda la línea (Well), alimentada por la levadura del federa­lismo sajón, etcétera".

Así, el Ejecutivo "desmintió" a Landau, quien, como se comprobó, es conocido (!) por su actitud conci­liadora hacia la "fracción sin principios" de Well. No nos interesa saber si el camarada Landau escribió estas líneas o si otro las escribió por encargo de él. Eso es una cuestión técnica. La maniobra es trasparente.

Poncio desenmascara a Pilatos. Pero desde el punto de vista político es deplorable, tanto para el Ejecutivo como para Landau. ¿Qué es conciliacionismo? El conciliacionismo se esconde y enmascara tras el oportunismo o el centrismo. Si el camarada Landau es "conocido" por su actitud conciliadora hacia una fracción sin prin­cipios, significa que su oportunismo o semioportu­nismo oculto es "notorio". Pero, entonces, ¿por qué reacciona el Ejecutivo como si se tratara de una baga­tela? ¿Por qué, oh Poncio, eres tan considerado con Pilatos?

Sin embargo, el problema es mucho peor todavía. ¿Cómo, en qué hechos se revela esta actitud concilia­dora hacia el centrismo en la acción? En el hecho de que el conciliador no tiene en cuenta el peligro que significa el centrismo y, por consiguiente, tiende a atemperar su oposición al mismo. Tal es, en la actualidad, la posición de Graef. Es el típico conciliador con el centrismo. Pero la posición de Landau en setiembre no tiene nada que ver con esto. Landau no dice: debemos atemperar nuestra lucha contra el centrista Well. No. Landau dice: debemos poner a Well a la cabeza de la organización, dado que es el único hombre apto para dirigirla. ¿Dón­de está la conciliación?

En realidad, el Ejecutivo dice algo muy distinto. El camarada Landau es incapaz de distinguir entre un hombre al que hay que poner a la cabeza de la organiza­ción y uno al que hay que expulsar. ¡Eso dice el Ejecu­tivo! Pero, ¡ ay!, el camarada Landau tiene la misma opinión de sí mismo. Porque, después de olvidar su "notorio" conciliacionismo, cinco días más tarde (30 de enero), repite las palabras del Ejecutivo sobre la nece­sidad de aplastar a la fracción de Well, ¡esta vez en su propio nombre!

La posición irreconciliable del conciliador Landau hacia la fracción de Sajonia resalta aun más si la compa­ramos con su actitud hacia el grupo Mahnruf. Este grupo está con la Oposición de Izquierda el lunes, con Brandler el martes y el jueves con Graef, pero sigue siendo "su" grupo. Cualquiera que lo critica es su enemigo. Los camaradas Mill y Molinier, que hicie­ron una caracterización absolutamente objetiva del grupo, son atacados por Landau de manera absolu­tamente ilícita. La organización de Sajonia es otra cosa. Es cierto que no ha oscilado de izquierda a derecha. pero... quiere meditar y juzgar en forma indepen­diente, participar en las decisiones, no simplemente subordinarse a las órdenes emanadas de un organismo superior. Hay que aplastar a dicha organización, hay que purgar a la organización nacional de la misma. Estamos ante dos normas distintas. ¿A qué se debe? ¿A un criterio comunista? ¿A los intereses de la causa revolucionaria? El propio Landau nos lo reveló en su carta del 5 de setiembre, citada más arriba. Llamó a su propia enfermedad el mal de la emigración, y la descri­bió correctamente como una exacerbación artificial de diferencias políticas debida a la hostilidad en las relaciones personales. La palabra emigración no viene al caso. El término camarilla es más exacto y resuel­ve las contradicciones lastimeras que surgen de las cambiantes necesidades de una camarilla que lucha a toda costa por su existencia y su predominio, sin importarle lo demás.

Nos prometieron para un futuro próximo la demos­tración de por qué es necesario destruir a la "fracción Well". Hasta ahora no lo han cumplido. Nadie ha leído un sólo artículo en el que se fundamenten las acusaciones. Mientras tanto, la obra de destrucción comenzó. Han expulsado a camaradas de Hamburgo por manifestar su solidaridad con Leipzig contra Berlín y las relaciones entre Berlín y Leipzig están práctica­mente interrumpidas. Ya no se invita a los camaradas de Leipzig a participar en las reuniones del Ejecutivo. ¿Cuál es el fundamento principista de estas tácticas cismáticas? Landau promete explicarlas "a fondo", pero aparentemente lo hará cuando la ruptura sea un hecho consumado. Desgraciadamente, se pone todo al revés. Dondequiera que hay lucha de tendencias, no de camarillas, el proceso se desarrolla en forma opuesta: primero surgen las diferencias políticas, se las aclara en las reuniones y en la prensa, los revolucionarios más responsables se ocupan de que la polémica en torno a los principios no perturbe la unidad organi­zativa, se invita a las organizaciones extranjeras a expresar sus posiciones, etcétera. Sólo cuando esta sana lucha ideológica demuestra que las posiciones son irreconciliables, llega el momento de la ruptura. Así sucedió en el caso de la Leninbund: una profunda discusión principista alcanzó ribetes internacionales antes de que Urbahns abandonara la Izquierda Interna­cional. Así fue en el caso de la Oposición belga, donde se desarrolló durante varios meses una discusión en las reuniones y a través de la prensa, con la participación de las oposiciones rusa y francesa, antes de que se produjera la ruptura. En Francia hubo dos polémicas (sobre el "viraje" de la Comintern y la cuestión sindical), realizadas a través de la prensa y en reuniones, con la participación de otras secciones nacionales, y se efectuó un cambio en la línea política sin llegar a la ruptura.

¿Cuál es la situación en Alemania? El Ejecutivo dice que la ruptura es un hecho y, al mismo tiempo, promete una polémica principista para el futuro. La lucha camarillesca es una caricatura de la lucha ideológica. Y en las caricaturas suele suceder que los pies ocupan el lugar de la cabeza y la cabeza el de los pies.

Cuando escribíamos estas líneas nos llegó el núme­ro de febrero del periódico berlinés Kommunist, con un artículo titulado Corrientes centristas. Es un artículo puramente ritual. Se trata de una misa de fieles difun­tos en recuerdo de los asesinados, no de una discusión franca. Afortunadamente, los asesinados están vivos y esperamos seguir luchando junto con ellos contra el enemigo de clase. Al mismo tiempo, esperamos que Landau encuentre -si bien no en forma inmediata- su lugar en nuestras filas y aprenda a diferenciar la lucha ideológica de las rencillas camarillescas sin principios.

A primera vista, el artículo de Kommunist revela que el Consejo de Redacción es incapaz de hacer esta distinción. Desde el punto de vista formal, el artículo va dirigido contra Graef e incluso contra el grupo Mahnruf. Realmente, trata de justificar la destrucción de la llamada fracción Well. En todo su texto campean el disimulo, la imitación, cuando no la tergiversación de ideas. En general, Landau tiene gran facilidad para asimilar y para formular ideas; pero temo que juntamente por esta razón no las piensa a fondo. Si quisiéramos someter el artículo a una crítica seria, aunque nuestro tono fuera diez veces más considerado que el que emplea Landau en su crítica a los sajones, nuestro juicio tendría que ser muy severo. Los argu­mentos de Landau contra Graef son pura palabrería y no dan en el blanco. Landau rechaza los argumentos económicos con fórmulas generales que no responden a los planteamientos de Graef.

Cuando Graef sostiene, contra la burguesía y la socialdemocracia, que la razón principal del ascenso de las granjas colectivas radica en factores económicos, no administrativos, tiene razón. Cuando Landau trata de refutarlo sumariamente, emplea incorrectamente las ideas correctas de otros y facilita la tarea de Graef.

Al hablar del avance de elementos capitalistas en la URSS, sin definir sus términos, Landau pone un arma en manos de Graef, quien, en cambio, conoce los hechos y las cifras y se mantiene al tanto de la vida económica de la URSS, aunque sus conocimientos lo llevan a conclusiones erróneas hasta la médula.

De la misma manera, las tesis que presentó Landau ante la conferencia, mezcolanza desprolija de frases tomadas de viejos de trabajos de la Oposición rusa, revelan su actitud irresponsable y descuidada hacia los problemas programáticos; el camarada coge al vuelo algunas frases prefabricadas sin comprender jamás su vinculación con el proceso vivo en desarrollo. Prefe­riría hablar de todo esto en un tono completamente distinto, a través de artículos propagandísticos, en cartas privadas a Landau para llamarle la atención sobre estos errores y ayudarle a comprender los problemas. Pero para eso es necesario que Landau quiera aprender seriamente. Desgraciadamente, toda su aten­ción apunta en otra dirección. Sin tratar escrupulosamente de aclarar los problemas que le resultan poco claros o discutibles, pone en marcha desde la trastienda toda clase de insinuaciones contra quienes no están dispuestos a unirse a él para aplastar a la "fracción Well". Esto solo me obliga a señalar que el exceso de celo de nuestro cirujano se debe a que no sabe anatomía y siempre está dispuesto a cortar mientras su "prestigio" lo requiera, no importa adónde llegue.

El verdadero objeto del artículo de Kommunist es lanzar los dardos de Landau no sólo contra los sajones sino también contra el Secretariado Internacional, la Oposición rusa, la mayoría de la oposición francesa y, creo yo, contra la mayoría del resto de las secciones nacionales. Para facilitar la tarea, Landau monta un pretexto para las hazañas heroicas de sus amigos vieneses, el grupo Mahnruf. Alecciona a dicho grupo, le envía una reprimenda paternal y desprecia a sus discípulos por no haber demostrado esa "actitud intransigente" que él esperaba de ellos. ¡Sí, lo único que le falta al grupo Mahnruf es una "actitud intran­sigente’’!  Al mismo tiempo, del artículo, políticamente falso del principio al fin, se desprende claramente que Landau, al acoger al grupo Mahnruf con los brazos abiertos, se prepara para aplastar a los sajones, al Secretariado Internacional y a todos los demás. Mejor dicho, a todos los que se dejen aplastar.

Ahora bien, ¿en qué consiste el centrismo de los sajones? Parece que todo el asunto gira en torno a una frase discutible referida a la URSS. Los camaradas sajo­nes se oponen a la expresión "elementos de poder dual" que yo empleo en referencia a la URSS, ya que, en su opinión, semejante expresión puede llevar a conclusiones falsas como las de Urbahns, a saber, que la dictadura del proletariado ya no existe en la URSS. Sin embargo, lo mejor es citar la expresión de los pro­pios camaradas sajones, según aparece en su documen­to del 23 de enero:

"La expresión ’elementos de poder dual’ significa algo más [que elementos de termidor, elementos de bonapartismo. León Trotsky]. Se refiere a la situación concreta que imperaba entre febrero y octubre de 1917, cuando, junto con el aparato de dominación burgués, el Gobierno Provisional, coexistía ya el aparato del estado proletario, los soviets. Si la aplicamos a la actual situación rusa, significaría que, junto con el aparato de estado proletario, los soviets, coexiste un aparato contrarrevolucionario que en caso de estallar la contra­rrevolución cumpliría el mismo papel que los soviets en el caso inverso. En nuestra opinión, semejante aparato no existe en la actualidad, ni se nos ha demostrado su existencia en el curso de la polémica. Nos oponemos al empleo de la expresión ’elementos de poder dual’ porque, además de añadir leña al fuego de la vieja confusión urbahnista, puede dar lugar a pronósticos políticos erróneos Creemos que al rechazar esta expre­sión, actuamos a la manera del camarada Trotsky, que hace poco criticó muy severamente la aplicación esque­mática de las analogías históricas [...] Con todo, creemos que no existe contradicción alguna entre nues­tro rechazo de la expresión ’elementos de poder dual’ y nuestro acuerdo con la Oposición Internacional acerca de las cuestiones fundamentales sobre la situación en Rusia."

Si Kommunist tuviera un mínimo de escrúpulos, al iniciar la polémica contra los camaradas sajones habría dado a conocer su propia posición al respecto. Con ello el lector tendría la posibilidad de evaluar las diferencias en su verdadera magnitud. La Oposición rusa viene protestando desde hace años por los métodos indignantes de la burocracia stalinista, que toma frases aisladas de nuestros documentos y sobre esa base se lanza a la persecución furibunda de la Oposición. La información honesta es la base de la vida ideológica del partido. Es el alfa de la democracia partidaria. El Consejo de Redacción de Kommunist no proporciona información honesta. No es capaz de citar literalmente el texto que le sirve de base para fabricar su acusación. Se limita a señalar que los sajones niegan los elementos de poder dual y eso le basta para compa­rarlos con Graef. Necesita hacer todo esto para cons­truir de alguna manera la ideología del centrismo. Landau, conocido en setiembre por su actitud concilia­dora y en febrero por su actitud irreconciliable, explica:

"Esta cuestión es el criterio fundamental para la Oposición Internacional." ¿Cuál cuestión? ¿La esencia de la cuestión o la forma de exponerla? Toda la teoría de la ruptura se basa en una sustitución del contenido por la forma, en un sofisma sin gracia, en un juego de palabras.

Creo que los temores que expresan los camaradas de Sajonia respecto de mi expresión son infundados. Sin embargo, no veo que exista la menor diferencia de principios con ellos. Los camaradas sajones se equi­vocan cuando afirman que empleé en una sola ocasión la expresión discutida. La misma se encuentra incluso en la plataforma de la Oposición rusa, aunque expre­sada en un tono más cuidadoso y sumamente mode­rado. En una de las primeras páginas de la plataforma se dice que una de las tareas del partido es impedir el crecimiento de las fuerzas enemigas, "impedir la instauración de ese sistema de poder dual real, aunque oculto, al que ellos aspiran". Esta expresión es fruto de una prolongada discusión. Yo defendí una expresión categórica, que afirma directamente que ya existen ciertos elementos de poder dual. Algunos camaradas se oponían a la mención del poder dual en general, esgrimiendo razones casi idénticas a las de los camaradas de Sajonia. Después de algunas discusiones, elaboramos la expresión cuidadosa que cito más arriba. Ninguno de nosotros consideraba que la polémica en torno a la expresión afectaba los principios. En lo fundamental estábamos de acuerdo, y juzgábamos el valor de tal o cual expresión desde el punto de vista de la propaganda.

Los camaradas sajones están en lo cierto cuando afirman que nos hemos acostumbrado a relacionar el poder dual únicamente con el periodo febrero-octubre de 1917 en Rusia. En realidad, el poder dual, mejor dicho, los elementos de poder dual (que no es lo mismo) son un rasgo característico de todos los períodos revolucionarios y contrarrevolucionarios o, en términos más generales, de todas las épocas en que se prepara o lleva a cabo el paso del timón del poder de las manos de una clase a las de otra. Pero no puedo detenerme en este importantísimo problema; dedico todo un capítulo de mi Historia de la Revolución Rusa al análisis del mismo. Aparecerá a principios de abril. Aquí sólo quiero decir lo siguiente: en general, las analogías históricas se justifican dentro de ciertos límites. Las expresiones termidor y bonapartismo son tan susceptibles de ser mal empleadas como la de elementos de poder dual. Pero el pensamiento político es inconcebible sin analo­gías históricas, porque la humanidad no puede reiniciar en cada ocasión su historia desde el punto de partida.

Los camaradas sajones reconocen que "el aparato del estado proletario está repleto de elementos (algunos son miembros del partido) que dirigen sus esfuerzos hacia un vuelco contrarrevolucionario". Esta cita es textual. Pero en la medida en que estos elementos han penetrado en el aparato estatal, parte del poder estatal está en sus manos y ellos lo emplean para impulsar la máquina del estado -para emplear una expresión de Lenin-, no hacia donde la necesita el proletariado sino hacia donde la necesita la burguesía. Eso significa que dentro del aparato del poder proletario existen elementos del poder de otra clase. Pero, -responderán los camaradas de Sajonia- los contrarrevolucionarios todavía no poseen un aparato como el que tenía la revo­lución en la época de Kerenski. ¡Correcto! Precisamen­te por eso no hablamos de poder dual sino de elementos de poder dual.

Así, pues, vemos que la polémica tiene un carácter formal, casi terminológico. Los propios camaradas sajo­nes ven las diferencias bajo la misma luz. Escriben:

"Por esta razón considerábamos que una amplia discu­sión sobre este tema seria superflua. Es notable que constantemente se trata de provocar una polémica alre­dedor de este tema, a la vez que se soslaya hábilmente toda discusión de los problemas más candentes de Ale­mania. Diríase que con ello se persiguen fines no estric­tamente objetivos, sino todo lo contrario". ¡Exactamen­te! Y la razón es perfectamente clara. Todo se reduce a un problema de diplomacia mezquina. Aprovechando que los camaradas de Sajonia se han pronunciado con­tra una expresión empleada por la Oposición rusa, Landau espera suscitar diferencias artificiales entre no­sotros y la organización de Sajonia. Y es principalmente en este tipo de cosas que el camarada Landau despliega sus fuerzas, sus poderes de inventiva, toda su atención. Así nos obliga a desenredar nudos atados de antemano.

¡Ay del dirigente que introduce la confusión en lugar de la claridad en las mentes de los obreros!

Vale la pena remarcar que, con respecto a mi expre­sión "los preparativos para el bonapartismo a escala partidaria han culminado", el mismo artículo del Kom­munist afirma: "A nadie exigimos que considere que estas palabras son intocables." En ese caso, ¿por qué habrían de considerar los camaradas sajones que otra expresión, es decir, otras "palabras", son intocables? Con Landau siempre hay una ley para los "propios" y otra para "los extraños". ¡Ahí está el problema!

Naturalmente, ninguna de las dos expresiones es "intocable"; la sola mención de ello es absurda. Sin embargo, hay una diferencia entre Landau y los sajo­nes: mientras éstos señalan clara e inequívocamente en qué concuerdan y en qué discrepan con mi expresión, Landau se limita a pronunciar una frase misteriosa: "A nadie exigimos que considere que estas palabras son intocables." De aquí se desprende con toda claridad que Landau discrepa con alguna parte de la afirmación. ¿Por qué no dice claramente con qué parte? Mientras tanto, me llegaron informes de que en las reuniones Landau y sus amigos acusan a Rakovski de sostener una posición urbahnsista y a Trotsky de mantener, a su vez, una actitud de conciliación para con Rakovski. Pero Landau siempre quiere guardar una coartada en la manga. No se decide a publicar estos disparates en la prensa. Sin embargo, para que sus amigos no lo acusen de falta de valentía intelectual, pone en su artículo una observación, una frase, un guiño de ojos. Por desgra­cia, precisamente esos ardides son los que revelan la falta de valentía intelectual.

"Los preparativos para el bonapartismo a escala partidaria han culminado." ¿Qué significa? El partido es el arma esencial del proletariado para combatir la contrarrevolución. ¿Existe todavía en Rusia algo que corresponda a nuestra concepción del partido? No, ya no existe. Cuando se toman todas las decisiones con prescindencia del partido, cuando se puede postergar el congreso por uno, dos o tres años sin que nadie ose protestar, cuando Sirtsov, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, se ve obligado a analizar los errores del plan quinquenal en una reunión clandestina (!) mientras que Bessedovski ocupa la presidencia de la co­misión encargada de purgar al partido en vísperas de su deserción al campo enemigo, el partido ya no existe. Vive en las tradiciones del proletariado, en la concien­cia de los obreros de vanguardia, en los silenciosos pro­cesos psicológicos de las masas, en las consultas secre­tas de pequeños grupúsculos, en las consignas de la Oposición de Izquierda. Pero estos son tan sólo cismas y elementos del partido, cuyas fuerzas no podemos me­dir, cuya evolución no podemos someter a examen. El partido oficial se ha convertido en una organización pu­ramente plebiscitaria. Naturalmente, esta degenera­ción se produjo sobre los cimientos de la dictadura proletaria, no sustentada por el partido oficial sino por otras fuerzas y tendencias más profundas, todavía informes. En lo que concierne al partido oficial, en el mo­mento de la destrucción del ala derecha, la dominación de la clase por el aparato y la dominación del aparato por Stalin alcanzaron su apogeo. Es imposible seguir transitando esta senda. En caso de una contrarrevolu­ción, ¿qué sector del aparato partidario y qué sector de la base se encontrarán en el otro lado de la barricada? No existe un método que permita preverlo. El régimen plebiscitario no da lugar al control de la relación varia­ble entre las fuerzas de clase. La GPU -¡desgraciadamente!- no basta, ya que hay que controlar a la propia GPU, la cual fusila a Blumkin[7] y lo remplaza por Agabekov. En este sentido afirmo que a escala partida­ria se hizo todo lo posible para facilitar el vuelco hacia el bonapartismo. Esta parte del proceso ha culminado. Para Graef, este análisis es kautskista. Pero esta eva­luación no pertenece a Graef: Bujarin nos acusó de kautskismo apenas planteamos el problema del peligro termidoriano. Landau cree que la expresión sobre los preparativos del bonapartismo no es "intocable". ¿No se puede ser un poco más claro, preciso y audaz?

Desgraciadamente, la falta de espacio no me permi­te detenerme en el específico e intolerable "amor a los obreros" que constituye el nervio de la demagogia del camarada Landau. Cuando defiende a sus clientes austríacos, culpables de acciones indignas, defiende "a los obreros frente a las acusaciones de los intelectua­les". Cuando ataca a la organización de Sajonia, es porque la presiden "intelectuales". Esta adulación a los obreros por parte del intelectual Landau oculta mé­todos absolutamente ajenos y hostiles al espíritu de la organización proletaria. ¡Cómo combatieron Marx y Engels esta clase de ardides! Los obreros no necesitan adulación sino una política correcta.

En mi trabajo El viraje de la Internacional Comunis­ta y las tareas en Alemania me extiendo ampliamente sobre la esencia de las tareas de la Oposición alemana y mientras dure el proceso de preparación de una verda­dera conferencia, haré lo posible por seguir participan­do en la discusión de las tareas programáticas, políticas y organizativas de la Oposición de Izquierda alema­na, e insto encarecidamente a los camaradas de otras secciones nacionales que están al tanto del problema a que hagan lo propio.

Por el momento se trata de impedir un golpe oportu­nista y de ayudar a la Oposición alemana a salir de la crisis con un mínimo de dificultades y pérdidas.

Como ya hemos dicho, fue necesario escribir esta carta debido a que todos los intentos anteriores, por medio de la correspondencia privada, de convencer al camarada Landau de que su forma de actuar es inco­rrecta y sus métodos dañinos, no condujeron a nada, o mejor dicho tuvieron el resultado contrario; en la actua­lidad, Landau se dedica más a trabajar tras las bambalinas por la formación de una fracción internacional propia que de las tareas revolucionarias de la Oposición alemana y, arrastrado por la lógica de su propia posición errónea, ha iniciado una campaña de agitación sin precedentes, no sólo contra sus adversarios alemanes sino también contra la Oposición Internacional, en particular contra el Secretariado Internacional, que realiza una tarea de gran responsabilidad, y contra la mayoría en las oposiciones francesa y rusa. Dadas las circuns­tancias, no queda otra alternativa que iniciar una discu­sión abierta en torno a los problemas en debate. Lo que no se pudo lograr individualmente (por convencimiento, por correspondencia) tal vez se pueda lograr colectivamente. Creo que la Oposición alemana y la Oposición Internacional deben repudiar los métodos del camarada Landau, llamarlo al orden, enseñarle méto­dos de trabajo más correctos y formas de organización más sanas.  Una de las hazañas más "valientes" de Landau es su afirmación de que estoy por liquidar su organización con "métodos administrativos". El exige, en contrapo­sición, una lucha ideológica franca. Nuevamente: imita­ción, mímica, repetición de puntos de vista ajenos. Landau considera que sus maniobras de trastienda, ex­pulsiones y destrucción de organizaciones y grupos son... lucha ideológica. Califica mi propuesta de poner fin a estas maniobras organizativas y preparar honestamente una conferencia como "medidas administrativas mecánicas". ¿Cree Landau, con toda seriedad, que con estas acrobacias podrá convencer a la gente o fortalecer la confianza depositada en él?  Sobra decir que estoy muy lejos de pensar que se debe considerar a la organización de Leipzig una orga­nización ejemplar (los propios camaradas de Leipzig, espero, no lo creen) y difícilmente estoy dispuesto a asumir la responsabilidad por todas las acciones del ca­marada Well. Todo lo contrario, hemos tenido más de una divergencia con él y jamás le oculté mi opinión cuando pensé que había cometido un error. La mayoría de sus errores se originaron en que, al defenderse, es­tallando de indignación -la mayor parte de las veces justificada- Well se embarcó en la misma senda que Landau cuando no vio una salida diferente a la ruptura. La solución "expulsión de Landau" es errónea, peligro­sa y dañina. El problema no radica en que Landau em­plea métodos ilícitos, sino en que muchos obreros oposicionistas toleran esos métodos. De lo que se trata, en verdad, es de convencer a estos obreros de que el ré­gimen de Landau no concuerda con el régimen de una organización proletaria revolucionaria, y apenas logre­mos hacerlo, quizá también Landau -yo, por lo menos, así lo espero- efectuará su propia revisión del pasado y se rearmará. Así, sólo así, se plantea el problema hoy. De qué manera estará planteado mañana, los próximos días lo dirán. Depende en gran medida de la conducta del propio Landau, porque no debemos olvidar que para mantener la unidad se requiere buena voluntad de ambas partes. De la nuestra existe, sin duda. El camarada Landau todavía debe demostrar la suya.

Los dirigentes no sólo enseñan, también aprenden. Los obreros oposicionistas alemanes deben crear condi­ciones tales que obliguen a los camaradas Landau y Well a marchar de consuno, complementándose recíprocamente.

Ni la organización de Sajonia ni el grupo de Landau constituyen actualmente corrientes independientes, ni menos aun inconciliables. Pero, sino se la detiene oportunamente, la lucha organizativa sin principios puede llenarse, inadvertidamente, de un contenido político ajeno. En verdad, Landau ya se ocupó de encontrar una justificación ideológica artificial para su política y, sin advertirlo él mismo, ha trasformado su lucha contra Well en una lucha contra la Izquierda Internacional. No es necesario ser profeta para presagiar que, por este camino, el grupo Landau -sin bagaje teórico, sin tradi­ciones revolucionarias, sin experiencia política- sólo puede desembocar en un pantano sin salida. Por eso, les decimos a los dirigentes berlineses: ¡Aguanten, mientras no sea demasiado tarde! Y a los obreros parti­darios de Landau: ¡Los están conduciendo par sendas peligrosas!

¿Cómo volver al camino correcto? Los camaradas alemanes no pueden hacerlo si no cuentan con ayuda internacional activa. Las siguientes medidas inevitables derivan claramente de la situación creada.

1. Es menester poner fin a todas las represalias, ex­pulsiones y destituciones relacionadas con la lucha frac­cional de la Oposición alemana. Cuando se trate de ca­os pura y exclusivamente individuales, se deberá exa­minar el problema a pedido de los interesados, con la participación de representantes del Secretariado Inter­nacional.

2. Hay que crear una Comisión de Control especial, lo más autorizada posible, para que colabore con el Se­cretariado Internacional en el análisis de la apelación de los camaradas (de Hamburgo, etcétera) ya expulsados, y llegar a una decisión.

3. Tienen que preparar la conferencia de tal manera que la forma de representación no de lugar a suspica­cias ni recriminaciones.

4. Toda vez que surjan conflictos y objeciones de tipo organizativo, debe someterse el problema a la con­sideración del Secretariado Internacional, que actuará en colaboración con camaradas de otras organizaciones, de reconocida lealtad e imparcialidad.

5. Kommunist tiene que abrir sus páginas a los ar­tículos de discusión de ambos grupos.

6. Las tesis y contratesis para la conferencia nacio­nal alemana deben ser publicadas en el Boletín Interna­cional en varios idiomas, con cuatro semanas de anticipación como mínimo.

Si el Secretariado Internacional y la Izquierda Inter­nacional aceptan estas propuestas u otras del mismo tenor, queda abierto un solo interrogante: ¿las aceptará el grupo de Landau? Desde ya se puede plantear la pre­gunta. Las propuestas mencionadas son irreprochables desde el punto de vista de la conveniencia política, así como desde el punto de vista del centralismo democrá­tico. Si somos internacionalistas en los hechos, no en las palabras, no podemos rechazar el control de la orga­nización internacional sobre las secciones nacionales. Es cierto que nuestra organización internacional todavía es muy imperfecta. Pero las secciones nacionales no la superan. En todo caso, la organización internacional posee mayor autoridad, mayor experiencia -que en este caso es sumamente importante-, mayor imparcia­lidad que la dirección nacional, transformada en estado mayor de una de las fracciones en pugna.

¿Puede rechazar el Ejecutivo de Berlín la ayuda de la Oposición Internacional, preocupada por mantener la unidad de la Oposición alemana y garantizar la convocatoria a una conferencia bien preparada y escrupulosamente organizada?

Creo que el Ejecutivo de Berlín no tiene el derecho ni la opción de rechazar la ayuda que, en todo momento, la Oposición Internacional está obligada a brindar.

¡El Ejecutivo de Berlín tiene la palabra!



[1] La crisis en la Oposición de Izquierda alemana. Boletín Internacional.

Oposición de Izquierda comunista, Nº 6, 1931. Traducido (al inglés) del

alemán.

[2] Ver en Escritos 1929, La crisis austríaca y el comunismo, 13 de noviembre de 1929.

[3] No nos detendremos aquí en el tercer grupo, que surgió repentinamente de la resaca de los otros dos. En plena conformidad con las costumbres del austro-oposicionismo, el líder de este grupo, camarada Graef, revisó su bagaje ideológico en un breve lapso y aprobó una plataforma en la que todo resulta claro menos la siguiente pregunta: ¿por qué, con qué motivo el camarada Graef se cuenta entre los partidarios de la Oposición de Izquierda? La plataforma de Graef es la plataforma de los que se arrastran detrás de la burocracia stalinista, mejor dicho, de los filisteos de izquierda que se unieron la revolución triunfante. Barbusse* podría refrendar esta plataforma, o cualquier otro "amigo de la Unión Soviética", de esos que son tan útiles como la leche de un macho cabrío pero siempre están dispuestos a concurrir a los aniversarios soviéticos y, de paso, acusar a Rakovski de "kautskismo". Aparentemente, para no romper con el estilo de la caricatura austríaca, Graef, muy serio, propuso que su plataforma sea la base del programa de la Oposición de Izquierda Internacional. En un futuro próximo dedicaremos un par de líneas a esta especie de austro-comunismo. De todas maneras, hay algo que queda claro: los seguidistas son incapaces de formar ninguna fracción. Los partidarios de Graef capitularán ante Stalin o caerán en el olvido. Después de vacilar un poco, el propio Graef volverá a su posición original. ¿Aprenderá algo de sus experiencias? El futuro lo dirá. Mientras tanto, lo lamentamos; Graef se distinguió de la escuela austro-comunista porque sus estudios fueron más serios y porque no se dedica a escribir artículos sobre todo y sobre nada. Pero, ¿qué podemos hacer? "Platón es mi amigo, pero la verdad me es más cara. " (Nota de León Trotsky)

* Henri Barbusse (1873‑1935): novelista pacifista que se afilió al PC Francés, escribió biografías de Stalin y Cristo y apoyó los amorfos congresos contra la guerra y contra el fascismo con los que los stalinistas remplazaban la lucha real.

[4] Para comprobar el grado de escrupulosidad con que el camarada Landau mantiene informada a la organización local, basta con citar la siguiente carta, que se me envió desde Ludwigshafen el 2 de febrero: "En cuanto a la posición del camarada Landau respecto de la cuestión austríaca, los acontecimientos de Alemania la corroboran." ¿Hace falta algún comentario? (Nota de León Trotsky)

[5] ­No sobra recordar que Landau, a la vez que exige obediencia absoluta a las organizaciones locales, no demuestra la menor intención de someterse a las resoluciones de la Oposición Internacional. Cuando el Buró aprobó el proyecto de plataforma de la Oposición austríaca, derrotando por dos votos al proyecto de Landau, éste propuso a sus partidarios más adictos en Viena, y a espaldas del Buró en el que había quedado en minoría, que ignoraran el proyecto del Buró y aprobaran el suyo. No es casual. Los que carecen de disciplina son los que no tienen el menor inconveniente en exigirla de los demás. (Nota de León Trotsky)

[6] Al responder a la carta del camarada Frankel con pequeñas trampas, el camarada Landau cae en el método propio de las riñas sin principios y trata de desacreditar al camarada Frankel desde el punto de vista personal: estu­diante inmaduro, secretario de Trotsky, etcétera. Si no me equivoco, el camarada Landau es un empleado, igual que Frankel. A pesar de su juventud, el camarada Frankel milita en el movimiento revolucionario desde hace siete años, y desde 1927 en las oposiciones checoslovaca y francesa. En este país represento al grupo checoslovaco en la conferencia de abril de la Oposición Internacional, en ese momento yo ni siquiera sabía de su existencia. Si Frankel me ayuda en mi trabajo, se debe a que se trata de nuestro trabajo común, y Frankel tiene el mismo derecho que Landau a formular y defender posiciones propias. Pero hay una diferencia: la carta de Frankel esta repleta de hechos indiscutibles y críticas políticas, mientras que la de Landau esté repleta de ardides e indirectas. (Nota de León Trotsky)

[7] Iakob Blumkin (1899-1929): terrorista social-revolucionario de izquierda que se hizo comunista y funcionario de la GPU. Fue el primer oposicionista ruso que visitó a Trotsky en Turquía. Cuando traía una carta de Trotsky para la Oposición, fue denunciado a la GPU y fusilado en diciembre de 1929.



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