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La crisis y la política obrera reformista

David Cowles

 

Traducido por Juan Desico especialmente para este boletín de Cowles, David, “Crisis and Reform Labor Politics”, The New International, Vol.4, Nº 5, mayo de 1938, pág.133-136.

 

Los sindicatos llegaron a la política y llegaron para quedarse. Junto con esto, hay un creciente sentimiento dentro del movimiento obrero para que continúen y se extiendan. Desafortunadamente este sentimiento está acompañado, demasiado frecuentemente, por un escaso conocimiento acerca de la política y un aún menor conocimiento sobre la política obrera. Generalmente lo que lleva a la acción son grandes expectativas y promesas vagas. En tales momentos se vuelve imperativo hacer un inventario, ver concretamente el propósito de la política y definir el alcance y las limitaciones de la política obrera específicamente.

La política bajo cualquier sistema es una lucha entre grupos o clases por el control del aparato del Estado. En el capitalismo, más que en cualquier otro sistema, el motivo para la lucha es el esfuerzo para redistribuir las riquezas y los ingresos de acuerdo con las demandas de los ganadores. La lucha tiene un doble aspecto. Un aspecto se orienta hacia la redistribución de la riqueza nacional y los ingresos dentro de los límites del capitalismo en desarrollo. Dentro de estos límites, después de la Guerra Civil, los industriales del Norte pelearon batallas partidarias contra los hacendados del Sur, los granjeros del Oeste pelearon sus batallas contra los industriales del Norte y los partidos obreros crecieron y cayeron. El supuesto en todas estas luchas fue que cualquiera que ganara el aparato del Estado podría distribuir las ganancias económicas para su clase sin perturbar las relaciones políticas. El segundo aspecto se orienta hacia la redistribución de la riqueza y los ingresos, que es incompatible con el crecimiento y mantenimiento del capitalismo. Esto no puede seguir siendo ordenado por meras victorias parlamentarias.

La Guerra Civil[1] es un ejemplo clásico. Durante décadas antes de la guerra, el crecimiento del capitalismo en el Norte y su expansión hacia el Oeste y el Sur se fue haciendo más y más incompatible con la expansión de la economía esclavista del Sur. La destrucción de la dominación política-clasista de los hacendados algodoneros y la captura del aparato del Estado por los industriales del Norte fueron las precondiciones del posterior desarrollo del capitalismo. Al mismo tiempo, su victoria significó la subordinación política y económica del Sur a las necesidades del desarrollo industrial del Norte. Ambos bandos vieron el verdadero significado de la disputa con creciente claridad. ¿Qué sistema económico debe prevalecer? La pregunta planteó acalorados debates y llegó a las luchas parlamentarias. Pero se le dio una respuesta con el rugir del cañón y el humo y las batallas de la Guerra Civil.

La entrada de los sindicatos en la política no cambia la esencia de la política. En forma vaga, los miembros dirigentes y las bases sienten que la política obrera permitirá a los trabajadores sumarse al gobierno y les permitirá usar ese poder para fortalecer al movimiento obrero, darle a los desempleados más alivio y trabajos decentes, y forzar a los capitalistas a redistribuir una parte mayor de las riquezas y los ingresos nacionales para la clase trabajadora en general. De la misma vaga forma, sienten que esto puede hacerse dentro de los límites del capitalismo y dentro de los salones de las municipalidades, las legislaturas y los pasillos del Congreso. El sentimiento está fortalecido por los discursos de los reformistas y los engaños de los estalinistas. Para la política obrera reformista, el reformismo profesional, el oportunismo estalinista y los imprecisos sentimientos de los trabajadores sin dirección, todos, concluyen en lo mismo: todos sienten o creen o tratan de hacer creer a los trabajadores que las concesiones sustantivas pueden ser ganadas a través de la batalla parlamentaria dentro de los límites del capitalismo, una batalla que deja sin mácula el control clasista del Estado.

Aquellos que se toman en serio su responsabilidad para con los trabajadores no estarán satisfechos con sólo proclamar sus creencias o parlotear acerca de sus sentimientos para ganarse un efímero favor. Pondrán a prueba sus creencias antes de expresarlas. Se harán las preguntas básicas: ¿puede el capitalismo otorgar concesiones económicas sustantivas para los trabajadores? ¿Pueden ser ganadas en las luchas parlamentarias? ¿Pueden ser ganadas sin conmover el control clasista del Estado? ¿Puede la política obrera reformista, tal como está planteada hoy por hoy y como se perfila para mañana, ganar y retener para los trabajadores concesiones económicas sustantivas dentro del capitalismo? Si el capitalismo no puede garantizar concesiones sustantivas, tal política reformista está construida sobre arenas movedizas. Si puede garantizarlas, pero no mientras la lucha sea parlamentaria, entonces la política reformista es una ceguera auto impuesta. Si su control clasista del Estado puede contrarrestar cualquier victoria parlamentaria de los trabajadores y la política obrera deja las relaciones clasistas y políticas tal como antes, entonces esta política es la política de la derrota. Si la misma naturaleza de la política obrera reformista la hace incapaz de triunfar o, si puede ganar, incapaz de retener las concesiones que ha ganado para los trabajadores, entonces la política reformista le miente a los trabajadores. Pero “verdadero” o “falso” es una cuestión de hechos. Consideremos los hechos.

La pregunta básica. La primera pregunta que debemos considerar es: ¿pueden los trabajadores obtener concesiones económicas sustantivas dentro de los límites del capitalismo? Esta es la pregunta básica, cuya respuesta determina todo acercamiento a la política partidaria obrera. La razón del por qué es muy simple: los políticos reformistas operan dentro de los límites auto impuestos, los límites del capitalismo y su relación de clases. Si el capitalismo está progresando e incrementando la producción, las ganancias y el empleo, el reformismo tiene un espacio de acción. De hecho, tal política puede beneficiar a los trabajadores sustancialmente sólo en un período de progresos en el capitalismo. Pero cuando el capitalismo está declinando, y los capitalistas están demoliendo las concesiones que otorgaron en el pasado, los límites dentro de los que opera ese reformismo desaparecen. Las concesiones que puede ganar son míticas porque la declinación del capitalismo es real. El reformismo, que emerge de los problemas económicos de los trabajadores, es incapaz de resolver estos problemas.

Sólo puede haber dos respuestas a esta pregunta: sí o no. Aquellos que dicen “sí”, creen que el capitalismo continuará hasta un futuro indeterminado, que tiene dentro de sí mismo los elementos del progreso y el crecimiento, y que los trabajadores podrán compartir mejor las ganancias de este crecimiento por medio de la política reformista. Aquellos que dicen “no”, creen que el capitalismo está declinando y que sus ganancias están cayendo. Las concesiones que puede dar a los trabajadores están disminuyendo. Los escasos logros que esa política obrera partidaria puede obtener serán distribuidos a una pequeña y favorecida sección de la clase trabajadora. Pero para los trabajadores como un todo, las concesiones sustanciales son imposibles. Son incompatibles con la continuación de la existencia del capitalismo. La primera respuesta es la reformista. La segunda es la marxista. La política obrera reformista asume la primera. ¿A cuál apoyan los hechos?

Si el capitalismo estadounidense está progresando o cayendo puede ser determinado fácilmente comparando dos períodos de actividad económica. Los años apropiados para la comparación son 1929 y 1937. Ambos presentaron picos de actividad económica, seguidos de años de depresión. Ambos son puntos de quiebre hacia las depresiones. En toda la historia previa, el último pico de actividad económica era siempre más alto que el precedente. La tendencia era hacia arriba. ¿Cómo se compara 1937 con 1929? ¿Cuál es la tendencia aquí?

La tendencia es sencillamente hacia abajo. De acuerdo con todos los índices generales de actividad económica, 1937 fue mucho más bajo que 1929. De acuerdo con el índice de actividad compilado por Business Week, el volumen de negocios en 1937 fue largamente 30% menor que en 1929. En gran parte, la caída se debe a la precipitada declinación de la expansión financiera y a la actividad de cambio de la reserva. El volumen físico de la producción es mucho más significativo. Ya que la producción es la precondición para el consumo y la fuerza que sostiene a la sociedad. ¿Qué pasó con la producción? Ésta cayó también, aunque no tan bruscamente. De acuerdo con el Sistema de Reserva Federal, los promedios de producción industrial en su totalidad, que incluyen manufacturas y minerales, fueron:

Año Índice

1929  119
1937  110

La caída en la producción industrial es de 9%. De todos modos, esto no tiene en consideración que el incremento en la población fue de millones. Si tomamos en cuenta el incremento en la población, la caída entre 1929 y 1937 no es de 9% sino de casi 15%. (La Monthly Labor Review de noviembre de 1937 estimó que la pérdida entre 1929 y 1936 fue de un 16%. Debido a posteriores incrementos en la población, al mismo tiempo que hubo un incremento en la producción, se espera la misma pérdida para 1937).

La importancia de la caída en la producción se vuelve más clara cuando dividimos la producción industrial en bienes de producción y bienes de consumo. Desde el punto de vista de la salud del capitalismo, la producción de un creciente volumen de bienes de producción es esencial. Un incremento en estos bienes, afecta los ingresos e incrementa la extracción de plusvalía, por consiguiente incrementa la tasa o la masa de ganancias, o incrementa ambas, tasa y masa. Desde el punto de vista del consumo y del nivel de vida de los trabajadores, un creciente volumen de generación de bienes de producción, si no es desviado hacia la producción de armamento, significa un mayor suministro de los medios de producción para incrementar la abundancia de los bienes de consumo. Se mire desde donde se mire, una caída en la creación de bienes de producción indica una caída en el capitalismo.

Y, ciertamente, los índices de la actividad de los bienes capitales dan una pintura vívida e imposible de no comprender acerca del ocaso del capitalismo estadounidense. De acuerdo con Standard Statistics, una de las más conocidas agencias que le venden información a las firmas de negocios y a los especuladores, la actividad de estos bienes fue:

Año Índice

1929  106,6
1937  85,4

Se ve una pérdida de la actividad de los bienes de producción de un 20%. Este es un hecho de profunda importancia. Visto en forma aislada, significa que en el corto período de nueve años, un quinto de los bienes de producción fue destruido.

Esto es importante en sí mismo, ya que indica una declinación económica. Pero es aún más importante cuando se ve en el marco del curso de la economía y cuando se ve dentro de la matriz de la prosperidad capitalista. En todos los ciclos de negocios anteriores, cada nuevo pico en la producción de bienes capitales era mayor que el anterior. Pero en 1937 este pico no excedió al previo. Y no sólo no lo excedió, ni siquiera lo igualó. Y no sólo no lo excedió ni lo igualó, sino que permaneció en una meseta por debajo del pico de 1929 y luego cayó en la depresión más aguda de la que se tenga memoria. Esto es aún más significativo para la prosperidad dentro del capitalismo. La prosperidad en el pasado se debía especialmente, y principalmente, a la creciente salida y absorción de los bienes de capital. Esto estimuló la prosperidad. Esto sostuvo la prosperidad. La caída del 20% en la producción de bienes de capital ha destruido, en nueve años, un quinto de los fundamentos económicos sobre los que descansa el capitalismo estadounidense y la prosperidad.

La sombría pintura de la declinación extendida que suma este 20% no muestra cuán desigualmente distribuida fue entre industrias específicas, y dentro de las cuales tuvo lugar un amplio margen de la distribución. El hecho es que en nueve años, 1929–1937, algunas industrias cayeron tanto como un 50%, 60% y 70%. Esto fue verdad en aquellas industrias que abastecían a los ferrocarriles. Entre estas industrias de bienes de capital que cayeron entre 40% y 70% estaban:

Industria Porcentaje perdido entre 1929 y 1937

Locomotoras 69%
Coches de pasajeros 64%
Coches de carga 53%

Otras industrias, especialmente aquellas dependientes de la construcción de edificios, cayeron entre un 20% y un 40% entre 1929 y 1937. Éstas fueron:

Industria Porcentaje perdido entre 1929 y 1937

Cemento  35%
Acero  33%
Antracita   32%
Leña   27%

Dentro de aquellas industrias que declinaron entre 10% y 20% estaban:

Industria Porcentaje perdido entre 1929 y 1937

Carbón bituminoso  17%
Hierro de segunda  14%
Equipamiento eléctrico 13%

Y lo que es importante en todas las instancias es que la drástica declinación ocurrió en industrias que son la base de la producción industrial.

Incluso las ganancias que se lograron en ciertas industrias sólo enfatizaron la declinación general. La industria de maquinaria produjo 20% más en 1937 que en 1929. De todos modos, este incremento no se debió a la demanda doméstica sino que fue “principalmente el resultado de un pronunciado incremento en las exportaciones” (Encuesta Actual de Negocios, marzo de 1938). Cuando el incremento se hundió debido a la depresión mundial, esta industria cayó precipitadamente. La producción de energía eléctrica trepó un 24%. Sin embargo, esto no fue acompañado por una producción industrial mayor sino por la intensificación y la sustitución del trabajo. La producción de camiones creció un 16%. Pero esto sólo indica que los pequeños hombres de negocios crecían en número debido a los esfuerzos de los trabajadores desempleados a escapar del desempleo a través de poner sus propios negocios[2]. La prueba es que la producción de grandes camiones, usados por las grandes firmas, no tuvo incidencia en la producción de camiones. “Los camiones comerciales ligeros continuaron sumando para la mayoría del incremento en el total de la producción” (Encuesta Actual de Negocios, marzo de 1938). Comparados con la caída aguda y generalizada en la producción de bienes de capital y en otras industrias básicas, estos incrementos fueron insignificantes.

Exceptuando a aquellos empleados en ellas, la caída en estas industrias no afectó el nivel de vida de los trabajadores en forma inmediata y directa. Estas son industrias basadas en bienes capitales y su declinación se siente, ya sea por los capitalistas que no pueden producir, o por aquellos que no pueden comprar, tanto capital como antes. La industria de la construcción tiende un puente en la brecha entre los capitalistas y los trabajadores, y su actividad afecta a ambas clases directamente y en general. Para los capitalistas, esta industria es una gran consumidora de bienes de capital y un factor estratégico en la prosperidad. Para los trabajadores, significa refugio, vivienda, un ítem importante en su costo de vida. El crecimiento de la construcción de edificios ayuda a los capitalistas al utilizar bienes de capital. Ayuda a los trabajadores, al causar mayor competencia entre los dueños, lo que resulta en una rebaja en las rentas, y por lo tanto deja mayor poder adquisitivo entre los trabajadores para otras mercancías. Una industria de la construcción deprimida no sólo destruye un gran mercado para la producción, sino que también genera una pauperización en los edificios y rebaja la calidad de vida de las masas al provocar un aumento en sus rentas. Esta industria tan importante descendió un 54% entre 1928 y 1937.
 
Lo que afecta a los trabajadores en forma aun más directa y sustantiva que la vivienda es la producción de bienes de consumo. La producción de éstos sostiene la vida y determina el nivel de vida de las masas. Cuanto más grande es el volumen producido de los bienes de consumo, mayor es la riqueza que, si fuera distribuida, elevaría la calidad de vida de los obreros. Bajo el capitalismo, un descenso en la producción acompaña un descenso del nivel de vida general. ¿Qué pasó con los bienes de consumo entre 1929 y 1937?

La producción de bienes de consumo cayó, aunque no tanto como en las industrias de bienes de capital. El índice de la actividad de los bienes de consumo recabado por la Standard Statistics muestra una pérdida de 2,3% entre 1929 y 1937. Sin embargo, si tomamos en consideración el crecimiento demográfico, que implica un crecimiento proporcionado en la producción de bienes de consumo, el porcentaje real fue de entre un 8% y un 9%.

Lo que es más importante, el índice de Standard Statistics no muestra que las pérdidas más grandes en la salida de estos bienes fue en los artículos alimenticios básicos, tales como la carne, el trigo, la harina y el azúcar. La producción en estos artículos cayó entre 12% y 17% en 1937 comparado con 1929. Hablando por sí mismos, estos números indican una pérdida suficientemente sustantiva en el nivel de vida de los trabajadores en cuyo presupuesto de comida estos artículos son primordiales. Pero tomado en conjunto con el crecimiento demográfico, el mayor número de bocas que debe alimentar esta industria en caída, la depresión en la calidad de vida fue incluso mayor. Aun más, la producción de automóviles, que es un índice del poder adquisitivo de los trabajadores mejores pagos y de las clases medias, fue 18% menor en 1937 que en 1929.

Donde hubo ganancias en industrias específicas de artículos de consumo, éstas fueron pequeñas. Donde el porcentaje fue grande, fue porque la industria era nueva y creciente, y sus artículos no dependían de las ventas entre las masas trabajadoras y la baja clase media. Ejemplos de tales industrias son las heladeras eléctricas y las lavadoras eléctricas. El primero creció 182% entre 1929 y 1937 y el segundo 55%. En ningún caso fueron lo suficientemente grandes como para generar una apreciable demanda de bienes de capital, o contribuir en mucho a la recuperación económica.

Los trabajadores comparten la decadencia del capitalismo, no sus ganancias.

La depresión extendida tanto a las industrias de bienes de capital como a las de bienes de consumo traen a la luz la contradicción básica del capitalismo: la contradicción entre la producción y el consumo. El capitalismo no produce, a menos que tenga consumidores a los cuales les pueda vender sus mercancías y obtener una ganancia. Pero si vende esperando obtener una ganancia, redistribuye la riqueza y los ingresos y mina y destruye el consumo futuro. Al mismo tiempo, la situación de los trabajadores es que no pueden comprar ninguna mercancía, a menos que estén empleados en la producción, obteniendo de esta forma los salarios y el poder adquisitivo que los hace la clase más grande de consumidores. Su poder adquisitivo es, al mismo tiempo, un doble producto de la producción y del mantenimiento fundamental de las fuerzas productivas. La depresión en la producción primero destruye el empleo y el poder adquisitivo que el empleo les da a los trabajadores.

Pero al destruir el poder adquisitivo de los trabajadores, la producción en caída destruye también la fuerza que puede sostener la producción-consumo. La producción capitalista, que primero destruye empleo y el poder de consumo, finalmente se destruye a sí misma.

Los Estados Unidos son el mercado más grande para sus productores. Nueve décimos del total de su producción es vendida en el país. Entre los consumidores, de los que depende toda la producción a fin de cuentas, los trabajadores son, por lejos, la clase más grande. Constituyen siete décimos de la población activa. Representan la sección más grande de toda la población. No tienen forma de alcanzar el poder por fuera de la producción. Su habilidad para consumir lo producido, y por lo tanto para sostener la producción, son, en sí mismos, un producto de la producción ¿Cómo afectó a sus empleos y sus salarios (la única fuente de la cual pueden esperar adquirir poder) la caída en la producción que se dio entre 1929 y 1937?
La caída extendida de la producción industrial fue acompañada por una caída en la tasa de empleo y una caída aun mayor en los sueldos. La manufacturas, que emplean a cerca de un cuarto de todos los trabajadores, aportó un décimo menos de empleos y un octavo menos en los salarios en 1937 que en 1929. Los índices combinados de empleo y sueldos cayeron 10% para los empleos y 13% para los sueldos[3]. Lo que esto significa se vuelve claro cuando separamos los índices en sus partes componentes de mercancías durables y no durables.

El empleo y los sueldos en las industrias de bienes durables son especialmente significativos porque contribuyen a más empleo y mayores sueldos por cada dólar de valor producido que en las otras industrias. Pero entre 1929 y 1937 los índices de bienes durables cayeron 13% en empleo y 14% en sueldos.

Habrían caído más si no estuviera sostenido por la industria automotriz, donde la organización de la CIO impulsó la obligación de aumentar el empleo en el 14% y de los sueldos en el 13%. La actividad de los astilleros, que volvió a su condición de 1929, se mantuvo en el punto de transición entre este signo de empleo creciente y el resto de las industrias que difieren entre sí sólo por lo abrupto de su caída. El grupo de las industrias de maquinaria cayó 5% por ciento en empleo y 10% en sueldos. El acero perdió 9% en empleo y 8% en sueldos. A las empresas de reparación de vías, leña y aleaciones, les fue mucho peor. La primera perdió 23% en empleo y 26% en salarios y la segunda en cuanto a empleo cayó 36% y en sueldos 42%.

La política obrera reformista y la crisis

Cuando el capitalismo americano estaba en sus días de gloria, había alguna justificación económica para la política reformista. Había alguna esperanza justificable en que el capitalismo pudiera garantizar, y el reformismo arrancar, concesiones económicas sustantivas para los trabajadores. Ese período quedó enterrado tras el colapso de 1929. Desde entonces, el capitalismo norteamericano ha venido decayendo y no puede otorgar concesiones importantes. Antes, cuando las concesiones deberían haber sido arrancadas, los trabajadores no querían política obrera reformista. Hoy la quieren, pero de poco les puede servir.



[1] Hace referencia a la Guerra Civil Norteamericana o Guerra de Secesión que fue un conflicto que tuvo lugar entre los años 1861 y 1865. Los dos bandos enfrentados fueron las fuerzas de los Estados del Norte contra los recién formados Estados Confederados de América, integrados por once Estados del Sur que proclamaron su independencia y que se negaban a abolir la esclavitud. En el trasfondo, era una lucha entre dos tipos de economías, una industrial-abolicionista (Norte) y otra agraria-esclavista (Sur) (N. de T.).

[2] Como muchos de los choferes de camiones, que viendo perder su trabajo y a través del crédito, logran comprar un camión para ponerlo a trabajar por su cuenta, haciendo aún más penosas las condiciones de trabajo en la auto-explotación (N. de T.)

[3] Este, y los cómputos siguientes, están basados en los números dados por la Standard Statistics en su libro de estadísticas básicas. Su fuente es, a su vez, el Departamento de Estadísticas Laborales. Se presenta alguna discrepancia entre estos números y los dados por el Sondeo de Negocios Actuales, el cual también dice que calcula sus datos a partir del mismo Departamento. La discrepancia entre aquellos es frecuentemente considerable. Esto puede deberse al hecho de que ambos están usando diferentes índices publicados por el mismo Departamento de Estadísticas. Dado que al momento no hay ningún informe de empleo y salarios para 1937 publicado, las opciones eran elegir usar el Sondeo, publicado por el Departamento de Comercio, o usar los números de la Standard Statistics. He dejado de lado los números del Sondeo, primero porque están basados en estimaciones que minimizan y esconden la grave situación de los trabajadores, y segundo porque este periódico usa su postura oficialista para difundir la propaganda de la Cámara de Comercio acerca del trabajo. Por lo tanto no es la fuente más confiable de las estadísticas laborales. Standard Statistics, la cual es una agencia absolutamente capitalista que vende información a sus clientes, y se hace responsable de su exactitud, es menos probable que publique datos maquillados, o que los tergiverse o los minimice.

Porque hay dos series de índices, una nueva que es para el consumo público y otra vieja que se obtiene comprándola, puede poner en jaque a aquellos que creen en las glorias de la democracia y en la imparcialidad de las estadísticas.

Esto no le hace problema al Departamento de Estadísticas Laborales, que publica las dos series con el fin de minimizar y esconder la extensión de la caída en los empleos y, por lo tanto, en los sueldos. Aun cuando publique su informe anual de 1937 los números tendrán que ser usados con cuidado. La medida en la que minimiza la verdadera situación puede verse tomando dos instancias. En su lanzamiento mensual de Empleo y Salarios de enero de 1938, el Departamento da su nueva serie sobre la antracita y el carbón bituminoso, tomando a 1929 como el cien por ciento. Ingresos Nacionales en los Estados Unidos, 1929 – 1935, también da índices para las dos industrias y también toma a 1929 como el parámetro. Que la nueva serie minimiza la depresión es obvio con sólo mirar los números:

 

Índices para 1934

 Nueva Serie  Serie en Ingreso Nacional...

Empleos en antracita  69,4  61,0

Empleos en bituminoso 92,3  76,9

Sueldos en antracita 59,9  58,4

Sueldos en bituminoso 64,0  54,6

(N. d A.)



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