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La descomposición del Partido Comunista

Artículo publicado en Clave Nro. 7, segunda época, marzo de 1940. Sin Firma.

 

En el artículo del camarada Grandizo en el número anterior de “Clave”, se pronosticaba la expulsión de Laborde del Partido Comunista o su humillación pública, para evitarla. Laborde se ha humillado, pero el peligro de expulsión subsiste. En el último número de “La Voz de México” confiesa el hasta ayer jefe indiscutible del stalinismo indígena su incomprensión de la “política marxista-leninista-stalinista”, su “empirismo estrecho” y su “no aplicación” de la línea marcada por el VII Congreso de la I.C., todo ello en un tono de sorda y obediente resignación.

 

 

A pesar de todo, la Comisión Depuradora le ha excluido de la dirección, junto con Campa, nombrando por su cuenta un nuevo secretario. El procedimiento es característicamente staliniano. La prensa del partido habla seriamente de democracia, de discusión, de Congreso, al par que la Comisión Depuradora excluye a la dirección nacional, para lo que sólo tiene potestad un congreso, por “no haber aplicado la línea marcada en el material para la discusión del Congreso”. Los agentes de Stalin no se ocupan siquiera de guardar las formas. El centralismo democrático no aplica ninguna línea sin previa discusión; el centralismo burocrático aplica desde ahora todo aquello que dice que va a ser discutido y expulsa nada menos que al secretario general por no aplicar una línea aún no aprobada en el Congreso y que éste pudiera rechazar si realmente se tratara de un Congreso. Pero no hay tal material para la discusión sino órdenes que llevan ese nombre convencional y que deberán ser aplicadas desde ahora a rajatabla.

Según las reglas burocráticas era preciso que Laborde salvara al Estado Mayor burocrático con una humillación total, presentándose a sí mismo como personalmente responsable de la línea que le marcaran. Se le pedía, en una palabra, que repitiera la respuesta de Zinoviev al miserable Vichinsky:

-Vichinsky: “Entonces es usted un traidor”.

-Zinoviev: “Peor aún; soy un miserable sediento de poder”.

Pero Laborde ha perdido el compás de la humillación. Ha respondido únicamente “sí” cuando era necesario acentuar la insinuación hecha por sus arcángeles con placa de la G.P.U. Carrillo, más sagaz que él, se ha apresurado a declarar que la corrupción y el “sectarismo-oportunismo” fueron practicados con “conocimiento de la dirección”. Como consecuencia, Carrillo sigue de director de “La Voz de México” mientras Laborde ha echado por tierra en un momento toda su carrera burocrática.

Por ahora sólo ha sido arrojado de la dirección. Pero cuando se ha perdido una vez el favor de Stalin se está irremisiblemente perdido. Pronto los emisarios de Stalin comenzarán a descubrir tremendas perfidias de Laborde, quizás nos aguarde algún descubrimiento sensacional de su corrupción y desde luego no dejará de ser acusado de connivencia o complicidad con el trotskismo, o pura y simplemente de trotskista. Le auguramos a Laborde días amargos. Sus más incondicionales aduladores, los más rastreros burocratillos que tomaban sus palabras como versículos de la biblia, le abandonarán convirtiéndose en sus peores detractores. Estoicismo, señor Laborde: hay que sufrir las consecuencias de la moral que se practica.

Políticamente se insinúa una novedad en el último número de “La Voz de México”. Parece que ya no se trata de hacer del Partido Comunista un gran partido de masas, sino de crear el “partido único marxista-leninista-stalinista”. (Nos vemos obligados a reproducir la jerga del lenguaje oficial). Con esto quiere designarse a la burocracia lombardista, a la que el stalinismo arroja una sonda de experimentación en forma de preguntas hechas por un militante inexistente: “¿Si se confía abiertamente en él por qué no hacerle ingresar en el Partido?” “Él” quiere decir Lombardo Toledano, a quien se considera marxista y leninista.

No sabemos lo que responderá Lombardo, pero lo más probable es que finja no ver el anzuelo, aunque para sus propios fines le convengan los halagos del stalinismo. En la práctica no existen diferencias entre un Lombardo y un Laborde cualquiera o su sustituto. Ambos son igualmente perniciosos al proletariado. Pero mientras la base material de la política conservadora stalinista se halla en Rusia, la base material de la política conservadora de Lombardo está en las capas sociales mexicanas interpuestas entre la burguesía y el proletariado. En determinados momentos esta disparidad genealógica puede no tener trascendencia y producir una política convergente. Sin embargo, la guerra europea ha dado a las burocracias reformista y stalinista trayectorias opuestas. Ninguna de las dos marcha, bien entendido, hacia la revolución, sino que se han dividido, como el capitalismo, en bandos antagónicos. Las acusaciones que mutuamente se hacen tienen por objeto favorecer al bando a que cada uno pertenece.

Por la base económica que le sustenta Lombardo está obligado a situarse tras los imperialismos democráticos. Su fusión con el stalinismo aparece completamente imposible desde este punto de vista. Para ello sería necesario que rompiera los intereses que le unen a la burguesía mexicana, para trocarlos por los de la burocracia soviética, como han hecho los socialistas españoles Nelken y Carrillo. Dudamos que tal cosa pueda ocurrir actualmente, pero suponiendo que nos equivocáramos, los resultados políticos de esa transformación serían los mismos que está produciendo la intervención de la Comisión Depuradora en el P.C.: pasar de la política de apoyo a los imperialismos democráticos a la de apoyo al imperialismo hitleriano.

Pero ¿qué hacen los trabajadores del Partido Comunista? Apenas es concebible que obreros honrados puedan continuar en él. La más elemental sensibilidad proletaria experimenta una sensación repulsiva ante la impudicia stalinista para ensalzar ayer a las democracias, predicando la guerra contra Alemania, y apoyar hoy al fascismo alemán, contra el que ningún periódico stalinista del mundo lanza el menor ataque desde el Pacto acá. Los trabajadores no pueden elegir entre los partidarios de uno u otro bando imperialista, sino entre la traición reformista, sea lombardista o staliniana, y el internacionalismo proletario, representado por nosotros.

 




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