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“La dictadura democrática de obreros y campesinos”: en Febrero y en Octubre

Con su desarrollo y su resultado, la Revolución de Octubre asestó un golpe formidable a la parodia escolástica del marxismo que se había extendido considerablemente en los medios socialdemócratas rusos, comenzando por el Grupo de Emancipación del Trabajo>[1], que había encontrado su más completa expresión en los mencheviques. Este seudomarxismo consistía esencialmente en transformar el pensamiento condicional y limitado de Marx –“los países adelantados muestran a los atrasados la imagen de su desarrollo futuro”– en una ley absoluta, suprahistórica, sobre la que se esforzaba en basar la táctica del partido de la clase obrera. Con esa teoría, mientras no hubieran dado el ejemplo y creado de algún modo un “precedente” los países más desarrollados desde el punto de vista económico, se descartaba, naturalmente, la cuestión de la lucha del proletariado ruso por el poder.

No cabe duda de que todo país atrasado encuentra algunos rasgos de su porvenir en la historia de los países adelantados; pero esto no sería una repetición general del desarrollo de los acontecimientos. Por el contrario, cuanto mayor carácter mundial revista la economía capitalista, mayor carácter especial adquirirá la evolución de los países atrasados, donde los elementos retardatarios se combinan con los elementos más modernos del capitalismo.

En el prefacio de La guerra campesina escribía Engels: “En determinada etapa –que no llega necesariamente en todas partes al mismo tiempo o en un grado idéntico de desarrollo– la burguesía empieza a notar que su compañero, el proletariado, la supera”. La evolución histórica obligó a la burguesía rusa a hacer esta comprobación más pronto y de un modo más completo que a cualquier otra. Ya a principios de 1905 Lenin había expresado el carácter especial de la Revolución Rusa en la fórmula “dictadura democrática de obreros y campesinos”. Por sí misma, y así lo demostró el curso ulterior de los acontecimientos, esta fórmula no podía tener importancia sino como etapa hacia la dictadura socialista del proletariado con el apoyo de los campesinos.

Enteramente revolucionario y profundamente dinámico, el planteamiento de la cuestión por Lenin era radicalmente opuesto al esquema menchevique, según el cual Rusia sólo podía pretender repetir la historia de los pueblos avanzados, con la burguesía en el poder y la socialdemocracia en la oposición. No obstante, ciertos círculos de nuestro partido no acentuaban en la fórmula de Lenin la palabra “dictadura”, sino la palabra “democrática” para oponerla a la palabra “socialista”. Eso significaba que para Rusia, país atrasado, sólo se podía concebir la revolución democrática. La revolución socialista debía comenzar en occidente y sólo podíamos encauzarnos en la corriente del socialismo siguiendo a Inglaterra, Francia y Alemania. Pero este punto de vista derivaba de modo inevitable en menchevismo, y esto fue lo que apareció claramente en 1917, cuando se plantearon las tareas de la revolución no como cuestiones de pronóstico, sino como cuestiones de acción.

En las condiciones de la revolución, querer realizar la democracia total contra el socialismo –considerado como prematuro– equivalía, políticamente, a cambiar la posición proletaria por la posición de la pequeñoburguesía, convirtiéndose en el ala izquierda de la revolución nacional.

Considerada en sí misma, la Revolución de Febrero era esencialmente burguesa, pero había llegado demasiado tarde y no poseía por sí misma ningún elemento de estabilidad. Desgarrada por contradicciones que se manifestaron desde un principio en la dualidad de poderes, debía transformarse o bien en introducción directa a la revolución proletaria –lo cual aconteció– o bien, bajo un régimen de oligarquía burguesa, en el abandono de Rusia a su transformación en Estado semicolonial.

Por consiguiente, se podía considerar al período consecutivo a la Revolución de Febrero, ya sea como un período de consolidación, desarrollo o perfección de la revolución democrática, o como un período preparatorio de la revolución proletaria. Adoptaban el primer punto de vista, además de los mencheviques y SR, cierto número de dirigentes bolcheviques, quienes se distinguían de aquellos, empero, por el empeño que ponían en arrojar a Rusia a la izquierda de la revolución democrática. Sin embargo, el fundamento de su método era el mismo: consistía en “ejercer presión” sobre la burguesía dirigente, “presión” que no se saliese del molde del régimen democráticoburgués. Si hubiera triunfado esta política, el desarrollo de la revolución se habría efectuado fuera de nuestro partido y, a la postre, hubiéramos tenido una insurrección de las masas obreras y campesinas no dirigidas por el partido, o sea Jornadas de Julio en gran escala, una verdadera catástrofe. Es evidente que la consecuencia inmediata de esta catástrofe hubiera sido la destrucción del partido. Ello demuestra lo profundo de las divergencias que existían entonces.

La influencia de los mencheviques y SR durante el primer período de la revolución no era, por supuesto, fortuita: representaba la fuerte proporción de la pequeñoburguesía y ante todo de las masas campesinas en la población rusa, amén de la falta de madurez de la revolución. Precisamente este estado prematuro, en las condiciones especiales creadas por la guerra, dejó a los revolucionarios de la pequeñoburguesía–defensores de los derechos históricos de ésta en el poder– la posibilidad de dirigir al pueblo, al menos en apariencia. Pero ello no significa que la Revolución Rusa debiera haber seguido el derrotero que en realidad siguió de Febrero a Octubre de 1917. Este no derivaba sólo de las relaciones de clase, sino también de condiciones temporarias creadas por la guerra. Gracias a ella, los campesinos se hallaron organizados y equipados en un ejército de millones de hombres. Antes que el proletariado tuviera tiempo de organizar bajo su bandera a las masas rurales, conduciéndolas tras de sí, los revolucionarios de la pequeñoburguesía habían encontrado un apoyo natural en el ejército campesino sublevado contra la guerra. Ellos presionaron con todo el peso de este ejército innumerable, del que dependía directamente todo, sobre el proletariado y, al principio, lo arrastraron tras de sí.

La marcha de la revolución hubiera podido ser diferente sobre las mismas bases de clase, según lo demuestran mejor que nada los acontecimientos que precedieron a la guerra. En julio de 1914, Petrogrado fue sacudido por huelgas revolucionarias que, inclusive, suscitaron combates en la calle. Es indudable que la dirección de este movimiento pertenecía a la organización clandestina y a la prensa legal de nuestro partido. El bolchevismo consolidaba su influencia en la lucha directa contra los liquidadores y los partidos de la pequeñoburguesía en general. El desarrollo del movimiento hubiera motivado en primer lugar el crecimiento del partido bolchevique: si se hubieran instituido los soviets de diputados obreros en 1914, probablemente habrían sido bolcheviques desde el principio. El despertar del campo se hubiera efectuado bajo la dirección de los soviets urbanos, dirigidos por los bolcheviques. Esto no quiere decir necesariamente que los SR hubieran perdido inmediatamente toda la influencia que allí tenían. Según todas las probabilidades, se habría franqueado la primera etapa de la revolución proletaria bajo la bandera de los narodniki[2]. Pero estos últimos se habrían visto forzados a poner a la vanguardia a su ala izquierda, para estar en contacto con los soviets bolcheviques de las ciudades. Igualmente, en este caso, el resultado directo de la insurrección hubiera dependido, ante todo, del estado de ánimo y de la conducta del ejército, que estaba ligado a los campesinos.

Es imposible, y además inútil, tratar de adivinar ahora si el movimiento de 1914-1915 habría acarreado la victoria en caso de que no hubiera estallado la guerra. Pero hay muchos indicios para suponer que si la revolución victoriosa se hubiera desarrollado en el sentido que iniciaron los sucesos de julio de 1914, el derrocamiento del zarismo habría ocasionado el advenimiento al poder de los soviets obreros revolucionarios quienes, al principio, por mediación de los narodniki de izquierda, hubieran atraído a su órbita a las masas campesinas.

La guerra interrumpió el movimiento revolucionario que había empezado a desarrollarse, lo aplazó y después lo aceleró por demás. En la forma de un ejército de varios millones de hombres la guerra creó una base excepcional, tanto política como organizativa, para los partidos de la pequeñoburguesía. Efectivamente, resulta difícil convertir al campesinado en base de organización, incluso cuando sea revolucionario. Los partidos de la pequeñoburguesía se imponían al proletariado y lo encerraban en las redes del defensismo>[3], apoyando se en la organización del ejército. Es por ello que, desde un principio, Lenin combatió con encarnizamiento la vieja consigna de “dictadura democrática de obreros y campesinos”, que, dadas las nuevas condiciones, significaba la transformación del partido bolchevique en el ala izquierda del bloque defensista. Para Lenin, la tarea principal estribaba en sacar del pantano defensista a la vanguardia proletaria. Sólo con esta condición, el proletariado podría, en la etapa siguiente, llegar a ser el centro de reagrupamiento de las masas trabajadoras del campo.

Pero, ¿qué actitud era menester adoptar frente a la revolución democrática o, dicho con más exactitud, frente a la dictadura democrática de obreros y campesinos? Lenin increpa vigorosamente a los “viejos bolcheviques” que han desempeñado ya varias veces –dice– un triste papel en la historia de nuestro partido repitiendo sin inteligencia una fórmula “aprendida” en vez de “estudiar” las particularidades de la nueva situación real. “No hay que apegarse a las viejas fórmulas –añade–, sino a la nueva realidad. ¿Abarca esta realidad la fórmula “viejo-bolchevique” de Kamenev* relativa a que no ha terminado la revolución democráticoburguesa? No; semejante fórmula es anticuada. Carece de valor y está muerta. Vanos serán los esfuerzos que se intenten para resucitarla”.

Es verdad que Lenin señaló ocasionalmente que los soviets de los diputados obreros, soldados y campesinos en el primer período de la Revolución de Febrero, encarnaron hasta cierto punto la dictadura democráticorevolucionaria de obreros y campesinos. Así fue en la medida en que tales soviets ejercieron el poder. Pero, según ha replicado el propio Lenin en muchas ocasiones, los soviets del período de Febrero ejercían sólo un semipoder; sostenían el poder de la burguesía, no sin mantenerla a raya con el peso de una semioposición. Precisamente es esta situación equívoca la que les permitía no salirse del marco de la coalición democrática de obreros, campesinos y soldados.

Aunque muy distante todavía de la dictadura, esta coalición propendía a ella conforme se apoyaba, antes que en relaciones estatales regularizadas, en la fuerza armada y en la alianza revolucionaria. La inestabilidad de los soviets conciliadores residía en el carácter democrático de tal coalición de obreros, campesinos y soldados, que ejercían un semipoder. Les quedaba la alternativa de ver disminuir su papel hasta la extinción o de tomar verdaderamente el poder en sus manos. Pero no podían asumirlo como coalición de obreros y campesinos representados por diferentes partidos, sino como dictadura del proletariado dirigida por un partido único que condujera a las masas campesinas tras de sí, empezando por las capas semiproletarias.

En otros términos, la coalición democrática de obreros y campesinos sólo podía considerarse una forma preliminar del ascenso al poder, una tendencia, pero no un hecho. La conquista del poder debía romper la envoltura democrática, imponer a la mayoría de los campesinos la necesidad de seguir a los obreros, permitir que el proletariado realizara su dictadura de clase y, por razón idéntica, poner al orden del día, paralela a la democratización radical de las relaciones sociales, la injerencia socialista del Estado obrero en los derechos de la sociedad capitalista. Continuar, en estas condiciones, ateniéndose a la fórmula de la “dictadura democrática” equivalía, en realidad, a renunciar al poder y a arrinconar la revolución en un callejón sin salida.

La principal cuestión en litigio, a cuyo derredor giraban las demás, era la de si se debía luchar por el poder y asumirlo, o no. Eso basta para demostrar que no estábamos en presencia de aparentes divergencias episódicas, sino al frente de dos tendencias de principio. Una de ellas era proletaria y conducía a la revolución mundial; la otra era democrática, de la pequeñoburguesía, y comportaba en último término la subordinación de la política proletaria a las necesidades de la sociedad burguesa en su proceso de reforma. Estas dos tendencias chocaron violentamente en todas las cuestiones del año 1917, por poco importantes que fuesen. La época revolucionaria, es decir, el momento de poner en actividad el caudal acumulado por el partido, debía motivar inevitablemente algunos desacuerdos del mismo género. En mayor o menor escala, ambas tendencias se manifestarán aún muchas veces en todos los países, durante los períodos revolucionarios, con las diferencias motivadas por cada situación. Si por “bolchevismo” se entiende una educación, un temple, una organización de la vanguardia proletaria capaz de tomar el poder por la fuerza; si por “socialdemocracia” se entiende el reformismo y la oposición dentro del marco de la sociedad burguesa, así como la adaptación a la legalidad de ésta, o sea la educación de las masas en la idea de la inmutabilidad del Estado burgués; está claro que, la lucha entre las tendencias socialdemócratas y el bolchevismo –incluso en un partido comunista, que no surge completamente armado de la forja de la historia–, debe manifestarse de la manera más clara y abierta en el período revolucionario, cuando se plantea directamente la cuestión del poder.

Hasta el 4 de abril, es decir después de que Lenin llegó a Petrogrado, no se planteó ante el partido el problema de la conquista del poder. Pero, aun a partir de este momento, la línea del partido no tiene un carácter continuo, indiscutible para todos. A pesar de las decisiones de la Conferencia de Abril de 1917[4], durante todo el período preparatorio, se manifiesta una resistencia tan sorda como declarada hacia la vía revolucionaria. El estudio del desarrollo de las divergencias entre Febrero y la consolidación de la Revolución de Octubre, no sólo ofrece un interés teórico excepcional, sino también una importancia práctica inconmensurable.

[1] Grupo de Emancipación del Trabajo: fue fundado por Plejanov juntamente con Axelrod, Zasulich, Deutsch e Ignatov, exiliados rusos en Suiza, después de su ruptura con el “populismo” en 1883. Fue la primera organización socialdemócrata rusa con carácter de tal y fue disuelta cuando se fundó el Partido Socialdemócrata Ruso (POSDR).

[2] Narodnikis (populistas): nombre ruso con el que se designaba a los SR.

[3] Defensismo: consistía en continuar la guerra con el argumento que el ejército alemán seguía bajo las órdenes del káiser.

[4] La Conferencia Panrusa de Abril de los bolcheviques se celebró en Petrogrado del 24 al 29 de abril.



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