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La economía soviética en peligro

LA ECONOMIA SOVIETICA EN PELIGRO[1]

22 de octubre de 1932

Los éxitos de los dos primeros años del plan quinquenal demostraron a la burguesía de todo el mundo que la revolución proletaria era un asunto mucho más serio de lo que parecía al principio. Al mismo tiempo aumentó el interés en el “experimento” soviético. Grupos destacados de eminentes publicaciones burguesas comenzaron a editar informes económicos relativamente objetivos.
Mientras tanto, la prensa comunista internacional superó las previsiones más optimistas de la prensa soviética, exagerándolas burdamente, se supone que con un interés propagandístico, y convirtiéndolas en una leyenda económica.
Los demócratas pequeñoburgueses, que no tuvieron el menor apuro para formarse una opinión sobre un hecho tan complejo como la Revolución de Octubre, saludaron con alegría la posibilidad de apoyar sus tardías simpatías en las estadísticas del plan quinquenal. Por fin, magnánimamente, “reconocieron” a la república soviética, recompensándola de esta manera por sus conquistas económicas y culturales. Este acto de heroísmo moral les proporcionó a muchos de ellos la oportunidad de hacer un viaje interesante y barato.
Por cierto, resulta mucho más meritorio defender la construcción socialista del primer estado obrero que apoyar las pretensiones de Wall Street o de la City. Pero las tibias simpatías de estos caballeros hacia el gobierno soviético son tan útiles como la antipatía del Congreso de Amsterdam hacia el militarismo.
Naturalmente, las personas del tipo de los Webb* (que no son los peores) no tienen la menor inclinación a romperse la cabeza con las contradicciones de la economía soviética. Sin comprometerse para nada, pretenden fundamentalmente utilizar las conquistas de los soviets para avergonzar o enfurecer a los círculos dominantes de su país. Aprovechan una revolución extranjera como arma secundaria en beneficio de su reformismo. En función de este objetivo, así como de su tranquilidad personal, los “amigos de la URSS”, junto con la burocracia comunista internacional, necesitan un panorama de los éxitos de la URSS que sea lo más simple, armonioso y reconfortante posible. El que perturba ese panorama no es más que un enemigo y un contrarrevolucionario.
Durante los últimos dos años, cuando ya las contradicciones y desproporciones de la economía soviética se reflejaban en las páginas de la prensa soviética oficial, la prensa comunista internacional incurrió en una burda y perjudicial idealización del régimen transicional.
Nada tan precario como las simpatías basadas en la leyenda y la ficción. No se puede depender de gente cuyo apoyo se logra con falsedades. Inevitablemente, y en un futuro muy cercano, la crisis inminente de la economía soviética disipará la almibarada leyenda y no hay razones para dudar de que despertará la indiferencia, si no la oposición, de muchos amigos filisteos.
Pero, lo que es peor y mucho más serio, la crisis soviética tomará totalmente desprevenidos a los trabajadores europeos, fundamentalmente a los comunistas; se volverán entonces muy receptivos a la crítica socialdemócrata, absolutamente enemiga de los soviets y del socialismo.
En esta cuestión, como en todas las demás, la revolución proletaria necesita la verdad y solamente la verdad. Dentro de los límites de este breve folleto, pretendo presentar en toda su agudeza las contradicciones de la economía soviética, el carácter incompleto y precario de muchas de sus conquistas, los groseros errores de la dirección y los peligros que amenazan el camino al socialismo. Que nuestros amigos pequeñoburgueses pinten servilmente el cuadro de rosado y celeste. Para nosotros es mucho más correcto señalar con una gruesa línea negra los puntos débiles e indefensos por los que el enemigo amenaza irrumpir. La acusación de que estamos en contra de la Unión Soviética es tan absurda que lleva en sí misma su propio antídoto. El futuro inmediato confirmará lo acertado de nuestra posición. La Oposición de Izquierda enseña a los trabajadores a prever los peligros, no a caer en el desconcierto cuando amenazan.
El que acepta la revolución proletaria sólo cuando va acompañada por todo tipo de conveniencias y garantías de por vida no puede seguir el mismo camino que nosotros. Aceptamos el Estado obrero tal como es y afirmamos: “Este es nuestro Estado.” Pese a su herencia de atraso, pese al hambre y la inercia, pese a los errores y hasta las abominaciones de la burocracia, los obreros de todo el mundo tienen que defender con uñas y dientes la futura patria socialista que este Estado representa. El principal servicio que rendimos a la república soviética es de decirles a los obreros la verdad sobre ella y en consecuencia señalarles el camino hacia un futuro mejor.

El arte de la planificación

El golpe de Octubre y las leyes fundamentales del Estado soviético sentaron las bases de la planificación socialista. En unos cuantos años se crearon y pusieron en funcionamiento instituciones estatales para centralizar la administración de la economía. Se realizó un gran trabajo creativo. Se reconstruyó lo que la guerra imperialista y la guerra civil destruyeron. Se fundaron grandes empresas, nuevas industrias y ramas industriales enteras. Se demostró la capacidad del proletariado organizado en un estado para dirigir la economía con nuevos métodos y crear valores materiales a un ritmo sin precedentes. Todo esto se logró con el trasfondo del decadente capitalismo mundial. El socialismo como sistema demostró por primera vez su derecho al triunfo histórico, no en las páginas de El capital sino en la praxis de las plantas hidroeléctricas y de los altos hornos. De más está decir que Marx hubiera preferido contar con este método demostrativo.
Sin embargo, las irresponsables afirmaciones de que la URSS ya entró al socialismo son criminales. Los avances son muy grandes. Pero todavía queda un largo y arduo camino para llegar al triunfo real sobre la anarquía económica, la superación de las desproporciones y la posibilidad de garantizar una economía armoniosa.
Aún cuando el Primer Plan Quinquenal tomó en consideración todos los aspectos posibles, por la misma naturaleza de las cosas no podía ser más que una primera hipótesis no muy elaborada, destinada de ante mano a ser reconstruida en lo fundamental a medida que el proceso avanzara. Es imposible crear a priori un sistema económico completo y armonioso. La hipótesis de planificación no podía menos que incluir las viejas desproporciones y el desarrollo inevitable de otras nuevas. La administración centralizada no implica solamente grandes ventajas sino también el peligro de los errores centralizados, es decir, elevados a la enésima potencia. Solamente la continua regulación del plan en el proceso de su aplicación, su reconstrucción parcial y total, pueden garantizar su efectividad económica.
El arte de la planificación socialista no cae del cielo ni está plenamente maduro cuando se toma el poder. Por ser parte de la nueva economía y de la nueva cultura sólo lo pueden dominar en la lucha, paso a paso, no unos cuantos elegidos sino millones de personas. No hay nada de asombroso ni de desalentador en el hecho de que en el decimoquinto aniversario de la Revolución de Octubre el arte de la administración económica todavía esté a un nivel muy bajo. El periódico Za Industrializatsiu (Por la Industrialización) declaró: “Nuestro plan de operaciones no tiene manos ni pies” (12 de septiembre de 1932). Y precisamente ahora el plan de operaciones es el nudo de la cuestión.
Señalamos más de una vez que “con una planificación incorrecta, o lo que es más importante, con una regulación incorrecta del plan en el proceso de su aplicación, puede desatarse una crisis al final del Primer Plan Quinquenal que creará dificultades insuperables para la utilización y desarrollo de sus nuevos éxitos” (Nuevos zigzags y nuevos peligros, 15 de julio de 1931, Biulleten Oppositsii, N° 23)[2]. Fue por esta razón que consideramos que la apresurada y puramente fortuita “transformación del plan quinquenal en un plan cuatrienal fue una actitud propia del más irresponsable aventurerismo” (ibíd). Desgraciadamente, nuestros temores y prevenciones se confirmaron plenamente.

Los totales preliminares del plan quinquenal

En este momento no cabe siquiera discutir que el plan quinquenal se cumpla actualmente en cuatro años (más exactamente, cuatro años y tres meses). Por más que en los últimos dos meses se empuje frenéticamente, no se podrá modificar los totales generales. Todavía es imposible determinar el porcentaje real -es decir, medido en términos económicos- en que se cumplió el plan preliminar. Los datos publicados en la prensa son estadísticamente formales pero no económicamente exactos. Si se construye el noventa por ciento de una nueva planta y luego se suspende el trabajo por falta de materia prima, desde un punto de vista estadístico formal se puede decir que el plan se cumplió en un noventa por ciento. Pero desde un punto de vista económico simplemente hay que acreditar la inversión en la columna de pérdidas. Desde la perspectiva del balance económico nacional, el balance de la efectividad real de las plantas ya construidas o en proceso de construcción es todavía cosa del futuro. Pero los resultados obtenidos, por imponentes que sean tomados aisladamente -aún considerándolos desde un punto de vista simplemente cuantitativo-, son mucho menores que lo que se había planeado.
La producción de carbón se mantiene al nivel del año pasado; por consiguiente, está lejos de haber alcanzado las cifras establecidas para el tercer año del plan quinquenal. “Los lagos Donbas están a la retaguardia de las ramas más atrasadas de la industria soviética”, se queja Pravda. “Se rompe el equilibrio en la producción de combustible”, le hace eco Za Industrializatsiu (8 de octubre de 1932).
En 1931 se produjeron 4,9 millones de toneladas de hierro fundido en lugar de los 7,9 millones establecidos por el plan, 5,3 millones de toneladas de acero en lugar de 8,8 millones, y finalmente 4 millones de acero laminado en lugar de 6,7 millones. En comparación con 1930 esto significa una disminución del 2% en la producción de hierro fundido, del 6% en la producción de acero y del 10% en la de acero laminado.
En nueve meses de 1932 se produjeron 4,5 millones de toneladas de hierro fundido, 4,1 millones de toneladas de acero, 3,5 millones de toneladas de metal laminado. En el corriente año, junto con el considerable incremento en la producción de hierro (¡logrado látigo en mano!), la producción de acero y de acero laminado se mantiene aproximadamente al nivel del año pasado. Por supuesto, desde el punto de vista de los objetivos de la industrialización lo decisivo no es el hierro en bruto sino el acero laminado.

Cantidad y calidad

Junto con estos resultados cuantitativos, a los que Ekonomicheskaia Zizn (Vida Económica ) califica de “impresionantes errores”, hay que considerar una disminución en la calidad sumamente desfavorable y, debido a sus consecuencias, mucho más peligrosa. Siguiendo a la prensa económica especializada, Pravda confiesa abiertamente que en la metalurgia pesada “la situación, en lo que respecta a los índices de calidad, es inadmisible”. “Los productos defectuosos se comen el acero de buena calidad.” “Los coeficientes técnicos en la utilización de los equipos son cada vez peores.” “Aumenta notoriamente el costo de producción de las mercancías.” Bastan como ejemplo dos cifras: en 1931 la tonelada de hierro costaba 35 rublos, en la primera mitad del corriente año 60 rublos.
En 1929-1930 se fundían 47.000 toneladas de cobre; en 1931, 48.000 toneladas, un tercio de la cantidad establecida por el plan. Para el corriente año se bajó el plan a 90.000 toneladas, pero en los primeros ocho meses se fundieron menos de 30.000. Sobran los comentarios en cuanto a lo que implica esto para la fabricación de maquinaria en general y de equipos electrotécnicos en particular.
En el terreno de la electrificación, pese a todos los éxitos, hay un retardo considerable; en agosto las plantas generaron el 71% de la energía que se supone debían producir. Za Industrializatsiu habla de la “explotación inepta e ignorante de las plantas de energía que se construyeron”. Pende la amenaza de grandes dificultades en la producción de energía para el invierno. Ya comenzaron en las regiones de Moscú y Leningrado.
La industria liviana, que el año pasado se retrasó excesivamente respecto al plan, tuvo un aumento en el primer semestre de este año de un 16%, pero el tercer trimestre volvió a caer por debajo de las cifras del año anterior. La industria alimenticia está en el último lugar. En los ocho meses que van de este año la producción de mercancías complementarias por la industria pesada alcanza solamente al 35% del objetivo anual. En este momento es imposible estimar qué proporción de esta masa de bienes aceleradamente improvisados satisface realmente las necesidades del mercado.
Se provee de carbón y materia prima, a las fábricas, cuando llegan apremiantes telegramas pidiéndolos. La industria, como lo señala Ekonomicheskaia Zizn “se apoya en los pedidos telegráficos”. Pero éstos no pueden hacer aparecer lo que no existe.
El carbón extraído apresuradamente y mal seleccionado obstaculiza el trabajo de las empresas de producción de coque. El contenido excesivamente alto de humedad y cenizas en el coque disminuye en millones de toneladas la cantidad de metal producido y disminuye su calidad. Las máquinas de metal malo producen mercancías inferiores, sufren desperfectos que obligan a los obreros a permanecer inactivos, y se deterioran rápidamente.
En los Urales, nos informa el periódico, “los altos hornos están en dificultades; debido a la escasa provisión de combustible permanecen fríos de tres a veinte días”. He aquí un hecho muy esclarecedor: las plantas metalúrgicas de los Urales tenían sus propios sistemas para el transporte de combustible a caballo; en febrero de este año había 27.000 caballos, en julio 14.000, en septiembre 4.000. Esto sucede a causa de la falta de forraje.
Pravda caracteriza de la siguiente manera la situación de la fábrica de tractores de Stalingrado, en la que la cantidad de piezas cayó de 250.000 a 140.000 toneladas. “Los equipos, debido a que no se hacia la más elemental supervisión técnica, en forma constante (...) se deterioraron excesivamente.” “La producción defectuosa asciende al 35%” “Todo el mecanismo de la planta está sumido en la suciedad”. “En las fundiciones nunca se sabe qué pasará al día siguiente.”
“Los métodos artesanales están echando abajo la producción en cadena.”
¿Por qué decrece la producción en la industria liviana pese a las colosales inversiones? Porque, replica Pravda, “no se coordinan las ramas de cada complejo de acuerdo a su capacidad”. Sin embargo, la tecnología capitalista resolvió el problema de la coordinación de las distintas ramas.
¡Y cuánto más complejo y difícil es el problema de la coordinación de las empresas y de ramas enteras de la industria!
“La fábrica de cemento de Podolsk enfrenta dificultades peligrosas”, dice Za Industrializatsiu. “En el primer semestre se cumplió el programa de producción en un 60%, en los últimos meses en un 40% (...) Los costos básicos se han encarecido al doble de lo planteado en el plan.” Estas características se aplican, en diferente medida, a toda la industria actual.
La exigencia administrativa de producir mayor cantidad conduce a una temible disminución de la calidad; en la etapa siguiente, la baja calidad debilita la lucha por la mayor cantidad; finalmente, el costo de los “éxitos” económicos irracionales supera en muchas veces, por regla general, el valor de estos mismos éxitos. Todos los obreros avanzados están familiarizados con esta dialéctica, no porque la hayan aprendido en los libros de la academia comunista sino por su práctica, por la experiencia en su mina, fábrica, ferrocarril, estación de combustible, etcétera. Las consecuencias de esta carrera frenética se hacen sentir plenamente en la esfera educativa. Pravda se ve obligado a admitir que “al disminuir la calidad de la preparación, al escamotear los temas científicos o pasar por ellos ‘al galope’, los VTUZI (escuelas tecnológicas superiores) perjudicaron a la industria en vez de ayudarla”. ¿Pero quién es el responsable del “paso al galope” en las instituciones educativas superiores?
Si introdujéramos en los datos oficiales un coeficiente correctivo para la calidad, los índices de cumplimiento del plan sufrirían inmediatamente sustanciales caídas. Hasta Kuibyshev tuvo que admitirlo hace menos de un año. “Las cifras referidas al enorme crecimiento de la industria se vuelven relativas -anunció cautelosamente en una sesión del Consejo Supremo de la Economía Nacional- cuando se toman en cuenta las variaciones en la calidad.” Rakovski se expresó mucho más lúcidamente: “Si no se toma en cuenta la calidad de la producción los índices cuantitativos se convierten en una ficción estadística.”

Producción de bienes de capital

Rakovski previno hace más de dos años que las expectativas del plan no se adecuaban a los recursos disponibles. Escribió: “Ni el nivel de crecimiento de la producción especificado en el plan, ni el propio plan de producción de bienes de capital, eran adecuados (...) En realidad, toda la política precedente en el terreno de la industria se redujo a la explotación forzosa del viejo capital fijo (...) sin la menor preocupación por el futuro.” El intento de superar las brechas con un simple salto hacia adelante es lo menos realista que hay en el terreno de la producción de bienes de capital. Los recursos necesarios para el cumplimiento del plan “no existen en el país ni existirán en el futuro inmediato”. De aquí la advertencia: “El plan de construcción de bienes de capital fallará en medida considerable.”
Y esta predicción se cumplió totalmente. Ya en 1931 hubo retrasos muy grandes en la construcción. En el presente año se incrementaron más todavía. El programa de fabricación de medios de transporte se cumplió en los primeros nueve meses en un 38%, según la evaluación del propio departamento. En otras ramas por regla general, la situación es todavía menos favorable, pero donde peor se está es en la construcción de viviendas. El material y los recursos disponibles están divididos en demasiadas construcciones, lo que conduce al bajo rendimiento de las inversiones.
Se gastaron 65 millones de rublos en la fábrica de cobre de Baljashski. Los gastos continúan creciendo día a día, en realidad para nada; con el fin de continuar el trabajo hubo que transportar en el transcurso de un año 300.000 toneladas de mercancías, mientras que el transporte disponible sólo da para 20.000 toneladas. Hay demasiados ejemplos similares a éste, aunque no tan obvios.
La mala calidad de los materiales y los equipos afecta cruelmente la producción de bienes de capital. “El hierro para los techos es de tan mala calidad -escribe Pravda- que se quiebra al manipularlo.”
El impresionante estancamiento de la producción de bienes de capital socava automáticamente los fundamentos del Segundo Plan Quinquenal.

Las desproporciones internas y el mercado mundial

El problema de la proporcionalidad entre los elementos productivos y las ramas económicas constituye el núcleo de la economía socialista. Los caminos tortuosos que conducen a la solución de este problema no aparecen marcados en ningún mapa. Descubrirlos, o más correctamente trazarlos, será tarea para un largo y arduo futuro.
Toda la industria clama por la escasez de repuestos. Los telares permanecen inactivos porque no se consiguen tornillos. Dice Ekonomicheskaia Zizn: “Se deja librada al azar la producción de mercancías de consumo muy difundido, producción que no corresponde a la (...) demanda.”
“Sólo en el primer semestre de 1932 la industria (pesada) inmovilizó, ‘congeló’, mil millones de rublos en material almacenado, productos sin terminar e incluso bienes acabados que están en los depósitos de las fábricas” (Za Industrializatsiu, 12 de septiembre de 1932). He aquí la evaluación oficial de algunas desproporciones y discordancias expresadas en términos monetarios.
Las desproporciones mayores y menores hacen necesario volverse al mercado internacional. Cada chervonets (unidad monetaria con respaldo oro) de bienes importados puede aportar a la industria interna cientos y miles de chervontsi y sacarla de su estado moribundo. El crecimiento general de la economía por un lado, y el surgimiento de nuevas exigencias y desproporciones por el otro, incrementan invariablemente la necesidad de ligarse a la economía mundial. El planteamiento de la “independencia”, es decir del carácter autosuficiente de la economía soviética, demuestra una vez más su carácter reaccionario y utópico. La autarquía es el ideal de Hitler, no de Marx y Lenin.
Así, desde el comienzo del plan quinquenal la importación de metal aumentó cinco veces en volumen y cuatro veces en valor. Si en el corriente año hubo escasez de este artículo importado, fue solamente a causa del comercio exterior. Pero por eso la importación de maquinaria industrial aumentó excesivamente.
En un discurso pronunciado el 8 de octubre, Kaganovich afirmó que tanto la Oposición de Izquierda como la de Derecha “nos proponen reforzar nuestra dependencia del mundo capitalista”. ¡Como si se tratara de un paso artificial y arbitrario y no de la lógica automática del crecimiento económico!
Al mismo tiempo la prensa soviética cita elogiosamente las palabras de Sokolnikov en la entrevista que se le hizo en vísperas de su viaje a Londres. “En Inglaterra se reconoce cada vez más el hecho de que la posición avanzada del estado soviético, en lo que se refiere a la industria y la tecnología, significará un mercado mucho más amplio para los productos de la industria británica.” Sokolnikov no considera que el signo del progreso económico de la Unión Soviética sea el debilitamiento de los lazos con el mercado exterior sino su fortalecimiento, y en consecuencia el fortalecimiento de la dependencia de la economía mundial. ¿Es que acaso el ex oposicionista Sokolnikov se está dedicando al “contrabando trotskista”? Y si es así, ¿por qué lo elogia la prensa oficial?
El discurso de Stalin con sus saludables “seis condiciones” estaba dirigido contra la baja calidad de la producción, los altos costos básicos, la migración de la fuerza de trabajo, los elevados porcentajes de pérdida, etcétera. Desde ese momento no se publicó un solo artículo que no haga referencia al “discurso histórico”. Y mientras tanto, todos los males que iban a ser curados con las seis condiciones se agravaron y asumieron un carácter aún más maligno.

La situación de los trabajadores

Día a día la prensa oficial atestigua el fracaso de la receta de Stalin. Para explicar la caída de la producción, Pravda señala “la disminución de la fuerza de trabajo en las fábricas, la creciente migración, el debilitamiento de la disciplina laboral” (23 de septiembre). Za Industrializatsiu señala, entre los motivos de la productividad extremadamente baja del complejo del Ural Rojo, junto con “la impresionante desproporción entre las distintas partes del complejo”, los siguientes: 1) “enorme migración de la fuerza de trabajo”; 2) “confusa política salarial”; 3) “fracaso en proporcionar (a los obreros) viviendas habitables”; 4) “alimentación indescriptible de los trabajadores”; 5) “catastrófica caída de la disciplina laboral”. Hemos citado literalmente. En lo que se refiere a la migración, “que superó todos los limites”, este periódico dice que “las condiciones de vida de los trabajadores son deplorables en todas las empresas metalúrgicas no ferrosas, sin excepción”.
En las fábricas de locomotoras, que en los primeros nueve meses del año no lograron proporcionar al país 250 locomotoras, “se observa una aguda escasez de obreros calificados”. En el verano se fueron más de dos mil trabajadores solamente de la fábrica Kolomensk. ¿Las razones? “Malas condiciones de vida.” En la fábrica de Sormovsk “la cocina es una cueva de la peor especie” (Za Industrializatsiu, 28 de septiembre). En la privilegiada fábrica de tractores de Stalingrado “la cocina en gran medida, dejó de funcionar” (Pravda, 21 de septiembre). ¡Hasta qué punto tiene que haber llegado el descontento de los obreros para que la prensa stalinista publique estos datos! Naturalmente, en la industria textil las condiciones no son mejores. “Solamente en el distrito Ivanosvk -nos informa Ekonomicheskaia Zizn- abandonaron los talleres alrededor de 35.000 tejedores calificados.” Según este mismo periódico, en el país hay talleres en los que más del 60% de la fuerza total de trabajo cambia todos los meses. “La fábrica se está convirtiendo en un lugar de paso.”
Durante mucho tiempo hubo una tendencia a explicar el cruel fracaso de las “seis condiciones” acusando simplemente a la administración y a los propios trabajadores: “incapacidad”, “falta de voluntad”, “dormirse sobre los laureles”, etcétera. Sin embargo, durante estos últimos meses los periódicos apuntan cada vez más, generalmente de manera disimulada, al verdadero eje del mal, las insoportables condiciones de vida de los trabajadores.
Hace más de dos años que Rakovski señaló que ésta es la principal de todas las razones. “El motivo de que haya más desperfectos, de que decaiga la disciplina laboral, de que haya que aumentar la cantidad de obreros -escribió- reside en que el trabajador está físicamente incapacitado para soportar una carga que supera sus fuerzas.”
¿Por qué son deficientes las condiciones de vida? Los periódicos se refieren a “la despectiva [!] actitud hacia los problemas relativos a las condiciones de vida de los trabajadores y la necesidad de satisfacer sus necesidades cotidianas” (Za Industrializatsiu, 24 de setiembre). Con esta simple frase la prensa stalinista dijo más de lo que pretendía. En el estado obrero solamente una burocracia arrogante y no controlada puede adoptar una “actitud despectiva” hacia las necesidades de los trabajadores. Indudablemente, hubo que dar esta arriesgada explicación para ocultar el hecho fundamental: la escasez de bienes materiales para proveer a los trabajadores. La renta nacional está incorrectamente distribuida. Se fijan objetivos económicos sin tener en cuenta los medios reales con que se cuenta. Se vuelca sobre las espaldas obreras, una carga cada vez más inhumana.
En todas las publicaciones de la prensa soviética se encuentran referencias a las “fallas” en la provisión de productos alimenticios. La combinación de la desnutrición con el esfuerzo excesivo basta para liquidar todo trabajo en equipo y agotar a los mismo obreros. Para consolarse, Pravda saca la fotografía de una trabajadora alimentando a “su cerdo privado”. Esa es precisamente la salida a la que se apela. “La economía doméstica privada -pontifica el periódico (3 de octubre)- hasta ahora ataba al obrero al capitalismo, pero ahora lo liga al sistema soviético.” ¡Es increíble! Hace mucho tiempo aprendimos que la economía doméstica privada se basa en la esclavitud de la mujer, el elemento más abominable de la esclavitud social en general. Pero ahora parece que “su cerdo privado” liga al proletariado al socialismo. De este modo los hipócritas funcionarios hacen de la cruel necesidad una virtud. La mala nutrición y la fatiga nerviosa provocan apatía hacia el medio en que uno vive. Como consecuencia, no sólo las viejas fábricas sino también las nuevas, que se construyeron de acuerdo a la última palabra de la tecnología, caen rápidamente en un estado agónico. El propio Pravda dice: “¡Es imposible encontrar un alto horno que no esté sumergido en basura!”
En lo que se refiere a las condiciones morales, éstas no andan mejor que las físicas. “La administración de la fábrica se aisló de las masas” (Pravda). En lugar del acercamiento sensible a los trabajadores, “predominan la intimidación descarada y el autoritarismo”. En cada ejemplo individual se hace referencia a fábricas aisladas. Pravda no puede darse cuenta de que la suma de los casos individuales conforman el régimen stalinista.
En toda la industria metalúrgica no ferrosa “no hay un solo comité de fábrica que funcione más o menos satisfactoriamente” (Za Industrializatsiu, 13 de setiembre). Pero, ¿cómo y por qué sucede que en un Estado obrero los comités de fábrica -de toda la industria, no sólo de la metalúrgica- funcionan mal? ¿No será, tal vez, porque están estrangulados por la burocracia partidaria?
En la fábrica de locomotoras de Dzherzhinski, en una sola sesión del Buró Central de los herreros, se trataron simultáneamente dieciocho casos de expulsión del partido; entre los carreteros, nueve casos; entre los caldereros, doce. El problema no se limita a una fábrica aislada. El autoritarismo reina en todas partes. Y la única respuesta de la burocracia a la iniciativa y crítica desde la base es... la represión.
El proyecto de plataforma (abril de 1931) de la Oposición de Izquierda Internacional proclama: “El nivel de vida de los trabajadores y su participación en el estado son los criterios que deben guiar todas las conquistas del socialismo.” “Si la burocracia stalinista encarara desde este punto de vista la planificación y la regulación de la economía -escribimos hace más de un año-, no cometería a cada momento errores tan graves, no se vería obligada a adoptar una política zigzagueante y perjudicial ni se vería enfrentada por los peligros políticos que la acosan” (Nuevos zigzags y nuevos peligros).

La economía agrícola

“La economía agrícola de la Unión Soviética -escribía Pravda el 28 de septiembre- está absolutamente entroncada en el camino hacia el socialismo.” Esos planteos, reforzados en general por la cita de la cantidad de granjas y acres colectivizados, no son más que caricatura vacía de la verdadera situación de la agricultura y de las relaciones entre la ciudad y el campo.
La desenfrenada carrera por superar todos los récords de colectivización sin tener en cuenta las posibilidades económicas y culturales de la agricultura produjo, de hecho, consecuencias ruinosas. Liquidó el incentivo al pequeño productor de mercancías mucho antes de poder reemplazarlo por otros incentivos económicos superiores. La presión administrativa, que en la industria se agota rápidamente, es absolutamente impotente en la agricultura.
El mismo número de Pravda nos informa que “la aldea de Cáucaso se hizo acreedora a un premio por su campaña para la siembra de primavera. Al mismo tiempo, la siembra resultó tan mala que los campos estaban enteramente invadidos por la maleza.” La aldea de Cáucaso es un símbolo del alboroto administrativo por la cantidad en el terreno de la agricultura. El cien por ciento de colectivización resultó en un cien por ciento de los campos invadidos por la maleza.
A las granjas colectivas se les entregó más de 100.000 tractores. ¡Gigantesca victoria! Pero como lo demuestran innumerables informes periodísticos, la efectividad de los tractores está lejos de corresponder a su cantidad. En la estación de construcción de máquinas de Poltava, una de las más nuevas, “de los veintisiete tractores recientemente entregados, diecinueve están seriamente dañados”. Estas cifras no se aplican solamente a casos excepcionales. La estación de Ucrania sobre el Volga cuenta con cincuenta y dos tractores; de éstos, dos están fuera de funcionamiento desde la primavera, catorce quedaron totalmente destrozados, y de los treinta y seis restantes se utiliza en la siembra menos de la mitad, “e incluso éstos permanecen alternadamente inactivos”. ¡Todavía no se determinó el coeficiente de funcionamiento útil de los 100.000 tractores!
En el momento más vertiginoso de la colectivización al cien por ciento, Rakovski planteó un pronóstico serio: “De las consecuencias producto de toda la política precedente y agravadas por el período de aventurerismo ultraizquierdista, la principal será la disminución de las fuerzas productivas de la economía rural, indudablemente evidente en la ganadería y en parte de los cultivos dedicados a la materia prima técnica, y cada vez más evidente en el cultivo de cereales.”
¿Estaba equivocado Rakovski? Desgraciadamente no. Nada más chocante que el pequeño, casi imperceptible decreto promulgado por el Comité Ejecutivo Central el 11 de septiembre de 1932, que no fue comentado en la prensa soviética. Con la firma de Kalinin* y Molotov, se obliga a todos los campesinos propietarios individuales a entregar, en función de las necesidades de las granjas colectivas y a pedido de éstas, todos sus caballos a un precio ya fijado. A su vez, las granjas colectivas están obligadas a devolver los caballos a sus propietarios “en buenas condiciones”.
¡Esa es la relación entre el sector socialista y el sector pequeñoburgués de la economía rural! Las granjas colectivas, que trabajan del ochenta al noventa por ciento de las tierras cultivables y que en teoría deberían atraer con sus conquistas a los individualistas, en realidad se ven forzadas a recurrir a la intervención legal del estado para obligar a los propietarios individuales a entregarles los caballos que necesitan para cubrir sus necesidades. Aquí todo está cabeza abajo. Este solo decreto del 11 de septiembre significa la condena de la política de Stalin-Molotov.

El problema de establecer el vínculo

¿Se pueden mejorar las relaciones entre el campo y la aldea sobre una base productiva material? Recordemos una vez más: sólo se puede considerar, plenamente asegurado el fundamento económico de la dictadura del proletariado en el momento en que el estado, para conseguir productos agrícolas, no se ve obligado a recurrir a medidas administrativas compulsivas contra la mayoría del campesinado; es decir, cuando a cambio de las máquinas, herramientas y objetos de uso personal, los campesinos proporcionan voluntariamente al estado la cantidad necesaria de cereal y materia prima. Únicamente sobre esta base -además de otros requisitos necesarios nacional e internacionalmente- puede adquirir la colectivización un verdadero carácter socialista.
La relación entre los precios de los productos industriales y los de los productos agrícolas cambió indudablemente a favor del campesino. Es verdaderamente imposible establecer cifras reales en este sentido. Por ejemplo, Pravda dice que “el costo del quintal de leche varía en las granjas colectivas entre 43 y 206 rublos”. La variación es aún mayor entre los precios estatales y el precio de los mercados legales. No menos variables son los precios de los productos industriales, que dependen de los intermediarios a través de los cuales llegan al campesino. Pero sin pretender de ninguna manera ser exactos, podemos afirmar que los campesinos, en el sentido más preciso del término, cerraron las tijeras de los precios. La aldea comenzó a obtener por sus productos una cantidad de dinero que le permitiría obtener los productos industriales a los precios fijados por el Estado... si esos productos existieran.
Pero una de las desproporciones más importantes surge del hecho de que las mercancías disponibles no se corresponden con el dinero disponible. En el lenguaje de la circulación monetaria eso se llama inflación. En el lenguaje de la economía planificada eso significa planes exagerados, incorrecta distribución de las fuerzas y medios disponibles, en particular entre la producción de bienes de consumo y la producción de medios de producción.
En el momento en que la correlación de los precios comenzó a volverse en contra de la ciudad, ésta se protegió “congelando” los bienes; es decir, simplemente no se los ponía en circulación, se los guardaba para distribuirlos burocráticamente. Este significaba que las tijeras sólo se habían cerrado en el aspecto pecuniario, aún cuando se mantenía la desproporción material. Pero al campesino no le interesan mucho los matices. La escasez de bienes lo empujó y continúa empujándolo hacia la huelga: no quiere cambiar su cereal por dinero.
No siendo una cuestión de simple intercambio ventajoso para ambas partes, la provisión de alimentos y de materias primas agrícolas sigue siendo, como antes, “una campaña política”,“un impulso militante”, y exige en cada oportunidad la movilización de los aparatos estatal y partidario. “Muchas granjas colectivas -informa cautelosamente Pravda (26 de septiembre)- se resisten a la entrega del cereal, escondiendo sus existencias.” Sabemos qué significa en ese contexto la palabra “muchas”. Si el intercambio entre la aldea y la ciudad fuera provechoso, los campesinos no tendrían ningún motivo para “ocultar sus existencias”; pero si no lo es, es decir, si se convierte en una transferencia compulsiva, todos los granjeros colectivos y no“muchos”, y también los individuales, tratarán de ocultar su cereal. Ahora se le dio oficialmente el carácter de un impuesto natural en especie a la obligación de los campesinos de entregar carne, con todas las consecuencias represivas que emergen de ello. Estos hechos reflejan mucho más correctamente los resultados económicos de la colectivización al cien por ciento que la simple estadística de la cantidad de acres colectivizados.
El hecho de que se hayan dictado severas leyes contra el robo a la propiedad socialista caracteriza suficientemente la extensión del mal, cuya esencia consiste, en el campo, en que el campesino trata de entregar su cereal a través de los canales capitalistas y no de los socialistas. Los precios en el mercado especulativo son tan altos que justifican la aplicación de la pena capital. ¿Qué proporción de los bienes alimenticios se deriva por los canales especulativos?
En el trust del pescado del Volga-Caspio se reconoce que el veinte por ciento de la pesca va al mercado privado. “¿Y cuánto va realmente?”, pregunta escépticamente Pravda. En la agricultura el porcentaje debe ser considerablemente superior. Pero aún el veinte por ciento significa centenares de millones de libras de pan. La represión puede convertirse en un método inevitable de autopreservación. Pero no sustituye la creación del vínculo necesario, no establece los fundamentos económicos de la dictadura del proletariado y ni siquiera garantiza la provisión de alimentos.
En consecuencia, las autoridades no podían detenerse simplemente en la represión. En su lucha por obtener cereal y materia prima se vieron obligadas a ordenar a las ciudades la entrega de productos industriales, y en las ciudades, particularmente en las de provincia, el Estado y las cooperativas quedaron vacíos.
Este año todavía no se realizó el balance del “vínculo” con el campo; pero los canales de intercambio de las ciudades están exhaustos. “Le dimos más productos a la aldea -dijo Kaganovich en Moscú el 8 de octubre- y, si se me permite la expresión, ofendimos a la ciudad.” La expresión es absolutamente admisible; se ofendió a las ciudades y distritos industriales, es decir, a los obreros.[3]

Las condiciones y los métodos de la economía planificada

¿Cuáles son los organismos que tienen que elaborar y aplicar el plan? ¿Cuáles son los métodos para controlarlo y regularlo? ¿Cuáles son las condiciones para que tenga éxito?
Respecto a esto hay que analizar brevemente tres sistemas: 1) los departamentos estatales especiales, es decir, el sistema jerárquico de comisiones del plan centrales y locales; 2) el comercio, como sistema de regulación del mercado; 3) la democracia soviética, como sistema de regulación real por las masas de la estructura de la economía.
Si existiera una mente universal, como la que se proyectaba en la fantasía científica de Laplace -una mente que pudiera registrar simultáneamente todos los procesos de la naturaleza y de la sociedad, medir la dinámica de su movimiento, prever los resultados de sus reacciones recíprocas -, podría, por supuesto, trazar a priori un plan económico perfecto exhaustivo, empezando por el número de acres de trigo y terminando con el último botón de los chalecos. La burocracia a menudo imagina que tiene a su disposición una mente como ésa; por eso prescinde tan fácilmente del control del mercado y de la democracia soviética. Pero, en realidad, la burocracia comete errores terribles en la evaluación de sus recursos espirituales. En la práctica se ve necesariamente obligada a depender de las proporciones (y con igual justicia se podría decir de las desproporciones) que heredó de la Rusia capitalista, de los datos de la estructura económica de las naciones capitalistas contemporáneas y finalmente de los éxitos y fracasos de la propia economía soviética. Pero hasta la combinación más correcta de todos estos elementos no permitirá llegar más allá de un esquema imperfecto.
Los innumerables protagonistas de la economía, estatal y privada, colectiva e individual, no sólo harán pesar sus necesidades y su fuerza relativa a través de las determinaciones estadísticas del plan sino también de la presión directa de la oferta y la demanda. El mercado controla y, en considerable medida, realiza el plan. La regulación del mercado tiene que depender de las tendencias que surgen de su mismo mecanismo. Los anteproyectos de los departamentos deben demostrar su eficacia económica a través del cálculo comercial. Es inconcebible el sistema de la economía transicional sin el control del rublo. A su vez, esto supone que el rublo sea estable. Sin una unidad monetaria firme, la contabilidad comercial no puede hacer más que incrementar el caos.
El proceso de construcción económica aún no se ha desarrollado en una sociedad sin clases. Los problemas relativos a la distribución del ingreso [renta] nacional constituyen todavía el eje central del plan. Cambia con el desarrollo de la lucha de clases y de los grupos sociales, y entre ellos de los distintos sectores del propio proletariado. Las cuestiones sociales y económicas más importantes son las siguientes: el vínculo entre la ciudad y el campo, es decir, el equilibrio entre lo que la industria obtiene de la agricultura y lo que le proporciona; la relación entre la acumulación y el consumo, entre el capital destinado a la producción de bienes de capital y el destinado a los salarios; la regulación de los salarios de las distintas categorías de trabajadores (obreros calificados y no calificados, empleados públicos, especialistas, la burocracia administradora); finalmente, la distribución entre los distintos sectores del campesinado de la parte de la renta nacional que va al campo. Por su misma naturaleza, estos problemas no permiten soluciones a priori por parte de la burocracia atrincherada contra la intervención de los millones de personas afectadas por ellos.
La lucha entre los distintos intereses como factor fundamental de la planificación nos lleva al terreno de la política, que no es más que la economía concentrada. Los instrumentos de los grupos que componen la sociedad soviética son -o deberían ser- los soviets, los sindicatos, las cooperativas y, en primer lugar, el partido gobernante. Sólo se puede imprimir una orientación correcta a la economía de la etapa de transición por medio de la interrelación de estos tres elementos: la planificación estatal, el mercado y la democracia soviética. Sólo de esta manera se podrá garantizar, no la superación total de las contradicciones y desproporciones en unos pocos años (¡eso es utópico!) sino su mitigación, y en consecuencia el fortalecimiento de las bases materiales de la dictadura del proletariado hasta el momento en que una revolución nueva y triunfante amplíe la perspectiva de la planificación socialista y reconstruya el sistema.

La supresión de la NEP, la inflación monetaria y la liquidación de la democracia soviética

La necesidad de introducir la NEP, de restaurar las relaciones de mercado, estuvo determinada en primer lugar por la existencia de veinticinco millones de propietarios campesinos independientes. Sin embargo, esto no significa que ya en su primera etapa la colectivización lleve a la liquidación del mercado. La colectivización se convierte en un factor viable sólo en la medida en que satisfaga el interés personal de los miembros de las granjas colectivas, conformando sus relaciones mutuas y las relaciones de las granjas colectivas con el mundo exterior, sobre la base del cálculo comercial. Esto significa que, en la etapa actual, una colectivización correcta y económicamente sólida no llevará a la eliminación de la NEP sino a una reorganización gradual de sus métodos.
No obstante, la burocracia avanzó con todo. Tal vez al principio pensó que tomaba la línea de menor resistencia. Identificó los éxitos genuinos e indiscutibles de los esfuerzos centralizados del proletariado con el éxito de su planificación a priori. O, para plantearlo de otra manera, identificó consigo misma a la revolución socialista. Ocultó tras la colectivización administrativa el problema no resuelto de cómo establecer el vínculo con el campo. Al enfrentarse con las desproporciones de la NEP, decidió liquidarla. Sustituyó los métodos del mercado con un incremento de los métodos compulsivos.
La moneda corriente estable, personificada en el chervonets, fue el arma más importante con que contó la NEP. Mientras tanto, en su confusión, la burocracia decidió que todo estaba firmemente asentado sobre la base de la armonía económica, que los éxitos de hoy garantizaban automáticamente los éxitos del futuro, que el chervonets no era un freno que limitaba los alcances del plan sino, por el contrario, una fuente independiente de capital. En lugar de regular los elementos materiales del proceso económico, la burocracia comenzó a tapar los huecos imprimiendo billetes. En otras palabras, tomó el camino de la inflación “optimista”.
Después de la supresión administrativa de la NEP, las famosas “seis condiciones” de Stalin -control económico, salario a destajo, etcétera- se transformaron en un conjunto de palabras vacías. El control económico es inconcebible sin relaciones de mercado. El chervonets es la vara con que se mide la relación. ¿De qué le pueden servir al obrero unos cuantos rublos más por mes si se ve obligado a comprar en el mercado abierto, lo que necesita para subsistir, a un precio diez veces más alto que antes?
Restaurar el mercado abierto era admitir la inoportuna liquidación de la NEP, pero se admitía en forma empírica, parcial, impensada y contradictoria. Presentar el mercado abierto como una forma “soviética” (¿socialista?) de comercio, oponiéndolo al comercio privado y a la especulación, es engañarse a sí mismo. El intercambio en el mercado abierto, aún por parte de las granjas colectivas en general, desemboca en la especulación sobre las necesidades de la ciudad más cercana, y en consecuencia lleva a la discriminación social, es decir, al enriquecimiento de una minoría de granjas colectivas, las mejor ubicadas. Pero el principal lugar en el mercado abierto no lo ocupan las granjas colectivas sino los trabajadores individuales de éstas y los campesinos independientes. El comercio de los trabajadores de las granjas colectivas, que venden sus excedentes a precios especulativos, lleva a la discriminación dentro de las mismas granjas. De ese modo, el mercado abierto desarrolla tendencias centrífugas dentro de la aldea “socialista”.
Al eliminar el mercado e instalar ferias francas la burocracia creó, para remate, las condiciones para una amplia oscilación de los precios y de este modo ocultó una bomba, tras el plan y el cálculo comercial. Como consecuencia, se multiplicó el caos económico.
En forma paralela, continúa la osificación de los sindicatos, los soviets y el partido, que no comenzó ayer. Para protegerse del choque entre la ciudad y el campo, de las exigencias de los distintos sectores del campesinado, del campesinado de conjunto y del proletariado, la burocracia liquida cada vez más resueltamente cualquier demanda, protesta y crítica. La única prerrogativa que en última instancia les queda a los trabajadores es la de exceder los límites de la producción. Cualquier intento de influir desde abajo en la administración económica es considerado inmediatamente como una desviación de izquierda o de derecha, prácticamente como una ofensa grave. En última instancia, el estrato superior de la burocracia decretó su infalibilidad en el terreno de la planificación socialista (más allá del hecho de que frecuentemente acusó a sus colaboradores e inspiradores de complotadores y saboteadores criminales). Así se liquidó el mecanismo básico de la construcción socialista, el sistema adaptable y elástico de la democracia soviética. Frente a la realidad económica y sus dificultades, la única arma que le quedó a la burocracia es el retorcido y corroído esqueleto del plan, y su poder administrativo que también resultó considerablemente dañado.

La crisis de la economía soviética

Si el nivel económico general establecido por el Primer Plan Quinquenal se hubiera concretado aunque sea en un cincuenta por ciento, no habría aún motivos de alarma. El peligro no reside en la lentitud del crecimiento sino en la creciente disparidad entre las distintas ramas de la economía. Aún si los elementos integrantes del plan hubieran estado plenamente coordinados a priori, la disminución del coeficiente de crecimiento en un cincuenta por ciento habría provocado grandes dificultades debido a las consecuencias: una cosa es producir un millón de pares de zapatos en lugar de dos millones y otra muy distinta construir sólo la mitad de una fábrica de zapatos. Pero la realidad es mucho más compleja y contradictoria que nuestro ejemplo hipotético. Las desproporciones son una herencia del pasado. Los objetivos planteados en el plan implican fallas y errores de cálculo inevitables. El incumplimiento del plan no se da proporcionalmente, de acuerdo a las causas particulares de cada caso individual. El promedio de crecimiento económico del cincuenta por ciento puede significar que en la esfera A el plan se cumple en un noventa por ciento, mientras que en la esfera B se cumple sólo en un diez por ciento; si A depende de B, en el ciclo productivo siguiente la rama A se puede ver reducida por debajo del diez por ciento.
En consecuencia, la desgracia no consiste en que se haya revelado la imposibilidad de los ritmos aventureros. El problema consiste en que los tremendos saltos en la industrialización pusieron en contradicción directa unos con otros los distintos elementos del plan; en que la economía funciona sin reservas materiales y sin cálculos previos; en que se destrozaron o deterioraron los instrumentos políticos y sociales que determinan la efectividad del plan; en que las evidentes desproporciones amenazan con nuevas y mayores sorpresas; en que la burocracia sin control se jugó su prestigio, con la consiguiente acumulación de errores; en que se aproxima una crisis con consecuencias tales como el cierre forzoso de las fábricas y el desempleo.
Es asombrosa la magnitud de la diferencia entre el ritmo de desarrollo industrial socialista y el capitalista, aún si se toma como referencia el capitalismo en su etapa progresiva. Pero sería un error considerar definitivos los ritmos soviéticos de los últimos años. El coeficiente medio del crecimiento capitalista no resulta sólo de los períodos de expansión sino también de los de crisis. Este no fue el caso de la economía soviética. Avanzó ininterrumpidamente durante los últimos ocho o nueve años, y todavía no logró superar sus índices medios.
Por supuesto, se nos refutará diciendo que transferimos las leyes del capitalismo a la economía socialista, que una economía planificada no necesita que se la regule por medio de la crisis o incluso por medio de una desaceleración del ritmo previamente determinada. El repertorio de argumentos a disposición de la burocracia stalinista y sus teóricos es tan restringido que siempre se puede predecir con anticipación la generalización particular a la que recurrirán. En este caso, una tautología pura: hemos entrado al socialismo, y en consecuencia debemos actuar siempre “en forma socialista”, es decir, tenemos que regular la economía de modo que sea posible obtener una expansión planificada siempre creciente. Pero el nudo de la cuestión es que no hemos entrado al socialismo. Estamos lejos de dominar los métodos de la regulación planificada. Sólo estamos concretando las primeras hipótesis elementales, y de manera muy pobre, con nuestros objetivos aún muy distantes. Las crisis no solamente son posibles sino inevitables, y ya la burocracia preparó una crisis inminente.
Las leyes que gobiernan la sociedad transicional son muy diferentes de las que gobiernan el capitalismo. Pero en no menor medida se diferencian de las futuras leyes del socialismo, es decir de una economía armoniosa que se basa en un equilibrio dinámico probado, seguro y garantizado. Las ventajas productivas del socialismo, de la centralización, de la concentración, de la administración unificada son incalculables. Pero la aplicación errónea, particularmente el abuso burocrático, las puede convertir en sus opuestos. Y ya se transformaron parcialmente ante la crisis que se aproxima. Cualquier intento de forzar la economía con nuevos estímulos e impulsos implicará multiplicar las desgracias del futuro.
Es imposible prever las dimensiones que asumirá la crisis. Las ventajas de la economía planificada también se hacen sentir durante las crisis, y se puede afirmar que precisamente en esos momentos se manifiestan con especial claridad. Los gobiernos capitalistas se ven obligados a esperar pasivamente la superación de la crisis volcándola sobre las espaldas del pueblo, o a recurrir a malabarismos financieros al estilo de von Papen[4]. El Estado obrero enfrenta la crisis apelando a todos sus recursos. Las palancas principales -el presupuesto, el crédito, la industria, el comercio- están concentrados en una sola mano. Se puede mitigar y luego superar la crisis, no con órdenes estridentes sino con medidas de regulación económica. Después de la ofensiva aventurera hay que realizar un repliegue planificado, lo más reflexivo posible. Esta es la tarea para el año próximo, el decimosexto de la dictadura proletaria. Il faut reculer pour mieux sauter: Es preciso retroceder para avanzar mejor.

La economía soviética en peligro

Ahora la prensa oficial publica en todos sus números una lista interminable de acusaciones contra los obreros, los técnicos, los directores, los administradores, el personal de las cooperativas y los sindicalistas; todos son culpables de incumplimiento de los planes, de las instrucciones y de “las seis condiciones”. ¿Pero cuáles son las causas de todo esto? Parece que no existen causas objetivas. La culpa es de los encargados de la realización del plan, que tienen mala voluntad. Eso es precisamente lo que dice Pravda: “¿Existe alguna causa objetiva de este deterioro del trabajo? ¡Ninguna, en absoluto!” (2 de octubre de 1932.) Simplemente, la gente no quiere trabajar como debiera hacerlo, eso es todo lo que ocurre. El plenario de octubre del Comité Ejecutivo Central declaró que “la administración es insatisfactoria en todos los eslabones del proceso”. Con excepción, por supuesto, del eslabón llamado Comité Ejecutivo Central.
¿Es verdad que no existen causas objetivas de la mala calidad de la mano de obra? No sólo para que madure el trigo hace falta una determinada cantidad de tiempo, también para familiarizarse con los complejos procesos técnicos. Es cierto que los procesos psicológicos son más elásticos que los vegetales, pero esa elasticidad tiene sus límites. No se los puede ignorar. Y además -esto no es lo menos importante-, no se puede exigir un máximo de intensidad y proporcionar un mínimo de nutrición.
La resolución del plenario de octubre del Comité Ejecutivo Central acusa a los obreros y administradores de incapacidad para “mantener” sus rendimientos máximos y de mantenerse por debajo de los objetivos que habían fijado. En realidad los fracasos estaban implícitos en las características de los mismos avances. En virtud de un esfuerzo excepcional un hombre puede levantar un peso que supera en mucho su fuerza “promedio”; pero no puede sostener esa carga durante mucho tiempo. Es absurdo acusarlo de incapacidad para “mantener” su esfuerzo.
¡La economía soviética está en peligro! No es difícil diagnosticar su enfermedad, ésta surge de la propia naturaleza de los éxitos logrados. La economía se resquebrajó a causa de un esfuerzo excesivo y mal calculado. Hay que proceder a curarla, sin pausas y con perseverancia. Rakovski nos previno ya en 1930: “Estamos entrando a una época totalmente nueva en la que, fundamentalmente, habrá que pagar por el pasado.”

El Segundo Plan Quinquenal

El Segundo Plan Quinquenal se elaboró a escala “gigantesca”[5]. Es difícil -o para decirlo más correctamente, es imposible- juzgar “a ojo” hasta qué punto son exagerados sus índices finales. Pero ahora no nos interesa el balance del Segundo Plan Quinquenal sino sus puntos de partida, su relación con el Primer Plan Quinquenal. El primer año del segundo plan recibió una onerosa herencia del último año del primer plan.
Según el esquema dado, el segundo es la continuación en espiral del primero. Pero éste no se completó. Desde el principio, el segundo plan queda suspendido en el aire. Si permitimos que las cosas continúen como hasta ahora, el Segundo Plan Quinquenal comenzará tapando los huecos del primero bajo el impulso del látigo administrativo. Esto significa que la crisis se agravará y de este modo marcharemos a la catástrofe.
Hay una sola salida: postergar por un año el lanzamiento del Segundo Plan Quinquenal. 1933 debe ser la transición entre el Primer Plan Quinquenal y el segundo. Durante ese lapso será necesario, por un lado, hacer un recuento de lo que dejó el Primer Plan Quinquenal, cubrir las brechas más amplias, suavizar las intolerables desproporciones y fortalecer el frente económico; por otro lado, habrá que reconstruir el Segundo Plan Quinquenal de modo que parta de los resultados reales, no imaginarios, del primero.
¿Significará esto que simplemente se prolongará un año el plazo para completar el primer plan? No, desgraciadamente no es ése el caso. No se pueden desechar de un plumazo las consecuencias materiales de cuatro años de caos. Es necesario realizar un balance cuidadoso, regular y determinar los coeficientes de crecimiento realmente logrados. La situación actual de la economía excluye en general la posibilidad de un trabajo planificado. 1933 no puede ser un año de complemento del Primer Plan Quinquenal ni el primer año del segundo. Tiene que ser independiente de ambos, para garantizar que se amortigüen las consecuencias del aventurerismo y se preparen las condiciones materiales y morales de la expansión planificada.
La Oposición de Izquierda fue la primera en exigir el plan quinquenal. Ahora se ve obligada a plantear: hay que dejar de lado el Segundo Plan Quinquenal. ¡Basta de estridencias entusiastas! ¡Basta de especulación! Son inconciliables con la actividad planificada. Entonces, ¿estamos a favor de retroceder? Sí, de hacerlo circunstancialmente. ¿Y qué será del prestigio de la dirección infalible? La suerte de la dictadura del proletariado es más importante que este prestigio inflado.

El año de la reconstrucción

Debido a que se la desequilibró totalmente, la economía soviética necesita una seria reconstrucción. Bajo el capitalismo, las fuerzas ciegas de la crisis restauran el equilibrio alterado. En la república socialista se pueden aplicar remedios conscientes y racionales.
Por supuesto, es imposible detener la producción en todo el país así como se la detiene en una fábrica o en cualquier empresa cuando se hacen reparaciones. Pero tampoco es necesario hacerlo; basta con aminorar el ritmo. No se puede encarar el trabajo productivo de 1933 sin un plan, pero debe ser un plan para ese solo año, basado en objetivos moderados que tengan en cuenta la calidad. El lugar prioritario lo debe ocupar la necesidad de mejorar la calidad. Hay que eliminar la producción extemporánea, concentrar todas las fuerzas y recursos en una producción de primer orden, equilibrar, apoyándose en la experiencia, las relaciones entre las distintas ramas de la industria, poner las fábricas en orden y restaurar los equipos.
Se debe abandonar ese correr a toda prisa para superar marcas, adaptar la productividad de cada empresa a su propio ritmo tecnológico. Que vuelva a los laboratorios lo que se sacó de ellos demasiado pronto. Que se termine de construir todo lo que quedó a medias. Que se enderece todo lo que está torcido. Que se arregle todo lo que está dañado. Que se prepare a las fábricas para la transición a una etapa superior. Hay que dar a los niveles de cantidad un carácter dúctil y condicional para que no interfieran con los objetivos fijados respecto a la calidad.
En 1933 se debe lograr la reconquista total de la capacidad de trabajo mejorando la condición de los obreros; hay que empezar por allí pues ésta es la clave de todo lo demás. Se tiene que garantizar la alimentación, la vivienda y la ropa de los trabajadores y sus familias; ¡y no importa cuál sea el costo!
Los cuadros administrativos y proletarios de las fábricas tienen que librarse de cargas suplementarias como la siembra de patatas, la cría de conejos, etcétera. Todo lo relativo a la provisión de bienes de consumo a la fábrica tiene que ser una tarea independiente y no complementaria de otras.
Hay que ordenar la producción de bienes de consumo. Las mercancías han de adaptarse a las necesidades humanas y no a la simple producción de la industria pesada.
Es necesario actuar con mano de hierro para detener el proceso inflacionario y restaurar la unidad monetaria estable. No se puede encarar esta penosa y difícil operación sin reducir audazmente las inversiones de capital, sin sacrificar los cientos de millones de rublos invertidos ineficaz o inoportunamente en nuevas empresas para evitar perder miles de millones en el futuro.
Es urgente el repliegue coyuntural tanto en la industria como en la agricultura. No se puede determinar de antemano la dimensión de ese repliegue. Sólo lo revelará la experiencia de la reconstrucción.
Los organismos administrativos tienen que controlar, ayudar e impulsar todo lo que sea factible y viable; pero deben dejar de llevar al límite a las empresas, como lo hacen ahora. La economía y las personas necesitan sentirse libres de la violencia administrativa y del aventurerismo.
Como lo demuestran los periódicos, muchos administradores llegaron por su cuenta a la conclusión de que 1933 debe diferenciarse esencialmente de 1932. Pero no llevan sus ideas hasta las últimas consecuencias para no exponerse al peligro.
Respecto al transporte ferroviario, dice Ekonomicheskaya Zhizn: “Uno de los objetivos más importantes de 1933 debe ser la liquidación total y absoluta de los imperfectos, las piezas sin acabar o mal armadas y la desproporción en el funcionamiento de las distintas partes del mecanismo de transporte.” ¡Bien dicho! Hay que aceptar plenamente esta formulación y difundirla para que se la aplique al conjunto de la economía.
Dice Pravda, refiriéndose a la fábrica de tractores de Stalingrado: “Tenemos que liquidar resueltamente la elaboración defectuosa, la fiebre en la cadena de montaje para lograr una producción regular.” ¡Absolutamente correcto! La economía planificada, tomada de conjunto, es una cadena de montaje a escala nacional. El método de tapar huecos es incompatible con la producción planificada. En 1933 hay que “liquidar la fiebre en la cadena de montaje”, o al menos debemos disminuir considerablemente la temperatura.
El propio gobierno soviético proclamó un “viraje” de la cantidad a la calidad en la agricultura. Es correcto, pero hay que encarar la cuestión en una escala mucho más amplia. No se trata sólo de la calidad de los cultivos sino de toda la política y la práctica de las granjas colectivas y estatales. El viraje de la cantidad a la calidad también se debe aplicar al funcionamiento de la propia administración.
En primer lugar, es inevitable el retroceso en el terreno de la colectivización. Aquí más que en ningún otro aspecto la administración está atrapada en sus propios errores. La burocracia, aunque aparentemente continúa dando órdenes autocríticas y especificando, con la firma de Stalin y Molotov, el número preciso de acres que se debe destinar al cultivo de cereales, en realidad se deja llevar por la corriente de los acontecimientos.
En el ínterin, se formó en la aldea un nuevo sector, los llamados “retirados”, los ex trabajadores de las granjas colectivas. Su número va en aumento. Es una locura total mantener dentro de las granjas colectivas a campesinos que despilfarran las cosechas, que venden la semilla en las ferias y luego le exigen al gobierno más semilla para la siembra. Sin embargo, no es menos criminal dejar que el proceso de desintegración siga su curso. Evidentemente, levanta cabeza dentro del partido la tendencia a degradar el movimiento de colectivización. Permitirlo significaría tirar al bebé junto con el agua de la bañera.
En 1933 hay que poner la agricultura colectivizada al nivel de los recursos técnicos, económicos y culturales. Esto implica la selección de las comunidades más viables y su reorganización de acuerdo con la experiencia y los deseos de las masas campesinas, ante todo del campesino pobre. Además, hay que formular las condiciones para el abandono de las granjas colectivas de manera tal que se reduzca al mínimo el desequilibrio de la economía rural, para no hablar del peligro de guerra civil.
La política de “liquidar al kulak” mecánicamente quedó de hecho descartada. Hay que hacerlo oficialmente. Y simultáneamente, hay que arbitrar una política de restricción severa de las tendencias explotadoras del kulak. Con esta idea en mente, hay que unir a los sectores más bajos de la aldea en un sindicato de campesinos pobres.
En 1933 los campesinos sembrarán, los obreros textiles producirán telas, los metalúrgicos fundirán metal y los ferroviarios transportarán a la gente y los productos del trabajo. Pero el máximo criterio de orientación de este año no será producir lo más posible con la mayor rapidez, sino poner la economía en orden, controlar los inventarios, separar lo sano de lo enfermo y lo bueno de lo malo, sacar la basura y el barro, construir las casas y los comedores necesarios, terminar los techos, instalar productos sanitarios. Porque, para trabajar bien, lo que la gente necesita fundamentalmente es vivir como seres humanos y satisfacer sus necesidades humanas.
Por supuesto, dedicar un año a la reconstrucción del capital no es una medida que resuelva nada por sí misma. Sólo será muy importante si cambia la manera de encarar la economía y, sobre todo, la manera de considerar a sus protagonistas, los obreros y los campesinos. La línea económica forma parte de la política. El arma de la política es el partido.
La gran tarea es revivir al partido. También aquí tenemos que hacer un balance de la onerosa herencia del período posleninista. Tenemos que separar lo sano de lo enfermo, lo bueno de lo malo; tenemos que separar la basura del barro; tenemos que airear y desinfectar todas las oficinas de la burocracia. Después del partido están los soviets y los sindicatos. La reconstrucción de todas las organizaciones soviéticas es la tarea más importante y más urgente de 1933.


[1] Publicado en The Militant, 12, 19 y 26 de noviembre de 1932, 3, 7 y 10 de diciembre de 1932 y 7 de enero de 1933; incluido también en un folleto publicado por Pioneer Publishers en 1933 con el mismo título. Tomado de la versión publicada en Escritos, Tomo III, vol. 2, Ed. Pluma, 1977, Bogotá, Colombia, pág. 387.

[2] Nuevos zigzags y nuevos peligros, ver pág. 525.

[3] En 1929, justificando su capitulación, Preobrazhensky pronosticó que con la ayuda de las granjas estatales y las granjas colectivas el partido tendría en dos años al kulak a sus pies. Ya pasaron cuatro años. ¿Y qué sucede? Que no es el kulak -al que se lo puso “fuera de servicio”-, sino el campesino mediano fuerte el que tiene al estado soviético a sus pies, obligándolo a ofender a los obreros. Como vemos, en todo caso el mismo Preobrazhensky se apresuró demasiado en ponerse a los pies de la burocracia stalinista. (Nota de L. T.)

[4] Franz von Papen (1879-1969): designado canciller alemán en junio de 1932, le allanó el camino a Hitler disolviendo el gobierno socialdemócrata de Prusia; en enero de 1933 pasó a ser vicecanciller de Hitler. En diciembre de 1932 lo había sucedido como canciller Kurt von Schleicher, el general “social” que intentó armar una coalición con los sindicatos y con un ala disidente de los nazis; Hitler lo hizo asesinar durante la “purga sangrienta” de junio de 1934.

[5] En los círculos soviéticos crece rápidamente la hostilidad, o más bien el odio, hacia el “gigantismo”, reacción natural e inevitable contra el aventurerismo del último período. No obstante, no hace falta explicar hasta qué punto esta reacción, que tanto halaga la tacañería del espíritu pequenoburgués, puede, en el futuro, volverse peligrosa para la construcción socialista. (Nota de L. T.)



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