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La expulsión de Zinoviev y Kamenev[1]

 

 

19 de octubre de 1932

 

 

 

La radio y el telégrafo difundieron por todo el mundo la noticia de la expulsión del partido de Zinoviev y Kamenev, y junto con ellos de más de una veintena de bolcheviques. El comunicado oficial alega que los expulsados pretendían restablecer el capitalismo en la Unión Soviética. Salta a la vista la importancia política de esta nueva represión. Su significación sintomática es tremenda.

Durante muchos años Zinoviev y Kamenev fueron los más cercanos discípulos y colaboradores de Lenin. Este conocía mejor que nadie sus debilidades, pero también sabía utilizar sus aspectos positivos. En su "testamento", de tono tan cauteloso, en el que equili­bró la alabanza y la censura para no exaltar demasiado a unos en detrimento de otros, Lenin consideró urgente recordar al partido que la conducta de Zinoviev y Kamenev en Octubre "no fue accidental".[2] Los acontecimientos posteriores confirmaron ampliamente estas palabras. Pero tampoco fue casual el rol que jugaron Zinoviev y Kamenev en el partido leninista. Y su expul­sión actual pone de relieve el rol no accidental que juga­ron anteriormente.

Zinoviev y Kamenev eran miembros del Politburó, que en épocas de Lenin era directamente responsable de la suerte del partido y de la revolución. Zinoviev fue presidente de la Internacional Comunista. Kamenev, junto con Rikov y Tsiurupa,[3] fue ayudante de Lenin du­rante el último período de su vida en la presidencia del Consejo de Comisarios del Pueblo. Después de la muerte de Lenin, Kamenev presidió el Politburó y el Consejo de Trabajo y Defensa, el organismo económico más importante de la república.

En 1923 Zinoviev y Kamenev lanzaron una campaña contra Trotsky. Al principio no tomaron muy en cuenta las consecuencias, lo que por supuesto no es un signo muy favorable de su previsión política. Zinoviev era fundamentalmente un agitador, excepcionalmente talentoso pero casi exclusivamente agitador; Kamenev era "un político inteligente", según la caracterización de Lenin, pero sin mucha fuerza de voluntad, demasia­do inclinado a adaptarse al ambiente burocrático, intelectual y culturalmente ligado a la clase media.

El papel de Stalin en la contienda adquirió un carác­ter mucho más orgánico. Lo que distingue a Stalin es su provincianismo pequeñoburgués, su estrechez de miras, más allá de su bolchevismo. Su oposición al "trotskismo" tenía raíces mucho más profundas que en Zinoviev y Kamenev, y buscaba expresarse políticamente desde mucho tiempo atrás. Incapacitado para la generalización teórica, Stalin aguijoneaba a Zinoviev, Kamenev y Bujarin y tomaba de sus artículos y discur­sos lo que le parecía más adecuado para sus objetivos.

La lucha de la mayoría del Politburó contra Trotsky, que en gran medida comenzó como una conspiración personal, demostró demasiado pronto su contenido político. No fue simple ni homogénea.

La Oposición de Izquierda agrupó alrededor de su experimentado núcleo bolchevique a muchos de los or­ganizadores de la Revolución de Octubre, a militantes que participaron en la Guerra Civil y a una buena can­tidad de marxistas que provenían de la juventud estu­diantil. Pero detrás de esta vanguardia arrastraron du­rante las primeras épocas el lastre de muchos arribistas insatisfechos, mal preparados y mortificados. Sólo el arduo proceso de la lucha posterior liberó a la Oposición de Izquierda de estos camaradas de ruta casuales a los que nadie había invitado.

Bajo las banderas del "triunvirato" -Zinoviev-­Kamenev-Stalin- se reunieron muchos "viejos bolcheviques", especialmente aquellos que Lenin reco­mendó relegar a los archivos desde abril de 1917; pero también había muchos militantes serios que participa­ron en el movimiento clandestino, buenos organizadores del partido que creían sinceramente en la existencia de un peligro inminente de que el leninismo fuera sus­tituido por el trotskismo. Sin embargo, cuanto más avanzaban las cosas, cuanto más crecía la burocracia y más compacta se hacía, más sólida y coherentemente se rebelaba contra la "revolución permanente". Esto fue lo que luego permitió la preponderancia de Stalin sobre Zinoviev y Kamenev.

La lucha dentro del "triunvirato", que también comenzó en gran medida como una lucha personal -la política la hacen los hombres, y nada de lo humano les es ajeno-, pronto demostró su contenido de principios. Zinoviev, que era presidente del Soviet de Petrogrado, y Kamenev, que era presidente del Soviet de Moscú, buscaron el apoyo de los trabajadores de ambas capita­les. El principal apoyo de Stalin estaba en las provin­cias y en el aparato; en las provincias atrasadas el apa­rato se hizo omnipotente antes que en las capitales. Zinoviev, presidente de la Comintern, cuidaba su posi­ción internacional. Stalin veía con desprecio a los parti­dos comunistas de Occidente. En 1924 encontró la fór­mula adecuada para expresar sus limitaciones naciona­listas: socialismo en un solo país. Zinoviev y Kamenev le opusieron dudas y posiciones contrarias; pero a Stalin le bastó con ganarse a las fuerzas que el "triun­virato" había movilizado contra el trotskismo para aplastar automáticamente a Zinoviev y Kamenev.

Seguramente, el pasado de Zinoviev y Kamenev, sus años de trabajo conjunto con Lenin y su experiencia en la escuela internacional de la emigración los hicieron volverse en contra de la ola de aislamiento que, en últi­ma instancia, amenazaba con barrer las conquistas de la Revolución de Octubre. A muchos, los resultados de la nueva contienda que se desarrollaba en la cúpula les resultaron absolutamente asombrosos: dos de los más enérgicos instigadores de la lucha contra el "trotskis­mo" terminaron en el campo "trotskista".

Con el fin de facilitar la formación de un bloque, la Oposición de Izquierda -contra las objeciones y pre­venciones del autor de estas líneas- suavizó determi­nadas formulaciones de su plataforma y se abstuvo de dar respuestas oficiales a las más acuciantes cuestiones teóricas. No fue correcto. Pero la Oposición de Izquier­da de 1923 no hizo ninguna concesión esencial. Perma­necimos fieles a nosotros mismos; fueron Zinoviev y Kamenev quienes vinieron a nosotros. No es necesario recordar hasta qué punto el hecho de que los enemigos jurados de ayer se alinearan junto a la Oposición de 1923 reforzó la seguridad de nuestras filas y la convic­ción de que la historia nos daba la razón.

Pero tampoco en esta oportunidad previeron Zinoviev y Kamenev todas las consecuencias políticas del paso que habían dado. En 1923 supusieron que con unas cuantas campañas de agitación y maniobras orga­nizativas, olvidándose de todos los otros problemas, librarían al partido de la "hegemonía de Trotsky"; ahora les parecía que aliados con la Oposición de 1923, coparían rápidamente el aparato y restablecerían su posición personal y la orientación leninista del partido.

Se equivocaron una vez más. Las fuerzas sociales anónimas, los sectores y las clases habían convertido en un arma los antagonismos y agrupamientos persona­les intrapartidarios. La reacción contra el golpe de Oc­tubre tenía su propia lógica interna, y era imposible eludir su avance con combinaciones y maniobras.

Agudizándose día a día, la lucha entre el bloque de la Oposición y la burocracia llegó a sus límites. Ahora ya no era un problema de discusión, ni aún bajo el látigo; lo que estaba en juego era la ruptura con el aparato soviético oficial, es decir, la perspectiva de una ardua y prolongada lucha, rodeada de grandes peligros, cuyo resultado era imposible predecir.

Zinoviev y Kamenev se echaron atrás. Así como en 1917, en vísperas de Octubre, los atemorizó la ruptura con la democracia pequeñoburguesa, diez años después los asustó la ruptura con la burocracia soviética. Esta actitud fue "no accidental"; la burocracia soviética está constituida en sus tres cuartas partes por los mismos elementos que en 1917 trataron de atemorizar a los bol­cheviques con el inevitable fantasma de la "aventura" de octubre.

La capitulación de Zinoviev y Kamenev antes del Decimoquinto Congreso [1927], en el momento en que se organizaba el aplastamiento de los bolcheviques le­ninistas, fue recibido por la Oposición de Izquierda co­mo un acto de perfidia monstruosa. En esencia lo fue. Pero hasta en esta capitulación había cierta legitimi­dad, no sólo psicológica sino también política. En una serie de problemas fundamentales del marxismo (el proletariado y el campesinado, la "dictadura democrática", la revolución permanente), Zinoviev y Kamenev oscilaban entre la burocracia stalinista y la Oposición de Izquierda. Como siempre sucede, la ambigüedad teórica se desquitó inexorablemente en la práctica.

Debido a su radicalismo agitativo, Zinoviev siempre eludió las consecuencias reales de las formulaciones políticas. A la vez que combatía la política stalinista en China, se opuso a la ruptura del Partido Comunista con el Kuomintang. Mientras denunciaba la alianza de Sta­lin con Purcell y Citrine,[4] vaciló respecto a la ruptura con el Comité Anglo-Ruso. Se unió a la lucha contra las tendencias termidorianas pero propuso de antemano no llevar las cosas hasta el punto de provocar que nos expulsaran del partido. Esta actitud de quedarse a mitad de camino ya señalaba lo inevitable de su caída. "Todo excepto la expulsión del partido" implicaba combatir al stalinismo dentro de los límites permitidos por Stalin.

Después de su capitulación, Zinoviev y Kamenev hicieron absolutamente todo lo posible para recuperar la confianza de la camarilla gobernante y para que los asimilaran al ambiente oficial. Zinoviev hizo las paces con la teoría del socialismo en un solo país y denunció una vez más al "trotskismo", e incluso trató de loar personalmente a Stalin. De nada sirvió. Los capituladores sufrieron, se callaron y esperaron. Pero no llegaron a celebrar el quinto aniversario de su capitulación; parece que los involucraron en una "conspiración" y en consecuencia los expulsaron del partido, tal vez para deportarlos o exiliarlos.

Lo asombroso es que no se liquidó a Zinoviev y Kamenev a causa de las posiciones que habían sido su­yas ni de las banderas que habían levantado. La mayoría de los expulsados por la resolución del 9 de octubre pertenecen a la derecha, son partidarios de Rikov­-Bujarin-Tomski. ¿Significa esto que el centrismo de izquierda se unió con el de derecha contra la burocra­cia? No nos apresuremos a sacar conclusiones.

Los nombres más destacados de la lista, después de Zinoviev y Kamenev, son Uglanov y Riutin, [5] dos ex miembros del Comité Ejecutivo Central. Uglanov, se­cretario general del comité de Moscú, y Riutin, dirigente del Agitprop fueron los principales encargados de la lucha contra la Oposición de Izquierda, y en 1926-1927 barrieron el trotskismo de todos los rincones y escondri­jos. Levantaron un tumulto especialmente venenoso contra Kamenev y Zinoviev, "traidores" a la fracción gobernante. Cuando Uglanov y Riutin, como conse­cuencia del giro stalinista hacia la izquierda, se convir­tieron en los principales organizadores prácticos de la Oposición de Derecha, todos los artículos y discursos oficiales hacían hincapié en lo mismo: "Nadie puede negar los grandes servicios que Uglanov y Riutin rindieron en la lucha contra el trotskismo, pero no obstante su plataforma representa a los kulakis y a los libera­les burgueses." Los stalinistas pretenden no darse cuenta de que fueron precisamente estos problemas los que motivaron la lucha contra nosotros. Entonces, como ahora, sólo la izquierda y la derecha tenían posiciones de principio; los stalinistas medraban entre ambas.

Ya en 1928 Uglanov y Riutin comenzaron a plantear que la Oposición de Izquierda tenía razón respecto al problema del régimen partidario. El reconocimiento era más que significativo, ya que nadie mejor que ellos se podía jactar de haber reforzado el régimen partidario. Sin embargo, la "solidaridad" en la cuestión de la de­mocracia partidaria no puede provocar un cambio fun­damental en la Oposición de Izquierda respecto a la Oposición de Derecha. La democracia partidaria no es un ideal abstracto, y mucho menos se la puede utilizar como pantalla de la tendencia termidoriana. Además, Uglanov y Riutin, por lo menos en el pasado, represen­taban la tendencia más absolutamente termidoriana dentro de la derecha.

El Comité Ejecutivo Central incluye entre los cons­piradores a otros dirigentes de la derecha como Slepkov y Maretski, [6] profesores rojos de la escuela de Bujarin, dirigentes de la Liga Juvenil Comunista y de Pravda, inspiradores de muchas resoluciones programáticas del Comité Central y autores de innumerables artículos y folletos contra el "trotskismo".

En la lista de proscriptos encontramos a Ptashni y Gorelov, con una nota al margen sobre su antigua adhe­sión a la "Oposición trotskista". No tenemos manera de saber si se trata de dos capituladores de la izquierda poco conocidos que después se pasaron a la derecha o de una falsificación para engañar al partido. Ninguna de las dos alternativas está excluida.

Los principales dirigentes de la Oposición de Dere­cha están notoriamente ausentes de la lista de conspiradores. Los cables enviados a los periódicos burgueses informan que Bujarin "restableció completamente su posición en el partido" y aparentemente se lo destina a un puesto en el comisariado del pueblo de educación, en lugar de Bubnov, [7] que pasa a la GPU; Rikov, una vez más en gracia, pronuncia discursos por radio, etcé­tera. El hecho de que ni Bujarin ni Tomski figuren en la lista de "conspiradores" deja suponer que es plausible una indulgencia burocrática temporal hacia los ex dirigentes de la Oposición de Derecha. Pero queda fuera de la cuestión la posibilidad de que recuperen sus antiguas posiciones en el partido.

Se acusa a todo el grupo del intento de crear una "organización kulak burguesa para restaurar en la URSS el capitalismo y en particular al kulak". ¡Sor­prendente formulación! Una organización para restau­rar "el capitalismo y en particular al kulak" (!) Esta "particularidad" desmiente toda la farsa, o al menos parte de ella. No se puede negar que algunos de los expulsados, como Slepkov y Maretski, desarrollaron en la época de la lucha contra el "trotskismo", siguiendo a su maestro Bujarin, la idea de "la conversión del kulak al socialismo". No sabemos qué posición tomaron des­de entonces; pero es muy posible que su culpabilidad resida no tanto en su deseo de "restaurar" al kulak co­mo en no haber reconocido los triunfos de Stalin en el terreno de la "liquidación del kulak como clase".

Pero, ¿cuál es la relación de Zinoviev y Kamenev con el programa de "restauración del capitalismo"? La prensa soviética nos informa lo siguiente respecto a su participación en el crimen. "Aunque estaban al tanto de los documentos contrarrevolucionarios en circula­ción, en vez de denunciar inmediatamente a los agentes de los kulakis prefirieron deliberar sobre este documen­to [?] y por este solo acto se convirtieron en cómplices directos del grupo contrarrevolucionario antipartido." Así que Zinoviev y Kamenev prefirieron "deliberar so­bre el documento" en vez de "denunciarlo inmediatamente". Los acusadores no se atreven a declarar que Zinoviev y Kamenev estaban totalmente decididos a no "denunciarlo". ¿Dónde, cómo y con quién deliberaron? Si hubiera ocurrido en una reunión secreta del grupo de derecha, los acusadores no hubieran dejado de informarnos al respecto. Aparentemente, Zinoviev y Kame­nev "prefirieron deliberar" a solas, encerrados dentro de sus cuatro paredes. Como resultado de esta delibe­ración, ¿expresaron simpatizar con la plataforma de la derecha? Si hubiera aunque sea síntomas de ello, nos lo habrían dicho en la resolución. El silencio al respecto atestigua lo contrario: evidentemente, Zinoviev y Kamenev criticaron la plataforma en vez de telefonear inmediatamente a Iagoda. Pero en vista de que no tele­fonearon, Pravda considera justificado aplicarles el con­cepto "el enemigo de mi enemigo es mi amigo".

Esta grosera acusación contra Zinoviev y Kamenev nos permite afirmar con seguridad que el golpe estaba dirigido contra ellos, y fundamentalmente contra ellos. No porque hayan realizado una actividad política en el último período. No sabemos nada al respecto y, lo que es más importante, el Comité Ejecutivo Central tampo­co, como se desprende del decreto. Pero la situación política objetiva está tan deteriorada que Stalin ya no puede tolerar la existencia de candidatos legales al liderazgo de tal o cual grupo de oposición.

Por supuesto, la burocracia stalinista era consciente desde hacía mucho tiempo de que Zinoviev y Kamenev, a los que había desdeñado, estaban muy "interesados" en las tendencias internas de oposición del partido y leían todo tipo de documentos que no enviaban a Iagoda. En 1928 Kamenev incluso entabló negociacio­nes secretas con Bujarin teniendo en cuenta la posibili­dad de constituir un bloque conjunto. En su momento la Oposición de Izquierda publicó informes sobre estas negociaciones. Sin embargo, los stalinistas no podían de­cidirse a expulsar a Zinoviev y a Kamenev. No querían comprometerse con nuevos escándalos represivos a menos que se vieran presionados por una necesidad urgente. Luego se inauguró la etapa de los éxitos econó­micos, en parte reales, en parte ficticios. Zinoviev y Kamenev no parecían representar un peligro inme­diato.

Ahora la situación cambió radicalmente. Es cierto que los artículos periodísticos que explican la expulsión proclaman que debido a que nos hemos fortalecido mucho y a que el partido se ha vuelto absolutamente monolítico no podemos tolerar "el más mínimo espíritu conciliador". Pero la trama sobre la que se urdió esta explicación es demasiado evidente. Por el contrario, la necesidad de expulsar a Zinoviev y a Kamenev apelando a una razón evidentemente ficticia atestigua el extre­mo debilitamiento de Stalin y su fracción. Había que re­mover con toda urgencia a Zinoviev y a Kamenev, no porque hubiera cambiado su conducta sino porque cam­biaron las circunstancias. Al grupo de Riutin, más allá de cuál haya sido su actividad real, se lo utiliza co­mo pantalla. Como ya saben que pronto se les puede hacer rendir cuentas, los stalinistas "toman medidas".

No se puede negar que esta combinación jurídica de la derecha -que inspiró la política de Stalin entre 1923 y 1928-, de los dos verdaderos o supuestos ex "trotskistas" y de Zinoviev y Kamenev -culpables por saber y no informar- es totalmente digna de la creatividad política de Stalin, Iaroslavski y Iagoda. ¡Una clásica amalgama de tipo termidoriano! El obje­tivo es mezclar las cartas, desorientar al partido, au­mentar la confusión ideológica y evitar de este modo que los obreros comprendan qué está pasando y en­cuentren una salida. Lo complementan degradando políticamente a Zinoviev y a Kamenev, ex dirigentes de la Oposición de Izquierda, expulsados ahora por su "amistad" con la Oposición de Derecha.

Inevitablemente surge un interrogante: ¿cómo es que viejos bolcheviques, con conocimientos y experien­cia políticos, pudieron darles a sus adversarios la opor­tunidad de asestarles tal golpe? ¿Cómo sucedió que después de haber renunciado a su propio programa en función de permanecer en el partido hayan sido finalmente expulsados a causa de una ficticia conexión con un programa que les es ajeno? Se podría responder que este resultado tampoco es accidental. Zinoviev y Kamenev trataron de hacerle trampas a la historia. Por supuesto, lo que los movió fundamentalmente fue el interés por la Unión Soviética, por la unidad del parti­do, no su interés personal. Pero no se plantearon sus objetivos al nivel de la revolución rusa y mundial sino al muy inferior de la burocracia soviética.

 

En los momentos más difíciles, en vísperas de su capitulación, nos instaban a los que entonces éramos sus aliados a "seguir con el partido la mitad del cami­no". Les replicamos que estábamos dispuestos a seguir con el partido todo el camino, pero en un sentido distin­to y muy superior al que exigían Stalin y Iaroslavski. ¿Pero eso no implicaba la ruptura? ¿No era una amena­za de guerra civil y de derrocamiento del poder sovié­tico? Contestamos que si nosotros no nos oponíamos a la política de Stalin el poder soviético estaría inevita­blemente condenado a la ruina. Esta era la idea que expresábamos en nuestra plataforma. Los principios avanzan. La capitulación nunca puede resultar victo­riosa. Haríamos todo lo que estuviera a nuestro alcance para garantizar que la lucha por los principios se condujera teniendo en cuenta el conjunto de la situa­ción, tanto interna como externa. Pero es imposible prever todas las variantes del proceso. Sin embargo, es absurdo y criminal jugar a las escondidas con la revolu­ción, oponer los trucos a las clases sociales y la diplo­macia a la historia. En situaciones tan complejas y que exigen tanta responsabilidad hay que guiarse por una norma excelentemente expresada por los franceses en el proverbio ¡Fais ce que doit, advienne que pourra! ¡Hacer lo que se debe, venga lo que venga!

Zinoviev y Kamenev cayeron víctimas del hecho de no haberse atenido a esta regla.

Si se deja de lado a los capituladores absolutamente desmoralizados como Radek o Piatakov, que como pe­riodistas o como funcionarios seguirán sirviendo a cual­quier fracción triunfante (con el pretexto de servir al socialismo), como grupo político, los capituladores representan a los "liberales" moderados del partido, que en un momento determinado se fueron demasiado a la izquierda o a la derecha y luego escogieron el camino de la reconciliación con la burocracia gobernante. Pero lo que caracteriza la situación actual es que esta conciliación, que parecía tan definitiva, comenzó a resquebrajarse y explotar, realmente de manera muy agu­da. La tremenda significación sintomática de la expul­sión de Zinoviev, Kamenev, Uglanov y los demás reside en que los nuevos choques en la "cúpula" reflejan profundas tendencias de las masas.

¿Cuáles eran las premisas políticas de las capitula­ciones de la etapa 1929-1930? El giro burocrático hacia la izquierda, los éxitos de la industrialización, el rápido avance de la colectivización. El plan quinquenal absorbía la atención de las masas trabajadoras. Se abría una gran perspectiva. Los obreros se reconciliaban con la pérdida de su independencia política con la esperanza de nuevos y decisivos avances del socialismo. El cam­pesino pobre suponía que la colectivización cambiaría su situación en el futuro. Se elevó el nivel de vida de las capas más bajas del campesinado, aunque es cierto que, en medida considerable, a expensas del capital básico de la agricultura. En esas condiciones económi­cas y en ese clima político se produjo la epidemia de capitulaciones.

El resurgimiento de todo tipo de oposiciones se ex­plica por el avance de las desproporciones económicas, el empeoramiento de la situación de las masas, el in­cremento del descontento entre los obreros y los campesinos y la confusión en el propio aparato. La agudización de las contradicciones y la intensidad de la alarma que cunde cada vez más en el partido impulsan por la vía de la protesta a los "liberales" moderados, cau­telosos y siempre dispuestos al compromiso. La buro­cracia, atrapada en un callejón sin salida, responde in­mediatamente con la represión, muchas veces como medida preventiva.

Todavía no se escucha abiertamente la voz de la Oposición de izquierda. No es de extrañar; los periódi­cos burgueses que hablan de las recompensas supues­tamente reservadas a Rikov y Bujarin informan al mismo tiempo de "nuevos arrestos masivos de trotskis­tas". La Oposición de Izquierda fue sometida en la URSS, durante muchos años, a una persecución poli­cial tremenda, hasta el punto de que sus cuadros actúan en condiciones tan excepcionales, que le resulta mucho más difícil que a los "liberales" legales formular lisa y llanamente su oposición e intervenir organizativamente en los acontecimientos en curso. En relación con esto, la historia de las revoluciones burguesas nos enseña que los liberales en lucha contra la autocracia, aprovechando sus prerrogativas legales, fueron los pri­meros en hablar en nombre del "pueblo"; sólo la lucha entre la burguesía liberal y la burocracia allanó el camino a la democracia pequeñoburguesa y al proletariado. Por supuesto, ésta no es más que una analogía históri­ca, pero creemos que dilucida el problema.

La resolución del plenario del Comité Ejecutivo Central de septiembre, de manera totalmente extempo­ránea, se jacta de que "habiendo aplastado al trotskismo contrarrevolucionario, habiendo dejado al descu­bierto la esencia kulak antileninista de los oportunistas de derecha, el partido [...] logró éxitos decisivos [...]" Se puede suponer que en un futuro muy próximo se hará evidente que la Oposición de Izquierda y la de Derecha no están aplastadas ni aniquiladas sino, por el contrario, son las únicas corrientes políticas reales. Fue la política oficial de los últimos tres o cuatro años lo que preparó las condiciones para el resurgimiento de las tendencias termidorianas de derecha. El intento de los stalinistas de meter la izquierda y la derecha en una misma bolsa se facilita en cierta medida por el hecho de que hoy una y otra están a favor de un repliegue. Esto es inevitable: la urgente necesidad de un retroceso or­denado abandonando la línea del salto aventurero pasó a ser la tarea fundamental del estado proletario. Los propios burócratas centristas no sueñan con otra cosa que con la posibilidad de un repliegue ordenado sin perder totalmente su prestigio, aunque no pueden dejar de comprender que una de las cosas que lo ponen en juego es la escasez de alimentos y de otros bienes. Por esta razón retroceden sigilosamente mientras acusan a la Oposición de hacer lo mismo.

El verdadero peligro político estriba en que la dere­cha es una fracción que está permanentemente a favor del repliegue; ahora se les da la oportunidad de decir: "Siempre hemos exigido esto." La atmósfera opresiva en que vive el partido no permite a los obreros com­prender rápidamente la dialéctica del proceso económi­co y caracterizar adecuadamente la "corrección" limi­tada, temporal y circunstancial de la posición de la derecha y a la vez su incorrección esencial.

Por lo tanto, se hace más importante una política previsora clara e independiente de parte de los bolche­viques leninistas. ¡Seguir cuidadosamente todos los procesos que se dan en el país y dentro del partido! ¡Evaluar correctamente todos los agrupamientos de acuerdo a sus ideas y sus conexiones sociales! ¡No asustarse de la coincidencia táctica circunstancial con la derecha! ¡No olvidar, a causa de la coincidencia táctica, nuestro antagonismo estratégico!

La diferenciación política dentro del proletariado soviético se dará alrededor de los siguientes problemas: ¿Cómo replegarse? ¿Cuáles son los límites del replie­gue? ¿Cuándo y cómo lanzar una nueva ofensiva? Todas estas cuestiones, muy importantes, no se solu­cionan dentro de sus propios límites. No estamos cons­truyendo una política para un solo país. El destino de la Unión Soviética se resolverá en indisoluble conexión con el proceso mundial. Es necesario plantearles nue­vamente a los obreros rusos los problemas del comunis­mo mundial en toda su amplitud.

Sólo la actividad independiente de la Oposición de Izquierda y la unificación bajo sus banderas del núcleo proletario fundamental podrán hacer resurgir al parti­do, al estado obrero y a la Internacional Comunista.



[1] La expulsión de Zinoviev y Kamenev. The Militant, 12, 19 y 26 de noviembre de 1932.

[2] Zinoviev y Kamenev se opusieron a la resolución de los bolcheviques de lanzar la insurrección en octubre de 1917 y expresaron públicamente su oposición. Casi se los expulsa por esta razón, pero se pasaron por alto sus violaciones a la disciplina cuando triunfó la insurrección.

[3] Alexander Tsiurupa: diputado presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo en vida de Lenin; en 1924, después de la muerta de éste, fue designado presidente de la Comisión de Planificación Estatal.

[4] Walter Citrine (n. 1887): secretario general del Congreso Sindical Británico (1926-1946). Por sus servicios al capitalismo británico fue nombrado caballero en 1935 y baronet en 1946.

[5] Nikolai A. Uglanov: stalinista que subió a la cúpula gracias a su celo antitrotskista y luego se hizo partidario de la Oposición de Derecha, fue expulsado del Comité Central en 1930 y capituló. Implicado en el caso Riutin en 1932, volvió a capitular. Finalmente desapareció en una purga. M.N. Riutin: otro líder de la cruzada antitrotskista en Moscú, también fue removido de algunos de sus cargos en 1930 por sus simpatías hacia la Oposición de Dere­cha. A fines de 1932 fue arrestado y expulsado del partido por difundir una plataforma critica a Stalin que planteaba la reforma, a través de los canales partidario y constitucionales, del partido y de la economía. Específicamente se lo acusó de mantener discusiones con los bujarinistas y los zinovievistas. El Agitprop, Departamento de Agitación y Propaganda se formó en 1920 como departamento dependiente del secretariado del Partido Comunista ruso; en esa década se amplió su jurisdicción hasta que llegó a abarcar la prensa, las editoriales, la religión, etcétera.

[6] Slepkov: partidario de Bujarin. Maretski: profesor acusado de difundir ideas neo populistas en la Universidad y por la prensa.

[7] Andrei Bubnov (1883-193?): viejo bolchevique ligado a Centralismo Democrático y otros grupos de oposición, pero ya en 1923 rompió con ellos y se alineó junto a Stalin. Fue víctima de la purga del aparato stalinista llevada acabo a fines de la década del 30.



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