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"La historia del trotskismo norteamericano..." James Cannon, Conferencia XII

 

Los trotskistas en el Partido Socialista

 

La última conferencia de esta serie trata del período de aproximadamente un año, que pasamos dentro del PS y los seis meses durante los cuales no estábamos ni adentro ni afuera, sino en camino a otro destino. En el curso de estas conferencias he enfatizado repetidamente que las tácticas de un partido son impuestas por los factores políticos y económicos fuera de su control. La tarea de una dirección política es entender qué es posible y necesario en una situación dada, y qué no. Esto, puede decirse, es la clave de una dirección política. Las actividades de un partido revolucionario, es decir, un partido marxista, están condicionadas por las circunstancias objetivas. Estas, a veces imponen derrota y aislamiento sobre el partido, independientemente de lo que pueda ser hecho por la dirección y los militantes. En otras situaciones las circunstancias objetivas crean posibilidades de éxito y avances, pero al mismo tiempo las limitan. El partido siempre se mueve en un marco de factores sociales no determinado por él. Ellos son rasgos del proceso de desarrollo de la sociedad.

Hay épocas en las que la mejor dirección no puede mover adelante al partido ni una pulgada. Por ejemplo, Marx y Engels los maestros y dirigentes más grandes de nuestro movimiento, permanecieron aislados prácticamente todas sus vidas. No pudieron siquiera crear un grupo sustancial en Inglaterra donde vivieron y trabajaron durante el período de su madurez. Eso no se de debía a errores de su parte ni ciertamente a incapacidad, sino a factores externos fuera de su control. Los obreros ingleses no estaban aún listos para escuchar las palabras revolucionarias.

Durante el largo período de reacción y estancamiento que sujetó al movimiento obrero mundial en los primeros años de nuestra existencia, de l928 hasta l934, no podíamos evadir el aislamiento. Esa era una época en la que parecía que todo el del mundo caía sobre un pequeño grupo, un puñado de irreconciliables. Era el momento en que la gente de corazón abatido, especialmente aquellos que no tenían la comprensión teórica de la naturaleza de la sociedad moderna y de que las leyes que la rigen trabajan a favor de las crisis que llevan a la revolución, se apartaban. Esa era la época en que sólo los trotskistas, los marxistas de buena fe, pronosticaron, en el período de oscura reacción y soledad, que se acercaba un nuevo levantamiento y se prepararon conscientemente para éste en dos formas: primero, elaborando el programa que armaría al partido para una nueva etapa; y segundo, reuniendo a los cuadros preliminares del futuro partido revolucionario e inspirándolos a que resistan con confianza en el futuro. Esta fe estaba justificada, como hemos visto en las conferencias precedentes. Cuando empezó a estallar la oleada en el movimiento obrero mundial, especialmente a comienzos de l934, se iba a ver un nuevo movimiento de masas en este país y en todo el mundo. Cuando esa nueva situación se empezó a revelar fuimos puestos a prueba y se nos dio la gran oportunidad. Ya no era más el tiempo de permanecer contentos en el aislamiento, clarificando principios. Era el momento de esforzarnos y aplicar aquellos principios en la acción sobre la lucha de clases emergente. Nuestra decisión de hacer esto, nuestro reconocimiento de que la oportunidad estaba ante nosotros, y nuestra determinación de atraparla, nos llevó a conflictos con los sectarios, los ultraizquierdistas. Teníamos que combatirlos, que derrotarlos, para avanzar. Hicimos esto. En la huelga de Minneápolis dimos un paso adelante en el movimiento sindical de masas. La fusión con el AWP fue otro paso importante en el camino al desarrollo de un partido marxista serio en los Estados Unidos. Pero esas acciones progresivas eran sólo pasos, y tuvimos que reconocer las limitaciones para completarlos. Todavía se nos requería iniciativa política y acciones firmes en situaciones más complicadas.

La entrada de nuestro grupo al PS de los Estados Unidos fue un paso más importante aún en el camino complicado, tortuoso y desalentador hacia la creación de un partido que eventualmente dirija al proletariado de Norteamérica a la victoria de la revolución socialista. Aquel paso, la entrada en el PS, fue dado en el momento justo. El tiempo es siempre una importante consideración en política. No espera. Pobres de los dirigentes políticos que lo olvidan. Hay una expresión legal: "El tiempo es la esencia del contrato". Diez veces, mil veces más se debe aplicar política. Lo decisivo no es sólo qué hacer, sino cuándo se hace, si se hace en el momento correcto. No era posible para nosotros entrar al PS antes de lo que lo hicimos, y si lo hubiéramos intentado después, hubiera sido demasiado tarde. El heterogéneo PS que atraía demasiado nuestra atención en aquellos días, ese partido sin ayuda, acéfalo, esa mezcla de centristas, fue abofeteado por eventos externos y apretado por toda clase de presiones. El partido mismo era inviable. En 1936, en el momento en que entramos, todavía era la etapa del fermento violento y la desintegración. El PS estaba destinado, de cualquier modo, a romperse. La única cuestión era cómo y porqué líneas tendría lugar la desintegración y la eventual destrucción de ese partido históricamente inviable.

Había un movimiento poderoso, aunque no totalmente consciente, en el PS hacia la reconciliación con la administración Roosevelt y por ese medio, con la sociedad burguesa. La propaganda y los materiales del bien armado aparato del PC presionaban fuertemente sobre los dirigentes obreros socialistas. La pregunta era: ¿Podían los elementos, potencialmente revolucionarios del partido centrista -los activistas obreros y la juventud rebelde- ser tragados por esa fuerza? ¿0 se fusionarían con los cuadros del trotskismo y llegarían al camino de la revolución proletaria? Eso sólo podía saberse a través de nuestra entrada al PS. No era posible para los trotskistas entrar en contacto con esos elementos potencialmente revolucionarios de otra manera que no sea uniéndose al PS, por la simple razón de que ellos no mostraban ninguna disposición a entrar a nuestro partido. Se debía abandonar el fetichismo organizativo. Este debía dejar lugar a las demandas de necesidad política, que siempre está por encima de las consideraciones organizativas.

Nuestra entrada al PS tuvo lugar sobre un fondo de grandes eventos que estaban en proceso de desarrollo, tanto aquí como a escala mundial. Las huelgas de brazos caídos en Francia, una verdadera revolución, ocurrían en el mismo momento en que estábamos peleando unirnos al PS. El segundo resurgimiento del Congreso de Organizaciones Industriales, la CIO, destinado a llevar a este tremendo movimiento a una gran altura como nunca había conocido el movimiento obrero organizado de Norteamérica, en fuerza numérica, en militancia de masas, y en la composición de la base del estrato más bajo del proletariado, este segundo levantamiento estaba en sus comienzos en aquel momento, en la primavera de l936. La rebelión de la CIO estaba parcialmente influenciada, sin duda, por las huelgas de brazos caídos en Francia. La guerra civil española estaba por estallar con todas sus fuerzas; y levantaba una vez más, en forma más aguda, la perspectiva de una segunda victoria de la revolución proletaria en Europa. La revolución española tenía adentro la posibilidad de cambiar la faz de la toda Europa si triunfaba. Unos pocos meses después, los juicios de Moscú sacudirían al mundo entero.

Este gran panorama de sacudones mundiales -y el levantamiento de la CIO no era menos importante que los otros, a mi juicio, desde un punto de vista histórico mundial- crearon los auspicios más favorables para un avance de la vanguardia marxista. No había falta de interés político, ni falta de actividad de masas, ni falta de un campo adecuado para la operación de los marxistas revolucionarios en el momento en que estábamos llevando nuestra actividad dentro de la estructura del PS. Si agudizábamos nuestro ingenio bajo esas circunstancias objetivas, no tendríamos límites. Tendríamos que haber sido la peor dirección, casi tendríamos que haber querido conscientemente derrotarnos para no ganar en una circunstancia tan favorable como esa.

Nuestro trabajo en el PS, cuando uno lo mira retrospectivamente, no estaba de ninguna manera libre de errores y oportunidades desaprovechadas. No hay duda en absoluto de que los dirigentes de nuestro movimiento se adaptaron, algunos demasiado, a los dirigentes centristas del PS. Un cierto grado de adaptación formal era absolutamente necesario para obtener las posibilidades de trabajo normal en la organización. Pero esta adaptación, indudablemente, llegó muy lejos en algunos casos y llevó a ilusiones y desviaciones por parte de algunos miembros de nuestro movimiento. No hay dudas de que al llevar a cabo la maniobra política de entrar al PS y la concentración en los problemas políticos que se levantaban dentro del PS, dejamos de hacer todo el trabajo en las masas que se podría haber hecho. No hay duda de que esos errores y oportunidades desaprovechadas pueden ser cargadas contra nosotros. Pero, de conjunto, con los consejos y la guía de Trotsky -un factor decisivo en este trabajo- completamos nuestra principal tarea.

Acumulamos una experiencia política invalorable, y aumentamos a más del doble nuestras fuerzas como resultado de la entrada y de un año de trabajo en el PS. Comenzamos nuestro trabajo muy modestamente según un plan. Nuestra primera prescripción para nuestra gente fue: entren en la organización, intégrense al partido, sumérjanse en el trabajo militante y logren así una cierta autoridad moral sobre los cuadros y la base; establezcan relaciones de amistad personal, especialmente con aquellos elementos que son activistas, potencialmente de alguna utilidad más adelante. Nuestro plan era dejar que los hechos políticos se desenvuelvan normalmente, como estábamos seguros que lo harían. No teníamos que forzar la discusión o empezar artificialmente la lucha fraccional. Podíamos darnos el lujo de permitir que los hechos políticos se desarrollaran bajo el impacto de los eventos mundiales. Y no tuvimos que esperar demasiado.

La situación era radicalmente diferente de aquella de los primeros años cuando la reacción general y la parálisis se ceñían sobre nosotros. Ahora los factores objetivos trabajaban a favor de los revolucionarios y creaban las condiciones y oportunidades que estos necesitaban para avanzar. La guerra civil española empezó en julio de l936 con la insurrección dirigida por Franco y el gran contraataque de los obreros. Los juicios de Moscú dieron la vuelta al mundo en agosto, unos pocos meses después que habíamos entrado al PS. Esos eran hechos de significación mundial, y consecuentemente se hicieron conocidos como hechos "trotskistas". Ya en l928 había sido reconocido por nuestros enemigos, aún por los más ignorantes, que el trotskismo no es un dogma provinciano. Es un movimiento con visión y perspectivas mundiales. El trotskismo actúa desde el punto de vista del internacionalismo, y se compromete con los problemas del proletariado en todas partes del mundo.

El reconocimiento general de esta cualidad fundamental del trotskismo fue ilustrado irónicamente en el tiempo en que estábamos bajo juicio ante el comité político y la comisión central de control del PC en octubre de l928. Hasta el fin del largo juicio, cuando hicimos nuestra declaración y pusimos un límite a todas las ambigüedades, habían estado tratando de "probar" un caso de "trotskismo" contra nosotros por cualquier clase de "evidencia circunstancial" que pudieran obtener (nosotros no habíamos admitido que éramos una fracción trotskista por razones tácticas, como ya lo he explicado). Presentaron un montón de testigos, muchos a la manera de los acusadores de nuestro reciente juicio de Minneápolis, para llevar evidencias corroboradas y circunstanciales de nuestra culpabilidad. Un señuelo vendría y diría que escuchó esto, otro que escuchó aquello pero la estrategia testigo fue el administrador de la librería del PC. Dijo que podía jurar que Shachtman era un trotskista. ¿Por qué? ¿Cómo lo sabía? "Porque siempre va al negocio, tratando de conseguir libros sobre China, y yo sé que China es una cuestión trotskista" La pequeña comadreja no estaba tan equivocada, China era verdaderamente una cuestión trotskista, como lo eran todas las cuestiones de importancia mundial.

La guerra civil española, los juicios de Moscú y el tumulto en el movimiento obrero francés, estas cuestiones dominaban completamente la vida interna del PS. Se desarrollaba la discusión más animada sobre estos hechos, totalmente en contra de la dirección. Querían dedicarse a los asuntos prácticos, es decir, a la rutina. "Sentémonos, y hagamos un trabajo práctico aquí". Pero estos hechos ocupaban el interés de todos aquellos que tomaban la palabra socialismo en serio. Organizamos una campaña deliberada para educar a sus filas en su significado.

Como los juicios de Moscú eran reportados día a día, era obvio que el objetivo central era una vez más implicar a Trotsky y si era posible lograr su ejecución en Rusia; en cualquier caso desprestigiarlo ante el movimiento obrero mundial. Debo decir que los trotskistas norteamericanos no nos dormimos en esta situación. Aprovechamos esa brecha, hicimos el mejor trabajo político que jamás habíamos hecho y rendimos nuestro gran servicio a la causa de la IV Internacional denunciando los fraudulentos juicios de Moscú. El hecho de que se pudo comenzar un trabajo que eventualmente golpeó y desacreditó a los juicios de Moscú en todo el mundo, se debe a la existencia de la sección norteamericana de la IV Internacional y a que éramos miembros del PS en ese momento.

Históricamente se nos requería, en ese momento crucial, ser miembros del PS y por ese medio tener un acceso más estrecho a ciertos elementos -liberales, intelectuales, gente políticamente medio radical- que eran necesarios para la gran tarea del Comité de Defensa de Trotsky. No creo que Stalin podría haber planeado esos juicios tan bien otra vez, para asegurarse un completo descrédito, como en el verano de l936. Entonces, estábamos en la situación más favorable como miembros del PS, y por eso, rodeados en una cierta extensión, por la colaboración protectora de un partido medio respetable, y no pudimos ser aislados como un pequeño grupo trotskista, corrido y linchado, como lo planeaban hacer. Hicimos una campaña terrible para denunciar los juicios y defender a Trotsky. Los stalinistas, a pesar de los vastos recursos del aparato, prensa, organizadores y dinero, fueron puestos a la defensiva desde el comienzo. Nuestros camaradas en New York, asistidos por los camaradas de todo el país, pudieron iniciar la organización de una casi formidable aparición del comité, con John Dewey como presidente y una imponente lista de escritores, artistas, periodistas y profesionales de varias clases que aprobaban y apoyaban el movimiento para organizar una investigación a los juicios de Moscú.

Esta investigación, como ustedes saben, siguió eventualmente en la ciudad de México en la primavera de l937. El caso fue totalmente escudriñado; de ella salieron dos grandes libros que son y serán para siempre clásicos del movimiento obrero mundial. "The case of León Trotsky" (El caso de León Trotsky) y el segundo, el informe de la comisión, "Not Guilty" (Inocente). Esta tarea política tremenda que resultó incuestionablemente el golpe más duro que nunca le propinamos al stalinismo, fue posibilitada por esa conjunción favorable de eventos que he mencionado. Unos pocos meses más tarde, a lo sumo unos pocos años más después, la mayoría de aquellos elementos que llevaron adelante una tarea históricamente progresiva como esa en el Comité de Defensa de Trotsky, sucumbieron a la sociedad burguesa y dieron la espalda a todos sus oponentes irreconciliables. Por lo menos el 90% de esa gente estaría hoy incapacitada física y moralmente para participar activamente de un movimiento como el "Comité Norteamericano por la Defensa de León Trotsky" pero en esa coyuntura particular eran capaces de servir, y sirvieron, a un gran fin progresivo. La exposición y el descrédito de los juicios de Moscú fue uno de los grandes logros que debe ser atribuido a nuestro movimiento político de unirnos al PS en l936.

La segunda gran campaña política que llevamos adelante mientras estuvimos en el PS, fue alrededor de los eventos de la guerra civil y la revolución española. Informes sustanciales y hasta libros son el resultado de este trabajo. Llamo vuestra atención especialmente sobre el libro escrito por Félix Morrow, Revolution and Counter-Revolution in Spain (Revolución y Contrarevolución en España), y el folleto The Civil War in Spain (La guerra civil en España). Este folleto y libro resumían y codificaban la gran pelea política en curso; dentro del PS y públicamente siempre que tuvimos la oportunidad peleamos para clarificar los hechos que ocurrían en España y para educar a los cuadros del partido norteamericano sobre el sentido de aquellos eventos. Nuestra entrada al PS facilitó esas campañas, nos dio una audiencia dentro de lo que después sería nuestro propio partido. No era nuestro. Pero teníamos nuestras cuentas pagas y eso nos daba una gran audiencia en cada mitin de rama del PS.

En California, donde vivía yo en ese momento por razones de salud, el trabajo fue desplegado en el movimiento de masas. Allí nos integramos rápidamente en el partido y adquirimos una influencia dirigente en virtud de nuestra actividad, nuestros discursos y trabajo político durante la campaña electoral. Como resultado a los seis meses de haber entrado al partido, salió un periódico débil bajo el auspicio del PS de California y yo fui designado su editor. Las circunstancias trabajaban muy favorablemente de nuestra parte. Mi rol de editor del periódico y la prominencia de nuestra gente en los locales y en la organización nacional nos dio entrada directa, por primera vez, en el movimiento de masas marítimas.

La gran huelga naval de l936-37 nos ofreció un campo abierto. Mientras nuestros camaradas en la costa este estaban desarrollando las campañas alrededor de los juicios de Moscú y la guerra civil española, nosotros en California, estábamos complementando ese gran trabajo político con la actividad intensa en el movimiento de masas, que influenció el curso de los hechos en la gran huelga naval de l936-37. El trabajo que se había hecho allí y los contactos que se establecieron nos permitieron organizar el primer núcleo de una fracción trotskista. Ese trabajo dejó grandes dividendos para el partido y aún lo sigue haciendo. Los trotskistas nos transformamos de ahí en adelante en el factor progresivamente más fuerte en el movimiento naval. Ese es uno de los signos seguros de que nuestro partido tiene un buen futuro, que ha establecido una base firme en una de las más importantes y decisivas industrias del país.

En Chicago teníamos otra base de apoyo en el Socialist Appeal. Este era originalmente un pequeño boletín mimeografiado publicado por Albert Goldman y otros pocos individuos. Goldman había entrado al PS un año antes que nosotros, como individuo. Se había negado a esperar la decisión del partido, y entró por cuenta propia justo previo a nuestra fusión con los musteístas. Se intercambiaron palabras agudas por esa acción. Sin embargo, pronto quedó claro que esa secesión organizativa de Goldman no tenía como objetivo efectuar una ruptura principista con nosotros. Desde el comienzo trabajó constantemente en la dirección de nuestro programa. Tan pronto como nuestro partido se orientó hacia la entrada en el PS, restablecimos la colaboración tan efectivamente que cuando abandonamos nuestra prensa en respuesta a la exigencia de los dirigentes del PS, ya teníamos un acuerdo con Goldman que el Socialist Appeal, que era un órgano autorizado y establecido en el PS, se volvieron el órgano oficial de la fracción trotskista. Nuestra colaboración fue restablecida tan rápida y efectivamente que alguna gente se preguntaba si la cosa de conjunto, la ruptura de Goldman con la organización trotskista y su entrada al PS como individuo, y las polémicas entre nosotros y Goldman, no eran un juego montado. Esto no fue así para nada. No éramos tan arteros como para hacer una cosa así. Las cosas sencillamente resultaron así; resultaron muy bien. El boletín mimeografiado fue transformado en una revista impresa. El nombre, Socialist Appeal, fue conservado. A pesar de la supresión de nuestra propia antigua prensa por los "Militantes" pronto tuvimos una revista mensual legítimamente establecida en el PS, exponiendo nuestro programa. Hacia finales del otoño tuvimos un periódico semanal en California, llamado Labor Action- un buen nombre que no ha sido tratado muy bien en los últimos años.

Así, para todo intento y propósito, teníamos nuestra prensa restablecida -un periódico de agitación semanal y una revista mensual. Labor Action fue publicado bajo el auspicio del PS de California, pero si ese no era un periódico de agitación trotskista, entonces nunca seré capaz de hacer uno. Hicimos lo mejor para utilizarlo en ese sentido. El Socialist Appeal se volvió el eje alrededor del cual se reconstruyó "legalmente" nuestra fracción en el PS.

 

En los comienzos de l937 organizamos una conferencia nacional del Socialist Appeal. Los miembros del PS de todas partes fueron invitados a venir a Chicago a discutir la forma y los medios para que avancen los intereses del partido. Todos fueron bienvenidos sin tomar en consideración su pasado o su alineamiento fraccional. La única condición era tener acuerdo con el programa del Socialist Appeal, que casualmente coincidía con el programa de la IV Internacional. Sobre esa base y de esa forma constituimos en Chicago a comienzos del invierno de l937 lo que era en efecto a una nueva Ala Izquierda nacional en el PS. Esta ver era un ala izquierda real, no una mezcolanza de juntas de "militantes", sino una organización de miembros del partido, reunidos sobre la base de un programa definido, con dirigentes que sabían lo que querían y estaban preparados para pelear por eso.

Durante todo este tiempo nuestra actividad en el PS, como la batalla se estaba desarrollando y estábamos ganando, los stalinistas llevaron a cabo una tremenda ofensiva contra nosotros. Gastaron miles, y me arriesgo a adivinar, decenas de miles de dólares en el esfuerzo de impedirnos avanzar en el PS. Estaban muertos de miedo de que lográramos formar un grupo considerable alrededor nuestro. Sabían todo el tiempo que el peligro real que apuntaba al corazón del stalinismo es el movimiento trotskista, no importa cuán pequeño pueda ser en un momento dado. Esa campaña de los stalinistas hizo eco simpáticamente en una sección de la dirección socialista. Ellos veían la fuerza y los recursos de los stalinistas como representantes de un gran poder estatal, la Unión Soviética. Estaban mucho más impresionados por esa fuerza y esos recursos que por la corrección principista del programa trotskista. Una sección de los "Militantes" -no todos ellos- se inclinó a la colaboración con los stalinistas, y si no hubiéramos estado en su camino hubieran entrado en relaciones más estrechas con ellos, como en España. Pero estábamos en el medio entre ellos y los stalinistas con nuestras críticas y nuestro programa, y habíamos sacudido a las filas del PS contra la idea de unidad con los stalinistas. Esto bloqueó su juego y los llevó a un resentimiento creciente contra nosotros. Otra sección de la dirección del PS, que ya se estaba orientando, posiblemente sin saberlo totalmente, hacia la reconciliación con Roosevelt, organizó una real ofensiva en nuestra contra: "Echen a los trotskistas del partido". Esa campaña tenia mucha presión detrás, por un lado los stalinistas y por otro la presión de las influencias burguesas.

Muchos de los que dirigieron la batalla contra nosotros se reconciliaron después con la clase burguesa. Jack Altman fue uno de ellos. Paul Porter se volvió un agente del ministerio de guerra. En ese puesto hizo un trabajo sucio de reducir los salarios de los obreros de los astilleros por debajo de lo que exigía el contrato. Fue uno de los dirigentes del PS que escribió un panfleto exigiendo nuestra expulsión del partido. La gente de esa clase, que más tarde fue nada más que empleados de Roosevelt en el movimiento obrero, estaba mejor considerada por Norman Thomas y otros dirigentes máximos que nosotros. Ingeniaron una convención especial, que no era obligatoria según la constitución, con el propósito especial de expulsar a los trotskistas. Querían sacarse las críticas de los stalinistas removiendo la causa. Querían alejarse de la coloración revolucionaria que le estábamos imprimiendo al PS. El PS ha tenido siempre, excepto por un breve período de la Primera Guerra Mundial, una "buena reputación". Era considerado como un grupo de gente que estaba por el socialismo pero que no significaba ningún peligro. Esta clase de partido siempre es tolerado, pero nunca gana una influencia real seria. En el movimiento obrero los dirigentes y militantes del PS eran conocidos como gente que estaba por el socialismo pero que nunca le hacía ningún problema a los burócratas, o a los traidores. Todo lo que querían era el privilegio de hablar unas pocas palabras de socialismo. Nuestra entrada al partido habían cambiado esto. Hablando en nombre del PS, llevamos adelante la pelea contra el stalinismo, contra los burócratas y estábamos dándole al PS un carácter diferente en la opinión pública del que había tenido antes. Decidieron echarnos.

Nuestra estrategia para esa convención que estaba llamada para marzo de l937 fue dilatar los hechos. No habíamos sido nombrados delegados, por lo que no podíamos hacer mucho más que una pelea por abajo. Sentíamos que no habíamos tenido aún el tiempo suficiente para educar y ganar el máximo número de obreros y jóvenes socialistas que eran capaces de volverse revolucionarios. Necesitábamos alrededor de seis meses más. Por lo tanto nuestra estrategia fue dilatar el desenmascaramiento en esa convención.

En pos de esa estrategia, yo volví de San Francisco, donde estaba en ese momento editando Labor Action, a New York para asistir a las negociaciones. Trajimos a Vincent Dunne desde Minneápolis. Él y yo fuimos propuestos como un comité de dos para discutir las cuestiones con los dirigentes de los "Militantes" y con el mismo Norman Thomas para ver si podíamos encontrar una forma de dilatar los hechos. Tuvimos numerosas conferencias, una de ellas en la casa de Norman Thomas. El camarada Bunne y yo, representando a los trotskistas, confrontados con Thomas, Tyler, Jack Altman, Murry Baron y otros de la joven burocracia incipiente en una reunión para discutir qué iban a hacer, cuál era la acusación contra los trotskistas que necesitaban tomar una actitud tan áspera hacia nosotros, etc. Recuerdo una de las grandes quejas que impresionaban a Thomas, particularmente era el informe de que los trotskistas, especialmente en New York, estaban hablando mucho en las reuniones de la rama; que insistían en comenzar discusiones teóricas y políticas a las once de la noche y que duraban eternamente. Él quería saber si no se podía hacer algo para restringir a la junta trotskista, o a la fracción, como fuera el caso, para limitar esas discusiones a una hora razonable. Eso tocó una fibra de mi corazón. Tenía un resentimiento acumulado contra esos debates hasta las dos de la mañana. Hicimos un acuerdo de que hasta donde llegara nuestra influencia, estaríamos a favor de establecer una regla de que las reuniones de rama se suspendan a las once de la noche. Hicimos una cantidad de otras concesiones de este tipo. Queríamos paz, y ofrecimos unas pocas cosas aquí y allá sobre la cuestión de posiciones, y en general fuimos tan conciliadores e inofensivos que finalmente llegamos a un acuerdo. Norman Thomas solemnemente acordó con nosotros de que no se haría ninguna propuesta en la convención para suprimir órganos internos -Socialist Appeal en particular- o para expulsar a nadie por sus opiniones. Aquel fue un acuerdo entre nosotros y Norman Thomas en presencia de los jóvenes "Militantes" que he mencionado.

Norman Thomas hizo el acuerdo, pero no lo mantuvo. Cuando llegó a la convención de Chicago, después de haber discutido con nosotros, otras presiones se ejercieron sobre él, especialmente la de Milwaukee, el asiento del conservadurismo socialdemócrata, que estaba destinado a volverse social-chauvinista en la Segunda Guerra Mundial. La presión de aquellos socialdemócratas autosuficientes, con mentalidad burguesa de Milwaukee, y de aquellos sindicalistas novatos de pacotilla de New York como Murry Baron era más fuerte que la palabra de honor de Norman Thomas. Rompió su palabra, nos traicionó. Se levantó en la convención, y él mismo hizo la moción de prohibir todo órgano interno en el partido. Prohibir todos ellos significaba, meramente, prohibir el Socialist Appeal.

Después de la convención, estábamos contra la pared. Por segunda vez fuimos privados de nuestra prensa. Aún dudamos de llevar las cosas adelante porque sumado a nuestra lentitud general, el trabajo del Comité de Defensa de Trotsky todavía estaba incompleto y teníamos miedo de arriesgarlo por una ruptura prematura. Aquí otra vez Trotsky mostró su completa objetividad. Trotsky, que ciertamente estaba preocupado tanto personal como políticamente por los juicios de Moscú, nos escribió: "Por supuesto sería un poco torpe tener una ruptura ahora en vistas del trabajo de la comisión de investigación, pero ésta no debería ser una consideración. Lo más importante es el trabajo de clarificación política y no deberían permitir que nada se ponga en su camino".

Trotsky nos animó e incluso nos incitó a avanzar en enfrentar su desafío y no permitirles que nos empujaran por miedo a la desintegración de nuestras propias filas, desmoralización de la gente a la que habíamos llevado demasiado lejos en el camino. Procedimos cautamente, "legalmente", al comienzo. Demostramos que podíamos tener una prensa, muy efectiva, sin violar proscripción de publicaciones. Pusimos en marcha un sistema de múltiples copias de cartas personales y resoluciones de ramas. Una ostensible carta personal, evaluando la convención, fue firmada por un camarada y enviada a otro. La carta, después, fue mimeografiada y distribuida discretamente en las ramas. Cada vez que surgiera un hecho, un nuevo paso en al guerra civil española, sería introducida una resolución en la rama de New York por un camarada individual, después mimeografiada y enviada a nuestros grupos de la fracción en todo el país como una base para sus propias resoluciones sobre la cuestión. No teníamos prensa. Ellos tenían la totalidad de la maquinaria del partido. Tenían el secretario nacional, el editor, el secretario obrero, y los organizadores -tenían todo el aparato- pero nosotros teníamos un programa y un mimeógrafo y probamos que era suficiente.

Nuestra fracción en todos lados era la mejor informada, la más disciplinada y la mejor organizada y estábamos haciendo rápidos progresos en captar nuevos miembros para la fracción. Entonces, nuestros moralistas "demócratas" socialistas le dieron al partido una real dosis de democracia. Votaron la "ley de la mordaza". Esa fue una decisión del Comité Nacional para lograr que no puedan ser introducidas más resoluciones en las ramas sobre las cuestiones en disputa. Tenían en mente particularmente la guerra civil española, un pequeño incidente para sus mentes. Entonces hicimos una revuelta y comenzamos una campaña en todo el país contra la "Ley de la mordaza". Esta tomó la forma de introducir en todas las ramas resoluciones protestando contra la decisión de prohibir la presentación de resoluciones. Si los burócratas socialistas habían tenido muchas resoluciones antes, estaban inundados con ellas después de haber votado la "Ley de la mordaza".

Decidimos pelear, llevar las cosas adelante y no permitir más abusos. De todos modos, para ese momento, habíamos terminado nuestro trabajo. Entre la convención y los pocos meses que nos llevaron a este choque de frente, habíamos completado virtualmente nuestro trabajo de educar y organizar aquellos elementos del ala izquierda, de la juventud, que eran realmente serios y podían transformarse en revolucionarios proletarios. La composición del PS era predominantemente pequeño burguesa. Estaba claro que no podíamos esperar ganar una mayoría real en el partido, con todas las restricciones que habían puesto sobre nosotros. Teníamos que tener las manos libres para restablecer nuestra prensa pública y virar nuestra atención una vez más a la lucha de clases amplia.

Llamamos a una reunión del Comité Nacional de nuestra fracción para junio en New York, hicimos las resoluciones para nuestra pelea la organizamos a escala nacional. Ellos se vengaron con las expulsiones en masa, comenzando en New York. Nunca vi violaciones más burocráticas y brutales de los derechos democráticos y de la constitución del partido que a las que recurrieron estos píos socialdemócratas cuando descubrieron que no podían derrotarnos en un debate franco. Sólo nos limitaron y nos echaron. Unos pocos días después de la expulsión del primer grupo en New York, respondimos con el Socialist Appeal que reaparecía ahora como un tabloide semanal impreso de 8 páginas. Establecimos un "Comité nacional de las Ramas Expulsadas", y llamamos a una convención de ramas expulsadas para bosquejar el balance de esa experiencia. Todo ese trabajo fue realizado, especialmente en estrecha cooperación y aún bajo la supervisión del camarada Trotsky.

En ese momento, ustedes saben, estaba en México y nosotros teníamos contacto y comunicación personal con él. En medio de todos sus problemas, y de la preparación de todos su material sobre el juicio de Moscú, tenía tiempo para escribirnos frecuentemente y para mostrarnos que tenía una comprensión sensitiva y profunda de nuestro problema hizo todo lo posible para ayudarnos.

Nuestra campaña nos llevó directamente a una convención de ramas expulsadas del PS en Chicago en tos últimos días de diciembre y el día de año nuevo de l938. Ahí registramos los resultados de un año y medio de experiencia en el PS. Era claro que la organización del Comité de Defensa de Trotsky nos había facilitado, había sido el medio de divulgar la verdad sobre los juicios de Moscú al mundo entero, y nos permitió darle el golpe más grande al stalinismo como nunca había recibido hasta ese momento. Nuestra entrada en el PS había facilitado nuestro trabajo sindical. Nuestro trabajo en la huelga naval en California, por ejemplo, había sido ayudado en gran medida por el hecho de que en ese momento, éramos miembros del PS. Nuestros camaradas tenían mejores conexiones en el sindicato de obreros del automotor donde, hasta el momento nunca habíamos tenido nada más que algún contacto ocasional. Estaban sentadas las bases para una poderosa fracción de los trotskistas en el sindicato de obreros del automotor.

La gran sorpresa de la convención fue la revelación de que mientras habíamos estado concentrados en este trabajo político interno, dentro del PS, habíamos estado, al mismo tiempo desplegando, prácticamente sin ninguna línea de la dirección central, nuestro trabajo sindical a una escala a la que nunca nos habíamos aproximado antes y habíamos, al menos empezado, la proletarización del partido. Habíamos ganado de nuestro lado a la mayoría de la Juventud Socialista y a la mayoría de aquellos obreros socialista realmente interesados en los principios del socialismo y en la revolución socialista.

La convención adoptó el programa de la IV Internacional sin ninguna oposición. Esto demostraba que nuestro trabajo educativo había sido eficaz. Todos esos logros pueden ser señalados como evidencia de la sabiduría política de nuestra entrada al PS. y otra de ellas, -y no la menos importante- era que cuando el PS nos expulsó y cuando nos vengamos formando un partido propio independiente, se había asestado un golpe mortal al PS. Desde entonces el PS se ha desintegrado progresivamente hasta haber perdido toda semblanza de influencia como partido del movimiento obrero. Nuestro trabajo en el PS contribuyó a eso. El camarada Trotsky remarcó esto más tarde, cuando estábamos discutiendo con él el resultado total de nuestra entrada al PS y el estado lamentable de su organización después. Dijo que eso sólo hubiera justificado la entrada en la organización aún si no hubiéramos ganado un sólo miembro nuevo.

Parcialmente como resultado de nuestra experiencia en el PS y nuestra pelea allí, éste fue marginado. Éste fue un gran logro, porque era un obstáculo en el camino de la construcción de un partido revolucionario. El problema no es meramente el de construir un partido revolucionario, sin el de limpiar de obstáculos su camino. Todo otro partido es un rival. Todo otro partido es un obstáculo.

Ahora, sólo contrasten estos triunfos, y no los he exagerado, contrasten estos resultados con los de las políticas de los sectarios. Habían renunciado a la idea de entrar en el PS por principios. Decían que su política de abstención construiría un partido revolucionario mejor y más rápido. Había transcurrido un año y medio, dos años, y ¿qué había ocurrido? Teníamos el doble de militantes. Los oehleristas no habían ganado ni a un sólo joven socialista u obrero. Ni uno. Por el contrario, lo único que habían producido fue un par de rupturas en sus propias filas. Pienso que el contraste es una verificación convincente de las cuestiones políticas que se levantaron en la disputa con ellos. Tengan siempre en mente que hay una forma de verificar las discusiones políticas, esta es, por la experiencia subsiguiente. La política no es religión; las disputas políticas no quedan indecisas para siempre la vida decide: ustedes nunca pueden resolver una disputa teológica porque tiene lugar fuera de la vida en la tierra. No es influenciada por la lucha de clases, por cataclismos políticos o tornados, o terremotos. En la Edad Media se acostumbraba a discutir sobre cuántos ángeles podían danzar sobre la punta de un alfiler. ¿Cuántos? ¿Mil? ¿Diez mil? La cuestión nunca fue resuelta porque no hay forma de saber por una experiencia terrenal cuántos ángeles pueden bailar sobre un área tan restringida como la punta de un alfiler. Después de que se demostró que habíamos hecho todas las ganancias y los sectarios no habían ganado nada, el único argumento en su favor, era: "Sí, doblaron la militancia, pero sacrificando el programa". Pero no era así. Cuando tuvimos la convención en Chicago al fin de nuestra experiencia en el PS, se demostró que habíamos salido con el mismo programa con el que habíamos entrado, el programa de la IV Internacional.

Nuestra "gira" por el PS, ha resultado en ganancia en toda la línea. Formamos el Socialist Workers Party el día de Año Nuevo en Chicago y comenzamos una vez más, una lucha independiente con buenas perspectivas y expectativas. La extensa discusión que tuvo lugar en nuestras filas previo a la convención, había revelado diferencias y debilidades que más tarde saldrían a la luz. Tuvimos una gran discusión sobre la cuestión rusa. Abatida por la traición del stalinismo, los juicios de Moscú, el asesinato de la revolución española -todas esas terribles experiencias- una sección del partido, ya hacia fines de l937, quería abandonar la idea de que Rusia era una estado obrero y renunció a su defensa. Siempre ha ocurrido, aún desde l9l7, que cualquier persona que se equivoca en la cuestión rusa se pierde para el movimiento revolucionario. No podía ser de otra forma porque la cuestión rusa es precisamente la cuestión de una revolución que ha ocurrido.

A la cabeza de los vacilantes y escépticos a fines de 1937 estaba Burnham. Todavía estaba dispuesto a dar una defensa incondicional a la Unión Soviética, pero ya estaba empezando a elaborar lo que él pensaba que era una nueva teoría, que el estado obrero nunca existió. Simplemente se estaba adaptando a las teorías a medio cocinar de los anarquistas y de los mencheviques que habían sido expuestas desde 1917 y son renovadas en cada crisis de la evolución de la Unión Soviética. Sumado a esto, Burnham dirigió una oposición en contra nuestro sobre cuestiones organizativas. No le gustaba el método bolchevique de organización, la disciplina, la centralización y la moral bolchevique. Esos síntomas son bien conocidos. Toda persona que comienza a objetar al bolchevismo sobre cuestiones de métodos, organización y moral, ciertamente tiene menchevismo en la sangre. El programa político es la piedra de toque, pero las disputas sobre la cuestión de la organización siempre revelan síntomas más temprano que los debates políticos. Esa debilidad, esa tendencia anti-bolchevique expresada por Burnham en aquel período tuvo, más tarde, su desarrollo lógico. En ese momento, le escribí al camarada Trotsky una extensa carta caracterizando francamente la posición de Burnham y pidiéndole su consejo sobre cómo competir con él; es decir, cómo defender al bolchevismo más efectivamente y al mismo tiempo tratar de salvar a Burnham para la revolución. Shachtman en ese momento, estaba peleando del lado del bolchevismo. Coincidió en la caracterización de Burnham y ayudó en la lucha. Pero después, era natural siendo él, que dos años más tarde cuando la misma pelea estalló de nuevo en una forma mucho más violenta con la Guerra Mundial como telón de fondo, Shachtman se uniera con Burnham para pelear contra nosotros.

La discusión de 1937 anticipó los problemas futuros. Pasaríamos otra gran lucha interna en el partido, la más acabada y fundamental de todas las luchas internas en el movimiento desde los comienzos. Tuvimos que pasar por todo esto, hasta la cima de todas las luchas precedentes antes de que las cartas estuvieran claras, y el partido preparado para la prueba de la guerra que venía. Dimos esa batalla y el bolchevismo salió victorioso de ella; el partido bolchevique es más fuerte por eso. La historia de esta lucha está registrada en documentos, las grandes contribuciones políticas y teóricas del camarada Trotsky, y sobre el aspecto de organización, en algunos escritos míos. Aquellos que quieran seguir la historia del partido desde el punto en que yo voy a dejarla aquí, con la fundación del Socialist Workers Party el día de Año Nuevo de l938, puede encontrarla en esos documentos. Sobre qué ocurrió después de la pelea con la oposición pequeño burguesa y la ruptura eventual, parece ser una historia reciente. Tan reciente que no necesita ser revisada en este curso. Es conocida por todos ustedes.

Ahora queridos camaradas, con su permiso, quiero decir una palabra sobre la gran alegría y satisfacción que he tenido en dar estas conferencias. Si un joven camarada, preparándose para ser orador público me preguntara a mí, un viejo campañista, que es lo que más necesita un orador público, yo diría: "Necesita una buena audiencia". Y si él consigue la clase de audiencia que he tenido en esta serie de l2 Conferencias -tan cálida, sensible, apreciativa, tan interesada en el tema y tan amigable con el orador- será en verdad afortunado.



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