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La huelga general de Enero y sus enseñanzas

Ediciones Comunismo

 

Folleto publicado por la Editorial Comunismo

 

Una batalla importante El proletariado español acaba de sostener una nueva batalla. El enemigo de clase ha obtenido la victoria una vez más. Las cárceles de la República están atestadas de obreros. El vapor Buenos Aires, convertido en prisión flotante, espera, en el puerto de Barcelona, la orden de zarpar para conducir a la deportación a centenares de trabajadores. La burguesía, superados los primeros momentos de miedo, respira satisfecha. Se ha salvado el orden. Se ha salvado el derecho de propiedad. La clase obrera está vencida.

¿Vencida? Ha sufrido (no se puede negar) un rudo golpe. La derrota ha producido una desmoralización indudable (e inevitable) entre una buena parte del proletariado. Sus organizaciones de combate atraviesan una profunda crisis: unas han sido clausuradas, otras ven disminuir sus efectivos. La confianza en el triunfo ha menguado.

Pero no se apresure la burguesía a cantar victoria. No es ésta la primera vez que considera a la clase obrera aplastada, y que ésta vuelve a erguirse con un vigor redoblado para reanudar el combate. A pesar de los graves errores políticos y tácticos cometidos, el levantamiento de enero marcará una etapa importantísima en el desarrollo de nuestro movimiento obrero en general y de nuestra revolución en particular. La derrota es temporal. Las organizaciones se reconstituirán rápidamente y el movimiento proletario, estimulado por la situación revolucionaria por que atraviesa nuestro país, recobrará un nuevo impulso.

La revolución proletaria no es la obra de un día ni el resultado de un golpe de mano audaz, sino que se compone de una larga cadena de errores y de aciertos, de derrotas y de victorias. La clase obrera no puede aprender más que valiéndose de su propia experiencia. Del provecho que saque de ésta depende que el camino que ha de conducirle a la victoria sea más o menos largo, más o menos penoso. De aquí la inmensa importancia que tiene estudiar detenidamente todas las grandes batallas de clase, analizando sus lados fuertes y sus lados flojos y elaborando, con ayuda de éste, la estrategia y la táctica de que ha de valerse el proletariado para abatir al enemigo y conseguir su emancipación.

El movimiento de enero ofrece, en este sentido, un copioso material de estudio que sería suicida despreciar. Los errores cometidos no deben repetirse. La clase obrera ha de salir de este combate enriquecida con un caudal de experiencia que ha de utilizar para las nuevas batallas que se avecinan y que (esperémoslo) se verán coronadas por la victoria.

El carácter la extensión del movimiento en Cataluña El movimiento se inició el martes 19, en Figols, entre los mineros. El jueves 21 se declaraba la huelga general en Manresa y el movimiento se extendía rápidamente a un gran número de pueblos de la comarca del Cardoner y del Alto Llobregat (San Vicents de Castellet, Sallent, Berga, Surja, Cardona, Navarcles, Serchs, etc.). El movimiento toma, desde el primer momento, un carácter netamente revolucionario: los obreros ocupan los ayuntamientos e izan la bandera roja en los balcones de los mismos, desarman a los somatenistas, ocupan las centrales telefónicas, levantan las vías férreas, se incautan de los depósitos de dinamita, requisan los víveres de los economatos, atacan con explosivos los cuarteles de la guardia civil, etc. Sin embargo, los actos de violencia son mínimos. Los obreros se conducen con una moderación sin precedentes en las revueltas obreras catalanas.

El movimiento, completamente inesperado, suscita una gran emoción en toda Cataluña. La burguesía pasa por unos momentos de pánico. El proletariado, perplejo, espera órdenes de los organismos directivos de la CNT, la central revolucionaria que, a pesar de todos los errores de sus dirigentes, sigue conservando un gran prestigio y ejerciendo la hegemonía indiscutible en el movimiento obrero de Cataluña. El jueves por la noche se reúne en Barcelona el comité de la Confederación Regional del Trabajo con los representantes de las principales organizaciones sindicales catalanas. Un cierto número de delegados, los comunistas entre ellos, aboga por la declaración de la huelga general de solidaridad en toda Cataluña para la mañana siguiente. Pero el Comité regional, en el cual predominan los elementos oportunistas del llamado “grupo de los treinta”, se opone a la huelga y consigue imponer su criterio. Y como si esto no fuera bastante, al día siguiente un delegado de dicho comité sale para la región de la huelga, con la cooperación directa de las autoridades barcelonesas (según se afirma), para recomendar la vuelta al trabajo.

Esta intervención y la llegada de un verdadero ejército de ocupación determinan el fin de la huelga. No se producen colisiones de gravedad. Setecientos u ochocientos mineros se retiran a las montañas. Muchos de ellos serán detenidos al regresar a los pueblos unos días después. El viernes por la noche, el movimiento está virtualmente liquidado.

Aquella misma noche la Federación local de sindicatos de Barcelona, en la cual predominan los elementos de la FAI, decide, con una inoportunidad manifiesta, ir a la huelga general catalana el día siguiente. Secundan el movimiento los obreros de los tranvías, de los autobuses, de los ferrocarriles de Cataluña y del Metropolitano, y aproximadamente el 50% de las fábricas y talleres. No se cierra ni una sola tienda. Siguen abiertos los cafés y restaurantes. La ciudad ofrece un aspecto normal. El fracaso de la huelga es evidente, y la Federación local fuerda la vuelta al trabajo para el lunes.

En el resto de Cataluña secunda el movimiento únicamente Lérida, cuya organización sindical se halla dirigida por elementos del Bloque Obrero y Campesino.

Fuera de Cataluña, paralelamente, van desarrollándose una serie de movimientos de una cierta importancia. Entre el 22 y el 25 estallan huelgas generales en Málaga. Sevilla y algunos pueblos de la provincia. Alcoy, Valencia y su provincia (Utiel. Montserrat, Turís, Godelleta, etc.), en varias poblaciones de las provincias de Huesca y Teruel, en La Coruña. Pontevedra y Santiago de Compostela, y huelgas parciales en Alicante y Algeciras.

El movimiento adquiere un carácter incontestablemente revolucionario en algunos puntos, y muy particularmente en la provincia de Valencia, en las de Teruel y Huesca y en Alicante: se cortan las líneas telegráficas, se pega fuego a los archivos municipales y a alguna iglesia, se iza asimismo la bandera de la revolución en varios ayuntamientos y en algunas localidades en que no se ha secundado la huelga, se intenta asaltar el cuartel de la guardia civil (como ocurrió en Aledín, provincia de Granada) y ocupar las centrales telefónicas (como sucedió en Vizcaya).

Este era, trazado a grandes rasgos, el cuadro que ofrecía España en la última semana del mes de enero. Si se añaden a este cuadro las agitaciones campesinas esporádicas surgidas en Andalucía, con actos de expropiación como el realizado el 23 en Gibraleón (Huelva) en la finca de Veguerilla (para citar únicamente uno de los más característicos), se tendrá una idea de la atmósfera caldeada que se respiraba por aquellos días en nuestro país y de la extensión y profundidad del movimiento.

La inoportunidad política del movimiento Una vez puesta de relieve la importancia del movimiento, cabe preguntar: ¿las circunstancias eran políticamente favorables a una insurrección proletaria victoriosa? Hay que contestar a esta pregunta con una negativa rotunda.

Desde la huelga de septiembre acá las ilusiones democráticas de las masas obreras han disminuido considerablemente; es más, se puede afirmar sin vacilar que la parte más consciente y avanzada del proletariado se ha librado casi completamente de estas ilusiones, tan arraigadas durante los primeros meses de la República. Entre esta parte avanzada se va afirmando cada vez más la convicción de que sólo la insurrección proletaria puede resolver la crisis por que atraviesa el país y llevar hasta sus últimas consecuencias el desarrollo del proceso revolucionario. Pero la evolución de la conciencia de la mayoría de la clase obrera ha sido mucho más lenta. A pesar de su importancia incontestable, el movimiento de enero no ha arrastrado más que a una minoría del proletariado. Dos centros industriales tan importantes como Asturias y Vizcaya no han secundado la huelga. En todas las poblaciones en que la Unión General de Trabajadores es predominante, los obreros, dóciles a las órdenes de sus dirigentes, han ido todos al trabajo. A pesar de los hechos aislados a que hemos ya aludido, las grandes masas de obreros agrícolas y de campesinos pobres de Andalucía, Extremadura y Castilla no se han movido. De aquí se puede sacar la conclusión incontrovertible de que el espíritu revolucionario no ha hecho aún presa entre la gran mayoría de las masas obreras y campesinas, y de que las ilusiones democráticas de las mismas, aunque quebrantadas, ejercen aún una cierta seducción sobre ellas.

¿Y las masas pequeño burguesas urbanas? En éstas, si el entusiasmo por la República ha disminuido considerablemente, no se nota aún, ni mucho menos, una tendencia favorable a la revolución obrera, la cual les inspira más bien temor que confianza. En Cataluña esperan mucho, si no todo, de la implantación del Estatuto. En el resto de España creen todavía en la posibilidad de una política de izquierda, y una parte de ella vuelve los ojos hacia Lerroux y Maura, en los cuales ven a los hombres capaces de “acabar con el desorden” y darles la posibilidad de dedicarse “en paz” a sus negocios.

Finalmente, la burguesía no se ha jugado aún la última carta; económicamente, aunque quebrantada, no se deja llevar por la desesperación: la situación, considerablemente más grave, del capitalismo en otros países la consuela y la anima, y no se halla “en la imposibilidad de mantener íntegramente su dominación”, uno de los indicios que, según Lenin, indican la proximidad de la revolución.

En estas circunstancias, la victoria de la revolución proletaria es imposible. Esta sólo puede triunfar cuando la burguesía se siente desmoralizada y la mayoría de la población (la masa obrera, los campesinos y la pequeña burguesía urbana) apoyan a la vanguardia revolucionaria, o cuando el proletariado consigue, por lo menos, neutralizar a los sectores pequeñoburgueses.

Añadamos a esto que la clase obrera no cuenta con los elementos indispensables para triunfar: organizaciones revolucionarias de masas tales como los soviets y un gran partido comunista. “Para un marxista [dice Lenin] es un axioma que no es posible ninguna revolución si falta la situación revolucionaria (...) Toda situación revolucionaria no engendra necesariamente una revolución, porque esto no se realiza más que cuando a los factores objetivos se une el factor subjetivo, es decir, la aptitud de la clase revolucionaria para la acción revolucionaria, la aptitud de las masas, suficientemente fuertes para derribar o hacer tambalear al gobierno, el cual, incluso en el apogeo de las crisis, no “caerá” si no se le hace caer”.

En la última semana de enero, ni las condiciones objetivas ni las subjetivas eran favorables a una insurrección proletaria victoriosa.

Los errores estratégicos y tácticos El gobierno ha pretendido presentar el movimiento como un vasto complot, perfectamente organizado, que se proponía como fin derribar la República. El complot (según el inefable Casares Quiroga) “estaba dirigido desde el extranjero por cierta persona que conoce los manejos de esta clase” y que el día 9 (¡qué admirable precisión!) había girado a España dos millones de pesetas.

En realidad, no ha habido plan, en el verdadero sentido de la palabra. De haber existido, el gobierno no habría sofocado el movimiento con tanta facilidad. Si las premisas políticas del levantamiento eran desfavorables, la estrategia y la táctica del mismo han adolecido de defectos gravísimos.
El error fundamental del movimiento consistió en haberlo iniciado en la periferia y no en el centro. Los grandes levantamientos populares han de

 El propio gobierno se encargó de hacer circular la versión, lanzada en los pasillos del Congreso y reproducida por toda la prensa, de que esa persona era… Trotski. Es difícil imaginarse una versión más absurda: Trotski, expulsado del Partido Comunista ruso y de la URSS, encargado por Stalin de dirigir la revolución española y mandando dinero y las instrucciones, no a los comunistas, sino a los anarquistas. Creíamos que los hombre de la República eran, al menos, más inteligentes que los de la monarquía, maestros consumados en el arte de inventar gazapos de este calibre. iniciarse en los centros industriales importantes, que son los puntos neurálgicos del país y ejercen una influencia decisiva en el resto del mismo. Las revoluciones europeas del 48 estallaron en París, en Berlín, en Viena. La revolución húngara se produjo en Budapest; la finlandesa, en Helsingfor. Las dos revoluciones rusas de 1917 surgieron en Petrogrado. El resto del país siguió.

La huelga, por la ausencia de las condiciones objetivas y subjetivas que hemos aludido más arriba, no podía perseguir más que un fin limitado: demostrar la fuerza y la cohesión de la clase obrera, advertir a la burguesía que estaba en pie de guerra, dispuesta a defenderse y atacar. Pero para que el proletariado pudiera secundar una huelga de esta índole era preciso asignar a la misma un objetivo.., la instauración del “comunismo libertario”, es demasiado abstracto y vago para levantar a las masas. En Barcelona, la Federación Local se limitó a lanzar la orden de huelga, sin asignar a la misma ninguna finalidad, sin publicar una sola hoja. En estas condiciones el fracaso era inevitable. Si la huelga se hubiera declarado el viernes por la mañana, limitando su duración a veinticuatro horas o cuarenta y ocho como máximo, señalándole, como objetivo la solidaridad con los huelguistas del Cardoner y del Alto Llobregat, es indudable que el movimiento hubiera sido secundado unánimemente y la clase obrera habría hecho una magnífica demostración de fuerza. Digamos, de paso, que la clase obrera española hubiera podido aprovechar para ello con anterioridad las circunstancias excepcionalmente favorables que le ofrecía la ignominiosa matanza de Arnedo.

Finalmente, otro de los errores fundamentales fue el declarar la huelga general en Barcelona el sábado. No creemos sea necesario insistir para demostrar que este día es el menos indicado para ir a un paro general. Cualquier obrero lo comprenderá sin necesidad de argumentos. El hecho no tiene precedentes (que sepamos) en la historia de nuestras luchas proletarias, y la Federación Local de Barcelona no podía ignorar que al no tener en cuenta esas circunstancias desfavorables iba inevitablemente a un fracaso rotundo. Que es lo que ocurrió.

El arte de la insurrección La insurrección es un arte, hemos afirmado repetidamente los comunistas, basándonos en las enseñanzas de nuestros grandes maestros. Poseer este arte es la condición indispensable del triunfo. El movimiento de enero ha puesto de manifiesto algunos progresos sensibles en este sentido; pero ¡cuánto deja aún que desear desde el punto de vista del arte de la insurrección! Esto ha de inducir a nuestra vanguardia revolucionaria a estudiar seriamente la técnica de la insurrección, tomando como base orientadora las palabras clásicas de Marx, que tanto gustaba Lenin de repetir, y que no vacilamos en reproducir íntegramente. De tan fundamental importancia las consideramos. Helas aquí:

“La insurrección es un arte, del mismo modo que la guerra o no importa qué otro arte, y se halla sujeta a ciertas reglas, cuya negligencia trae aparejada la ruina del partido que incurre en ella. Estas reglas, que son deducciones de la naturaleza de los partidos y de las circunstancias con que se debe contar en semejante caso, son tan claras y simples que la breve experiencia de 1848 ha bastado para enseñárselas a los alemanes. En primer lugar, no juguéis nunca con la insurrección si no estáis dispuestos a afrontar todas las consecuencias de vuestro juego. La insurrección es un cálculo con unidades de magnitud desconocida, cuyo valor puede variar todos los días; las fuerzas contra las cuales combatís tienen sobre vosotros la ventaja de la organización, de la disciplina, de la autoridad tradicional. Si no podéis oponerles fuerzas superiores, seréis vencidos, estáis perdidos. En segundo lugar, una vez entrados en la carrera revolucionaria, obrad con la mayor decisión y tomad la ofensiva. La defensiva es la muerte de todo levantamiento armado; está perdido antes de medir sus fuerzas con el enemigo. Atacad a vuestros adversarios de improviso, mientras sus tropas están diseminadas; alcanzad todos los días nuevos éxitos, por pequeños que sean; mantened el ascendiente moral que os habrá valido el primer ataque victorioso; agrupad a vuestro alrededor a los elementos que siguen siempre el impulso más fuerte y se ponen siempre del lado más seguro; obligad a vuestros enemigos a batirse en retirada antes de que hayan podido reunir sus fuerzas contra vosotros. Seguid la consigna de Danton, el más grande maestro en táctica revolucionaria conocido hasta aquí: audacia, audacia y siempre audacia”

Un hecho de gran importancia política En el levantamiento de enero, a pesar de sus enormes errores y defectos, hay que señalar un hecho de importancia inmensa, cuyas consecuencias pueden ser incalculables. Como regla general, los obreros se han apoderado de los ayuntamientos e izado la bandera roja en los mismos. Es decir, que se han adueñado del poder político, y no precisamente para decretar inmediatamente, a la manera anarquista, su abolición, sino para ejercerlo. He aquí, como ilustración, un documento del más alto interés, publicado cuando el movimiento se hallaba en su apogeo:

Al pueblo de Sallent: Proclamada la revolución social en toda España, el Comité ejecutivo pone en conocimiento del proletariado de esta Villa que todo aquel que esté en disconformidad con el programa que persigue nuestra ideología será responsable de sus actos. Por el Comité Libertario. El Comité ejecutivo. Sallent, 21 de enero de 1932.

Resulta, pues, que en un movimiento promovido y dirigido por los anarquistas se toma posesión del poder político y se implanta la dictadura, no ya del proletariado (rechazada en principio por los anarquistas), sino de un Comité ejecutivo libertario, el cual anuncia que “todo aquel que esté en disconformidad” con el programa que persigue, “será responsable de sus actos”. Estas palabras ¿pueden tener otro sentido que el de que se aplicarán medidas coercitivas contra los que no estén conformes con el nuevo régimen? ¿Puede haber nada menos libertario, más autoritario que esto?

Sea como sea, esto representa un gran paso adelante, que los comunistas no podemos dejar de señalar con gozo. Los dirigentes del movimiento han renunciado prácticamente a los principios fundamentales del anarquismo para acercarse considerablemente a nuestras posiciones.

Esto ha de impulsarnos a intensificar nuestra propaganda con energía redoblada, demostrando pacientemente a los obreros que se hallan bajo la influencia anarquista, la necesidad de no detenerse a medio camino, de llegar a las últimas consecuencias, aceptando las cosas tal como son y llamándolas por su nombre; es decir, que si quiere triunfar el proletariado ha de instaurar su dictadura y apresurarse a forjar un gran Partido Comunista.

¡Por los soviets! Los obreros, como hemos visto, se apoderaron de los ayuntamientos y se hicieron dueños del poder local mediante los “Comités ejecutivos de los Comités libertarios”, es decir, que el movimiento fue dirigido por un organismo estrecho, limitado, no elegido por las masas. En una palabra, de haber triunfado la insurrección no hubiera contado con un organismo representativo verdaderamente popular. Pero, aun vencido, el movimiento tenía necesidad de un organismo parecido. La batalla no ha sido perdida, pero la clase obrera habría conquistado en ella posiciones más firmes si hubiera creado soviets, juntas revolucionarias u otras organizaciones de masa análogas. Esta primera experiencia no habría sido inútil; el proletariado habría aprendido a sentir su fuerza, a ver con sus propios ojos, por decirlo así, la encarnación plástica de su poder, y esos insustituibles organismos de combate volverían a surgir en las nuevas e inevitables contiendas que se desarrollarán en un porvenir próximo.

Hay que propagar incansablemente la idea de los soviets, instrumento de combate hoy, base del régimen de la dictadura proletaria mañana, y, sobre todo, hay que aprovechar toda huelga de cierta importancia, todo movimiento de masas que surja para crearlos.

La huelga y los obreros socialistas

Los dirigentes de la UGT, ni que decir tiene, se declararon contrarios al movimiento y dieron orden terminante a sus afiliados de no secundar la huelga. Y hay que reconocer que la orden fue cumplida con perfecta disciplina y unanimidad. En todos aquellos sitios en que la organización sindical se halla en manos de los socialistas, no hubo huelga. Esto demuestra cuán profundo es el error de los que, como los dirigentes del Bloque Obrero y Campesino y buena parte de los militantes de la CNT, consideran como despreciable la influencia de la UGT. Se puede afirmar, sin vacilación, que sin contar con los obreros de dicha central no es posible ir a una huelga verdaderamente general. Diremos más: la victoria de la revolución proletaria en nuestro país no es posible si no se conquista a los obreros, y sobre todo a las grandes masas campesinas, que se hallan influenciados por los socialistas.

La política más indicada en este sentido es la del frente único; pero, claro está, una política inteligente, y al decir inteligente queremos significar que no puede ser la del partido oficial, inspirada en la teoría absurda del socialfascismo (destinada a vivir hasta que uno de los reveses acostumbrados obligue al “gran organizador de derrotas” a retirarla) y que si tiene alguna virtud es la de hacer repelente el comunismo a una gran parte de la masa trabajadora. Hemos de demostrar a ésta que el frente único para nosotros no es una maniobra, sino una necesidad vital de la clase obrera, y que sólo los intereses superiores de la misma nos inducen a propugnarlo. No hay que olvidar que, fundamentalmente, el obrero organizado en la UGT no es mejor ni peor que el afiliado a la CNT. La materia prima es la misma. Lo que falta es saber elaborarla, transformarla en el crisol del movimiento revolucionario. Para ello, la primera condición consiste en ganarse su confianza. Sólo teniendo confianza en nosotros nos escuchará, y una vez nos haya escuchado, si sabemos hablarle el lenguaje adecuado y que todo obrero con una conciencia de clase medianamente desarrollada es capaz de comprender, es más que seguro que lo conquistaremos para nuestra causa.

El papel del partido puede ser, en este sentido, realmente inmenso. Pero para que pueda desempeñar este papel es necesario, en primer término, que el partido, es decir, un partido digno de este nombre, exista.

El triste papel de Partido Comunista oficial Los dirigentes del partido parecen, en cambio, no tener otro empeño que el de evitar que, a pesar de las circunstancias objetivas, excepcionalmente favorables, pueda dicho partido salir del estado embrionario en que se encuentra, convirtiéndose en la gran fuerza política de que el proletariado español tiene inaplazable necesidad.

Si el enemigo de clase hubiera confiado a alguien la misión de desacreditar el comunismo a los ojos de las masas, no lo hubiera hecho mejor de lo que lo ha hecho el partido oficial durante los últimos acontecimientos.

Después de los sucesos de Arnedo, el Comité ejecutivo se dirigió a las organizaciones revolucionarias del proletariado proponiendo la declaración de una huelga general de protesta. La iniciativa era justa, y en caso de ser aceptada hubiera podido dar origen a un movimiento de proporciones relativamente vastas, a pesar de que adolecía de un defecto fundamental: el de proponer como fecha para la declaración de la huelga el día 25 de enero, es decir, más de dos semanas después de los acontecimientos de Arnedo.

Una vez rechazada la proposición por las únicas organizaciones que podían llevarla a la práctica, el partido había de retirar su consigna. Mantenerla era aventurerismo puro, demostrar una vez más que su política está exclusivamente basada en el bluff y en el sentido más escandaloso de la irresponsabilidad, y que el único fin que sus directores persiguen es quedar bien ante la burocracia de la Internacional, aun a trueque de malograr las posibilidades inmensas que la situación española ofrece al desarrollo del comunismo. ¿Qué importa que resulten perjudicados los intereses vitales de la clase obrera con tal de que se puedan mandar informes a la Internacional demostrando el “terrible revolucionarismo” del partido y adquirir con ello el derecho a cotizarlo, presentando una factura más crecida?

La dirección del partido se mostró fiel a sí misma, a su tradición, y sin tener en cuenta para nada las circunstancias, evidentemente desfavorables, mantuvo su consigna de huelga general para el 25. Cuando el movimiento del Cardoner y del Alto Llobregat ya había sido sofocado y la huelga de Barcelona estaba liquidada, publicada un manifiesto invitando a la clase obrera a lanzarse al movimiento, con un programa que contenía cerca de ¡una veintena de reivindicaciones! (¿Por qué se llamará leninista esta gente? ¿Ignoran acaso que para lanzar a los obreros al combate es preciso formular solamente dos o tres consignas concretas y claras?)

¿Puede imaginarse nada más insensato?

La conducta de la dirección del partido durante los últimos acontecimientos nos ha confirmado una vez más en nuestra opinión de que eliminar de nuestro movimiento revolucionario la teoría y la práctica del estalinismo es una cuestión de vida o muerte para la revolución española.

La huelga y la crisis interior de la CNT En nuestro artículo sobre la huelga general de septiembre al hablar de la crisis interior de la CNT, provocada por la lucha de tendencias que se desarrolla en la misma, decíamos: “La crisis se acentuará todavía más. En circunstancias más o menos normales, crisis parecidas se pueden conjurar con facilidad relativa. En circunstancias revolucionarias como las actuales, es mucho más difícil. Las divergencias no tienen un carácter abstracto, sino que son una consecuencia lógica del problema que la situación plantea a la CNT, exigiendo de ella, inexorablemente, una respuesta clara y precisa: cómo hacer la revolución”.

Los últimos acontecimientos han acentuado, en efecto, la crisis. La lucha entre las dos tendencias que fundamentalmente se disputan la dirección, fue en realidad una de las causas del carácter inconexo del movimiento y, por consiguiente, de su fracaso. La Regional se pronunciaba contra la declaración de huelga en Cataluña; veinticuatro horas después, la Federación local, influenciada por la FAI, la declaraba en Barcelona.

La lucha adquirirá ahora todavía mayor intensidad. Los elementos del “grupo de los treinta” se aprovecharán del fracaso para redoblar el ataque contra la FAI y echar agua al molino de su política oportunista. Los comunistas (lo hemos dicho más de una vez) no podemos permanecer al margen de esta lucha. La línea de conducta a seguir no puede ofrecer la menor duda. Lucha irreconciliable contra los elementos del “grupo de los treinta”, que, con los dirigentes de la UGT (dicho sea guardando todas las distancias y estableciendo las diferencias de matiz que se quieran), constituyen el freno más poderoso al desarrollo de la revolución. “Eliminarlos de la dirección de las organizaciones obreras (decía la oposición Comunista de Izquierda de Cataluña en la declaración publicada con motivo de la huelga) es una condición indispensable a la victoria”.

Con respecto a los elementos de la FAI, nuestra actitud no debe variar fundamentalmente de la que hemos mantenido hasta ahora. Es evidente que dicho sector de nuestro movimiento comprende infinitamente mejor que los oportunistas de la tendencia Peiró-Pestaña las exigencias revolucionarias del momento histórico actual. Hay en ellos un espíritu revolucionario auténtico; pero su acción queda esterilizada por la terrible inconsistencia doctrinal del anarquismo. Sin embargo, como lo hemos señalado ya, en los últimos acontecimientos se ha iniciado una evolución, aunque confusa y tímida, hacia nuestras posiciones. “Hay que contribuir (se dice en la declaración de la Oposición a que hemos aludido) a impulsar esta evolución, intensificando la propaganda de nuestros principios e intentando una aproximación práctica (para la acción inmediata) con la FAI, sin que ello signifique, ni mucho menos, que enajenamos nuestra libertad de crítica”.

El deber del momento El movimiento de enero señala una etapa importantísima en el desarrollo de nuestra revolución. Por primera vez durante este período revolucionario, el proletariado ha ido a una vasta acción de carácter netamente de clase; por primera vez se ha orientado en el sentido de la toma de poder. De aquí los Comités ejecutivos del Bloque Obrero y Campesino y de la Federación Comunista Catalana-Balear sacan la conclusión de que la consigna: “¡Todo el poder al proletariado!”, “dada en agosto”, era justa, con lo cual han venido a demostrar una vez más su incomprensión absoluta de las diferencias existentes entre los fines estratégicos y los fines tácticos.

La consigna “todo el poder al proletariado” es justa siempre en general, porque éste es el fin que perseguimos todos los comunistas. Pero cuando se lanza en las circunstancias en que lo hace el BOC, la consigna adquiere un carácter táctico: significa, sencillamente, que el momento actual es oportuno para que el proletariado español tome el poder político en sus manos. Es, en este sentido, que la consigna es fundamentalmente falsa. La experiencia del último movimiento ha venido a demostrar, con particular elocuencia, que para que el proletariado se pueda lanzar a la conquista inmediata del poder faltan las condiciones subjetivas indispensables, y, en primer lugar, organizaciones tales como los soviets y un gran partido comunista unificado, centralizado, vivo.

El problema que se plantea, por consiguiente, no es el de la lucha por la conquista inmediata del poder, sino el de la organización de las masas para esta lucha. “De la misma manera (ha dicho Trotski recientemente) que el herrero no puede coger simplemente con la mano el hierro candente, el proletariado no puede tomar el poder con las manos desnudas: tiene necesidad de una organización adecuada para este fin”.

Crear esta organización es el deber que el momento impone a los comunistas. De la rapidez y el acierto con que lo creemos depende todo el porvenir de la revolución española.



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