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La insurrección de Octubre y la “legalidad” soviética

En septiembre, por los días de la Conferencia Democrática, Lenin exigía la insurrección inmediata. “Para tratar la insurrección como mar­xistas, es decir, como un arte, escribía, debemos al mismo tiempo y sin perder un minuto, organizar un Estado Mayor de los destacamentos insurreccionales, repartir nuestras fuerzas, enviar los regimientos fieles a los puntos más importantes, cercar el teatro Alejandra, ocupar la forta­leza de Pedro y Pablo, detener al Gran Estado Mayor y al gobierno, enviar contra los cadetes militares y la ‘División Salvaje’ destacamentos prontos a sacrificarse hasta el último hombre antes que dejar penetrar al enemigo en los sitios céntricos de la ciudad; debemos movilizar a los obreros armados, convocarlos a la batalla suprema, ocupar simultánea­mente el telégrafo y el teléfono, instalar nuestro Estado Mayor Insurrec­to en la estación telefónica central, ponerlo en comunicación por teléfo­no con todas las fábricas, con todos los regimientos, con todos los puntos donde se desarrolla la lucha armada, etc. Claro que todo esto es sólo aproximativo; pero quise demostrar cómo, en el momento actual, no se podría permanecer fiel al marxismo y a la revolución sin tratar a la insu­rrección como un arte”.

Esta manera de juzgar las cosas presuponía la preparación y la ejecu­ción del movimiento insurreccional por mediación del partido y bajo su dirección, debiendo luego sancionarse la victoria por el Congreso de los Soviets. El CC no aceptó esta propuesta. La insurrección fue canalizada hacia la vía soviética y ligada al II Congreso de los Soviets. Esta diver­gencia exige una explicación especial; entrará entonces, naturalmente, no en el marco de una cuestión de principios, sino de una mera cuestión técnica, aunque de gran importancia práctica.

Ya hemos dicho cuánto temía Lenin dejar pasar el momento de la insurrección. Ante los titubeos que se manifestaban por parte de las eminencias del partido, le parecía que la agitación que ligaba formal­mente la insurrección a la convocatoria del II Congreso de los Soviets era un retraso inadmisible, una concesión a la irresolución y a los irresolu­tos, una pérdida de tiempo, un verdadero crimen. A partir de fines de septiembre, reitera muchas veces este pensamiento.

“Existe en el CC y entre los dirigentes del partido –escribe el 29 de septiembre– una tendencia, una corriente a favor de la espera del Con­greso de los Soviets y contra la toma inmediata del poder, contra la insurrección inmediata. Es menester combatir esta tendencia, esta co­rriente”. A comienzos de octubre, escribe aún: “Esperar es un crimen; aguardar al Congreso de los Soviets es un formalismo infantil y absurdo, una traición a la revolución”. En sus tesis para la Conferencia de Petrogrado del 8 de octubre, aduce: “Hay que luchar contra las ilusiones constitucionalistas y las esperanzas en el Congreso de los Soviets; hay que renunciar a la intención de aguardar, cueste lo que cueste, a ese Congreso”. Finalmente, el 24 de octubre, escribe: “Claro está que cual­quier retraso en la insurrección equivale ahora a la muerte”. Y más ade­lante: “La historia no perdonará un retraso a los revolucionarios que puedan vencer hoy (y vencerán, seguramente), arriesgando perderlo todo por aguardar hasta mañana”.

Todas estas cartas, donde cada frase estaba forjada sobre el yunque de la revolución, presentan un interés excepcional para caracterizar a Lenin y apreciar el momento. Las inspira el sentimiento de la indig­nación contra la actitud fatalista, expectante, socialdemócrata, menchevique, hacia la revolución que era considerada como una especie de película sin fin. Si en general el tiempo es un factor impor­tante de la política, su importancia se centuplica en la época de gue­rra y de revolución. No es seguro que se pueda hacer mañana lo que puede hacerse hoy. Hoy es posible sublevarse, derribar al enemigo, tomar el poder, mañana quizá sea imposible. Pero tomar el poder supone modificar el curso de la historia. ¿Es posible que tamaño acon­tecimiento deba depender de un intervalo de 24 horas? Claro que sí. Cuando se trata de la insurrección armada, los acontecimientos no se miden por el kilómetro de la política, sino por el metro de la guerra. Dejar pasar algunas semanas, algunos días, a veces un solo día sin más, equivale, en ciertas condiciones, a la rendición de la revolución, a la capitulación. Sin las presiones, las críticas y las desconfianzas revolucionarias de Lenin, probablemente, el partido no habría corre­gido su línea en el momento decisivo, porque la resistencia era muy fuerte en las altas esferas, y en la guerra civil, como en la guerra en general, el Estado Mayor siempre desempeña un gran rol.

Pero, al mismo tiempo, es evidente que la preparación de la insu­rrección bajo la cobertura de la preparación del II Congreso de los Soviets y la consigna de la defensa de este Congreso, nos conferían ventajas inestimables. Desde que en el Soviet de Petrogrado anulamos la orden de Kerensky con relación al envío de dos tercios de la guarni­ción al frente, nos hallábamos de hecho en estado de insurrección armada. Lenin, que a la sazón se encontraba fuera de Petrogrado, no apreció esta realidad en toda su trascendencia. Por lo que recuerdo, no habló de ella en sus cartas de entonces. Sin embargo, ya estaba prede­terminado el final de la insurrección del 25 de octubre, al menos en sus tres cuartas partes, desde el instante en que nos opusimos al aleja­miento de la guarnición de Petrogrado, creamos el Comité Militar Revolucionario (7 de octubre), nombramos comisarios nuestros en to­das las unidades e instituciones militares y, con ello, aislamos por com­pleto al Estado Mayor de la circunscripción militar de la capital y el gobierno. En resumen, así teníamos una insurrección armada –aun­que sin efusión de sangre– de los regimientos de Petrogrado contra el gobierno provisional, bajo la dirección del Comité Militar Revolucio­nario y con la consigna de prepar la defensa del II Congreso de los Soviets, que debía resolver la cuestión del poder.

Si Lenin aconsejó que la insurrección comenzara en Moscú, donde, según él, triunfaría sin efusión de sangre, fue porque, en su retiro, no tenía posibilidad de darse cuenta del cambio radical que se había pro­ducido no sólo en el estado de ánimo, sino también en las relaciones orgánicas, en toda la jerarquía militar, después de la sublevación “pacífi­ca” de la guarnición de la capital a mediados de octubre. Desde que los batallones, por orden del Comité Militar Revolucionario, se negaron a salir de la ciudad, teníamos en la capital una insurrección victoriosa, apenas velada por los últimos jirones del Estado democrático burgués. La insurrección del 25 de octubre revistió un simple carácter comple­mentario. Por eso fue tan indolora.

En Moscú, por el contrario, la lucha fue mucho más larga y san­grienta, aunque el poder del Consejo de Comisarios del Pueblo ya estuviese instaurado en Petrogrado. Es evidente que, si la insurrec­ción hubiera comenzado en Moscú antes del golpe de fuerza de Petrogrado, habría durado más tiempo, y su éxito sería muy dudoso. Porque un fracaso en Moscú suscitaría en Petrogrado una grave re­percusión. Por supuesto, aún con el plan de Lenin, la victoria no era imposible; pero el curso que siguieron los acontecimientos resultó mucho más económico, mucho más ventajoso y deparó una victoria más completa.

Aprovechamos la coyuntura de hacer coincidir, de modo más o me­nos exacto, la toma del poder con el momento de la convocatoria del II Congreso de los Soviets, únicamente porque la insurrección armada “si­lenciosa”, casi “legal” –al menos en Petrogrado–, ya era un hecho consu­mado en sus tres cuartas, sino en sus nueve décimas partes. Esta insu­rrección era “legal” en el sentido que surgió de las condiciones “normales” de la dualidad de poderes. Muchas veces, el Soviet de Petrogrado, inclu­so cuando estaba en manos de los conciliadores, llegó a controlar o mo­dificar las decisiones del gobierno. Era una manera de conciliar comple­tamente con la constitución del régimen que la historia conocía con el nombre de “kerenskismo”.

Cuando los bolcheviques obtuvimos la mayoría en el Soviet de Petrogrado, no hicimos más que continuar y acentuar los métodos de la dualidad del poder. Nos encargamos de controlar y revisar la orden de envío de la guarnición al frente. Así cubrimos con las tradiciones y los procedimientos de la dualidad de poder a la insurrección efectiva de la guarnición de Petrogrado. Más aún, uniendo en nuestra agitación la cuestión del poder y la convocatoria del II Congreso de los Soviets, de­sarrollamos y profundizamos las tradiciones de esa dualidad de poder y preparamos el marco de la legalidad soviética para la insurrección bol­chevique en toda Rusia.

No arrullábamos a las masas con ilusiones constitucionalistas sovié­ticas, porque, tras la consigna de la lucha por el II Congreso, ganábamos para nuestra causa y agrupábamos las fuerzas del ejército revolucionario. A la vez conseguimos, en mucha mayor escala de lo que esperábamos, atraer a nuestros enemigos los conciliadores a la trampa de la legalidad soviética. Políticamente, siempre es peligroso valerse de astucias, sobre todo en época de revolución, pues resulta difícil engañar al enemigo y se corre riesgo de inducir a error a las masas que os sigan. Si nuestra “astu­cia” prosperó por completo, fue porque no era una invención artificial de estratega ingenioso y deseoso de evitar la guerra civil, sino porque se desprendía por sí sola de la descomposición del régimen conciliador y de sus contradicciones flagrantes. El gobierno provisional quería desem­barazarse de la guarnición. Los soldados no querían ir al frente. A este sentimiento natural le dimos una expresión política, un móvil revolu­cionario, una cobertura “legal”. Con ello nos aseguramos la unanimidad en el seno de la guarnición y ligamos estrechamente esta última a los obreros de Petrogrado. Nuestros enemigos, en cambio, dada su situa­ción desesperada y su estado de confusión, se inclinaban a darle crédito a esta legalidad. Querían ser engañados, y les suministramos amplia­mente la ocasión.

Entre nosotros y los conciliadores se desarrollaba una lucha por la legalidad soviética. Para las masas, los soviets eran la fuente del poder. De ellos habían salido Kerensky, Tseretelli, Skobelev. Pero también estábamos nosotros, estrechamente ligados a los mismos por nuestra consigna fundamental de “Todo el poder a los soviets”. La burguesía derivaba su filiación de la Duma del Imperio. Los conci­liadores tomaban la suya de los soviets; pero pretendían reducir el papel de éstos a la nada. De ellos procedíamos también nosotros, aunque para transmitirles el poder. No querían romper con sus lazos con los conciliadores, de modo que se apresuraron a tender un puen­te entre la legalidad soviética y el parlamentarismo. A este efecto, convocaron la Conferencia Democrática y crearon el Preparlamento. La participación de los soviets en el Preparlamento sancionaba, de alguna manera, su acción. Los conciliadores trataban de embaucar a la revolución con el señuelo de la legalidad soviética para canalizarla hacia el parlamentarismo burgués.

Pero nosotros también teníamos interés en utilizar la legalidad soviética. Al final de la Conferencia Democrática arrancamos a los conciliadores su consentimiento para la convocatoria del II Con­greso de los Soviets. Este Congreso los puso en un apuro extremo. Porque no podían oponerse a su convocatoria sin romper con la legalidad soviética. Por otra parte, se daban cuenta perfectamente que, en virtud de su composición, este Congreso no les prometía nada bueno. Así, nosotros apelábamos con ello encarecidamente a este congreso como al dueño de los destinos del país, y en toda nuestra propaganda invitábamos a apoyarlo y protegerlo contra los ataques inevitables de la contrarrevolución. Si los conciliadores nos atraparon en la legalidad soviética por medio del Preparlamento procedente de los soviets, nosotros, a su vez, los atrapamos en esta misma legalidad soviética por medio del II Congreso de los Soviets. Una cosa era organizar una insurrección armada con la consigna de la conquista del poder por el partido; pero, prepararla y luego rea­lizarla, invocando la necesidad de defender los derechos del Con­greso de los Soviets, era otra cosa.

De manera que, queriendo hacer coincidir la toma del poder con el II Congreso de los Soviets, no abrigábamos ni por asomo la cándida esperanza de que este Congreso pudiese resolver por sí mismo la cuestión del poder. Éramos completamente ajenos al fe­tichismo de la forma soviética. Para conquistar el poder, llevába­mos activamente el trabajo necesario en el terreno de la política, de la organización, de la técnica militar. Pero encubríamos legalmente este trabajo al remitirnos al próximo Congreso, como a quien debía decidir la cuestión del poder. Mientras emprendíamos la ofensiva en toda la línea, simulábamos defendernos. Por el contrario, si el gobierno provisional hubiera querido defenderse en serio, habría tenido que prohibir la convocatoria del Congreso de los Soviets y, así, brindar al adversario el pretexto de la insurrección armada, pretexto que le era más ventajoso. No sólo colocábamos al gobierno provisional en una situación política desventajosa, sino que ador­mecíamos su desconfianza. Los ministros creían seriamente que para nosotros se trataba del parlamentarismo soviético, de un nuevo Congreso donde se adoptaría una nueva resolución sobre el poder, a la manera de las resoluciones de los Soviets de Petrogrado y Mos­cú, después de lo cual, remitiéndose al Preparlamento y a la próxi­ma Asamblea Constituyente, nos dejarían en ridículo. Ese era el pensamiento de los pequeñoburgueses más razonables, y de ello tenemos una prueba incontestable en el testimonio de Kerensky.

Cuenta éste en sus recuerdos la discusión tempestuosa que, en la noche del 24 al 25 de octubre, tuvo con Dan y otros respecto a la insurrección que estaba ya en plena ejecución:

“Primero, Dan me declaró –dice– que ellos estaban mucho mejor informados que yo, quien exageraba los acontecimientos bajo la influen­cia de las comunicaciones de mi ‘Estado Mayor reaccionario’. Luego me aseguró que la resolución de la mayoría del soviet, resolución desagrada­ble ‘para el amor propio del gobierno’, contribuiría indiscutiblemente a un cambio favorable del estado de ánimo de las masas; que ya se dejaba sentir su efecto, y que ahora ‘disminuiría con rapidez’ la influencia de la propaganda bolchevique”.

“Por otra parte, según él, los bolcheviques, en sus negociaciones con los líderes de la mayoría soviética, se habían declarado dispuestos a ‘so­meterse a la voluntad de la mayoría de los soviets’ y a tomar ‘desde mañana’ todas las medidas para sofocar la insurrección, que ‘había esta­llado contra su deseo, y sin su aprobación’. Dan concluyó insistiendo en que ‘desde mañana’ (¡siempre mañana!) los bolcheviques licenciarían a su Estado Mayor militar, y me declaró que todas las medidas que yo había tomado para reprimir la insurrección sólo servían para ‘exasperar’ a las masas, y que, con mi ‘intromisión’, no hacía más que ‘impedir a los representantes de la mayoría de los soviets triunfar en sus negociaciones con los bolcheviques sobre la liquidación de la insurrección’”.

“Pues bien, en el momento en que Dan me hacía esta notable comu­nicación, los destacamentos armados de la guardia roja ocupaban suce­sivamente los edificios gubernamentales. Y casi inmediatamente después de la salida de Dan y sus compañeros del Palacio de Invierno, el ministro de Cultos, Kartachev –que regresaba de la sesión del gobierno provisional–, fue detenido en la Millionnaya y conducido al Instituto Smolny, adonde había vuelto Dan para proseguir sus entrevistas con los bolcheviques. Hay que reconocer que éstos obraron entonces con una gran energía y una habilidad consumada. Mientras la insurrección esta­ba en su apogeo y por toda la ciudad operaban las ‘tropas rojas’, algunos líderes bolcheviques, especialmente afectos a esta tarea, se esforzaban, no sin éxito, en engañar a los representantes de la democracia revolucio­naria. Estos redomados se pasaron toda la noche discutiendo sin tregua las diferentes fórmulas que, al decir de ellos, debían servir de base para una reconciliación y para liquidar la insurrección. Con este método de las ‘negociaciones’ los bolcheviques ganaron un tiempo en extremo precioso para su causa. Las fuerzas combativas de los SR y de los mencheviques no se movilizaron a tiempo. ¡Es lo que se trataba de demostrar!” (A. Kerensky, “Desde lejos”).

¡Esto es lo que se trataba de demostrar, efectivamente!. Como se ve, los conciliadores se dejaron atrapar por completo en la trampa de la legalidad soviética. En cambio, es falsa la suposición de Kerensky, según la cual unos bolcheviques especialmente encargados de esta misión in­ducían al error a mencheviques y SR respecto a la liquidación próxima de la insurrección. En realidad, tomaron parte en las negociaciones aque­llos bolcheviques que de veras querían liquidar la insurrección y consti­tuir un gobierno socialista sobre la base de un acuerdo entre los parti­dos. Pero, objetivamente, esos parlamentarios prestaron a la insurrección un buen servicio alimentando con sus ilusiones las del enemigo. Aún así, no pudieron prestar este servicio a la revolución sino porque, a des­pecho de sus consejos y advertencias, el partido efectuaba y remataba la insurrección con una energía infatigable.

Para el éxito de esta amplia maniobra envolvente, se requería un concurso excepcional de circunstancias grandes y pequeñas. Ante todo, hacía falta un ejército que ya no quisiera batirse. Todo el desarrollo de la revolución, particularmente en el primer período (de Febrero a Octubre inclusive), habría tenido un aspecto completamente dife­rente si, en el momento de la revolución, hubiéramos tenido un ejér­cito campesino de varios millones de hombres vencidos y desconten­tos. Sólo en estas condiciones era posible realizar de modo satisfactorio con la guarnición de Petrogrado la experiencia que predeterminaba la victoria de Octubre. No convendría erigir en ley esta combinación especial de una insurrección tranquila, casi inadvertida, con la de­fensa de la legalidad soviética contra los kornilovianos. Por el contra­rio, puede afirmarse con certeza que nunca se repetirá semejante ex­periencia en ninguna parte bajo la misma forma. Pero es necesario estudiarla con cuidado, porque su estudio ensanchará el horizonte de cada revolucionario, develándole la diversidad de métodos y me­dios susceptibles de ponerse en práctica, a condición de asignarse un móvil claro, de tener una idea precisa de la situación y el propósito de empeñar la lucha hasta el final.

En Moscú la insurrección fue más prolongada y causó más víctimas. Lo explica, hasta cierto punto, el hecho de que la guarnición de la ciu­dad no hubiera sufrido una preparación revolucionaria como la guarni­ción de Petrogrado con el envío de batallones al frente.

En Petrogrado, repetimos, se efectuó la insurrección armada en dos veces: por la primera quincena de octubre, cuando los regi­mientos se negaron a cumplir la orden del comandante en jefe, sometiéndose a la decisión del soviet, que respondía por completo a su estado de ánimo, y el 25 de octubre, cuando ya no se requería más que una pequeña insurrección complementaria para abatir al gobierno de Febrero.

En Moscú se hizo de una sola vez. He aquí, probablemente, la razón principal de que se dilatara. Pero había otra: cierta irresolu­ción por parte de la dirección. En varias ocasiones, se pasó de las operaciones militares a las negociaciones, para volver luego a la lucha armada. Si por lo general resultan perjudiciales en política los titu­beos de la dirección (titubeos que las tropas sienten muy a fondo), durante una insurrección se tornan un peligro mortal. En ese mo­mento, la clase dominante ya ha perdido confianza en sus propias fuerzas pero, aún, tiene en sus manos el aparato gubernamental. La clase revolucionaria tiene como tarea la conquista del aparato estatal pero, para eso, tiene que confiar en sus propias fuerzas. Desde el momento en que el partido empuja a los trabajadores por la vía de la insurrección, debe extraer de su acto todas las consecuencias necesa­rias. À la guerre comme à la guerre [La guerra es la guerra]. Bajo sus condiciones, más que en ninguna otra parte, no se pueden tolerar las vacilaciones y las demoras. Todos los plazos son cortos. Al perder el tiempo, aunque no sea más que por unas horas, se le devuelve a las clases dirigentes algo de confianza en sí mismas y se le quita a los insurrectos una parte de su seguridad, pues esta confianza, esta se­guridad, determina la correlación de fuerzas que decide el resultado de la insurrección. Es bajo este aspecto que conviene estudiar paso a paso la marcha de las operaciones militares en Moscú en su combi­nación con la dirección política.

Sería extremadamente importante señalar aún algunos puntos donde se desarrolló la guerra civil en condiciones especiales (cuan­do se complicaba, por ejemplo, con el elemento nacional). La na­turaleza de un estudio así, basado en un examen minucioso de los hechos, enriquecería de manera considerable nuestro concepto del mecanismo de la guerra civil y, por ende, facilitaría la elaboración de ciertos métodos, reglas y procedimientos con un carácter lo su­ficientemente general para que se pudiera introducirlos en una es­pecie de estatuto de la guerra civil.

La guerra civil estaba predeterminada en provincia, en gran me­dida, por su resultado en Petrogrado, aunque se extendiera su du­ración en Moscú. La Revolución de Febrero había deteriorado no­tablemente al antiguo aparato, y el gobierno provisional que lo había heredado era incapaz de renovarlo y consolidarlo. Así, pues, entre Febrero y Octubre, el aparato estatal sólo funcionaba por inercia burocrática. Las provincias estaban habituadas a sumarse a Petrogrado: lo habían hecho en Febrero y de nuevo lo hicieron en Octubre. Nuestra gran ventaja era que preparábamos el derroca­miento de un régimen que aún no había tenido tiempo de formar­se. La extrema inestabilidad y la falta de confianza en sí mismo del aparato estatal de Febrero, facilitaron de modo singular nuestro trabajo, manteniendo la firmeza de las masas revolucionarias y del partido mismo.

En Alemania y Austria hubo, después del 9 de noviembre de 1918, una situación similar. Pero allí la socialdemocracia tapó las brechas del aparato estatal y contribuyó al establecimiento del ré­gimen burgués republicano que ni aún ahora puede considerarse un modelo de estabilidad, pero que, a pesar de todo, cuenta ya seis años de existencia. En cuanto a los demás países capitalistas, no tendrán esta ventaja, es decir, esta proximidad de la revolución burguesa y la revolución proletaria. Hace largo tiempo que han llevado a cabo su Revolución de Febrero. Claro que en Inglaterra todavía quedan bastantes supervivencias feudales, pero no hay allí probabilidades de una revolución burguesa. En cuanto el proleta­riado inglés tome el poder, con el primer escobazo, desembara­zará al país de monarquía, lores, etc. La revolución proletaria en occidente tendrá que vérselas con un Estado burgués enteramente formado. No quiere ello decir, empero, que tenga que vérselas con un aparato estable, porque la misma posibilidad de la insurrec­ción proletaria presupone una disgregación bastante avanzada del Estado capitalista. Si entre nosotros, la Revolución de Octubre fue una lucha contra un aparato estatal que después de Febrero aún no había tenido tiempo de formarse, en otros países la insu­rrección tendrá contra ella un aparato estatal en estado de disloca­ción progresiva.

Como regla general, conforme hemos dicho en el IV Congreso de la Internacional Comunista[1], cabe suponer que la resistencia de la burguesía en los antiguos países capitalistas sea mucho más fuerte que entre nosotros, y que el proletariado obtendrá con mayor difi­cultad la victoria. En cambio, la conquista del poder le asegurará una situación mucho más firme, mucho más estable que la nuestra al día siguiente de Octubre. Entre nosotros, la guerra civil no se desa­rrolló verdaderamente hasta después de la toma del poder por el proletariado en los principales centros urbanos e industriales, y duró los tres primeros años de existencia del poder soviético. Hay muchas razones para que al proletariado en Europa central y occidental le cueste más trabajo apoderarse del poder pero, después de conquis­tarlo, tendrá las manos mucho más libres que nosotros.

Evidentemente, estas conjeturas sólo pueden tener un carácter condicional. El desenlace de los acontecimientos dependerá, en gran parte, del orden en que se produzca la revolución en los diferentes países de Europa, de las posibilidades de intervención militar, de la fuerza económica y militar de la Unión Soviética en ese momento. De cualquier modo, la eventualidad muy probable de que la con­quista del poder se choque en Europa y América con una resistencia mucho más seria, mucho más encarnizada y reflexiva de las clases dominantes que la opuesta entre nosotros, nos obliga a considerar a la insurrección armada y a la guerra civil como un arte en general.

[1] El IV Congreso de la IC fue el último congreso leninista de la Comintern, en 1922. El informe del comité ejecutivo de la IC fue presentado por Zinoviev. Lenin, Zetkin y Bela Kun informaron sobre los cinco primeros años de la Revolución Rusa y las perspec­tivas de la revolución mundial. El informe sobre la NEP fue dado por Trotsky. Los problemas del frente único y la formación de gobiernos obreros fueron las cuestiones tácticas más importantes que se discutieron. Las situaciones internas de varios partidos recibieron particular atención.



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