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La naturaleza de clase del estado soviético

LA NATURALEZA DE CLASE DEL ESTADO SOVIETICO[1]

1° de octubre de 1933

Cómo se plantea la cuestión

La ruptura con la Internacional Comunista y la orientación hacia una nueva internacional plantearon nuevamente el problema del carácter social de la URSS. ¿Es que el desastre de la Internacional Comunista no significa también, al mismo tiempo, el del estado que surgió de la Revolución de Octubre? Por cierto, ambas instancias tienen que ver con la misma organización dominante: el aparato stalinista. Este aplicó los mismos métodos dentro de la URSS y en el terreno internacional. Nosotros los marxistas nunca fuimos partidarios del doble sistema de contabilidad de los brandleristas, según el cual la política de los stalinistas es impecable en la URSS y catastrófica fuera de sus fronteras[2]. Estamos convencidos de que es igualmente catastrófica en ambos terrenos. Si es así, ¿no hay que reconocer entonces que el colapso de la Internacional Comunista es simultáneo a la liquidación de la dictadura proletaria en la URSS?
A primera vista ese razonamiento parece irrefutable. Pero es erróneo. Mientras que los métodos de la burocracia stalinista son homogéneos en todos los terrenos, los resultados objetivos de esos métodos dependen de las condiciones externas o, para usar el lenguaje de la mecánica, de la resistencia del material. La Internacional Comunista era un instrumento para el derrocamiento del sistema capitalista y el establecimiento de la dictadura del proletariado. El gobierno soviético es un instrumento para la preservación de las conquistas ya logradas. Los partidos comunistas de Occidente no heredaron ningún capital. Su fuerza (en realidad su debilidad) reside en ellos mismos y solamente en ellos mismos. Las nueve décimas partes de la fuerza del aparato stalinista no reside en él mismo sino en los cambios provocados por la revolución triunfante. Esta consideración aislada no resuelve la cuestión, pero es de gran importancia metodológica. Nos demuestra cómo y por qué el aparato stalinista pudo perder totalmente su sentido como factor revolucionario internacional y sin embargo mantener parte de su significación progresiva como guardián de las conquistas sociales de la revolución proletaria. Esta posición dual -podemos agregar- constituye en sí misma una manifestación de la desigualdad del desarrollo histórico.
La política correcta de un estado obrero no se reduce solamente a la construcción económica nacional. Si la revolución no se expande a nivel internacional siguiendo la espiral proletaria, dentro de los marcos nacionales inevitablemente comenzará a contraerse siguiendo la espiral burocrática. Si la dictadura del proletariado no se extiende a nivel europeo y mundial, comenzará a marchar hacia su derrota. Todo esto es completamente indiscutible en una perspectiva histórica amplia. Pero todo se resuelve en períodos históricos concretos. ¿Se puede decir que la política de la burocracia stalinista ya condujo a la liquidación del estado obrero? Ese es ahora el problema.
Contra la afirmación de que el estado obrero ya está prácticamente liquidado se levanta, primero y principal, la importante posición metodológica del marxismo. La dictadura del proletariado se impuso a través de un cambio político y una guerra civil que duró tres años. Tanto la teoría de la sociedad de clases como la experiencia histórica atestiguan la imposibilidad de le victoria del proletariado a través de métodos pacíficos, es decir, sin grandiosas batallas de clase libradas con las armas en la mano. En ese caso, ¿cómo se puede concebir una contrarrevolución burguesa imperceptible, “gradual”? Por lo menos hasta ahora, tanto las contrarrevoluciones feudales como las burguesas nunca se dieron “orgánicamente”; inevitablemente exigieron la intervención armada. En última instancia, las teorías reformistas -en la medida en que el reformismo llega a la teoría- se basaron siempre en la incapacidad de comprender que los antagonismos de clase son profundos e irreconciliables; de aquí la perspectiva de una transformación pacífica del capitalismo en socialismo. La tesis marxista referente al carácter catastrófico de la transferencia del poder de las manos de una clase a las de otra no se aplica solamente a las épocas revolucionarias, en las que la historia avanza barriendo locamente con todo, sino también a las épocas contrarrevolucionarias, en las que la sociedad retrocede. El que afirma que el gobierno soviético ha ido cambiando gradualmente de proletario en burgués no hace más, por así decirlo, que proyectar de atrás hacia adelante la película del reformismo.
Nuestros adversarios pueden negar el carácter metodológico general de esta proposición y declarar que por importante que sea resulta, no obstante, demasiado abstracta para resolver el problema. La verdad es siempre concreta. La tesis de la irreconciabilidad de las contradicciones de clase puede orientarnos en nuestro análisis pero no reemplazar sus resultados. Hay que investigar profundamente en el contenido material del propio proceso histórico. Respondemos que es cierto que un argumento metodológico no agota el problema. Pero de todos modos transfiere la carga de la demostración al lado opuesto. Los críticos que se consideran marxistas tienen que demostrar de qué manera la burguesía que perdió el poder luego de una lucha de tres años pudo reasumirlo sin librar una sola batalla. Sin embargo, dado que nuestros oponentes ni siquiera intentan darle algún tipo de expresión teórica seria a su caracterización del estado soviético, trataremos aquí de realizar este trabajo por ellos.

“La dictadura sobre el proletariado”

El argumento más extendido, popular y a primera vista irrefutable sobre el carácter no proletario del actual estado soviético es el que se refiere al estrangulamiento de las libertades de las organizaciones proletarias y a la omnipotencia de la burocracia. ¿Se puede realmente identificar la dictadura de un aparato, que condujo a la dictadura de una sola persona, con la dictadura del proletariado como clase? ¿No es evidente que la dictadura del proletariado excluye la dictadura sobre el proletariado? Ese razonamiento tan tentador no está construido sobre un análisis materialista del proceso tal como se desarrolla en realidad sino sobre esquemas puramente idealistas, sobre normas kantianas. Algunos nobles “amigos” de la revolución se fabricaron una idea muy brillante de la dictadura del proletariado, y se sienten completamente trastornados ante el hecho de que la dictadura real, con su herencia de barbarie de clase, con sus contradicciones internas, con los errores y crímenes de la dirección, no se parece en nada a la pulcra imagen que ellos se hicieron. Destruidas sus más hermosas ilusiones, le vuelven la espalda a la Unión Soviética. ¿Dónde y en qué libros se puede encontrar la receta perfecta para una dictadura proletaria? La dictadura de una clase no significa para nada que toda su masa participa siempre en la administración del estado. Lo vimos, primero, en el caso de las clases propietarias. La nobleza gobernó a través de la monarquía, ante la cual el noble se ponía de rodillas. La dictadura de la burguesía tomó formas democráticas relativamente desarrolladas sólo en las condiciones del ascenso capitalista, cuando la clase dominante no tenía nada que temer. Ante nuestros propios ojos, en Alemania, la democracia fue suplantada por la autocracia de Hitler, que hizo añicos a todos los partidos burgueses tradicionales. Hoy la burguesía alemana no gobierna directamente; está políticamente sometida a Hitler y a sus bandas. No obstante, la dictadura de la burguesía permanece intacta, ya que se mantuvieron y fortalecieron todas las condiciones de su hegemonía social. Al expropiar políticamente a la burguesía, Hitler la salvó, si bien provisoriamente, de la expropiación económica. El hecho de que la burguesía se haya visto obligada a recurrir al régimen fascista demuestra que su hegemonía estaba en peligro, pero no que había desaparecido.
Anticipándose a nuestros argumentos siguientes nuestros adversarios se apresurarán a rebatirnos: aunque la burguesía como minoría explotadora puede mantener su hegemonía también a través de una dictadura fascista, el proletariado no puede construir la sociedad socialista sin administrar su propio gobierno, atrayendo a masas populares cada vez más amplias a cumplir directamente esta tarea. En su aspecto general este argumento es indiscutible, pero en este caso determinado sólo significa que la actual dictadura soviética es una dictadura enferma. Las terribles dificultades de la construcción socialista en un país aislado y atrasado, unidas a la falsa política de la dirección -que en última instancia también refleja la presión del atraso y del aislamiento- llevaron a que la burocracia expropie políticamente al proletariado para proteger sus conquistas sociales con sus propios métodos. Las relaciones económicas de la sociedad determinan su anatomía. En tanto las formas de propiedad creadas por la Revolución de Octubre no sean liquidadas el proletariado seguirá siendo la clase dominante.
Los discursos sobre “la dictadura de la burocracia sobre el proletariado”, sin un análisis mucho más profundo, es decir, sin una explicación clara de las raíces sociales y los límites de clase de la dominación burocrática, se diluyen en meras frases democráticas, de esas que son tan populares entre los mencheviques. No caben dudas de que la inmensa mayoría de los obreros soviéticos está descontenta de la burocracia y de que un sector considerable, de ninguna manera el peor, la odia. Sin embargo, no se debe solamente a la represión el hecho de que esta insatisfacción no asuma formas masivas violentas; los obreros temen allanarle el camino al enemigo de clase si derrocan a la burocracia. Las relaciones entre la burocracia y la clase son mucho más complejas que lo que suponen los “demócratas” superficiales. Los obreros soviéticos habrían ajustado cuentas con el despotismo del aparato si fueran otras las perspectivas que se abren ante ellos, si el horizonte occidental no llameara con el color pardo del fascismo sino con el rojo de la revolución. Mientras esto no sucede, el proletariado, apretando los dientes, sostiene (“tolera”) a la burocracia y, en este sentido, la reconoce como portadora de la dictadura del proletariado. En una conversación personal ningún obrero soviético se ahorrará palabras fuertes para calificar a la burocracia stalinista. Pero ninguno admitirá que ya tuvo lugar la contrarrevolución. El proletariado es la espina dorsal del estado soviético. Pero dado que la función de gobierno se concentra en manos de una burocracia irresponsable, tenemos ante nosotros un estado obviamente enfermo. ¿Se lo puede curar? ¿No significarán los ulteriores intentos de curación un estéril derroche de precioso tiempo? La cuestión está mal planteada. No se trata de recurrir a todo tipo de medidas artificiales independientes del movimiento revolucionario mundial sino de una lucha a librarse bajo las banderas del marxismo. La crítica implacable a la burocracia stalinista, la educación de los cuadros de la nueva internacional para reconstituir la capacidad de lucha de la vanguardia proletaria mundial: ésta es la esencia de la “curación”. Coincide con la orientación fundamental del proceso histórico.
Durante estos últimos años, nuestros adversarios, bastante correctamente, nos dijeron más de una vez que “perdíamos el tiempo” tratando de curar a la Comintern. Nunca prometimos a nadie que curaríamos a la Comintern. Solamente nos negamos a dar al enfermo por muerto o agonizante hasta que llegó el momento de la prueba decisiva. De todos modos no perdimos un solo día “curándolo”. Formamos cuadros revolucionarios y, lo que no es menos importante, preparamos las posiciones teóricas y programáticas fundamentales de la nueva internacional.

La dictadura del proletariado como norma idealista

Los Sres. Sociólogos “kantianos” (pedimos disculpas a la sombra de Kant) a menudo llegan a la conclusión de que una dictadura “real”, es decir conforme a sus normas ideales, existió sólo en los días de la Comuna de París, o en el primer período de la Revolución de Octubre hasta la paz de Brest Litovsk o, a lo sumo, hasta la NEP. ¡Esto es, por cierto, apuntar lejos! Si Marx y Engels consideraron “dictadura del proletariado” a la Comuna de París fue solamente por las posibilidades que ella implicaba. Pero en sí misma la Comuna no era todavía la dictadura del proletariado. Luego de tomar el poder, apenas supo como utilizarlo; en vez de tomar la ofensiva, esperó; permaneció aislada en el ámbito de París; no osó tocar la banca estatal, no pudo trastocar las relaciones de propiedad porque no tomó el poder a escala nacional. A esto hay que agregar la unilateralidad blanquista y los prejuicios proudhonistas, que impidieron que hasta los dirigentes del movimiento asumieran plenamente a la Comuna como dictadura del proletariado.
No es más afortunada la referencia a la primera época de la Revolución de Octubre. No sólo hasta la paz de Brest Litovsk sino hasta el otoño de 1918 el contenido social de la revolución se limitaba a un cambio agrario pequeñoburgués y al control obrero de la producción. Esto significa que en la práctica la revolución no había superado los límites de la sociedad burguesa. Durante esta primera etapa los soviets de soldados gobernaron hombro a hombro con los soviets obreros, y a menudo los hicieron a un lado. Tan sólo en el otoño de 1918 la elemental marea de soldados y campesinos retrocedió un poco hacia sus límites naturales y los obreros tomaron la delantera con la nacionalización de los medios de producción. Tan sólo se puede hablar de la instauración de una verdadera dictadura del proletariado a partir de ese momento. Pero incluso aquí hay que guardar muchas reservas. En estos años iniciales la dictadura estuvo limitada a los límites geográficos del viejo principado de Moscú y se vio obligada a librar una guerra de tres años en todo el radio que parte desde Moscú hacia la periferia, o sea que hasta 1921, precisamente hasta la NEP, lo que hubo fue una lucha por implantar la dictadura del proletariado a escala nacional. Y si, como opinan los filisteos seudo marxistas, la dictadura desapareció con el comienzo de la NEP, entonces se puede decir que nunca existió. Para estos caballeros la dictadura del proletariado es simplemente un concepto imponderable, una norma ideal irrealizable en nuestro pecador planeta. No hay que extrañarse de que los “teóricos” de esta calaña, en la medida en que no aclaran en lo más mínimo la propia palabra dictadura, pretendan ocultar la contradicción irreconciliable entre ésta y la democracia burguesa.
Desde la perspectiva de laboratorio y no desde un punto de vista político es muy característica la secta parisiense de los “demócratas comunistas” (Souvarine* y Cía.). Ya su nombre implica una ruptura con el marxismo. En su Crítica al programa de Gotha Marx rechazaba el nombre de socialdemocracia porque pone a la lucha socialista revolucionaria bajo el control formal de la democracia. Es evidente que no hay diferencia de principios entre ser “demócrata comunista” y ser “demócrata socialista”, es decir socialdemócrata. No existe una división precisa y bien delimitada entre el socialismo y el comunismo. La transgresión comienza cuando el socialismo y el comunismo como movimiento o como estado no se subordinan al verdadero curso ni a las condiciones materiales del proceso histórico sino a la abstracción suprasocial y suprahistórica de la “democracia”, que es en realidad un arma defensiva de la burguesía contra la dictadura proletaria. Si en la época del Programa de Gotha [1875] todavía se podía ver en la palabra socialdemocracia solamente una denominación incorrecta y anticientífica para un partido proletario de espíritu sano, toda la historia posterior de la democracia burguesa y de la “social” democracia hace de la reivindicación del “comunismo (?) democrático” una directa traición de clase.[3]

El bonapartismo

Un adversario del tipo de Urbahns dirá que es cierto que todavía no se restauró el régimen burgués pero que tampoco hay ya un estado obrero; el actual régimen soviético estaría regido por un gobierno supra o interclasista, bonapartista. En su momento ajustamos cuentas con esta teoría. Históricamente el bonapartismo fue y sigue siendo el gobierno de la burguesía durante los períodos de crisis de la sociedad burguesa. Es posible y necesario distinguir entre el bonapartismo “progresivo”, que consolida las conquistas puramente capitalistas de la revolución burguesa, y el de la decadencia de la sociedad capitalista, el convulsivo bonapartismo de nuestra época (von Papen, Schleicher, Dollfuss, Colijn -el candidato al bonapartismo holandés-, etc.)[4]. El bonapartismo implica siempre la oscilación política entre las clases, pero en todas sus reencarnaciones históricas mantuvo una sola y única base social: la propiedad burguesa. Nada más absurdo que sacar la conclusión de que el estado bonapartista no es clasista a partir de su oscilación entre las clases o de la posición “supraclasista” de la camarilla que lo gobierna. ¡Monstruosa tontería! El bonapartismo no es más que una de las variedades de la hegemonía capitalista.
Si Urbahns quiere extender el concepto de bonapartismo para incluir también al actual régimen soviético, estamos dispuestos a aceptar esa interpretación ampliada, pero con una condición: que se defina con la claridad necesaria el contenido social del “bonapartismo” soviético. Es absolutamente correcto que el autogobierno de la burocracia soviética se construyó sobre la base de la oscilación entre las distintas fuerzas de clase, tanto internas como internacionales. En tanto que la oscilación burocrática entre las clases culminó en el régimen plebiscitario y personal de Stalin, se puede hablar de bonapartismo soviético. Pero mientras que el bonapartismo de ambos Bonapartes y el de sus lamentables seguidores actuales se desarrolló y se desarrolla sobre un régimen burgués, el bonapartismo de la burocracia soviética se yergue sobre la base de un régimen soviético. Las innovaciones terminológicas y las analogías históricas pueden ser, de un modo u otro, útiles para el análisis, pero no pueden cambiar el carácter social del Estado soviético.[5]
“Capitalismo de estado”

Justamente, Urbahns creó en este último período una nueva teoría: parece que la estructura económica soviética es una variedad del “capitalismo de estado”. El “progreso” consiste en que Urbahns descendió de sus ejercicios terminológicos en la esfera de la superestructura política a los fundamentos económicos. Pero este descenso no le hizo nada bien.
Según Urbahns, la forma mas reciente de autodefensa del régimen burgués es e1 capitalismo de estado: basta con echar una mirada al estado corporativo “planificado” de Italia, Alemania y Estados Unidos. Acostumbrado a los gestos grandilocuentes, también mete aquí a la URSS. Luego nos referiremos a este problema. Urbahns toma un fenómeno muy importante de los estados capitalistas de nuestra época. Al capitalismo monopolista hace mucho que le quedan chicos la propiedad privada de los medios de producción y los límites del Estado nacional. Sin embargo, paralizada por sus propias organizaciones, la clase obrera fue incapaz de actuar a tiempo para liberar a las fuerzas productivas de la sociedad de sus grillos capitalistas. De aquí surgen las prolongadas convulsiones económicas y políticas. Las fuerzas productivas chocan contra las barreras de la propiedad privada y de las fronteras nacionales. Los gobiernos burgueses se ven obligados a recurrir al bastón policial para aplastar el motín de sus propias fuerzas productivas. Eso es lo que representa la llamada economía planificada. En la medida en que el Estado intenta frenar y disciplinar la anarquía capitalista, se puede hablar condicionalmente de “capitalismo de estado”.
Pero tenemos que recordar que originalmente loa marxistas entendían por capitalismo de estado sólo a las empresas económicas independientes que eran de propiedad del estado. Cuando los reformistas soñaban con superar el capitalismo a través de la municipalización o nacionalización de un número cada vez mayor de empresas industriales y de transporte, los marxistas replicaban para refutarlos: eso no es socialismo sino capitalismo de estado. Pero posteriormente este concepto adquirió un sentido más amplio y se lo comenzó a aplicar a todos los tipos de intervención estatal en la economía; los franceses utilizan en este sentido la palabra étatisme (estatismo).
Pero Urbahns, además de exponer los avatares del capitalismo de estado, los interpreta a su modo. Por lo que es posible entender de lo que dice, declara que el régimen del “capitalismo de estado” constituye una etapa progresiva y necesaria del desarrollo de la sociedad, en el mismo sentido en que los trusts son progresivos comparados con las empresas dispersas. Un error tan fundamental en la caracterización de la planificación capitalista basta para liquidar cualquier acierto.
Durante el ascenso capitalista, que terminó con la guerra, se podía -bajo ciertas condiciones políticas- considerar como “manifestaciones progresivas” las distintas formas de estatización, es decir, considerar que el capitalismo de estado impulsa a la sociedad hacia adelante y facilita la futura tarea económica de la dictadura proletaria. Pero a la actual “economía planificada” se la debe considerar una etapa completamente reaccionaria; el capitalismo de estado pretende apartarla de la división mundial del trabajo, adaptar las fuerzas productivas al lecho de Procusto del Estado nacional, constreñir artificialmente la producción en algunas ramas y crear de manera igualmente artificial otras ramas a través de enormes inversiones improductivas. La política económica del estado actual -comenzando con los impuestos al estilo de la vieja China y terminando con las prohibiciones episódicas de utilizar maquinaria en la “economía planificada” de Hitler- logra una regulación inestable al costo de la declinación de la economía nacional, de provocar el caos en las relaciones mundiales y de perturbar totalmente el sistema monetario, que será muy necesario para la planificación socialista. El actual capitalismo de estado no prepara ni allana la tarea futura del estado socialista sino, por el contrario, le crea colosales dificultades adicionales. El proletariado dejó pasar una cantidad de oportunidades de tomar el poder. Con ello creó las condiciones políticas para la barbarie fascista y las condiciones económicas para la labor destructiva del “capitalismo de estado”. Después de la conquista del poder el proletariado tendrá que pagar en el plano de la economía sus errores políticos.

La economía de la URSS

Sin embargo, lo que más nos interesa dentro de los límites de este análisis es el intento de Urbahns de incluir la economía de la URSS en el “capitalismo de estado”. Y para ello toma como referencia -¡resulta difícil creerlo!- a Lenin. Hay una sola explicación posible de esta referencia: como eterno inventor que crea una nueva teoría por mes, Urbahns no tiene tiempo de leer los libros que cita. Es cierto que Lenin aplicó el término “capitalismo de estado”, pero no a la economía soviética de conjunto sino sólo a un determinado sector de ella: las concesiones al capital extranjero, las compañías industriales y comerciales mixtas y, en parte, las cooperativas campesinas, fundamentalmente las de kulaks [campesinos ricos] bajo control estatal. Indudablemente todos éstos son elementos de capitalismo, pero como están controlados por el Estado, e incluso, por su participación directa, funcionan como compañías mixtas, condicionalmente -o, según su propia expresión, “entre comillas”- Lenin llamó “capitalismo de estado” a estas formas económicas. El condicionamiento de este término depende de que se trata de un Estado proletario, no de un Estado burgués; con las comillas quería acentuar esta importante diferencia. Sin embargo, en la medida en que el Estado proletario aceptaba el capital privado y le permitía, con ciertas restricciones, explotar a los trabajadores, cobijaba bajo una de sus alas determinadas relaciones burguesas. En este sentido estrictamente limitado se puede hablar de “capitalismo de estado”.
Lenin sacó a relucir este término en el momento de la transición a la NEP, cuando suponía que las concesiones y las “compañías mixtas”, es decir, las empresas basadas en la conjunción de capital estatal y privado, ocuparían en la economía soviética una posición paralela a la de los trusts y corporaciones puramente estatales. Contraponiéndolos a las empresas capitalistas de estado -concesiones, etc.-, Lenin definía a los trusts y sindicatos soviéticos como “empresas de tipo socialista consecuente”. Preveía el desarrollo ulterior de la economía soviética, particularmente de la industria, como una competencia entre las empresas capitalistas de estado y las puramente estatales.
Confiamos en que ahora quede claro dentro de que límites utilizó Lenin este término que hizo caer a Urbahns en la tentación. Para destacar más la catástrofe teórica del dirigente del “Lenin(! )bund”, recordemos que, contrariamente a las expectativas originales de Lenin, ni las concesiones ni las compañías mixtas jugaron un rol apreciable en el desarrollo de la economía soviética. En general ya no queda nada de esas empresas “capitalistas de estado”. Por otra parte, los trusts soviéticos, cuyo destino parecía tan incierto a comienzos de la NEP, sufrieron un desarrollo gigantesco, después de la muerte de Lenin. Por lo tanto, si se utiliza la terminología de Lenin conscientemente y con alguna comprensión del asunto, hay que decir que el desarrollo económico soviético superó totalmente la etapa del “capitalismo de estado” y siguió el camino de las empresas “de tipo socialista consecuente”.
También nos corresponde aclarar cualquier posible malentendido de signo contrario. Lenin escogió sus términos con precisión. No consideró a los trusts empresas socialistas, como los llaman ahora los stalinistas, sino empresas “de tipo socialista”. En la pluma de Lenin esta útil distinción terminólogica implicaba que los trusts gozaran del derecho de ser llamados socialistas -no por su tipo, no por su tendencia, sino por su contenido genuino- después que se haya revolucionado la economía rural, que se haya destruido la contradicción entre la ciudad y la aldea, que los hombres hayan aprendido a satisfacer plenamente sus necesidades; en otras palabras, solamente en la medida en que sobre las bases de la industria nacionalizada y la economía rural colectivizada surja una verdadera sociedad socialista. Lenin opinaba que el logro de este objetivo exigiría el trabajo sucesivo de dos o tres generaciones, sobre todo realizado en indisoluble conexión con la revolución internacional.
Para resumir: tenemos que entender por capitalismo de estado, en el estricto sentido de la palabra, la administración por el Estado burgués, por cuenta propia, de empresas industriales o de otro tipo, o la intervención “reguladora” del Estado burgués en el funcionamiento de las empresas capitalistas privadas. Lenin entendía por capitalismo de estado “entre comillas” el control del Estado proletario sobre las empresas y relaciones capitalistas privadas. Ninguna de estas definiciones se aplica, desde ningún punto de vista, a la actual economía soviética. Sigue siendo un profundo secreto qué contenido económico concreto le atribuye el propio Urbahns a su caracterización del “capitalismo de estado” soviético. Para decirlo sencillamente, su teoría más reciente está enteramente construida sobre una cita mal leída.

La burocracia y la clase dominante

Hay también otra teoría referente al “carácter no proletario” del Estado soviético, mucho más ingeniosa, mucho más cautelosa, pero no más seria. El socialdemócrata francés Lucien Laurat, colega de Blum y maestro de Souvarine, escribió un folleto defendiendo la posición de que el Estado soviético, que no es ni proletario ni burgués, representa un tipo absolutamente nuevo de organización de clases, porque la burocracia domina no sólo política sino también económicamente al proletariado, porque devora la plusvalía que antes iba a parar a manos de la burguesía. Laurat apoya sus revelaciones con las contundentes fórmulas de Das Kapital, y de esa manera otorga una apariencia de profundidad a su “sociología” superficial y puramente descriptiva. Evidentemente el compilador no sabe que toda su teoría fue formulada hace treinta años, con mucho más fuego y esplendor, por el revolucionario ruso-polaco Majaiski[6], superior a su vulgarizador francés porque no esperó a la Revolución de Octubre ni a la burocracia stalinista para definir a la “dictadura del proletariado” como un trampolín para que una burocracia explotadora alcance los puestos de mando. Pero ni siquiera Majaiski inventó esta teoría; no hizo más que “profundizar” sociológica y económicamente los prejuicios anarquistas contra el socialismo de estado. Además, Majaiski también utilizó las fórmulas de Marx, pero de manera mucho más coherente que Laurat; según él, el autor de Das Kapital, con previsora malicia, ocultó en sus fórmulas sobre la reproducción (volumen II) la parte de plusvalía que sería devorada por la intelectualidad socialista (la burocracia).
En nuestra época Miasnikov[7] defendió una “teoría” similar, aunque sin denunciar al explotador Marx; proclamó que en la Unión Soviética se había suplantado la dictadura del proletariado por la hegemonía de una nueva clase, la burocracia social. Probablemente Laurat tomó su teoría, directa o indirectamente de Miasnikov, aunque revistiéndola con un pedantesco aire “ilustrado”. Para completar, hay que añadir que Laurat asimiló todos los errores (y solamente los errores) de Rosa Luxemburgo, incluso aquellos a los que ella misma había renunciado.
Pero examinemos más de cerca la propia “teoría”. Para un marxista el termino clase tiene un significado especialmente importante y además científicamente riguroso. Una clase no se define solamente por su participación en la distribución de la renta nacional sino por su rol independiente en la estructura económica general y sus raíces independientes en los fundamentos económicos de la sociedad. Cada clase (la nobleza feudal, el campesinado, la pequeña burguesía, la burguesía capitalista y el proletariado) ejerce sus propias formas especiales de propiedad. La burocracia carece de estas características sociales. No ocupa una posición independiente en el proceso de producción y distribución. No tiene raíces de propiedad independientes. Sus funciones se relacionan básicamente con la técnica política del dominio de clase. La existencia de una burocracia, en sus distintas formas y con diferencias en su peso específico, caracteriza a todo régimen de clases. Su poder es de carácter reflejo. La burocracia está indisolublemente ligada con una clase económica dominante, se alimenta de las raíces sociales de ésta, se mantiene y cae junto con ella.

Explotación de clase y parasitismo social

Laurat dirá que él “no presenta objeciones” a que a la burocracia se le pague por su trabajo, en la medida en que cumpla con las funciones políticas, económicas y culturales necesarias; el problema reside en su apropiación incontrolada de una parte absolutamente desproporcionada de la renta nacional; precisamente en este sentido aparece como la “clase explotadora”. Este argumento, basado en hechos indiscutibles, no cambia sin embargo la fisonomía social de la burocracia.
Siempre y en todo régimen la burocracia devora una porción considerable de plusvalía. Sería interesante, por ejemplo, calcular qué porción de la renta nacional devoran en Italia o en Alemania las langostas fascistas. Pero este hecho, que no carece en sí mismo de importancia, es totalmente insuficiente para transformar a la burocracia fascista en una clase dominante independiente. Son los mercenarios de la burguesía. Es cierto que estos mercenarios montan sobre la grupa de su patrón, a veces le arrancan de la boca los trozos mas jugosos y además le escupen la cabeza. ¡Dígase lo que se diga, son mercenarios sumamente incómodos! Pero no obstante no son más que mercenarios. La burguesía los aguanta porque los necesita para que ella y su régimen no se vayan al diablo.
Mutatis mutandis, lo dicho hasta ahora se aplica también a la burocracia stalinista. Devora, derrocha y roba una porción considerable de la renta nacional. Su administración le cuesta muy cara al proletariado. Ocupa en la sociedad soviética una posición extremadamente privilegiada, no sólo porque goza de prerrogativas políticas y administrativas sino además, de enormes ventajas materiales. Sin embargo, los departamentos más grandes, el bistec mas jugoso y los Rolls Royce no bastan para transformar a la burocracia en una clase dominante independiente.
Por supuesto, en una sociedad socialista sería absolutamente imposible la desigualdad, y más aún una desigualdad tan obvia. Pero pese a las mentiras oficiales y semioficiales, el actual régimen soviético no es socialista sino transicional. Todavía arrastra la monstruosa herencia del capitalismo, particularmente la desigualdad social, no solamente entre la burocracia y el proletariado sino también dentro de la propia burocracia y dentro del proletariado. Todavía en esta etapa la desigualdad sigue siendo, dentro de ciertos límites, el instrumento burgués del progreso socialista; los sueldos diferenciados, los bonos, etcétera, se utilizan como estímulos para la producción. Aunque explica la desigualdad, el carácter transicional del actual sistema de ningún modo justifica esos monstruosos y evidentes privilegios que se arrogaron los incontrolados dirigentes de la burocracia. La Oposición de Izquierda no esperó las revelaciones de Urbahns, Laurat, Souvarine, Simone Weil[8], etc., para anunciar que la burocracia en todas sus manifestaciones está aplastando las raíces morales de la sociedad soviética, engendrando una aguda y lícita insatisfacción entre las masas y preparando el terreno para los grandes peligros. Sin embargo, por sí mismos los privilegios de la burocracia no cambian las bases de la sociedad soviética, porque ella no deriva sus privilegios de relaciones de propiedad especiales que le sean peculiares como “clase” sino de las relaciones de propiedad creadas por la Revolución de Octubre, fundamentalmente adecuadas a la dictadura del proletariado.
Para decirlo sencillamente, en la medida en que la burocracia le roba al pueblo (y lo hacen, de distintos modos, todas las burocracias) no estamos frente a la explotación de clase, en el sentido científico de la palabra, sino ante el parasitismo social, pero a escala muy grande. En la Edad Media el clero constituía una clase o estamento, ya que su dominio dependía de un determinado sistema de propiedad de la tierra y trabajo forzado. La Iglesia actual no constituye una clase explotadora sino una corporación parasitaria. Sería tonto hablar realmente del clero norteamericano como de una clase dominante específica; sin embargo es indudable que en Estados Unidos los curas de diferentes colores y denominaciones devoran una gran porción de plusvalía. Por sus rasgos de parasitismo, la burocracia, igual que el clero, se asemeja al lumpenproletariado que, como se sabe, tampoco representa una “clase” independiente.

Dos perspectivas

El problema se nos planteará con más amplitud si no lo encaramos estática sino dinámicamente. Al mismo tiempo que se apropia improductivamente de una tremenda porción de la renta nacional, a la burocracia soviética, por sus propias funciones, le interesa el avance económico y cultural del país; cuanto mayor la renta nacional, mayores serán sus privilegios. A la vez, sobre los fundamentos sociales del Estado soviético, el progreso económico y cultural de las masas trabajadoras tiene que tender a socavar las bases mismas de la dominación burocrática. Obviamente, a la luz de esta afortunada variante histórica, la burocracia pasa a ser solamente el instrumento -un instrumento malo y caro- del Estado socialista.
Pero, se nos replicará, al apropiarse de una porción cada vez mayor de la renta nacional y perturbar las proporciones básicas de la economía, la burocracia retrasa el desarrollo económico y cultural del país. ¡Absolutamente correcto! El ulterior crecimiento desenfrenado del burocratismo debe llevar inevitablemente a la detención del crecimiento económico y cultural, a una terrible crisis social y al hundimiento de toda la sociedad. Pero ello implicaría no sólo la liquidación de la dictadura del proletariado sino también el fin de la dominación burocrática. Al estado obrero no lo reemplazarían relaciones “social-burocráticas” sino capitalistas.
Confiamos en que, al plantear la cuestión desde esta perspectiva, podremos, de una vez por todas, resolver la controversia sobre el carácter de clase de la URSS. Tanto si tomamos la variante del éxito futuro del régimen soviético o, por el contrario, la de su liquidación, en ambos casos la burocracia no resulta una clase independiente sino una excrecencia del proletariado. Un tumor puede aumentar tremendamente de tamaño e incluso estrangular al organismo vivo, pero nunca convertirse en un organismo independiente.
Finalmente, podemos agregar en beneficio de una mayor claridad que si hoy en la URSS el partido marxista estuviera en el poder renovaría todo el régimen político, haría a un lado y purgaría a la burocracia y la pondría bajo el control de las masas, transformaría las prácticas administrativas e inauguraría una serie de reformas capitales en la administración de la economía; pero de ninguna manera tendría que encarar un cambio en las relaciones de propiedad, es decir, una nueva revolución social.

Las posibles vías de la contrarrevolución

La burocracia no es una clase dominante. Pero el desarrollo ulterior del régimen burocrático puede llevar, no orgánicamente, por degeneración, sino a través de la contrarrevolución, al surgimiento de una nuevo clase dominante. Llamamos centrista al aparato stalinista precisamente porque cumple un rol dual: hoy, cuando ya no hay una dirección marxista, y ninguna perspectiva inmediata de que surja, defiende con sus propios métodos a la dictadura proletaria; pero estos métodos facilitan el futuro triunfo del enemigo. Quien no entiende este rol dual que juega el stalinismo en la URSS no entiende nada.
En la sociedad socialista no habrá partido ni Estado. Pero en la etapa transicional la superestructura política juega un rol decisivo. Una dictadura del proletariado desarrollada y estable supone que el partido funciona como la vanguardia que desempeña las funciones de dirección, que el proletariado está unificado en los sindicatos, que los trabajadores están indisolublemente ligados con el Estado a través del sistema de soviets y, finalmente, que a través de la internacional el Estado obrero conforma una unidad combatiente con el proletariado mundial. Por ahora, la burocracia estranguló al partido, los sindicatos, los soviets y la Internacional Comunista. No hace falta explicar aquí que a la socialdemocracia internacional, tan manchada por crímenes y traiciones -y a la que, de paso, pertenece el señor Laurat[9]- le cabe una gigantesca parte de culpa por la degeneración del régimen proletario.
Pero sea cual fuere la porción real de responsabilidad histórica, el resultado sigue siendo el mismo; la estrangulación del partido, de los soviets y de los sindicatos implica la atomización política del proletariado. En lugar de superar políticamente los antagonismos sociales se los suprime administrativamente. En la medida en que desaparecen los resortes políticos para resolverlos normalmente, quedan reprimidos. El primer choque social, externo o interno, puede arrojar en la guerra civil a la atomizada sociedad soviética. Los obreros, perdido el control del Estado y de la economía, pueden hacer de las huelgas de masas un arma defensiva. Se rompería la disciplina de la dictadura. Ante el ataque de los trabajadores y le presión de las dificultades económicas, los trusts se verían obligados a dejar de lado la planificación y entrar en competencia unos con otros. La disolución del régimen repercutiría en la aldea con un eco violento y caótico e inevitablemente recaería sobre el ejército. El Estado socialista desaparecería, dando lugar al régimen capitalista o, más precisamente, al caos capitalista.
Por supuesto, la prensa stalinista reproducirá este análisis preventivo como si fuera una profecía contrarrevolucionaria, o incluso un “deseo” explícito de los trotskistas. Respecto a los plumíferos del aparato, hace mucho que no tenemos otro sentimiento que el de un silencioso desprecio. En nuestra opinión, la situación es peligrosa pero no del todo desesperada. De todos modos, sería un acto de abismal cobardía y de traición directa dar por perdida antes de librarla la mayor de las batallas revolucionarias.

¿Es posible liquidar “pacíficamente” a la burocracia?

Si es cierto que la burocracia concentró en sus manos todo el poder y todas las vías de acceso al poder -y lo es-, surge un interrogante muy importante: ¿cómo encarar la reorganización del Estado soviético? ¿Es posible resolver este objetivo con métodos pacíficos? Antes que nada tenemos que establecer como axioma inmutable que el único que puede resolver este objetivo es un partido revolucionario. La tarea histórica fundamental es crear en la URSS el partido revolucionario con los elementos sanos del viejo partido y con la juventud. Luego veremos bajo qué condiciones se puede lograr. Supongamos, sin embargo, que ese partido ya existe. ¿Por qué medios podría tomar el poder? Ya en 1927 Stalin dijo, dirigiéndose a la Oposición: “Sólo se puede eliminar a la actual burocracia por medio de la guerra civil.” Este desafío bonapartista no tenía por destinatario a la Oposición de Izquierda sino al partido. Luego de concentrar en sus manos todas las palancas del poder, la burocracia proclamó abiertamente que no permitiría que el proletariado vuelva a levantar cabeza. El curso posterior de los acontecimientos hizo más contundente aún este desafío. Luego de las experiencias de los últimos años sería infantil suponer que se puede eliminar a la burocracia stalinista a través de un congreso del partido o de los soviets. En realidad, el último Congreso del Partido Bolchevique, el duodécimo, tuvo lugar a comienzos de 1923. Todos los posteriores fueron mascaradas burocráticas. Y hoy hasta éstos quedaron descartados. No quedan caminos “constitucionales” normales para remover a la camarilla dominante. Sólo por la fuerza se podrá obligar a la burocracia a dejar el poder en manos de la vanguardia proletaria.
Inmediatamente aullarán a coro los plumíferos: los “trotskistas”, igual que Kautsky, predican la insurrección armada contra la dictadura del proletariado. Pero dejémoslo pasar. El problema de la toma del poder se le planteará prácticamente al nuevo partido cuando haya consolidado a su alrededor a la mayoría de la clase obrera. En el proceso de ese cambio radical en la relación de fuerzas, la burocracia se aislará y dividirá cada vez más. Como sabemos, las raíces sociales de la burocracia están implantas en el proletariado, si no en su apoyo activo, por lo menos en su “tolerancia”. Cuando el proletariado se ponga en acción el aparato stalinista quedará suspendido en el aire. Si intenta resistir habrá que aplicar medidas, no de guerra civil pero sí de carácter policial. De todos modos, no se tratará de la insurrección armada contra la dictadura del proletariado sino de la remoción de una maligna excrecencia de ésta.
La verdadera guerra civil no se planteará entre la burocracia stalinista y el proletariado insurgente sino entre el proletariado y las fuerzas activas de la contrarrevolución. Ni hablar cabe de que la burocracia juegue un rol independiente en el choque abierto entre los dos bandos. Sus extremos se alinearán en lados opuestos de la barricada. Por supuesto, el desarrollo del proceso estará determinado por el resultado de la lucha. El triunfo del bando revolucionario sólo es concebible bajo la dirección de un partido proletario, que sería naturalmente elevado al poder por la victoria sobre la contrarrevolución.

El nuevo partido en la URSS

¿Qué está más próximo, el peligro de la liquidación del poder soviético agotado por el burocratismo o la consolidación del proletariado alrededor de un nuevo partido capaz de salvar la herencia de Octubre? No existe respuesta a priori para esa pregunta; la lucha decidirá. Una gran prueba histórica -que podría ser una guerra- determinará la relación de fuerzas.
Pero es evidente que no se podrá seguir manteniendo el poder soviético con el solo apoyo de las fuerzas internas si sigue el retroceso del movimiento proletario mundial y la extensión de la dominación fascista. La condición fundamental para la reforma a fondo del poder soviético es la expansión triunfal de la revolución mundial.
En Occidente el movimiento revolucionario puede resurgir aunque no haya partido, pero no podrá tomar el poder sin esa dirección. En toda la época de la revolución social, es decir durante décadas, el partido revolucionario internacional fue el instrumento básico del progreso histórico. Urbahns, al proclamar que las “viejas formas” están superadas y que se necesita algo “nuevo” -¿qué precisamente?-, no hace más que descubrir su confesión... en forma no menos vieja. El trabajo sindical en las condiciones del capitalismo “planificado” y la lucha contra el fascismo y la guerra inminente, originarán, indudablemente, nuevos métodos y nuevos tipos de organizaciones combatientes. Sólo que, en vez de entregarse como los brandleristas a fantasías sobre los sindicatos ilegales, hay que estudiar atentamente el curso real de la lucha, tomando las iniciativas de los propios trabajadores para extenderlas y generalizarlas. Pero para realizar esta tarea es necesario, antes que nada, un partido, es decir una organización políticamente homogénea de la vanguardia proletaria. La posición de Urbahns es subjetiva; se desilusiona del partido después que hubo llevado al desastre a su propio “partido”.
Unos cuantos innovadores proclaman que “hace mucho tiempo” dijeron que hacen falta nuevos partidos; ahora, por fin, los “trotskistas” llegaron a la misma conclusión; en su momento también comprenderán que la Unión Soviética no es un Estado obrero. Esta gente, en lugar de estudiar el proceso histórico real, se dedica a hacer “descubrimientos” astronómicos. Ya en 1921 la secta de Gorter y el “Partido Comunista Obrero” de Alemania decidieron que la Comintern estaba condenada.[10] Desde entonces no escasearon los pronósticos de ese tipo (Loriot, Korsch, Souvarine, etc.).[11] Sin embargo, nada resultó de estos “diagnósticos” porque reflejaban sólo la desilusión subjetiva de determinados círculos y personalidades y no las exigencias objetivas del proceso histórico. Es precisamente por este razón que estos vociferantes innovadores siguen estando al margen del proceso.[12]
El curso de los acontecimientos no sigue un camino predeterminado. Con su capitulación ante el fascismo la Comintern se desacreditó ante las masas, no ante determinados individuos. Pero incluso después del colapso de la Comintern sigue existiendo el Estado soviético, aunque es cierto que su autoridad disminuyó en gran medida. Hay que tomar los hechos como son realmente y no encapricharse y fruncir los labios, como Simone Weil; no debemos ofendernos con la historia ni darle la espalda. Los nuevos partidos y la nueva Internacional, ante todo, deben construirse sobre bases serias, principistas, que estén a la altura de las necesidades de nuestra época. No nos hacemos ilusiones respecto a las deficiencias y errores del bagaje teórico de los bolcheviques leninistas. Sin embargo, su trabajo de diez años creó las condiciones teóricas y estratégicas básicas para la construcción de la nueva Internacional.
Hombro a hombro con nuestros aliados, impulsaremos estas condiciones y las concretaremos en base a la crítica desarrollada en el proceso real de la lucha.

La Cuarta Internacional y la URSS

En la URSS el núcleo del nuevo partido -en realidad el Partido Bolchevique resurgido bajo nuevas condiciones- será el grupo de los bolcheviques leninistas. Hasta la prensa oficial soviética atestigua que nuestros adherentes realizan su trabajo valientemente y no sin éxito. Pero no cabe hacerse ilusiones; el partido del internacionalismo revolucionario, podrá librar a los obreros de la influencia corruptora de la burocracia nacional sólo en el caso de que la vanguardia proletaria internacional aparezca una vez más como fuerza combatiente en la arena mundial.
Desde comienzos de la guerra imperialista, y mucho más desde la Revolución de Octubre, el Partido Bolchevique fue la dirección de la lucha revolucionaria mundial. Hoy perdió totalmente esa posición. No nos referimos sólo a la caricatura oficial de partido. Las condiciones sumamente difíciles en que trabajan los bolcheviques leninistas rusos excluyen la posibilidad de que jueguen un rol dirigente a escala internacional. Más aún, en la URSS el grupo de la Oposición de Izquierda sólo podrá convertirse en un nuevo partido como consecuencia del éxito en la formación y el crecimiento de la nueva Internacional. El centro de gravedad revolucionario se trasladó definitivamente a Occidente, donde son inmensamente mayores las posibilidades inmediatas de construir partidos. Bajo la influencia de las trágicas experiencias de los últimos años, en el proletariado de todos los países hay gran cantidad de elementos revolucionarios que esperan un llamado claro y un estandarte sin mácula. Es cierto que las convulsiones de la Comintern volcaron en todas partes a nuevos sectores de obreros hacia la socialdemocracia. Pero precisamente este aflujo de masas alarmadas constituye un peligro mortal para el reformismo, que está siendo desbordado, desintegrándose en fracciones y dando a luz, en todas partes, alas revolucionarias. Estas son las condiciones políticas inmediatas que favorecen a la nueva Internacional. Ya se puso la piedra fundamental, la declaración de principios de las cuatro organizaciones.
Es indispensable, para lograr éxitos mayores, hacer una caracterización correcta de la situación mundial, incluyendo el carácter de clase de la Unión Soviética. En este sentido la nueva Internacional será puesta a prueba desde los primeros días de su existencia. Antes de estar en condiciones de reformar el Estado soviético deberá asumir su defensa. Toda tendencia política que desesperanzadamente le dice adiós a la Unión Soviética, con el pretexto de su carácter “no proletario”, corre el riesgo de convertirse en instrumento pasivo del imperialismo. Y por supuesto, nuestra perspectiva no excluye la trágica posibilidad de que el primer Estado obrero, debilitado por su burocracia, caiga bajo los golpes mancomunados de sus enemigos internos y externos. Pero en el caso de que se dé ésta, la peor de las variantes posibles, adquirirá enorme importancia para el curso ulterior de la lucha revolucionaria la pregunta de quiénes son los culpables de la catástrofe. Sobre los internacionalistas revolucionarios no debe caer ni la sombra de una culpa. A la hora del peligro mortal tendrán que quedarse en la última de las barricadas.
Es casi seguro que hoy la ruptura del equilibrio burocrático en la URSS serviría a las fuerzas contrarrevolucionarias. Sin embargo, si existiera una internacional genuinamente revolucionaria, la inevitable crisis del régimen stalinista abriría la posibilidad de un resurgimiento. Esta es nuestra orientación básica.
Cada día que pasa la política exterior del Kremlin asesta nuevos golpes al proletariado mundial. Alejados de las masas, los funcionarios diplomáticos dirigidos por Stalin pisotean los más elementales sentimientos revolucionarios de los trabajadores de todos los países, en detrimento, fundamentalmente, de la propia Unión Soviética. Pero esto no es nada nuevo. La política exterior de la burocracia es un complemento de su política interior. Nosotros combatimos a ambas. Pero libramos nuestra lucha desde la perspectiva de la defensa del Estado obrero. Los funcionarios de la decadente Comintern continúan jurando en los distintos países su lealtad a la Unión Soviética. Sería una estupidez imperdonable construir cualquier cosa sobre estos juramentos. Para la mayoría de estas personas la proclamada “defensa” de la URSS no es una convicción sino una profesión. No luchan por la dictadura del proletariado; siguen las huellas trazadas por la burocracia stalinista (ver, por ejemplo, L’Humanité). En el momento de la crisis, la “barbussizada” Comintern será incapaz de ofrecerle a la Unión Soviética un apoyo mayor que la oposición que le ofreció a Hitler. Otra cosa sucede con los internacionalistas revolucionarios. Vilmente perseguidos por la burocracia durante una década, llaman infatigablemente a los trabajadores a defender a la Unión Soviética.
El día en que la nueva Internacional demuestre a los obreros rusos, en los hechos y no de palabra, que sólo ella está por la defensa del Estado obrero, la situación de los bolcheviques leninistas dentro de la URSS cambiará en veinticuatro horas. La nueva internacional ofrecerá a la burocracia stalinista hacer frente único contra el enemigo común. Y si nuestra Internacional representa una fuerza, la burocracia no podrá evitar el frente único en el momento del peligro. ¿Qué quedará entonces de las mentiras y calumnias de tantos años?
Aun en el caso de que se declare, la guerra el frente único con la burocracia stalinista no será una “santa alianza” al estilo de los partidos burgueses y socialdemócratas, que durante la contienda imperialista suspendieron la crítica recíproca para mejor engañar al pueblo. No; aun en esas circunstancias mantendremos nuestra intransigencia crítica hacia el centrismo burocrático, que no podrá ocultar su incapacidad para dirigir una verdadera guerra revolucionaria.
Tanto el problema de la revolución mundial como el de la Unión Soviética se pueden sintetizar en una única y breve fórmula: la Cuarta Internacional.


[1] Folleto publicado en Estados Unidos con el título The Soviet Union and the Fourth International [La Unión Soviética y la Cuarta Internacional] (Pioneer Publishers, febrero de 1934). Tomado de la versión publicada en Escritos, Tomo V, vol. 1, Ed. Pluma, 1979, Bogotá, Colombia, pág. 154.

[2] Los sagaces blandleristas norteamericanos (el grupo Lovestone) complican la cuestión; la política económica de los stalinistas es impecable pero el régimen político de la URSS es malo, ya que no hay democracia. ¿No se les ocurre a estos teóricos preguntarse por qué Stalin liquida la democracia si su política económica es correcta y tiene éxito? ¿No es por temor a que la democracia proletaria permita al partido y a la clase obrera expresar mucho más activa y violentamente su entusiasmo por la política económica? (Nota de L. T.)

[3] Aquellos a quienes les interese -si es que hay alguno- pueden ponerse al tanto de la “plataforma” de los “demócratas (!) comunistas” por cuenta propia. Es difícil concebir un documento más lleno de charlatanería desde la perspectiva de los fundamentos del marxismo. (Nota de L. T.)

[4] Engclbert Dollfuss (1892-1934): canciller de Austria, aplastó en febrero de 1934 la resistencia a la represión de los obreros de Viena; amigo de los fascistas italianos y enemigo de los alemanes, fue asesinado por los nazis durante el levantamiento derrotado de julio de 1934. Hendrik Colijn (1869- 1944): fue primer ministro de los Países Bajos de 1925 a 1926 y de 1933 a 1939.

[5] Las posiciones últimas de Trotsky sobre el bonapartismo soviético están expresadas en Estado obrero, Thermidor y bonapartismo, 1º de febrero de 1935.

[6] V.K. Majaiski: socialista ruso-polaco, dirigente de una tendencia anarquista hostil al marxismo cuyo programa explicó en su folleto El trabajador intelectual. Consideraba que la intelectualidad era una clase parasitaria e intentó crear antagonismos entre los obreros rusos y la intelectualidad revolucionaria.

[7] G.I. Miasnikov (1889-1946): viejo bolchevique, expulsado en 1923 por violar la disciplina partidaria al dirigir el Grupo Obrero, una división de la Oposición Obrera. En 1929, cuando ambos estaban en el exilio, intentó acercarse a Trotsky, pero las diferencias eran demasiado grandes como para que fuera posible una colaboración política.

[8] Desolada por las “infructuosas” experiencias de la dictadura del proletariado, Simone Weil encontró solaz en una nueva vocación: la defensa de su personalidad contra la sociedad. ¡La gastada fórmula del liberalismo, vivificada por una barata exaltación anarquista! Hay que pensarlo: Simone Weil se refiere altanera a nuestras “ilusiones”. Ella y los que son como ella necesitan años de tenaz perseverancia para librarse de los más reaccionarios prejuicios de la baja clase media. Muy adecuadamente sus nuevas posiciones encontraron refugio en un periódico que lleva el nombre evidentemente irónico de La Révolution Prolétarienne [La Revolución Proletaria]. Esta publicación de Louzon es ideal para los melancólicos de la revolución y los rentistas de la política que viven de los dividendos de su capital de recuerdos, para los filósofos pretenciosos que tal vez adhieran a la revolución... después que se la haya realizado. (Nota de L. T.)

[9] Este profeta acusa a los bolcheviques leninistas rusos de falta de audacia revolucionaria. Confundiendo, muy al estilo austro-marxista la revolución con la contrarrevolución y el retorno a la democracia burguesa con la preservación de la dictadura proletaria, Laurat le da lecciones a Rakovski sobre la lucha revolucionaria. Este mismo señor juzga a Lenin como “un teórico mediocre”. ¡No asombrarse! Lenin, que formuló de la manera más simple las conclusiones teóricas más complejas, no puede superar al pretencioso filisteo que nos endosa con aire cabalístico sus pobres y aburridas generalizaciones. Un buen lema para su tarjeta de visita: “Lucien Laurat: por vocación, teórico y estratega en reserva de la revolución proletaria... para Rusia; de profesión: asistente de León Blum.”
La inscripción es algo larga pero correcta. Se dice que este teórico cuenta con partidarios entre la Juventud. ¡Pobre juventud! (Nota de L. T.)

[10] El Partido Comunista Obrero Alemán era un grupo de putchistas ultraizquierdistas expulsado del Partido Comunista en el otoño de 1919. Lenin apoyó esta expulsión en el folleto El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo. Pero Zinoviev, Bujarin y otros se opusieron a la expulsión, y en consecuencia se reconoció al grupo como “sección simpatizante” de la Comintern. Aunque comenzó con varias decenas de miles de afiliados, el Partido Comunista Obrero perdió en dos o tres años a sus mejores elementos y se convirtió en una secta hostil a la Comintern y a la URSS.

[11] Ferdinand Loriot (1870-1930): dirigente del ala izquierda del Partido Socialista francés durante la Primera Guerra Mundial, apoyó a la Izquierda de Zimmerwald. Entre 1920 y 1921 tuvo una participación activa en la ruptura del Partido Socialista y en la formación del Partido Comunista, del que se convirtió en dirigente. En 1921 concurrió al III Congreso de la Comintern y fue elegido para formar parte del presídium. Varios años después formó un grupo, Contra la Corriente, y se alejó del movimiento comunista. Karl Korsch (1889-1961): uno de los alemanes expulsados del Partido Comunista en 1929 a causa de la lucha internacional de Stalin contra “el trotskismo”. Destacado teórico, en 1923 había sido ministro del gobierno comunista-socialista de Turingia, un Estado de la República de Weimar. Después de su expulsión del PC formó una minúscula secta ultraizquierdista.

[12] Lo dicho no puede aplicarse a las organizaciones que rompieron con la socialdemocracia hace relativamente poco, o que tuvieron un desarrollo particular (como el Partido Socialista Revolucionario de Holanda) y naturalmente se rehusaron a unir su suerte a la de la Comintern en su etapa de decadencia. Las mejores de estas organizaciones están adoptando las banderas de la nueva internacional. Otras las seguirán mañana. (Nota de L. T.)



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