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La reglamentación del artículo tercero constitucional

Artículo publicado en Clave Nro. 5, segunda época, enero de 1940, pág. 65. Sin firma. A partir de este número la numeración de Clave se continuaba en cada número para facilitar su colección, como señala una nota al final de este ejemplar.

 

Ha sido aprobada la Ley Reglamentaria al Artículo Tercero Constitucional y la forma en que ella se ha realizado presenta claramente toda la inconsistencia, vacilación y demagogia de la pequeña burguesía radicalizante, que temerosa por su porvenir, ya que ignora o es incapaz de prever la orientación futura de la política mexicana, no ha querido comprometerse hoy, como lo hiciera en 1934 cuando se reformó el artículo tercero. No se tuvo la seguridad como en 1934, de que el curso hacia la izquierda se continuaría; por el contrario, todos presienten un viraje hacia la derecha; como consecuencia, se prefirió eliminar del texto de la ley todo aquello que podía aparecer como “radical” y la dejaron reducida a un armatoste despojado de todo impulso izquierdista, aún de aquel que en 1934 proclamaban a voz en cuello como el contenido de la educación “socialista”.

 

 

Después de cinco años de educación “socialista”, está clara para todos la imposibilidad de que exista la tal educación mientras las bases económica, social y política de la sociedad sean las del régimen burgués. En México se dio el caso de una educación “socialista” consagrada jurídicamente; toda la realidad social la hizo imposible: propiedad capitalista, estado burgués, proletariado miserable y hambriento; millones y millones de campesinos sin pan sumidos en el atraso feudal más completo; gran penetración e influencia imperialista; y como única base la ilusión de la pequeño burguesía radical, que para compensar, aunque fuera subjetivamente esta situación y su incapacidad para tomar caminos revolucionarios, creyó descubrir una nueva ruta hacia el socialismo, que debía ser realizado gradualmente por medio de la escuela. Su anticlericalismo fue también típicamente pequeño burgués. Sin ir a las raíces mismas del fanatismo religioso, a la miseria y al hambre, a la opresión y la lucha de clases, no comprendió nunca que la educación no debe ser anti-clerical sino anti-religiosa y que la lucha contra las religiones es la misma que para arrancar a las masas de la opresión, la explotación y el hambre.

Es posible que el fenómeno se presente nuevamente en algún otro país latinoamericano atrasado. Pero la experiencia de México es concluyente. La educación socialista sólo puede realizarse sobre la base de la expropiación de la burguesía y los grandes propietarios y la organización de la sociedad toda según un plan socialista. Aún en su primera etapa esa educación no será socialista sino proletaria, ya que, la educación del período de transición correspondiente a la dictadura proletaria, estará impregnada todavía del pasado burgués. Medidas como las tomadas en México sólo tienen la significación de reformas democráticas que abren la posibilidad de llevar la lucha de clases al terreno del aparato educativo. Los resultados que se obtengan dependen, en última instancia, de la existencia de un movimiento revolucionario que empuje a los maestros, trabajadores y alumnos a la lucha de clases en ese terreno. Demagogia en manos de la facción dominante en la etapa dada, la educación “socialista” deviene un peligro si el proletariado, idealizando la reforma o confundiéndola, la toma como verdadera educación socialista y subordina su política a la de la facción burguesa o pequeño burguesa izquierdizante.

En la escuela “socialista” de la burguesía, que comienza proclamando que es gratuita, en realidad sólo las capas privilegiadas de la población pueden tener acceso a ella. El niño proletario o no asiste a la escuela, o no lo hace regularmente; fracasa lamentablemente y las investigaciones indican las causas: anemia, enfermedades, trabajo extra-escolar, hogares lúgubres, abandono moral y material, etc. Muy pocos de los alumnos llegan a terminar el sexto año y ello únicamente para ser lanzados en su mayoría al taller o la fábrica donde son carne joven para una explotación desenfrenada. Y no se diga de la educación secundaria, técnica, superior y universitaria. La cultura es por hoy, bajo la educación “socialista”, patrimonio de la burguesía y aristocracia obrera o pequeño burguesa, y los establecimientos educativos, semilleros en donde se prepara el estado mayor de la burguesía; laboratorios de preparación de los futuros explotadores y opresores de los trabajadores.

En cuestión de finalidades, métodos y medios materiales para realizarla, la educación “socialista” ha sido un fracaso; no porque ella sea irrealizable en el medio mexicano como afirman los fascistas y reaccionarios de toda clase, sino por la imposibilidad de que el mismo estado burgués estructure un sistema educacional dirigido contra los fundamentos de su existencia. La educación tiene un carácter de clase; mientras la sociedad esté dividida en clases sociales, será burguesa o proletaria según sea ésta o aquella clase la que detente el poder económico y político. En la escuela de la dictadura del proletariado, es decir, proletaria, todo el proceso educativo estará basado en las actividades productivas y su finalidad consistirá en crear hombres aptos para el trabajo productivo, despiertos intelectualmente y armados del conocimiento científico; soldados conscientes de un régimen que lucha por la desaparición definitiva de las clases sociales, del hambre y la explotación, de la incultura y el fanatismo y por una sociedad socialista internacional. La educación actual produce en los mejores casos carne de explotación para la burguesía y los grandes propietarios (obreros y trabajadores campesinos), aristocracia obrera (técnicos y especialistas sin conciencia de clase), sacos llenos de conocimientos útiles o inútiles; defensores acérrimos y en su caso, feroces, del régimen de la propiedad privada. Dirigida a disimular y apuntalar el poder capitalista actual, gimoteando que es una escuela de “trabajo”, su impotencia llega al grado de que en plena ciudad de México hay educandos que se sientan en el suelo y que ignoran que en el mundo se han inventado las máquinas. Diciéndose educación para trabajadores, las escuelas externas e internas para obreros se debaten en la penuria más lamentable, mientras el dinero va a millones a la Universidad (semillero de fascistas y clericales) al Colegio Militar y a tantos otros centros de alta preparación burguesa. Es suficiente contemplar a los miserables niños proletarios estudiando en el suelo, tuberculosos y tarados, con el estómago vacío y el pecho al aire, oyendo la prédica del maestro “socialista” sobre las excelencias de la “democracia” para comprender la farsa que es la educación “socialista”. Allá arriba, en los altos puestos de Educación, el stalinista de panza abultada sonríe... la revolución ha triunfado, él está en el poder... la educación es “socialista”.

Solamente después de la toma del poder por las masas trabajadoras podrá la educación tomar rumbos socialistas. Es más, ella se tornará socialista aún antes de que jurídicamente se la consagre así. Por hoy, el problema del artículo 3º se concreta en las tareas prácticas por realizar en relación con él y su reglamentación. Explicar a las masas que tal educación “socialista” no es ni pudo ser socialista y su carácter de reforma democrática de la burguesía. Combatir implacablemente la lepra staliniana que habiéndose encumbrado en Educación, es el agente número uno de desprestigio y desmoralización, ya que sus pilladas y traiciones producen un proceso de repulsión en los trabajadores, maestros, padres de familia y alumnos, para quienes la educación socialista, no esta caricatura, sino la verdadera, se ve encarnada en esa pandilla de chambistas y traidores.

La reglamentación, como el mismo artículo tercero, abre posibilidades de lucha. Con una organización magisterial, revolucionaria; con una presión de los trabajadores podría lucharse ventajosamente en el terreno educacional, cosa que si no sería educación “socialista”, serviría sin embargo para la lucha revolucionaria por el poder, único medio de sentar la base para una verdadera educación socialista. Por ello los estratos reaccionarios de la burguesía, la pequeño burguesía, el clero y el imperialismo gritan a voz en cuello contra la ley reglamentaria. La reacción se moviliza contra ella e identifica al comunismo con la farsa realizada. El pretexto para levantar cabeza es la reforma. Coreando a los curas y burgueses, pequeños grupos de maestros reaccionarios con estructura mental de propietarios y feudales y existencia de pequeño burgueses, también se declaran, contra la reforma hoy, contra el movimiento obrero mañana. Pero el proceso de desarrollo revolucionario está en marcha. El magisterio consciente y revolucionario, al par que defiende contra la reacción el Art. 3º y su reglamentación, pone en guardia a los trabajadores, alumnos y padres de familia, contra los mismos que, aprobando hoy la reglamentación (completamente castrada, aún de aquel contenido que hasta ayer le asignaban ellos mismos a gritos: “desfanatizante, por una sociedad en que la propiedad se socialice gradualmente”, etc.), serán mañana agentes de la contrarrevolución y se levantarán contra el proletariado y los maestros que interpreten revolucionariamente la reglamentación y hagan de la escuela y el proceso educacional un laboratorio creador de conciencias revolucionarias.

Para que se pueda obtener algo del Art. 3º y su Ley reglamentaria se necesita ante todo una organización magisterial revolucionaria. La lucha por la regeneración del STERM es así uno de los medios para lograrlo, ya que un STERM revolucionario daría enorme impulso hacia la izquierda a todo el mecanismo educacional. Mientras tanto, el maestro de banquillo tiene una riquísima gama de oportunidades para hacer de sus alumnos, futuros soldados de la lucha social. Los contrastes y contradicciones que la llamada educación “socialista” ha venido a aunar al proceso educativo, constituyen material real y viviente para la forja de conciencias revolucionarias entre los educandos, que por hoy se ven obligados a recibir simultáneamente al hambre y la explotación a que se ven sometidos ellos y sus familias por el régimen imperante, una educación “socialista” que, producto directo del sistema capitalista de producción, lo defiende y consagra, adaptándose transitoriamente a la modalidad democrática por que atravesamos.

 



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