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La revolución francesa ha comenzado

9 de junio de 1936

 

Jamás la radio se ha mostrado tan preciosa como en estos últimos días. Da la posibilidad de seguir desde una lejana aldea de Noruega, las alternativas del pulso de la revolución francesa. sería más exacto decir: el reflejo de esas alternativas en la conciencia y en la voz de los señores ministros, secretarios sindicales y otros dirigentes mortalmente asustados.

Las palabras “revolución francesa” pueden parecer exageradas. ¡Pero no! No es una exageración. Es precisamente así que nace la revolución. En general, no pueden nacer de otro modo. La revolución francesa ha comenzado.

Ciertamente, león Jouhaux siguiendo a león Blum, asegura a la burguesía que se trata de un movimiento puramente económico, dentro de los marcos estrictos de la ley. Sin duda, los obreros son los amos de las fábricas durante la huelga, estableciendo su control sobre la propiedad y su administración. Pero se puede cerrar los ojos ante este lamentable “detalle”. En su conjunto, son “huelgas económicas, pero no políticas”, afirman los señores jefes. Sin embargo, bajo el efecto de huelgas “no políticas” cambia radicalmente toda la situación política del país. El gobierno decide actuar con una prontitud con la que no se soñaba en la víspera: ¡pues, según las palabras de Blum, la verdadera fuerza es paciente! Los capitalistas dan prueba de un espíritu acomodaticio completamente inesperado. Toda la contrarrevolución a la expectativa, se esconde tras las espaldas de Blum y de Jouhaux. Y todo este milagro es producido por... simples huelgas “gremiales”. ¿Qué es lo que hubiera sucedido si las huelgas hubieran tenido un carácter político?

Pero no, los jefes dicen una contra-verdad. El gremio incluye a los obreros de una determinada profesión, separándolos de las otras profesiones. El trade-unionismo y el sindicalismo reaccionario dirigen todos sus esfuerzos a mantener al movimiento obrero dentro de los marcos gremiales. Es allí que se asienta la dictadura de hecho de la burocracia sindical sobre la clase obrera (¡la peor de todas las dictaduras! ), con la dependencia servil de la pandilla Jouhaux-Racamond respecto del Estado capitalista. La esencia del movimiento actual reside precisamente en el hecho de que rompe los marcos profesionales, gremiales y locales, elevando por sobre ellos las reivindicaciones, las esperanzas y la voluntad de todo el proletariado. El movimiento toma el carácter de una epidemia. El contagio se extiende de fábrica en fábrica, de gremio en gremio, de barrio en barrio. Todas las capas de la clase obrera se contestan, por decirlo así, unas a otras. Los metalúrgicos han comenzado: son la vanguardia. Pero la fuerza del movimiento reside en el hecho de que, a corta distancia de la vanguardia, siguen las grandes reservas de la clase, incluidas las profesiones más diversas; y después su retaguardia, a la que los señores jefes parlamentarios y sindicales, generalmente olvidan por completo. No es por nada que Le Peuple reconoció abiertamente que, para él, muchas categorías particularmente mal pagadas de la población parisiense hablan aparecido como un hecho completamente “inesperado”. Sin embargo, es precisamente en las profundidades de estas capas más explotadas que se ocultan fuentes inagotables de entusiasmo, de abnegación, de coraje. El mismo hecho de su despertar es el signo infalible de un gran combate. ¡Hay que lograr acceso a estas capas a cualquier precio!

Al desprenderse de los marcos gremiales y locales, el movimiento huelguístico se ha vuelto temible, no solo para la sociedad burguesa, sino también para su propia representación parlamentaria y sindical, la que actualmente está ocupada, sobre todo, en no ver la realidad. Seguían una leyenda histórica, a la pregunta de Luis XVI: “¿Pero esto es una revuelta? “, uno de sus cortesanos respondió: “No, sire, es una revolución”. Actualmente, a la pregunta de la burguesía: “¿Es una revuelta? “, sus cortesanos responden: “No, no son más que huelgas gremiales”. Tranquilizando a los capitalistas, Blum y Jouhaux se tranquilizan a si mismos. Pero las palabras no pueden hacer nada. Es verdad que en el momento en que estas líneas aparezcan en la prensa, la primera ola puede haberse calmado. Aparentemente, la vida volverá a entrar en su antiguo cauce. Pero esto no cambia nada de la cuestión. Lo que ha pasado, no son huelgas gremiales [1]. Ni siquiera son huelgas. Es la huelga. Es la reunión en el gran día de los oprimidos contra los opresoras. Es el comienzo clásico de la revolución.

Toda la experiencia pasada de la clase obrera, su historia de explotación, de desdichas, de luchas, de derrotas, revive bajo el choque de los acontecimientos y se eleva en la conciencia de cada proletario, aún del más atrasado, empujándolo a las filas comunes. Toda la clase ha entrado en movimiento. Es imposible detener con palabras a esta masa gigantesca. La lucha debe conducir a la más grande de las victorias o al más terrible de los aplastamientos.

Le Temps ha llamado a la huelga “las grandes maniobras de la revolución “. Esto es incomparablemente más serio que lo que dicen Blum y Jouhaux. Pero aún la definición de Le Temps es a pesar de todo inexacta, pues en cierto sentido es exagerada. Las maniobras presuponen la existencia de un comando, de un estado mayor, de un plan. Nada semejante ha habido en la huelga. Los centros de las organizaciones obreras, incluido el Partido Comunista, han sido tomados de improviso. Temen, sobre todo, que la huelga perturbe todos sus planes. La radio transmite una frase notable de Marcel Cachin: “Estamos, unos y otros, ante el hecho de la huelga”. En otras palabras, la huelga es nuestra desgracia común. Con estas palabras, el senador amenazante convence a los capitalistas de que deben hacer concesiones para no exacerbar la situación. Los secretarios parlamentarios y sindicales, que se adaptan a la huelga con la intención de ahogarla lo más pronto posible, se encuentran en realidad fuera de la huelga, se agitan en el aire sin saber ellos mismos si volverán a caer a tierra sobre sus pies o de cabeza. La masa despierta, no tiene aún estado mayor revolucionario.

El verdadero estado mayor está del lado del enemigo de clase. Este estado mayor no coincide en absoluto con el gobierno Blum, aunque se sirve de él con mucha habilidad. La reacción capitalista juega actualmente un juego fuerte y arriesgado, pero lo juega sabiamente. En el momento presente, juega a el-que-pierde-gana: “Cedamos hoy a todas estas desagradables reivindicaciones que han encontrado la aprobación común de Blum. de Jouhaux y de Daladier. Del reconocimiento de principio a la realización de hecho, hay todavía un gran camino. Está el Parlamento, está el Senado, está la administración: todas estas son máquinas de obstrucción. Las masas manifestarán impaciencia e intentarán apretar más fuerte. Daladier se separará de Blum. Thorez tratará de desligarse por La izquierda. Blum y Jouhaux se separarán de las masas. Entonces. recuperaremos todas las concesiones actuales e incluso con usura”. Así razona el verdadero estado mayor de la contrarrevolución: las famosas “doscientas familias” y sus estrategas mercenarios. Actúan según un plan. Y serla una ligereza decir que su plan carece de una base sólida. No, con la ayuda de Blum, de Jouhaux y de Cachin, la contrarrevolución puede alcanzar su objetivo.

El hecho de que el movimiento de masas alcance, bajo una forma improvisada, dimensiones tan grandiosas y un efecto político tan grande, subraya mejor que nada el carácter profundo, orgánico, verdaderamente revolucionario, de la ola de huelgas. En esto radica la garantía de la duración del movimiento, de su tenacidad, de la inevitabilidad de una serie de olas crecientes. Sin esto, la victoria seria imposible. Pero todo esto no basta para triunfar. Contra el estado mayor y el plan de las “doscientas familias”, es necesario el estado mayor y el plan de la revolución proletaria. aún no existe, ni uno ni otro. Pero pueden ser creados. Existen todas las premisas y todos los elementos de una nueva cristalización de las masas.

El desencadenamiento de la huelga fue provocado, se dice, por las “esperanzas” en el gobierno del Frente Popular. Esto no es más que un cuarto de la verdad, y aun menos. Si no se hubiera tratado más que de piadosas esperanzas, los obreros no hubieran corrido el riesgo de la lucha. En la huelga se expresa, ante todo, la desconfianza o la falta de confianza de los obreros, si no en la buena voluntad del gobierno, a! menos en su capacidad para destruir los obstáculos y llevar a cabo sus tareas. Los proletarios quieren “ayudar” al gobierno, pero a su modo, del modo proletario. Con seguridad, aún no tienen plena conciencia de sus fuerzas. Pero sería una grosera caricatura presentar la cosa como si la masa no estuviera guiada más que por “esperanzas” en Blum. No le es fácil ordenar sus pensamientos bajo la opresión de sus viejos jefes, que se esfuerzan para hacerla volver lo más pronto posible al viejo camino de la esclavitud y de la rutina. Pese a todo, el proletariado francés no retoma la historia en su comienzo. Siempre y en todas partes, la huelga ha hecho aparecer en la superficie a los obreros más conscientes y más audaces. La iniciativa les pertenece. Todavía actúan prudentemente, tanteando el terreno. Los destacamentos avanzados se esfuerzan por no adelantarse hasta quedar aislados. El eco amistoso que les llega de atrás les da coraje. El eco que se hacen las diferentes partes de la clase se ha vuelto un ensayo de automovilización. El propio proletariado tiene la mayor necesidad de esta manifestación de su propia fuerza. Los éxitos prácticos obtenidos, por inseguros que sean en sí mismos, deben elevar extraordinariamente la confianza de las masas en sí mismas, especialmente de las capas más atrasadas y más oprimidas.

La principal conquista de la primera ola radica en el hecho de que han aparecido dirigentes en los talleres y en las fábricas. Han sido creados los elementos de los estados mayores locales y barriales. Las masas los conocen. Ellos se conocen unos a otros. Los verdaderos revolucionarios buscarán relacionarse con ellos. Así, la primera automovilización de las masas ha marcado. y en parte designado a los primeros elementos de una dirección revolucionaria. La huelga ha sacudido, reanimado. Renovado todo el gigantesco organismo de clase. La vieja escama organizativa aún está lejos de haber desaparecido, por el contrario, se mantiene con demasiada obstinación. Pero, bajo ella, ya aparece una nueva piel.

Nada diremos ahora sobre el ritmo de los acontecimientos, que sin ninguna duda, se acelerarán. En este terreno, todavía no son posibles más que suposiciones y conjeturas. La segunda ola, su desencadenamiento y su tensión permitirán, sin duda, hacer un pronóstico mucho más concreto que el que es posible actualmente. Pero una cosa está clara de antemano: la segunda ola estará lejos de tener el mismo carácter pacifico, casi bonachón, primaveral, que ha tenido la primera. Será más madura, más tenaz y más áspera, pues será provocada por la decepción de las masas ante los resultados prácticos de la política del Frente Popular y de la primera ofensiva. En el gobierno se producirán fisuras, lo mismo que en la mayoría parlamentaria. La contrarrevolución se volverá de golpe más segura y más insolente. No hay que esperar nuevos éxitos frágiles de las masas. Ante el peligro de perder lo que ha parecido ser conquistado, ante la resistencia creciente del enemigo, ante la confusión y el desbande de la dirección oficial, las masas sentirán la ardiente necesidad de tener un programa, una organización, un plan, un estado mayor. Hay que prepararse y preparar a los obreros de vanguardia para esto. En la atmósfera de la revolución, La reeducación de las masas, la selección de los cuadros y su temple se realizarán rápidamente.

Un estado mayor revolucionario no puede nacer por medio de combinaciones de dirigentes La organización de combate no coincidiría con el partido, aun si existiera en Francia un partido revolucionario de masas, pues el movimiento es incomparablemente más amplio que el partido. La organización no puede coincidir más con los sindicatos, pues los sindicatos no abarcan más que una parte insignificante de la clase y están sometidos a una burocracia archirreaccionaria. La nueva organización debe responder a la naturaleza del propio movimiento, reflejar a las masas en lucha, expresar su voluntad más firme. Se trata de un gobierno directo de la clase revolucionaria. No hay necesidad de inventar aquí nuevas formas: hay precedentes históricos. Los talleres y las fábricas eligen sus diputados, que se reúnen para elaborar en común los planes de la lucha y para dirigirla. Incluso, no hace falta inventar el nombre de una organización semejante: son los soviets de diputados obreros.

La principal masa de los obreros revolucionarios marcha actualmente tras el Partido Comunista. Más de una vez en el pasado, han gritado: “¡Soviets en todas partes!”. Su mayoría ha tomado, sin duda, en serio esta consigna. Hubo un tiempo en que pensábamos que esa consigna no era oportuna. Pero, en la actualidad, la situación ha cambiado radicalmente. El poderoso conflicto de las clases marcha hacia un temible desenlace. El que vacila, el que pierde tiempo, es un traidor. Hay que elegir entre la más grande de las victorias históricas y la más terrible de las derrotas. Hay que preparar la victoria. “¿Soviets en todas partes?”. De acuerdo. ¡Pero es el momento de pasar de las palabras a los hechos!

 
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[1] Nota del Traductor: El autor ha usado las palabras francesas “corporation” y “corporatif” para referirse a Las organizaciones y movimientos de carácter puramente económico o profesional. A sabiendas de que no se trata de una equivalencia total, hemos preferido traducir esos términos como “gremio” y “gremial”, por ser los que mejor expresan aquél carácter, por lo menos en el sentido que se les da habitualmente a estas palabras en la Argentina




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