Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

La revolución traicionada (Cap. IX y XI)

LA REVOLUCION TRAICIONADA[1]
(Capítulos IX y XI)

4 de agosto de 1936

CAPITULO IX: ¿QUE ES LA U.R.S.S.?

Relaciones sociales

La propiedad estatizada de los medios de producción domina casi exclusivamente en la industria. En la agricultura sólo está representada por los sovjoses, que no abarcan más que el 10% de las superficies sembradas. En los koljoses, la propiedad cooperativa o la de las asociaciones se combina en proporciones variables con las del Estado y las del individuo. El suelo perteneciente jurídicamente al Estado, pero concedido “a goce perpetuo” a los koljoses, difiere poco de la propiedad de las asociaciones. Los tractores y las máquinas pertenecen al Estado; el equipo de menor importancia, a la explotación colectiva. Todo campesino de koljos tiene, además, su empresa privada. El 10% de los cultivadores permanece aislado.
Según el censo de 1934, el 28,1% de la población estaba compuesto por obreros y empleados del Estado. Los obreros célibes de industria y de la construcción eran 7,5 millones en 1935. Los koljoses y los oficios organizados por la cooperación constituían, en la época del censo, el 45,9% de la población. Los estudiantes, los militares, los pensionados y otras categorías que dependen inmediatamente del Estado, el 3,4% . En total, el 74% de la población pertenecía al “sector socialista” y disponía del 95,8% del capital del país. Los campesinos aislados y los artesanos representaban todavía (en 1934) el 22,5% de la población, pero apenas poseían un poco más del 4 % del capital nacional.
No ha habido censo desde 1934, y el próximo se efectuara en 1937. Sin embargo, es indudable que el sector privado de la economía ha sufrido nuevas limitaciones en favor del “sector socialista”. Los cultivadores individuales y los artesanos constituyen en la actualidad, según los órganos oficiales, cerca del 10 % de la población, o sea 17 millones de almas; su importancia económica ha caído mucho más bajo que su importancia numérica. Andreev, secretario del Comité Central, declaraba en abril de 1936: “En 1936, el peso específico de la producción socialista en nuestro país debe constituir el 98,5 %, de manera que no le quedará al sector no socialista más que un insignificante 1,5 %...” Estas cifras optimistas parecen, a primera vista, probar irrefutablemente la victoria “definitiva e irrevocable” del socialismo. Pero, desdichado del que detrás de la aritmética no vea la realidad social.
Estas mismas cifras son un poco forzadas. Basta indicar que la propiedad privada de los miembros de los koljoses está comprendida en el “sector socialista”. Sin embargo, el eje del problema no está allí. La indiscutible y enorme superioridad estadística de las formas estatales y colectivas de la economía, por importante que sea para el porvenir, no aleja otro problema igualmente importante: el del poder de las tendencias burguesas en el seno mismo del “sector socialista”, y no solamente en la agricultura, sino también en la industria. La mejoría del estándar de vida obtenida en el país, basta para provocar un crecimiento de las necesidades, pero de ninguna manera basta para satisfacerlas. El propio dinamismo del desarrollo económico implica cierto despertar de los apetitos pequeñoburgueses, y no únicamente entre los campesinos y los representantes del trabajo “intelectual”, sino también entre los obreros privilegiados. La simple oposición de los cultivadores individuales a los koljoses y de los artesanos a la industria estatizada, no dan la menor idea de la potencia explosiva de estos apetitos que penetran en toda la economía del país y se expresan, para hablar sumariamente, en la tendencia de todos y de cada uno, de dar a la sociedad lo menos que pueden y sacar de ella lo más.
La solución de los problemas de consumo y de competencia para la existencia, exige la misma energía e ingeniosidad, cuando menos, que la edificación socialista en el sentido propio de la palabra; de allí proviene, en parte, el débil rendimiento del trabajo social. Mientras que el Estado lucha incesantemente contra la acción molecular de las fuerzas centrífugas, los propios medios dirigentes constituyen el lazo principal de la acumulación privada lícita o ilícita. Enmascaradas por las nuevas normas jurídicas, las tendencias pequeñoburguesas no se dejan asir fácilmente por la estadística. Pero la burocracia “socialista”, esta asombrosa contradictio in adjecto, monstruosa excrecencia social, siempre creciente, y que se transforma, a su vez, en causa de fiebres malignas de la sociedad, comprueba su claro predominio en la vida económica.
La nueva constitución, construida enteramente, tal como veremos, sobre la identificación de la burocracia y del Estado -así como del pueblo y del Estado-, dice: “La propiedad del Estado, en otras palabras, la de todo el pueblo...” Sofisma fundamental de la doctrina oficial. No es discutible que los marxistas, comenzando por el mismo Marx, hayan empleado con relación al Estado obrero los términos de propiedad “estatal”, “nacional” o “socialista”, como sinónimos. A grandes escalas históricas, esta manera de hablar no presentaba inconvenientes; pero se transforma en fuente de groseros errores y de engañifas al tratarse de las primeras etapas, aún no aseguradas, de la evolución de la nueva sociedad aislada y retrasada, desde el punto de vista económico, con relación a los países capitalistas.
Para que la propiedad privada pueda llegar a ser social, tiene que pasar ineludiblemente por la estatización, del mismo modo que la oruga, para transformarse en mariposa, tiene que pasar por la crisálida. Pero la crisálida no es una mariposa. Miríadas de crisálidas perecen antes de ser mariposas. La propiedad del Estado no es la de “todo el pueblo” más que en la medida en que desaparecen los privilegios y las distinciones sociales y en que, en consecuencia, el Estado pierde su razón de ser. Dicho de otra manera: la propiedad del Estado se hace socialista a medida que deja de ser propiedad del Estado. Por el contrario, mientras el Estado soviético se eleva más sobre el pueblo, más duramente se opone, como el guardián de la propiedad, al pueblo dilapidador, y más claramente se declara contra el carácter socialista de la propiedad estatizada.
“Aún estamos lejos de la supresión de las clases”, reconoce la prensa oficial, y se refiere a las diferencias que subsisten entre la ciudad y el campo, entre el trabajo intelectual y el manual. Esta confesión puramente académica tiene la ventaja de justificar por el trabajo “intelectual” los ingresos de la burocracia. Los “amigos”, para quienes Platón es más caro que la verdad, también se limitan a admitir en estilo académico la existencia de vestigios de desigualdad. Pero estos vestigios estan muy lejos de bastar para dar una explicación a la realidad soviética. Si la diferencia entre la ciudad y el campo se ha atenuado desde determinados puntos de vista, en cambio, desde otros se ha profundizado, a causa del rápido crecimiento de la civilización y del confort en las ciudades, es decir, de la minoría ciudadana. La distancia social entre el trabajo manual y el intelectual, en lugar de disminuir, ha aumentado durante los últimos años, a pesar de la formación de cuadros científicos salidos del pueblo. Las barreras milenarias de las castas que aislan al hombre -al ciudadano educado del mujik inculto, al mago de la ciencia del peón-, no solamente se han mantenido bajo formas más o menos atenuadas, sino que renacen abundantemente y revisten un aspecto provocativo.
La famosa consigna: “Los cuadros lo deciden todo”, caracteriza mucho más francamente de lo que quisiera Stalin a la sociedad soviética. Por definición, los cuadros están llamados a ejercer la autoridad. El culto a los cuadros significa, ante todo, el de la burocracia, de la administración, de la aristocracia técnica. En la formación y en la educación de los cuadros, como en otros dominios, el régimen soviético realiza una labor que la burguesía ha terminado desde hace largo tiempo. Pero como los cuadros soviéticos aparecen bajo el estandarte socialista, exigen honores casi divinos y emolumentos cada vez más elevados. De manera que la formación de cuadros “socialistas” va acompañada por un renacimiento de la desigualdad burguesa.
Puede parecer que no existe ninguna diferencia, desde el punto de vista de la propiedad de los medios de producción, entre el mariscal y la criada, entre el director de trusts y el peón, entre el hijo del comisario del pueblo y el vagabundo. Sin embargo, los unos ocupan bellos departamentos, disponen de varias villas en diversos rincones del país, tienen los mejores automóviles y, desde hace largo tiempo, ya no saben cómo se limpia un par de zapatos; los otros viven en barracas, en las que faltan frecuentemente los tabiques, están familiarizados con el hambre y no se limpian los zapatos porque andan descalzos. Para el dignatario, esta diferencia no tiene importancia; para el peón, es de las más importantes.
Algunos “teóricos” superficiales pueden consolarse diciéndose que el reparto de bienes es un factor de segundo orden en comparación con la producción. Sin embargo, la dialéctica de las influencias recíprocas guarda toda su fuerza. El destino de los medios nacionalizados de producción se decidirá, a fin de cuentas, según la evolución de las diferentes condiciones personales. Si un vapor se declara propiedad colectiva, y los pasajeros quedan divididos en primera, segunda y tercera clase, es comprensible que la diferencia de las condiciones reales terminará por tener, a los ojos de los pasajeros de tercera, una importancia mucho mayor que el cambio jurídico de la propiedad. Por el contrario, los pasajeros de primera expondrán gustosamente, entre café y cigarrillos, que la propiedad colectiva es todo, que, comparativamente, la comodidad de los camarotes no es nada. Y el antagonismo resultante de estas situaciones asestará rudos golpes a una colectividad inestable.
La prensa soviética ha relatado con satisfacción que un chiquillo al visitar el jardín de aclimatación de Moscú preguntó a quién pertenecía el elefante, y al oír decir: “Al Estado”, concluyó inmediatamente: “Entonces también es un poco mío”. Si en realidad hubiera que repartir el elefante, los valiosos colmillos irían a los privilegiados, algunos dichosos apreciarían el jamón del paquidermo, y el mayor número tendría que contentarse con las tripas y las sobras. Los chiquillos perjudicados en el reparto se sentirían poco inclinados a confundir su propiedad con la del Estado. Los jóvenes vagabundos no tienen como propiedad más que lo que acaban de robar al Estado. Es muy probable que el chiquillo del jardín de aclimatación fuese el hijo de un personaje influyente habituado a pensar que “El Estado soy yo”.
Si traducimos, para expresarnos mejor, las relaciones socialistas en términos de Bolsa, los ciudadanos serían los accionistas de una empresa que poseyera las riquezas del país. El carácter colectivo de la propiedad supone un reparto “igualitario” de las acciones y, por tanto, un derecho a dividendos iguales para todos los “accionistas”. Los ciudadanos, sin embargo, participan en la empresa como accionistas y como productores. En la fase inferior del comunismo, que hemos llamado socialismo, la remuneración del trabajo se hace aún según las normas burguesas, es decir, de acuerdo con la cualificación del trabajo, su intensidad, etc.
Los ingresos teóricos de un ciudadano se forman, pues, de dos partes, a + b, el dividendo más el salario. Mientras más desarrollada es la técnica y la organización económica está más perfeccionada, mayor será la importancia del factor a con relación a b; y será menor la influencia ejercida sobre la condición material por las diferencias individuales del trabajo. El hecho de que las diferencias de salario en la U.R.S.S. no sean menores, sino mayores, que en los países capitalistas, nos impone la conclusión de que las acciones están repartidas desigualmente y que los ingresos de los ciudadanos implican, al mismo tiempo que un salario desigual, partes desiguales del dividendo. Mientras que el peón no recibe más que b, salario mínimo que recibiría en idénticas condiciones en una empresa capitalista, el stajanovista y el funcionario reciben 2a + b o 3a + b, y así sucesivamente. Por otra parte, b puede transformarse en 2b, 3b, etc. En otras palabras, la diferencía de los ingresos no sólo está determinada por la simple diferencia del rendimiento individual, sino por la apropiación enmascarada del trabajo de otros. La minoría privilegiada de los accionistas vive a costa de la mayoría expoliada.
Si se admite que el peón soviético recibe más de lo que recibiría, con el mismo nivel técnico y cultural, en una empresa capitalista, es decir, que es un pequeño accionista, su salario debe considerarse como a + b. Los salarios de 1as categorías mejor pagadas serán expresados, en este caso, por la fórmula 3a + 2b; 10a + 15b, etc., lo que significaría que mientras que el peón tiene una acción, el stajanovista tiene 3 y el especialista, 10; y que, además, sus salarios, en el sentido propio de la palabra, están en la proporción de 1 a 2 y a 15. Los himnos a la sagrada propiedad socialista parecen, bajo estas condiciones, mucho más convincentes para el director de fábrica o de trust o el stajanovista, que para el obrero ordinario o para el campesino del koljos. Ahora bien, los trabajadores no cualificados constituyen la inmensa mayoría en la sociedad, y el socialismo debe contar con ellos y no con una nueva aristocracia.
“El obrero no es, en nuestro país, un esclavo asalariado, un vendedor de trabajo-mercancía. Es un trabajador libre” (Pravda). En la actualidad, esta fórmula elocuente no es más que una inadmisible fanfarronada. El paso de las fábricas a poder del Estado no ha cambiado más que la situación jurídica del obrero; de hecho, vive en medio de la necesidad, trabajando cierto número de horas por un salario dado. Las esperanzas que el obrero fundaba antes en el partido y en los sindicatos, las ha trasladado, después de la Revolución, sobre el Estado que él mismo ha creado. Pero el trabajo útil de ese Estado se ha visto limitado por la insuficiencia de la técnica y de la cultura. Para mejorar una y otra, el nuevo Estado ha recurrido a los viejos métodos: agotamiento de los nervios y de los músculos de los trabajadores. Se ha formado todo un cuerpo de aguijoneadores. La gestión de la industria se ha hecho extremadamente burocrática. Los obreros han perdido toda influencia en la dirección de las fábricas. Trabajando por piezas, viviendo en medio de un malestar profundo, privado de la libertad de desplazarse, sufriendo hasta en la misma fábrica un terrible régimen policíaco, el obrero difícilmente podrá sentirse un “trabajor libre”. Para él, el funcionario es un jefe; el Estado, un amo. El trabajo libre es incompatible con la existencia del Estado burocrático.
Todo lo que acabamos de decir se aplica al campo, con algunos correctivos necesarios. La teoría oficial erige la propiedad de los koljoses en propiedad socialista. La Pravda escribe que los koljoses “ya son en realidad comparables a las empresas de Estado del tipo socialista”. Agrega inmediatamente que la “garantía del desarrollo socialista de la agricultura reside en la dirección de los koljoses por el partido bolchevique”, esto es trasladarnos de la economía a la política. Es decir, que las relaciones socialistas están establecidas, por el momento, no en las verdaderas relaciones entre los hombres, sino en el corazón tutelar de los superiores. Los trabajadores harán bien en desconfiar de este corazón. La verdad es que la economía de los koljoses está a medio camino entre la agricultura parcelaria individual y la economía estatal; y que las tendencias pequeñoburguesas en el seno de los koljoses son completadas, de la mejor manera, por el rápido crecimiento del haber individual de los campesinos.
Con sólo 4 millones de hectáreas, contra 108 millones de sembradíos colectivos, o sea menos del 4% las parcelas individuales de los miembros de los koljoses, sometidas a una cultura intensiva, proporcionan al campesino los artículos más indispensables para su consumo. La mayor parte del ganado mayor, de los corderos, de las cerdos, pertenece a los miembros de los koljoses y no a los koljoses. Sucede frecuentemente que los campesinos den a sus parcelas individuales el principal cuidado y releguen a segundo término los koljoses de débil rendimiento. Los koljoses que pagan mejor la jornada de trabajo ascienden, por el contrario, un escalón, formando una categoría de granjeros acomodados. Las tendencias centrífugas no desaparecen aún, por el contrario, se fortifican y se extienden. En cualquier caso, los koljoses por el momento no han logrado más que transformar las formas jurídicas de la economía en el campo; particularmente, en el modo de reparto de los ingresos; casi no han afectado a la antigua isba, a la hortaliza, a la cría de ganado, al ritmo del penoso trabajo de la tierra, ni aun a la antigua manera de considerar al Estado, que si ya no sirve a los propietarios territoriales y a la burguesía, toma demasiado al campo para la ciudad y mantiene a demasiados funcionarios voraces.
Las categorías siguientes figurarán en el censo del 6 de enero de 1937: obreros, empleados, trabajadores de koljoses, cultivadores individuales, artesanos, profesiones libres, servidores del culto, no trabajadores. El comentario oficial precisa que no se incluyan otras rúbricas porque no hay clases en la U.R.S.S. En realidad tal estadística esta concebida para disimular la existencia de medios privilegiados y de bajos fondos desheredados. Las verdaderas capas sociales a las que se hubiera debido señalar, por medio de un censo honrado, son éstas: altos funcionarios, especialistas y otras personas que viven burguesamente; capas medias e inferiores de funcionarios y especíalistas que viven como pequeño burgueses; aristocracia obrera y koljosiana, situada casi en las mismas condiciones que los anteriores; obreros medios; campesinos medios de los koljoses; obreros y campesinos próximos al lumpen proletariado o proletariado “declasséé”; jóvenes vagabundos, prostitutas y otros.
Cuando la nueva constitución declara que “la explotación del hombre por el hombre se ha abolido en la U.R.S.S.” dice lo contrario de la verdad. La nueva diferenciación social ha creado las condiciones para un renacimiento de la explotación bajo las formas más bárbaras, como son la compra del hombre para el servicio personal de otro. El servicio doméstico no figura en las hojas de censo, debiendo comprenderse, evidentemente, en la rúbrica “obreros”. Los problemas siguientes no se plantean: ¿El ciudadano soviético tiene domésticos, y cuáles (camarera, cocinera, nodriza, niñera, chofer)? ¿Tiene un auto a su servicio? ¿De cuántas piezas dispone? No se habla de la magnitud de su salario. Si volviera a ponerse en vigor la regla soviética que priva de derechos políticos a quien explote el trabajo de otro, se vería que las cumbres dirigentes de la sociedad soviética debían ser privadas del beneficio de la constitución. Felizmente, se ha establecido una igualdad completa de los derechos... entre el amo y los criados.
Dos tendencias opuestas se desarrollan en el seno del régimen. Al desarrollar las fuerzas productivas -al contrario del capitalismo estancado-, ha creado los fundamentos económicos del socialismo. Al llevar hasta el extremo -con su complacencia para los dirigentes- las normas burguesas del reparto, preparan una restauración capitalista. La contradicción entre las formas de la propiedad y las normas de reparto, no puede crecer indefinidamente. De manera es, que las normas burguesas tendrán que extenderse a los medios de producción, o las normas de reparto tendrán que concederse a la propiedad socialista. La burocracia teme la revelación de esta alternativa. En todas partes: en la prensa, en la tribuna, en la estadística, en las novelas de sus escritores y en los versos de sus poetas, en el texto de su nueva constitución, emplea las abstracciones del vocabulario socialista para ocultar las relaciones sociales en las ciudades y en el campo. Esto es lo que hace tan falsa, tan mediocre y tan artificial la ideología oficial.

¿Capitalismo de Estado?

Ante fenómenos nuevos, los hombres suelen buscar un refugio en las palabras viejas. Se ha tratado de disfrazar el enigma soviético con el término: “capitalismo de estado”, que presenta la ventaja de no ofrecerle a nadie un significado preciso. Sirvió primero para designar los casos en que el Estado burgués asume la gestión de los medios de transporte y de determinadas industrias. La necesidad de medidas semejantes es uno de los síntomas de que las fuerzas productivas del capitalismo superan al capitalismo y lo niegan parcialmente en la práctica. Pero el sistema se sobrevive y sigue siendo capitalista, a pesar de los casos en que llega a negarse a sí mismo.
En el plano de la teoría, podemos representarnos una situación en la que la burguesía entera se constituyera en sociedad por acciones para administrar, por medio del Estado, a toda la economía nacional. El mecanismo económico de un régimen de esta especie no ofrecería ningun misterio. El capitalista, lo sabemos, no recibe bajo forma de beneficio la plusvalía creada por sus propios obreros, sino una fracción de la plusvalía del país entero, proporcional a su parte de capital. En un “capitalismo de Estado” integral, la ley del reparto igual de los beneficios se aplicaría directamente, sin concurrencia de los capitales, por medio de una simple operación de contabilidad. Jamás ha existido un régimen de este género, ni lo habrá jamás, a causa de las contradicciones profundas que dividen a los poseedores entre sí, y tanto más cuanto que el Estado, representante único de la propiedad capitalista, constituiría para la revolución social un objeto demasiado tentador.
Después de la guerra, y, sobre todo, después de las experiencias de la economía fascista, se entiende por “capitalismo de estado” un sistema de intervención y de dirección económica por el Estado. Los franceses usan en tal caso una palabra mucho más apropiada: el estatismo. El capitalismo de Estado y el estatismo se tocan indudablemente: pero como sistemas, serían mas bien opuestos. El capitalismo de estado significa la sustitución de la propiedad privada por la propiedad estatizada, y conserva, por esto mismo, un carácter parcial. El estatismo -así sea la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler, los Estados Unidos de Roosevelt o la Francia de Leon Blum-, significa la intervención del Estado sobre las bases de la propiedad privada, para salvarla. Cualesquiera que sean los programas de los gobiernos, el estatismo consiste, inevitablemente, en trasladar las cargas del sistema agonizante de los más fuertes a los más débiles. Salva del desastre a los pequeños propietarios, únicamente porque su existencia es necesaria para el sostenimiento de la gran propiedad. El estatismo, en sus esfuerzos de economía dirigida, no se inspira en la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas, sino en la preocupación de conservar la propiedad privada en detrimento de las fuerzas productivas que se rebelan contra ella. El estatismo frena el desarrollo de la técnica, al sostener a empresas no viables y al mantener capas sociales parasitarias; en una palabra, es profundamente reaccionario. La frase de Mussolini: “Las tres cuartas partes de la economía italiana, industrial y agrícola, están en manos del Estado” (26 de mayo de 1934), no debe tomarse al pie de la letra. El Estado fascista no es propietario de las empresas, no es más que un intermediario entre los capitalistas. ¡Diferencia apreciable! El Popolo d’Italia dice a ese respecto: “El Estado corporativo une y dirige la economía, pero no la administra (dirige e porta alla unitá l’economía, ma non fa 1’economía, non gestice), lo que no sería otra cosa, con el monopolio de la producción, que el colectivismo” (12 de junio de 1936). Con los campesinos en general, con los pequeños propietarios, la burocracia interviene como un poderoso señor; con los magnates del capital, como su primer poder. “El Estado corporativo -escribe justamente el marxista italiano Feroci-, no es más que el agente del capital monopolista... Mussolini hace que el Estado corra con todos los riesgos de las empresas y deja a los capitalistas todos los beneficios de la explotación”. En este aspecto, Hitler sigue las huellas de Mussolini. La dependencia de clase del Estado fascista determina los límites de la nueva economía dirigida, y también su contenido real; no se trata de aumentar el poder del hombre sobre la naturaleza en interés de la sociedad, sino de explotar a la sociedad en interés de una minoría. “Si yo quisiera -se alababa Mussolini-, establecer en Italia el capitalismo de estado o el socialismo de estado, lo que no sucederá, encontraría en la actualidad todas las condiciones necesarias”. Salvo una: la expropiación de la clase capitalista. Y para realizar esta condición, el fascismo tendría que colocarse del otro lado de la barricada, “lo que no sucederá”, se apresura a añadir Mussolini, y con razón, pues la expropiación de los capitalistas necesita otras fuerzas, otros cuadros y otros jefes.
La primera concentración de los medios de producción en manos del Estado conocida por la historia, la realizó el proletariado por medio de la revolución social, y no los capitalistas por medio de los trusts estatizados. Este breve análisis basta para mostrar cuán absurdas son las tentativas de identificar el estatismo capitalista con el sistema soviético. El primero es reaccionario, el segundo realiza un gran progreso.

¿La burocracia es una clase dirigente?

Las clases se definen por el sitio que ocupan en la economía social y, sobre todo, con relación a los medios de producción. En las naciones civilizadas, la ley fija las relaciones de propiedad. La nacionalización del suelo, de los medios de producción, de los transportes y de los cambios, así como el monopolio del comercio exterior, forman las bases de la sociedad soviética. Para nosotros, esta adquisición de la revolución proletaria define a la U.R.S.S. como un Estado proletario.
Por la función de reguladora y de intermediaria, por el cuidado que tiene en mantener la jerarquía social, por la explotación, con estos mismos fines, del aparato del Estado, la burocracia soviética se parece a cualquier otra y, sobre todo, a la del fascismo. Pero también se distingue de ésta en caracteres de una extremada importancia. Bajo ningún otro régimen, la burocracia alcanza semejante independencia. En la sociedad burguesa, la burocracia representa los intereses de la clase poseedora e instruida, que dispone de gran número de medios de control sobre sus administraciones. La burocracia soviética se ha elevado por encima de una clase que apenas salía de la miseria y de las tinieblas, y que no tenía tradiciones de mando y de dominio. Mientras que los fascistas, una vez llegados al poder, se alían a la burguesía por los intereses comunes, la amistad, los matrimonios, etc., etc., la burocracia de la U.R.S.S. asimila las costumbres burguesas sin tener a su lado a una burguesía nacional. En este sentido no se puede negar que es algo más que una simple burocracia. Es la única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras, en la sociedad soviética.
Otra particularidad presenta igual importancia. La burocracia soviética ha expropiado políticamente al proletariado para defender con sus propios métodos las conquistas sociales de éste. Pero el hecho mismo de que se haya apropiado del poder en un país en donde los medios de producción más importantes pertenecen al Estado, crea, entre ella y las riquezas de la nación, relaciones enteramente nuevas. Los medios de producción pertenecen al Estado. El Estado “pertenece”, en cierto modo, a la burocracia. Si estas relaciones completamente nuevas se estabilizaran, se legalizaran, se hicieran normales, sin resistencia o contra la resistencia de los trabajadores, concluirían por liquidar completamente las conquistas de la revolución proletaria. Pero esta hipótesis es prematura. El proletariado aún no ha dicho su última palabra. La burocracia no le ha creado una base social a su dominio, bajo la forma de condiciones particulares de propiedad. Está obligada a defender la propiedad del Estado, fuente de su poder y de sus rentas. Desde este punto de vista, sigue siendo el instrumento de la dictadura del proletariado.
Las tentativas de presentar a la burocracia soviética como una clase “capitalista de estado”, no resiste a la crítica. La burocracia no tiene títulos ni acciones. Se recluta, se completa y se renueva gracias a una jerarquía administrativa, sin tener derechos particulares en materia de propiedad. El funcionario no puede transmitir a sus herederos su derecho de explotación del Estado. Los privilegios de la burocracia son abusos. Oculta sus privilegios y finge no existir como grupo social. Su apropiación de una inmensa parte de la renta nacional es un hecho de parasitismo social. Todo esto hace la situación de los dirigentes soviéticos altamente contradictoria, equívoca e indigna, a pesar de la plenitud del poder y de la pantalla de humo de las adulaciones.
En el curso de su carrera, la sociedad burguesa ha cambiado muchas veces de regímenes y de castas burocráticas, sin modificar, por eso, sus bases sociales. Se ha inmunizado contra la restauración del feudalismo y de sus corporaciones, por la superioridad de su modo de producción. El poder sólo podía secundar o estorbar el desarrollo capitalista; las fuerzas productivas, fundadas sobre la propiedad privada y la concurrencia, trabajan por su propia cuenta. Al contrario de ésto, las relaciones de propiedad establecidas por la revolución socialista, están indisolublemente ligadas al nuevo Estado que las sostiene. El predominio de las tendencias socialistas sobre las tendencias pequeñoburguesas no está asegurado por el automatismo económico -aún estamos lejos de ello- sino por el poder político de la dictadura. Así es que el carácter de la economía depende completamente del poder.
La caída del régimen soviético provocaría infaliblemente la de la economía planificada y, por tanto, la liquidación de la propiedad estatizada. El lazo obligado entre los trusts y las fábricas en el seno de los primeros, se rompería. Las empresas más favorecidas serían abandonadas a sí mismas. Podrían transformarse en sociedades por acciones o adoptar cualquier otra forma transitoria de propiedad, tal como la participación de los obreros en los beneficios. Los koljoses se disgregarían al mismo tiempo, y con mayor facilidad. La caída de la dictadura burocrática actual, sin que fuera reemplazada por un nuevo poder socialista, anunciaría, también, el regreso al sistema capitalista con una baja catastrófica de la economía y de la cultura.
Pero si el poder socialista es aún absolutamente necesario para la conservación y el desarrollo de la economía planificada, el problema de saber sobre qué se apoya el poder soviético actual y en qué medida el espíritu socialista de su política está asegurado, se hace cada vez más grave. Lenin, hablando al XI Congreso del partido como si le diera sus adioses, decía a los medios dirigentes: “La historia conoce transformaciones de todas clases; en política no es serio contar con las convicciones, la devoción y las bellas cualidades del alma...” La condición determina la conciencia. En unos quince años, el poder modificó la composición social de los medios dirigentes más profundamente que sus ideas. Como la burocracia es la capa social que ha resuelto mejor su propio problema social, está plenamente satisfecha de lo que sucede y, por eso mismo, no proporciona ninguna garantía moral en la orientación socialista de su política. Continúa defendiendo la propiedad estatizada por miedo al proletariado. Este temor saludable lo mantiene y alimenta el partido ilegal de los bolcheviques-leninistas, que es la expresión más consciente de la corriente socialista contra el espíritu de reacción burguesa que penetra profundamente a la burocracia thermidoriana.. Como fuerza política consciente, la burocracia ha traicionado a la revolución. Pero, por fortuna, la revolución victoriosa no es solamente una bandera, un programa, un conjunto de instituciones políticas; es, también, un sistema de relaciones sociales. No basta traicionarla, es necesario, además, derrumbarla. Sus dirigentes han traicionado a la Revolución de Octubre pero no la han derrumbado, y la revolución tiene una gran capacidad de resistencia que coincide con las nuevas relaciones de propiedad, con la fuerza viva del proletariado, con la conciencia de sus mejores elementos, con la situación sin salida del capitalismo mundial, con la ineluctabilidad de la revolución mundial.

El problema del carácter social de la U.R.S.S. aún no está resuelto por la historia

Para comprender mejor el carácter social de la U.R.S.S. de hoy, formulemos dos hipótesis para el futuro. Supongamos que la burocracia soviética es arrojada del poder por un partido revolucionario que tenga todas las cualidades del viejo partido bolchevique; y que, además, esté enriquecido con la experiencia mundial de los últimos tiempos. Este partido comenzaría por restablecer la democracia en los sindicatos y en los soviets. Podría y debería restablecer la libertad de los partidos soviéticos. Con las masas, a la cabeza de las masas, procedería a una limpieza implacable de los servicios del Estado; aboliría los grados, las condecoraciones, los privilegios, y restringiría la desigualdad en la retribución del trabajo, en la medida que lo permitieran la economía y el Estado. Daría a la juventud la posibilidad de pensar libremente, de aprender, de criticar, en una palabra, de formarse. Introduciría profundas modificaciones en el reparto de la ren ta nacional, conforme a la voluntad de las masas obreras y campesinas. No tendría que recurrir a medidas revolucionarias en materia de propiedad. Continuaría y ahondaría la experiencia de la economía planificada. Después de la revolución política, después de la caída de la burocracia, el proletariado realizaría en la economía importantísimas reformas sin que necesitara una nueva revolución social.
Si, por el contrario, un partido burgués derribara a la casta soviética dirigente, encontraría no pocos servidores entre los burócratas actuales, los técnicos, los directores, los secretarios del partido y los dirigentes en general. Una depuración de los servicios del Estado también se impondría en este caso; pero la restauración burguesa tendría que deshacerse de menos gente que un partido revolucionario. El objetivo principal del nuevo poder sería restablecer la propiedad privada de los medios de producción. Ante todo, debería dar a los koljoses débiles la posibilidad de formar grandes granjeros, y transformar a los koljoses ricos en cooperativas de producción de tipo burgués o en sociedades por acciones. En la industria, la desnacionalización comenzaría por las empresas de la industria ligera y las de alimentación. En los primeros momentos, el plan se reduciría a compromisos entre el poder y las “corporaciones”, es decir, los capitanes de la industria soviética, sus propietarios potenciales, los antiguos propietarios emigrados y los capitalistas extranjeros. Aunque la burocracia soviética haya hecho mucho por la restauración burguesa, el nuevo régimen se vería obligado a llevar a cabo, en el régimen de la propiedad y el modo de gestión, una verdadera revolución y no una simple reforma.
Sin embargo, admitamos que ni el partido revolucionario ni el contrarrevolucionario se adueñen del poder. La burocracia continúa a la cabeza del Estado. La evolución de las relaciones sociales no cesa. Es evidente que no puede pensarse que la burocracia abdicará en favor de la igualdad socialista. Ya desde ahora se ha visto obligada, a pesar de los inconvenientes que esto presenta, a restablecer los grados y las condecoraciones; en el futuro, será inevitable que busque apoyo en las relaciones de propiedad. Probablemente se objetará que poco importan al funcionario elevado las formas de propiedad de las que obtiene sus ingresos. Esto es ignorar la inestabilidad de los derechos de la burocracia y el problema de su descendencia. El reciente culto de la familia soviética no ha caído del cielo. Los privilegios que no se pueden legar a los hijos pierden la mitad de su valor; y el derecho de testar es inseparable del derecho de propiedad. No basta ser director del trust, hay que ser accionista. La victoria de la burocracia en ese sector decisivo crearía una nueva clase poseedora. Por el contrario, la victoria del proletariado sobre la burocracia señalaría el renacimiento de la revolución socialista. La tercera hipótesis nos conduce, así, a las dos primeras, que citamos primero para mayor claridad y simplicidad.

* * *

Calificar de transitorio o de intermediario al régimen soviético, es descartar las categorías sociales acabadas como el capitalismo (incluyendo al “capitalismo de estado”) y el socialismo. Pero esta definición es, en sí misma, insuficiente y susceptible de sugerir la idea falsa de que la única transición posible al régimen soviético conduce al socialismo. Sin embargo, un retroceso hacia el capitalismo sigue siendo perfectamente posible. Una definición mas completa sería, necesariamente, más larga y más pesada.
La U.R.S.S. es una sociedad intermediaria entre el capitalismo y el socialismo, en la que: a) Las fuerzas productivas son aún insuficientes para dar a la propiedad del Estado un carácter socialista; b) La tendencia a la acumulación primitiva, nacida de la sociedad, se manifiesta a través de todos los poros de la economía planificada; c) Las normas de reparto, de naturaleza burguesa, están en la base de la diferenciación social; d) El desarrollo económico, al mismo tiempo que mejora lentamente la condición de 1os trabajadores, contribuye a formar rápidamente una capa de privilegiados; e) La burocracia, al explotar los antagonismos sociales, se ha convertido en una casta incontrolada, extraña al socialismo; f) La revolución social, traicionada por el partido gobernante, vive aún en las relaciones de propiedad y en la conciencia de los trabajadores; g) La evolución de las contradicciones acumuladas puede conducir al socialismo o lanzar a la sociedad hacia el capitalismo; h) La contrarrevolución en marcha hacia el capitalismo, tendrá que romper la resistencia de los obreros; i) Los obreros, al marchar hacia el socialismo, tendrán que derrocar a la burocracia. El problema será resuelto definitivamente por la lucha de las dos fuerzas vivas en el terreno nacional y en el internacional. Naturalmente que los doctrinarios no quedarán satisfechos con una definición tan facultativa. Quisieran fórmulas categóricas; sí y sí, no y no. Los fenómenos sociológicos serían mucho mas simples si los fenómenos sociales tuviesen siempre contornos precisos. Pero nada es más peligroso que eliminar, para alcanzar la precisión lógica, los elementos que desde ahora contrarían a nuestros esquemas y que mañana pueden refutarlos. En nuestro análisis tememos, ante todo, violentar el dinamismo de una formación social sin precedentes y que no tiene analogía. El fin científico y político que perseguimos no es dar una definición acabada de un proceso inacabado, sino observar todas las fases del fenómeno, y desprender de ellas las tendencias progresistas y las reaccionarias, revelar su interacción, prever las diversas variantes del desarrollo ulterior y encontrar en esta previsión un punto de apoyo para la acción.

CAPITULO XI: ¿ADONDE VA LA U.R.S.S.?

El bonapartismo, régimen de crisis

El problema que en su debido tiempo planteamos ante el lector: ¿Cómo es posible que el grupo dirigente, a pesar de sus errores innumerables, haya podido adquirir un poder ilimitado?, o en otras palabras: ¿Cómo explicar el contraste entre la mediocridad ideológica de los thermidorianos y su poderío material?, permite, ahora, que le demos una respuesta más concreta y categórica. La sociedad soviética no es armoniosa. Lo que es vicio para una clase o capa social, es virtud para la otra. Si, desde el punto de vista de las formas socialistas de la sociedad, la política de la burocracia asombra por sus contradicciones y sus discordancias, aparece muy consecuente desde el punto de vista de la consolidación de los nuevos dirigentes.
El apoyo del Estado al campesino acomodado (1923-1928) implicaba un peligro mortal para el porvenir del socialismo. En revancha, la burocracia, ayudada por la pequeña burguesía, logró maniatar a la vanguardia proletaria y aplastar la oposición bolchevique. Lo que era “error” desde el punto de vista socialista, era un claro beneficio desde el punto de vista de los intereses de la burocracia. Pero, cuando el kulak se hizo amenazante para ella, la burocracia se volvió contra el kulak. La exterminación pánica de los campesinos acomodados, extendida a los campesinos medios, no costó menos cara al país que una invasión extranjera, pero la burocracia guardó sus posiciones. Una vez derrotado el aliado de ayer, se dedicó a formar con toda energía una nueva aristocracia. ¿Sabotaje del socialismo? Evidentemente; pero también consolidación de la casta gobernante. La burocracia se parece a todas las castas dirigentes en que está dispuesta a cerrar los ojos ante las faltas más groseras de sus jefes en la política general, si, a cambio, le son absolutamente fieles en la defensa de sus privilegios. Mientras los nuevos amos están más inquietos, más aprecian la represión sin piedad de la menor amenaza a sus bien adquiridos derechos. Esto es lo que una casta de advenedizos toma en cuenta para elegir a sus jefes. Y ese es el secreto de Stalin.
Pero el poderío y la independencia de la burocracia no pueden crecer indefinidamente. Hay factores históricos más fuertes que los mariscales, y aun que los secretarios generales. La racionalización de la economía no se concibe sin un inventario preciso; y el inventario es incompatible con la arbitrariedad burocrática. La preocupación por restablecer un rublo estable, es decir, independiente de los “jefes”, se la inspira a la burocracia la contradicción cada vez más acentuada entre el poder absoluto de la misma y el desarrollo de las fuerzas productivas del país. Del mismo modo, la monarquía absoluta fue incompatible con el desarrollo del mercado burgués. El cálculo monetario tiene que dar una forma más abierta a la lucha de las diversas capas de la población por el reparto de la renta nacional. La tarifa de los salarios, casi indiferente para el obrero en la época de las cartillas de racionamiento, adquiere para él una importancia capital; y desde entonces se plantea el problema de los sindicatos. El nombramiento de los funcionarios sindicales, hecho desde arriba, tropezará con una resistencia cada vez más tenaz. En fin, el trabajo por pieza hace que el obrero se interese por la buena dirección de las fábricas. Los stajanovistas se quejan cada vez más de los defectos de la organización y de la producción. El nepotismo buracrático en la designación de los directores, de los ingenieros y del personal industrial en general, se hace cada vez menos tolerable. La cooperación y el comercio estatizados han descendido mucho más que bajo la dependencia de los consumidores. Los koljoses y sus miembros aprenden a traducir sus relaciones con el Estado en el idioma de las cifras y no siempre sufrirán que se les designe administradores cuyo único mérito es, con frecuencia, convenir a los burócratas locales. El rublo promete llevar la luz al dominio más secreto: el de los ingresos lícitos e ilícitos de la burocracia. Y la circulación monetaria, al transformarse, en un país políticamente ahogado, en el medio poderoso de la movilización de las fuerzas de oposición, anuncia la decadencia del absolutismo “ilustrado”.
Mientras que el crecimiento de la industria y la entrada de la agricultura en la esfera del plan, complican extremadamente la tarea de la dirección al poner en primer plano el problema de la calidad, la burocracia mata la iniciativa creadora y el sentimiento de responsabilidad, sin los cuales no puede haber progreso cualitativo. Las llagas del sistema son, probablemente, menos visibles en la industria pesada, pero la roen al mismo tiempo que a la cooperación, a la industria ligera y alimenticia, a los koljoses, a las industrias locales, es decir, a todas las ramas de la producción próximas al consumidor.
El papel progresista de la burocracia soviética coincide con el período de asimilación. El gran trabajo de imitación, de injerto, de transferencia, de aclimataciones, se ha hecho en el terreno preparado por la revolución. Hasta ahora, no se ha tratado de innovar en el dominio de las ciencias, de la técnica o del arte. Se pueden construir fábricas gigantes según modelos importados del extranjero por mandato burocrático, y pagándolas, es cierto, al triple de su precio. Pero mientras más lejos se vaya, más se tropezará con el problema de la calidad, que escapa a la burocracia como una sombra. Parece que la producción está marcada con el sello gris de la indiferencia. En la economía nacionalizada, la calidad supone la democracia de los productores y de los consumidores, la libertad de crítica y de iniciativa, cosas incompatibles con el régimen totalitario del miedo, de la mentira y de la adulación.
Al lado del problema de la calidad se plantean otros, más grandiosos y más complejos, que se pueden abarcar en la rúbrica de la acción creadora técnica y cultural. Un filósofo antiguo sostuvo que la discusión era la madre de todas las cosas. En donde el choque de las ideas es imposible, no pueden crearse nuevos valores. La dictadura revolucionaria, lo admitimos, constituye en sí misma una severa limitación a la libertad. Justamente por eso, las épocas revolucionarias jamás han sido propicias a la creación cultural para la que preparan el terreno. La dictadura del proletariado abre al genio humano un horizonte tanto más vasto cuanto más deje de ser una dictadura. La civilización socialista no se desarrollará más que con la agonía del Estado. Esta ley simple e inflexible implica la condenación sin recurso posible del actua1 régimen político de la U.R.S.S. La democracia soviética no es una reivindicación política abstracta o moral. Ha llegado a ser un asunto de vida o muerte para el país.
Si el nuevo Estado no tuviera otros intereses que los de la sociedad, la agonía de sus funciones de coerción sería gradual e indolora. Pero el Estado no está desencarnado. Las funciones específicas se han creado sus órganos. La burocracia, considerada en su conjunto, se preocupa menos de la función que del tributo que ésta le proporciona. La casta gobernante trata de perpetuar y de consolidar los órganos de la coerción; no respeta nada ni a nadie para mantenerse en el poder y conservar sus ingresos. Mientras el curso de las cosas le es más contrario, más implacable se muestra para los elementos avanzados del pueblo. Así como la Iglesia Católica, la burocracia ha formulado su dogma de la infalibilidad después de que comenzó su decadencia, pero enseguida lo ha colocado a una altura en la que el Papa no puede soñar.
La divinización cada vez más imprudente de Stalin es, a pesar de lo que tiene de caricaturesco, necesaria para el régimen. La burocracia necesita un árbitro supremo inviolable, primer cónsul a falta de emperador, y eleva sobre sus hombros al hombre que responde mejor a sus pretensiones de dominación. La “firmeza” del jefe, tan admirada por los dilettanti literarios de Occidente, no es más que la resultante de la presión colectiva de una casta dispuesta a todo para defenderse. Cada funcionario profesa que “el Estado es él”. Cada uno se encuentra fácilmente en Stalin. Stalin descubre en cada uno el soplo de su espíritu. Stalin personifica la burocracia, lo que le da su personalidad política.
El cesarismo o su forma burguesa, el bonapartismo, entra en escena en la historia cuando la áspera lucha de dos adversarios parece elevar el poder sobre la nación, y asegura a los gobernantes una independencia aparente con relación a las clases; cuando en realidad no les deja más que la libertad que necesitan para defender a los privilegiados. Elevándose sobre una sociedad políticamente atomizada, apoyado sobre la policía y el cuerpo de oficiales, sin tolerar ningún control, el régimen stalinista constituye una variedad manifiesta del bonapartismo, de un tipo nuevo, sin semejanza hasta ahora. El cesarismo nació en una sociedad fundada sobre la esclavitud y transtornada por las luchas intestinas. El bonapartismo fue uno de los instrumentos del régimen capitalista en sus períodos críticos. El stalinismo es una de sus variedades, pero sobre las bases del Estado obrero, desgarrado por el antagonismo entre la burocracia soviética organizada y armada y las masas laboriosas desarmadas.
Como la historia lo comprueba, el bonapartismo se acomoda muy bien con el sufragio universal y aun con el voto secreto. El plebiscito es uno de sus atributos democráticos. Los ciudadanos son invitados de vez en cuando a pronunciarse por o contra el jefe; y los votantes sienten en las sienes el ligero frío de un cañón de revólver. Desde Napoleón III, que hoy haría figura de dilettanti provinciano, la técnica plebiscitaria ha alcanzado perfeccionamientos extraordinarios. La nueva Constitución soviética, al instituir un bonapartismo plebiscitario, es la coronación del sistema.
El bonapartismo soviético se debe, en último análisis, al retraso de la revolución mundial. La misma causa ha engendrado el fascismo en los países capitalistas. Llegamos a una conclusión a primera vista inesperada, pero en realidad irreprochable; que el estrangulamiento de la democracia soviética por la burocracia todopoderosa y las derrotas infligidas a la democracia en otros países, se deben a la lentitud con que el proletariado mundial cumple la misión que le ha asignado la historia. A pesar de la profunda diferencia de sus bases sociales, el stalinismo y el fascismo son fenómenos simétricos; en muchos de sus rasgos tienen una semejanza asombrosa. Un movimiento revolucionario victorioso, en Europa, quebrantaría al fascismo y al bonapartismo soviético. La burocracia stalinista tiene razón cuando vuelve la espalda a la revolución internacional; obedece, al hacerlo, al instinto de conservación.

La lucha de la burocracia contra “el enemigo de clase”

En los primeros tiempos del régimen soviético, el partido sirvió de contrapeso a la burocracia; ésta administraba al Estado, el partido lo controlaba. Vigilando con celo, para que la desigualdad no sobrepasara los límites de lo necesario, el partido siempre estaba en lucha abierta o velada contra la burocracia. El papel histórico de la fracción stalinista fue el de suprimir esta dualidad, subordinando el partido a sus propias oficinas y fusionando las oficinas del partido y del Estado. Así se creó el régimen totalitario actual. La victoria de Stalin fue asegurada por el servicio definitivo que hacía a la burocracia.
Durante los diez primeros años, la Oposición de Izquierda trató de conquistar ideológicamente al partido sin lanzarse contra él a la conquista del poder. La palabra de orden era: “Reforma y no revolución”. Sin embargo, la burocracia estaba dispuesta, desde entonces, a cualquier golpe de Estado para defenderse contra una reforma democrática. Cuando en 1927 el conflicto se hizo demasiado agudo, Stalin, volviéndose hacia la oposición en el Comité Central, exclamó: “Estos cuadros no los deshareis más que por la guerra civil”. Las derrotas del proletariado europeo han hecho de esta amenaza una realidad histórica. El camino de la reforma se ha transformado en el de la revolución.
Las incesantes depuraciones del partido y de las organizaciones soviéticas tienen por objeto impedir la manifestación del descontento de las masas. Pero las represiones no matan el pensamiento, no hacen más que sumergirlo. Comunistas y sin partido tienen dos convicciones: la oficial y la secreta. La delación y la inquisición devoran a la sociedad. La burocracia califica invariablemente a sus adversarios como enemigos del socialismo. Usando fraudes judiciales, a tal grado que este hábito ha entrado en las costumbres corrientes, les imputa los peores crímenes. Arranca a los acusados, bajo amenaza de muerte, confesiones que ella misma les dicta y de las que se sirve en seguida para acusar a los más firmes.
Pravda, comentando la Constitución “más democrática del mundo”, escribía, el 5 de junio de 1936, que “sería imperdonablemente torpe” creer que, a pesar de la liquidación de las clases, “las fuerzas de las clases hostiles al socialismo se hayan resignado a su derrota... La lucha continúa”.¿Cuáles son estas “fuerzas hostiles”? Helas aquí: “Los restos de los grupos contrarrevolucionarios, de los guardias blancos de todo jaez y, sobre todo, de la variedad trotskista-zinovievista...”. Después de la inevitable mención del “espionaje y de la acción terrorista y destructiva” (de los trotskistas y de los zinovievistas), el órgano de Stalin promete: “Continuaremos anonadando con mano firme a los enemigos del pueblo, los reptiles y las furias trotskistas, cualquiera que sea su hábil disfraz”. Estas amenazas, repetidas diariamente por la prensa, no hacen más que acompañar el trabajo de la G.P.U. Un tal Petrov, miembro del partido desde 1918, combatiente de la guerra civil, agrónomo soviético posteriormente, y opositor de derecha, se evadió en 1936 de la deportación, y al llegar al extranjero, en un periódico de la emigración liberal, escribió sobre los trotskistas lo que sigue: “¿Elementos de izquierda? Psicológicamente son los últimos revolucionarios. Auténticos, ardientes. Nada de compromisos. Hombres admirables. Ideas idiotas... El incendio del mundo y ese género de visiones...”. Dejemos el asunto de las “ideas”. El juicio moral que de los elementos de izquierda hacen sus adversarios de derecha, es de una elocuencia espontánea. Justamente a estos “últimos revolucionarios, auténticos y ardientes”, los generales y los coroneles de la G.P.U. acusan de contrarrevolucionarios en interés del imperialismo.
La historia burocrática, rencorosamente azuzada contra la oposición bolchevique, adquiere un significado político clarísimo ante la derogación de las restricciones dictadas contra las personas de origen burgués. Los decretos conciliadores que les facilitan el acceso a los empleos y a los estudios superiores, proceden de la idea de que la resistencia de las clases dominantes cesa, mientras que el nuevo orden se muestra inquebrantable. “Estas restricciones se han vuelto superfluas”, explicaba Molotov en la sesión del Ejecutivo de enero de 1936. En el mismo momento se descubre que los peores “enemigos de clase” se reclutan entre los hombres que han combatido toda su vida por el socialismo, comenzando por los colaboradores más cercanos de Lenin, como Zinoviev y Kamenev. A diferencia de la burguesía, los “trotskistas”, si creemos a Pravda, se sienten tanto más “exasperados” cuanto más luminosamente se “dibujan los contornos de la sociedad sin clases”. Esta filosofía delirante, nacida de la necesidad de justificar nuevas situaciones por medio de fórmulas viejas, no puede engañar, naturalmente, sobre el desplazamiento real de los antagonismos sociales. Por una parte, la creación de “notables” abre las puertas a los retoños más ambiciosos de la burguesía, pues nada se arriesga al concederles la igualdad de derechos. Por otra, el mismo hecho provoca el descontento agudo y peligrosísimo de las masas y, principalmente, de la juventud obrera. Así se explica la campaña contra “los reptiles y las furias trotskistas”.
La espada de la dictadura, que hería antaño a los partidarios de la restauración burguesa, se abate ahora sobre los que se rebelan contra la burocracia. Hiere a la vanguardia del proletariado y no a los enemigos de clase del mismo. En relación con la modificación capital de sus funciones, la policía política, formada antes por los bolcheviques más celosos y dispuestos al sacrificio, se transforma en el elemento más gangrenado de la burocracia.
Para proscribir a los revolucionarios, los thermidorianos ponen todo el odio que les inspiran hombres que les recuerdan el pasado y que les hacen temer el porvenir. Los bolcheviques más firmes y más fieles, la flor del partido, son enviados a las prisiones, a los rincones perdidos de Siberia y de Asia Central, a los numerosos campos de concentración. En las prisiones mismas y en los sitios de deportación, los opositores siguen siendo víctimas de los registros, del bloqueo postal, del hambre. Las mujeres son arrancadas a sus maridos, con el objeto de quebrantar a ambos y obligarlos a abjurar. Por lo demás, la abjuración no los salva; a la primera sospecha o a la primera renuncia, el arrepentido es doblemente castigado. El auxilio proporcionado a los deportados, aun por sus propios parientes, es considerado como un crimen. La ayuda, como un complot. En estas condiciones, la huelga de hambre es el único medio de defensa que les queda a los perseguidos. La G.P.U. responde a ella con la alimentación forzada, a menos de que deje a sus prisioneros la libertad de morir. Centenares de revolucionarios rusos y extranjeros han sido impulsados, durante los últimos años, a huelgas de hambre mortales, se les ha fusilado o llevado al suicidio. En doce años, el gobierno ha anunciado varias veces la extirpación definitiva de la oposición. Pero durante la “depuración” de los últimos meses de 1935 y del primer semestre de 1936, centenares de millares de comunistas han sido excluidos nuevamente del partido, entre los que se cuentan varias decenas de millares de “trotskistas”. Los más activos han sido arrestados inmediatamente, encarcelados o enviados a los campos de concentración. En cuanto a los otros, Stalin ordenó a las autoridades locales, por medio de Pravda, que no se les diera trabajo. En un país en donde el Estado es el único patrón, una medida de este género equivale a una sentencia a morir de hambre. El antiguo principio: “Quien no trabaja no come”, es reemplazado por este otro: “Quien no se somete no come”. No sabremos cuantos bolcheviques han sido excluidos, arrestados, deportados y exterminados, a partir de 1923 -año en que se abre la era del bonapartismo-, hasta el día en que se abran los archivos de la policía política de Stalin. No sabremos cuántos permanecen en la ilegalidad hasta el día en que comience el derrumbe del régimen burocrático.
¿Qué importancia pueden tener veinte o treinta mil opositores en un partido de dos millones de miembros? La simple confrontación de las cifras no dice nada en este caso. Con una atmósfera sobrecargada, basta una decena de revolucionarios en un regimiento para hacerlo pasar al lado del pueblo. No sin razón los estados mayores sienten un miedo cerval hacia los pequeños grupos clandestinos y aun hacia los militantes aislados. Este miedo que hace temblar a la burocracia stalinista, explica la crueldad de sus proscripciones y la depravación de sus calumnias.
Victor Serge*, que ha pasado en la U.R.S.S. por todas las etapas de la represión, trajo al Occidente su terrible mensaje de los que son torturados por su fidelidad a la revolución y la resistencia a sus sepultureros. Escribe:
“ No exagero nada, peso mis palabras, puedo apoyar cada una de ellas con pruebas trágicas y nombres...”
“Entre esta masa de víctimas y de objetores, silenciosos la mayor parte, siento próxima a mí, sobre todo, a una heroica minoría, preciosa por su energía, por su clarividencia, por su estoicismo, por su fidelidad al bolchevismo de la gran época. Son algunos millares de comunistas, compañeros de Lenin y de Trotsky, constructores de las repúblicas soviéticas cuando existían los Soviets, los que invocan, contra la decadencia interior del régimen, los principios del socialismo; que defienden como pueden (y sólo pueden admitiendo todos los sacrificios) los derechos de la clase obrera...”
“Los encarcelados allá, se sostendrán hasta que sea necesario, aunque no puedan ver la nueva aurora de la revolución. Los revolucionarios de Occidente pueden contar con ellos: la llama será mantenida, aunque sea en las prisiones. Ellos también cuentan con vosotros. Debéis defenderlos, todos debemos defenderlos, para defender a la democracia obrera del mundo, para restituir a la dictadura del proletariado su rostro liberador, para devolver a la U.R.S.S., un día, su grandeza moral y la confianza de los trabajadores...”

Una nueva revolución es ineludible

Reflexionando sobre la agonía del Estado, Lenin escribía que el hábito de observar las reglas de la comunidad es susceptible de alejar toda necesidad de coerción “si nada suscita la indignación, la protesta y la rebeldía, y no implica, así, la necesidad de represión”. Todo consiste en ese si. El actual régimen de la U.R.S.S. suscita a cada paso protestas, tanto más dolorosas cuanto más se las ahoga. La burocracia no solamente es un aparato de coerción, sino una causa permanente de provocación. La misma existencia de una ávida casta de amos, mentirosa y cínica, no puede menos que suscitar una rebelión oculta. La mejoría de la situación de los obreros no los reconcilia con el poder; lejos de eso, al elevar su dignidad y al abrir su pensamiento a los problemas de política general, prepara su conflicto con los dirigentes.
Los “jefes” inamovibles repiten que es necesario “aprender”, “asimilar la técnica”, “cultivarse”, y otras cosas más. Pero los amos mismos son ignorantes, poco cultivados, no aprenden nada seriamente, siguen siendo groseros y desleales. Su pretensión a la tutela total de la sociedad, así se trate de mandar a los gerentes de cooperativas o a los compositores de música, se hace intolerable. La población no podrá alcanzar una cultura más elevada si no sacude su humillante sujeción a esta casta de usurpadores.
¿El funcionario concluirá por devorar a la clase obrera, o la clase obrera lo hará impotente para perjudicar? De esta disyuntiva depende la suerte de la U.R.S.S. La inmensa mayoría de los obreros ya es hostil a la burocracia; las masas campesinas le profesan un vigoroso odio plebeyo. Si, a la inversa de los campesinos, los obreros casi no luchan, esto no solamente se debe a la represión, sino al miedo que tienen a una restauración capitalista. Las relaciones de reciprocidad entre el Estado y la clase obrera son mucho más complejas de lo que se imaginan los “demócratas” vulgares. Sin economía planificada, la U.R.S.S. retrocedería diez años. Al mantener esta economía, la burocracia continúa desempeñando una función necesaria. Pero lo hace de tal manera, que prepara el naufragio del sistema y amenaza todas las conquistas de la revolución. Los obreros son realistas. Sin hacerse ilusiones sobre la casta dirigente, cuanto menos sobre las capas de esta casta a las que conocen un poco de cerca, la consideran, por el momento, como la guardiana de una parte de sus propias conquistas. No dejarán de expulsar a la guardiana deshonesta, insolente y sospechosa, cuando sea posible pasarse sin ella. Para esto, es necesario que estalle una revolución en Occidente o en Oriente.
La supresión de toda lucha política visible es presentada por los agentes y los amigos del Kremlin como una “estabilización” del régimen. En realidad, no significa más que una estabilización momentánea de la burocracia. La joven generación, sobre todo, sufre con el yugo del “absolutismo ilustrado”, mucho más absoluto que ilustrado... La vigilancia cada vez más temible que ejerce la burocracia ante toda chispa de pensamiento, así como la insoportable adulación del “jefe” providencial, comprueban el divorcio entre el Estado y la sociedad, así como la agravación de las contradicciones interiores, que al hacer presión sobre las paredes del Estado buscan una salida, y la encontrarán inevitablemente. Los atentados cometidos en contra de los representantes del poder tienen con frecuencia una gran importancia sintomática que permite juzgar la situación de un país. El más sonado fue el asesinato de Kirov, dictador hábil y sin escrúpulos de Leningrado, personalidad típica de su corporación. Los actos terroristas son incapaces, por sí mismos, de derribar a la oligarquía burocrática. El burócrata, considerado individualmente, puede temer al revólver; el conjunto de la burocracia explota con éxito el terrorismo para justificar sus propias violencias, no sin acusar a sus adversarios políticos (el asunto Zinoviev, Kamenev y demás). El terrorismo individual es el arma de los aislados, impacientes o desesperados, especialmente de la joven generación de la burocracia. Pero, como sucedió bajo la autocracia, los crímenes políticos anuncian que el aire se carga de electricidad y hacen presentir una crisis.
Al promulgar la nueva Constitución, la burocracia demuestra que ha olfateado el peligro y que trata de defenderse. Pero más de una vez ha sucedido que la dictadura burocrática, buscando la salud en reformas con pretensiones “liberales”, no haya hecho más que debilitarse. Al revelar el bonapartismo la nueva Constitución ofrece, al mismo tiempo, un arma semilegal para combatirlo. La rivalidad electoral de las camarillas puede ser el punto de partida de las luchas políticas. El látigo dirigido contra los “órganos del poder que funcionan mal”, puede transformarse en un látigo contra el bonapartismo. Todos los indicios nos hacen creer que los acontecimientos provocarán infaliblemente un conflicto entre las fuerzas populares y desarrolladas por el crecimiento de la cultura, y la oligarquía burocrática. Esta crisis no acepta solución pacífica. Nunca se ha visto que el diablo se corte de buen grado sus propias garras. La burocracia soviética no abandonará sus posiciones sin combate; el país se encamina evidentemente hacia una revolución. Ante una presión enérgica de las masas, dada la diferenciación social de los funcionarios, la resistencia de los dirigentes puede ser mucho más débil de lo que parece. Es indudable que en este asunto sólo podemos entregarnos a las conjeturas. Sea como sea, la burocracia sólo podrá ser suprimida revolucionariamente y, como siempre sucede, esto exigirá menos sacrificios mientras se pongan manos a la obra más audaz y enérgicamente. Preparar esta acción y colocarse a la cabeza de las masas en una situación histórica favorable, es la misión de la sección soviética de la IV Internacional, aún débil y reducida a la existencia clandestina. Pero la ilegalidad de un partido no quiere decir su inexistencia, no es más que una forma penosa de existencia. La represión puede tener magníficos resultados aplicada contra una clase que abandona la escena, la dictadura revolucionaria de 1917-1923 lo demostró plenamente; pero recurrir a la violencia contra la vanguardia revolucionaria, no salvará a una casta que se sobrevive, si es que la U.R.S.S. tiene un porvenir.
La revolución que la burocracia prepara en contra de sí misma no será social como la de Octubre de 1917, pues no tratará de cambiar las bases económicas de la sociedad ni de reemplazar una forma de propiedad por otra. La historia ha conocido, además de las revoluciones sociales que sustituyeron el régimen feudal por el burgués, revoluciones políticas, que, sin tocar los fundamentos económicos de la sociedad, derriban las viejas formaciones dirigentes (1830 y 1848, en Francia; Febrero de 1917, en Rusia). La subversión de la casta bonapartista tendrá, naturalmente, profundas consecuencias sociales; pero no saldrá del marco de una tranformación política.
Un Estado salido de la revolución obrera existe por primera vez en la historia. Las etapas que debe franquear no están escritas en ninguna parte. Los teóricos y los constructores de la U.R.S.S. esperaban, es cierto, que el sistema ligero y claro de los soviets permitiría al Estado transformarse pacíficamente, disolverse y morir a medida que la sociedad realizara su evolución económica y cultural. La vida se ha mostrado más compleja que la teoría. El proletariado de un país atrasado fue el que tuvo que hacer la primera revolución socialista; y muy probablemente tendrá que pagar este privilegio con una segunda revolución contra el absolutismo burocrático. El programa de esta revolución dependerá del momento en que estalle, del nivel que el país haya alcanzado y, en una medida muy apreciable, de la situación internacional. Sus elementos esenciales, bastante definidos hasta ahora, se han indicado a lo largo de las páginas de este libro: son las conclusiones objetivas del análisis de las contradicciones del régimen soviético.
No se trata de reemplazar un grupo dirigente por otro, sino de cambiar los métodos mismos de la dirección económica y cultural. La arbitrariedad burocrática deberá ceder su lugar a la democracia soviética. El restablecimiento del derecho de crítica y de una libertad electoral auténtica, son condiciones necesarias para el desarrollo del país. El restablecimiento de la libertad de los partidos soviéticos y el renacimiento de los sindicatos, están implicados en este proceso. La democracia provocará, en la economía, la revisión radical de los planes en beneficio de los trabajadores. La libre discusión de los problemas económicos disminuirá los gastos generales impuestos por los errores y los zigzags de la burocracia. Las empresas suntuarias, Palacios de los Soviets, teatros nuevos, “metros”, construidos para hacer ostentación, dejarán su lugar a las habitaciones obreras. Las “normas burguesas de reparto” serán reducidas a las proporciones estrictamente exigidas por la necesidad y retrocederán a medida que la riqueza social crezca, ante la igualdad socialista. Los grados serán abolidos inmediatamente, y las condecoraciones devueltas al vestuario. La juventud podrá respirar libremente, criticar, equivocarse, madurar. La ciencia y el arte sacudirán sus cadenas. La política exterior renovará la tradición del internacionalismo revolucionario.
Ahora más que nunca, los destinos de Ia Revolución de Octubre están ligados a los de Europa y del mundo. Los problemas de la U.R.S.S. se resuelven en la Península Ibérica, en Francia, en Bélgica. Cuando aparezca este libro, la situación sera indudablemente más clara que en estos días de guerra civil en Madrid. Si la burocracia soviética logra, con su pérdida política de los “frentes populares”, asegurar la victoria de la reacción en Francia y en España, -y la Internacional Comunista hace todo lo que puede en este sentido-, la U.R.S.S. se encontrará al borde del abismo y la contrarrevolución burguesa estará más a la orden del día que el levantamiento de los obreros contra la burocracia. Si, por el contrario, a pesar del sabotaje de los reformistas y de los jefes “comunistas”, el proletariado de Occidente se abre camino hacia el poder, se inaugurará un nuevo capítulo en la historia de la U.R.S.S. La primera victoria revolucionaria en Europa, hará a las masas soviéticas el efecto de una descarga eléctrica, las despertará, levantará su espíritu de independencia, reanimará las tradiciones de 1905 y de 1917, debilitará las posiciones de la burocracia y no tendrá menos importancia para la IV Internacional, que la que tuvo para la III la victoria de la Revolución de Octubre. El primer Estado obrero sólo se salvará para el porvenir del socialismo, por este camino.


[1] Tomado de la versión publicada en La revolución Traicionada, Ed. Claridad, 1938, Buenos Aires, Argentina, págs. 193-209, 225-238. Otra versión en español se encuentra en La revolución Traicionada, Ed. Crux, La Paz, Bolivia.



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?