Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

La victoria de Hitler significaría la guerra contra la URSS

Publicado en The Forum, abril de 1932

 

 

 

Actualmente la política mundial presenta dos puntos calientes, alejados el uno del otro de forma inhabitual: uno en la línea Mukden-Pekín, otro en la línea Berlín-Munich. Cada uno de estos dos focos de infección están en condiciones de trastornar el curso «normal» de los acontecimientos durante años o incluso decenas de años. No obstante, los diplomáticos y políticos oficiales siguen dedicándose a sus tareas cotidianas como si no pasase nada de particular. Ya se comportaron de la misma manera en 1912, durante la guerra de los Balcanes, que fue el preludio de la guerra de 1914.

 

A esto se le llama justamente la «política del avestruz», lo que es muy injurioso para con este inteligente animal. La hermosa resolución de la Sociedad de Naciones sobre la cuestión de Manchuria es un documento modélico de impotencia, incluso si se le juzga en el marco de la historia de la diplomacia europea. Ningún avestruz que se respete hubiera puesto su firma. No obstante, se puede considerar como una circunstancia atenuante de esta ceguera (en bastantes casos, se trata ante todo de no ver nada) frente a lo que se prepara en Extremo Oriente, el hecho de que los acontecimientos se desarrollen a un ritmo relativamente lento. Oriente, por mas que despierte a la vida moderna, está todavía lejos del ritmo «americano» o incluso europeo.

 

Alemania, por el contrario, no es un asunto pequeño. La Europa balcanizada en Versalles está en un atolladero; el nacionalsocialismo es para Alemania la expresión política concentrada. En términos de psicología social, esta corriente puede describirse como una histeria contagiosa, surgida de la desesperación de las capas medias. Pienso en los pequeños comerciantes, artesanos y campesinos arruinados, en una parte del proletariado en paro, en los funcionarios y antiguos oficiales de la Gran Guerra que siempre lucen sus condecoraciones pero que no ven su sueldo, en los empleados de las oficinas que han cerrado, en los contables de los bancos en quiebra, en los ingenieros sin empleo, en los periodistas sin paga ni perspectiva, en los médicos cuyos clientes están siempre enfermos pero no saben cómo pagarle.

 

Hitler se ha negado a responder a las cuestiones que sostiene en su programa de política interior, como si se tratase de secretos militares. No tiene la intención, afirma, de entregar a sus adversarios políticos el secreto de su tratamiento milagroso. No es muy patriótico, pero es hábil. De hecho, Hitler no tiene ningún secreto. Pero no tenemos la intención de ocuparnos de su política interior. En el terreno de la política exterior, su posición parece, a primera vista, un poco más clara. En sus artículos y discursos, Hitler declara la guerra al tratado de Versalles, del que él mismo es producto. Las injurias agresivas contra Francia son su especialidad. Pero en realidad, si llegase al poder, Hitler se convertiría en uno de los principales apoyos del tratado de Versalles y en el cómplice del imperialismo francés.

 

Estas afirmaciones pueden parecer paradójicas, pero se desprenden sin ningún género de dudas de la lógica de la situación europea e internacional, siempre que se analice correctamente, es decir, si se parte de las fuerzas políticas fundamentales y no de discursos huecos, de gestos y de otros fárragos demagógicos.

 

 

Hitler necesitará aliados

 

Los fascistas alemanes declaran que el marxismo y el tratado de Versalles son sus dos enemigos. Ellos entienden por «marxismo» a dos partidos alemanes -la socialdemocracia y los comunistas, y a un estado, la Unión Soviética. Por Versalles, sobrentienden a Francia y Polonia. Para comprender qué papel internacional jugaría una Alemania nacionalsocialista hay que estudiar esos momentos en su interacción.

 

La experiencia italiana ha clarificado perfectamente las relaciones entre el fascismo y el marxismo. Hasta la marcha de opereta sobre Roma, el programa de Mussolini no era en nada menos radical y místico que el de Hitler. En la práctica, se transformó rápidamente en un programa de lucha contra las fuerzas de oposición y las fuerzas revolucionarias. A imagen del modelo italiano, el nacionalsocialismo no puede tomar el poder más que después de destrozar las organizaciones obreras. Ciertamente, eso no es sencillo. Los nacionalsocialistas encontrarán la guerra civil entre ellos y ese poder que desean tan ardientemente. Incluso si Hitler obtuviese una mayoría parlamentaria por medios pacíficos -lo cual puede tacharse sin ningún problema de la lista de posibilidades- no escaparía a la necesidad de retorcer el pescuezo al partido comunista, a la socialdemocracia y a los sindicatos para poder instaurar la dominación del fascismo. Se trata de una intervención quirúrgica larga y difícil. El mismo Hitler lo sabe muy bien. Es por esa razón que no tiene intención en absoluto de vincular sus planes políticos a la suerte incierta del parlamentarismo.

 

Cuando Hitler afirma con todas sus fuerzas su voluntad de actuar en la legalidad, espera de hecho el momento favorable para golpear con rapidez y precisión. ¿Lo conseguirá? No es una tarea fácil, pero sería dar prueba de una ligereza imperdonable el considerar como excluido un éxito de Hitler. Sea cual sea la vía por la que Hitler llegue al poder, por la puerta grande abierta o derribándola, las fascistización de Alemania desencadenaría un conflicto político interior grave. Ello paralizaría inevitablemente las fuerzas del país durante un período prolongado y Hitler se vería obligado a buscar en los países vecinos no una venganza, sino aliados y protectores. Es de esta idea fundamental que debe partir el análisis.

 

En su lucha contra el fascismo, los obreros alemanes buscarán y encontrarán, naturalmente, el apoyo de la Unión Soviética. ¿Se puede imaginar por un solo momento, en esas condiciones, que el gobierno de Hitler se arriesgaría a un conflicto armado con Francia o Polonia? Entre el proletariado de una Alemania fascista y la Unión Soviética está Pilsudski. La ayuda o al menos la neutralidad condescendiente de Pilsudski sería infinitamente más importante para Hitler, dedicado a fascistizar Alemania, que la supresión del corredor polaco. Esta cuestión -la cuestión de las fronteras alemanas en su conjunto- se le presentará a Hitler como desprovista de toda importancia, desde que tenga que luchar duramente para conquistar y conservar el poder.

 

Pilsudski podría servir a Hitler de puente para obtener la amistad de Francia, si no existieran ya otros puentes menos alejados. En la prensa francesa, aunque por el momento únicamente en los periódicos de segunda fila, se levantan voces que afirman que ya es hora de volverse hacia Hitler. La prensa oficial, Le Temps en primer lugar, adopta naturalmente una actitud hostil ante el nacionalsocialismo, no porque los señores del destino de la Francia de hoy se tomen en serio los gestos belicosos de Hitler, sino porque temen el único camino por el que Hitler puede llegar al poder: el camino de la guerra civil, cuyo final es imprevisible. Su política de golpe de Estado de derechas, ¿no corre el riesgo de desencadenar una revolución de izquierdas? Eso es lo que inquieta a las esferas dirigentes en Francia, por lo demás con toda la razón.

 

Al menos una cosa está segura: si Hitler supera todos los obstáculos y llega al poder, tendrá que empezar, para tener las manos libres en su propio país, con un acto de juramento de fidelidad al tratado de Versalles. En el Quai d'Orsay nadie lo duda. Además, se sabe perfectamente que la dictadura militar de Hitler, una vez instaurada de forma duradera en Alemania, sería un factor infinitamente más estable para el predominio francés en Alemania, que su forma actual de gobierno, cuya fórmula matemática no incluye más que a desconocidos.

 

 

La guerra sería inevitable

 

Sería completamente infantil imaginarse que los círculos dirigentes de Francia «estarían molestos» por aparecer como los protectores de una Alemania fascista. Francia protege a Polonia, Rumania y Yugoslavia, tres países dominados por dictaduras militares. No es una casualidad. La preponderancia actual de Francia en Europa se explica por el hecho de que se ha convertido en la única heredera de la victoria conseguida en común con los Estados Unidos y Gran Bretaña (no menciono a Rusia porque no ha participado en la victoria, aunque sea la que haya sufrido las mayores pérdidas en hombres). Francia ha recibido de manos de la más poderosa coalición de potencias mundiales que haya conocido la historia una parte de herencia que no quiere dejar escapar, aunque sea demasiado pesada para sus débiles espaldas. El territorio de Francia, su población, sus fuerzas productivas, su renta nacional, todo ello no está, evidentemente, en relación con el mantenimiento de su preponderancia. La balcanización de Europa, la acentuación de las contradicciones, la lucha contra el desarme, el apoyo a las dictaduras militares, tales son los métodos necesarios para el mantenimiento de la preponderancia francesa.

 

En el sistema de la preponderancia francesa, la gran división del pueblo alemán constituye un eslabón tan necesario como las fantásticas fronteras de Polonia con su célebre «corredor». En el lenguaje del tratado de Versalles., la palabra «corredor» designa lo que algunos definirían como la amputación de un miembro en un cuerpo vivo. Si Francia, aun apoyando al Japón en Manchuria, jura por todos los santos que quiere la paz, eso significa que busca garantizar el carácter intangible de su propia preponderancia, a saber, su derecho a descuartizar Europa y a llevarla al caos. La historia prueba que los conquistadores insaciables están siem­pre inclinados al «pacifismo», porque temen la venganza de los vencidos.

 

Un régimen fascista que no pudiese instalarse más que en medio de sangrientas convulsiones y al precio de un nuevo debilitamiento de Alemania, sería, por el contrario, un factor inapreciable de la preponderancia francesa. Francia y su sistema versallés no tienen fundamentalmente nada que temer de los nacionalsocialistas.

 

«Hitler en el poder», ¿significaría, pues, «la paz»? No, «Hitler en el poder» significaría un nuevo reforzamiento de la preponderancia francesa. «Hitler en el poder» significaría la guerra, no contra Polonia, no contra Francia, sino contra la Unión Soviética.

Estos Últimos años, la prensa moscovita ha hablado en repetidas ocasiones del peligro de una invasión militar de la Unión Soviética. El autor de estas líneas ha objetado varias veces estas profecías superficiales, no porque crea que en Europa o en el resto del mundo falte la voluntad de guerra contra la Unión Soviética. ¡No falta en modo alguno! Pero para una empresa tan arriesgada, habría divergencias y reticencias demasiado grandes, no sólo entre los diferentes países europeos, sino aún más en el seno de cada país. Ningún político, probablemente, cree que se pueda destruir la Unión Soviética por medio de concentraciones de ejércitos en la frontera o con simples operaciones de desembarco aéreo. Ni el mismo Winston Churchill se lo cree, a pesar de sus ruidosas vocalizaciones políticas. Una tentativa así tuvo lugar en los años 1918-1920, cuando Churchill, como él mismo se vanagloria, movilizó a «catorce naciones» contra la Unión Soviética. El ministro de Finanzas británico no conocería ya la felicidad, si pudiese recuperar los centenares de millones de libras utilizados antiguamente para la intervención. Pero de nada sirve lamentarse de los tiestos rotos. Además, ese dinero fue el precio de una buena lección.

 

En aquella época, en los primeros años de la república de los soviets, cuando el Ejército Rojo marchaba calzado con zapatillas de niño -por lo general no tenía nada que ponerse en los pies- los ejércitos de las «catorce naciones» no pudieron obtener la victoria; ¡se comprende que la esperanza de una victoria sea bien endeble en el momento en que el Ejército Rojo representa una fuerza poderosa, con un pasado rico en victorias, con oficiales jóvenes pero experimentados con arsenales suficientes y con los recursos inagotables salidos de la revolución!

 

Incluso si estuviesen adiestradas en semejante aventura, las fuerzas conjugadas de los pueblos vecinos serían demasiado débiles para una intervención en la Unión Soviética. Japón está demasiado alejado para poder jugar un papel militar independiente contra la Unión Soviética; por otra parte, el Mikado está suficientemente ocupado con los problemas en su propio país. Para que sea posible una intervención, se precisa un gran país, altamente industrializado y además continental, que pueda y quiera asumir la carga principal de una cruzada contra la Unión Soviética. Más precisamente, se necesita un país que no tenga nada que perder. Un vistazo sobre el mapa político de Europa muestra que sólo una Alemania fascista podría encargarse de esta tarea. Más aún, una Alemania fascista no tendría otra elección. El fascismo, después de haber accedido al poder al precio de incontables víctimas, después de haber fracasado en todas las cuestiones de política interior, después de haber capitulado ante Francia y, en consecuencia ante los Estados semivasallos como Polonia no tendría otra solución que buscar una salida temeraria a su propio fracaso y a las contradicciones de la situación internacional. La guerra contra la Unión Soviética sería, en esas condiciones, una necesidad absoluta.

 

A esta sombría previsión se podría responder con el ejemplo de Italia, con la que la Unión Soviética ha llegado a un modus vivendi. Pero no esta objeción es superficial. Italia está separada de la Unión Soviética por toda una serie de países. El fascismo italiano ha subido con la levadura de una crisis puramente italiana, por el hecho de que las pretensiones nacionales de Italia habían sido satisfechas, en líneas generales, en Versalles. Llegó al poder poco después de la Primera Guerra Mundial, en un momento en que no podía ser cosa de una nueva guerra. Por último, Italia siguió sola, y nadie en Europa sabe cuánto tiempo durarán, por una parte, el régimen fascista, por la otra, el régimen soviético.

 

Sobre todos estos puntos, la Alemania de Hitler es peligrosamente diferente. Necesita un éxito político exterior. La Unión Soviética sería un vecino insoportable. Hay que recordar cuánto tiempo ha titubeado Pilsudski antes de firmar un pacto de no agresión con Rusia. Hitler, lado a lado con Pi1sudski, ya es la respuesta a nuestra pregunta. Por otra parte, Francia sabe bien que no se encuentra en situación de mantener a Alemania desarmada durante mucho tiempo. La política francesa consistirá, pues, en orientar al fascismo alemán hacia el Este. Eso abriría una válvula de seguridad y ofrecería -¿quién lo sabe?— una posibilidad de llegar a una nueva solución del más sagrado de los problemas mundiales, el problema de las reparaciones.

 

 

Rusia debe estar preparada

 

Si se toma por moneda buena la afirmación de los profetas fascistas, según la cual llegarán al poder en la primera mitad de 1932 -aunque estamos muy lejos de creer ese tipo de palabras- es posible esbozar el anticipo de una especie de calendario político, La fascistización de Alemania tomará algunos años: aplastamiento de la clase obrera alemana, creación de un milicia fascista y restablecimiento del ejército. Es hacia 1933-1934 que estarán creadas las condiciones previas para una intervención militar en la Unión Soviética.

 

Este calendario parte naturalmente de la hipótesis de que, durante este tiempo, el gobierno de la Unión Soviética espera pacientemente. Mis relaciones con el gobierno actual son de tal naturaleza que no tengo derecho a hablar en su nombre, ni de señalar sus intenciones, de forma que no puedo juzgar, como cualquier otro lector de la prensa o cualquier otro hombre político, más que sobre la base de todas las noticias disponibles. Puedo explicar por tanto más libremente cuál debería de ser, en mi opinión, la actitud del gobierno soviético en caso de golpe de Estado fascista en Alemania.

 

En su lugar, desde que recibiera la noticia telegráfica de ese acontecimiento, ordenaría una movilización parcial. Cuando uno se encuentra frente a frente con un enemigo mortal y la guerra se desprende necesariamente de la lógica de la situación objetiva, sería dar prueba de una ligereza imperdonable dejar a ese adversario el tiempo de instalarse sólidamente, a reforzarse, de concluir sus alianzas, de asegurarse el apoyo necesario de poner a punto un plan general de agresión militar -no solamente para el Oeste, sino igualmente para el Este- y dejar crecer de esta forma un peligro considerable,

 

Las tropas de asalto de Hitler ya hacen resonar a toda Alemania con un canto de guerra contra los soviets, que es obra de un tal Dr. Hans Büchner. Seria poco razonable dejar que los fascistas aúllen ese canto de guerra. Si tienen que cantar, que sea al menos un staccato.

 

Poco importa saber cuál de los dos adversarios tomará formalmente la iniciativa; una guerra entre el estado hitleriano y la Unión Soviética sería inevitable; y eso a corto plazo. Las consecuencias de esa guerra serían incalculables. Sean cuales sean las ilusiones que se alimentan en París, sólo una cosa es segura: el tratado de Versalles se convertiría en humo en el fuego de la guerra entre los bolcheviques y los fascistas.

 



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?