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Lección de España; última advertencia

17 de diciembre de 1937

 

B.O nº 62-63, feb. 1938, pp. 7-14. Este estudio fue acabado el 17 de diciembre y enviado por Trotsky el 24 a sus camaradas americanos. Apareció en enero y febrero en la prensa trotskysta internacional (La Lutte ouvriére, 27 de enero y 3 de febrero de 1938) y posteriormente en forma de folleto. T. 4258.

 

Mencheviques y bolcheviques en España

Las operaciones militares de Abisinia y Extremo Oriente son cuidadosamente estudiadas por los estados mayores que preparan la futura guerra mundial. Los combates del proletariado español, chispas de la futura revolución mundial, deben ser estudiados con no menos atención por los estados mayores revolucionarios. Esta es la única condición para que los acontecimientos que se aproximan no nos cojan de improviso. [1]

En el llamado campo republicano se han enfrentado con fuerzas desiguales, tres concepciones: el menchevismo, el bolchevismo y el anarquismo. En lo que se refiere a los partidos republicanos burgueses, no tienen ni ideas ni importancia política. independiente, y no han hecho nada mas que adaptarse a los reformistas y a los anarquistas.[2] Además no seria en absoluto una exageración decir que los dirigentes del anarcosindicalismo español han hecho todo lo posible para traicionar su doctrina, y reducir, en la práctica, su importancia a cero.[3] De hecho en el campo republicano se han enfrentado dos doctrinas: el menchevismo y el bolchevismo.

Según las concepciones de los socialistas y de los estalinistas, es decir, de los mencheviques de la primera y segunda hornada, la revolución española no iba a resolver más que tareas democráticas; ésta era la razón por la que era necesario construir un frente único con la burguesía «democrática». Desde este punto de vista, toda tentativa del proletariado de salir de los cauces de la democracia burguesa, era, no sólo prematura, sino incluso funesta. Por otra parte, lo que estaba al orden del día no era la revolución, sino la lucha contra Franco.[4] El fascismo es la reacción, no feudal, sino burguesa, y contra esta reacción no se puede luchar con éxito más que con los métodos de la revolución proletaria, y esta tesis es algo que el menchevismo -ramificación de la ideología burguesa- no quiere ni puede hacer suya.

El punto de vista bolchevique, expresado hoy día únicamente por la joven sección de la IVª Internacional, procede de la teoría de la revolución permanente, es decir, que incluso las tareas puramente democráticas, tales como la liquidación de la propiedad semifeudal de la tierra, no pueden ser resueltas sin la conquista del poder por el proletariado; esto, a su vez, pone a la orden del día, la revolución socialista. Por lo demás, los obreros españoles, desde los primeros pasos de la revolución, se asignaron en la práctica, no sólo tareas democráticas, sino incluso puramente socialistas.[5] Exigirles que no se salieran de los límites de la democracia burguesa es, de hecho, no sólo no hacer la revolución democrática, sino incluso renunciar a ella.[6] El profundo cambio de las relaciones sociales en el campo es el único medio de hacer del campesinado, principal masa de la población, una firme muralla contra el fascismo. Pero los terratenientes están indisolublemente ligados a la burguesía financiera, industrial y comercial, y a la intelligentsia burguesa que depende de ella. El partido del proletariado se encontraba así en la necesidad de elegir: con las masas campesinas o con la burguesía liberal. Incluir en una misma coalición a los campesinos y a la burguesía liberal no podía tener sino una única meta: ayudar a la burguesía a engañar a los campesinos y a aislar a los obreros. La revolución agraria no podía realizarse más que contra la burguesía, y por consiguiente, únicamente por medio de la dictadura del proletariado. No hay régimen -intermedio alguno.

Desde el punto de vista teórico, lo que sorprende sobre todo de la política española de Stalin, es el completo olvido del ABC del leninismo. Con un retraso de algunas decenas de años -¡y qué años!-, la Internacional Comunista ha restablecido completamente la doctrina del menchevismo. Más aún, se ha esforzado en dar a esta doctrina una expresión más «consecuente» y por tanto, más absurda. En la Rusia zarista, a comienzos de 1905, la fórmula de la «revolución puramente democrática» tenía a su favor, en cualquier caso, infinitos argumentos más que en España en 1937. Nada hay de sorprendente, por lo tanto, que en la España contemporánea, la política «obrero-liberal» del menchevismo se haya convertido en la política antiobrera y reaccionaria de Stalin. El menchevismo -caricatura del marxismo- ha sido caricaturizado a su vez.

La teoría del Frente Popular

Sin embargo sería ingenuo pensar que en la base de la política de la Komintern en España, se encontraban algunos «errores» teóricos. El estalinismo no se guía por la teoría marxista, ni por ninguna teoría, sino empíricamente por los intereses de la burocracia soviética. Los cínicos de Moscú tienen a bien burlarse entre ellos de la «filosofía» del Frente Popular de Dimitrov.[7] Pero tienen a su disposición, para engañar a las masas, numerosos cuadros de propagandistas de esta fórmula sagrada, sinceros o fingidos, infantiles o charlatanes. Louis Fisher,[8] con su ignorancia y su suficiencia, su espíritu de pensador provinciano sordo de nacimiento para la revolución, es el representante más repugnante de esta poco atractiva cofradía. La «unión de las fuerzas progresistas», el «triunfo de las ideas del Frente Popular», el «ataque de los trotskystas a la unidad de las filas antifascistas ... » ¿ Quién iba a pensar que hace ya 90 años que fue escrito el Manifiesto Comunista?[9]

Los teóricos del Frente Popular no van más allá de la primera regla de la aritmética: la suma. La suma de comunistas, de socialistas, de anarquistas y de liberales, es mayor que cada uno de sus términos. Sin embargo la aritmética no basta, hace falta cuando menos conocimientos de mecánica. La ley del paralelogramo de fuerzas se verifica incluso en la política. La resultante es, como se sabe, tanto más pequeña cuanto más divergentes sean las fuerzas entre sí. Cuando los aliados políticos tiran en direcciones opuestas, la resultante es cero. El bloque de las diferentes agrupaciones políticas de la clase obrera es absolutamente necesario para resolver las tareas comunes. En ciertas circunstancias históricas, un bloque de este tipo, es capaz de arrastrar a las masas pequeñoburguesas oprimidas, cuyos intereses están próximos a los del proletariado, ya que la fuerza común de este bloque resulta mucho mayor que las resultantes de las fuerzas que lo constituyen. Por el contrario, la alianza del proletariado con la burguesía, cuyos intereses, actualmente, en las cuestiones fundamentales, forman un ángulo de 180º, no puede, en términos generales, sino paralizar la fuerza reivindicativa del proletariado.

La guerra civil, en la que tiene importancia la fuerza de la violencia, exige un supremo compromiso de los participantes. Los obreros y campesinos no son capaces de asegurar la victoria sino cuando luchan por su propia emancipación. En estas condiciones, someterlos a la dirección de la burguesía, es asegurar de antemano su derrota en la guerra civil.

Estas verdades no son de ninguna manera el producto de un análisis teórico, por el contrario, representan la irrefutable conclusión de toda la experiencia histórica, cuando menos desde 1848.[10] La historia moderna de las sociedades burguesas está llena de Frentes Populares de todo tipo, es decir, de las más diversas combinaciones posibles para engañar a los trabajadores. La experiencia española no es sino un nuevo y trágico eslabón de esta cadena de crímenes y traiciones.

La alianza con la sombra de la burguesía

Políticamente, lo más sorprendente es que el Frente Popular español no tenía paralelogramo de fuerzas: el lugar de la burguesía estaba ocupado por su sombra.[11] Por mediación de los estalinistas, socialistas y anarquistas, la burguesía española ha subordinado al proletariado sin ni siquiera molestarse en participar en el Frente Popular. La aplastante mayoría de los explotadores de todos los matices políticos se había pasado al bando de Franco.[12] Sin teoría alguna de la revolución permanente, la burguesía española comprendió desde el comienzo del movimiento revolucionario de las masas que, cualquiera que fuese su punto de partida, este movimiento estaba dirigido contra la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción, y que era absolutamente imposible acabar con este movimiento por medio de la democracia.

Ésta es la razón por la que en el campo republicano no quedaron más que los restos insignificantes de la clase poseedora, los señores Azaña, Companys, y otros parecidos, abogados políticos de la burguesía, pero en ningún modo la burguesía misma. Además de haber apostado todo al movimiento militar, las clases poseedoras siguieron al mismo tiempo utilizando a sus representantes políticos del período anterior, para paralizar, destruir y posteriormente aplastar al movimiento socialista de las masas en el campo «republicano».

Al igual que no representaban ya en ningún aspecto a la burguesía española, sus representantes de izquierda representaban aún mucho menos a los obreros y campesinos: no se representaban más que a ellos mismos. Sin embargo, gracias a sus amigos estalinistas, socialistas y anarquistas, estos fantasmas políticos desempeñaron en la revolución un papel decisivo. ¿Cómo? Muy sencillo. Encarnaban el principio de la revolución democrática, es decir de la inviolabilidad de la propiedad privada.

Los estalinistas en el Frente Popular

Las causas de la aparición del Frente Popular español y su mecánica interna están perfectamente claras. La tarea de los dirigentes retirados del ala izquierda de la burguesía consistía en detener la revolución de las masas y volver a ganar la confianza de los explotadores. ¿Por qué Franco, si nosotros los republicanos podemos hacer lo mismo? En este plano fundamental, los intereses de Azaña y Companys coincidían plenamente con los de Stalin, para quien era necesario ganar la confianza de la burguesía inglesa y francesa, al demostrar que era capaz de defender el orden contra la anarquía. Azaña y Companys servían necesariamente de cobertura a Stalin frente a los obreros. Stalin, personalmente, está por el socialismo, pero no puede expulsar a la burguesía republicana. Azaña y Companys necesitan a Stalin como verdugo experimentado, que goza de autoridad revolucionaria.[13] Sin él, reducidos a ser un montón de ceros, no hubieran podido ni se hubieran atrevido a atacar a los obreros.

Los reformistas tradicionales de la IIª Internacional, aterrorizados por el curso de la lucha de clases, encontraron un respiro gracias a la ayuda de Moscú. Ese apoyo fue otorgado, no a todos los reformistas, sino sólo a los más reaccionarios: Caballero representaba a la aristocracia obrera del Partido Socialista, mientras que Negrín y Prieto, miraban siempre hacia la burguesía.[14] Negrín ha vencido a Caballero gracias a la ayuda de Moscú.[15] Es cierto que los socialistas de izquierda y los anarquistas, prisioneros del Frente Popular, se han esforzado por salvar de la democracia todo lo que podía ser salvado. Pero como no han sabido movilizar a las masas contra los gendarmes del Frente Popular, sus esfuerzos, a fin de cuentas, se han reducido a piadosas lamentaciones.[16] De esta forma, los estalinistas se han aliado con el ala más derechista, más abiertamente burguesa, del Partido Socialista. Han dirigido sus golpes contra la izquierda, contra el P.O.U.M., los anarquistas y los socialistas de izquierda, es decir, contra los agrupamientos centristas que, aunque deformadamente, reflejaban la presión de las masas revolucionarias.

Este acto político, significativo en sí mismo, da idea de la degeneración de la Komintern durante los últimos años. Hace tiempo definimos al estalinismo como centrismo burocrático; los acontecimientos han aportado cierto número de pruebas a la justeza de esta afirmación, y sin embargo, actualmente, no corresponde a la realidad. Los intereses de la burocracia bonapartista no encajan con el carácter híbrido del centrismo. En su búsqueda de entendimiento con la burguesía, la pandilla estalinista sólo es capaz de aliarse a los elementos más conservadores de la aristocracia obrera mundial. Debido a esto queda definitivamente establecido el carácter contrarrevolucionario del estalinismo en la arena mundial.[17]

Las ventajas contrarrevolucionarias del estalinismo

Aquí llegamos a la clave de la solución del problema: ¿como y por que el Partido Comunista español, insignificante tanto por su número como por su dirección, ha sido capaz de concentrar en sus manos todos los resortes del poder, a pesar de la presencia de las organizaciones socialistas, incomparablemente más poderosas? La explicación corriente, según la cual, los estalinistas han conseguido el poder gracias a las armas soviéticas, es superficial. Moscú ha recibido el oro español a cambio de sus armas. Según las leyes del mercado capitalista, esto bastaba. ¿Cómo ha conseguido Stalin el poder en esta operación? Corrientemente se suele responder: al acrecentar su autoridad ante las masas a base de sus abastecimientos, el gobierno soviético ha podido conseguir, como condición de su ayuda, medidas decisivas contra los revolucionarios, apartando de esta forma de su camino a peligrosos adversarios. Esto es indiscutible, pero sin embargo no es más que un aspecto del problema, el menos importante. A pesar de la «autoridad» adquirida gracias a los abastecimientos militares, el Partido Comunista español ha seguido siendo una pequeña minoría, encontrando de parte de los obreros un odio cada vez mayor.[18] Por otra parte no bastaba con que Moscú pusiese las condiciones, hacia falta que Valencia las aceptase.
Éste es el fondo del problema, ya que no sólo Companys y Negrin, sino Caballero, cuando era presidente del Consejo, se rebajaron, de más o menos buena gana, ante las exigencias de Moscú. ¿Por qué? Porque también estos señores querían mantener la revolución en su marco democrático burgués.

Ni los socialistas, ni siquiera los anarquistas, se han opuesto seriamente al programa estalinista. Ellos mismos temían la ruptura con la burguesía. Se aterrorizaban ante cada nueva ofensiva revolucionaria de los obreros. Stalin ha sido el salvador de todos estos grupos, gracias a sus armas y a su. ultimátum contrarrevolucionario. Efectivamente les aseguraba lo que esperaban: la victoria militar sobre Franco, y simultáneamente, les liberaba de toda responsabilidad sobre el curso de la revolución. Sé apresuraron a quitarse las máscaras de socialistas, comunistas y anarquistas, con la esperanza de poder volver a utilizarlas cuando Moscú les hubiera restablecido la democracia burguesa. Para colmo de facilidades, estos señores podían justificar su traición hacia el proletariado por la necesidad de la alianza militar con Stalin. Por su parte, este último justificaba su política contrarrevolucionaria por la necesidad de la alianza con la burguesía republicana.

únicamente desde este punto de vista más amplio, queda claro para nosotros la angélica paciencia que han demostrado frente a los representantes de la G.P.U. estos campeones del derecho y la libertad que son Azaña, Companys, Negrín, Caballero, García Oliver y los demás. Si no pudieron escoger, como afirman ellos mismos, no es únicamente porque no tenían recursos para pagar aviones y tanques de otra forma que no fuera con «cabezas» de revolucionarios y con los derechos de los obreros, sino porque les era imposible realizar su propio programa «puramente democrático», es decir, antisocial, y por otros métodos que no fueran los del terror. Cuando los obreros y los campesinos se comprometen en el camino de la revolución, es decir, se apoderan de las fábricas, de las grandes propiedades, y expulsan a los antiguos propietarios, tomando localmente el poder, entonces, la contrarrevolución, burguesa-democrática, estalinista o fascista -para el caso es lo mismo- no tiene otro método para detener al movimiento revolucionario que la violencia, el engaño y la mentira. La ventaja de la pandilla estalinista en esta vía consiste en que comenzó inmediatamente a aplicar estos métodos, que desbordaban a Azaña, Companys, Negrin y sus aliados de «izquierda».

Stalin confirma a su manera la teoría de la revolución permanente

Así es como se han enfrentado dos programas en el territorio español. Por una parte el de la salvaguardia a cualquier precio de la propiedad privada contra el proletariado, y si fuera posible, la salvaguardia de la democracia contra el fascismo. Por otra, el programa de la abolición de la propiedad privada, gracias a la conquista del poder por el proletariado. El primero expresaba el programa del gran capital, por medio de la aristocracia obrera, las franjas mejor situadas de la pequeña burguesía, y sobre todo, por medio de la burocracia soviética. El segundo traducía, en lenguaje marxista, las tendencias del movimiento revolucionario de masas, no plenamente conscientes, pero poderosas. Para desgracia de la revolución, entre el puñado de bolcheviques y el proletariado se levantaba el muro contrarrevolucionario del Frente Popular.

Por su parte, la política del Frente Popular no quedó determinada de ninguna forma por el chantaje de Stalin, en tanto que abastecedor de armas. Sin duda el chantaje va incluido en las condiciones internas de la propia revolución. Durante los seis últimos años, el fondo social de ésta fue la creciente ofensiva de las masas contra la propiedad semifeudal y burguesa. Ha sido precisamente la necesidad de defender esta propiedad la que ha empujado a la burguesía a los brazos de Franco. El gobierno republicano había prometido a la burguesía defender la propiedad a base de medidas «democráticas», pero sufrió una completa derrota, sobre todo en julio de 1936. Cuando la situación de la propiedad privada se hizo aún más amenazante que la propia situación militar, los demócratas de todo tipo, incluidos los anarquistas, se inclinaron ante Stalin, y este último no encontró en su arsenal otros métodos que los de Franco.

Sin persecución contra los trotskystas, los poumistas, los anarquistas revolucionarios y los socialistas de izquierda, sin bajas calumnias, documentos falsificados, torturas en las prisiones estalinistas, asesinatos por la espalda; sin todo eso, la bandera de la burguesía no hubiera durado ni dos meses junto a la bandera republicana. La G.P.U. se hizo dueña de la situación porque se defendió más consecuentemente que los demás, es decir, con más trampas, los intereses de la burguesía contra el proletariado. Durante su lucha contra la revolución socialista, el demócrata Kerensky buscó en primer lugar un apoyo en la dictadura militar de Kornilov, después intentó entrar en Petrogrado en los vagones del general monárquico Krasnov; por otra parte, los bolcheviques, para llevar la revolución democrática hasta el final, se vieron obligados a derrocar al gobierno de los charlatanes y parlanchines democráticos. Al hacer esto, acabaron de paso con todas las tentativas de dictadura militar o fascista.

La revolución española demuestra que es imposible defender la democracia contra las masas revolucionarias de otra forma que no sea por los métodos de la reacción fascista. Y a la inversa, es imposible llevar una lucha contra el fascismo de otra forma que no sea por los métodos de la revolución proletaria. Stalin ha luchado contra el trotskysmo (la revolución proletaria) a base de medidas bonapartistas y de la G.P.U. Esto refuta de una vez para siempre la vieja teoría menchevique, de la que se ha apropiado la Komintern, teoría que hace de la revolución socialista dos capítulos independientes, separados uno de otro por el tiempo. La actuación de los verdugos de Moscú, confirma a su manera, la teoría de la revolución permanente.

El papel de los anarquistas

Los anarquistas no han tenido ninguna posición independiente en la revolución española. No han hecho más que oscilar entre el bolchevismo y el menchevismo. O más exactamente, los obreros anarquistas tendían a buscar una salida en la vía bolchevique (19 de julio, jornadas de mayo), los dirigentes, por el contrario, empujaban con todas sus fuerzas a las masas hacia el campo del Frente Popular, es decir, al régimen burgués.[19]

Los anarquistas han dado pruebas de una fatal incomprensión de las leyes de la revolución y de sus tareas, ya que limitaron la revolución a los sindicatos, es decir, a las organizaciones de tiempo de paz, impregnadas de rutina e ignorantes de lo que pasaba fuera de ellas, en las masas, en los partidos políticos y en el aparato de estado. Si los anarquistas hubiesen sido revolucionarios, hubiesen llamado ante todo a la formación de soviets que reuniesen a todos los representantes de la ciudad y del campo, incluyendo a los millones de hombres superexplotados que jamás habían entrado en un Sindicato. Naturalmente, los obreros revolucionarios hubieran tomado una posición dominante en los soviets. Los estalinistas hubieran estado en una proporción insignificante. El proletariado se habría convencido de su fuerza invencible. El aparato de estado no hubiera sido tomado en cuenta para nada. No hubiera hecho falta un golpe demasiado fuerte para que este aparato cayera a tierra. La revolución socialista hubiera recibido un poderoso impulso. El proletariado francés no hubiera seguido permitiendo a Léon Blum. bloquear la revolución por más tiempo al otro lado de los Pirineos.

La burocracia de Moscú no hubiera podido permitirse tal lujo. Las más difíciles cuestiones se hubieran resuelto solas.

En lugar de esto, los anarquistas, que intentaron refugiarse en la política de los sindicatos, se convirtieron, con gran asombro de todo el mundo, y empezando por ellos mismos, en la quinta rueda del carro de la democracia burguesa.[20] No por mucho tiempo, pues la quinta rueda no le sirve a nadie. Después que García Oliver y Cia. ayudaron a Stalin y a sus adictos a robar el poder a los obreros, los propios anarquistas fueron expulsados del gobierno del Frente Popular. Disimularon su terror de pequeño burgués ante el grande, de pequeño burócrata ante el gran burócrata, a base de llorosos discursos sobre la santidad del frente único (de las victimas con los verdugos) y sobre la imposibilidad de admitir toda dictadura, incluida la suya propia. «Hubiéramos podido tomar el poder en julio de 1936 Hubiéramos podido tomar el poder en mayo de 1937 ... » De esta forma es como imploraban los anarquistas a Negrin y Stalin para que reconociesen su traición a la revolución. Un cuadro repugnante.

Una sola autojustificación: «No tomamos el poder, no porque no pudiéramos, sino porque no quisimos, porque estamos en contra de toda dictadura»,[21] etc., que encierra una condena del anarquismo en tanto que doctrina contrarrevolucionaria. Renunciar a la conquista del poder, es dejárselo voluntariamente a los que lo tienen, a los explotadores. El fondo de toda revolución ha consistido y consiste en llevar a una nueva clase al poder, dándole así toda las posibilidades de realizar su programa. Es imposible hacer la guerra sin desear la victoria. Nadie hubiera podido impedir a los anarquistas que establecieran, despues de la toma del poder, el régimen que les hubiera parecido, admitiendo, evidentemente, que fuese realizado. Pero los dirigentes anarquistas habían perdido la fe en ellos mismos. Se alejaron del poder no porque estuviesen contra toda dictadura -de hecho, de buena o mala gana...- sinoo porque habían abandonado totalmente sus principios, habían perdido su coraje, si es que alguna vez tuvieron algo de esto. Tenían miedo de todo, al aislamiento, a la intervención, al fascismo, tenían miedo de Stalin, tenían miedo de Negrín. Pero a quién más temían estos charlatanes era a las masas revolucionarias.
El que se niega a conquistar el poder, abandona inevitablemente toda la organización obrera en los brazos del reformismo, haciendo de ella el juguete de la burguesía; teniendo en cuenta la estructura de clase de la sociedad, no puede ser de otra forma.[22]

Luchando contra el fin, la toma del poder, los anarquistas no podían, a fin de cuentas, dejar de luchar contra el miedo, la revolución. Los dirigentes de la C.N.T., de la F.A.I., han ayudado a la burguesía no sólo a mantenerse en la sombra del poder en julio de 1936, sino incluso a recuperar, pedazo a pedazo, todo lo que habían perdido de golpe. En mayo de 1937 sabotearon la insurrección de los obreros salvando así la dictadura de la burguesía. Así pues el anarquista que no quería ser más que antipolítico, de hecho se ha convertido en antirrevolucionario, y en los momentos más críticos, en contrarrevolucionario.

Los teóricos anarquistas que, desde el gran examen de 1931-1937, no hacen más que repetir los viejos cuentos reaccionarios sobre Kronstad, afirmando que el estalinismo es el producto inevitable del marxismo, no hacen más que demostrar que han muerto para la revolución.

¿Decís que el marxismo es violencia en si, mismo y que el estalinismo es su descendencia legítima? ¿Entonces por qué nosotros, los marxistas-revolucionarios, luchamos a muerte contra el estalinismo? ¿Por qué la pandilla estalinista ve en el trotskysmo a su enemigo principal? ¿Por qué toda proximidad con nosotros o con nuestra forma de actuar (Durruti,[23] Nin, Landau y los demás)[24] obliga a los gángsteres de Stalin a recurrir a una sangrienta represión? ¿Por que por otra parte, los dirigentes anarquistas españoles, en la época de los crímenes de la G.P.U., eran ministros de Caballero-Negrín,[25] es decir, de los servidores de la burguesía y de Stalin? ¿Por qué incluso ahora, bajo el pretexto de la lucha contra el fascismo, los anarquistas siguen siendo prisioneros voluntarios de Stalin-Negrín, es decir, de los verdugos de la revolución? ¿Por su incapacidad para luchar contra el fascismo?

Los abogados del anarquismo que predican contra Kronstad y por Makhno no engañan a nadie.[26] Tanto en el episodio de Kronstad como en la lucha contra Makhno, nosotros defendimos la revolución proletaria frente a la contrarrevolución campesina. Los anarquistas españoles han defendido y defienden aún la contrarrevolución burguesa frente a la revolución proletaria. Ningún sofisma hará desaparecer de la historia el hecho de que el anarquismo y el estalinismo están al mismo lado de la barricada, las masas revolucionarias y los marxistas en el otro. Ésta es la verdad que penetrará para siempre en la conciencia del proletariado.

El papel del P.O.U.M.

No es mejor la parte que le toca al P.O.U.M. Ciertamente intentó apoyarse en la: fórmula de la revolución proletaria (por esto los estalinistas han acusado a los poumistas de trotskystas), pero la revolución no se contenta con simples reconocimientos teóricos. En lugar de movilizar a las masas contra los dirigentes reformistas, incluidos los anarquistas, el P.O.U.M. intentaba convencer a estos señores de las ventajas del socialismo sobre el capitalismo.[27] A partir de este diapasón se concentraban todos los artículos y discursos de los líderes del P.O.U.M. Con tal de no alejarse de los dirigentes anarquistas, no organizaron sus propias células en la C.N.T.; y en general, no hicieron ningún trabajo en ella.[28] Eludiendo los conflictos agudos, no hicieron ningún trabajo en el ejército republicano.[29] En lugar de esto, construyeron sus «propios sindicatos»,[30] sus «propias milicias»[31] que defendían sus propios edificios y se ocupaban de sus propios sectores del frente : Aislando la vanguardia revolucionaria de la clase, el P.O.U.M. debilitó a la vanguardia dejando a las masas sin dirección. Políticamente, el P.O.U.M. ha estado incomparablemente más cerca del Frente Popular, en el que cubría el ala izquierda, que del bolchevismo. Si el P.O.U.M. ha sido victima de una represión sangrienta y falaz, es porque el Frente Popular no podía cumplir su cometido de aplastar a la revolución socialista, más que acabando pedazo a pedazo con su propio flanco izquierdo.

A fin de cuentas, a pesar de sus intenciones, el P.O.U.M. ha resultado ser el principal obstáculo en la vía de la construcción de un partido revolucionario. Los partidarios platónicos o diplomáticos de la IVª Internacional que, como el dirigente del Partido Socialista revolucionario de Holanda Sneevliet, han sostenido ostensiblemente al P.O.U.M.,, con su carácter híbrido, su indecisión, su tendencia a evitar las cuestiones candentes, en una palabra, su centrismo, se han echado sobre el hombro una gran responsabilidad. La revolución no se acomoda al centrismo. Lo desenmascara, lo aniquila. De pasada compromete a los abogados y a los amigos del centrismo.[32] Ésta es una de las lecciones más importantes de la revolución española.

El problema del armamento

Los socialistas y los anarquistas, que, intentan justificar su capitulación ante Stalin por la necesidad de pagar las armas a Moscú, a base del abandono de toda conciencia Y de todo principio, sencillamente mienten, y además mienten tan estúpidamente. Seguramente muchos de ellos hubieran preferido pasar sin asesinatos y sin falsificaciones, pero cada fin impone sus propios medios. Desde abril de 1931, es decir, desde mucho antes de la intervención militar de Moscú, los anarquistas y los socialistas han hecho todo lo que han podido para frenar la revolución proletaria. Stalin les ha enseñado como llevar esta tarea hasta el final. Se han convertido en los cómplices de Stalin porque tenían los mismos objetivos políticos.

Si los dirigentes anarquistas hubieran sido tan sólo un poco revolucionarios, desde el primer chantaje de Moscú, hubieran podido responder no sólo con la continuación de la ofensiva socialista, sino además por medio de la difusión ante la clase obrera de las condiciones contrarrevolucionarias impuestas por Stalin.[33] « Al hacer esto, hubieran colocado la dictadura de Moscú entre la revolución socialista y la dictadura de Franco. La burocracia termidoriana teme y odia a la democracia. Pero también teme verse ahogada por el anillo fascista. Por otra parte depende de los obreros. Todo esto permite suponer que Moscú se hubiera visto obligado a proporcionar armas, y posiblemente a un precio más moderado.

Pero el mundo no se reduce al Moscú de Stalin. En año y medio de guerra civil se podría haber hecho avanzar la industria de guerra española, adaptando una serie de fábricas civiles a las necesidades de la guerra. Si este trabajo no ha sido llevado a cabo se debe únicamente a que las iniciativas de las organizaciones obreras han sido atacadas tanto por Stalin como por sus aliados españoles. Una potente industria de guerra seria una poderosa arma en manos de los obreros. Los jefes del Frente Popular prefieren depender de Moscú.

Precisamente en esta cuestión es donde aparece de una forma particularmente clara el nefasto papel del Frente. Popular, que imponía a las. organizaciones obreras la responsabilidad de las transacciones de la burguesía con Stalin. En la medida en que los anarquistas se encontraban en minoría, evidentemente, no podían impedir al bloque dirigente que tomase los acuerdos que le pareciesen convenientes con los amos de Moscú, París y Londres, pero lo que sí podían y debían hacer es ser los mejores combatientes en el frente, distinguir netamente las traiciones y los traidores, y explicar la verdadera situación a las masas, movilizándolas contra el gobierno burgués para acrecentar cada día sus fuerzas para, a fin de cuentas, apoderarse del poder, y con él, de las armas de Moscú.

¿Pero qué hubiera pasado si Moscú, debido a la falta del Frente Popular se hubiera negado a entregar las armas?, ¿y qué` hubiera pasado -contestamos nosotros- si la Unión Soviética no hubiera existido? Hasta ahora las revoluciones no habían vencido gracias a protectores extranjeros que les proporcionaran armas. Generalmente los protectores extranjeros estaban del lado de la contrarrevolución. ¿Es necesario mencionar la intervención francesa, inglesa y norteamericana contra la Unión Soviética? El proletariado de Rusia venció a, la contrarrevolución interior e internacional sin necesidad de apoyo material del exterior.. Las revoluciones han vencido ante todo gracias a un programa socialista que da a las masas la posibilidad de apoderarse de las armas que se encuentran en su territorio y de dispersar Al ejército enemigo. El ejército rojo se apoderó de las reservas militares francesas,. inglesas y norteamericanas, arrojando al mar los cuerpos de expedicionarios extranjeros. ¿Y se ha olvidado esto?

Si al frente de los obreros y campesinos armados, es decir, al frente de la España republicana, hubiesen estado revolucionarios, en vez de cobardes agentes de la burguesía, el problema del armamento no hubiera jugado un papel tan grande. El ejército de Franco, incluyendo los rifeños coloniales y los soldados de Mussolini, no estaba en ningún modo, asegurado contra el contagio revolucionario.[34] Rodeado por todas partes por las llamadas de la revolución socialista, los soldados fascistas hubieran quedado reducidos a una cantidad insignificante. No eran las armas ni los «genios» militares lo que faltaba en Madrid y Barcelona; lo que faltaba era un partido revolucionario.

Las condiciones de la victoria

En el fondo, las condiciones de la victoria de las masas en la guerra civil contra los opresores eran muy sencillas:
1. Los combatientes del ejército revolucionario deben tener plena conciencia de que están luchando por su completa emancipación, y no por el restablecimiento de la antigua forma (democrática) de explotación.
2. Lo mismo debe hacerse comprender a los obreros y campesinos, tanto en la retaguardia del ejército revolucionario como en la retaguardia del ejército enemigo.
3. La propaganda sobre su propio frente, sobre el frente enemigo y sobre las dos retaguardias debe estar impregnada del espíritu de la revolución social. La consigna «Primero la victoria, después las reformas» es la consigna de todos los opresores y explotadores, empezando por los reyes bíblicos y acabando por Stalin.
4. La victoria viene determinada por las clases y las capas que intervienen en la lucha. Las masas deben poseer un aparato de estado que exprese directa e indirectamente su voluntad. Semejante aparato no puede ser construido más que por los soviets de obreros, soldados y campesinos.
5. El ejército revolucionario debe, no sólo proclamar, sino realizar inmediatamente, en las provincias conquistadas, las más urgentes medidas de la revolución social: expropiación y entrega a los más necesitados de las reservas alimenticias existentes, redistribución de los alojamientos en beneficio de los trabajadores, y sobre todo de las familias de los combatientes, expropiación de la tierra y de los instrumentos agrícolas en beneficio de los campesinos, establecimiento del control obrero sobre la producción, y del poder soviético en lugar de la antigua burocracia.
6. Deben ser expulsados sin piedad del ejército revolucionario los enemigos de la revolución socialista, es decir, los explotadores y sus agentes, incluso si se cubren con la máscara de «demócrata», «republicano» «socialista» o «anarquista».
7. A la cabeza de cada división debe encontrarse un comisario de irreprochable autoridad, como revolucionario y como soldado.
8. En cada división militar debe haber un núcleo homogéneo de los combatientes más abnegados, recomendados por las organizaciones obreras. Este núcleo sólo tiene un privilegio: ir el primero a la lucha.
9. En los primeros tiempos, el cuadro de mando incluye necesariamente muchos elementos extraños y poco seguros. Su comprobación y selección debe hacerse en base a la experiencia militar, por medio de testimonios de los comisarios y de notas de los combatientes de línea. Al mismo tiempo deben emprenderse grandes esfuerzos en vista a la preparación de mandos provenientes de las filas de los obreros revolucionarios.
10. La estrategia de la guerra civil debe combinar las reglas del arte militar con las tareas de la revolución social. No sólo en la propaganda, sino incluso en las operaciones militares, es necesario contar con la composición social de las diferentes partes del ejército adversario (voluntarios burgueses ' "campesinos movilizados., o como en el caso de Franco, esclavos coloniales) y, al escoger la línea de operación, tener escrupulosamente en cuenta la cultura social de las correspondientes regiones del país (regiones industriales, campesinas, revolucionarias o reaccionarías, regiones de nacionalidades oprimidas, etc.). En otras palabras: la política revolucionaria domina a la estrategia.
11. El gobierno revolucionario, en tanto que comité ejecutivo de los obreros y campesinos, debe saber conquistar la confianza del ejército y de toda la población trabajadora.
12. La política exterior debe tener como principal objetivo despertar la conciencia revolucionaria de los obreros, de los campesinos y de las nacionalidades oprimidas del mundo entero.

Stalin ha asegurado las condiciones de la derrota

Como se puede apreciar, las condiciones de la victoria son bien sencillas. Su conjunto se llama revolución socialista. Ninguna de estas condiciones se ha dado en España. La razón principal es la falta de un partido revolucionario. Stalin ha intentado trasladar a España los procedimientos externos del bolchevismo, buró político, comisarios, células, G.P.U., etc. Pero ha vaciado todas estas formas de su contenido socialista. Rechazó el programa bolchevique, y con él, los soviets, en tanto que forma necesaria de la iniciativa de las masas. Ha colocado la técnica del bolchevismo al servicio de la propiedad burguesa. Con su estrechez burocrática se imaginaba que los simples comisarios eran capaces de asegurar la victoria. Pero los comisarios de la propiedad privada no son capaces de asegurar mas que la derrota.

El proletariado ha manifestado cualidades combativas de primera categoría. Por su peso específico en la economía del país, por su nivel cultural y político, se encontraba, desde el principio de la revolución, muy por encima del proletariado ruso a comienzos de 1917[35]. Los principales obstáculos para la victoria fueron sus propias organizaciones. La pandilla dirigente, cómplices de la contrarrevolución, estaba formada por agentes pagados, carreristas, elementos desclasados y desechos sociales de todo tipo. Los representantes de las restantes organizaciones obreras, reformistas inveterados, charlatanes anarquistas, incurables centristas del P.O.U.M., gruñían dudaban, suspiraban, maniobraban, pero a fin de cuentas, se adaptaban al estalinismo. El resultado de todo su trabajo fue que el campo de la revolución socialista (obreros y campesinos) se encontró sometido a la burguesía, o, mas exactamente, a su sombra; perdió su carácter, perdió su sangre. No faltó ni el heroísmo de las masas ni el coraje de revolucionarios aislados. Pero las masas fueron abandonadas a si mismas y los revolucionarios fueron apartados de ellas, sin programa, sin plan de acción. La dirección militar se ocupó más de aplastar a la revolución socialista que de las victorias militares. Los soldados perdieron la confianza en sus mandos, las masas en su gobierno, los campesinos se situaron al margen, los obreros se hastiaron, las derrotas se sucedían, la desmoralización crecía. No era difícil prever todo desde el comienzo de la guerra civil. El Frente Popular estaba abocado a la derrota militar, ya que tenía como meta la salvaguardia del régimen capitalista. Colocando el bolchevismo patas arriba, Stalin cumplió con éxito el papel principal de sepulturero de la revolución.[36]

La experiencia española -dicho sea de paso- demuestra que Stalin no comprendió nunca nada de la Revolución de Octubre ni de la guerra civil. Su lento carácter provinciano quedó desfasado en- relación a la impetuosa marcha de los acontecimientos de 1917 a 1921. Todos los artículos de 1917 en los que expresaba ideas propias, con- tienen ya toda su posterior doctrina termidoriana. En este sentido, el estalinismo de la España de 1937, es la continuación del estalinismo de la conferencia de marzo de 1917. [37]Pero, mientras que en 1917 sólo estaba aterrorizado por los obreros revolucionarios, en 1937 los ha estrangulado; el oportunista se ha hecho verdugo.

La guerra civil en la retaguardia

«¡Pero para conseguir la victoria sobre los gobiernos Caballero-Negrin, hubiera sido necesaria una guerra civil en la retaguardia del ejército republicano!» chilla aterrado el filósofo demócrata. Como si no existiera ya, sin necesidad de esto, en la España republicana, la guerra más pérfida y deshonesta, la guerra de los propietarios y explotadores contra los obreros y campesinos. guerra incesante se traducirá en arrestos, asesinatos de revolucionarios, desarme de los obreros, armamento de la policía burguesa, abandono en el frente, sin armas ni recursos, de destacamentos obreros, y finalmente, en el pretendido interés por desarrollar la industria de guerra.

Cada uno de estos actos constituirá un fuerte golpe para el frente, una evidente traición militar dictada por los intereses de la burguesía. Sin embargo, el filisteo demócrata, ya sea estalinista, socialdemócrata o anarquista, juzga la guerra civil de la burguesía contra el proletariado, incluso en la retaguardia cercana al frente, como una guerra natural e inevitable, que tiene como fin «asegurar la unidad del Frente Popular». Por el contrario, la guerra civil del proletariado frente a la contrarrevolución republicana es, desde el punto de vista del mismo filisteo, una guerra criminal, «fascista», «trotskysta», que rompe la unidad de las fuerzas antifascistas. Decenas de Norman Thomas, de mayor Attle, de Otto Bauer, de Zyromsky, de Malraux, y de pequeños traficantes de mentiras tipo Duranty y Louis Fischer, difunden esta sabiduría por todo el mundo. Mientras tanto, el gobierno del Frente Popular se traslada de Madrid a Valencia y de Valencia a Barcelona.

Si, como lo confirman los hechos, la revolución socialista es la única capaz de acabar con el fascismo, no es menos cierto que la insurrección del proletariado no se puede concebir más que cuando la clase dominante está aterrorizada por grandes dificultades. Sin embargo, los filisteos demócratas invocan precisamente estas dificultades para demostrar que la insurrección proletaria es inadmisible. Si el proletariado está esperando a que sean los filisteos demócratas los que vayan a anunciarle la hora de su emancipación, seguirá siendo esclavo eternamente. La primera tarea, y la principal, de la revolución, es enseñar a los obreros a reconocer a los filisteos reaccionarios bajo todas sus máscaras, y a despreciarlos, sea cual sea esta máscara.

El desenlace

La dictadura del estalinismo en el campo republicano, por su propia naturaleza, no podrá prolongarse por mucho tiempo. Si las derrotas provocadas por la política del Frente Popular empujan una vez mas al proletariado a una ofensiva revolucionaria, esta vez victoriosa, la pandilla estalinista quedará marcada al rojo vivo. Pero si, como es probable, Stalin consigue acabar su trabajo de sepulturero de la revolución, incluso en este caso, nadie le estará agradecido. La burguesía española le ha necesitado como verdugo, pero no le es útil como protector y preceptor. Desde su punto de vista, Londres y París por una parte, Roma y Berlin por otra, son mucho más serios que Moscú. Es posible que Stalin prefiera retirarse de apaña antes de la catástrofe definitiva. Intentará hacer caer la responsabilidad de la derrota sobre sus propios aliados. Después de lo cual, Litvinov solicitaría a Franco el. restablecimiento de las relaciones diplomáticas. Esto es algo que ya hemos visto muchas veces.[38]

Sin embargo, la completa victoria del ejército republicano sobre Franco, no significa en modo alguno el triunfo de la democracia. Los obreros y campesinos han conducido dos veces a los republicanos y a sus agentes al poder: en abril de 1931, y en febrero de 1936. Las dos veces, los héroes del Frente Popular han cedido la victoria del pueblo a los representantes más reaccionarios de la burguesía. La tercera victoria conseguida por los generales del Frente Popular significaría su inevitable acuerdo con la burguesía fascista, a espaldas de los obreros y campesinos. Un régimen de este tipo, no sería más que otra forma de dictadura militar, incluso sin Monarquía, ni dominio abierto de la Iglesia Católica.

En fin, es posible que las victorias parciales de los republicanos sean utilizadas por los intermediarios anglofranceses « desinteresados » con el fin de reconciliar a los beligerantes. No es difícil de comprender que, en una variante de este tipo, los últimos restos de democracia, serían ahogados por los fraternales abrazos de los generales Miaja (comunista) y Franco (fascista).[39] Una vez más, sólo puede vencer, o bien la revolución socialista., o bien el fascismo.

Por otro lado, no está excluido que la tragedia dé lugar, en el último momento, a una farsa. Cuando los héroes del Frente Popular tengan que abandonar su última capital, antes de subir al barco o- al avión, proclamarán una serie de reformas socialistas, para dejar al pueblo buen recuerdo de ellos. Sin embargo esto no servirá para nada. Los obreros del mundo entero se acordarán con rabia y con desprecio de los partidos que han llevado a la derrota a una heroica población.

La trágica experiencia de España es una amenazadora advertencia, puede que la última ante acontecimientos más grandiosos, dirigidos a todos los obreros del mundo. Según las palabras de Marx, las revoluciones son las locomotoras de la historia, avanzan más rápidas que el pensamiento de los partidos revolucionarios a medias o a cuartas. El que se para, cae bajo las ruedas de la locomotora. Además, y éste es el peligro principal, la propia locomotora descarrila a menudo. El problema de la revolución debe ser meditado hasta el fondo, hasta sus últimas consecuencias concretas. Hay que conformar la política a las leyes fundamentales de la revolución, es decir, al movimiento de las clases en lucha, y no a los temores y a los prejuicios superficiales de los grupos pequeñoburgueses, que se autotitulan Frente Popular, y otro montón de cosas. En la revolución, la línea de menor resistencia resulta ser la de peor bancarrota. El miedo a aislarse de la burguesía conduce a aislarse de las masas. La adaptación a los prejuicios conservadores de la aristocracia obrera, significa la traición a los obreros y a la revolución. El exceso de prudencia es la más funesta de las imprudencias. Ésta es la principal lección del derrumbe de la organización política más honesta de España: el P.O.U.M., partido centrista. Los grupos del Buró de Londres, o no quieren o no saben sacar las conclusiones necesarias de la última advertencia de la Historia. Por eso mismo, van derechos hacia su propia derrota. Por el contrario ahora existe una nueva generación de revolucionarios que se educan con las lecciones de las derrotas. Ha podido confirmar en la práctica la reputación ignominiosa de la IIª Internacional. Ha podido medir la profunda caída de la IIIª. Ha aprendido a juzgar a los anarquistas, no por sus palabras, sino por sus actos. Hermosa e inapreciable escuela, pagada con la sangre de innumerables combatientes. Los cuadros revolucionarios actualmente se agrupan bajo la bandera de la IVª Internacional. Ha nacido bajo el estruendo de la derrota, para conducir a los trabajadores a la victoria.

Coyoacán, 17 de diciembre de 1937.

 



[1] . Es indudable que uno de los aspectos de la «ayuda» de la Unión Soviética al gobierno republicano español, el envío de «consejeros militares», respondía a la necesidad de educar cuadros y de asimilar las «lecciones» de la guerra en vista del conflicto mundial que se acercaba. Durante mucho tiempo han estado envueltas en misterio la verdadera identidad de los oficiales rusos que sirvieron en España -a los que se llamaba «mejicanos», o incluso «gallegos» y que en Rusia fueron los «españoles». En primer lugar porque su permanencia fue mantenida en secreto a causa de la política de «no intervención», y además, porque después de acabada la guerra, por parte de Rusia no había ningún interés en divulgarlo -teniendo en cuenta la utilización del mito español- que como ha subrayado Roy Medvedev: «Stalin mató más combatientes (rusos) en la guerra de España que las propias balas fascistas.» (Roy Medvedev, Let History Judge, p. 248.) Los principales «consejeros militares» fueron sucesivamente los generales Berzine, Stern y «Maximov». Ian Berzine, viejo bolchevique letón, había sido jefe de los servicios de información soviéticos, conocido en España con el nombre de general Grichine; fue reclamado y fusilado en 1937. Sería rehabilitado en tiempos de Kruschev, al mismo tiempo que su colaborador Richard Sorge. El general Grigori Stern, -en España el general Grigorevitch- fue confundido a menudo con Manfred Stern, más conocido en España con el nombre de general Kléber, de las Brigadas Internacionales, oficial del ejército rojo al igual que él. No sería fusilado hasta 1941, al mismo tiempo que el general Smoutchkievitch, llamado general Douglas, que había dirigido la aviación rusa en España, y el general Dimitri Paulov, llamado Pablo, jefe de los tanquistas. El agregado militar de la embajada, el general Vladimir Goriev, tuvo un papel fundamental en la defensa de Madrid, dejando el recuerdo de un hombre valiente, competente y recto. También sería llamado en 1937 y fusilado al mismo tiempo que dos de sus principales colaboradores, los coroneles Ratner y Lvovitch, llamado Loti. Su ex secretario, el profesor «hispanoamericano» José Robles, amigo de John Dos Passos, acusado de ser «poumista», desaparecería, seguramente eliminado también por la G.P.U. El general Grigori Kulik, llamado Kupper, probablemente alto responsable de la N.K.V.D., dejó el recuerdo de hombre tan incompetente como brutal. Fue consejero del general Pozas. Sería fusilado en 1941, después de los primeros fracasos del ejército rojo. El futuro general Kiril Meretzkov, era, en España, el coronel Petrovich, arrestado a su vuelta a la U.R.S.S., sería finalmente puesto en libertad, física y moralmente derrotado a causa de su detención, lo que no le impidió ascender a mariscal. Sus memorias, recientemente publicadas, no dedican a España más que breves palabras, y no hacen alusión a su detención. Entre los que escaparon a la masacre a su vuelta a la U.R.S.S., hay que citar al futuro mariscal Voronov -el coronel Volter- y Malinovsky -coronel Malino o Manolito- el futuro general Pavel Batov-Fritz Pablo, consejero de las brigadas internacionales, al general húngaro Lukács, el futuro general Hajdi Manlsourov -quizá consejero de Durruti con el nombre de Xanti-, el futuro almirante Kournetzov -conocido con el nombre de Nicolás o Kolia-, el futuro mariscal Rodimtsev, llamado capitán Pablito. No tenemos información del destino de algunos de ellos, cuyo papel fue importante, como el coronel Valois, que se llamaba realmente Boris Simonov. De otros no sabemos nada, como del a menudo citado general Maximov. Nada atestigua la presencia en España, afirmada por algunos autores, de los futuros mariscales Rokossovsky, Soukov y Koniev. Incluso hoy es imposible saber si los militares «españoles» fueron ejecutados en la U.R.S.S. durante las purgas del ejército (el asunto Tujachevsky), o si lo fueron en tanto que «españoles», incómodos testigos de la política de Stalin en España, como lo serían los «políticos», periodistas y diplomáticos, como KoItsov, Marcel Rosenberg, Antonov-Ovseenko, Artur Stachevsky, o los «policias» Sloutsky, Spiegelgiass, etc

[2] El órgano de las J.C.I. de Madrid, La Antorcha, había expresado ya la misma idea: «La pequeña burguesía, ella sola, era incapaz de militarizar al proletariado. Para esto le hacia falta el prestigio de algunos partidos proletarios. Éste fue el significado de la crisis del gobierno Giral, y del ejercicio del poder por las organizaciones proletarias en nombre de la democracia burguesa. («¿Militarización? ¡No, disciplina!», La Antorcha, 17 de octubre de 1936.)

[3] Este fenómeno se describe en la obra de César M. Lorenzo, Les anarchistes espagnos et le pouvoir. La simpatía del autor que pertenece a una familia de militantes libertarios, no disimula de ninguna forma la derrota de los dirigentes anarquistas, que renegaron de su propia doctrina y barrieron sus propias enseñanzas en nombre de las «circunstancias excepcionales».

[4] El antiguo dirigente de las Juventudes Socialistas Unificadas y militante del P.C.E., Federico Melchor, afirmaba, por ejemplo, en enero de 1937: «Hoy en día no tenemos que hacer una revolución social: estamos desarrollando la revolución democrática.» (Organicemos la producción, pp. 6-8.) Antonio Mitje, miembro del Buró Político, del P.C.E. escribía: «Cuando incluso algunos tenían miedo de citar la revolución democrática, nosotros, los comunistas, no nos oponemos a explicar a los elementos impacientes que no comprenden la situación, que era políticamente correcto defenderla contra el fascismo.» (Mundo Obrero, 18 de mayo de 1938.) Esta política, anticipación de la lucha contra «el izquierdismo», y todo lo que era calificado como tal, encontraba su expresión más simplificada en la célebre consigna « ¡Primero vencer a Franco! »

[5] La más clara ilustración de esta afirmación se encuentra en la acción realizada la mañana del 19 de julio, sobre todo en las vastas medidas de expropiación y de colectivización tomadas en toda España a gran escala.

[6] Un ejemplo de esto es el decreto del gobierno Largo Caballero, tomado a iniciativa del ministro comunista de Agricultura Vicente Uribe, relativo a la «expropiación sin indemnización y en favor del estado» de los latifundios cuyos propietarios estén ligados a la rebelión militar. El criterio de apropiación de tierras no era social, sino político, y debido a esto fue puesto en tela de juicio por los propietarios que habían sobrevivido o no se encontraban en la zona franquista. Ya que se situaba en el marco del respeto a la propiedad privada, el decreto Uribe, permitió de esta forma la devolución de las tierras expropiadas por los campesinos pobres a los propietarios prudentes, afortunados, o absueltos sencillamente por los tribunales. Tuvo como principal consecuencia política acabar con la confianza de los campesinos en la solidez de sus conquistas.

[7] G. Dimitrov (1882-1949), comunista búlgaro, se hizo famoso por-el proceso que le hicieron los nazis después del incendio del Reichstag, del que le acusaban. Después de su liberación, se convirtió en uno de los héroes del movimiento comunista internacional. Fue nombrado secretario general de la Internacional Comunista en el VII Congreso, en el que fue el principal portavoz de la nueva línea de los «Frentes Populares.»

[8] Periodista americano, corresponsal de prensa en Moscú durante muchos años, «amigo de la U.R.S.S.», Louis Fischer, era uno de los blancos favoritos de Trotsky, que le trataba como genuino representante del liberal burgués proestalinista.

[9] En su «Nota Diaria», La Batalla del 6 de febrero de 1937, Juan Andrade señala que la censura estalinista en Madrid había llegado a censurar pasajes del Manifiesto Comunista, reproducidos en El combatiente rojo, órgano de las milicias del P.O.U.M. en Madrid.

[10] Aquí Trotsky se apoya sólidamente en la tradición marxista. En 1848, Karl Marx en La lucha de clases en Francia, se había alegrado de forma casi provocante del estallido del «Frente Popular» anticipado que constituía el agrupamiento de los obreros detrás de los dirigentes demócratas como Ledru-Rollin, y de la aparición, en su contra, del «partido obrero», con la candidatura de Raspail en las elecciones presidenciales de diciembre. «Ledru-Rollin y Raspail, eran respectivamente los nombres de la democracia burguesa y del proletariado. Los votos para Raspail -los proletarios y sus portavoces los socialistas lo declaran bien alto- debían ser una demostración en contra de los votos por Ledru Rollin, el primer acto por el que el proletario se separaba en tanto que partido político independiente del Partido demócrata. Señalemos que Marx era indiferente tanto a los resultados de estas elecciones, en definitiva secundarios, como a las reacciones de «hostilidad» de la «opinión pública» demócrata frente a esta candidatura de «división»: según su opinión, lo importante era que contribuía a la unión de los obreros, de su clase, sobre una base clasista.

[11] Una parte de esta «sombra», evidentemente estaba constituida por la burguesía internacional, cuyas exigencias en materia de pagos, cambios, etc., actuaban en el sentido del adormecimiento de las reivindicaciones revolucionarias. La necesidad de no alejarse de los «gobiernos democráticos» constituía uno de los argumentos más utilizados por los defensores de la política del Frente Popular. Comorera, dirigente del P.S.U.C. en Cataluña, declaraba en un míting: «En el bloque de las potencias democráticas, el factor decisivo no es Francia, sino Inglaterra. Es esencial que los camaradas de nuestro partido observen esto, a fin de moderar las consignas Debemos comprender que los grandes capitalistas de Inglaterra son capaces de llegar a un acuerdo en cualquier momento, con los capitalistas italianos y alemanes, sí llegan a la conclusión de que no tienen otra cosa que escoger respecto a España. Debemos de ganar la benévola neutralidad de este país, cuando no su ayuda directa.» (Treball, 2 de febrero de 1937).

[12] El célebre financiero J. March había sido uno de los principales instigadores del levantamiento militar. La totalidad de los hombres de negocios españoles estaban en el campo franquista: el director de Hispano-Suiza, salvado en 1936 por intervención de Leon Blum, sería nombrado alcalde de Barcelona en 1939

[13] Sin embargo se puede señalar que durante el verano de 1937, un ministro católico vasco, el pequeño industrial Manuel de Irujo, tomaría sus medidas respecto a los crímenes estalinistas cometidos bajo su jurisdicción y en el marco de su ministerio, contribuyendo, aunque de forma limitada, a darlos a conocer.

[14] Largo Caballero tenía una larga carrera de responsable sindical, como dirigente de la U.G.T., en cuyo seno siempre había dispuesto de una sólida base -sobre todo entre los trabajadores más cualificados y mejor pagados. Prieto, hombre de negocios y propietario de un periódico, y el doctor Negrín, médico y profesor, ante todo, se encontraban ligados a la burguesía liberal y gozaban de gran estima en los círculos políticos pequeñoburgueses

[15] Las primeras iniciativas contra Largo Caballero, vinieron del Partido Comunista Español, y sobre todo de los representantes de la Internacional Comunista en España, como P. Togliatti.

[16] Después de la escisión de la U.G.T., cuyo motor fueron los militantes del Partido Comunista de España, bajo la protectora cobertura de los socialistas de derecha como Ramón González Peña, Largo Caballero intentó montar una campaña pública, que en definitiva se reduciría a una sola intervención, por otra parte resonante, que tuvo lugar en Madrid el 17 de octubre de 1937. Después de este éxito inicial, el gobierno le vigiló. Largo Caballero se calló, reduciendo su actividad a la lucha -limitada- contra la represión, interviniendo, por ejemplo, como testigo de la defensa en el proceso de los dirigentes del P.O.U.M.

[17] En el Programa de Transición, adoptado en 1938 en la conferencia de fundación de la IVª Internacional, Trotsky hace trascender el «paso definitivo de la Internacional Comunista al lado del orden burgués» a la derrota alemana y a la toma del poder por Hitler

[18] En una obra aparecida en 1971, G. Hermet, con fuentes del P.C.E. escribe que «el partido contaba en marzo de 1937 con un 55 % de campesinos, con mayoría de pequeños propietarios, y un 10 % de clases medías y profesiones liberales, contra sólo un 35 % de obreros industriales» Añade que el «53 % de los miembros se encuentran en el ejército», y habla de la «ruralización» y el «aburguesamiento de los efectivos comunistas» durante la guerra civil. (Les communistes en Espagne, pp. 46-49.) Es indudable que el P.C.E., que se había convertido en el partido del orden», debía servir de refugio a los partidarios del «orden» -que no suelen reclutarse fundamentalmennte en el medio obrero.

[19] En julio de 1936, al igual que en mayo de 1937, no sólo la masa de los obreros influidos por el anarquismo y el anarcosindicalismo, sino la mayoría de los cuadros obreros, se lanzaron a la lucha bajo una línea revolucionaria que tendía mas o menos conscientemente a la toma del poder por los trabajadores. Este carácter tuvieron los combate de julio en Barcelona, que acabaron por esbozar la leyenda del intrépido luchador Durruti. Por el contrario, durante todo este periodo, el papel de Horacio Prieto, secretario del Comité nacional de la C.N.T., fue decisivo siempre que se trataba de la colaboración entre la C.N.T. y el gobierno. García Oliver, antiguo dirigente de los llamados «anarco-bolcheviques», también jugó un papel decisivo, tanto en julio de 1936, utilizando su autoridad para preservar las instituciones de la Generalitat de Cataluña, con el presidente Companys a la cabeza, como en mayo de 1937 en Barcelona, frenando la movilización.

[20] El ministro anarquista J. Peiró, miembro del gobierno Largo Caballero, escribía en Política, el 23 de febrero de 1937: «Nuestra victoria dependía y sigue dependiendo de Inglaterra y de Francia, pero con la condición de hacer la guerra y no la revolución ( ). Éste es el camino a seguir: hacer la guerra, y mientras tanto, limitarnos a preparar la revolución.»

[21] Haciendo un balance de esta época, el anarquista Santillán escribió después de la derrota: «Pudimos estar solos, imponer nuestra voluntad, declarar caduca la Generalitat, e imponer en su lugar un verdadero gobierno del pueblo , pero no creíamos en la dictadura cuando se ejercía sobre nosotros y no la deseábamos cuando podíamos ejercerla sobre los demás.» (Santillán, Por qué perdimos la guerra, p. 169.)

[22] Después de evocar en La Velada de Benicarló, el «levantamiento proletario» respondiendo a los golpes de los generales, Azaña escribe: «Una revolución necesita apoderarse de la autoridad, instalarse en el gobierno y dirigir el país según sus directrices. No lo hizo El antiguo orden podía haber sido reemplazado por otro, revolucionario. No pasó nada de eso, lo que trajo como consecuencia la impotencia y el desorden.» (Op. cit., p. 96.)

[23] La mención de Durruti en este paréntesis parece sugerir que Durruti se aproximó a las concepciones marxistas, y que fue asesinado por los estalinistas. Entre los revolucionarios circula desde hace mucho la versión según la cual su asesinato sería obra de la G.P.U. Sin embargo jamás ha sido probada. Este detalle histórico es minuciosamente debatido en la última parte de Durruti, le peuple en armes, de Abel Paz, que constata nuestras conclusiones. La propaganda estalinista se esforzó por recuperar la popularidad de Durruti en provecho propio, atribuyéndole la frase según la cual, estaba dispuesto a renunciar a «todo, menos a la victoria». La Izvestia del 23 de noviembre de 1936 afirmaban que se había acercado al P.C., haciéndose eco de un rumor según el cual se habría afiliado en secreto Numerosos testimonios reseñados por Abel Paz, la entrevista concedida por Durruti a Pierre Van Paasen (Toronto Star, 18 de agosto de 1936), el texto de su carta a los trabajadores soviéticos (C.N.T., 2 de noviembre de 1936), in extenso en Paz, op. cit., pp. 403-404), tiende a demostrar lo contrario. Durruti era consciente de la necesidad de llevar a cabo simultáneamente la guerra y la revolución: se había opuesto a la «militarización», haciendo reinar en su columna una verdadera disciplina. Algunos de sus compañeros más cercanos como el profesor Francisco Carreño, serían los que formarían en la primavera de 1937 el grupo de «Los amigos de Durruti», hostiles, tanto al antiestalinismo tradicional simplista de los anarquistas, como al ministerialismo de los dirigentes anarquistas españoles. En mayo de 1937, «los amigos de Durruti», trabajaron con Moulin y el grupo bolchevique-leninista.

[24] La primera traducción francesa dice: «Cualquier acercamiento hacia nuestras concepciones» -en lugar de «proximidad»-, lo que resultaba insostenible desde el punto de vista de Trotsky, ya que éste no podía suponer que en esta fecha, Nin, y aún menos Landau, podían «acercarse» a sus concepciones. Por el contrario el subrayado es interesante teniendo en cuenta la vida polémica entre él y sus militantes, a los que consideraba como «políticamente próximos» a sus concepciones. Se sabe que Nin fue asesinado por la G.P.U. No hay ninguna duda que Kurt Landau, arrestado dos meses más tarde, corrió la misma suerte. (Ver Katia Landau, Le stalinisme en Espagne.)

[25] 0 bien la fórmula «Caballero-Negrín» es voluntariamente ambigua, o bien Trotsky está en un error. Efectivamente, en el gobierno Largo Caballero -del que Negrín era ministro de finanzas- había cuatro ministros anarquistas en la época del primer proceso de Moscú, de la represión contra el P.O.U.M. de Madrid y durante las jornadas de mayo en Barcelona: Juan Peiró, Juan López, Federica Montseny y J. Garcia Oliver. Por el contrario, después de la dimisión de Largo Caballero, a finales de mayo de 1937, la C.N.T. se negó a entrar en el gobierno que formó Negrin, así pues, no estaba presente en el momento en que fueron asesinados Andrés Nin y Kurt Landau, Erwin Wolf y los demás. En el mes de julio abandonaron el gobierno de la Generalitat de Cataluña. A pesar de esto, esta salida no se corresponde con un cambio de actitud por parte de los dirigentes de la C.N.T. César M. Lorenzo -al que se puede suponer en contra de essto- resume su política frente al gobierno Negrín y Companys de este período con una fórmula cruel: «Los anarquistas suplicaban a Negrín y a Companys.». Quince días después de su salida del gobierno, un pleno peninsular parece reivindicar su vuelta. A principios del año siguiente, la C.N.T. y posteriormente la F.A.I., se adhirieron al Frente Popular, y el 2 de abril de 1938, entró en un nuevo gobierno Negrín.

[26] El papel jugado por Trotsky durante la guerra civil en Rusia en la represión de la insurrección campesina de Makhno, y posteriormente en mayo de 1921, en la de Kronstad, dos movimientos reivindicados por los anarquistas, sirvió y sigue sirviendo a los ataques de los anarquistas contra Trotsky y el trotskysmo, asimilándolo a una variante del estalinismo

[27] Por lo general, es evidente que la prensa del P.0.U.M. se dirigió a los anarquistas con mucha humildad. Juan Andrade consagró, por ejemplo, sus «Notas diarias» de los días 22 y 23 de enero a la actitud de la C.N.T., escribiendo el 22: «Contrariamente a lo que ha ocurrido con el anarquismo en las revoluciones de los demás países, en España, debido a su excepcional influencia, constituye la llave de la orientación de la revolución. No sabemos si los propios camaradas anarquistas se han dado cuenta de su responsabilidad; son la fuerza hegemónica del movimiento obrero español y, en gran medida, de ellos depende la suerte de la revolución ( ... ). La C.N.T. tiene el suficiente peso como para dirigir los acontecimientos en un sentido o en otro ( ... ). Desde el primer momento, convencidos de no disponer de la fuerza suficiente para cambiar totalmente el ritmo de los acontecimientos, nosotros hemos intentado que nuestros camaradas anarquistas realicen la función que les corresponde ( ). Ante todo se trata de los intereses del proletariado, precisamente debido a esto es por lo que vale la pena insistir en este tema.» Después de estas precauciones oratorias, Andrade concluía que, de hecho, la C.N.T. «hacía el juego al reformismo». Solidaridad Obrera se molestó por estas palabras, lo que obligó a Andrade a una contrición en una «contrarréplica» del 26 de enero: «Me limité a señalar el comportamiento contradictorio de la Confederación y la necesidad de que esta manera de situarse ante los graves acontecimientos adquiera una forma más coherente, en el propio interés de la revolución ( ). Sentimos que nuestra intención haya sido mal interpretada por el diario confederal. Nos apenamos, no porque intentemos sacar partido de un cambio de actitud, sino porque lo que está en juego son los intereses de la revolución. La prueba de la inocencia (bondad) de nuestra proposición está en que nosotros hemos comenzado por declarar que nuestra influencia en el movimiento obrero no era lo suficientemente fuerte como para orientar la marcha de los acontecimientos en el camino que nos parecía más ajustado en interés de la revolución. Igualmente hemos reconocido el enorme peso específico que tiene la C.N.T. entre las masas obreras de gran instinto revolucionario.» Un mes más tarde, el propio Andrade, comentando el artículo de Peiró mencionado antes (ver nota 21) escribe: «El ministro de la C.N.T. -no decimos la propia C.N.T.- se identifica plenamente con la posición reformista», precisando que no quiere más que «llamar la atención sobre el divorcio, la diferencia de criterios que parece producirse entre la C.N.T. y los miembros que la representan en el Gobierno central», «una advertencia llena de cordialidad a todos los camaradas de la C.N.T.» (La Batalla, 26 de febrero de 1937). Esta no es una actitud personal. Un editorial de La Batalla del 3 de marzo, afirma: «La responsabilidad de los dirigentes de la C.N.T. y la F.A.I. es enorme. Poseen la llave de la situación. Más aún, son ellos quienes pueden decidir el curso de la revolución.» La referencia a los dirigentes de la C.N.T. como la llave del futuro -incluso verbal- se encarnaba lógicamente en una política cuyo eje se encontraba como declaró Nin en el C.C. de diciembre de 1936, en su «pacto secreto» con los dirigentes de la C.N.T. Sobre esta cuestión, la crítica de la oposición de izquierda del P.O.U.M. se parece a la de Trotsky. La célula 72 escribía en sus «contratesis»: «La ausencia de una crítica fraternal, aunque severa, de la C.N.T. por parte del P.0.U.M., ha impedido a las masas de la C.N.T., y en general de la clase obrera, establecer una diferencia esencial entre una y otro, permitiendo confundir de manera general, sus posiciones y consignas respectivas.»

[28] Andrade recuerda de pasada en La Batalla del 26 de enero de 1937, la existencia de la F.O.U.S., así como las condiciones de su autodisolución y la adhesión de sus militantes a la U.G.T. «para entrar en una de las centrales existentes, es decir, precisamente en aquella en cuyo interior las organizaciones que constituyen la F.O.U.S. esperaban trabajar lo mejor posible en favor de la unidad sindical, ya que estaba dirigida por el reformismo, que es el principal enemigo.» De esta forma, el P.O.U.M. manifestaba una vez mas su deseo de evitar todo incidente con la C.N.T. A pesar de esto, muchos militantes del P.O.U.M. expresaron críticas. En el C.C. ampliado de diciembre- de 1936, el representante de Madrid declara, a propósito de lo que él llama «el acercamiento a la C.N.T.» que uno de los peligros de esta orientación aparece en la decisión de entrar en la, U.G.T. Subraya que, de repente, los contactos con la C.N.T. se limitan a la cumbre y no, como sería deseable, a relaciones «en el seno de las masas confederales». Por su parte J. Rebull escribe en la resolución que presentó al C.C. de octubre de 1937, que se debe reprochar a la dirección del P.O.U.M. haber «disuelto» la F.O.U.S. bajo la errónea consigna sindical «U.G.T.-C.N.T.» en lugar de haber avanzado la consigna «Ni U.G.T. ni C.N.T., central sindical Única». Añade: «Con una consigna de este tipo, no sólo hubieran existido razones para mantener la F.O.U.S. -a pesar de que estaba ya prácticamente disuelta en numerosas localidades- sino que además hubiéramos aparecido como los campeones de la unidad sindical.»

[29] En base a informaciones enviadas directamente desde el frente de Aragón, el trotskysta americano Felix Morrow escribe que allí no tuvo lugar elección de consejos de soldados en las mi licias del P.O.U.M. y que de hecho, la dirección de este último se oponía a ellos. (Revolution and Counterrevolution in Spain, p. 71.). Orwell no menciona la existencia de, consejos. En la resolución del C.C. de octubre de 1937, J. Rebull reprochaba a la dirección del P.O.U.M. haber permitido que militantes del partido, jefes de la división Lenin, saboteasen toda acción política entre los milicianos que se encontraban en sus filas. Efectivamente, parece que el P.O.U.M. no hizo nada para reclutar, para su partido entre sus milicias, ni incluso para dar una formación política a sus milicianos. (Orwell, o.p. cit., p. 261) Sin duda hay que hacer una excepción con la organización madrileña del P.O.U.M. El diario de las milicias del P.O.U.M. de este frente El Combatiente rojo, era un órgano político muy combativo, que por otra parte luchaba incansablemente en favor de la elección en las milicias de «comités de combatientes» -expresión sistemáticamente suprimida por la censura, pero claramente sugerida por el contexto

[30] A menos que Trotsky no haga aquí alusión a la política general del P.O.U.M. desde su fundación, la fórmula que él utiliza es falsa, o por lo menos anacrónica, sabemos que desde el principio de la guerra civil, el P.O.U.M. había dejado de tener «sus propios sindicatos», organizados en la F.O.U.S. en mayo de 1936, con el objetivo proclamado de promover la realización de la unidad sindical.

[31] No parece posible afirmar que el P.O.U.M. tuvo la voluntad deliberada de constituir «sus propias milicias». Por otra parte, la cuestión fue discutida en las propias filas de los partidarios de la IVª Internacional: en Francia en 1934, los B.-L., habían lanzado la consigna de «milicias populares», a la que Trotsky opondría la de «milicias de los partidos y sindicatos» -fórmula que prevalecería en España en 1936. (Le mouvement communiste en France, nota 318, p. 482) En realidad el P.O.U.M. se encontró cogido en un engranaje, ya que todas las organizaciones obreras constituyeron desde las primeras horas del levantamiento, sus propias unidades de milicias. Esta situación tenía más ventaja que inconvenientes para el P.O.U.M., ya que este no podía esperar ningún favor en el reparto de armas y municiones; y el hecho de tener «sus propios sectores» en el frente le hacía prácticamente vulnerable y trágicamente dependiente. En Madrid, las milicias del P.O.U.M. no obtuvieron más armas que las que les cedió el Partido Sindicalista que había recibido demasiadas para sus -reducidos efectivos. No es casualidad que las pérdidas del P.O.U.M. fueran muy considerables el frente de Madrid: nueve de cada diez militantes cayeron en el espacio de seis meses. Entre otros G. Orwell ha dado testimonio de la forma en que la falta de armas y municiones, las órdenes de ataque suicidas, sin protección de artillería ni de aviación, permitieron, en el frente de Aragón, el exterminio sistemático de los milicianos del P.O.U.M., que combatían en «sus propias milicias» (Orwell, op. cit., pp. 19-21-29). De todas formas, La Batalla del 21. de enero publicaba una resolución del Comité ejecutivo, que constituía un esfuerzo para salir de esta situación, ya que afirma: «Salvo en los casos en que fuera posible constituir una división entera bajo nuestro control directo y con nuestros propios cuadros, nuestros militantes y simpatizantes deben encontrarse repartidos en diferentes unidades.» Finalmente, las condiciones de la guerra civil -repetidas agresiones a los milicianos y los locales- haría necesaria la vigilancia de los inmuebles por parte de milicianos seguros, y puede parecer abusivo por parte de Trotsky, reprochar al P.O.U.M. hacer guardar sus locales por sus propios militantes: lo contrario hubiera constituido una grave prueba de irresponsabilidad.

[32] El desarrollo de los «partidos centristas» en un período de crisis de las organizaciones tradicionales y como etapa de «transición» para sus antiguos militantes, constituía para Trotsky, un camino prácticamente inevitable, al mismo tiempo que peligroso, para la formación de los partidos auténticamente revolucionarios que él quería construir

[33] Se puede señalar que aquí Trotsky hace, en cierta medida, lo mismo que reprochaba al P.O.U.M., señalando lo que «podían haber hecho los anarquistas». Pero es evidente que el P.O.U.M. –sin duda a causa de su propia división interna- dio, en este asunto, pruebas de una gran timidez. Asi La Batalla del 29 de enero de 1937 subraya la moderación que había manifestado el 24 de noviembre cuando elevó una protesta contra el rechazo -dictado por los consejeros rusos de la embajada y los dirigentes del P.C.E,- de incluir a un representante del P.O.U.M. en la junta de defensa de la capital. Aquí también, el contraste es grande con El Combatiente rojo, que escribía el 2 de septiembre de 1937: «No es casualidad ( ... ) que hoy, en el proceso Zinoviev-Kamenev, se intente implicar a Trotsky. Una vez más se comprueba el antagonismo entre la burguesía liberal y el marxismo revolucionario. León Trotsky, fundador de la IIIª Internacional con Lenin, genial organizador del ejército rojo, continúa siendo fiel a la bandera del internacionalismo proletario. No es culpa de los bolcheviques-leninistas, que el estalinismo haya reemplazado la bandera roja del proletariado, por la bandera tricolor de las repúblicas democráticas ( ... ), la burocracia estalinista, que ha borrado de su programa el deber de lucha por la revolución mundial, y que se dedica a la más modesta tarea de defensa de la democracia burguesa, ha desencadenado de nuevo su furor antitrotskysta, es decir, todo su odio frente a los verdaderos revolucionarios, los bolcheviques-leninistas, del mundo entero. únicamente para intentar encubrir su capitulación, inventa estos asuntos, organiza procesos, ordena fusilar a los viejos bolcheviques». La relación entre los procesos de Moscú y la lucha contrarrevolucionaria del estalinismo no será establecida por Nin hasta principios de 1937.. después del comienzo de la ofensiva terrorista, y en particular, después de las primeras medidas contra la sección de Madrid.

[34] Del desastre de los «voluntarios» italianos, bajo la influencia de una intensa propaganda revolucionaria, así como sobre el plano puramente militar, el observador americano Herbert Matthews ha escrito que constituyó para el fascismo italiano algo parecido a lo que fue Bailén para el ejército napoleónico, en todo caso, el acontecimiento más considerable desde 1918 (H. Matthews, Two wars and more to come, p. 264). En cuanto a los altavoces con nacionalistas marroquíes, en vista a una propaganda semejante en dirección a los soldados marroquíes de Franco, en seguida encontraron el rechazo del gobierno del Frente Popular en cuanto a proclamar la independencia de Marruecos, rechazo que se justifica por la necesidad de no incomodar a los gobiernos de Paris y Londres.

[35] Precioso testimonio por parte del autor de la Historia de la revolución rusa, de la que fue uno de los principales actores. Esta opinión era compartida por Andrés Nin, que conoció de cerca los primeros años de la revolución rusa.

[36] Natalia Trotsky cuenta, a propósito del año 1927, las dramáticas circunstancias en las que Trotsky calificó por primera vez a Stalin de «sepulturero de la revolución»: «Muralov, Ivan Smirnov., y otros se reunieron por la tarde en nuestra casa del Kremlin, esperando que León Davidovitch volviese de una reunión del Buró Político. Piatakov llegó el primero, muy pálido, preocupado, cogió un vaso de agua, bebió ávidamente y dijo: "¡He visto el fuego, ya sabéis, pero ...! ¡Fue lo peor de todo! ¿Por qué tuvo que decir aquello? ¡Stalin no se lo perdonará ni a sus biznietos!" Piatakov, abrumado, ni siquiera pudo contarnos lo que habla pasado. Cuando León Davidovitch entró en el comedor, Piatakov se abalanzó sobre él: "¿Por qué le habéis dicho eso?" León Davidovitch respondió a la pregunta. Estaba tranquilo. Había gritado a Stalin: ¡Sepulturero de la revolución!. El secretario general se había levantado dominándose a duras penas, y se había lanzado fuera de la sala golpeando la puerta. Todos comprendimos que esta ruptura era irreparable». (Victor Serge, Vie et mort de Trotsky pp. 180- .181.) A pesar de que no había medido en aquella época toda la capacidad contrarrevolucionaria del estalinismo, había comprendido desde hacia mucho años su papel, mientras que auténticos revolucionarios subestimaban esta capacidad, y es to cuando no alimentaban ilusiones a este respecto.—

[37] El 28 de marzo de 1917, antes de la vuelta de Lenin, se había reunido en Petrogrado una conferencia panrusa de los bolcheviques; Stalin, que hacía poco que habla vuelto de Siberia, y Kamenev, orientaban al partido hacia una actitud conciliadora. Stalin declaró: «El poder se encuentra dividido entre dos organismos, de los cuales' ninguno lo ejerce plenamente. Entre ellos existen, y deben existir, roces, luchas. Se reparten las funciones. De hecho, el Soviet ha tomado la iniciativa de las transformaciones revolucionarias, el Soviet es el dirigente revolucionario del pueblo insurrecto, el organismo que controla al gobierno provisional. El gobierno provisional tiene la función de consolidador de las conquistas del pueblo revolucionario. El soviet moviliza fuerzas, controla. El Gobierno provisional, embrollándose, tropezando, ha tomado el papel de consolidador de las conquistas ya realizadas por el pueblo.» Llamaba a «ganar tiempo frenando el proceso de ruptura con la burguesía media» y afirmaba que era inoportuno plantear el problema del poder, precisando: «El gobierno provisional no es tan dbil. Su fuerza reside en el apoyo del capital anglofrancés, en la inercia de la provincia, en las simpatías que despierta.» Esta línea, igual a la defendida en Españapor el P.C.E. y los demás partidos del Frente Popular, seria puesta en tela de juicio por las Tesis de abril de Lenin. («Actas de la conferencia » Voprosi Istorú K.P.S.S., nº 5, 1962, P. 112).-

[38] Durante los últimos años, los envíos de carbón polaco a España, han ayudado a Franco a acabar con las huelgas de los mineros...

[39] El general. Miaja abandonó el P.C.E. antes del final de la guerra civil, aceptando presidir la Junta creada por el coronel Casado, seguramente con el apoyo británico, con el fin de eliminar a los dirigentes del P.C.E. y a Negrín, para negociar el fin de la guerra civil. Uno de sus principales colaboradores, el general Rojo, volvería después de la guerra a la España franquista.



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