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Lecciones de las capitulaciones[1]

(Reflexiones necrológicas)

 

 

Publicado en febrero de 1930

 

 

 

Se han hecho muchas conjeturas sobre la capitula­ción de Bujarin, Rikov y Tomski. ¿Se trata de una ma­niobra astuta de la derecha, o quizás de la recreación del bloque de derecha-centro? Estas suposiciones care­cen en gran medida de contenido. Quizás la “troika” de la derecha abriga ilusiones secretas sobre el surgimiento de condiciones más favorables, que le permitan le­vantar cabeza nuevamente; quizás, en vista de los alar­mantes síntomas económicos, lamenta haber apresu­rado su capitulación. Sin embargo, es posible que los stalinistas consideren oportuno tener siempre a mano a la derecha, para el caso de un nuevo viraje. Pero estas consideraciones carecen de importancia. Sí es políticamente importante que en el apogeo del curso “ultraizquierdista" se haya recreado el bloque de los centristas con la derecha, mientras que la represión contra la izquierda no se relajó, sino que se intensificó. A pesar de todo, Rikov sigue presidiendo el Consejo de Comi­sarios del Pueblo, mientras Rakovski cura su corazón enfermo en las temperaturas bajo cero de Barnaul. Ri­kov y Tomski integran el Buró Político; Bujarin, el Comité Central, pero Sosnovski, B. Mdivani, Kavtaradze, están en la cárcel; Uglanov es comisario de trabajo[2] pero fusilaron a Blumkin; ¡sí, lo fusilaron! Estos son los hechos políticamente decisivos para evaluar la tra­yectoria de la Izquierda en su conjunto.

Sin embargo, la capitulación de todos los dirigentes de la derecha, que ocurrió después de la capitulación de algunos de los de la izquierda, es un hecho de cierta importancia. La importancia que tienen estas capitula­ciones rituales para la suerte del partido resultará evi­dente si no las consideramos intrigas subjetivas sino síntomas objetivos. Hay una lección, una conclusión que surge de estos giros y virajes de los últimos seis años y se impone sobre todas las demás: el partido ha sido ahogado implacable, sistemática, continuamente.

El partido constituye una selección ideológica. Seguirá siendo un partido mientras su base siga siendo un vínculo voluntario de ideas. Pero, ¿qué significan las ideas y los principios cuando los dirigentes del partido se repudian por turno y el aparato impersonal, totalmente desprovisto de ideas, no sólo afirma su infalibi­lidad, desde ahora y para siempre, sino que incluso declara ante el partido "¡Sólo una guerra civil nos quitará de en medio!" (Stalin en 1927).

Recordamos una vez más: Zinoviev es formalmente el "líder" del partido y la Comintern (1923-1925); en 1926-1927 se une a la Oposición y se arrepiente de su injusta lucha contra el trotskismo; en 1928-1929 renun­cia a la Oposición y nuevamente le declara la guerra al trotskismo “contrarrevolucionario". Bujarin en 1922 es "trotskista", trabaja hombro a hombro con Zino­viev en 1923-1926; en 1926-1928 se convierte en el diri­gente teórico del Partido Comunista y de la Internacio­nal Comunista, en númen de la línea de centro-derecha; en 1928-1929 es el teórico de la Oposición de Derecha, el mismo año confiesa sus errores y repudia las mismas posiciones que lo guiaron durante todo el período de lucha contra el "trotskismo".

Si estudiamos a Stalin desde el punto de vista de sus ideas, vemos que en distintos momentos hizo suyas las ideas de Zinoviev, Kamenev y Bujarin, y que en la ac­tualidad toma fragmentos de las ideas de la Oposición, ya que carece de ideas propias. Pero así como "la ver­dad es el resultado del veredicto de un tribunal" (Saltikov-Chedrin), una reputación es resultado de las maniobras del aparato... por un tiempo, nada más.

La automatización de la vida partidaria ha llegado al límite. El aparato no exige la afirmación de ningún principio sino sólo que se reconozca su propia infalibilidad. Que se arranquen por la fuerza documentos de arrepentimiento no busca desarrollar la conciencia del partido respecto de determinado sistema de ideas (¿qué clase de ideas son ésas?). Su objetivo es que se haga carne en el partido que cualquier tipo de reacción o re­sistencia, cualquier queja, hasta un susurro en contra del aparato, incluso una nota en un diario personal (¡Kamenev!), sólo provoca represión o presión para que se renuncie a las ideas propias. La "autocrítica" consti­tuye otro medio hacia el mismo fin, porque los militan­tes del partido tienen la obligación de criticar lo que "critica" el aparato.

El partido constituye una selección ideológica. Es la fragua revolucionaria del carácter. Es la armadura de la clase, constituida por los elementos más firmes, tem­plados y consecuentes. La cohesión de esos elementos es un proceso que se produce gradualmente, bajo la prueba incesante de los acontecimientos. Por eso, el tejido del partido es muy complejo y delicado. Aprisio­narlo es lo mismo que aprisionar una mano humana: se corta la circulación y el tejido entra en necrosis.

Según nuestro punto de vista, la creciente presión física de la burocracia partidaria engendra el proceso de la necrosis de los tejidos del partido. Las sucesivas capi­tulaciones de todos los "líderes" del partido, en grupos y de a uno, ante un aparato totalmente desprovisto de principios e ideales, indican la fuerza sin precedentes de la presión; lo mismo resulta del estado actual del partido, en el que la circulación de ideas está prácticamente paralizada.

Las circunstancias que rodean a las confesiones de los elementos de derecha son particularmente notables debido al descarado cinismo del aparato.

Inesperadamente y sin previo aviso, el mundo se en­tera de que tres de los más importantes dirigentes del partido y la república soviética -el presidente de la Internacional Comunista, el jefe del gobierno y el líder de los sindicatos- se encuentran en tajante oposición al Comité Central desde hace casi dos años, y que con­sideran que la línea oficial es perjudicial. ¿Cómo es posible que esto no haya salido a la superficie? ¡Estaba en juego la suerte de la revolución! ¿Dónde se discu­tieron y resolvieron los problemas en debate?

Las actas del Comité Central se publican para infor­mación del partido. Pero ocurre que el aparato lleva una existencia dual. Los problemas se resuelven en la tras­tienda, mientras que en el escenario oficial se realizan simulacros de discusiones y votaciones según procedi­mientos resueltos previamente; con esto se alimenta al partido. Y, además, mientras los tres miembros del Buró Político estaban en tajante oposición, se declaró oficialmente -el que más insistió en ello fue el secretario general, Stalin- que todos los rumores y charlas sobre una desviación derechista en el Buró Político no eran más que viles calumnias “trotskistas". Después, tardíamente, se comprueba que cuando se habla de "calumnia" existen hechos precisos y de importancia fundamental, que se ocultaron ante el partido.

La campaña abierta contra Bujarin se inició alrede­dor de uno o dos meses antes de su capitulación. Pero el nombre de Rikov, como uno de los principales desvia­cionistas de derecha, apareció tan sólo en vísperas del plenario de noviembre [de 1929] del Comité Central. Sin embargo, con tremenda saña, Pravda inició la campaña contra Rikov sólo después de que éste capituló, insinuando que la confesión de los líderes de la derecha era "poco sincera”. En otras palabras, el órgano cen­tral del partido considera en alguna medida posible que la persona a quien el partido confió el cargo de mayor responsabilidad en el gobierno sea capaz de engañar al partido y a las masas sobre los problemas que afectan al partido y al país. El tono de la insinuación da a enten­der que se trata de un hecho común y corriente. Sin embargo, se trata de un engaño político, de cínica falta de principios y traición a las ideas, perpetrados por miembros del Comité Central que aun hoy, en el mo­mento en que se escriben estas líneas están a la cabeza del gobierno soviético u ocupan puestos en sus institu­ciones más importantes.

Sólo al final, de paso, el partido se entera de que du­rante un año y medio el jefe del gobierno y el jefe de los sindicatos "jugaron con la suerte del partido y de la revolución" (sic) y "se jugaron a favor de una catás­trofe" (¡sic!); y todo esto ocurrió en algún lugar de la trastienda burocrática. Parecería que no se necesitó la ayuda del partido para sacar a luz su "juego" criminal. Si no, ¿cómo iba a permanecer callada la prensa? Pero así fue. Se adormeció y engañó al partido. La des­viación de derecha pareció personificarse en... Frumkin[3]. Públicamente, tanto Rikov como Stalin combatie­ron a Frumkin y a Shatunski, y esta fantochada hipócri­ta fue bautizada lucha contra la desviación de derecha. Si Frumkin se combatió a sí mismo, es algo que no sa­bemos. En cierta época llegamos a creer que, en virtud de un dictamen de la Comisión Central de Control, Frumkin estaba inapelablemente sentenciado con el fin de que hubiera siempre un objetivo preparado y a dis­posición de las necesidades de la lucha contra la desvia­ción de derecha. Pero esta hipótesis no fue verificada.

Sólo cuando Rikov cumplió con el rito de la capitula­ción -tras lo cual parecía que no era necesario prose­guir la lucha-, sólo desde ese momento, él y el resto de la "troika" fueron sometidos ante el partido, el país y el mundo a una campaña totalmente desenfrenada de insulto público. No era necesario que el partido inter­viniera en la lucha contra la "conspiración" de Bujarin, Rikov y Tomski. Se le aseguró que no había lucha. Pero, producida la victoria en la trastienda, se exhibieron tres picas políticas con sendas cabezas clavadas en las mismas: miradlas; así es cómo el secretario general trata y seguirá tratando a quienes se ponen en su camino.

El tratamiento dado a los dirigentes de la derecha representa una nueva etapa en el proceso de degenera­ción bonapartista del régimen partidario; en el escena­rio descargan sus baterías sobre Frumkin y luego, cuando nadie se lo espera, exhiben la cabeza de Rikov en una pica ante el partido. Aquí el automatismo de la lucha y el desprecio hacia el partido se revelan de ma­nera nunca vista.

El panorama del régimen que impera en el partido se vuelve más claro en vista de la circunstancia de que Rikov, Tomski y Bujarin claudicaron al día siguiente de que los Radek y los Smirnovs[4] consideraron oportuno capitular "en bien de la lucha contra la derecha". Al volver a Moscú desde el exilio, Radek, entre gemidos, afirmó que las dos alas del Comité Central no tardarían en arrestarse mutuamente y que era, por lo tanto, ne­cesario acudir en ayuda del centro, léase Stalin, en la lucha contra la derecha, léase Bujarin, Rikov y Tomski. Y no había terminado Radek de redactar el tercero o cuarto parágrafo de su acta de arrepentimiento, cuando los severos dirigentes del ala derecha del Comité Cen­tral se apresuraron a declarar que también ellos arden en deseos de ayudar al centro en su lucha contra todas las desviaciones, sobre todo la de la derecha. Así el círculo en torno a Frumkin quedaba garantizado en un cien por ciento. Cuando llegaron Smirnov y Boguslavs­ki[5], ya todas las plazas de la partida estaban ocupadas. Pero entonces quiso la suerte que... el propio Frum­kin confesara. El ala derecha terminó convirtiéndose en un fenómeno sobrenatural.

A pesar de lo trágico de toda la situación, no puede negarse que los capituladores la izquierda introdu­cen en la misma un elemento de farsa. Si bien acuden en ayuda del aparato para la lucha contra el peligro que representa la derecha, apuntan sus baterías únicamente a la izquierda, es decir contra... el trotskismo. Y por eso Iaroslavski los llamó "los mejores elementos" de la Oposición. ¡Nadie mejor que él para saber quiénes son los mejores, quiénes los peores!

Es obvio que Zinoviev debía aprovechar esta explosión en la maraña burocrática para recordar que él, gracias a Dios, está vivo y que, visto su status de capi­tulador de primera hora, digamos de aristócrata de la familia de desertores, debe gozar de todos los privile­gios en la lucha contra las desviaciones y, sobre todo, contra el “trotskismo contrarrevolu­cionario".

En un sentido estricto, la necesidad de una nueva confesión de parte de Zinoviev, y para colmo de tono tan ardiente ("por fin me uní al partido"), podría pare­cer a primera vista incomprensible; diríase que este buen fulano, que ya capituló una vez, podría cederle el turno a otros. Pero en realidad no es así. A la primera confesión le faltaba la cuota indispensable de entusias­mo. Iaroslavski se percató de la anemia de ese esquivo sentimiento cuando la Oposición publicó las actas de las negociaciones que realizaron Kamenev y Bujarin, por intermedio de Sokolnikov[6], para combatir a Stalin. Ka­menev guardó esas cartas por amor a Zinoviev, quien permaneció en Kaluga un breve período después de su primera retractación. Sea como fuere, Zinoviev y Ka­menev, a la vez que conducían las negociaciones con Bujarin, suspiraban hondamente -en las reuniones de la Oposición-, apenados por el cisma que se producía en ésta, y se quejaban de la dureza de los ataques de Trotsky mientras expresaban sus esperanzas de que en el futuro se pudiera trabajar en forma conjunta. Cuando todo esto salió a la luz, los ancianos de la tribu de los ca­pituladores cayeron en la más negra melancolía. Kame­nev declaró que escribiría un libro sobre Lenin, al ver que no podía trabajar con Stalin. Entonces, cuando el secretariado general exhibió ante el partido la cabeza del arrepentido Rikov, a Zinoviev, muy oportunamente. se le ocurrió velar por su propia cabeza y se retractó por segunda vez. Ahora lo hizo con un entusiasmo tan arro­llador que tendría que haber ablandado hasta el endu­recido corazón del mismísimo Molotov.

Pero fue en vano. En su discurso ante la conferencia de agrónomos marxistas, Stalin mencionó más de una vez a la "Oposición Trotsky-Zinoviev", y aun a la "Zinoviev-Trotsky". Un lector cuidadoso no podía dejar de observarlo. El hecho es que la burocracia siempre habló de Oposición "trotskista" para subrayar la falta de in­dependencia de ideas de Zínoviev. ¿Por qué ahora, cuando Zinoviev ha capitulado en sucesivas oportuni­dades, cuando por fin logró "unirse al partido", por qué y para qué se plantea la cuestión de Zinoviev y la Oposición? ¿Se trata acaso de un accidente? De ningu­na manera: accidentes en el plan quinquenal, sí; en las maniobras del aparato, jamás. El designio resaltó más claramente en los pronunciamientos del obsecuente Kaganovich[7]. Este, en uno de sus más recientes dis­cursos ceremoniales, habló de la Oposición Zinoviev­-Kamenev como si estuviéramos en el año 1926. El sen­tido político general de esta referencia a una lucha ol­vidada desde hace tanto tiempo resultó claro, aun sin comentarios adicionales. El aparato stalinista "sugi­rió" a Zinoviev y Kamenev que no creyeran, por favor, que se les permitiría levantar cabeza. Los dirigentes del aparato "sugirieron" a sus secuaces: ¡de ninguna ma­nera debe permitir que estos equívocos penitentes le­vanten cabeza! Nada más, ni nada menos.

El equilibrio de la dirección -del aparato personal dominante- descansa sobre un sistema artificial y su­mamente tenso, mezcla de ficción teórica, leyenda histórica y verdadera violencia perpetrada contra el parti­do. Este sistema exige apretar aun más el torniquete, al que no se puede aflojar. Para este sistema, hasta el propio Zinoviev resulta de cuidado. Cada uno de sus pomposos artículos en Pravda pone en guardia al adve­nedizo internacional Molotov.

Ahora sabemos por qué los mariscales del aparato recordaron a Zinoviev y Kamenev que deben abando­nar para siempre sus "sueños insensatos". Parece que en su confesión oral Zinoviev trató de sugerir que, tal como lo demuestra la lucha contra la derecha, la Oposi­ción no estaba equivocada en todos los problemas. Y Kamenev reconoció (en su diario personal) que Trotsky tenía razón cuando les advertía a él y a Zinoviev que la capitulación es un camino que no conduce al partido sino a la muerte política. Kamenev siempre demostró mayor disposición y capacidad que Zinoviev para sacar conclusiones. Pero, como dijo Lenin en su testamen­to[8], "no es casual” que Kamenev fuera aliado de Zino­viev. "No es casual" que recorriera junto con él todas las etapas de la degradación ideológica para llegar a la conclusión sencilla que se le había señalado: ese camino conduce sólo a la muerte política. Y así, los dos de­bieron retractarse nuevamente, esta vez con entusias­mo, lo que, dicho sea de paso, no los salvó de la bofeta­da pública que les pegó Kaganovich... el amsterdamista[9].

Más de una vez tuvimos ocasión de decir que el régimen partidario no es una estructura independiente, que actúa en función de una política que, a su vez, sirve a los intereses y refleja las presiones de las clases. La burocratización del Partido Comunista, iniciada en 1922, fue un proceso paralelo al incremento de la fuerza económica y la influencia política de la pequeña bur­guesía basada en la NEP, y a la estabilización de los regímenes burgueses de Europa y del mundo entero, fru­to de las sucesivas derrotas sufridas por la revolución proletaria. Pero el régimen partidario no es un mero re­flejo pasivo de estos procesos profundos. El partido es una fuerza viva de la historia, sobre todo cuando se tra­ta del partido gobernante en una dictadura revolucionaria. El burocratismo no carece de base material. Su agente es la gran burocracia cristalizada, con todo un mundo de intereses propios. En este sentido, al igual que cualquier otro factor secundario y superestructural, el régimen partidario adquiere -dentro de límites muy amplios- un papel independiente. Además se está convirtiendo en el foco donde se concentran todas las desviaciones, errores, peligros, contradicciones y tor­pezas. En la actualidad constituye el único eslabón de la cadena que tiene acceso a todos los demás eslabones. Podría decirse con mayor precisión que el régimen partidario se ha convertido en el nudo gordiano que el partido deberá desenredar como pueda para no darle al bonapartismo la oportunidad de cortarlo con la espada.



[1] Lecciones de las capitulaciones. The Militant, 19 de abril de 1930. Firmado “Alpha”.

[2] Lev S. Sosnovski (1886-1937): destacado periodista soviético, fue uno de los primeros militantes de le Oposición de lzquierda y uno de los últimos que capituló. Budu Mdivani (1887-1937) Dirigente bolchevique georgiano, opuso una tenaz resistencia al centralismo burocrático de Stalin y Orjonikije en Georgia en 1922-23. Fue acusado de “trotskista y ejecutado en 1937. N.A. Uglanov: stalinista cuyo celo antitrotskista lo llevó a escalar posiciones, pero luego se pasó a la Oposición de Derecha. Fue expulsado del comité central en 1930, más adelante capituló y desapareció en alguna de las purgas.

[3] Moisei Frumkin (1878-1939): ocupó algunos puesto de segundo orden en el comisariado de alimentación hasta 1922 y luego fue funcionario del comisariado de finanzas y del de comercio exterior. Sus posiciones eran parecidas a las de Bujarin.

[4] Ivan N. Smirnov (1881-1936) bolchevique de la Vieja Guardia, cumplió un papel muy destacado en la Guerra Civil. Como militante de la Oposición de Izquierda, fue expulsado del partido en 1927 y capituló en 1929. Rehabilitado, fue nombrado director de las fábricas de automotores. Fue arrestado a prin­cipio de 1933 y permaneció en cárcel hasta que el primer Juicio de Moscú lo sentenció a muerte.

[5] Mijail Boguslavski (1886-1937): bolchevique de la Vieja Guardia, fue miembro del grupo Centralismo Democrático y luego Partidario de la Oposición de Izquierda. Expulsado del partido en 1927, capituló en 1929. Estuvo en el banquillo de los acusados en el Juicio de Moscú de 1937, que lo condenó a muerte.

[6] Gregori I. Sokolnikov (1888-1939): bolchevique de la Vieja Guardia. Ocupó muchos puestos militares, diplomáticos, industriales y políticos de elevado rango. Apoyó por breve tiempo la Oposición Unificada, pero no tardó en hacer las paces con Stalin.

[7] Lazar Kaganovich (n. 1893): compinche de Stalin y stalinista firme en los diversos puestos que ocupó en el gobierno y el partido. Fue destituido de todos sus cargos cuando Jruschov subió al poder en la década del 50.

[8] Lenin, en su testamento, escrito en diciembre de 1922 y enero de 1923, hizo su caracterización definitiva de los dirigentes soviéticos. Puesto que exigía la destitución de Stalin del puesto de secretario general, su difusión fue prohibida en la Unión Soviética, hasta la muerte de éste; ahora aparece en el tomo 36 de las Obras Completas de Lenin. Véase el ensayo de Trotsky sobre el testamento prohibido, fechado el 31 de diciembre de 1932, en Lenin’s Fight Against Stalinism [la lucha de Lenín contra el stalinismo], Pathfinder Press, Nueva York, 1975.

[9] Se sabe que, en su momento, Kaganovich llevó la política derechista de Stalin hasta sus últimas consecuencias. En 1926 los stalinistas unificaron a la Profintern con la Internacional de Amsterdam, condenándola así a la liquidación. Se eliminó toda mención de la Profintern de los estatutos de los sindicatos soviéticos. Asustados por la oposición, Stalin se retractó a último momento. En cambio Kaganovich llegó a leer en Jarkov un discurso en el que defendió la entrada a la Internacional de Amsterdam con argumentos dignos de cualquier socialdemócrata. Pero apenas el libro con los discursos salió a la luz del día, el clarín de Moscú tocó a retirada. Entonces Kaganovich declaró a la prensa que... el taquígrafo lo había interpretado mal, que no tenía la menor intención de entrar en Amsterdam y que el exceso de trabajo le había impedido corregir su discurso. Desde entonces Kaganovich recibió el mote de el amsterdamista.[Nota de León Trotsky].



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