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Los éxitos del socialismo y los peligros del aventurerismo

LOS EXITOS DEL SOCIALISMO Y LOS PELIGROS DEL AVENTURERISMO[1]

Diciembre de 1930

Siempre hemos subrayado la importancia histórica y universal de las experiencias y los éxitos económicos de la URSS, e incurriríamos en repeticiones superfluas si volviéramos a enfatizarla aquí. No hay síntoma más elocuente del estado actual de degeneración de la socialdemocracia mundial que su deseo explícito de hacer volver a la URSS a la senda del capitalismo y su solidaridad política activa con los conspiradores imperialistas y los saboteadores burgueses. No hay nada que caracterice mejor la cobardía y perversidad de las clases dominantes de la sociedad burguesa, comprendida la socialdemocracia, que sus protestas ante el trabajo forzado en la URSS en momentos en que MacDonald, ese empleado de los esclavistas hereditarios, oprime con ayuda de la Segunda Internacional a trescientos millones de hindúes y mantiene al pueblo hindú en estado de servidumbre colonial. ¿Pueden compararse por un solo instante los correteos de la socialdemocracia, sea en la “coalición”, sea desde la “oposición”, con la gigantesca obra que realizan los pueblos que despertó la Revolución de Octubre en su afán por alcanzar una nueva forma de vida?
Precisamente por esto nosotros, los marxistas, tenemos el deber de alertar enérgica y constantemente a la clase obrera del mundo entero acerca de los crecientes peligros que acechan a la dictadura del proletariado, peligros que derivan de la política errónea de una dirección que ha perdido la cabeza.
Los dirigentes oficiales, la prensa, los economistas, todo el mundo, reconoce que el trabajo del plan quinquenal convertido en plan cuatrienal se está realizando bajo una tensión extrema. El método administrativo de la “emulación” demuestra que las tasas fijadas se alcanzan en gran medida a expensas de los músculos y nervios humanos. No dudamos ni por un instante que algunos sectores obreros, sobre todo comunistas, aportan una gran cuota de entusiasmo, y que a veces ese entusiasmo contagia a las amplias masas obreras al emprender ciertas obras. Pero sólo aquel que desconozca totalmente la psicología humana, y aun la fisiología, puede creer en la posibilidad de un “entusiasmo” de masas capaz de durar años.
Los métodos de producción que se emplean hoy son los mismos de la Guerra Civil. Es sabido que durante la guerra nuestra experiencia y nuestras municiones no se adecuaban a las necesidades. Las masas compensaron las deficiencias en virtud de su superioridad numérica, su audacia y su entusiasmo. Pero ni siquiera en tiempos de guerra fue general el entusiasmo, sobre todo tratándose del campesinado. En esa época los evasores y desertores cumplieron el mismo papel que los borrachos que faltan al trabajo con frecuencia y los trabajadores “flotantes” que cambian constantemente de puesto. Pero en ciertos períodos, ante el ataque de los blancos, no sólo los obreros sino también los campesinos se arrojaron a la lucha con auténtico espíritu revolucionario. Así pudimos triunfar.
La Guerra Civil duró tres años. Cuando ya estaba próximo su fin la tensión general había llegado al límite. Abandonamos la segunda campaña polaca y firmamos el Tratado de Riga[2] a pesar de que nos era tan adverso. Ante la tensión y las privaciones de tres años de guerra civil, una profunda reacción hizo presa de las masas de campesinos y obreros. En el campesinado esta reacción provocó motines que alcanzaron a la marina y al ejército. Entre los obreros se tradujo en huelgas y en el llamado “trabajo a desgano”. Dentro del partido la “Oposición Obrera”[3] acrecentó su influencia. Es obvio que su fuerza no residía en la ingenuidad semisindicalista de sus líderes -en general, la polémica de esa época no se extendió a los sindicatos, como dicen los estúpidos textos oficiales-, sino en la protesta de las masas frente al esfuerzo continuado y en demanda de una tregua.
En la famosa discusión de 1920-1921, el principal argumento esgrimido contra los “trotskistas” de aquella época, el que más influyó sobre las masas, fue: “Quieren realizar la tarea de la construcción económica con los mismos métodos que se emplean para hacer la guerra.”I
Fue en esta atmósfera de reacción contra el período de la Guerra Civil y del comunismo de guerra que se conformó la política económica del sector actualmente mayoritario en la fracción stalinista: “lento pero seguro”. Las concesiones a la economía privada campesina, el desprecio por los métodos de planificación, la defensa de las tasas mínimas, la marginación con respecto a la revolución mundial: ésta fue la esencia del stalinismo en la etapa 1923-1928. Pero el campesino medio pudiente, puntal y esperanza de esta política, se convirtió, por la naturaleza de las cosas, en el campesino rico, que entonces aferró la garganta de la dictadura del proletariado, cuya infraestructura industrial era tan terriblemente estrecha. Estas concepciones y esta política de concesiones al campesino fueron reemplazadas por una política de pánico y precipitación. La nueva consigna fue “alcanzar y sobrepasar en su menor tiempo posible”. El programa mínimo del plan quinquenal de Stalin-Krzhizhanovsky cuyos principios fueron aprobados en el Decimoquinto Congreso [1927], fue sustituido por el nuevo plan quinquenal, cuyos elementos esenciales se tomaron de la plataforma de la Oposición. Eso fue lo que inspiró el contenido de la declaración de Rakovski ante el Decimosexto Congreso [1930]: ustedes han aprobado un plan que puede constituir un paso adelante por la buena senda y estamos dispuestos a brindarles nuestra leal colaboración, sin renunciar a ninguna de nuestras ideas y reservándonos el derecho de defenderlas en todos los problemas en disputa.
Cuando la Oposición abogaba por la elaboración de un plan quinquenal primero, y porque se determinaran las tasas después (la realidad demostró plenamente que las tasas que propusimos no eran en modo alguno ilusorias, como gritaron en ese momento todos los miembros del Buró Político[4] sin excepción), en fin, cuando la Oposición luchaba por una industrialización y colectivización aceleradas contra la política de 1923-1928, no veía al plan quinquenal como un dogma sino como una hipótesis viable. El plan debe estar sujeto a la verificación colectiva en el transcurso de su aplicación. Los elementos de esta verificación no residen solamente en la contabilidad socialista, sino también en los músculos y nervios de los obreros y en el estado de ánimo político de los campesinos. El partido debe tenerlo en cuenta, investigarlo, verificarlo, sumarlo y generalizarlo.
En realidad, el viraje económico hacia la industrialización y la colectivización se realizó bajo el azote del pánico administrativo. El pánico continúa con pleno vigor. Se refleja en las primeras planas de los periódicos soviéticos. Las consignas, frases y llamados corresponden a la guerra civil: frente, movilización, brecha en el frente, caballería, etc., y a veces viene adornado con terminología deportiva: largada, meta, etc.
¡Qué nauseabundo debe resultarles esto a los obreros serios, cómo debe repugnar a todo el mundo! Si en las terribles condiciones creadas por la guerra civil instituimos, no sin algunas vacilaciones, la Orden de la Bandera Roja como medida provisoria (Lenin se opuso al principio y luego la aceptó en esas condiciones), hoy, en el Decimotercer año de la revolución, existen cuatro o no sabemos cuántas órdenes más. Es más importante la implantación de la semana laboral continua, la ubicación obligatoria del obrero en un trabajo determinado, la intensificación extrema del trabajo.
Fue posible implantar estas medidas de excepción, porque para los sectores de vanguardia las mismas revisten un carácter provisional, estrechamente ligado a los objetivos del plan quinquenal. Así como durante la Guerra Civil los obreros y campesinos empeñaron todas sus fuerzas para aplastar al enemigo, con el fin de asegurar su derecho al trabajo y al descanso, hoy los elementos de vanguardia de la clase obrera confían sinceramente en que podrán “alcanzar y sobrepasar” a los países capitalistas avanzados para protegerse de los peligros económicos y militares. Para las masas, la idea del plan quinquenal se ha convertido teórica, política y psicológicamente en el problema de erigir una muralla china en torno al socialismo en un solo país. Para los obreros, esto es lo único que justifica los colosales esfuerzos que les impone el aparato del partido.
En el décimo aniversario, Stalin escribió: “Ya veremos cuáles países se encontrarán entre los más atrasados y cuáles entre los adelantados.”
Estas y otras declaraciones todavía más categóricas se publican y reeditan interminablemente. Son las que dan la tónica del trabajo del plan quinquenal. La burocracia plantea estos problemas en forma semiintencional, semiinconsciente, porque les quiere hacer creer a las masas que la realización del plan quinquenal permitirá a la URSS aventajar al mundo capitalista. ¿Acaso Varga, el Kautsky del aparato, no cree que la teoría del socialismo en un solo país, por absurda que sea, es necesaria para estimular a los obreros, así como el cura engaña al hombre para bien de su alma?

Stalin alcanza y sobrepasa

Al preparar su informe para el XVI Congreso, Stalin pidió, entre otras cosas, estadísticas que demostraran que al final del plan quinquenal la URSS “alcanzará y sobrepasara” al mundo capitalista. Se pueden encontrar rastros de las mismas en todo el informe. En cuanto al problema central del informe sobre las relaciones entre la economía soviética y la economía mundial, el informante se limitó, inesperadamente, a hacer la siguiente afirmación: “En lo que se refiere al nivel de desarrollo de la industria, nos encontramos terriblemente retrasados respecto de los países capitalistas adelantados.” E inmediatamente agrega: “Sólo una mayor aceleración del desarrollo de nuestra industria nos permitirá alcanzar y sobrepasar técnica y económicamente a los países capitalistas adelantados” [Informe político al Decimosexto Congreso del PCUS, 27 de junio de 1930, incluído en las Obras de Stalin]. ¿Se necesitará para eso un plan quinquenal o toda una serie de planes quinquenales? ¡Nada se sabe al respecto!
Dado su escaso bagaje de conocimientos en materia de teoría básica, Stalin simplemente se asustó ante la información inesperada que él mismo recabó; pero, en lugar de presentar al partido los datos precisos de nuestra situación de atraso y exponer en toda su magnitud la tarea de “alcanzar y sobrepasar”, se limitó a introducir de contrabando algunas frases sueltas sobre “nuestro terrible atraso” (que, en caso de necesidad, le servirán de coartada; eso es, para él, el arte de la política). Y la propaganda masiva sigue imbuida de ese espíritu de pretensión y engaño.
Esto no se limita a la Unión Soviética. Las publicaciones oficiales de la Comintern repiten sin cesar que al final del plan quinquenal la URSS se encontrará entre los países industriales más adelantados. Si así fuera, el problema del socialismo quedaría resuelto simultáneamente a nivel mundial. Al alcanzar a los países adelantados, la Unión Soviética, con sus ciento sesenta millones de habitantes y sus inmensos territorios y recursos, en el transcurso del segundo plan quinquenal, es decir, en tres o cuatro años más, tendría en relación al mundo capitalista una posición más privilegiada que la que tiene hoy día Estados Unidos. La experiencia convencería al proletariado del mundo entero de que el socialismo en uno de los países más atrasados puede crear un nivel de vida incomparablemente más elevado del que gozan los pueblos de los países capitalistas adelantados. La burguesía no podría soportar un solo día más el ascenso de las masas trabajadoras. Esa vía de eliminación del capitalismo sería la más sencilla, la más económica, la más “humana” y la más segura, si fuera... posible. En realidad es una mera fantasía.

Algunos coeficientes relativos

El desarrollo del plan quinquenal comenzó en 1928-1929, a un nivel muy cercano al de la Rusia de preguerra, es decir, a un nivel de miseria y barbarie. En 1929-1930 se lograron éxitos formidables. Sin embargo, hoy, en el tercer año del plan quinquenal, la Unión Soviética se encuentra mucho mas cerca de la Rusia zarista que de los países capitalistas adelantados en lo que hace a sus fuerzas productivas. Veamos algunos hechos y cifras.
Las cuatro quintas partes del total de la población productiva se dedican a la agricultura. En Estados Unidos, por cada persona ocupada en la agricultura, 2,7 se dedican a la industria. La industria es cinco veces más productiva que la agricultura. En Estados Unidos, la agricultura es dos veces más productiva que en nuestro país, y la industria 3,5 veces. Así, la producción neta per cápita de Estados Unidos es aproximadamente diez veces mayor que la nuestra.
La energía de la instalación mecánica primaria industrial alcanza en Estados Unidos a 35,8 millones caballos de fuerza; en la URSS es de 4,6 millones, un poco más que la décima parte. Si una unidad caballo de fuerza equivale a la energía de diez hombres, se puede decir que en la industria de Estados Unidos hay tres esclavos de acero por habitante mientras que en la URSS hay un esclavo de acero por cada tres habitantes. Si no sólo tomamos en cuenta la fuerza motriz mecánica de la industria sino también la del transporte y la agricultura, la comparación nos resultaría aun más desfavorable. Y la fuerza motriz mecánica es la medida más segura del poder del hombre sobre la naturaleza.
Si al finalizar el plan quinquenal se alcanzan todos los objetivos del programa de electrificación, la Unión Soviética dispondrá de la cuarta parte de la energía eléctrica de que dispone Estados Unidos, de la sexta parte en relación a la población y de una fracción todavía menor en relación a la superficie. Este coeficiente es válido si suponemos que el plan soviético se cumple en su integridad mientras que en el ínterin Estados Unidos no avanza un solo paso.
En 1928 Estados Unidos produjo 38 millones de toneladas de hierro en lingotes; Alemania, 12 millones de toneladas; la Unión Soviética, 3,3 millones. Acero: Estados Unidos, 52 millones; Alemania, 14 millones; la Unión Soviética, 4 millones. En el primer año de nuestro plan quinquenal nuestra producción metalúrgica era igual a la de Estados Unidos en 1880; hace apenas medio siglo, Estados Unidos producía 4,3 millones de toneladas de metal, siendo su población aproximadamente la tercera parte de la población actual de la URSS. En 1929 la URSS produjo unos 5 millones de toneladas de metal bruto. Esto significa que el actual consumo per cápita de metal en la URSS es la tercera parte de lo que era en Estados Unidos hace medio siglo.
En la actualidad, la producción metalúrgica de Estados Unidos supera a la producción agrícola en un 28 por ciento; nuestra producción metalúrgica alcanza apenas a la decimoctava parte de nuestra producción agrícola. Al finalizar el plan quinquenal esta relación sería de 1 a 8. No es preciso explicar la importancia de la metalurgia tanto para la industrialización como para la colectivización de la economía agrícola.
Al finalizar el plan quinquenal, el consumo de carbón per cápita en la URSS será ocho veces menor que en Estados Unidos. La producción soviética de petróleo es el 7 por ciento de la producción mundial; la de Estados Unidos es el 68 por ciento, es decir, casi diez veces mayor.
En la rama de la industria textil las relaciones son más favorables, pero aun así la diferencia en desventaja nuestra es enorme: Estados Unidos posee el 22,3 por ciento; Inglaterra, el 34,8 por ciento; la Unión Soviética el 4,2 por ciento. Las diferencias se acrecientan si se establece la relación entre máquinas de hilar y población.
Con el plan quinquenal la red ferroviaria soviética se extenderá entre 18.000 y 20.000 kilómetros, alcanzando así los 80.000 kilómetros; compárese con los 400.000 kilómetros de vías férreas que posee Estados Unidos. Estados Unidos posee 51,5 kilómetros de vías férreas por cada cien kilómetros cuadrados de superficie; Bélgica, 370; la parte europea de la URSS, 13,7 y la parte asiática, apenas 1.
Las cifras correspondientes a la marina mercante son menos favorables todavía. Inglaterra posee el 30 por ciento de la marina mercante mundial, Estados Unidos el 22,5 y la Unión Soviética el 0,5 por ciento.
En 1927 Estados Unidos tenía el 80 por ciento de todos los automotores del mundo, mientras que la Unión Soviética tenía menos del 0,1 por ciento. Se calcula que al final del plan quinquenal habrá 158.000 automotores; un automóvil para más de 4.000 personas (en la actualidad hay uno por cada 7.000). Según Osinski[5], al finalizar el plan quinquenal “sobrepasaremos fácilmente a Polonia”... si ésta permanece en su nivel actual.

¿Hemos entrado en la “etapa del socialismo”?

Las teorías erróneas entrañan inevitablemente errores políticos. De la teoría errónea del “socialismo en un solo país” surge no sólo una perspectiva general distorsionada, sino también la tendencia criminal a embellecer la realidad soviética.
Todos los discursos y artículos al segundo año del plan quinquenal hacen la siguiente caracterización: “La economía nacional del país ha entrado en la etapa del socialismo.” Existen “los cimientos” del socialismo. Todos saben que la producción socialista, inclusive tan sólo sus “cimientos”, es una producción que satisface por lo menos las necesidades humanas elementales. En nuestro país, empero, con la terrible escasez de bienes, la industria pesada tuvo un crecimiento del 28,1 por ciento, mientras que el de la liviana fue sólo del 13,1 por ciento, lo que impide el cumplimiento del programa fundamental. Aunque se afirme que esta proporción es la ideal -lo que dista de ser cierto- de aquí surge que en aras de la “acumulación primitiva socialista” la población de la URSS se verá obligada a apretarse más y más el cinturón. Pero esto es precisamente un índice de que es imposible el socialismo en base a un nivel productivo bajo; sólo se pueden tomar las primeras medidas preparatorias.
¿No es monstruoso? El país no puede superar la escasez de bienes, el desabastecimiento de alimentos es un hecho cotidiano, no hay leche para los niños... y los filisteos oficiales declaran: “El país ha entrado en la etapa del socialismo.” ¿Existe alguna forma más fraudulenta de desacreditar al socialismo?
A pesar de todos los avances económicos que registran la industria y la agricultura, la cosecha de granos tiene hoy el carácter de una campaña política y no el de una actividad económica. En otras palabras, para realizarla el estado aplica medidas coercitivas. Durante el reinado de los epígonos se hizo uso y abuso del término smytchka [alianza de obreros y campesinos] pero se olvidó de aplicarlo en su verdadero sentido, el de crear vínculos económicos entre la ciudad y el campo que permitan a las aldeas intercambiar voluntariamente y con creciente motivación sus productos por productos industriales. Así, la alianza con los campesinos tiene éxito si se atemperan los métodos políticos, léase coerción, en la recolección de granos. Esto sólo se logra cerrando las tijeras de los precios agrícolas e industriales. Pero, a trece años de la Revolución de Octubre, Stalin califica las tijeras de “prejuicio burgués”. En otras palabras, reconoce que las tijeras, en lugar de cerrarse, siguen abriéndose. No nos sorprende que la misma palabra smytchka haya desaparecido del léxico oficial.
Un funcionario de la agencia de almacenamiento de granos explica la demora en la acumulación de granos, fruto de la insuficiente presión que ejercen las autoridades locales sobre el kulak, con la siguiente observación: “Los cálculos y maniobras del kulak no son nada complicados. Si le aplica un impuesto de tres toneladas, él las retiene y paga una multa de cuatrocientos rublos. Le basta con vender media tonelada en el mercado negro para recuperar su multa con creces, obtener una suma de dinero adicional y retener para sí dos toneladas y media de grano.” Este ejemplo notable significa que el precio del grano en el mercado negro es por lo menos seis veces más alto que en el mercado oficial, quizá ocho o diez veces más alto, ya que no conocemos la suma adicional que le corresponde. De esta manera las tijeras, que para Stalin son un prejuicio burgués, perforan las páginas de Pravda y muestran sus puntas.
Todos los días Pravda informa de los progresos registrados en el almacenamiento de grano, siempre con el mismo título: La lucha por el grano es la lucha por el socialismo. Pero cuando Lenin empleó esta frase, muy lejos estaba de pensar que el país había “entrado” en la etapa socialista. El hecho de que uno se vea obligado a luchar -¡sí, a luchar!- por el grano, nada más que por el grano, demuestra que el país todavía se encuentra muy lejos del régimen socialista.
No se puede pisotear impunemente las bases teóricas elementales, ni limitarse a los elementos socialistas en las relaciones de producción -elementos que son inmaduros, rudimentarios y, en la agricultura, sumamente frágiles y conflictivos- y abstraer el factor principal del desarrollo de la sociedad: las fuerzas productivas. Las formas socialistas pueden revestir contenidos cualitativamente distintos, según el nivel de la técnica. Formas sociales soviéticas basadas en la producción norteamericana: esto es socialismo, al menos en su primera etapa. Formas soviéticas basadas en la técnica rusa: éste es sólo el primer paso en la lucha por el socialismo.
Si se tiene en cuenta el nivel de vida soviético actual, la vida cotidiana de las masas, la tasa de analfabetismo, es decir, el nivel cultural; si uno no miente, ni justifica, ni se engaña a sí mismo y a los demás; si uno no ha caído en el vicio de la demagogia burocrática, entonces debe reconocer honestamente que la herencia de la Rusia burguesa y zarista constituye el 95 por ciento de la vida, moral y costumbres cotidianas de la abrumadora mayoría del pueblo soviético, mientras que los elementos de socialismo constituyen tan sólo un 5 por ciento. Y esto de ninguna manera se contradice con la dictadura del proletariado, el régimen soviético y los éxitos colosales de la economía. Todo esto es la estructura que soportará el futuro edificio, mejor dicho, una de las esquinas del edificio. Decirles a los obreros que construyen este esqueleto con ladrillos y cemento, quienes a menudo no pueden satisfacer el hambre, y están expuestos a sufrir accidentes fatales, que ya pueden entrar a vivir en el edificio -“¡hemos entrado en el socialismo!”- es mofarse de los obreros y del socialismo.

¿Cuatro o cinco años?

Nos oponemos resueltamente a la irresponsabilidad con que se transforma un plan quinquenal todavía no probado en un plan cuatrienal. ¿Qué dicen las estadísticas al respecto?
Las cifras oficiales de la producción industrial del segundo año registran un incremento del 24,2 por ciento. Es decir, que se ha superado el incremento previsto en el plan -21,5 por ciento- en un 2,7 por ciento. Pero con respecto al plazo del plan cuatrienal existe un retraso de casi el 6 por ciento. Observando esa cifra en relación a la calidad y al precio minorista de los productos y teniendo en cuenta que los coeficientes previstos se alcanzan mediante la coerción, resulta evidente que en realidad el segundo año se cumplió según las tasas del plan quinquenal, no del plan cuatrienal.
En la infraestructura existe un retraso de casi el 20 por ciento en relación a los objetivos previstos para 1929-1930. El mayor retraso se presenta en la construcción de nuevas y gigantescas plantas metalúrgicas, en la instalación de la producción de coque, en la construcción química y eléctrica básica, es decir, en todos los terrenos que constituyen la base de la industrialización. Al mismo tiempo, la disminución de los costos de la construcción, que según lo previsto en el plan debía ser del 14 por ciento, alcanzó apenas al 4 por ciento. La importancia de esta cifra contable del 4 por ciento, traída de los cabellos, no necesita comentarios: si los costos no aumentan, démonos por satisfechos. El coeficiente total de retraso del plan será, por lo tanto, de más del 30, no del 20 por ciento. Este es el telón de fondo del tercer año en lo que se refiere a la construcción.
No es posible llenar los “huecos” del plan a expensas de la industria liviana, como se hizo frecuentemente durante los dos primeros años, puesto que donde hay más retraso es precisamente en la producción de bienes de consumo. Según estaba previsto en el plan quinquenal, la industria liviana debía experimentar un incremento del 18 por ciento en 1929-1930; según el plan cuatrienal, esa cifra debía ser del 23 por ciento. Pero aumentó apenas en un 11 por ciento (según algunas fuentes, 13 por ciento). Sin embargo, la escasez de bienes le exige esfuerzos extraordinarios a la industria liviana.
Se ha dicho que una de las tareas asignadas al trimestre suplementarioII intercalado entre el segundo y el “tercer” año era “emplear todos los medios a nuestro alcance para estabilizar la circulación monetaria y todo el sistema financiero”. Por primera vez se reconoce oficialmente que el sistema financiero es poco firme al cabo del segundo año de un plan quinquenal llevado a cabo por una dirección que procede empíricamente sin la menor planificación. La inflación monetaria no es otra cosa que un préstamo sin respaldo contraído a expensas de los años venideros. Por lo tanto, será necesario reembolsar dicho préstamo en los próximos años. El llamado a la estabilización de la circulación de dinero demuestra que será necesario mantener intacto el chervonets [unidad monetaria con respaldo oro], no liquidarlo. En cuanto a la teoría, la ponen cabeza abajo.
Todos los errores, todos los cálculos equivocados, los comienzos abruptos, las desproporciones, los huecos, los virajes en falso y la embriaguez de la conducción económica de los centristas se sintetizan en el estado calamitoso del chervonets; ésta es la herencia de los dos primeros años del plan. Detener el impulso de la inflación no es tarea sencilla. Así lo atestigua la aplicación del plan financiero en el primer mes del trimestre suplementario. Pero, sobre todo, debemos saber que el éxito en el terreno de la estabilización del chervonets -que es absolutamente indispensable- lleva en sí el germen de una recesión no menos aguda en la industria y en la economía. Los préstamos sin respaldo, especialmente los que se realizan en secreto, se hacen a expensas del futuro y es preciso pagarlos.
La cifra de aumento general de la producción industrial en los últimos dos años es del 52 por ciento: el plan tenía previsto un 47 por ciento. Si tenemos en cuenta el deterioro de la calidad, podemos decir con certeza que, en el mejor de los casos, los dos primeros años nos han acercado a los plazos del plan “en su conjunto”, sin tener en cuenta toda una serie de desproporciones internas.
Si bien consideramos que al cabo de los dos primeros años existe un gran atraso en el cumplimiento del plan quinquenal, ello de ninguna manera significa que minimicemos la importancia colosal de los éxitos logrados. Son éxitos colosales por su importancia histórica, tanto más significativos cuanto que fueron obtenidos a pesar de la cadena ininterrumpida de errores cometidos por la dirección. Pero estas hazañas no sólo no justifican la irresponsabilidad con que se salta de un plan de cinco años a uno de cuatro años, sino que ni siquiera garantizan el cumplimiento del plan en cinco años. Para lograrlo, habrá que superar las desproporciones y “huecos” de los dos primeros años en el transcurso de los próximos tres. Cuanto menos capaz de prever, de prestar oídos a las advertencias, sea la dirección, mayor será la deuda.
La tarea principal de la conducción económica es observar el progreso del plan quinquenal, vigilar algunos rubros, frenar otros, no en base a cifras a priori, inevitablemente imprecisas y condicionales, sino sobre la base de un análisis consciente de la experiencia. Sin embargo, para la realización de esa tarea es preciso que impere la democracia en el partido, en los sindicatos y en los soviets. El progreso sano de la construcción socialista se ve impedido por el ridículo y monstruoso principio de la infalibilidad de la dirección “general”: más precisamente, de una dirección inconsecuente, que es el origen del peligro general.
El mismo Pravda (27 de octubre) se ve obligado a comentar: “Tenemos dificultades en el abastecimiento de alimentos y de mercancías industriales de uso cotidiano.”
“Todavía sufrimos la gran escasez de metales, carbón, energía eléctrica y materiales para la construcción en cantidad suficiente como para garantizar plenamente las tasas previstas para la construcción socialista.”
“Nuestro sistema de transporte es incapaz de garantizar el acarreo de productos industriales y agrícolas.”
“La economía nacional sufre una terrible escasez de mano de obra fabril y de cuadros de obreros calificados.”
¿No es evidente, entonces, que el salto del plan quinquenal al plan cuatrienal es puro aventurerismo? Sí lo es, para todos menos para Pravda. “El retraso experimentado en la construcción de infraestructura en 1929-1930 -dice Pravda- a pesar de la ausencia de causas objetivas les sirvió a los agentes de los kulaks en el partido -los oportunistas de derecha- de pretexto para nuevos aullidos ante los ritmos intolerables que aprobó el partido” (3 de noviembre). De ese modo, los stalinistas le allanan el camino a la derecha de la mejor manera posible al reducir sus diferencias recíprocas al siguiente dilema: ¿cuatro años o cinco? Sin embargo, este problema no admite una respuesta “principista” sino solamente empírica. Todavía resulta difícil definir las dos líneas diferentes en debate, separadas entre sí por doce meses. Sin embargo, con esta manera burocrática de plantear el problema se nos da la medida exacta de las diferencias entre los derechistas y los centristas, tal como las caracterizan los propios centristas. La relación entre ambos es de cuatro a cinco, lo que da una diferencia del 20 por ciento. ¿Y qué pasa si la experiencia llega a demostrar que no se cumplirá el plan en cuatro anos? ¿Significaría que la derecha tenía razón?
El trimestre llamado suplementario (octubre, noviembre, diciembre de 1930) fue intercalado entre el segundo y el tercer año. Así, el tercer año del plan quinquenal comienza oficialmente el 1° de enero de 1931, sin tener en cuenta este trimestre suplementario. De manera que la diferencia con la derecha se reduce del 20 a1 15 por ciento. ¿Para qué sirven estos procedimientos inútiles? Para afianzar el “prestigio”, no el socialismo.
Los huecos que ahora deben cubrir con el trimestre suplementario se produjeron, según Pravda, “a pesar de la ausencia de causas objetivas”. Esta explicación es muy reconfortante, pero no construye fábricas ni produce mercancías. El problema es que el elemento subjetivo, el aparato burocrático, controla los factores subjetivos, tales como la “incompetencia”, la “falta de iniciativa”, etc., sólo hasta cierto punto, pero más allá de estos límites, los factores subjetivos se vuelven objetivos, puesto que lo que los determina en última instancia es el nivel técnico y cultural. Hasta los “huecos” producidos por causas subjetivas, por ejemplo, por la miopía de la dirección “general”, se trasforman en factores objetivos que limitan las posibilidades de un desarrollo mayor. Si el oportunismo se caracteriza por la adaptación pasiva a las condiciones objetivas (“seguidismo”), el aventurerismo, la antípoda del oportunismo, se caracteriza por su desdén hacia los factores objetivos. Hoy en día el leitmotiv de la prensa soviética es: “Nada es imposible para un ruso.”
Los artículos de Pravda (Stalin mantiene un prudente silencio) demuestran que mañana, como ayer, la previsión, la experiencia colectiva y la flexibilidad de la conducción económica serán desplazadas por el knut [látigo ruso] “general”. Pravda reconoce en varias ocasiones que las “vacilaciones no fueron eliminadas tanto por la producción como por la presión revolucionaria de las masas” (1º de noviembre). El significado de esto es bastante claro.
Es obvio que si realmente se tratara de sobrepasar a los países capitalistas adelantados en el curso de los próximos años y asegurar así la invulnerabilidad de la economía socialista, la presión circunstancial, por mucho que se desgastaran los músculos y nervios de los obreros, sería comprensible y aún justificable. Pero hemos visto la forma ambigua, engañosa y demagógica con que se presenta este problema a los trabajadores. La presión continua amenaza con provocar una reacción entre las masas que será incomparablemente más grave que la que se suscitó al término de la Guerra Civil.
El peligro resulta tanto grave y amenazante si tenemos en cuenta que no sólo se resolverá el problema de “alcanzar y sobrepasar” aunque se logren todos los objetivos del plan quinquenal, sino que éstos no se alcanzarán en cuatro años por más que se empeñen todas las fuerzas hasta el límite máximo de su resistencia. Más grave aún es el hecho de que, gracias al aventurerismo de la dirección, el cumplimiento del plan en cinco años resulta cada vez menos probable. La obstinación estúpida y ciega con que se mantiene el plan al pie de la letra en aras del prestigio “general” prepara inexorablemente el terreno para toda una serie de crisis que pueden detener el desarrollo de la economía y provocar una franca crisis política.

La URSS y el mercado mundial

Así, las cifras que sintetizan el aumento de la producción hasta el momento, si bien son colosales, no pintan un panorama real de la situación, porque no hacen mención de la situación desfavorable, tanto económica como política, en medio de la cual se inicia el tercer año del plan quinquenal (1° de octubre de 1930). Un análisis más concreto de la economía revela que tras las estadísticas arbitrarias de los éxitos se ocultan una serie de profundas contradicciones: entre la ciudad y el campo ( las tijeras de los precios: escasez de productos alimenticios y materias primas y escasez de productos industriales en la aldea); entre las industrias pesada y liviana (fábricas desabastecidas de materias primas y de productos); entre el poder adquisitivo real y nominal del chervonets (inflación); entre el partido y la clase obrera; entre el aparato y el partido; en el seno del aparato.
Y aparte de estas contradicciones llamadas internas, existe una contradicción que, por su propia lógica, adquiere una importancia cada vez mayor: la contradicción entre la economía soviética y el mercado mundial.
El punto de partida de todo el plan fue la concepción utópica y reaccionaria de una economía socialista cerrada que se desarrolla armoniosamente sobre sus cimientos internos con sólo salvaguardar el monopolio del comercio exterior. Los especialistas de la Comisión de Planificación del Estado, haciéndose concesiones mutuas con los “patronos” y adaptando sus fines dañinos a los prejuicios de las autoridades, elaboraron un anteproyecto de plan quinquenal en el que no sólo se preveía una curva descendente para el desarrollo industrial sino también una curva descendente para el comercio exterior: al cabo de diez o doce años las importaciones de la URSS se reducirían a cero. En el mismo plan se preveía una cosecha cada vez más abundante y, por consiguiente, mejores posibilidades de exportar. No se respondía a una pregunta: ¿qué hacer con el excedente de trigo y los demás excedentes que el país fuera capaz de producir? Seguramente no los iban a arrojar al mar.
Sin embargo, antes de que los principios del anteproyecto de plan quinquenal fueran revisados gracias a la presión de la Oposición, el propio curso de los acontecimientos provocó fisuras en la teoría y práctica de la economía aislada. El mercado mundial contiene recursos inmensos, colosales, inagotables para la economía de todos los países, sean socialistas o capitalistas. El crecimiento de la industria soviética genera necesidades, tanto técnicas como culturales, y contradicciones nuevas que la obligan a recurrir cada vez más a los recursos del comercio exterior. Al mismo tiempo, el desarrollo de la industria, que es desigual debido a las condiciones naturales, genera una apremiante necesidad de exportar diversos productos (por ejemplo petróleo, madera) mucho antes de que la industria en su conjunto haya comenzado a satisfacer necesidades elementales del país. Por lo tanto, la reactivación de la vida económica de la URSS no conduce a su aislamiento económico, sino, por el contrario, la obliga desde todos los ángulos a acrecentar sus relaciones con la economía mundial y, por consiguiente, la hace depender cada vez más de la economía mundial. El carácter de esta dependencia se define en parte por el peso específico de la economía soviética dentro de la economía mundial, pero directamente por la relación entre el costo neto de los productos soviéticos y el costo neto de los productos de los países capitalistas adelantados.
Por consiguiente, el ingreso de la economía soviética en el mercado mundial no se ha basado en una perspectiva amplia y en las previsiones del plan sino que, por el contrario, se realiza a pesar del plan, bajo la presión de la pura necesidad, en cuanto se hizo evidente que la importación de maquinarias, materias primas necesarias y repuestos era cuestión de vida o muerte para todas las ramas de la industria.
No pueden aumentar las importaciones si no aumentan las exportaciones. El estado soviético exporta porque no le queda más remedio y vende a precios determinados por la economía mundial. Así, la economía soviética no sólo cae, cada vez más, bajo el control del mercado mundial, sino que, además, se ve arrastrada -en forma refractada y modificada, desde luego- hacia la esfera de influencia de las oscilaciones coyunturales del capitalismo mundial. Las exportaciones de 1929-1930, lejos de cumplir las previsiones del plan, se han visto muy deterioradas en el plano financiero debido a la crisis mundial. Así concluye una de las muchas polémicas de la Oposición de Izquierda con los centristas. Cuando bregábamos por la elaboración de un plan quinquenal, decíamos que el plan quinquenal era solamente la primera etapa, que en el menor lapso posible debíamos pasar a un plan programado para ocho o diez años, que abarcara el período promedio de renovación de stocks de herramientas y también nos permitiera adaptarnos a la coyuntura mundial. La estabilización del capitalismo de posguerra, por efímera que fuese, conduciría inexorablemente a la reaparición de los ciclos comerciales e industriales postergados por la guerra, y nos veríamos obligados a elaborar nuestros planes no en base a una supuesta independencia de la coyuntura mundial sino a una adaptación inteligente a dicha coyuntura, que nos permitiera sacarle el mayor provecho posible a la reactivación de la economía y perder lo menos posible en la crisis. Es inútil repetir los lugares comunes socialistas-nacionales con que los líderes oficiales, con Stalin y Bujarin a la cabeza, trataron de refutar los factores actualmente vigentes. En la misma medida en que los conductores de la economía fueron incapaces de prever la sencilla lógica de la situación, la exportación, en la actualidad, está sumida en el caos.
La breve historia del comercio exterior soviético, así como las dificultades con que tropezó la exportación el año pasado, -el volumen fue siempre muy bajo a pesar de su carácter forzado- nos deben llevar a ciertas conclusiones elementales, muy importantes para el futuro. Cuanto mayor sea en el futuro el éxito del desarrollo económico soviético, más amplias deberán ser las relaciones exteriores en el terreno económico. El teorema inverso es más importante aún: sólo el incremento de las exportaciones e importaciones permitirá a la economía superar oportunamente las crisis parciales, atemperar las desproporciones parciales y establecer el equilibrio dinámico de los distintos sectores para garantizar una elevada tasa de desarrollo.
Sin embargo, es precisamente aquí donde tropezamos, en última instancia, con las dificultades y problemas decisivos. Ya hemos dicho que las posibilidades de aprovechar los recursos del mercado mundial para el desarrollo de la economía socialista están sujetos directamente a relaciones entre los costos netos locales y mundiales de una mercancía de calidad fija y estándar. Pero, hasta el momento, el plan burocrático de aceleración de los ritmos no nos ha permitido avanzar en este terreno y ni siquiera plantear el problema como corresponde.
En el informe ante el XVI Congreso Stalin dijo que la calidad de nuestra producción es una “desgracia”; con ese tipo de explicaciones la burocracia tapa todos los agujeros. Es lo mismo que la frase referida a nuestro “terrible” atraso. En lugar de datos precisos, nos dan expresiones de tono muy fuerte, pero que sólo sirven para encubrir cobardemente la realidad; el atraso: “terrible”; la calidad: una “desgracia”. Sin embargo, dos cifras, dos coeficientes relativos promedio, hubieran sido infinitamente más valiosos para orientar al partido y a la clase trabajadora que toda la montaña de estadísticas periodísticas baratas de las que están repletos los discursos de diez horas: también aquí los sabios de nuestro tiempo reemplazan la calidad por la cantidad.
La venta de productos soviéticos a precios inferiores a sus costos netos para bien de las importaciones es una medida que hasta cierto punto resulta inevitable, y está plenamente justificada desde el punto de vista de la economía en general. Pero sólo hasta cierto punto. En el futuro la diferencia entre los costos netos locales y mundiales creará escollos cada vez mayores para el incremento de las exportaciones. Así, el problema de los coeficientes relativos de calidad y cantidad de los productos locales y mundiales se plantea forzosamente y con apremio. El destino de la economía soviética está sujeto económicamente al comercio exterior, de la misma manera en que está sujeto políticamente por el nudo que ata al Partido Comunista de la Unión Soviética con la Comintern.
La prensa capitalista mundial calificó de dumping al incremento de las exportaciones soviéticas, y la burguesía mercenaria de los emigrados rusos y sus “demócratas” domesticados le hacen coro. No hay nada de sorprendente en esto, así como no hay nada de sorprendente en el hecho de que la prensa de los mercenarios emigrados revele los secretos de la defensa nacional de la URSS para beneficio de Rumania, Polonia y otros tiburones más grandes. Lo asombroso no es su vileza; es su estupidez que, en el fondo, tampoco nos asombra: no hay que esperar demasiada inteligencia de parte de la burguesía mercenaria. Al calificar al “dumping” soviético de amenaza para la economía mundial, los liberales y demócratas sólo afirman con eso que la industria soviética ha alcanzado tal poderío que está en situación de conmover el mercado mundial. Desgraciadamente, no es así.
Basta decir que la exportación soviética, inflando bastante su volumen, constituye apenas el 1,5 por ciento de la exportación mundial. Esto no alcanza para derrocar al capitalismo, por putrefacto que esté. Sólo un imbécil completo, que no por eso es menos canalla, puede atribuirle a la Unión Soviética la intención de provocar la revolución mundial con un 1,5 por ciento de exportaciones.
Lo que ellos llaman la penetración de la economía soviética en la economía mundial es, en realidad, la penetración del mercado mundial en la economía soviética. Este proceso se extenderá hasta convertirse en un duelo económico entre los dos sistemas. A la luz de esta perspectiva queda expuesto el infantilismo de esa filosofía mezquina según la cual la construcción del socialismo queda garantizada con la victoria sobre la burguesía en el propio país, después de lo cual las relaciones con el mundo exterior se reducen a la lucha contra la intervención militar.
Al iniciarse la crisis mundial, la Oposición propuso que se lanzara una campaña proletaria internacional por el fortalecimiento de los lazos económicos con la URSS[6]. A pesar de que la crisis y la desocupación hacían apremiante la campaña, la misma fue rechazada con toda clase de pretextos fútiles; en realidad, fue rechazada porque la propuso la Oposición. Hoy, ante el ataque mundial contra el “dumping” soviético, las secciones de la Comintern se ven obligadas a realizar la campaña por la colaboración económica con la URSS que nosotros habíamos propuesto. Pero, ¡qué miserable y ecléctica es esta campaña, carente de ideas y perspectivas claras; una campaña de defensa caótica en lugar de una ofensiva bien preparada! Una vez más vemos que el clamor burocrático oculta el mismo “seguidismo”, la misma incapacidad de asumir la iniciativa política en un solo problema importante.

Conclusiones

1. Reconocer públicamente que fue errónea la resolución de cumplir el plan quinquenal en cuatro años.
2. Someter al estudio y a la discusión libre y seria en el partido las experiencias de los dos primeros años y el trimestre intercalado.
3. Establecer los siguientes criterios para la discusión: los ritmos óptimos, los más razonables, es decir, los que permitan no sólo alcanzar los objetivos previstos sino también, y más importante aún, crear el equilibrio dinámico para una expansión acelerada a varios años de plazo; aumento sistemático del salario real; cerrar las tijeras de los precios industriales y agrícolas, es decir, fortalecer la alianza con el campesinado.
4. Prestar especial atención al inexorable proceso de diferenciación en el seno de las granjas colectivas, así como entre las distintas granjas; jamás identificarlas con el socialismo.
5. Plantear abiertamente, y en el marco del plan, el problema de la estabilización del sistema monetario; en caso contrario, la deflación burocrática podría generar el peligro de pánico, lo cual sería tan peligroso como la inflación.
6. Plantear el problema del comercio exterior como cuestión fundamental dentro de la perspectiva de ampliar nuestras relaciones con la economía mundial.
7. Elaborar un sistema de coeficientes relativos entre la producción soviética y la producción de los países capitalistas adelantados, como guía práctica para las necesidades de exportación e importación y como único criterio para “alcanzar y sobrepasar”.
8. Dejar de orientar la economía en base a consideraciones burocráticas de prestigio: no embellecer la realidad, no callar la verdad, no engañar; no aplicar el rótulo de socialista a la economía soviética de transición que, en su nivel actual, se encuentra mucho más cerca de la economía zarista-burguesa que de la del capitalismo desarrollado.
9. Abandonar las falsas perspectivas nacionales e internacionales de desarrollo económico que surgen inevitablemente de la teoría del socialismo en un solo país.
10. Terminar de una vez por todas con ese dogma católico de la infalibilidad “general”, que resulta funesto en la práctica, humillante para el partido revolucionario y profundamente estúpido.
11. Reactivar el partido destruyendo la dictadura burocrática del aparato.
12. Repudiar el stalinismo; volver a la teoría de Marx y a la metodología revolucionaria de Lenin.


[1] Publicado en The Militant, 15 de marzo, 1° y 15 de abril de 1931. Tomado de la versión publicada en Escritos, Tomo II, Vol. 1, 1977, Bogotá, Colombia, pág. 136.

[2] En marzo de 1920 Polonia invadió Ucrania. La contraofensiva del Ejército Rojo llegó hasta los suburbios de Varsovia, pero allí fue indefectiblemente obligado a retroceder. En el Politburó surgió una discusión acerca si había que continuar la guerra -lanzar una segunda campaña contra Polonia- o aceptar condiciones onerosas de paz. El Tratado de Riga, que dio a Polonia gran parte de Bielorrusia y Ucrania, se firmó en 1921.

[3] La Oposición Obrera: grupo de tendencia ultraizquierdista y semisindicalista, que actuó en el P.C. ruso en los primeros años de la década del ‘20, cuando Lenin aun estaba activo. Entre sus dirigentes figuraba Shliapnikov, el primer ministro soviético de trabajo, y Alexandra Kollontai, la primera mujer embajadora. Algunos de sus dirigentes ingresaron a la Oposición Unificada en 1926 y fueron expulsados y exiliados en 1927.
I. En realidad, dadas las condiciones creadas por el gran atraso o, más precisamente, por la miseria de las fuerzas productivas, sin la Nueva Política Económica, es decir, sin ese estímulo a la iniciativa individual que proporciona el mercado, no hubo ni podía haber otros métodos que los del comunismo de guerra. Antes de la NEP, la discusión siempre soslayaba el problema. Con la introducción de la NEP, el eje de la discusión desapareció. Únicamente Zinoviev, y en cierta medida Tomski, siguieron repitiendo los viejos galimatías sobre el abecé de los problemas sindicales, sin haber comprendido jamás de qué se trataba. (Nota de L. T.).

[4] Los miembros del Politburó elegidos en el XVI Congreso (julio de 1930) fueron Stalin, Kaganovich, Kirov, Kossior, Kuibyshev, Rudzutak, Rikov y Voroshilov. En diciembre Rikov fue removido y reemplazado por Orjonikije.

[5] Osinski, V. (1887-1938): dirigente de la oposición Centralismo Democrático hasta 1923, y luego miembro de la Oposición de Izquierda durante algunos años, finalmente apoyó a la Oposición de Derecha.
II. Este año la finalización del año económico fue trasladada de octubre a enero, agregándose así un trimestre suplementario. (Nota de L. T.).

[6] La campaña propuesta por la Oposición fue explicada en detalle en La desocupación mundial y el Plan Quinquenal, ver pág. 462.



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