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Manifiesto a los trabajadores del mundo entero

Comité Ejecutivo Internacional de la IV Internacional (Partido mundial de la revolución socialista )

septiembre de 1938

 

 

Traducción para esta edición de Rodolphe Prager (comp.), Les Congrès de la Quatrième Internationale T1, París, La Brèche, 1978, p. 203.

 

 

¡Trabajadores, explotados y pueblos coloniales de todos los países!

La Conferencia de fundación de la IV Internacional –el Partido mundial de la revolución socialista–, que se realizó en septiembre de 1938, les hace este llamado urgente en el momento en que el mayor peligro amenaza a las masas del mundo entero y la causa de su emancipación de la esclavitud moderna. Nos encontramos frente a los horrores de una nueva guerra imperialista mundial. Es una mentira monstruosa creer que la guerra tendrá lugar entre naciones “pacíficas” y naciones “belicosas”, pues ella es inherente al capitalismo mismo y toda nación capitalista está comprometida en la locura de la carrera armamentística.

Es una monstruosa mentira decir que la guerra tendrá lugar entre países “democráticos” y países “dictatoriales”, pues las “democracias” ya son aliadas de numerosas dictaduras y, cuando la guerra estalle, las primeras víctimas serán los derechos y las instituciones democráticas ya ampliamente minadas en los países “pacíficos”. Es mentir afirmar que la guerra tendrá lugar por la independencia nacional o la libertad de Checoslovaquia. Es un cruel engaño en el que Checoslovaquia juega el mismo rol que la “pobre Bélgica”.

Los imperialistas anglo-franceses, que aplastan sin piedad a los combatientes por la independencia en las Indias, Siria, Túnez, Argelia, Palestina y en todas partes, sólo reconocen su “derecho a la independencia” a explotar a millones de esclavos a través del mundo.

¡Todas las clases dirigentes de los países capitalistas son piratas! Su guerra, a pesar de las pretensiones y consignas hipócritas, será una guerra de piratas. No será una guerra obrera, sino por el contrario, los obreros y, en general, los explotados serán las víctimas. No será una guerra por la democracia, pues la verdadera democracia para las masas sólo puede ser ganada en la lucha contra la dominación capitalista; e incluso los derechos democráticos de los que aún gozan las masas sólo pueden ser preservados y extendidos, como el ejemplo de la guerra civil española lo ha mostrado, por los métodos de la lucha de clases militante, revolucionaria hacia el socialismo.

Esta no será una guerra en interés de los obreros, pues los asaltos contra las conquistas sociales de los obreros franceses en junio de 1936, especialmente la semana de 40 horas, en nombre de la “defensa nacional”, muestran que la defensa de los intereses económicos y sociales más elementales de las masas –su pan cotidiano y su libertad– es incompatible con la defensa de la patria burguesa.

Hitler, que destruyó todas las conquistas sociales de la clase obrera alemana y austriaca, lleva adelante la lucha en nombre del capitalismo alemán contra los intereses de los pueblos de Europa.

Con las amenazas de guerra, destacamos que el enemigo principal permanece en su propio país. La clase obrera no tiene patria para defender, salvo la que ella conquiste y domine. Nuestro grito es: ningún apoyo a los causantes de la guerra y a las guerras imperialistas. ¡Continuación de la lucha de clases en todas las situaciones y utilización de la crisis guerrerista para el derrocamiento de la dominación imperialista, es decir de la guerra y del capitalismo mismo!

El mundo capitalista está herido de muerte. En su agonía, exhala los venenos del fascismo y de la guerra totalitaria, que amenaza reducir en todas partes a los obreros y campesinos a una nueva y horrible servidumbre y desencadenar las fuerzas de destrucción que arrasará toda la civilización moderna.

En el medio de la abundancia, con un aparato de producción que bien dirigido y organizado, podría cubrir todas las necesidades actuales de la humanidad, el capitalismo condena a millones de hombres a la desocupación, a miserables prestaciones sociales o al hambre.

La clase dirigente, quien sacudía antiguamente las cadenas del feudalismo en nombre de la democracia y de la igualdad, combina ahora las más sombrías fuerzas de la reacción y los elementos más abyectos de los bajos fondos de la sociedad, para abolir todos los derechos democráticos conquistados con la sangre del pueblo. Quiere, con el puñal y el látigo fascista, preservar su soberanía que aún sobrevive a la victoria inexorable del socialismo.

El capitalismo es completamente incapaz de asegurar la prosperidad de las masas y sobre todo de asegurar la paz. Menos de una generación ha pasado desde la última “guerra que acabaría con todas las guerras” y ya nos encontramos a las puertas de una nueva guerra mundial, infinitamente más atroz que la precedente.

Una vez más se llama a los explotados a masacrarse mutuamente por sus respectivos patrones imperialistas. Una vez más, las madres del pueblo son llamadas a jugar el rol de productoras de carne de cañón. Una vez más se harán campos, sangrientas trincheras y ciudades tumbas devastadas, para que los imperialistas preserven sus ganancias y sus colonias o adquieran nuevas.

El capitalismo ha quebrado. Sus relaciones sociales, sus límites nacionales estrangulan el desarrollo económico y social del hombre. Está más que maduro para la reorganización socialista. Su existencia prolongada sólo puede aumentar la miseria y el horror sin fin.

La humanidad sólo puede ser salvada de la nueva barbarie que la amenaza bajo la dirección de la clase obrera revolucionaria, campeona histórica y aliada de los campesinos sin tierra o abatidos por el peso de las deudas, y de los millones de esclavos coloniales negros, morenos y amarillos.

Pero la mayor tragedia del proletariado reside hoy en el hecho de que frenos paralizantes le impiden realizar su misión emancipadora, frenos menos potentes que los del capitalismo mismo, pero más sutil e insidiosamente fabricados, gracias a los cuales los partidos tradicionales del trabajo, la II y la III Internacional, le han encadenado.

Los jefes de la II Internacional actúan como agentes directos del imperialismo “democrático”, ayudándolo a atenuar los choques de la lucha de clases y esperando así preservar su posición en la declinante democracia capitalista. Los de la III Internacional, traicionando todos sus principios e ideales tradicionales, fueron convertidos en instrumentos de la burocracia soviética. Las dos viejas internacionales difieren sobre todo en la medida en que difieren la burguesía anglo-franco-norteamericana y la camarilla stalinista dirigente.

En lugar de desembarazarse del cadáver putrefacto del capitalismo en los limbos de la historia, la socialdemocracia y el stalinismo se unen para recubrirlo y preservarlo. Desde hace mucho tiempo abandonaron la lucha de clases. Concentran todos sus esfuerzos en conducir a la clase obrera a servir al capitalismo, en nombre de una “democracia” y de un Frente Popular maquillados, en lugar de destruir al monstruo. Apoyan la dominación de los pueblos coloniales por sus imperialismos respectivos y ofrecen su ayuda militar con el mismo objetivo.

Ninguna de las viejas internacionales fue capaz de organizar la resistencia proletaria al fascismo, en Alemania o en Austria. Incluso en España, donde el proletariado, al lado del cual nos sostuvimos firmemente y con entusiasmo, ha mostrado su capacidad de luchar efectivamente contra la bestia fascista, los viejos partidos minaron su resistencia y exterminaron brutalmente a las fuerzas revolucionarias en la retaguardia de su propio frente, actuando como los agentes del imperialismo anglo-francés y de la burocracia de Moscú.

En realidad, abandonando la vigilancia de clase de los obreros, abandonando la independencia del movimiento obrero y subordinándolo así a la burguesía “democrática”, facilitaron la victoria del fascismo, cuyo objetivo, que es aplastar al proletariado como movimiento independiente y como clase, es parcialmente logrado previamente por las viejas internacionales.

No menos traidor es el rol jugado por la socialdemocracia y el stalinismo frente al peligro de guerra inminente. Más cínicamente que la II Internacional antes de la última guerra, cuando adoptaba al menos formalmente una posición antiguerrerista, las dos internacionales reclaman ahora la responsabilidad de conducir a las masas a la carnicería.

No tienen ni el deseo ni la posibilidad de organizar la lucha contra la guerra imperialista que viene. Por el contrario, completamente corrompidos por el socialpatriotismo y enarbolando la bandera pirata del imperialismo “democrático”, los socialpatriotas ya actúan como sargentos reclutadores del imperialismo.

El rol que juegan en la defensa de la URSS es también completamente pérfido. No defienden la gran Revolución Rusa, sino a la burocracia reaccionaria usurpadora. No afirman las bases de la sociedad socialista: minan los cimientos colocados por las masas rusas hace 20 años bajo la dirección de los bolcheviques.

Nosotros, la IV Internacional, defensores leales de la URSS contra todos sus enemigos, internos y externos, acusamos al stalinismo de haber sometido la vida económica del país a los intereses de la alta camarilla burocrática. Partidarios de la verdadera democracia proletaria, acusamos al stalinismo de haber privado a las masas soviéticas de todas las grandes libertades conquistadas con las armas en la mano.

La burocracia reaccionaria estableció en la URSS un régimen totalitario odioso gracias a un régimen sangriento de terror continuo, completado por los ataques de gangsters contra los revolucionarios en el extranjero y la corrupción del movimiento obrero e intelectual. Este régimen desacredita el nombre del socialismo. Los pretendidos partidos comunistas no son otra cosa que agencias corrompidas por este régimen totalitario, cuyo único objetivo mundial es el mantenimiento del statu quo imperialista. La II Internacional difiere del stalinismo sólo por su crítica puramente verbal y superficial. El bonapartismo[1] mina la revolución bolchevique.

El proletariado mundial no puede avanzar sin romper las cadenas que lo atan a las viejas internacionales y a su política. El anarquismo, que se mostró en España prisionero de su propia doctrina y capituló frente a la burguesía en nombre del Frente Popular, no puede llegar a operar esta ruptura. Tan insignificantes son los pequeños grupos centristas, unidos en el Buró de Londres[2], que se niegan romper claramente con las viejas internacionales tomando el camino de una lucha de clases consecuente, hacia el socialismo internacional revolucionario.

Sólo haciendo revivir las grandes tradiciones del marxismo revolucionario, rompiendo con la colaboración de clases, el socialpatriotismo y los curas de la sumisión en el movimiento obrero, y tomando el camino de una lucha de clases resueltamente ofensiva, lanzando el asalto contra la fortaleza del capitalismo con las armas invencibles forjadas por nuestros grandes maestros, Marx y Engels, Lenin y Trotsky, los explotados del mundo pueden separarse del marasmo y la derrota, y marchar hacia adelante, como la sólida falange del futuro socialista.

¡Es el camino de la IV Internacional! Ella se apoya en los fundamentos inquebrantables de los principios del marxismo-leninismo revolucionario. Ella se proclama orgullosa heredera y continuadora de la I Internacional de Marx, de la Revolución Rusa y de la Internacional Comunista de Lenin.

La IV Internacional no oculta sus objetivos. Su programa es conocido por la clase obrera. Es el programa de la oposición irreconciliable y de la lucha contra la injusticia, contra la explotación, contra la opresión.

Por encima de todo, en el período crucial actual –período de crisis vital para la clase obrera y la humanidad entera– la IV Internacional lanza un llamado a los obreros y a los pueblos oprimidos del mundo entero.

A los obreros franceses y alemanes especialmente, que son amenazados por la destrucción mutua en interés del imperialismo, les decimos: como el proletariado de todas partes, ustedes odian al verdugo Hitler. Como ustedes, estamos determinados a derrotar al fascismo y todas las dominaciones opresivas.

Pero el fascismo no puede ser y no será derrotado por las bayonetas del imperialismo francés. Sólo la acción de clase independiente del proletariado pondrá fin a la dominación repugnante del fascismo.

Únanse en la continua lucha de clases contra el fascismo y la guerra imperialista.

Únanse por la libertad de los pueblos coloniales, contra la tiranía de la dominación imperialista.

Únanse en la única guerra justa y sagrada, la guerra contra los opresores, los explotadores, contra sus agentes pérfidos en el movimiento obrero.

¡Viva la IV Internacional!

¡Viva la revolución socialista internacional!



[1] Trotsky dio la siguiente definición sobre los distintos tipos de bonapartismo: “El cesarismo o su forma burguesa, el bonapartismo, entra en escena en la historia cuando la áspera lucha de dos adversarios parece elevar el poder sobre la nación, y asegura a los gobernantes una independencia aparente con relación a las clases; cuando en realidad no les deja más que la libertad que necesitan para defender a los privilegiados. Elevándose sobre una sociedad políticamente atomizada, apoyado sobre la policía y el cuerpo de oficiales, sin tolerar ningún control, el régimen stalinista constituye una variedad manifiesta del bonapartismo, de un tipo nuevo, sin semejanza hasta ahora. El cesarismo nació en una sociedad fundada sobre la esclavitud y trastornada por las luchas intestinas. El bonapartismo fue uno de los instrumentos del régimen capitalista en sus períodos críticos. El stalinismo es una de sus variedades, pero sobre las bases del Estado obrero, desgarrado por el antagonismo entre la burocracia soviética organizada y armada y las masas laboriosas desarmadas”. (Extracto de León Trotsky, La Revolución Traicionada, Cap. XI, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición, op. cit., p. 614).
[2] El Buró de Londres (también conocido como Internacional de Ámsterdam), se organizó en 1932 con partidos no afiliados ni a la II ni a la III Internacionales como el ILP de Gran Bretaña, el SAP alemán y el POUM español (que será su sección más importante). Tres grupos de este Buró habían firmado en 1933 la “Declaración de los cuatro” proclamando la necesidad de una nueva internacional, junto a Trotsky y la Liga Comunista Internacionalista (LCI, continuadora de la Oposición de Izquierda y antecesora de la IV Internacional), pero terminaron rompiendo relaciones ya que sucumbieron, en general, con políticas oportunistas a los Frentes Populares francés y español. El Buró se desintegró durante la Segunda Guerra.



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