Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

Memoria sobre Trotsky

James T. Farrell

 

James T. Farrell (1904-1979), norteamericano de origen irlandés había tenido muchos oficios durante la Gran Depresión antes de haberse hecho conocido por su novela Studs Lonigan que lo había ubicado en primera fila de los grandes novelistas contemporáneos. Entró en contacto con los trotskistas en 1936, había trabajado en Nueva York en el establecimiento del comité de defensa, luego de la comisión de investigación, que acompañó. Estos recuerdos fueron escritos mucho después. En el intervalo, Farrell había militado brevemente en el SWP, que dejó en 1940 con los partidarios de Shachtman. 

Traducido de “A Memoir on Trotsky”, University of Kansas City Review N.º 23, verano de 1957. Fuente: Cahiers Léon Trotsky N.º 12, de diciembre de 1982, del Instituto Leon Trotsky. Traducido al español para este boletín por Rossana Cortéz. N.de.T: Dado lo extenso del texto, editamos algunos fragmentos.

 

Me encontré con Trotsky en México en 1937. Parecía diferente de lo que uno podía esperar. Daba la impresión de una simplicidad extraordinaria. Alice Rühle, la esposa de Otto Rühle, que había sido diputada socialista de izquierda en el Reistag alemán y biógrafa de Karl Marx, decía de Trotsky que había cambiado con los años: se había vuelto, decía, más simple, más parecido a Lenin. Muchos de los que lo habían conocido antes decían que él era frío. No me pareció eso en México. Era accesible y uno sentía menos distancia entre él y uno, que lo que sucede frecuentemente cuando uno se encuentra un hombre eminente de la vida política. Pero quizás esta comparación no sea buena. Trotsky era entonces un dirigente probado y un hombre exiliado. Buscaba reconstruir un movimiento político y estaba dedicado al combate más dramático de su vida. Acusado de traicionar la revolución, que él mismo había ayudado a dirigir y la sociedad que tanto había contribuido a fundar, defendía su honor revolucionario. Vivía detrás de los muros vigilados y sus partidarios y secretarios tenían armas de fuego en su casa. Se preparaba para responder a las acusaciones que Stalin le había dirigido durante los juicios de Moscú.

En otra parte he descrito las audiencias de Coyoacán de la comisión de investigación de la que el Dr. John Dewey[1] era presidente. No voy a repetir eso aquí, sino voy a ofrecer algunas impresiones personales y anécdotas concernientes a esto. 

No se puede separar a Trotsky hombre de Trotsky personaje histórico. Cuando uno lo veía y hablaba con él, sabía que era el hombre que había organizado los detalles prácticos de la revolución bolchevique de 1917, y también que era el organizador del Ejército Rojo. Sabía que uno iba a hablar con uno de los más grandes revolucionarios de la historia. El mismo tenía un sentido profundo de la historia y de su propio rol histórico. Yo conocía el intenso drama de su vida. Estaba allí, en esa casa en la avenida Londres de Coyoacán, dedicando su inteligencia contra un imperio. Porque era Trotsky, su simplicidad era tan asombrosa cuando iba envejeciendo y vivía en México como un hombre perseguido. […]

[…] Había precisión en Trotsky. Incluso en inglés, la elección de sus palabras revelaba esa precisión. Parecía saber hasta adonde iba a ir con cada palabra y esa elección de sus palabras daba a pensar o sugería. Sin embargo, no era muy espontáneo –o más bien, su espontaneidad fracasaba. Le había dado su vida a una Idea. Esta Idea –la Revolución- y su personalidad se habían fusionado. Valiente, siempre estaba dispuesto a sacrificar todo por la Idea y trataba con la gente en términos de su relación con la Idea y su aceptación por ellos. ¿Qué utilidad tendrían ellos para esta Idea, para esta causa? Trabajaba por la causa y vivía para ella. […]

[…] Era un hombre espiritual, gracioso y galante. Había algo profundamente tierno e inspirador en su relación con su mujer, Natalia. Ella era muy pequeña y elegante. Se podía ver que había sido una mujer bella. Las tragedias de su vida, la pérdida de sus hijos en particular, la habían entristecido. Su rostro era un de los más tristes que yo había visto y era una mujer muy valiente y muy noble. Cada vez que se los veía juntos, uno no podía no sentir que entre ellos había una corriente de ternura. Gentileza y profundo sentimiento se transparentaban en la manera en que se miraban o se tomaban la mano.

Fuimos de picnic con él después del fin de las sesiones de Coyoacán. Esperando la partida parados en el porche del patio de la casa Rivera, Trotsky se aseguraba que hubiera suficientes provisiones para todos, que hubiera cerveza para mí, que no se olvidaran de nada. Mi mujer me hacía rabiar haciéndome notar que Trotsky se interesaba por su casa y que, si él podía hacerlo, yo podía también. Luego él se me acercó. Yo observé: “¡Lev Davidovich, usted ha arruinado mi vida!”. Le expliqué lo que quería decir y le conté lo que me había dicho mi mujer. “Es muy simple”, respondió con un fuerte acento. “Antes, tuve que alimentar a cinco millones de hombres. Es un poco más complejo que alimentar a cinco”. Siempre había una idea, una referencia política, una moral en su espíritu […]

[…] Otra vez, le pregunté si pensaba que Stalin y Hitler se entenderían. Era en 1937 y algunos de nosotros que se habían dedicado al áspero combate contra los juicios de Moscú creían que una alianza nazi-soviética estaba por hacerse. Trotsky respondió destacando que si eso ocurría, seria una gran catástrofe. Más o menos en esa época predijo el pacto Hitler-Stalin[…]

[…] Su mente era una de las más rápidas que conocí. Simplemente al verlo y hablar con él, uno tenía el sentimiento de una gran voluntad. Su cuerpo, sus costumbres, estaban plegadas a esta voluntad. En muchos aspectos, era espartano. De hecho hubo momentos, en la época en que estaba en el poder, en que hablaba como un hombre de la Esparta moderna e Isaac Deutscher utilizó la palabra “espartano” para Trotsky en un pasaje de su biografía.

Esta memoria está redactada un poco accidentalmente y al pasar. No trata de las teorías ni de las ideas de Trotsky. Trataré de discutir eso en otra ocasión. Solamente quiero fijar aquí impresiones pasajeras sobre Trotsky. Su personalidad no era solamente vigorosa sino muy atrayente. Era muy agradable. Tenía un brillo irónico en sus grandes ojos y yo creo que miraba la vida de una manera un poco burlona y con un irreprimible sentimiento de ironía. Se había consagrado a una idea y había alcanzado la cumbre del poder que pocos hombres conocen. Y luego estaba allí, nuevamente exiliado. La mayor parte de su vida estuvo exiliado. En Siberia, en Turquía, Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Suiza, Austria, Noruega, había sido un exiliado –escribiendo, hablando, insistiendo, sirviendo una idea sensible con una total convicción.

Era muy diferente de muchos exiliados. Los exiliados revolucionarios a menudo declinan y se descomponen. Trotsky no. Ningún hombre podría conocer una derrota peor que la suya. Es sorprendente constatar lo poco que eso le afectaba. Escribiendo, llevando adelante el mismo combate, no parecía un hombre amargado o infeliz. Pienso en esto y cuán diferentes son las historias del exilio de Napoleón. Trotsky es un hombre que puede compararse con Napoleón. Pero en el exilio, Napoleón soportó peor las tensiones y el aislamiento. Para Napoleón, el poder era todo. Para Trotsky, el poder era el medio para hacer posible sus propias ideas. Era el medio por el que el hombre realizaba su destino histórico. El poder era el arma de una fe. Esa fe le servía en el exilio.

Estaba en el hospital, débil y sin fuerzas, después de una operación. Era la noche. Había una radio en la cabecera de la cama. No la escuchaba. Dieron un boletín informativo. La mitad de las palabras llegaron a mi mente. León Trotsky… asesino… ninguna esperanza [...]

[…] Era un gran héroe y un gran mártir. Pero el carácter trágico de la muerte de Trotsky no hace más que concentrar la gran y terrible tragedia de nuestro siglo. Una convicción tan sensible, semejante brillantez, semejante sacrificio espartano –iba a crear un Estado que se convirtió en la más terrible tiranía de la historia. […]

[…] Trotsky se paseaba por el jardín. El sol brillaba. A la tarde, entró a su escritorio y se sentó con el manuscrito que su asesino le había traído. La piqueta de montaña entró en su cráneo. Su sangre se derramó sobre una página del manuscrito de la biografía de Stalin. Las últimas palabras que había escrito eran “la idea”. Su propia sangre corría por esa página.

 



[1] John Dewey (1859-1962), filósofo y pedagogo, adherente al comité de defensa de Trotsky, aceptó, a pesar de su edad, presidir la comisión de investigación y se dirigió a México para entrevistar a Trotsky y recibir su testimonio.



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?