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Mill, agente stalinista[1]

 

 

Octubre de 1932

 

 

 

La Oposición de Izquierda enfrenta una situación sumamente difícil desde el punto de vista organizativo; hasta ahora ningún partido revolucionario tuvo que fun­cionar soportando una persecución como ésta. La Oposición está expuesta no sólo a la represión de la policía capitalista de todos los países sino también a los golpes de la burocracia stalinista, que no se detiene ante nada. Lo repetimos: ante nada.

Por supuesto, a la sección rusa le toca la peor parte. Todos recordarán cómo fue fusilado Blumkin cuando trataba de establecer un contacto entre Trotsky y sus camaradas de la URSS. Encontrarse en el extranjero con un bolchevique leninista ruso es una tarea extrema­damente difícil, incluso por problemas puramente técnicos.

Esto es lo único que explica que Mill pudiera intro­ducirse durante un tiempo en el Secretariado Adminis­trativo de la Oposición de Izquierda; se necesitaba una persona que supiera ruso y pudiera cumplir las funcio­nes de secretario. En un tiempo había estado en el partido oficial y en este sentido se le podía tener cierta con­fianza personal.

Sin embargo, su trabajo en el Secretariado eviden­ció pronto su total incompetencia práctica, para no ha­blar de su carencia de toda educación política. Digamos de paso que en este último aspecto Mill es un típico re­presentante de los burócratas grandes y pequeños edu­cados por el stalinismo.

A estas características se sumaron pronto algunos rasgos negativos de tipo personal, o mejor dicho moral. Dado que ocupaba, porque no había otra alternativa, un cargo de responsabilidad, aunque puramente técnico, Mill comenzó a sentirse como si fuera algo parecido a un "dirigente". Ante algunos camaradas franceses que lo superan ampliamente, comenzó a plantear pretensio­nes totalmente ridículas. Detrás de la máscara del stali­nista asustado que se hacía pasar por "oposicionista" asomó la cara del pequeño burguesito de algún pueblito perdido de la Rusia zarista. Mill se puso rápidamente en contra de sus camaradas de París, quienes en su opi­nión no le demostraban el respeto debido y -esto también hay que decirlo- no se preocupaban lo sufi­ciente por su situación económica. Estos insultos basta­ron para que el pequeño burguesito tratara de formar un bloque con Rosmer y otros, a los que hasta el día an­terior había combatido ásperamente por cuestiones de "principios". Este miserable cambio político, provoca­do por motivos puramente personales, llevó a que se sa­cara a Mill del Secretariado Administrativo. Las seccio­nes, especialmente la rusa, rectificaron su error, al que en buena medida se vieron empujados, como lo dijimos antes, por las difíciles circunstancias objetivas. Durante los nueve meses siguientes, Mill estuvo totalmente marginado de las filas de la Oposición de Izquierda.

Pero éste no fue el fin de su carrera. Así como el rencor porque no se ocupaban suficientemente de él lo había llevado junto a Rosmer, luego de su remoción del Secretariado Administrativo inició conversaciones con los stalinistas; pidió oficialmente un puesto en Jarkov, donde viven sus parientes.

Mientras mantenía estas engañosas charlas, Mill ofreció sus servicios a la Oposición de Izquierda, evi­dentemente ya en cumplimiento de sus nuevas funcio­nes. Ahora pretende "desenmascarar" a la Oposición; en esto consistirá esencialmente su trabajo en Jarkov o en Moscú.

No hay por qué temer al papel que pueda jugar en la lucha contra la Oposición de Izquierda un pequeño bur­guesito expulsado de las filas bolcheviques leninistas por ser un canalla redomado. No tenemos miedo a la verdad. Y en lo que se refiere a la mentira, los stalinis­tas no esperaron a Mill para superar todas las marcas.

En un aspecto podemos decir que es una situación típica: un stalinista irritado por alguna razón con los stalinistas se consuela circunstancialmente con la Opo­sición, es expulsado de las filas de ésta y vuelve con los suyos. Allí estará en el lugar que le corresponde.



[1] Mill agente stalinista. Biulleten Opozitsi, N° 31, noviembre de 1932. Firmado por "G.G." Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Iain Fraser. En The Militant del 12 de noviembre de 1932 se publicó otra traducción.



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