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No se atrevieron a armar a los nativos

Fourth International, comentario editorial, 1942

 

Los triunfos del imperialismo japonés en el Lejano Oriente, productos de la desesperación - Los ‘errores’ de las democracias imperialistas que no se atrevieron a armar a los pueblos coloniales - El carácter abiertamente imperialista de la guerra - Lo que significa la oposición a la guerra - El problema de ganarse a las masas para la revolución social.

 

Comienza a parecer muy posible que los dos países imperialistas más poderosos del mundo se verán obligados, durante esta etapa de la guerra, a sacrificar su posición dominante en el Pacífico Occidental y Asia al imperialismo japonés. Ciertamente han recibido golpes muy fuertes; considerando que los Japoneses ya controlan las Filipinas y Malasia, y mantienen bastiones en Birmania y las Indias Orientales Holandesas, las fuerzas anglo-norteamericanas posiblemente serán expulsadas por un tiempo antes de que logren movilizar a su enorme cantidad de recursos humanos y armamentos. Podríamos desarrollar analogías sorprendentes entre los éxitos de los japoneses y aquellos de los nazis, a pesar de la base industrial mucho más débil de Japón. En ambos casos, imperialistas ‘rapaces’ que cuentan con recursos inferiores a los de sus oponentes, logran más que compensar, como producto de su desesperación, su inferioridad económica con nuevas técnicas militares, una preparación superior y por tomar la delantera en el ataque.

Para los imperialistas ‘rapaces’, era una cuestión de vida o muerte, y se lanzaron a la conquista con la desesperación propia de ratas arrinconadas. Por otro lado, sus ricos rivales fueron debilitados por la complacencia que les otorgó su superioridad de larga data -los comandantes de Pearl Harbour y Singapur estaban tan seguros de su invulnerabilidad como lo estuvieron los generales de la línea Maginot - y por las contradicciones fundamentales que se surgían de su propia riqueza -el desempleo, el capital estéril, la apatía de las masas de Francia y sus satélites europeos, así como también las de las colonias pertenecientes a las ‘democracias’.

La decadencia auto-complaciente de la casta de oficiales norteamericanos en Hawai y de los amos británicos en el Lejano Oriente ha sido reconocida públicamente. La revista Time (12 de enero) se lamenta por el ‘viejo Oriente robusto y adquisitivo’ de los conquistadores del Siglo XIX que se ha transformado en un ‘una sociedad hiper-civilizada, agotada y cansada’. Confiesa que las causas de las derrotas estaban ‘arraigadas hasta la médula’ en la ‘super-complacencia anglosajona’. El Sunday Express de Londres, flagelando su propia clase, amargo por las derrotas, se quejaba: ‘nuevamente, los hombres ricos no pudieron soportar ver su propiedad destruida (en Malasia). Tostaron la tierra en vez de arrasarla.’ El corresponsal de CBS en Singapur, Cecil Brown, fue expulsado por comunicarle a Life: ‘La enfermedad atrofiante de morir sin muerte, mejor conocida como la ‘mentalidad de Singapur’, fue de gran ayuda para llevar a los japoneses 125 millas dentro de Malasia. Para los civiles, esta muerte ambulante está caracterizada por una apatía hacia todo lo que no sea la fabricación de estaño y caucho, el dinero, los stengahs entre las 5 y las 8 de la tarde, estar en buen estado físico, ser conocido como un ‘buen tipo’ y divertirse los sábados por la noche.’

Esta ‘auto-crítica hasta se extendió a la hasta este momento impronunciable cuestión de armar a los nativos. El Daily Express de Londres (15 de enero) se quejó con amargura: ‘Podríamos haber tenido una fuerza de defensa en Malasia de una calidad aun superior a la que formó el general MacArthur en las Filipinas.

Pero un atado de dueños de plantaciones bebedores de whisky y militares de permanencia temporaria han olvidado a este bando de la población de Malasia. Se la han regalado a los japoneses, junto con la estación de radio y los negocios de Penang.’ Y mientras se unían más voces de lamento al coro, incluso uno de los periódicos de los amos de las colonias, el Singapore Free Press, declaró que el pueblo asiático de Singapur debería recibir armas para defenderse contra el avance japonés, declarando: ‘Ningún invasor disfruta de la tarea de someter a una población suficientemente equipada con granadas, rifles, pistolas y metralletas.’ La hipocresía de esta propuesta tardía no se le escapa al corresponsal que se lo comunicó al New York Post (15 de enero); la califica de ‘impensable y ciertamente no mencionada antes de que los invasores atravesaran Kuala Lumpur’, y señala sardónicamente: ‘Sin embargo las escenas de batalla en los westerns y las películas de gangsters siguen siendo censuradas’ -los asiáticos podrían inspirarse en ellas para rebelarse contra sus amos británicos.

Desde Chungking se escuchan condenas amargas a la estrategia británica y norteamericana en el Lejano Oriente; la amargura parece exacerbada por los pensamientos de la burguesía china: y estos son aquellos que nos tratan de inferiores! Un informe del 13 de enero de United Press cita a un diario chino que sintetiza los dos ‘errores vitales de los Aliados’ de la siguiente manera: ‘En primer lugar, la incapacidad de llevar a cabo una verdadera política de tierra arrasada, y en segundo lugar, la incapacidad de lograr la movilización de las poblaciones nativas, lo que resultó en una actividad de quinta columna de las más efectivas.’ Sin embargo, estos llamados ‘errores’ emanan de la propia esencia del carácter del dominio imperialista. Los imperialistas, desde ya, nunca quisieron armar y entrenar a ejércitos masivos de nativos. Eso hubiese sido peligroso para la continuación de su dominio. Las masas coloniales ciertamente no podrán ser convencidas de que esta es una guerra por la democracia. Los nativos ignorantes y sin educación no son lo suficientemente instruidos en la lógica y en la casuística como para considerar lo blanco como negro y el negro como blanco. Ellos ven las cosas tal como son, y saben por su experiencia íntima y práctica que la democracia nada tiene que ver con esta guerra. Tampoco los malayos, los filipinos, los birmanos y los nativos de las Indias holandesas parecen estar demasiado molestos acerca del cambio de amo—- por lo menos no lo suficientemente como para sentirse motivados y salir a una lucha de vida o muerte a favor de un amo contra otro.

El Carácter Imperialista de la Guerra

Toda la situación del Pacífico sud-occidental se caracteriza por el hecho que la población nativa, a pesar de ser superior en número a los japoneses, no ha sido movilizada por los señores de la guerra británicos, holandeses y norteamericanos. Sin embargo, repetimos que esto no es un ‘error’, sino que expresa la naturaleza del dominio imperialista, el choque irreconciliable de intereses entre las ‘democracias’ y sus esclavos coloniales.

Debemos admitir que nos es completamente indiferente la posibilidad de ver a los imperialistas norteamericanos, británicos y holandeses expulsados de los territorios que durante tanto tiempo han marcado como propio. Solo lamentamos que no sea la población nativa la que los echó, ya que nos oponemos tanto a la explotación de los nativos por parte del imperialismo japonés como por los imperialismos ‘democráticos’.

Dejemos que los moralistas hipócritas de la burguesía alcen las manos horrorizados por la infamia de Japón al atacar Pearl Harbour y Malasia sin aviso previo. Para los marxistas revolucionarios, el agresor de esta guerra como en toda guerra imperialista es la camarilla imperialista que controla todo país capitalista. La lucha por colonias, mercados y por esferas de influencia es la agresión responsable por esta guerra, y es inherente al imperialismo. Cuando los representantes de las democracias imperialistas se quejan de la ‘conducta no ética’ de las dictaduras fascistas, sólo nos hace recordar que ellos no adquirieron las colonias ni siguiendo los preceptos de Cristo ni las reglas del Marqués de Queensberry.

Demasiado ha sido escrito sobre el estaño y el caucho como las verdaderas razones del conflicto como para que persista el mito de que la democracia está en juego en la guerra con el Japón. Las verdaderas causas del conflicto entre Hitler y las ‘democracias’ desafortunadamente no son visibles ante los ojos de las amplias masas de Inglaterra y de Estados Unidos, pero en la guerra contra el Japón, las fuentes de materias primas, las colonias y los campos de inversión se destacan tan claramente como las verdaderas causas que, ni siquiera los apologistas burgueses se molestan demasiado en negar la realidad.

Cuando Roosvelt condena a Japón porque ‘su esquema de conquista tiene medio siglo de atraso’ (discurso del 6 de enero, 1942), ciertamente juega con fuego, ya que si la antigüedad determinara la culpabilidad de una camarilla imperialista, entonces el imperialismo británico y los Estados Unidos no son menos culpables que Alemania y Japón. Y son la antigüedad del imperialismo británico y la tremenda riqueza del imperialismo americano las que le otorgaron a Hitler y a los voceros del imperialismo japonés argumentos poderosos para convencer a sus seguidores. “¿Por qué los japoneses, los alemanes y los italianos deberían ser reducidos a la categoría de naciones pobres sin colonias, sin materia prima, sin mercados?” gritan los líderes de estas respectivas naciones imperialistas. ¿Cuál es la ley divina que decreta que Gran Bretaña y los Estados Unidos deben controlar toda la riqueza de este mundo? Y para los pueblos alemán, italiano y japonés, las ‘democracias’ no tienen ninguna respuesta convincente a los argumentos Nazis. Las cuatro libertades por las cuales Roosevelt dice luchar son abstracciones que a lo sumo sólo pueden significar para las masas de Alemania, Italia y Japón una continuación de su existencia miserable.

Para los marxistas revolucionarios, la afirmación de Roosevelt sobre su lucha por las cuatro libertades es tan válida como la afirmación de Hitler de ser el abanderado de Europa y de la humanidad. Esta guerra por parte de todas las naciones, salvo la Unión Soviética y la China, es de carácter imperialista. Ese conocimiento determina para los marxistas revolucionarios la actitud que deben tener hacia la guerra, estando tanto en los EEUU o Gran Bretaña como en Alemania o Japón. Es una guerra imperialista reaccionaria por parte de todas las naciones involucradas, salvo la Unión Soviética, un estado obrero degenerado, y China, una nación semi-colonial que lucha por su independencia. Esta es la característica primaria de toda la guerra; todos los demás factores son secundarios y accidentales y no pueden influenciar nuestra posición principista sobre la guerra.

Lo que significa nuestra oposición a la guerra

Se desprende de este análisis la necesidad de que los marxistas revolucionarios se opongan a la guerra, a la clase en control de todos los estados capitalistas-imperialistas involucrados en la guerra. Esta actitud correcta fue tomada por James P. Cannon, Secretario del Socialist Workers Party en un pronunciamiento que fue publicado en el número de enero de Fourth International. No esperamos nada menos de un trotskista, o sea, de un marxista revolucionario.

Como la persecución de Miniápolis contra los principios anti-guerra del Socialist Workers Party nos recuerda a la fuerza, es necesario explicar exactamente lo que esto significa: ‘Oponerse a la guerra’ no significa una oposición que consista en actos de sabotaje. La oposición a la guerra es un concepto político, que sinónimo de no-apoyo a la guerra. Es, desde ya, una oposición activa en el sentido de que los marxistas revolucionarios están obligados en todo momento a explicarles a las masas trabajadoras la verdadera naturaleza de la guerra y lo que deben hacer para asegurarse la paz, para ellas mismas y para las generaciones futuras. Lenin estableció los principios revolucionarios fundamentales que deben gobernar la posición de un marxista revolucionario durante una guerra imperialista reaccionaria. Utilizó los términos de ‘derrotismo revolucionario’ y ‘la transformación de la guerra imperialista en guerra civil’. Interpretados correctamente (y una interpretación correcta no requiere de una oración tomada al azar de algún artículo escrito por Lenin, sino una consideración de su posición en base al conjunto de sus escritos y tomando en cuenta las circunstancias bajo las cuales escribió los artículos), significan que un partido revolucionario no debe apoyar a su propio gobierno en una guerra reaccionaria y debe continuar durante la guerra con la educación y la organización de las masas obreras para la victoria contra sus explotadores capitalistas. El derrotismo revolucionario no significa que preferimos la derrota de nuestro propio imperialismo a manos del imperialismo Alemán o Japonés, sino que estamos a favor de la continuación de la lucha de clases con el propósito de derrotar a los imperialistas con las fuerzas revolucionarias de la nación. Y al ser inevitable la resistencia forzosa de la minoría de explotadores a cualquier intento por parte de las masas trabajadoras que constituyen la gran mayoría del pueblo por instaurar un orden socialista, es necesario afirmar que la guerra imperialista será transformada en guerra civil en el momento mismo en que la mayoría decida tomar su destino en sus propias manos.

La naturaleza de las actividades de un partido marxista revolucionario durante una guerra imperialista depende, por supuesto, de su propia fortaleza y del nivel de conciencia de las masas. Si es un partido pequeño sin apoyo de masas, sus actividades se restringen necesariamente a la propaganda y la agitación con eje en la naturaleza de la guerra y las tareas inmediatas que enfrentan las masas trabajadoras.

Esencialmente, la tarea de un partido marxista revolucionario es igual tanto en la guerra como en la paz; ganarse el apoyo de una mayoría de las masas obreras. Los temas del material de propaganda y agitación son diferentes, un nuevo enfoque podría ser necesario, pero la tarea esencial sigue siendo la misma.

Únicamente los fiscales ignorantes y falsificadores y los sectarios de ultra-izquierda que se contentan con una frase y no se toman el trabajo de analizar su verdadero significado interpretarán al ‘derrotismo revolucionario’ como cualquier otra cosa que no sea lo que hemos explicado.

La nueva coartada de los Imperialistas

No hace falta discutir demasiado contra aquellos social-demócratas que insisten en que esta no es una guerra imperialista, que esta guerra es una guerra entre ideologías conflictivas, una guerra entre el fascismo y la democracia. Estos social demócratas están siguiendo la línea trazada por sus predecesores en la Primera Guerra Mundial. Están abiertamente defendiendo los intereses de su propia burguesía imperialista. Deben simular que no escuchan cuando Eden, al volver de una conferencia con Stalin, dice que no habría ninguna disputa con el nazismo si éste permaneciera dentro de los límites de su propio país; o cuando tanto Hitler como Churchill expresan que esta guerra es una continuación de la última guerra. Pero este tipo de apoyo social-demócrata a la guerra no es nuestra preocupación principal.

En cuanto a lo que concierne a los trabajadores avanzados, el peligro (como producto de la plausibilidad sutil de su argumento) proviene de aquellos social-demócratas que reconocen que esta es una guerra imperialista, que las clases dominantes de los distintos países imperialistas están en lucha por los mercados, las fuentes de materias primas y las esferas de influencia.

Pero agregan que también es una guerra en la cual las masas trabajadoras deben brindar su apoyo político a los esfuerzos militares de los imperialistas democráticos contra los imperialistas fascistas. Su argumento se puede sintetizar de la siguiente manera: Una victoria de Hitler destruye la posibilidad de una revolución social durante generaciones, mientras que una victoria de las democracias imperialistas les permitiría a los partidos revolucionarios contar con la libertad necesaria para la educación y la organización de las masas trabajadoras y para lograr la revolución socialista.

Por lo tanto, su política no se basa en el carácter esencial de la guerra, sino en especular acerca de cuál bando conviene que resulte vencedor para el movimiento revolucionario. Ésta podría ser una especulación muy interesante, pero es completamente inútil y peligrosa cuando se la presenta como la motivación detrás de una posición sobre la guerra por parte de un partido revolucionario. Es posible que una derrota de Hitler despertaría fuerzas revolucionarias en Europa, pero, ¿acaso no es igualmente posible que una derrota de los Estados Unidos despertaría fuerzas revolucionarias en los países capitalistas más poderosos? ¿Acaso no es posible que una derrota de Inglaterra despertaría fuerzas revolucionarias en todo el mundo colonial? El partido revolucionario digno de tal nombre se interesa por lograr la revolución socialista primero en su propio país, sabiendo que de esta manera le sirve mejor a los intereses del movimiento revolucionario en todo del mundo entero.

Algunos de aquellos que sostienen que los trabajadores avanzados deberían dar su apoyo político a los esfuerzos militares de las democracias imperialistas reconocen que a una victoria de los imperialistas democráticos le seguiría el fascismo, al menos que interviniera la revolución social, pero sostiene que habrá un período, más largo o más corto, posterior a la victoria imperialista durante el cual el movimiento revolucionario organizaría sus fuerzas contra el peligro fascista dentro de las ‘democracias’.

Aun si éste fuera el caso (aunque no es para nada seguro que las ‘democracias’ victoriosas le darían respiro al movimiento revolucionario) sigue siendo un hecho que el apoyo a las democracias imperialistas significa traicionar los intereses históricos de las masas trabajadoras a cambio de unos pocos años de gracia. Contra esa posible ventaja, las desventajas de apoyar a los imperialistas democráticos son mucho más serias. Aquel que apoya a los imperialistas democráticos no tiene derecho a pedir el apoyo de sus esclavos coloniales. ¿Qué clase de confianza pueden tener los pueblos coloniales esclavizados hacia un partido que hace causa común con sus opresores? Aquel que apoya a los imperialistas democráticos no tienen derecho a pedir el apoyo de las masas alemanas, italianas y japonesas.

El partido revolucionario no tiene otra alternativa que no sea la de declarar: “Ésta no es nuestra guerra. No asumiremos la más mínima responsabilidad por ella.” Descartamos con desprecio el argumento deshonesto de que nuestra actitud le facilita a los imperialistas fascistas derrotar a los imperialistas democráticos. Los intereses capitalistas de este país dirigen esta guerra. Mientras estemos en una minoría, no podremos evitar ir a la guerra nosotros mismos. Los marxistas revolucionarios se oponen al sabotaje. Los funcionarios del gobierno capitalista saben que no deben temerle al sabotaje por parte de los marxistas revolucionarios, y cualquier acusación de sabotaje que se levante contra un trabajador revolucionario sólo podrá ser considerada como una acusación fraguada.

El Problema de la agitación de masas

Habiendo aclarado la posición fundamental de principios en cuanto a qué posición tomar con respecto a la guerra, sigue existiendo el problema sobre el método de acercamiento a las masas -qué cuestiones levantar y cómo levantarlas.

El problema de la legalidad, desde ya, no debe ser ignorado. El código penal existe y los socialistas revolucionarios no lo pasan por alto en el momento de decidir sobre las cuestiones tácticas—-qué decir y cómo decirlo, dentro del marco de la ley. Pero ese no es de ninguna manera el factor más importante. Mucho más importante que el deseo legítimo de actuar dentro de la legalidad burguesa es la necesidad de hacer contacto con las masas con las consignas correctas. Ha sido señalado con frecuencia que los trabajadores rusos no fueron ganados por el bolchevismo con las consignas de ‘derrotismo revolucionario’ o de ‘transformar la guerra imperialista en guerra civil’. Esas fueron consignas propagandísticas para la formación de cuadros revolucionarios; fueron utilizadas por Lenin en su forma más aguda para establecer una clara demarcación entre los social patriotas y los marxistas revolucionarios, con el objetivo de barrer con cualquier remanente de social patriotismo dentro de las filas de los revolucionarios socialistas. Pero no fueron y no podían ser, debido a su naturaleza, consignas para la agitación de masas. No basta con decir simplemente que seguimos los principios enseñados por Lenin durante la Primera Guerra Mundial. La actual guerra no es una repetición de la guerra de 1914-1918; es sólo su continuación. Aparte de la Unión Soviética, el nuevo factor clave es el del fascismo. Aunque este factor no altere nuestra línea principista, afecta y debe afectar toda nuestra línea de agitación. Comprensiblemente temerosas del fascismo, las masas están naturalmente ansiosas por derrotar al nazismo y ven en el poderío militar de los gobiernos imperialistas democráticos una vía para lograr este objetivo. El temor de las masas hacia el fascismo es el arma más poderosa que poseen los imperialistas democráticos y sus lugartenientes dentro del movimiento obrero para poder encadenar a los trabajadores al aparato de guerra. Los revolucionarios se ven obligados a encarar el tema de la amenaza del fascismo, y deben encararlo de una manera que las masas puedan entender y aceptar.

Sería verdaderamente suicida, ya que contradice la realidad, si un partido dijera: no existe diferencia alguna entre la democracia que existe en los Estados Unidos e Inglaterra y el fascismo que existe en Alemania. Los trabajadores no aceptarían un planteo que saben que es falso. Hay similitudes, pero también hay grandes diferencias, y esas diferencias son importantes.

Nuestra tarea es la de convencer a los trabajadores que sólo por medio de la revolución socialista podrá ser derrotado el fascismo. Nuestro material de agitación debe demostrar que los imperialistas democráticos no se oponen al fascismo como tal; que ayudaron a Hitler para que consolidara su poder sobre Alemania; que esta guerra no se libra con el propósito de destruir al fascismo, sino con el de proteger los intereses de los capitalistas británicos y americanos contra los planes de los imperialistas alemanes, japoneses e italianos; que una victoria militar de los imperialistas democráticos dejaría la puerta abierta a la entrada del fascismo en los países victoriosos. Cada argumento planteado en nuestro material de agitación con referencia a la guerra debe hacer eje en la cuestión de derrotar al fascismo. Si no lo hace, fracasa en responder a la pregunta principal que se hacen los trabajadores más conscientes.

Los sectarios satisfechos con sus propios principios y completamente indiferentes hacia los pensamientos de las masas trabajadoras más mundanas calificarán este método positivo como contrario a todo aquello enseñado por Lenin. Olvidan una de las enseñanzas más importantes de Lenin: flexibilidad en la aplicación de los principios a una determinada situación. 

Numerosas voces se han alzado para decirles a los trabajadores lo que deben hacer en esta guerra. Los social demócratas y los dirigentes sindicales conservadores los exhortan a luchar por los gobiernos imperialistas democráticos porque esta es una guerra por la democracia. Los dirigentes estalinistas, guiados únicamente por las ordenes de la burocracia estalinista de la Unión Soviética son aun más tenaces que los social-demócratas en su apoyo a los imperialistas democráticos. La posición semi-socialista, semi-pacifista y semi-aislacionista de Norman Thomas y su Partido Socialista se ha transformado en una posición que declara que el imperialismo japonés y alemán sólo podrán ser destruidos por el poderío militar de los imperialistas democráticos, y por ende, se le debe brindar un ‘apoyo crítico’ a éste último-una capitulación en apoyo a los imperialistas democráticos. Los sectarios se contentan con decirles a los trabajadores que no existe deferencia alguna entre el fascismo y la burguesía democrática, a la vez que les lanzan las consignas de ‘derrotismo revolucionario’ y ‘transformar la guerra imperialista en guerra civil’.

De todos los grupos y partidos, únicamente los trotskistas han establecido distinciones claras y necesarias. Han distinguido entre la Unión Soviética y China, por un lado, y por otro lado a las naciones imperialistas. Apoyo a la guerra de la Unión Soviética y China, oposición a la guerra de todos los gobiernos imperialistas. También han distinguido entre una posición principista hacia la guerra y la aplicación de una posición principista en la agitación de masas.

Actualmente es demasiado temprano para decir cuándo las masas empezarán a escuchar la voz del marxismo revolucionario. Las masas no se movilizan por la propaganda, sino como consecuencia de condiciones insoportables. Cuando esto ocurra, y ciertamente ocurrirá, será el trotskismo el que los dirigirá en la lucha por la paz, la libertad y la abundancia.

 

*Traducción inédita al español realiazada por el CEIP LT de la versión publicada en Fourth International Volumen III, Número 2, febrero de 1942.



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