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Falleció Octavio Fernández Vilchis

En el periodo iniciado en 1939 en que Trotsky escribió sus principales análisis de la situación en México, Octavio Fernández escribió el artículo Qué ha sido y adónde va la revolución mexicana (que junto con Problemas Nacionales, también de su autoría, se encuentran en nuestra segunda edición de Escritos Latinoamericanos) publicado en la revista Clave en noviembre-diciembre de 1939, artículo que nació de un intercambio de opiniones con Trotsky, como anota Olivia Gall en su libro Trotsky en México y la vida política en el periodo de Cárdenas (1937-1949). En esta obra, Olivia Gall se apoya frecuentemente en esta importante entrevista que le hizo a Octavio Fernández en 1982.

Ya ve usted, San Pablo Oxtotepec, el pueblo de mi padre, es un pueblo situado al sur del Distrito Federal cerca de Milpa Alta. Es un viejo pueblo azteca; todo el mundo habla nahuatl. Para mi padre yo soy integralmente indígena.

Aunque siendo indígena, mi abuelo parece haber sido muy instruido ya que él se ha puesto a escribir [...] No era católico, ni protestante, pero conocía bien la Biblia y todos sus escritos. Combatió durante la intervención francesa. Había legado a mi padre su sable y su winchester, sus sillas de montar del ejército norteamericano; la pistola era parte de las armas enviadas a Juárez por los norteamericanos en el momento de la intervención francesa.

Mi padre fue a México para estudiar y convertirse maestro. Es aquí en San Pablo Oxtotepec que conoció a mi madre cuyo hermano iba a convertirse en cura. Este fue un matrimonio muy particular, él, de origen completamente indígena con tendencias liberales y mi madre que venía de una familia ligada al porfirismo, con un hermano que finalmente no ha sido cura pero había estudiado para serlo. Este fue un terrible choque de ideas y de costumbres. Ignoro como se enamoraron, se han casado y como nosotros hemos nacido. Mi padre terminó sus estudios y se ha ido a México.

La revolución comenzó con Madero. Mi padre cuenta que, cuando ellos eran novios, iban a pasear y que por todos partes dejaban un volante maderista. Después de Madero vino Huerta y mi padre ya era maestro. Durante un tiempo él continuó, luego “fue a la revolución”, como decían todos. Lo que es curioso es que no se unió al zapatismo. Fue derecho a los constitucionalistas. Me decía que no tenía ninguna confianza en el zapatismo. Después, nosotros hablamos, analizamos la cuestión agraria. Pero me decía que en la región era simplemente venganzas personales de “bandolerismo”. No creía que México podía encontrar una salida con el Zapatismo, en el cual no veía ni ideología ni perspectiva, solamente un movimiento sanguinario e instintivo contra los propietarios terratenientes.

Él fue con las fuerzas del general Benjamin Hill que comandó la infantería Obregón durante toda la revolución, es decir que toda su atención durante la revolución, fue puesta hacia Obregón: fue obregonista. Jamás asimiló la disciplina militar. Incluso se le permitió cuando era militar vestirse como civil; jamás llevó el uniforme. Era capitán en 1918 cuando los zapatistas se integraron a las filas obregonistas.

Fue el primer presidente municipal civil de Milpa Alta después de la revolución –uno o dos años- luego recomenzó la enseñanza en San Pablo Oxtotepec y Milpa Alta hasta 1923 y en Tacuba hasta su muerte.

Yo, nací en México en el barrio Merced, en la calle Manzanares, el 18 de noviembre de 1914 y es increíble, pero tengo recuerdos que parecen inconcebibles, por ejemplo en 1915 que cuando mi padre me había llevado con él a visitar los regimientos yanquis en la Escuela de Tiro. En 1919, mis padres me llevaron a Tacuba. Fui a la escuela primaria y allí pasé seis años y mi padre pudo hacerme visitar sus clases en Milpa Alta y San Pablo. Se me puso en la escuela secundaria, pero fue un desastre porque nadie me vigilaba. Pasé mi tiempo paseando, jugando al fútbol, al béisbol, a las cartas [...] Terminé la escuela secundaria en 1929. Mi padre me dijo que iba a continuar estudiando y me llevó a la Nacional de Maestros. Continué jugando: béisbol, voleibol, fútbol también y en el último año, 1932, comencé a estudiar sociología.

Mi profesor de sociología era el licenciado José Angel Ceniceros. Fue la primera vez, en clase de sociología, que conocí algo que se llamaba marxismo, que escuchaba hablar de Marx. Se lo veía entonces rápidamente: esto coincidió con la llegada en 1932 de estudiantes de Jalapa. Luego Luciano Galicia vino a mi grupo y nos hicimos amigos. Los camaradas comenzaban a plantear los problemas de la escuela. El Secretario de educación era Narciso Bassols y el director un viejo maestro muy reaccionario pero que estaba de acuerdo en todo con Bassols. Entonces hubo choques entre la actitud de la dirección –que se tiraba contra lo que nosotros comenzábamos a llamar marxismo- y una actitud un poco más liberal en las cuestiones del estudio, de la vida. Yo tenía ideas avanzadas, porque eran las de la revolución, a través de mi padre y Obregón. Ya había escuchado hablar de los sindicatos y de los campesinos, de los guardias en los campos, de lo que Obregón había hecho.

Me acuerdo del terrible choque que fue para mí el asesinato de Obregón, que acompañé a mi padre en el cortejo fúnebre [...] Yo comenzaba en relación con la sociedad a tener una idea de lo que era la revolución mexicana frente a estos problemas. Esto se añadió a lo que nosotros escuchábamos de la boca del profesor Ceniceros; mi padre había venido a México y se había inscripto en la facultad de Derecho. Aportaba a la casa libros de los cuales se servía y aportó entre otros El Estado y la revolución: este fue el primer libro marxista que leí y me acuerdo que no podía llegar a comprender como los hombres podían ser iguales; discutía de esto con mi padre: “Las clases sociales no pueden desaparecer”.

Pero es allí y en las conversaciones del profesor Ceniceros que tuve mi primera chispa de inquietud marxista y hemos entrado rápidamente en conflicto con la dirección de la escuela, lo que provocó expulsiones de camaradas, varones y mujeres. Organicé entonces un movimiento de resistencia para impedir la expulsión de varios camaradas por razones estúpidas completamente reaccionarias. Toribio Velazco, el director, excluyó a todo mi grupo. Nosotros respondimos con una huelga total de la Escuela Normal e hicimos una manifestación. Fuimos al Secretariado y este fue mi primer choque con Bassols porque era el secretario de Educación, debía tener en cuenta a nuestro movimiento y nosotros luchamos tan fuertemente que ganamos. Bassols tuvo allí su primer fracaso, frente a nosotros. Es el mismo año en que, no sé cómo, algunos números de Comunismo han caído en nuestras manos. Comenzamos a leerlos. Llevando la dirección no de España sino de la Oposición de izquierda en los Estados Unidos, 116 University Place. Escribimos a Nueva York y tomamos contacto con Rosalio Negrete y González. Ellos comenzaron a orientarnos, a decirnos lo que era el stalinismo, el trotskismo y que ellos estaban en una oposición al interior de la Internacional Comunista... nos explicaron las primeras cuestiones y nos enviaron libros. A mí, me enviaron El gran organizador de derrotas y estas fueron para mí cosas definitivas. No sé lo que le enviaron a Galicia. Lo importantes es que en 1932 se estableció una correspondencia, un contacto permanente con Nueva York. Los conflictos que conocimos en la Escuela, ligados a la perspectiva del trotskismo y una visión ya amplia de las cuestiones sociales, nos llevaron a concebir el proyecto de publicar un periódico revolucionario y nos hemos lanzado. Hemos sacado una hoja plegada en cuatro, me parece que era Frente Proletario. En el primer número, creo que Galicia decía: “El Estado pequeño burgués es el enemigo del pueblo”. Y colocábamos las cuestiones, pero desde un punto de vista tan radical que era verdaderamente extremista con relación a lo que hacía el PC. Había ilegalidad. Hacía algunos años que se había fusilado a Guadalupe Rodríguez, estaban las islas Marías... Y sin embargo nos lanzábamos en la publicación de este periódico, la distribución en la zona de Santa Julia, las fábricas y en todas las calles de la capital. No sé cómo intuitivamente hemos comenzado a desconfiar en la calle, a desplazarnos con cuidado en la noche y a pesar de la vigilancia policial a pegarlos y distribuirlos.

Muy rápidamente, la existencia de este Frente Proletario fue conocida por el PC y por el Socorro Rojo que tenían células en Santa Julia, quienes tomaron muy rápido contacto con nosotros y nos invitaron. Desde Nueva York, González nos aconsejaba entrar en el PC y luchar en su interior por las ideas trotskistas. Pero yo, desde el principio, no tuve una fase stalinista; he sido trotskista enseguida y lo he permanecido. Lo que era el stalinismo, lo aprendí después, pero no tuve una fase stalinista. Conforme a las ideas de González y de Negrete, entramos primero al Socorro Rojo, luego a la célula del PC, aunque éstas no eran numerosas en la época. Pero técnicamente estábamos muy por encima de los stalinistas porque habíamos comenzado como locos a comprar todo lo que había en México sobre marxismo. En algunos meses, teníamos montañas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky. Allí se compraba estos libros a 25 o 50 centavos. Nos dirigíamos a un ambiente de stalinistas pero, desde el punto de vista de la teoría marxista, eran analfabetos políticos. Estábamos mucho mejor preparados que ellos. Comenzaron a darnos rápidamente responsabilidades. Entramos en el comité regional del Socorro Rojo. Comencé a ir al comité regional del PC también, a una u otra reunión del comité central y continuábamos nuestra correspondencia con los EEUU. Pero como accedíamos a los círculos dirigentes medios del PC, Galicia comenzó a sentirse integrado y un día me dijo que iba a romper, que no escribiría más a Nueva York y recuerdo que yo estaba en desacuerdo total. Yo mismo le dije una cosa que creo que en toda su vida no me perdonará jamás: “Tu, yo creo que serías un buen Stalin mexicano”. Yo mantuve el contacto con Nueva York. Permanecí en la Oposición de izquierda. Él, retrocedió y guardó también el contacto pero tuvo esta sensación de romper.

En el Socorro Rojo y el PC, yo siempre me rehusé a ser un mártir revolucionario: era entre los militantes un motivo de orgullo ir a prisión [...] Casi siempre me escapé cuando la policía venía a interrumpir los mítines [..] En el comité de Socorro Rojo, se comenzó a decir que yo era su orador. Encontré a los grupos judíos, a los grupos cubanos: entre estos últimos estaba Julio Antonio Mella.

En un lapso de tiempo bastante corto, estuve en contacto con numerosos extranjeros. Poco a poco trabajé con organizaciones camufladas del PC, la L.E.A.R., Liga de Escritores y Artistas revolucionarios, dirigidas por Omar, junto a la Liga de estudiantes revolucionarios de la cual el dirigente era Carlos Sánchez Cárdenas y la C.S.U.M. (Confederación sindical unitaria de México) dirigida en la época por Campa y Badillo. Las reuniones del CSUM se realizaban en la Facultad de Derecho y allí que planificábamos el trabajo entre las diferentes fábricas y los choferes de autos de alquiler que constituían la fuerza principal del partido. Es así como en algunos meses estuve en contacto con toda la red del Partido Comunista. Comenzaron a llevarme a las reuniones del Comité central. Ellas se realizaban generalmente en Xochimilco. Llegábamos en tranvía o en camión, separadamente [tomábamos] una barca y luego [nos reuníamos] en una cabaña alejada de un jardín de lagunas. Desembarcábamos como para una fiesta con pulque y carnes y en realidad era una reunión del CC. Allí conocí a Laborde, Valentín Campa, Consuelo Uranga, Ratón Velasco, Padillo. Luego comenzaron las tareas: se me asignó el trabajo con los camaradas del “Sur” es decir, Evelio Badillo, Valentín Campa. Mi centro de trabajo fue transferido entonces del barrio Santa Julia al barrio estudiantil de San Ildefonso. Allí, nuestro cuartel general era Derecho, allí nos reuníamos. Comencé a conocer a los cuatro o cinco de la universidad, y al el secretario general del Socorro Rojo, Gastón Lafarga. El camino al comité central se abría.

Pero llegaron los acontecimientos de Alemania, la catástrofe alemana. Nosotros seguíamos en Comunismo el análisis del Viejo de lo que pasaba, de lo que podía llegar a suceder, la manera de luchar contra el fascismo. Hitler llegó al poder; aquí se decía que era una victoria que, en el próximo invierno, el PC alemán estaría en el poder, que era una mentira de los trotskistas que habían tenido una grave derrota, que todo lo contrario, el Partido Comunista alemán y la clase obrera estaban más fuertes, más potentes y más cerca de la victoria que nunca. Y yo comenzaba a encontrar imposible continuar callándome. Comenzamos a hablar, a discutir de estas cuestiones, al principio bajo una forma velada. Luego, escribí a Nueva York que esto no era posible, que teníamos que romper con el PC, que teníamos que expresar abiertamente nuestras divergencias sobre la cuestión alemana y que luego era necesario abandonar el partido. Es así como los medios dirigentes supieron rápidamente lo que estábamos por hacer y decidieron excluirnos. Pero antes que ellos nos hubieran excluido, escribimos una carta de dimisión del partido. Nosotros, es decir Galicia, el profesor Benjamín ‘Alvarez, mi hermano Carlos, un profesor de Veracruz que estaba aquí y que fue asesinado no sé como -únicamente sé que fue asesinado en Veracruz-, Segura, un obrero textil de la fábrica SAILA, Nacho y yo. Firmamos esta dimisión. Entonces el partido convocó una reunión llamada aparentemente para hacer conocer nuestra dimisión, pero de hecho para excluirnos.

No era una reunión de célula, sino una asamblea general del PC. Era por la Avenida del Trabajo, recuerdo que era una casa de unos quince metros por ocho. Y se hizo entrar allí a todo lo que el PC tenía aquí en México. Debía haber allí trescientas personas. Ellos pusieron las mesas unas sobre otras y sobre ellas, como sobre pirámides, pusieron a sus hombres. Debían haber llevado personas que venían de lejos, porque no tenían tanto en el Distrito Federal. Debían haber llevado personas de todos los Estados para hacer conocer nuestro asunto. El hábito del PC no era excluir así nomás, sino golpear y masacrar todo lo que se alejaba de él. Por esta razón, dije a Galicia: “Yo no voy a dejarme agarrar”. Entonces Benjamín ‘Alvarez, Carlos mi hermano y yo fuimos armados, llevando revólveres. La reunión comenzó hacia las diez de la noche y fue un desfile interminable de oradores: Laborde, Campa, Badillo, Consuelo Uranga, Gastón Lafarga. Todo el mundo nos insultaba. “perros trotskistas”, “bandidos”, “penerreanos” [del PRN, NdT] –decían que éramos agentes de la policía. Nos han insultado tanto como quisieron y al final, a la mañana, cuando era nuestro turno de hablar, nos lo impidieron. Querían saltarnos encima, pero retrocedieron cuando vieron que estábamos armados, porque habría sido entregar todo el Partido Comunista a la policía si había disparos. Es así como renunciaron a golpearnos y que salimos.

Quedaba la reunión de Santa Julia y del Socorro Rojo donde también debían excluirnos. Nosotros fuimos; estaba reducida a diez o quince personas. Gastón Lafarga, que era el secretario general del Socorro Rojo, presidía la reunión, respaldado por una docente de la Universidad, María (yo olvidé su nombre). Con la experiencia de la reunión grande, llegamos exigiendo que se nos deje hablar y hablamos primero. Galicia y Alvarez hablaron, luego yo y expusimos lo que creíamos fundamental sobre la cuestión alemana. Que había en Alemania una enorme masacre, una catástrofe, que el Partido comunista alemán estaba liquidado, que era una derrota muy grave, que todo el resto sólo era pura mentira, exponiendo que el origen era la teoría del social-fascismo y la del tercer período del stalinismo como causas fundamentales de la política stalinista en Alemania. El socialismo en un solo país, decíamos, había llevado a esto. Al terminar, dijimos: “Bien, ésta es nuestra dimisión, nos vamos”. Recuerdo que esta docente, la camarada María fue a la puerta y cruzó los brazos para impedirnos salir. Salimos y no pudieron repetir lo que habían hecho en la reunión plenaria, insultarnos, decir de todo y después no dejarnos hablar. Con nosotros salió Nacho, un obrero textil y partimos.

Escribí a Nueva York describiendo la situación: “Veníamos de abandonar el PC”. Queríamos el contacto con el grupo trotskista mexicano. Nos escribieron y tomamos contacto. En la primera reunión en la que participamos, estaba Manuel Rodríguez, Gustavo de Anda, no sé más sus nombres, el mayor y el más joven, Félix Ibarra, José Ibarra su hermano y este ebanista, Abraham López. Gustavo de Anda nos explicó lo que era el grupo y nos deseó la bienvenida a los que veníamos de abandonar el PC y el Socorro Rojo. Recuerdo de haberme desconcertado mucho porque en el curso de esta reunión este camarada Abraham tomó la palabra y propuso que se tenga como recurso a la brujería entre otros medios y que se haga todo lo posible para hechizar a Abelardo Rodríguez. Y me dije: ¿dónde estamos? ¿Qué trotskistas son estas personas que hablan de brujería y de cosas de este tipo?

Continuamos las reuniones y como estábamos en una situación favorable, decidimos publicar una revista que fue Nueva Internacional. No sé si salieron cuatro o cinco números. En el primero, estaba nuestra respuesta, una declaración política al PC alemán. En El Machete, habían publicado la novedad de nuestra exclusión del PC muy ampliamente y nos presentaron como los perros, agentes de la policía. Probablemente era a fines de 1933. Sacamos tres o cuatro números; respondimos y explicamos la situación alemana, porqué habíamos abandonado el PC y llamado a la nueva Internacional. Y respondíamos a los stalinistas que ellos eran los agentes de la policía ya que en un diario, públicamente, en El Machete, habían anunciado la exclusión de los maestros trotskistas ‘Alvarez, Galicia y Fernández para que la policía descubra todo y nos arreste.

Formamos dos grupos, uno que llamamos “célula obrera” y una célula en Santa Julia. Rápidamente en la célula obrera llegaron camaradas, una familia, la familia López. Había un viejo muy simpático, barbudo y varios hijos que militaron durante un tiempo. Lamentablemente olvidé sus nombres: eran cuatro o cinco. Luego vinieron dos hermanos fotógrafos que nos ayudaron mucho durante varios años, pero que he olvidado como se llamaban. Y dos hermanas que venían de la Casa del Pueblo y habían sido obreras textiles. En Santa Julia, a ‘Alvarez, mi hermano Carlos, Segura, Galicia y yo se unió Nacho y también otro camarada cuyo nombre olvidé y que llamábamos “El Chilero”, más dos o tres. Comenzamos a distribuir la revista en las fábricas y luego llegó para ayudarnos en nuestro trabajo un camarada de Estados Unidos: era Carlos Curtiss. Comenzó a trabajar con nosotros desde su llegada. Nosotros progresamos. Nuevos militantes entraron y muy rápidamente fuimos treinta o cuarenta en el grupo. Luego hubo una nueva ola de represión gubernamental. Comenzaron a hacer razzias, a arrestar personas, a enviar a todo el mundo a las islas Marías. Arrestaron a Félix Ibarra, el “Chilero”, Nacho; Curtiss se escapó milagrosamente. La mujer de X... estaba harta de él y decidió entregarnos a todos a la policía. Algunos escapamos de las islas, pero Félix Ibarra, Manuel Rodríguez, Nacho y el “Chilero” fueron allí. Le dijimos a Curtiss: “Te buscan, te conocen, mejor te vas a los Estados Unidos hasta que esto pase”. Y lo embarcamos.

Los camaradas se quedaron allí bastante tiempo, dos años creo, con José Revueltas. Creo que tenía en mis archivos algunas fotos donde se ve, en las islas Marías a Manuel Rodríguez, Félix Ibarra, Nacho, el Chilero, y... José Revueltas. Él volvió como había entrado: un antitrotskista rabioso, un perro contra el trotskismo, pero en la foto, está con los trotskistas en las islas Marías. Y esto nos servía para demostrar que era una mentira decir que éramos agentes de la policía ya que estaba allí, en las islas Marías, Revueltas, con camaradas trotskistas, víctimas de la represión.

Cuando los camaradas volvieron, nosotros habíamos retomado el trabajo y fue entonces que tomamos contacto con Diego Rivera. Era la época de la huelga general de San Francisco en 1934. Yo llegué a un acercamiento con la Confederación de obreros y campesinos de la Casa del Pueblo, eran casi únicamente de los panaderos y vaqueros. Recuerdo una reunión organizada en su local, en la calle de Niño Perdido, creo. Había muchas personas y tomaron la palabra Diego Rivera, Galicia y yo; y también en la mitad del mitin Evelio Badillo con personas del partido vino para romper la reunión. Recuerdo muy bien que Diego Rivera sacó su pistola y la puso sobre el estómago de Badillo. Entonces se fueron. Siqueiros estaba con ellos.

Después de esto intentamos continuar con nuestro trabajo pero las personas estaban desmoralizadas. El enfrentamiento con el PC era duro. El que teníamos con los lombardistas de los sindicatos también. Con el gobierno también era duro y además nosotros sólo éramos un puñado y era desmoralizante. El grupo ha muerto de muerte natural; yo continué con la correspondencia con los Estados Unidos, todo el ’35 y principios del ’36, con González.

Olivia: Cuando usted habla de “enfrentamientos con Lombardo”, ¿usted recuerda hechos concretos en 1934-35?

Una cosa concreta sobre Lombardo. ¿Usted sabe que Lombardo estaba en camino de volverse trotskista? Cuando se realizó la reunión –creo- de la Unión General de Obreros y Campesinos de México. Lombardo había estado en contacto con nosotros e iba a hacer una declaración trotskista. Pero tuvo esta reunión, fue nombrado secretario general y salió de allí antitrotskista. Había hablado personalmente conmigo. Yo le había dicho quienes éramos, que yo representaba al grupo trotskista, que éramos poco numerosos, pero que creía que teníamos un futuro político. Le dije que sabíamos que tenía una visión de los problemas sindicales, cuál era su posición sobre las cosas en Alemania. Me dijo que había seguido los acontecimientos de cerca, que estaba convencido que la unión sindical de México exigía una orientación nueva, revolucionaria y que iba a declararse abiertamente trotskista en esta reunión. Nos separamos y jamás hemos hablado de nuevo pues él salió de la reunión antitrotskista. Yo no pude volver a ponerme en contacto con él. Mientras tanto, intenté continuar el trabajo con Galicia, mi hermano Carlos, Martínez, Alvahuante, De Anda, Nacho y algunos otros que olvidé. Llegué a organizar a los obreros de la fábrica de tejidos y lanas La Nacional; para enfrentar a los lombardistas que apoyaban a los patrones con un sindicato de muebleros, me afilié a la CGT y penetré en los consejos de esta central que se decía anarquista. Durante la huelga, intercambiamos los primeros disparos con los stalinistas y los lombardistas. La huelga se prolongó varios meses, con mi salario de maestro compraba el abastecimiento para los huelguistas pero el hambre los llevó a rendirse. Galicia, celoso de mi éxito, el primero de los trotskistas mexicanos en el trabajo sindical, escribió su primera carta de dimisión y partió a Jalapa.

La represión se redoblaba y de nuevo el grupo comenzó a agonizar hasta que, me parece que era a principios de 1936, Diego Rivera me habla por teléfono y me dice que tenía contactos con algunos trabajadores del sindicato de la Construcción, que si me interesaba trabajar en este sindicato, le dije que sí, que me interesaba. Me puse a la búsqueda de los viejos militantes, los reuní de nuevo y les dije: “Me parece que vamos a tener por primera vez la posibilidad de un trabajo sindical y para abrirnos este camino, es necesario reorganizar la sección”.

Estuvimos de acuerdo para volver a formar un grupo. Y el problema se planteó entonces frente a mí: ¿qué hacer? Busqué a Manuel Rodríguez y nos pusimos de acuerdo para sacar una revista. Fue allí que conocí a Antonio Hidalgo y a Juan de Díos Bojórquez porque, no sé como, habíamos pensado que eran personas que podían simpatizar con el trotskismo. Yo iba a verlos; les dije que proyectábamos sacar una revista que llamaríamos Octubre. Nos respondieron. Nos ayudaron financieramente para la publicación de la revista (era fines de 1934 o principios de 1935). Juan de Díos Bojórquez ocupaba un puesto importante en el Secretariado de comunicaciones, del cual Mujica ya era secretario y Antonio Hidalgo era encargado de la coordinación de los transportes de distancia de pasajeros. Creo que salieron cuatro números de Octubre. En uno de ellos, publicamos la declaración de la Oposición de Izquierda diciendo que era necesario orientar el trabajo hacia la formación de una nueva Internacional.

Pero Manuel Rodríguez estaba cansado y abandonó. Yo volví a buscar a los viejos camaradas y de nuevo a Galicia, que ya había vuelto a la actividad, con los dos hermanos Ayala, mi hermano Carlos y Nacho, organizamos un grupo de la IV Internacional. Y con esta intención, de acuerdo con los camaradas, me presenté en este sindicato y tuve la suerte de volver a encontrar a un militante anarquista, Capell. Anarquista, estaba contra el Estado, contra la política de Lombardo y de los sindicatos y hemos simpatizado mucho. Yo tenía el apoyo de Capell, veía que las personas de este sindicato estaban interesadas en una formación ideológica de los obreros de la construcción. Me presenté al secretario general de este sindicato, Juan R. De la Cruz y a dos o tres dirigentes que habían sido sindicalistas y esto les daba una fisonomía progresista en las cuestiones políticas y sindicales. Estuvieron entusiasmados con lo que les dije de la formación política y me dijeron entonces que tenía carta blanca. Comencé entonces a unirme a las reuniones de las secciones de pintores, albañiles, herreros, yeseros, invitar a los obreros a hablar del movimiento obrero, de la ley federal del trabajo, de la historia de México. Comenzamos y, al cabo de ocho a diez días, yo tenía un grupo de cien a ciento cincuenta jóvenes. Había algunos panaderos, pintores, yeseros, herreros a quienes di conferencias sobre la historia de México, nociones de derecho obrero y luego comencé con las cuestiones políticas, hasta que al cabo de dos o tres meses, empecé a hablar francamente de la IV Internacional y todo el resto. En el sindicato, cuando comencé este trabajo, había alrededor de 600 militantes y sobre esta base invité a los dirigentes del sindicato a formar parte de un grupo de la IV Internacional y estuvieron de acuerdo. Luego organizamos una reunión en la cual participó Ibarra, los Ayala, Galicia, mi hermano Carlos, Benjamin ‘Alvarez, Diego Rivera, Frida Khalo, Juan R. De la Cruz y de ocho a diez obreros del sindicato de la construcción y allí se decidió crear de nuevo la sección mexicana de lo que iba a ser la IV Internacional. Tengo en mis archivos el acta con la firma de estas personas, de Diego Rivera, de Frida Khalo, que participaron en esta reorganización de la IV Internacional en México.

Yo había entusiasmado a este anarquista, Capell. Le expliqué que tenía un hermano que estudiaba química y podía enseñarle a fabricar bombas lacrimógenas y otras cosas, y se embaló. Y los obreros de la construcción también. Como esta cuestión se planteaba en esta época en todas los conflictos sindicales, ya que los lombardistas y los comunistas los arreglaban a los disparos, paralelamente a la cuestión ideológica, organicé estos grupos del sindicato de la construcción en grupos de autodefensa. Diego Rivera aportó la plata para comprar las armas y luego todos estuvimos armados. Así, por primera vez de esta manera, fuimos capaces de hacer frente delante de los ataques de los lombardistas y comunistas y el sindicato de la construcción se desarrolló rápidamente, contando casi con diez mil miembros y la fracción que constituía estos grupos de choque eran miembros de la IV Internacional.

Recuerdo un mitin que el Partido comunista quería romper en el nombre del Frente popular contra el trotskismo. Les dije: “Bien, ustedes quieren romper el mitin, yo les pagaré con la misma moneda”. En la reunión de los grupos de choque, dije a los trabajadores: “Vamos a disolver las reuniones de ellos, porque es una reunión para el frente popular. El Frente popular es esto: la unión con los católicos, con Cárdenas, con la burguesía; ellos tienden la mano a la iglesia; son aliados de todo el mundo; es un centro de la contrarrevolución... Entonces creo que tenemos el derecho. ¡Ejecución!” Fuimos allí y dispersamos su mitin a golpes de lacrimógenos. En el verano de 1936 –en ese momento- se unió a nuestro grupo un camarada español Manuel Fernández Grandizo, “Munis”. Nos dijo que él había nacido en Chihuahua y entró en el grupo. Decía que había sido uno de los viejos trotskistas españoles que había existido en México en una época; yo no los conocía, ignoro quienes eran y qué hicieron. Él entró en nuestro grupo. Sacamos un periódico Cuarta Internacional de formato bastante grande. Los primeros números salieron y comenzaron los juicios de Moscú; el juicio contra Zinoviev y Kamenev. Enseguida brindamos información. Yo había mantenido el contacto, no únicamente con los Estados Unidos, sino también con Izquierda Comunista, el grupo de Nin. En España, él se fusionó con el grupo de Maurín y fundó así el POUM. Continué mis contactos con Nin y la nueva organización, el POUM. Yo precisé mis posiciones: era trotskista y miembro de la IV Internacional. Como no había en España un grupo trotskista organizado sostenía la relación con ellos. Ellos me enviaron su periódico La Batalla. Yo lo difundí. No consideraba que esto, difundir La Batalla, era una inconsecuencia, con relación a mi posición trotskista. Difundí también las obras de Luis Palacios, Andrade, Maurín y todos ellos. He tenido un contacto estrecho de correspondencia y difusión de la propaganda con el POUM. La guerra civil española estalló: razón de más para sostenerla. Publicábamos enseguida lo que pasase en España y Munis decidió volverse. Lo pusimos en contacto con Bojórquez y este logró que él volviera a España a bordo de un barco, el Magallanes, que iba a entregar armas para el gobierno español. Y obtuvo que Munis fuera admitido para esta travesía. Recuerdo que cuando acompañamos a Munis, un camarada simpatizante ruso se nos aproximó. Lamentablemente olvidé su nombre. Él era ya mayor y nos daba plata para el periódico y para todo. No era un militante trotskista, pero tenía incontestablemente ideas trotskistas y era ruso: Popovitch, era su nombre. Este tipo era muy especial ya que se me aparecía como los revolucionarios rusos, la manera en la que hablaba, en la que se comportaba, la experiencia que tenía para tomar contacto con nosotros de forma ilegal y sin que nosotros supiéramos donde vivía. El miedo que tenía a la policía, la forma en que hacía las cosas me hacía suponer que había militado en Rusia, que no era un simple ruso, sino que había sido militante y tenía experiencia. Se me acercó y donó una pistola para Munis.

Munis partió, pero Nueva Internacional continuó esta vez con un gran éxito. Y luego creo que yo tenía una capacidad particular para abrirme camino en los sindicatos de manera que se me dejaba entrar en todos los sindicatos donde yo iba. Incluso cuando el sindicato era lombardista, yo entraba y vendía mi periódico. Comencé por ir a las asambleas o hablaba con el conserje para saber lo que hacían y conocer más o menos la situación. Yo tenía material para discutir ya en sus locales y discutir problemas que tenían aquí o allá. Por otro lado, yo trabajaba también a los dirigentes. Por ejemplo, Rangel, que fue un anarquista muy conocido, luego Secretario de la Confederación Proletaria Nacional y en un primer momento, estuvo con Lombardo. Todas estas personas son muy vanidosas. Yo venía a decirle: “En el próximo número de nuestro periódico, va a salir un artículo sobre vuestra actividad; ¿cuándo tienen ustedes reuniones? Lo que ellas hacen, las huelgas que hay y todo. ¿Me permite usted difundirlo? ¿Puedo llevarlo?” –Sí, decían, “¿Habla de la huelga que hemos hecho en tal lugar? –¡Completamente! –Distribúyalo”. Aunque su sindicato sólo fuese una cosa minúscula, se hablaba de él en el periódico y a cambio, ellos me dejaban difundirlo.

Por otro lado, en la construcción, nosotros éramos fuertes, con aquellos grupos de choque. [...] Nosotros hablábamos con los albañiles: “Nuestro sindicato va a garantizarles esto o aquello” –“Seguramente, respondían, nos vamos a adherir”. Entonces llegaban los pistoleros del PC y de Lombardo. Querían echarnos y nosotros no queríamos irnos. Y nos ganábamos un enorme prestigio. Las personas de la construcción eran excelentes, eran casi campesinos puros que vinieron a la ciudad para buscar trabajo; estaban muy impresionados cuando veían que esto no era solamente palabras, sino que respondíamos también con los actos y nos admiraban [...] Es así como se desarrollaba la construcción y ganamos allí muchos militantes excelentes, jóvenes, muy entusiastas, que asimilaban las ideas muy rápido, respondiendo al trabajo. [...] Gozábamos de tal simpatía que le voy a contar una anécdota: llega a México la novedad del asesinato de Andrés Nin. Yo sabía por algunos amigos que tenía en la escuela nacional de maestros que ellos habían utilizado un libro traducido por Nin y que su nombre era entonces más o menos conocido en la escuela. Entonces redacté un folleto denunciando el asesinato de Nin por la GPU en España y toda la cuestión española (O. Fernández cuenta cómo su hermano Carlos fue golpeado frente a la escuela por los stalinistas que le arrancaron sus folletos. Una pistola de 9 mm en la mano, previno al responsable de la célula que él lo difundiría de nuevo al día siguiente y lo hizo a la cabeza de un grupo de choque de una centena de obreros de la construcción. La difusión se continuó frente al bastión stalinista del secretariado de Educación, a pesar del llamado a la policía y a la intervención de un millar de policías).

Teníamos una influencia enorme [...] pero entonces las dificultades comenzaron ya que los Ayala y Galicia empezaron a sembrar la discordia en el sindicato. Por ejemplo, acusaban a los pintores que iban a pintar una casa u otra, de ser burgueses, capitalistas, de cubrirse del sindicato para una tarea lucrativa. Era una línea completamente ultraizquierdista y del “tercer período” y las dificultades comenzaron, como las fricciones con la dirección del sindicato, hacia fines del ’36 o principios del 37. Sin embargo, la IV Internacional continuaba progresando, el sindicato también. En la época, Trotsky estaba en Noruega, comenzaba a tener dificultades. Se me escribió desde España que venía a México un equipo de béisbol con una delegación del POUM que venía a tratar de juntar plata. Ellos la necesitaban de manera apremiante, para comprar armas y financiar su lucha. Me preguntaron si podía ayudarlos. Por supuesto que podía.

Cuando la delegación llegó, la primera persona que buscaron fue a mí. El jefe de la delegación era Daniel Rebull (David Rey), que era miembro del buró político. Como adjunto, estaba Costa Amic. Ellos me pidieron que los ayudara. Nos encontramos todos los días. Utilicé todos mis contactos para ayudarlos. En la época tenía relaciones bastante estrechas con el subsecretario de educación, Luis Chávez Orozco, quien incluso en ese momento actuaba como trotskista. Los puse en contacto con él.

De hecho, yo había conocido a Chávez Orozco por azar. En 1934, con su orientación cardenista, tuvo la idea de hacer algunos programas escolares verdaderamente democráticos: en cada zona, cada escuela, se elegía un delegado que más o menos conocía las cosas; luego se reunían, se elegía un delegado para cada materia. Al término de esta selección, yo fui encargado de redactar los programas de historia en toda la República. En la primera reunión participaban Eulalio Guzmán, Othon de Mendizabal, Luis Chávez Orozco y yo. Comenzamos a trabajar y naturalmente en la práctica yo redacté los programas. Lamentablemente perdí la copia, pero creo que es lo mejor que se ha hecho como programa marxista en México. Chávez Orozco estuvo muy impresionado y comenzamos una amistad. Él era entonces jefe de departamento de las bibliotecas. Vio como yo había hecho frente en las discusiones, como había hecho prevalecer mis ideas. Recuerdo muy bien cuando comenzamos a discutir sobre la revolución rusa. Yo lo expuse desde el punto de vista de Trotsky. A la salida de una reunión, Eulalio Guzmán me dijo: “Eh, profesor, yo creo que está bien lo que usted dijo”. Terminado este trabajo, yo continué yendo a ver a Chávez Orozco. Entonces llegó la crisis, luego del asesinato de Manlio Fabio Altamirano. Él debía suceder a Cárdenas. Se lo asesinó en el café Tacuba. Luego, la prensa y numerosos sectores casi insinuaron y acusaron a Velázquez Vela, que era secretario de Educación, de haber sido el instigador del asesinato de Altamirano. Una noche, yo fui al departamento de las bibliotecas y Chávez Orozco no estaba allí. Lo esperé. Llegó muy agitado y me dijo: “Voy a dimitir. Y Vázquez Vela también”. Yo lo persuadí de no hacer nada, pues era un reconocimiento. Vázquez Vela permaneció como secretario y tomó a Chávez Orozco como subsecretario. Nosotros teníamos mucha influencia sobre él y podíamos pedirle ciertas cosas.

En 1936, recibí una carta de un camarada de Nuevo Laredo, Garza, que un trotskista alemán había llegado y que era necesario ayudar y que venía a México. Este alemán, llamado Paul Kirchoff, conocido bajo el nombre de Eiffel, era antropólogo. Me contó que había militado en Europa, incluso con el hijo de Trotsky, León Sedov; que había trabajado en los Estados Unidos, que había hecho artículos en las revistas norteamericanas y que quería establecerse en México, pero que no tenía ningún recurso. Yo le declaré que todo lo que podía hacer para ayudarlo era ver si Chávez Orozco, que era subsecretario de Educación, podía ayudarnos. Fui a ver a Chávez Orozco y él tuvo trabajo: Kirchoff y su mujer, una alemana que se llamaba Juanita, los dos recibieron trabajo en el Politécnico Nacional.

Este Eiffel llegó precisamente en el momento en que yo partía de viaje a Torreón para encontrar al presidente Cárdenas para el asilo de Trotsky. Llegué cuando golpeó a la puerta de la casa. En 1937, cuando el Viejo estaba en México, un día, Diego Rivera me llama con toda urgencia. Me dijo que quería hablar conmigo en Coyoacán de una cosa muy grave: frente al Viejo, me dijo que tiene informes según los cuales Paul Kirchoff (Eiffel) es un provocador, probablemente agente de la GPU. Yo asocié entonces esto con el hecho que había llegado justamente en el momento en que yo comenzaba a preparar las cosas aquí en México. Y efectivamente, luego pude saber que su mujer era una stalinista y que él se había desenmascarado totalmente como stalinista aquí en México. He leído que ha muerto, pero creo que en Estados Unidos.

También sucedió un acontecimiento bastante importante en nuestro trabajo, por las repercusiones que tuvo en la formación del movimiento obrero en México. Cuando estalló la crisis abierta por las declaraciones de Calles contra Cárdenas, hubo un verdadero pánico en las esferas gubernamentales y un día que iba a hablar con Chávez, me manifiesta su inquietud por lo que iba a llegar, un gran miedo, pues Calles estaba aún aquí, en México. Le respondí que la única fuerza capaz de sostener la cabeza de Calles era el movimiento obrero pues estaba completamente atomizado y que yo creía que la ocasión era buena para hacer un frente único de todas las centrales y organizaciones obreras, lanzar un llamado para hacerlo, para defender el derecho de huelga, defender los sindicatos y, en consecuencia, indirectamente, apoyar a Cárdenas contra Calles.

Debatimos esta perspectiva y nos pusimos de acuerdo pero yo me preguntaba: “¿Quién va a hacerlo? ¿ya estamos tan divididos?”. Le dije: “Nosotros, en la IV Internacional, podemos lanzar este llamado. Creo que es una línea sindical justa para hacerla” –“¿Ustedes lo harían?, me preguntó, sí, pero francamente no tenemos ni plata ni, en este momento, los medios para hacerlo. ¿Usted puede dárnoslos?” –“¡Seguro que sí!” Me consiguió diez mil hojas de papel de gran dimensión y la plata; volví a mi casa, redacté el llamado para la formación de un frente único de defensa proletaria dirigido a todas las organizaciones, analizando la significación del peligro que constituía en ese momento la victoria de la posición de Calles; lo presenté al comité de la sección que lo aprobó. Les dije que yo ya tenía a alguien que me daba la plata y el papel, fui a la imprenta y al día siguiente salía. Se lo pegó por todas partes y fue un éxito pues las organizaciones respondieron. Nosotros sólo teníamos fuerza en el sindicato de la construcción, pero Juan de la Cruz tomó parte en todas las reuniones y es así como fue creado el Comité de Defensa proletaria que se transformó luego en la CTM. Pero este fue un llamado y una consigna trotskista.

Chávez Orozco llegó incluso a conflictos con Laborde, el secretario del PC. Sin embargo, no sé cómo ellos llegaron a ganar a su mujer y ella, a la manera mexicana, comenzó a ejercer influencia sobre su marido y a poner personas en el secretariado de Educación de tal forma que llegó un momento en que los puestos claves se encontraban en manos del Partido comunista y comenzaron a maniobrar a la manera stalinista clásica. Comenzaron a publicar sus folletos, sus libros, a hacer ediciones en francés, en inglés, a publicar de ellos millares de ejemplares en ruso y naturalmente han hecho de él una figura mundial. Él cedió, comenzó a ocultarse: yo incluso no podía hablarle más; él se volvió completamente del PC. Y el secretariado de Educación pública se transformó en secretariado del Partido Comunista de México; nada se hacía allí, ni una hoja se movía sin que el secretariado de Educación consulte primero al PC y reciba su acuerdo. Las oficinas eran almacenes de armas proporcionadas por el PC e incluso comenzaron, a la moda española, a hacer allí prisiones, lugares de detención stalinistas, aquí, en México. Sus unidades de choque comenzaron a actuar un poco en todas partes y esto me incitó a fortalecer mucho más los grupos de choque del sindicato de la construcción. Fuerza contra fuerza, nos hemos enfrentado. Hubo varios encuentros a balazos con las fuerzas del PC.

Incluso hubo un enfrentamiento armado en el mismo secretariado de Educación pública. Nosotros estábamos haciendo una reunión de maestros del Secretariado y ellos enseguida llamaron a sus brigadas de choque que cercaron el edificio y comenzaron incluso a balearnos. Éramos alrededor de cuatrocientos a quinientos maestros, pero totalmente aislados y nos baleaban de todos lados. Nuestra reunión debía tratar los problemas del sindicato del cual el PC controlaba la dirección general. El secretario general era miembro del PC, “el Gordo” Peraza, que yo había conocido en otro momento, cuando yo era estudiante, con Sánchez Cárdenas, Evilio Badillo, Campa. Ellos hicieron de él el secretario general. Y ellos nos cercaron en la oficina del secretariado. Pero como no llegaban a terminar con nosotros, llamaron a los trabajadores de la construcción, del departamento de edificios del secretariado y los lanzaron contra nosotros, pero se encontraron con que numerosos de ellos habían sido o estaban conociendo a los obreros del sindicato único de la construcción. Y entonces, en la situación en la que el edificio estaba cercado por la policía y el ejército y que en el interior se enfrentaban a disparos con los stalinistas, ellos pidieron encontrarse con un representante de nuestro campo. Yo fui allí y tuve una reunión con el secretario de la Educación, Vázquez Vela, el secretario general del sindicato de maestros, “el Gordo” Peraza y el jefe de la Policía. Se comenzó a discutir, luego el Gordo dijo basta y me dijo: “Vamos a terminar con ustedes y sacarlos a todos”. La policía, confrontada al hecho que nosotros éramos no únicamente tres o cuatrocientos maestros, sino casi quinientos obreros de la construcción, decidió que nos dejaría salir pero sin armas y uno por uno: es así como abrieron una puerta y que, a pesar de los pistoleros stalinistas, nosotros salimos uno por uno, los trotskistas, todos. Perdimos todas nuestras armas, pero no habían llegado a hacernos nada. Esto le da una idea de la fuerza que ellos llegaron a tener en el secretariado de Educación pública. El sindicato de la educación en sus manos, significaba trescientas mil personas que transmitían la ideología stalinista en todos los rincones de la República.

Olivia: Eran los inicios de 1937. La policía y el ejército que cercaban el edificio estaban a las órdenes del gobierno de Cárdenas. ¿Cárdenas sabía esto? ¿Apoyaba esta acción del PC?

Cárdenas apoyaba completamente al PC. Sabía todo. A los maestros, nuestros camaradas de los estados, los ponían en prisiones mantenidas por el PC y los golpeaban. Como hacían en España pero sin asesinarlos, secuestrándolos y pegándoles. Yo no sé que ha sido de estos camaradas. Aquí, en el Distrito federal, nosotros nos defendimos gracias a la construcción. Ella era muy fuerte; tenía centenas de hombres armados, centenares pertenecían a los grupos de choques y ellos no pudieron asesinarnos como hicieron en España. Por otro lado, en numerosas ocasiones, pasábamos a la ofensiva como le he contado en el asunto del teatro Hidalgo.

Cárdenas había cambiado mucho; se había puesto enteramente en manos de los stalinistas. Teníamos miedo de ser liquidados. Pero en todos lados donde ellos intervenían, encontraban personas nuestras y armadas. Yo había logrado hacer de la construcción un bastión enorme. Luego hubo nuevas dificultades políticas internas.

Los problemas con la dirección del sindicato empezaron a inicios de 1937, cuando el Viejo ya había llegado. También hubo divergencias políticas porque Galicia, Ibarra y otros comenzaron a decir que el Viejo se había comprometido a que la sección mexicana apoye a Cárdenas a cambio del derecho de asilo para Trotsky y que no se iba a seguir una línea revolucionaria, que la sección mexicana sería un aprendiz de Cárdenas. Comenzaron a atacar las administraciones obreras, como las de los ferroviarios, establecidas por Cárdenas, a atacar la posición de Trotsky sobre China. La vida comenzó a aumentar y ellos lanzaron como consigna: justo en el momento en que en Moscú se condenaba a los acusados por sabotaje, acción directa y cosas semejantes, Galicia, Ibarra y la mayoría del grupo político tapizaron las calles de afiches llamando a la ciudad y el campo a la acción directa, al sabotaje, al boicot como medios de lucha contra la carestía de la vida. Mientras, el Viejo redactó y envió una carta a través de Diego Rivera. Diego Rivera leyó la carta a la sección y dijo que tenía instrucciones para leerla, pero no para dejarla porque el Viejo no podía intervenir. En esta carta, el Viejo decía que, mientras que se asesinaba en Rusia a los viejos bolcheviques bajo tales acusaciones, precisamente en este momento, la sección mexicana lanzaba una campaña en este sentido, que esto no tenía nada que ver ni con el stalinismo ni con el marxismo y menos aún con el trotskismo; que había una oleada abierta de provocación y que estaba obligado a desaprobar completamente para no tener allí ninguna responsabilidad. Yo estaba solo, con Diego. Nosotros estábamos en minoría en el buró político contra Luciano Galicia, Félix Ibarra y uno de los Ayala 1.

Entonces su reacción fue que, ya que se sacrificaba el movimiento trotskista a los intereses de León Trotsky, era necesario disolver la sección mexicana. Y ellos han disuelto la sección mexicana y por segunda vez Galicia escribió una carta de dimisión y la sección fue disuelta. Por otro lado, atacaron al sindicato de la construcción y llegaron a una escisión y formaron un sindicato rojo, tres gatos locos. El sindicato de la construcción fue destruido, quedó muy debilitado, con muy pocos miembros y Juan de la Cruz rompió también con nosotros. ¿Cómo podía permanecer con los trotskistas que habían agredido y destruido su sindicato? No quedaba más que por un lado el Sindicato único de la construcción, con algunos miembros y un sindicato rojo con Galicia y algunos militantes que permanecieron, que continuaron siendo mis amigos y que, al principio, utilicé sobretodo para hacer las guardias en la casa de Trotsky. Hay obreros de la construcción que pueden decir con mucho orgullo: “Yo he sido guardia de Trotsky”. Recuerdo que en el cine Mina , en la calle Mina, que no existe más, creo, se había puesto un afiche con la leyenda: “Asilo en México para Trotsky” pero era únicamente una consigna. Un gran afiche, diseñado por Diego y los pintores de la construcción habían completado los retratos: Marx, Engels, Lenin y Trotsky. La primera vez que fui arrestado como trotskista, es precisamente por un folleto que pedía asilo para Trotsky; cuando se tenía miedo de que las Cruces de Fuego ataquen a Trotsky: habíamos hecho un folleto pidiendo el asilo para él el 1° de mayo de 1934. Después, yo fui denunciado por Badillo, creo. Fui arrestado en la calle de Guatemala y detenido allí. Fui secuestrado más de quince días en los locales de la dirección de la policía. Y por poco no fui enviado a las islas Marías.


19 de agosto de 1985

Olvidé decir en nuestra conversación un cierto número de cosas [...] Primero que Benjamin ‘Alvarez era también alguien muy cercano, un maestro que había entrado al PC al mismo tiempo que nosotros. Él militó con nosotros en los diferentes grupos hasta la muerte de Trotsky. Era, como mi padre, de San Pablo Oxotepec. Era más viejo que yo. Recuerdo también que uno de mis parientes era lugarteniente en el ejército, Inocencio Molina Vilchis. Nos ayudó en el trabajo ilegal en el ejército, arriesgando así su vida y recuerdo al Viejo, asombrado de ver en su casa a un oficial de caballería en uniforme, pero que era miembro de la sección. Estaba en el 22° regimiento de caballería, lejos de México y nos escribía sobre los problemas de los campesinos allí donde él estaba estacionado, los de los ejidos y los pequeños propietarios. Nosotros le enviábamos folletos que él distribuía ilegalmente. Fue él quien nos procuró granadas para la guardia de Coyoacán. Él influenciaba a algunos soldados, pero era un trabajo difícil. Recuerdo también a otro camarada, Juan Coulveaux. Él y su mujer María nos ayudaron mucho; no era muy activo, pero militaba; nos ayudaba con los contactos con los Estados Unidos, los prisioneros y sus hijos también nos ayudaban [...] Debo decir también que en 1934, cuando Curtiss volvió a los Estados Unidos, a Los Ángeles, en tiempos de la represión, poco después llegaron a México, Silvia y Ruth Ageloff. Ellas tomaron contacto con Félix Ibarra y conmigo; venían para intentar ayudarnos un poco contra la represión y, si era posible, intentar reorganizar el grupo. Yo las conozco desde ese tiempo; ellas partieron y algunos meses más tarde llegó a su turno Jean Mendez (Anita Brenner) que también venía para ayudarnos y que yo conocí entonces.

También olvidé decir que, a fines de 1934-35, cuando el grupo se disolvió, también había divergencias políticas entre nosotros. Por ejemplo había comenzado en Europa lo que se llamaba “el giro francés”. Se consideraba que los grupos trotskistas eran muy débiles, pequeños y que, viviendo de manera independiente, iban a tener una vida estéril, muy sectaria. Se propuso entonces entrar en las Juventudes socialistas –el “giro francés”- y se entró en las JS en Francia. Aquí, en México, se decía que había “Juventudes socialistas”. Carlos Madrazo y Sánchez Mireles, Sánchez Cárdenas y otros, organizaron estas llamadas “Juventudes socialistas”. El gobierno les dio el local que ocupó durante un tiempo el Colegio de México frente al secretariado de Educación en González Obregón. Había personas que vivían allí. Gustavo de Anda y Galicia propusieron entrar allí y Félix Ibarra y yo no estábamos de acuerdo porque considerábamos que el giro francés estaba justificado si se trataba de entrar en una organización de masas, es decir, de darnos una posibilidad de trabajar entre los militantes. Pero entrar con Sánchez Cárdenas y otros me parecía estúpido.

Por otro lado, sobre la cuestión del Frente popular, Gustavo de Anda firmó un manifiesto en su favor. Además de las cuestiones personales, hubo entonces cuestiones políticas que provocaron la disolución, la explosión del grupo. Galicia estaba por la entrada en las JS pero finalmente dejó a de Anda entrar solo. Él comenzó entonces a hacer carrera y se convirtió en secretario del sindicato de los trabajadores del Distrito federal. No hemos tenido entre nosotros problemas personales, pero políticamente, era una ruptura total.

Acerca de Rebull, yo quisiera añadir que a mi retorno del segundo viaje a Torreón como él ya sabía por la radio y la prensa que habíamos obtenido la visa para Trotsky, comencé a discutir con él cuestiones concretas de la recepción de Trotsky. Él había militado con los anarquistas antes de militar en el POUM: una gran tradición, mucha experiencia sobre las cuestiones del trabajo ilegal. Yo hablé francamente con él y me ayudó mucho en la concepción de la organización de la llegada de Trotsky.

Fue en esta época que llegó Shachtman de los Estados Unidos. Políticamente era pasable, pero sobre las cuestiones de organización, de ilegalidad, etc., no sabía nada de nada.

Toda la responsabilidad por la llegada de Trotsky recayó sobre mí. Yo había adquirido experiencia en el PC y dos años de trabajo ilegal en México. Tuve muchas discusiones con Daniel Rebull y me dio consejos sobre muchas cuestiones prácticas y es así como pude organizar con un éxito completo, sin ninguna dificultad, la llegada de Trotsky. Él me enseñó a elegir las formas de actuar, qué tipo era necesario elegir para la recepción, en quien se podía tener confianza, lo que era necesario decir... Se decía por ejemplo que él iba a llegar a Colonia; pero, él había llegado a Lechería; se tomaron medidas de distracción como por ejemplo colocar guardias en la casa de Frida en San Angel para hacer creer a los stalinistas que iba a ir a esta casa; entablar relaciones con la policía, ya que era necesario entrar en contacto con los agentes del servicio secreto, los agentes secretos del Interior que tenían mandato de Cárdenas para estas cuestiones y a quienes nosotros no dejamos las cuestiones de la llegada de Trotsky; cómo maniobrar con estas gentes, etc. Es decir que Rebull, en las cuestiones prácticas, me ha sido extremadamente útil.

Rivera estaba enfermo en la clínica de su ex cuñado, el doctor Marín. Salió aquella noche de allí y nos reunimos en el café Principal. La mañana de la llegada, desde ese café y desde otros, a la hora convenida, de diferentes lados comenzaron a partir coches que iban a reencontrarse en Lechería. Yo había elegido hombres de la Casa del Pueblo, del sindicato de la construcción. Se los había convocado en lugares diferentes. En la organización, los principales eran Ayala, Félix Ibarra y su hermano José Ibarra, Galicia, mis dos hermanos Carlos y Mario, mi padre Leonardo, el lugarteniente Molina Vilchis. Luego había que formar los grupos, afectar a cada uno, decirle lo que sería su trabajo, donde reunirse, la discreción a observar, yo hice este trabajo. Y los responsables del servicio de Seguridad del Interior, del Servicio secreto, Diego y yo nos reunimos en el Café Principal y, desde la mañana, partimos para Lechería. Sin duda que los periodistas son buenos, pues, a pesar de todo este secreto, cuando llegamos a la estación de Lechería, [...], dejamos los autos lejos de allí y vimos pasar los autos de los periodistas en los dos sentidos, recorriendo la ruta. Y cuando el tren llegó, como saliendo de la tierra, como por milagro, ellos llegaron al mismo tiempo que nosotros.

Ellos también tenían personas que vigilaban en todas las estaciones y la ruta [...] Había mucha nerviosidad, ya que yo no tenía una gran confianza en la policía –desde siempre, nunca se sabe, ¿no? Luego, el simple hecho de hacer este trabajo con los policías mexicanos y del Interior creaba tal ambiente. También estaba allí en primera línea Antonio Hidalgo. Este fue un gran amigo del Viejo, Antonio Hidalgo [...]. El POUM no participó del todo en esto. Contacto y discusiones tuvieron lugar únicamente entre Rebull y yo. Estaba aún allí cuando Trotsky llegó, pero él se mantuvo a distancia hasta que se pudiese preparar una entrevista con Rebull, Costa Amic, Manuel Rodríguez y Sánchez con Trotsky, que fue muy fructuosa. Rebull volvió a España casi trotskista.

[...] A partir de este momento, toda mi vida giró alrededor de Trotsky. Yo había organizado todos los detalles para su arribo. Hemos ido a la casa de Frida, en la calle Londres y tenía el hecho concreto: Trotsky estaba allí. Pero, ¿cómo va a vivir él? Era necesario arreglar tantas cuestiones concretas y para comenzar, su seguridad. La misma noche, Diego, Félix Ibarra y yo –ya que Galicia se había ofendido y se había retirado- estuvimos de acuerdo que era necesario montar un servicio de guardia (Galicia consideraba que él no había jugado ningún rol en la recepción de Trotsky y se fue muy rápidamente). Quedábamos Félix Ibarra, Diego y yo. El primer problema, era cómo se va a vigilar la casa. No había nadie; él había llegado solo con Shachtman y Frida de Tampico. Entonces, Diego Rivera fue a su casa y volvió con una ametralladora Thopmson y dijo que él y yo podíamos montar la guardia. Es así como la primera noche Trotsky durmió, con Rivera que dormía, que roncaba con la ametralladora entre las rodillas, pero que montaba guardia al interior y yo, afuera. Igualmente al día siguiente, luego llegó Van. Se decidió con él que, por el momento, el que estaba encargado de la organización de los servicios era yo, que Diego me daría cartas con su firma que yo daría a las personas que vendrían a montar guardia. ¿A quiénes? Pensé. Primero, a los miembros de los grupos de choque: recuerdo bien a Antonio Luna, Francisco Montes de Oca, Salvador Morones, David Ortiz, Manuel Sainz, mis hermanos, mi padre, Arturo Martínez, otro maestro, Francisco Portillo, un amigo de la infancia, Melquíades Benítez y yo. Olvidé quizás uno o dos nombres. (Durante estos meses) la guardia de Trotsky fue asegurada por pintores, herreros, albañiles mexicanos. Yo arreglé también el problema de la cocinera. Elegí a la mujer de uno de los hermanos Félix y José Ibarra, Rosa. Ella partió al cabo de unos meses llorando, ya que “no se tenía confianza en ella”: se probaban sus platos [...] Desde el principio encargué a Melquíades de todo lo que era plomería. Era “el muchacho”.

Pasó 1937 y como era de esperarse, allí se desencadenó una campaña tanto de Lombardo y de la CTM a través de El Popular, periódicos como Excelsior, como del PC con El Machete [...] acusando a Trotsky de intervención en la política mexicana, de ser un aliado del fascismo, agente de la comisión Dies [...] Fue entonces que Trotsky escribió un texto diciendo que no tenía ninguna relación con la sección mexicana; en consecuencia, era necesario sacar a todos los camaradas que eran militantes y aseguraban la guardia; los camaradas de la construcción debieron partir [...] El Viejo decidió que mi familia, mis hermanos, mi padre, Arturo Martínez y yo continuaríamos. Por supuesto, no eran guardias pagas, como más tarde lo aseguró Munis tratándome de agente de Trotsky [...] Luego, en 1940, hubo dificultades con los camaradas norteamericanos que enviaban como guardias camaradas que habían entrado hace poco tiempo al partido, sin experiencia en el trabajo ilegal, del manejo de las armas y del espíritu particular que era necesario para quien iba a servir de guardia de Trotsky. Eran necesarias personas decididas a morir antes que se le haya tocado. Ellos venían con una mentalidad de jóvenes idiotas. [...]

Entonces, ¿cuál fue mi rol cerca de Trotsky? Ante todo, yo diría el servicio material. Trotsky estaba en un país desconocido; salvo la actitud de Cárdenas dándole el asilo y de algunos amigos aislados, Mugica, Juan de Díos Bojórquez, Antonio Hidalgo, los Zamora, era un país hostil, no por su población sino por sus organizaciones políticas en manos o maniobradas por los stalinistas y el movimiento obrero en manos de Lombardo y de la CTM. Las organizaciones campesinas también. El sindicato de maestros, el más importante, el PC. Ellos organizaban manifestaciones, todas contra Trotsky y México –no podía ser allí de otra manera- estaba inundado de agentes de la GPU. Para Trotsky, saber lo que pasaba fuera de su casa, el ambiente político en el gobierno, las organizaciones obreras y campesinas, los periódicos, los maestros en la calle, era una cuestión de vida o muerte. Esto lo hacía el servicio de información política. En este sentido, Rodrigo García Treviño nos fue precioso; había sido miembro del PC y por mucho tiempo conservó relaciones, ramificaciones con los stalinistas. Aunque él no haya sido trotskista y que Galicia y otros lo habían atacado como “oportunista”, él fue muy útil. La mayor parte de las informaciones sobre los stalinistas españoles nos llegaron por la red de García Treviño. La información según la cual el PC decidió pasar a la acción directa contra Trotsky en agosto o septiembre de 1938, todas estas informaciones ultraconfidenciales me llegaban por García Treviño. Él fue miembro del comité nacional de la CTM.

(Octavio Fernández luego cuenta con mucha emoción las relaciones que Trotsky sostuvo con su familia, sus largas conversaciones con su padre, sus llegadas imprevistas a las fiestas, las “posadas” donde cantaba y bailó incluso con los otros. Luego Olivia le pregunta quien estaba próximo a él en el plano personal).

Antonio Hidalgo. Era un hombre excepcional. Siempre ayudó financieramente al movimiento, poniéndolo en contacto con organizaciones con las cuales debía estar en relaciones. A la llegada del Viejo, colaboró desde que Trotsky descendió del tren en Lechería. Se puso incondicionalmente a su servicio. Lo llevaba a Taxco, a Hidalgo, por todos lados; el Viejo iba a su casa, lo recibía de vez en cuando. Para el gobierno y los medios oficiales, era el escudo de Trotsky, su paragolpes. Y los dos hablaban mucho. Era un hombre abierto, leal, sincero. Obraba por Trotsky y por amistad con él.

Se puede afirmar con una absoluta certeza que Clave fue la revista de Trotsky. Ella nació con él y sirvió fundamentalmente a sus intereses. Del principio al fin, él la utilizó para que sirva a sus ideas y a su trabajo. Fue él quien tuvo la idea de una revista en castellano para la educación teórica de aquellos que comenzaban a simpatizar con el trotskismo en América latina y ella sobrepasó nuestras expectativas. En poco tiempo, nosotros tuvimos tantos contactos que Clave se convirtió en el centro ideológico y el centro de organización naciente del movimiento trotskista en América latina. ¿Quiénes participaron en la fundación de Clave? Primero, Don Francisco Zamora, para mí uno de los más capaces en el plano teórico. Él nos presentó a su hermano Adolfo, luego Curtiss vino a México. Él participó en todo lo que concierne a Clave. Ya había venido a México, nos conocíamos bien y estábamos estrechamente ligados en el trabajo. Él vino para impulsar la salida de Clave [...] Desearía a propósito citar a dos hombres, el primero, que viene desde el principio a México para encargarse de las cuestiones técnicas de la publicación de Clave, y un militante mexicano que estuvo conmigo hasta el final, el profesor Arturo Martínez que fue encargado de todas las tareas materiales de Clave, mecanografiar las direcciones, elegir, corregir, empaquetar, expedir, él hacía todo esto de principio a fin.

En lo que concierne a Evelio Badillo, sobre el cual Broué me interrogó, debo decirle que era uno de los antitrotskistas más rabiosos, junto a Campa. Yo trabajé con ellos en la CSUM. No se trataba con ellos únicamente de ataques contra las ideas, sino de “acción directa”. Son estos méritos que le valieron ir a la URSS con otro que llamaban La Chiva. Y no se escuchó hablar más de él, entonces hubo rumores y en las reuniones o en los periódicos, se interrogaba: “¿Dónde está Badillo? ¿Dónde está La Chiva?” ¿Qué es lo que sucedió con ellos? Los años pasaron y de golpe yo me informé que Zamora, por sus contactos con las altas esferas gubernamentales, negociaba el retorno de Badillo. Supuse que, por un medio cualquiera, Badillo logró tomar contacto con él y Adolfo Zamora, por sus contactos, logró hacerlo salir. Pero, ¿porqué esto? A su retorno, sé que fue a lo de Zamora, luego desapareció. Se sabe que murió en un café, se cuenta que se lo envenenó. Esto es lo que sé sobre Badillo. La Chiva jamás volvió. En cuanto a Miguel Angel Velasco, Campa y otros, cuando se les pregunta dónde está Badillo, responden que él efectuaba una misión secreta y que se le había enviado a Siberia y a Oriente en misión secreta...

 

1. Ver Ruptura con la sección mexicana, León Trotsky, 12 de junio de 1937, Escritos Latinoamericanos, pág. 56, CEIP León Trotsky, 2000, Argentina.



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