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Parte de guerra

Juan Chingo, Partido de Trabajadores por el Socialismo, Suplemento Especial,

2 de abril de 2003

 

En lo que va de la invasión a Irak, el balance para las fuerzas imperialistas es contradictorio. Por un lado, la movilización de un convoy de infantería mecanizada por un largo corredor en el desierto, acercándose amenazadoramente a Bagdad. Por el otro, las expectativas de un colapso inminente del régimen hasta hoy no se materializaron. Más aún, en su avance las tropas de la “coalición” han encontrado una resistencia mayor de la esperada. Las fuerzas iraquíes les han montado un nuevo e inesperado desafío: emboscadas y una guerra de guerrillas, provocándole a EE.UU. la mayor cantidad de muertos en combate en un día desde la guerra de Vietnam. A pesar de haber tratado de evitarlo, EE.UU. tiene que lograr su victoria en Irak con el viejo método usual a todas las guerras: peleando. Este es el significado de los reveses tácticos del ejército norteamericano en los últimos días, que ha dejado atrás el mito de las “guerras sin bajas”.

 

La “honorable resistencia iraquí”: ¿El inicio de una guerra de liberación nacional?

Los “fríos” e “inteligentes” planes del Pentágono están chocando con la inesperada resistencia iraquí. Contra las expectativas de los aliados, que esperaban encontrarse con un ejército derrotado y desmoralizado, así como ser recibidos con los brazos abiertos por la población, no se han producido deserciones masivas ni ha habido una sola imagen de los iraquíes dándole la bienvenida a las tropas de EE.UU.
Lejos de esto, las fuerzas anglo-norteamericanas se encontraron con una serie de emboscadas y una guerra de guerrillas que les han infligido sus primeras bajas. Estas formas de combate pueden causar confusión en las tropas enemigas y crear oportunidades tácticas y estratégicas para las fuerzas iraquíes en determinadas confrontaciones. Pero lo más importante, es que esta “honorable resistencia iraquí” -como la llaman los diarios de la región comparándola con la Intifada palestina contra el estado de Israel o la lucha del Hezbolá contra el ejército sionista tras la ocupación del Líbano en 1982-, ha aumentado la moral de la población y de las fuerzas que están defendiendo las ciudades. Aunque estamos a pocos días de iniciada la guerra, y pequeñas “victorias” de la resistencia pueden darse sin cambiar el curso de la guerra -como los trabajadores argentinos recordamos con el hundimiento de la fragata inglesa Sheffield durante la guerra de Malvinas bajo la dirección de la dictadura militar- es importante resaltar estas nuevas tendencias generales.
Es que de desarrollarse y generalizarse la resistencia iraqui puede cambiar el carácter de la guerra, transformándose en una guerra de liberación nacional que unifique a la nación oprimida contra las fuerzas imperialistas. Esto es lo que estaría comenzando a mostrar el regreso de los refugiados iraquíes de Jordania a pelear por su tierra a pesar de ser opositores al régimen del partido Baath, los funerales con movilizaciones masivas en las calles de Bagdad o Nasiriya, el importante despliegue de las milicias fedaiyines que se han convertido en una de las piezas fundamentales de la resistencia militar, el creciente odio que despierta en la población el ejército de la “coalición” aún en aquellos que apoyaban al principio la intervención norteamericana, cuestiones todas que podrían profundizarse considerablemente si el ejército norteamericano decide entrar a las ciudades o someterlas a un sitio devastador como el que ya se está sintiendo en la ciudad de Basora.
Así comienzan a describirlo, sin saberlo, algunos periodistas occidentales, como la corresponsal del diario La Nación en el sur de Irak. Esta dice: “La bandera blanca que lleva una carreta tirada por un burro puede ser un engaño. El vendedor de tomates podridos vestido con dishdasha -la típica túnica iraquí- puede ser un activista del partido Baath a punto de cometer un atentado contra los occidentales asaltándolos o, directamente, pegándoles un tiro. El hombre de la estación de servicio que te carga la nafta diciéndote: “Welcome, americans good”, haciendo con los dedos la V de la victoria, puede ser el ideólogo de una emboscada mortal. Así es el clima que se respira hoy en el sur de Irak.” (LN, 25/03/03) Estas imágenes hacen recordar la “batalla de Argelia”, la guerra de liberación nacional del pueblo argelino contra la ocupación colonial francesa en los ’60 o la guerra de Vietnam. ¿Se reeditarán estas luchas heroicas a las orillas del Tigris y el Eufrates?
No lo sabemos. Junto a la disposición de las masas y las fuerzas armadas del país agredido, para que se desarrolle esta perspectiva, los iraquíes deberían conseguir desde el punto de vista militar un “santuario” en algún país limítrofe que les dote de retaguardia, armas y alimentos -como fue Camboya en la guerra de Vietnam y la entrega limitada de armas de las burocracias rusa y china-, extendiendo las fronteras de la guerra. Si la resistencia iraquí se prolonga, esta perspectiva podría ser el subproducto de un proceso revolucionario en algún país, como Siria.
Pero el principal problema es político. A diferencia de Vietnam y Argelia, la dirección burguesa de Hussein es un obstáculo absoluto para transformar la guerra actual en una auténtica guerra de liberación nacional y social, carácter que en cierta medida tuvieron aquellas gestas revolucionarias a pesar de la dirección estalinista de Ho Chi Minh, en el primer caso o, la dirección nacionalista pequeñoburguesa de Ben Bella, en el segundo. En este caso, el carácter reaccionario de la dirección política y el objetivo limitado que ésta le imprime a la defensa del país, la supervivencia del régimen, deben ser superados al calor de la guerra ya que las masas no estarán dispuestas a enormes sacrificios sólo para defender a Saddam. De ahí la importancia de una dirección y un programa revolucionario que una el carácter progresivo de la lucha por la defensa de la nación oprimida contra el imperialismo con los métodos y los objetivos de la revolución proletaria.
Lo cierto es que el temor de que la actual guerra genere fuerzas sociales revolucionarias hostiles a la dominación imperialista ya ronda la cabeza de algunos analistas norteamericanos como el columnista David Ignatius, del Washington Post, quien se pregunta: “¿Se repetirán las dificultades en el sur en una mayor y más peligrosa escala en la decisiva batalla por Bagdad? ¿Los intentos americanos de destruir la determinación iraquí no terminarán en cambio fortaleciéndola, como a menudo sucede en la guerra? El desafío militar norteamericano, en los días o semanas que quedan del combate, debe ser evitar transformar el odio popular contra Hussein en resentimiento contra el “choque e intimidación” del coloso militar que ha venido a derribarlo.” (WP, 23/03/03). Lo que más alienta esta perspectiva es la movilización de las masas tanto en los países de la región como en los países imperialistas.



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