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Prefacio a la edición rusa

 


Este trabajo está consagrado a los destinos ulteriores de Inglaterra. Sin embargo, puede interesar al lector americano. En primer término, porque Inglaterra ocupa un lugar harto prominente en el mundo; después, porque los Estados Unidos y la Gran Bretaña forman una doble constelación en la cual el brillo de una estrella se aviva tanto más cuanto el de la otra declina.
 
La conclusión a que llego en mis inquisiciones es que Inglaterra camina a paso vivo hacia una época de grandes conmociones revolucionarias. Los policías ingleses y sus discípulo americanos dirán, naturalmente, que hago la propaganda de la revolución proletaria (como si se pudiera modificar desde fuera con ayuda de un libro, la tendencia del desenvolvimiento de un gran pueblo). En realidad, me limito a tratar de dilucidar, mediante el análisis de los factores de mayor importancia en el desarrollo histórico de Inglaterra, el camino de la historia adonde este país va empujado por las condiciones internas externas de su existencia. Lanzar con este motivo la acusación de ingerencia revolucionaria en los asuntos ajenos equivale aproximadamente a acusar de provocarlo al astrónomo que prevé un eclipse de sol.
 
No queremos decir, ya se entiende, que los fenómenos astronómicos sean idénticos a los fenómenos sociales. Los primeros acontecen fuera de nosotros; los segundos se desarrollan a través de nosotros. De ningún modo quiere esto expresar que los acontecimientos históricos acaecen conforme a nuestros deseos arbitrarios y pueden ser dirigidos por medio de libros. Se han publicado y se publican muchos más libros y periódicos teniendo por objeto la defensa y conservación del capitalismo, comprendido el capitalismo británico, que contra él. Así, sin embargo, no se resuelve la cuestión. Estas o aquellas ideas pueden sólo ejercer su influencia en la medida en que descansen sobre las condiciones materiales del desenvolvimiento social. Inglaterra camina hacia la revolución porque ha empezado en Inglaterra el crepúsculo del capitalismo. Y si fuera menester con este motivo buscar a los culpables, a la pregunta: “¿Quién empuja a
Inglaterra por el camino de la revolución?”, habría que responder: “No Moscú”, sino: “Nueva York”.
 
Esta respuesta parecerá paradójica. Sin embargo, expresa íntegramente la verdad. La poderosa presión, sin cesar creciente, de los Estados Unidos sobre el universo hace cada vez más desesperada, cada vez más insoluble la situación de la industria, del comercio, de la hacienda, de la diplomacia británicos.
 
Los Estados Unidos no pueden tender al engrandecimiento del mercado mundial, puesto que su propia industria correría el riesgo de sucumbir de una congestión pletórica. Los Estados Unidos no pueden ampliar su dominio sino a costa de los restantes países exportadores, y en primer lugar de Inglaterra. Las peroratas sobre el alcance revolucionario de unos folletos
“moscovitas”, si se piensa en el sistema patentado de Mr. Dawes, gracias al cual la vida económica de un gran pueblo queda presa en las tenazas de acero de una dirección americana, sólo pueden producir una sonrisa irónica. So capa de “pacificación” y “saneamiento” de Europa, se preparan las más grandes conmociones revolucionarias y militares, los mayores conflictos del mañana. Mr. Julius Barnes, familiar del Ministerio del Comercio de Washington, propone reservar a los deudores europeos de los
Estados Unidos las regiones del mercado mundial en las que los europeos, parientes pobres y entrampados, no entorpecerían la expansión de su acreedor transoceánico. Contribuyendo al restablecimiento del sistema monetario de Europa, los Estados Unidos no hacen sino aventar una tras otra las ilusiones de la inflación y ayudar a Europa a traducir su pobreza y su dependencia al lenguaje de una moneda firme. Ejerciendo presión sobre sus deudores o admitiéndoles moratorias, concediéndoles créditos o rehusándoselos, los Estados Unidos les crean una situación cada vez más apurada, cada vez más dependiente desde el punto de vista económico, situación sin salida en fin de cuentas y que constituye la condición previa de inevitables conmociones sociales, revolucionarias. La Internacional Comunista es actualmente una institución casi conservadora comparada con la formidable Bolsa de Nueva York. Mr. Morgan, Mr. Dawes, Mr. Julius son en la actualidad los auténticos forjadores de las futuras revoluciones europeas.
 
Su labor en Europa y en el mundo entero la llevan en gran parte a cabo los Estados Unidos en colaboración con Inglaterra y por su mediación. Empero, para Inglaterra esta colaboración no es sino la forma de una creciente dependencia. Cabe decir que Inglaterra introduce a los Estados Unidos en sus dominios. Cediendo su dominación mundial, los diplomáticos y los hombres de negocios británicos recomiendan a sus antiguos clientes el nuevo amo del mundo. La colaboración de América y de Inglaterra encubre el más profundo antagonismo mundial entre estas dos potencias y forja, para un porvenir que no está quizá muy lejos, graves conflictos.
 
No es este prefacio el lugar adecuado para hablar de los destinos de América misma. Es evidente que en parte alguna se siente el capital más seguro que allí. El capital americano se ha desarrollado prodigiosamente, se ha fortalecido profusamente, primero a expensas de la guerra europea, ahora gracias a la “pacificación” y a la reconstrucción” de Europa. Mas el capitalismo americano, a pesar de toda su potencia, no es un sistema que se basta a sí mismo; por el contrario sólo constituye una parte de la economía mundial. Es más: a medida que se desarrolla la potencia de la industria de los Estados Unidos, su dependencia respecto del mercado mundial se hace más estrecha y profunda. Acorralando cada vez más a Europa en un callejón sin salida, el capitalismo americano prepara guerras y conmociones revolucionarias que a continuación repercutirán con terrible rebote en la economía de los Estados Unidos. Tal es la perspectiva para América misma. En la línea del desenvolvimiento revolucionario, América viene en segundo lugar. La burguesía americana tendrá aún la posibilidad de observar el hundimiento de su hermana mayor europea. Pero también para el capital americano sonará la hora ineluctable. Los magnates de los trusts americanos, los grandes plantadores, los petroleros, los exportadores, los multimillonarios de Chicago y de San Francisco cumplen irresistiblemente, aunque inconscientemente, su misión revolucionaria. El proletariado americano acabará, al fin de los fines, por llenar la suya.
 
L. Trotsky



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