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Prefacio a la edición rusa de 1905

Moscú, 12 de enero de 1922

 

Este prefacio fue escrito para la edición de 1922 del libro 1905. Tomado de la versión publicada en 1905, Resultados y perspectivas, Tomo I, p. 11, Ediciones Ruedo Ibérico, Francia, 1971.

 

Los acontecimientos de 1905 se presentan como el grandioso prólogo del drama revolucionario de 1917. Durante los largos años de reacción triunfante que le siguieron, 1905 permaneció siempre ante nuestras miradas como un todo acabado, como el año de la revolución rusa. En la actualidad, ya no tiene 1905 ese carácter individual y esencial, sin haber perdido por ello su importancia histórica. La revolución de 1905 surgió directamente de la guerra ruso-japonesa y, del mismo modo, la revolución de 1917 ha sido el resultado inmediato de la gran matanza imperialista. Así, por sus orígenes como por su desarrollo, el prólogo contenía todos los elementos del drama histórico del que hoy somos espectadores y autores. Pero estos elementos se ofrecían en el prólogo en forma abreviada, todavía sin desarrollar. Todas las fuerzas componentes que entraron en escena en 1905, se hallan hoy iluminadas con una luz más viva por el reflejo de los acontecimientos de 1917. El Octubre rojo, como le llamábamos ya entonces, creció convirtiéndose, doce años más tarde, en un Octubre incomparablemente más grandioso y verdaderamente triunfante.

Nuestra gran ventaja en 1905, en la época del prólogo revolucionario, consistió en que los marxistas estábamos armados con un método científico para el estudio de la evolución histórica. Y ello nos permitía establecer una explicación teórica de las relaciones sociales que el movimiento de la historia no nos presentaba más que por indicios y alusiones. Muy pronto, la caótica huelga de julio de 1903[1], en el mediodía de Rusia, nos había proporcionado la ocasión de apreciar que el método esencial de la revolución rusa sería una huelga general del proletariado, transformada inmediatamente en insurrección. Los acontecimientos del 9 de enero[2], confirmando de forma asombrosa estas previsiones, nos llevaron a plantear en términos concretos la cuestión del poder revolucionario. A partir de ese momento, en las filas de la socialdemocracia rusa, se busca y se investiga activamente cuál es la naturaleza de la revolución rusa y cuál su dinámica interna de clase. Fue precisamente en el intervalo que separa el 9 de enero y la huelga de octubre de 1905, cuando el autor llegó a concebir el desarrollo revolucionario de Rusia bajo la perspectiva fijada a continuación por la teoría llamada "de la revolución permanente". Esta designación, ciertamente algo abstrusa, quería expresar que la revolución rusa, obligada en primer término a considerar en su porvenir más inmediato determinados fines burgueses, no podría sin embargo detenerse ahí. La revolución no resolvería los problemas burgueses que se presentaban ante ella en primer plano más que llevando el proletariado al poder. Y una vez que éste se hubiera apoderado del poder, no podría limitarse el marco burgués de la revolución. Bien al contrario, y precisamente para asegurar su victoria definitiva, la vanguardia proletaria debería, desde los primeros días de su dominación, penetrar profundamente en los dominios prohibidos de la propiedad, tanto burguesa como feudal. En estas condiciones, era inevitable el encuentro con manifestaciones hostiles por parte de los grupos burgueses que la sostuvieran en el comienzo de su lucha revolucionaria, y por parte asimismo de las masas campesinas cuya cooperación la habría empujado hacia el poder. Los intereses contradictorios que dominaban la situación de un gobierno obrero, en un país atrasado en que la inmensa mayoría de la población se componía de campesinos, no podían conducir a una solución sino en el plano internacional, sobre el fondo de una revolución proletaria mundial. Cuando, en virtud de la necesidad histórica, hubiera desbordado la revolución rusa los estrechos límites que le fijaba la democracia burguesa, el proletariado triunfante se vería obligado a quebrar igualmente el marco de la nacionalidad, es decir, debería dirigir conscientemente su esfuerzo de manera que la revolución rusa se convirtiese en el prólogo de la revolución mundial.

Aunque exista un intervalo de doce años entre este juicio y los hechos, la apreciación que acabamos de exponer ha sido plenamente confirmada. La revolución rusa no ha podido limitarse a un régimen de democracia burguesa; ha tenido que transmitir el poder a la clase obrera. Y si ésta se mostró en 1905 demasiado débil para conquistar el lugar que le correspondía, ha podido afirmarse y madurar, no en la república de la democracia burguesa, sino en los ocultos refugios en que la confinaba el zarismo del 3 de junio. El proletariado alcanzó el poder en 1917 gracias a la experiencia adquirida por sus mayores en 1905. Los jóvenes obreros necesitan poseer esta experiencia, necesitan conocer la historia de 1905.

He decidido añadir a la primera parte de este libro dos artículos[3] de los que uno (relativo al libro de Cherevanin*) se imprimió en 1908 en la revista de Kautsky* Neue Zeit, y otro, consagrado a establecer la teoría de "la revolución permanente", y en el que el autor polemiza con los representantes de la opinión que entonces dominaba a este respecto en la socialdemocracia rusa, se publicó (creo que en 1909) en una revista del partido polaco, cuyos inspiradores eran Rosa Luxemburgo* y Leo Ioguiches*. Estos artículos permitirán, a mi juicio, al lector orientarse con mayor facilidad en el conflicto de ideas que tuvo lugar en el seno de la socialdemocracia rusa, durante el período que siguió inmediatamente a la primera revolución, y arrojarán asimismo alguna luz sobre ciertas cuestiones extremadamente graves que se discuten en la actualidad. La conquista del poder no fue en modo alguno improvisada en octubre de 1917, como tantos se imaginan; la nacionalización de las fábricas y de las factorías por la clase obrera triunfante, no fue tampoco un "error" del gobierno obrero que se habría negado a escuchar las advertencias de los mencheviques. Estas cuestiones se discutieron, recibiendo una solución de principio, a lo largo de un período de quince años.

Los conflictos de ideas relativos al carácter de la revolución rusa rebasaron desde un comienzo los límites de la socialdemocracia rusa, alcanzando a los elementos avanzados del socialismo mundial. La forma en que los mencheviques concebían la revolución fue expuesta a conciencia, es decir, con toda su vulgaridad, por el libro de Cherevanin. En seguida, apresuradamente, los oportunistas alemanes adoptaron esta perspectiva. A propuesta de Kautsky, hice la crítica de este libro en Neue Zeit. Entonces Kautsky se mostró totalmente de acuerdo con mi apreciación. También él, como el fallecido Mehring*, se adhería al punto de vista de “la revolución permanente”. Ahora, un poco tarde, Kautsky pretende unirse en el pasado a los mencheviques. Pretende disminuir y tragarse de nuevo su ayer al nivel de su hoy. Pero esta falsificación exigida por las inquietudes de una conciencia que, ante sus propias teorías, no se encuentra demasiado pura, está al descubierto gracias a los documentos que subsisten en la prensa. Lo que en aquella época escribía Kautsky, lo mejor de su actividad literaria y científica (la respuesta al socialista polaco Lusnia, los estudios sobre los obreros americanos y rusos, la respuesta a la encuesta de Plejanov* sobre el carácter de la revolución rusa, etc.), todo lo cual fue y sigue siendo una implacable refutación del menchevismo, y justifica completamente, desde el punto de vista teórico, la táctica revolucionaria adoptada más tarde por los bolcheviques, a los que estúpidos y renegados, con el Kautsky de hoy a su cabeza, acusan ahora de ser aventureros, demagogos, sectarios de Bakunin*.

Figura como tercer suplemento un artículo titulado La lucha por el poder[4], publicado en 1915 en París por el periódico ruso Nache Slovo y que trata de demostrar que las relaciones políticas, esbozadas de forma bastante nítida en la primera revolución, deben encontrar su confirmación definitiva en la segunda.

 
En lo que concierne a las formas de la democracia, el presente libro se halla lejos de ofrecer la claridad necesaria, claridad que igualmente falta en el movimiento cuyo aspecto general se ha pretendido fijar. Es fácil de comprender: sobre esta cuestión, nuestro partido no había logrado aún hacerse una opinión plenamente motivada diez años más tarde, en 1917. Pero esta insuficiencia de luz o de expresión no procedía de una actitud preconcebida. Desde 1905, nos habíamos alejado infinitamente del misticismo de la democracia; nos representábamos la marcha de la revolución, no como una realización de las normas absolutas de la democracia, sino como una lucha de clases, durante la cual serían utilizados provisionalmente los principios y las instituciones de la democracia. En aquella época, poníamos por delante, de forma determinada, la idea de la conquista del poder por la clase obrera ; estimábamos que esta conquista era inevitable y, para llegar a esta deducción, lejos de basarnos en las probabilidades que presentara una estadística electoral según "el espíritu democrático", considerábamos únicamente las relaciones de clase a clase. Los obreros de Petersburgo, desde 1905, llamaban a su "gobierno proletario". Esta denominación circuló entonces y se hizo de uso familiar, pues entraba perfectamente en el programa de la lucha para la conquista del poder por la clase obrera. Pero, al mismo tiempo, oponíamos al zarismo el programa político de la democracia en toda su extensión (sufragio universal, república, milicias, etc.). No podíamos obrar de otro modo. La política de la democracia es una etapa indispensable para el desarrollo de las masas obreras, siempre a condición de que se admita una reserva esencial : saber que, en ciertos casos, hacen falta decenas de años para recorrer esta etapa, mientras que en otras circunstancias la situación revolucionaria permite a las masas liberarse de los prejuicios democráticos incluso antes de que las instituciones de la democracia hayan tenido tiempo de establecerse y realizarse. El régimen gubernamental de los socialistas revolucionarios y de los mencheviques rusos (de marzo a octubre de 1917) comprometió integralmente a la democracia antes de que ésta hubiera podido fundirse y solidificarse en las formas de la república burguesa. Pero, incluso a lo largo de este período que precedió inmediatamente al golpe de Estado proletario, nosotros, que habíamos escrito en nuestro estandarte "Todo el poder a los soviets ", marchábamos aún bajo las enseñas de la democracia, sin poder ofrecer ni a las masas populares ni a nosotros mismos una respuesta definitiva a la pregunta: ¿Qué sucedería si el engranaje de la democracia no se ajustase a la rueda del sistema socialista? Cuando escribíamos nuestro libro, así como mucho más tarde, bajo Kerensky*, se trataba para nosotros esencialmente de preparar la conquista del poder por la clase obrera; la cuestión jurídica permanecía en un plano secundario, y no nos preocupábamos en absoluto de hallar solución a cuestiones embarazosas por sus aspectos contradictorios, cuando debíamos ocuparnos de la lucha por superar obstáculos materiales.

La disolución de la Asamblea Constituyente fue la realización revolucionaria brutal de un designio que hubiera podido ser realizado de otro modo, con aplazamientos, con una preparación electoral conforme a las necesidades revolucionarias. Pero se desdeñó precisamente este aspecto jurídico de la lucha, y el problema del poder revolucionario se planteó abiertamente; por otra parte, la dispersión de la Asamblea Constituyente por las fuerzas armadas del proletariado exigió a su vez una revisión completa de las relaciones que podían existir entre la democracia y la dictadura. La Internacional proletaria, a fin de cuentas, no podía sino ganar con esta situación, tanto en la teoría como en la práctica.

 

La historia de este libro se presenta en dos palabras, como sigue: la obra fue escrita en 1908-1909, en Viena, para una edición alemana que apareció en Dresde. El fondo del libro alemán estuvo constituido por varios capítulos del libro ruso Nuestra Revolución (1907), pero con considerables modificaciones, introducidas a fin de adaptar la obra a los hábitos del lector extranjero. La mayor parte del libro tuvo que ser escrita de nuevo. Para publicar esta nueva edición rusa ha sido preciso reconstruir el texto, en parte siguiendo los manuscritos que se habían conservado, en parte traduciendo otra vez del alemán. Recurrí para ello a la colaboración del camarada Rumer, que ha ejecutado el trabajo con notable cuidado. Todo el texto ha sido revisado por mí.

 

 

L. Trotsky

 

 

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[1] La huelga del 3 de julio de 1903 se inscribe en una etapa de creciente agitación revolucionaria signada por huelgas y movilizaciones obreras, caracterizadas por la transformación de las huelgas económicas en huelgas políticas contra el zarismo.

[2] El 9 de enero de 1905 los obreros de Petrogrado protagonizaron una manifestación que peticionaba al zar, entre otras demandas, la jornada de 8 horas y el derecho de huelga. La manifestación estaba dirigida por el cura Gapón. En ella participaron activamente los socialdemócratas. Los manifestantes fueron reprimidos por las fuerzas zaristas en lo que se conoce como el “domingo sangriento”.

[3] Se refiere a los artículos El proletariado y la revolución rusa y Nuestras diferencias. Ver respectivamente en la pág. 133 y la pág. 144 de esta edición.

[4] 5. Ver pág. 155 de esta edición.



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