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Prólogo

 

Georg Lukács[1]

Este texto fue extraído del libro Lenin, de Georg Lukács, Colección de Ensayos de los tiempos nuevos, Ediciones La Rosa Blindada, Buenos Aires, 29 de mayo de 1968.

 

Las observaciones que expongo nunca tuvieron la pretensión de tratar a fondo la teoría y la práctica de Lenin. Tan sólo intentan demostrar –en sus grandes líneas- la conexión entre la teoría y la práctica de Lenin, partiendo de la convicción de que justamente este nexo no está presente en toda su claridad en la conciencia de numerosos comunistas. Un estudio real de todos estos problemas sobrepasaría el sólo cuadro de estas páginas, y no disponemos para tal fin de documentos, sobre todo en el caso de los que no tienen acceso a la obra completa de Lenin, sino a través de traducciones. La historia de Lenin debe situarse nuevamente en el contexto histórico de los últimos treinta o cuarenta años transcurridos.

Esperemos que un estudio correcto de este período no habrá de hacerse esperar demasiado. El autor de estas observaciones tiene también una profunda conciencia de la dificultad que implica tratar problemas particulares antes de que el conjunto del cual forman parte no haya sido aclarado, de la dificultad que radica en vulgarizar cualquier cosa antes de que el tema vulgarizado haya sido tratado con todo el rigor científico requerido. Por tal motivo no hemos intentado aquí presentar la totalidad de los problemas que han ocupado la vida de Lenin, ni la sucesión histórica precisa de su aparición. La elección de esos problemas y la forma en que se siguen y se desprenden los unos de los otros nos han sido dictados tan sólo por la perspectiva y la ilusión de presentarlos en un conjunto tan nítido como sea posible. No es necesario decir que la elección de las citas ha seguido esta perspectiva y no la indicada por la precisión cronológica.

Viena, Febrero 1924.

I
La Actualidad de la revolución

El materialismo histórico es la teoría de la revolución proletaria y su esencia constituye el resumen conceptual de ese ser social que produce al proletariado, que determina la existencia entera del proletariado; lo es porque el proletariado que lucha por su liberación encuentra en él una clara conciencia de sí mismo. La grandeza de un pensador proletario, de un representante del materialismo histórico, se mide en consecuencia por la profundidad y la envergadura de su visión de estos problemas. Se mide asimismo por la intensidad y la justeza con que es capaz de percibir correctamente, detrás de los fenómenos de la sociedad burguesa, esas tendencias de la revolución proletaria que, en estos fenómenos y por medio de ellos, se elevan hasta la existencia eficaz y la conciencia clara.

Según estos criterios, Lenin es el pensador más grande que haya producido el movimiento obrero revolucionario después de Marx. Algunos oportunistas, que no son capaces de ocultar a los ojos del mundo su importancia, ni limitarse a charlar sutilmente sobre él, dicen que Lenin ha sido un gran hombre político ruso, pero que le faltaba, para ser el líder del proletariado mundial, el discernimiento necesario para captar la diferencia entre Rusia y los países capitalistas avanzados, que ha generalizado –y éste sería su límite desde el punto de vista histórico- sin ninguna crítica, los problemas y las soluciones de la realidad rusa y las ha aplicado al mundo entero.

Olvidad –es algo que se olvida hoy con razón- que, en su tiempo, el mismo reproche fue hecho contra Marx. Se decía que Marx había extraído, sin ninguna crítica, de observaciones sobre la vida económica inglesa y las fábricas inglesas, leyes generales para la evolución de la sociedad; las observaciones podían ser en sí completamente justas, pero se hacían necesariamente falsas cuando se las presentaba como leyes generales. En la actualidad resulta superfluo refutar detalladamente este error y analizar el hecho de que Marx en ningún modo “generalizó” experiencias tomadas aisladamente y limitadas en el tiempo y el espacio. Por el contrario, Marx percibió –según el método de trabajo de los genios históricos y políticos auténticos- desde un punto de vista teórico y también histórico el macrocosmos del capitalismo general a través del microcosmos de la fábrica inglesa, de sus presupuestos, de sus condiciones y de sus consecuencias sociales, así como a través de las tendencias históricas que conducen a su nacimiento y las que vuelven problemática su existencia.

Pues es justamente esto lo que distingue al genio del simple adocenado de la ciencia o de la política. Este último puede tan sólo comprender y distinguir los momentos del devenir social en sus datos inmediatos y cuando se los considera aisladamente. Y si quiere remontarse a conclusiones generales, no hace más que interpretar de modo totalmente abstracto como “leyes generales” ciertos aspectos de un fenómeno limitado en el espacio y en el tiempo, y aplicarlas como tales. En cambio, el genio que tiene una conciencia clara de la verdadera tendencia general de un época, tendencia cuya influencia es viva, la ve actuar detrás del conjunto de los acontecimientos de su tiempo; en consecuencia trata por igual los problemas fundamentales decisivos de todo el período, aún en los casos en que tiene intención de hablar tan sólo de los problemas del día.

En la actualidad, sabemos que la grandeza de Marx reside en esto. Marx captó, basándose en la estructura de la fábrica inglesa, todas las tendencias decisivas del capitalismo moderno y la interpretó. Marx tuvo siempre presente en su espíritu la totalidad del desarrollo capitalista. Es por este motivo que pudo percibir a la vez, en cada fenómeno de ese desarrollo, su totalidad y, en su estructura, su evolución.

Pero hay muy pocas personas enteradas hoy que Lenin ha realizado en nuestra época lo que Marx realizó respecto de la evolución general del capitalismo. Lenin siempre vio los problemas de toda la época en los problemas de la evolución de la Rusia moderna –desde el problema del nacimiento del capitalismo en un cuadro absolutista a medias feudal, hasta los problemas d la realización del socialismo en un país rural atrasado: la entrada en la última fase del capitalismo y las posibilidades de orientar el enfrentamiento decisivo, que se ha vuelto inevitable, entre la burguesía y el proletariado, a beneficio de éste, y para bien de la humanidad.

Lenin, no más que Marx, jamás generalizó experiencias locales particulares de Rusia, limitadas en el espacio y en el tiempo. Con una perspicacia genial discernió en el lugar y en el momento de sus primeros efectos el problema fundamental de nuestra época: la cercanía de la revolución. Y es en esta perspectiva, en la perspectiva de la actualidad de la revolución, que comprendió todos los fenómenos, tanto rusos como internacionales, y los hizo comprensibles.

La actualidad de la revolución: ésta es la idea fundamental de Lenin, y también el punto decisivo que lo une a Marx. Pues el materialismo histórico, en tanto que expresión teórica de la lucha por la emancipación del proletariado, no podía ser captado y formulado teóricamente sino en el instante histórico en que había sido puesto en el primer planto de la historia por su actualidad práctica. En un momento en que, según las palabras de Marx, no sólo se muestran las miserias del proletariado, la miseria misma, sino el aspecto revolucionario “que habrá de derrocar la vieja sociedad”. Sin duda hacía falta la visión intrépida del genio para captar la actualidad de la revolución proletaria. Pues la revolución proletaria sólo es visible para el común de los mortales cuando las masas obreras están ya dispuestas a luchar en las barricadas. Y estos individuos medios son tanto más ciegos cuando han sido sometidos a una formación marxista vulgar. Pues los fundamentos de la sociedad burguesa son a los ojos del “marxista vulgar” tan indestructibles que, inclusive en el momento en que sus resquebrajaduras se manifiestan de manera evidente, él tan sólo anhela el retorno a su estado “normal”; este marxista no ve en estas crisis nada más que episodios pasajeros, y hasta en este período considera la lucha como una rebelión irrazonable de hombres poco serios contra el capitalismo invencible. A los combatientes de las barricadas los ve como extraviados; la revolución aplastada es un “error”; y los “marxistas vulgares” tratan a los constructores del socialismo en una revolución victoriosa de criminales, pues a sus ojos la victoria sólo puede ser efímera.

Por lo tanto, el materialismo histórico pone –por lo pronto como teoría- la actualidad universal de la revolución proletaria como premisa. En este sentido la actualización de la revolución proletaria constituye el centro de la doctrina marxista, como fundamento objetivo de todo el período, y al mismo tiempo como clave para su entendimiento. Sin embargo, a pesar de toda esta restricción que se ha expresado en el rechazo franco de todas las ilusiones no fundamentadas, en la condenación severa de toda tentativa de golpe de Estado, la interpretación oportunista se aferra, en los detalles, a los pretendidos errores de las previsiones particulares de Marx, a fin de extirpar absoluta y radicalmente, por este medio indirecto, la revolución de todo el edificio marxista. Y en esto los defensores “ortodoxos” de Marx se encuentran a medio camino con sus críticos. ¿Acaso Kautsky no explicó a Bernstein que es posible abandonar tranquilamente al porvenir la decisión de la dictadura del proletariado (a un porvenir muy lejano, por supuesto)?

Lenin ha restaurado la pureza de la teoría marxista. Y la ha concebido precisamente en este punto con más claridad y más concreción. No es que haya tratado de una manera u otra de corregir a Marx. Simplemente ha hecho entrar en esta teoría la marcha continua de la historia a partir de la muerte de Marx. Y esto significa que la actualidad de la revolución proletaria no es, de ahora en adelante, un horizonte de la historia universal que se eleva por encima de la clase obrera que busca la emancipación, sino que la revolución ya se ha convertido en un punto del orden del día en el movimiento obrero. Lenin podía sin incomodidad soportar el reproche de blanquismo[2], etc., que le valió esta posición fundamental, ya que se encontraba aquí en buna compañía junto a Marx, que fue acusado de blanquista en relación a “ciertos aspectos de su actividad”. Por un lado, ni Lenin ni Marx se han representado nunca la actualidad de la revolución proletaria y sus objetivos finales como si fuera posible realizarla en cualquier forma y en cualquier momento. Por otra parte, tanto para el uno como para el otro, la actualidad de la revolución proporciona el criterio seguro para las decisiones en todas las acciones cotidianas. La actualidad de la revolución indica la nota dominante de toda una época. Tan sólo la relación de las acciones aisladas con este punto central, que no puede ser encontrado sino mediante el análisis preciso del conjunto histórico social, hace que las acciones aisladas sean revolucionarias o contrarrevolucionarias. La actualidad de la revolución significa, en consecuencia, esto: tratar todo el problema cotidiano particular en relación concreta con la totalidad histórica social; considerarlos como momentos en la emancipación del proletariado. El enriquecimiento que el marxismo deba a Lenin consiste simplemente -¡simplemente!- en el nexo más íntimo, más visible y más cargado de consecuencias de las acciones aisladas con el destino general, el destino revolucionario de la clase obrera en su totalidad. Significa simplemente que cada cuestión actual –por lo pronto en la medida que es una cuestión del orden del día- se ha vuelto, a la vez, un problema fundamental de la revolución. 

La evolución del capitalismo ha convertido a la revolución proletaria en un punto del orden del día. Lenin no es el único en haber previsto la cercanía de esta revolución. De todos modos se distingue por su valor, su devoción y su abnegación, no sólo de quienes –en el momento en que la revolución proletaria proclamada por ellos como teoría ha entrado en su fase práctica- huyen cobardemente, sino que se distingue también por su claridad teórica de los mejores revolucionarios contemporáneos, los más lúcidos y los más fervientes. Pues hasta estos mismos no han reconocido la revolución proletaria nada más que en la manera en que Marx la concibió en su época: como problema fundamental de todo el período. Pero fueron incapaces de hacer de este conocimiento –exacto en la perspectiva de la historia mundial, pero tan sólo en esta perspectiva- el hilo conductor seguro para regular todas las cuestiones del día, tanto las cuestiones políticas como las tácticas, las de agitación y las de organización. Tan sólo Lenin ha dado el paso adelante hacia la concretización del marxismo, que actualmente se ha vuelto del todo práctico. Por lo tanto Lenin, es según una escala histórica mundial, el único teórico a la altura de Marx, que haya producido hasta el momento la lucha por la emancipación del proletariado.



[1] Georg Lukács (1885-1971). Filósofo húngaro, escritor, y crítico literario. Adhirió al marxismo, al principio sosteniendo posiciones ultraizquierdistas. Más tarde, se alineó con Lenin. Fue comisario del Pueblo de Cultura y Educación en el gobierno socialista de breve duración de Hungría en 1919. Luego de la muerte de Lenin, apoyó la teoría del socialismo en un solo país de Stalin. En 1949 fue nombrado miembro del Consejo Mundial por la Paz. Sin embargo, años más tarde se sumó a la oposición contra el stalinismo. Entre 1949 y 1956 fue miembro del parlamento húngaro, de la presidencia de la Academia Húngara de Ciencias y del Consejo Nacional del Frente Popular Patriótico. Participó de la Revolución Húngara de 1956 contra la represión del stalinismo. Algunos años más tarde realiza una autocrítica de su obra Historia y conciencia de clase, escrita en 1922.

[2] Los marxistas utilizan el término “blanquismo” en referencia a la teoría que propugna la insurrección armada por pequeños grupos de conspiradores selectos y entrenados, en oposición a las que plantea que la revolución si basa en la acción y la organización de las masas. Los reformistas, en cambio lo utilizan como epíteto dirigido contra los revolucionarios, los mencheviques por ejemplo, acusaban a Lenin y a Trotsky de blanquistas porque realmente querían hacer la revolución. Esta teoría debe su nombre a Louis August Blanqui (1805-1881), quien participó en diversas insurrecciones en el siglo XIX y pasó en prisión treinta y tres de sus sesenta y seis años de vida.



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