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Prólogo

 

LA TERCERA INTERNACIONAL DESPUÉS DE LENIN (o EL GRAN ORGANIZADOR DE DERROTAS)

 

La presente obra comprende cuatro partes independientes una de otra, pero que presentan, no obstante, una unidad indisoluble: en su conjunto está consagrada a los problemas fundamentales de la Internacional Comunista. El libro abarca todos los aspectos de la actividad de la Internacional Comunista: su programa, su estrategia y su táctica, su organización y los miembros de su dirección. Por el hecho que el Partido Comunista soviético, partido dirigente de la Unión Soviética, juega un papel decisivo, en todos los aspectos, como partido principal de la Internacional Comunista, el presente trabajo incluye también una apreciación de su política interior durante el último período, el que se abre con la enfermedad y muerte de Lenin. En este sentido, al menos así lo espero, la obra constituye un conjunto bastante completo.

Mi trabajo no ha sido publicado en ruso: fue escrito en este período (1928) en el que las obras marxistas se han convertido ya, en la República soviética, en el tipo de publicaciones más prohibido de todos. Con el fin de asegurar una cierta difusión a mis textos, he puesto como las dos primeras partes de este libro documentos oficiales dirigidos al VI Congreso de la Internacional Comunista, que se reunió en Moscú durante el verano del año pasado. La tercera y la cuarta partes, escritas después del Congreso, han circulado de mano en mano en forma de manuscrito. La transmisión de estos manuscritos entrañaba y entraña todavía la deportación a los rincones perdidos de Siberia, e incluso, en los últimos tiempos, la dura reclusión en el presidio de Tobolsk.

Únicamente la segunda parte, es decir, la “Crítica del programa”, ha sido publicada en alemán. Hasta el momento actual, el libro en su conjunto sólo ha conocido el estado de manuscrito, de una vida embrionaria. Aparece por primera vez en la forma que le da la edición francesa. No obstante, y dado que mis diferentes manuscritos han penetrado por vías diversas en países de Europa y América y en China occidental, debo declarar aquí que la presente edición francesa es la primera y la única de la que puedo responsabilizarme ante los lectores.

Por decisión del VI Congreso, el proyecto de programa criticado en este libro se ha convertido en el programa oficial de la Internacional. Mi crítica no ha perdido, por tanto, nada de su actualidad. Bien al contrario. Todos los errores fatales del proyecto han sido mantenidos: se encuentran simplemente fundamentados en derecho y consagrados como artículos de fe. En el Congreso, la Comisión del Programa planteó la cuestión de saber qué había que hacer con una crítica cuyo autor no sólo había sido excluido de las filas de la Internacional Comunista, sino que se encontraba exiliado en Asia Central. Algunas voces tímidas y aisladas se elevaron para decir que también hay que aprender de los adversarios, y que las opiniones correctas continúan siéndolo sea la que sea la personalidad de quien las formula. Pero otro grupo mucho más sólido iba a triunfar casi sin resistencia y sin lucha. Una vieja señora respetable (la que en otro tiempo fue Clara Zetkin) declaró que no podían considerarse correctas ideas que proviniesen de Trotsky. Simplemente ejecutaba la tarea que le había sido encomendada entre bastidores. Es el método de Stalin: confiar las tareas indignas a personas de una dignidad indiscutible. La voz tímida de la razón se calló pronto y, cerrando los ojos, la Comisión dejó de lado mi crítica. Por esto, todo lo que he dicho sobre el proyecto mantiene plena vigencia cuando se trata del programa oficial. Este programa no tiene ninguna consistencia teórica y es políticamente perjudicial; debe ser cambiado y lo será.

Los delegados del VI Congreso, “por unanimidad” como siempre, condenaron una vez más al “trotskysmo”: es para eso para lo que habían sido llamados a Moscú. En su mayor parte, sólo ayer o anteayer pisaron por primera vez la arena política. Ni uno solo de estos delegados ha tomado parte en la fundación de la Internacional Comunista; son muy pocos los que han participado en uno o dos de los cuatro congresos que se desarrollaron bajo la dirección de Lenin. Todos son reclutas del nuevo curso político y de los agentes de la organización del nuevo régimen. Al acusarme (o, más exactamente, al firmar la acusación lanzada contra mí) de haber violado los principios leninistas, los delegados del VI Congreso han dado una prueba de docilidad, más que de claridad, en sus ideas teóricas o de conocimiento de la historia de la Internacional Comunista.

Hasta el VI Congreso, la Internacional no había tenido un programa codificado; los manifiestos y las resoluciones de principios lo suplían: los dos primeros congresos dirigieron manifiestos a la clase obrera internacional (el manifiesto del II Congreso, en particular, presentaba todas las características de un programa). Yo había escrito estos documentos, que fueron aprobados sin enmiendas por nuestro Comité Central y ratificados por los dos primeros congresos, asambleas cuya importancia constitutiva fue remarcable.

El III Congreso aprobó las cuestiones estratégicas y tácticas relativas a los problemas fundamentales del movimiento obrero mundial. Yo intervine en ese Congreso para defender las tesis que yo mismo había elaborado. Las enmiendas que fueron propuestas (no en el mejor sentido) estaban dirigidas tanto contra Lenin como contra mí. Abordando de forma resuelta la batalla contra la oposición de entonces (representada por Thaelmann, Bela Kun, Pepper y otros confusionistas), Lenin y yo logramos hacer aprobar mis tesis por el Congreso casi por unanimidad.

Lenin compartió conmigo la presentación del informe principal al IV Congreso, informe consagrado a la situación de la República de los Soviets y a las perspectivas de la revolución mundial. Intervinimos hombro con hombro, y me tocó elaborar las conclusiones después de cada uno de los dos informes. Inútil decir que estos documentos (piedra angular de la Internacional Comunista), elaborados por mí o con mi colaboración, exponían y aplicaban las mismas bases del marxismo que los reclutas del período estalinista condenan hoy bajo el título de “trotskysmo”.

No es superfluo añadir que el actual dirigente de estos reclutas no tuvo la más mínima participación (ni directa ni indirecta) en los trabajos de la Internacional Comunista no sólo en los congresos y comisiones, sino tampoco en las tareas preparatorias cuyo mayor peso recaía sobre el partido ruso. No existe un sólo documento que pueda testimoniar la existencia de una actividad creativa de Stalin en los trabajos de los cuatro primeros congresos, ni siquiera un interés serio por su parte en los mismos.

Pero las cosas no terminan ahí. Si se toman las listas de los delegados a los cuatro primeros congresos, es decir, las listas de los primeros y más devotos amigos de la Revolución de Octubre, de los fundadores de la Internacional Comunista, de los colaboradores internacionales más próximos a Lenin, puede verse que, salvo una excepción, todos han sido (después de la muerte de Lenin) no sólo apartados de la dirección, sino también expulsados de la Internacional Comunista. Esto es cierto en la misma medida, tanto para la Unión Soviética, para Francia y Alemania como para Italia, Escandinavia o Checoslovaquia, para Europa como para América, ¡Así resulta que la línea leninista es atacada por aquellos que la elaboraron junto a Lenin! ¡Así resulta que la línea leninista va a ser defendida por aquellos que lucharon contra ella en tiempos de Lenin, o que sólo en los últimos años se adhirieron a la Internacional Comunista, no sabiendo lo que ha ocurrido antes ni pensado en lo que ocurrirá mañana!

Los resultados de los cambios de orientación política y del personal dirigente son demasiado bien conocidos. Desde principios de 1923 la Internacional Comunista no ha sufrido más que derrotas: en Alemania y en Bulgaria, en Inglaterra y en China. En otros países las derrotas no han sido tan dramáticas, pero también son graves. En todos los casos, la causa inmediata de esas derrotas ha sido la ceguera oportunista de la dirección. Queda decir que la más grave de esas derrotas es la que Stalin prepara dentro de la República Soviética: parece que se ha fijado como objetivo pasar a la historia con el título de gran organizador de derrotas.

***

En el interior de la República Soviética, los militantes de la Internacional Comunista leninista se encuentran en prisión, exiliados o deportados. En Alemania o en Francia las cosas no van tan lejos, pero no es por culpa de los Thaelmann ni de los Cachin Estos “jefes” exigen a la policía capitalista que no tolere la presencia de los compañeros de Lenin en el territorio de la democracia burguesa. En 1916. Cachin justificaba mi expulsión de Francia con argumentos furiosamente chovinistas; ahora exige que se me prohíba entrar en territorio francés: de esta manera no hace más que continuar su faena, como yo continúo la mía.

Como es bien sabido, durante el período de los cuatro primeros congresos yo estuve particularmente ligado a los asuntos franceses. Me tocó con frecuencia, junto con Lenin, estudiar los problemas del movimiento obrero francés. A veces, divertido en apariencia, pero permaneciendo serio en el fondo, Lenin me preguntaba: “¿No es usted demasiado indulgente con los veletas parlamentarios como Cachin?” Yo le respondía que los Cachin representaban solamente una pasarela provisional que permitía llegar a la masa de los obreros franceses y que, cuando surgiesen y se organizasen verdaderos revolucionarios, ellos barrerían de su camino a todos los Cachin y consortes. Ciertamente, por razones que son estudiadas en este libro, el asunto se prolonga en exceso, pero no dudo ni por un momento que los veletas serán tratados como merecen: el proletariado necesita herramientas de acero, no de hojalata.

El frente único de Stalin, de la policía burguesa, de Thaelmann y de Cachin contra los compañeros de Lenin es un hecho incontestable y de una importancia relativa en la Europa de hoy en día...

***

¿Cuál es la conclusión general a extraer de este libro? Desde diversos puntos se intenta atribuirnos el intento de crear una IV Internacional: es una idea enteramente falsa. El comunismo y el “socialismo” democrático representan dos profundas tendencias históricas, cuyas raíces se hunden en las relaciones entre las clases. La existencia y la lucha de la II y la III Internacional forman un largo proceso íntimamente ligado a la suerte de la sociedad capitalista. En un momento determinado, las tendencias intermedias o “centristas” pueden ejercer una gran influencia, pero esto no ocurre nunca por mucho tiempo. El intento de Friedrich Adler y compañía. de crear una Internacional intermedia (nº 2, 1/2 ) parecía prometer mucho al principio.., pero fracasó rápidamente. Aunque apoyándose sobre otras bases y otras tradiciones históricas, la política de Stalin se presenta como una variedad del mismo centrismo. Con la regla y el compás en la mano, Friedrich Adler intentó construir una diagonal política entre el bolchevismo y la socialdemocracia. Stalin, por su parte, no tiene unas pretensiones tan doctrinarias. La política estalinista es una sucesión de zigzags empíricos entre Marx y Vollmar, entre Lenin y Chiang Kai-Chek entre el bolchevismo y el socialismo nacional; pero si reducimos la suma de todos estos zigzags a su expresión fundamental, llegamos al mismo total aritmético: 2, 1/2. Después de todos los errores que ha cometido y todas las derrotas que ha provocado, el centrismo estalinista estaría liquidado políticamente desde hace mucho tiempo, de no haber tenido la posibilidad de apoyarse sobre los recursos ideológicos y materiales de un estado surgido de la Revolución de Octubre. Sin embargo, ni siquiera el aparato más potente puede salvar una política sin esperanza alguna. Entre el marxismo y el socialpatriotismo no hay lugar para el estalinismo. Después de haber atravesado una serie de pruebas y de crisis, la Internacional Comunista se liberará del yugo de una burocracia sin principios ideológicos, capaz solamente de ofrecer tirones, zigzags, represión y de preparar la derrota. No tenemos ninguna razón para construir la IV Internacional Continuamos y desarrollamos la línea de la III Internacional que hemos preparado durante la guerra y en cuya fundación hemos participado junto con Lenin, después de la Revolución de Octubre. No hemos dejado escapar el hilo de la herencia ideológica ni un solo instante. Nuestros juicios y nuestras previsiones han sido confirmados por hechos de una gran importancia histórica. Jamás hemos estado más firmemente convencidos de la justeza de nuestras ideas, y de lo inevitable que es su victoria, que en la actualidad, en estos años de persecución y de exilio.

L. T.
Constantinopla, 15 de abril de 1929.



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