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Proyecto de tesis sobre la situación nacional

 

A Contracorriente de la Historia

Documentos de la Liga Comunista Internacionalista 1930 - 1933


Fúlvio Abramo y Dainis Karepovs (compiladores)

Sin fecha, Documento discutido en la Primera Conferencia Nacional de la Liga Comunista, Sección Brasileña de la Oposición Internacional de Izquierda (Bolcheviques-leninistas). San Paulo, 06-10 de mayo de 1933.

 (Original dactilografiado, 9 p.)

 

El análisis marxista de la estructura social capitalista parte de su caracter sistemático a la expansión, como régimen económico, de su tendencia inmanente a sobrepasar los límites del Estado nacional. El marxismo llega así a la consideración de una unidad dialéctica más alta, la economía mundial, causa y efecto en el desarrollo de las fuerzas productivas, a escala mundial, y que no es la simple suma de las economías nacionales aisladas. Precisamente por eso, la lucha de clases se desarrolla en el plano internacional, no como repercusión de la lucha entablada entre cada proletariado contra su burguesía nacional, sino que refleja en el marco nacional el carácter concreto de la etapa alcanzada por el desarrollo de la economía mundial; en suma, por el grado alcanzado por el desarrollo de las fuerzas productivas, considerando el conjunto del mundo capitalista.

El imperialismo, última fase del capitalismo, se caracteriza políticamente en la fórmula leninista como una época de guerras y revoluciones, que conduce a la revolución socialista por la instauración de la dictadura del proletariado. Los epígonos que hoy dirigen la III Internacional pretenden imponer al desarrollo de la revolución el programa ecléctico de la escuela stalino-bujariniana, fórmula de la transacción entre el centro y la derecha del Partido Comunista ruso, es decir, el interés particular de conservación del aparato burocrático, ya separado de los intereses inmediatos de las masas, y la expresión política de los intereses de las clases enemigas de la dictadura del proletariado. La presión de esas clases no llega a condensarse en una institución política definida, solamente en la medida en que el proletariado detenta las principales palancas del comando del Estado Soviético (industria socializada, monopolio del comercio exterior, Ejército Rojo). El programa aprobado por el VI Congreso de la I. C., realizado después de la indispensable amputación del ala marxista del Partido, la Oposición de Izquierda, dio forma teórica a la reacción contra las tradiciones revolucionarias internacionalistas del bolchevismo; la dirección de la I. C. se sirvió de dos armas principales: la teoría del socialismo en un solo país (1), y el combate a la teoría “herética”, llamada “trotskista”, de la revolución permanente.

Definida en términos concretos, toda revolución es una lucha por el poder. Las clases actúan en esa lucha por medio de instituciones políticas determinadas por la situación histórica. La correlación de clases es la que, en último análisis, determina las formas políticas de la lucha.

Se puede considerar como etapa característica del desarrollo histórico de la lucha del proletariado contra la burguesía, en el siglo XIX, la fundación de la Liga de los Comunistas, por el carácter programático definitivo del “Manifiesto” de Marx y Engels. Pero sólo después de las revoluciones de 1848, donde se manifestó por primera vez, políticamente, la contradicción de sus objetivos inmediatos con los intereses de la burguesía nacional, se hizo posible, con la fundación de la I Internacional, la creación del instrumento capaz de hacer converger toda la acción política del proletariado en el sentido de sus objetivos propios en la lucha de clases.

El desarrollo de las instituciones políticas por medio de las cuales el proletariado actúa como fuerza social independiente (partidos, sindicatos, huelgas, manifestaciones de masas, consignas, tradiciones revolucionarias, etc.) se liga indisolublemente con el propio desarrollo del capitalismo que, considerado bajo este ángulo, se torna la evolución del proletariado para la dictadura (Trotsky). La dialéctica de la historia une así el conjunto de las condiciones subjetivas de la revolución al desarrollo objetivo del régimen capitalista. Sin embargo, concluir de esta relación dialéctica la necesidad del paralelismo entre el nivel del desarrollo técnico de cada país y la toma del poder por su proletariado, subordinando aquel nivel a las condiciones subjetivas de la revolución, fue el error teórico de los mencheviques, que lo corroboraron con la traición de 1917. El marxismo nada tiene en común con el vulgar fatalismo económico socialdemócrata.

El stalinismo, como doctrica política, es hermano gemelo del menchevismo: prepara y organiza las derrotas del proletariado, estrangula la revolución con la doctrina del socialismo nacional, utopía reaccionaria, revestida de un internacionalismo abstracto.

Así es que el dogma centrista de la subordinación de la actividad de los partidos comunistas al carácter general del desarrollo capitalista, es decir, de la subordinación de la estrategia revolucionaria, en cada país, a un tipo abstracto de capitalismo nacional, conduce a los partidos comunistas a una medida idealista para la evaluación de las fuerzas de la revolución y de sus tareas inmediatas. La distinción dada por el programa de la I. C. entre países maduros y países no maduros para el socialismo nada tiene de marxista (2). Al contrario, la revolución rusa, por la cual el proletariado del más atrasado de los grandes Estados europeos conquistó la dictadura de clase antes que los países capitalistas más adelantados, conjugada con la insurrección en el campo, confirmó cabalmente la perspectiva de la revolución permanente, en el sentido que Marx le daba: cada etapa revolucionaria está contenida en germen en la etapa anterior, y por eso mismo el desarrollo de la revolución no se interrumpe, y lleva directamente a la instauración de la dictadura del proletariado. La clase obrera, decía Trotsky en 1906, analizando la revolución de 1905, no podría asegurar el carácter democrático de su dictadura si no sobrepasaba el marco del programa democrático de la revolución.

El esquema stalinista reproduce, a grandes rasgos, el análisis menchevique de las fuerzas motrices de la revolución rusa; separa mecánicamente la dictadura democrática de la dictadura socialista, la revolución socialista nacional de la revolución internacional. Para ellos (los epígonos), dice Trotsky (La Révolution Permanente, ed. Franc., pág. 37), la conquista del poder en el marco nacional representa, en el fondo, no el acto inicial, sino el acto final de la revolución; enseguida, se abre el período de las reformas que van hasta la sociedad socialista nacional.

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En Brasil, los resultados de la acción del P.C. no llegan a revestir el carácter criminal de la política stalinista en China, por ejemplo, pero no es porque la dirección de los burócratas de la I.C. no se encuadre dentro del carácter general de la política centrista. Es que las manifestaciones de masas de la lucha de clases sólo llegaron a un grado rudimentario de desarrollo, y han tenido más bien un tinte de manifestaciones espontáneas del movimiento obrero. Así, si bien la debilidad interna del movimiento en su estado casi amorfo, y al que no fue dada aún una expresión política ponderable, puede ser explicada históricamente en la medida en que esa debilidad es función de las condiciones objetivas del desarrollo capitalista inserto en una economía colonial, está lejos de justificar la ausencia de un partido revolucionario capaz de forjar, en base al marxismo revolucionario, una vanguardia proletaria para ligarse a las masas explotadas, guiándolas y dirigiendo sus luchas. Si del análisis de sus fuerzas motrices y del examen de las tareas inmediatas de la Revolución en Brasil resultase como conclusión directa la constatación pesimista de que la conquista del poder es una perspectiva tan remota que prácticamente se torna despreciable, la dirección del P.C.B. tendría al menos el mérito de, firmando su propia sentencia de muerte como organización revolucionaria, ser lógica consigo misma. Pero, aún considerados objeto de discusión los retazos coloreados de rojo del acolchado con el que los burócratas de Montevideo(3) cubren su propia desnudez teórica, toda la actividad del P.C.B. se desarrolla bajo el doble signo de confusión y de esterilidad. De la política oportunista de la dirección de Astrogildo-Brandão, con su Kuomintang brasileño, su electoralismo, con su “columna Prestes”, y de la que se dice hoy, en fin, que fue una política “contrarrevolucionaria”, a la irresponsabilidad de la actual dirección, la “teoría de la espontaneidad” de la revolución es el resultado de los mil y un “análisis” de la situación brasileña (4). Si bien varía el diagnóstico, el pronóstico no varía nunca. La medicina es infalible. El razonamiento burocrático no va más allá del silogismo: el partido bolchevique hizo la revolución rusa – el P.C.B. está afiliado a la III Internacional nucleada por el P.C.R. (bolchevique). Luego nosotros, la dirección del P.C.B., debemos hacer la revolución en Brasil.

Ya en 1909 Lenin se burlaba de ciertas veleidades “espontaneístas” surgidas en el partido bolchevique: “La ‘Filosofía’ de los héroes de la espontaneidad se reduce a lo siguiente: una vez que la historia trabaja por nosotros y que el mundo capitalista camina hacia su declinación; una vez que el impulso revolucionario tiende hacia la situación revolucionaria, la atmósfera revolucionaria empujará mecánicamente a las masas hacia la influencia del Partido”. La actividad del partido se tradujo en Brasil, en líneas generales, a esperar que el desarrollo de la crisis económica desencadene la “revolución agraria y antiimperialista”, como consecuencia de la cual se instituiría un “gobierno obrero y campesino” bajo la hegemonía del partido.

La pasividad política es la característica general de una clase de la sociedad capitalista: la pequeñoburguesía. Aún cuando un poderoso factor revolucionario determina la extensión del movimiento de masas (cuestión agraria en la Rusia zarista, liberación nacional en China y en India), dominando toda la vida nacional, y mientras se dan todas las condiciones objetivas para un grandioso desarrollo revolucionario, la burguesía canalizará y confiscará ese movimiento, si el partido del proletariado no ha creado ya a sus cuadros; educándolos políticamente, es decir, formulando audazmente, en la base de un análisis correcto, los problemas de la revolución y encontrando sus soluciones políticas.

Sin embargo, profesando un solemne desprecio por la doctrina marxista, solamente superado por su desconocimiento de la misma, a nuestros “dirigentes” les basta el empirismo demagógico de diletantes pequeñoburgueses para creerse conductores de masas, y el partido predestinado a la hegemonía de la revolución. La base proletaria del partido vegeta en un grado ideológico de lumpenproletariado, sin poder tener ninguna perspectiva revolucionaria concreta.

El partido se mantiene totalmente alienado del movimiento político general del país. ¿Se levanta la burguesía de San Pablo contra la Dictadura? Grita la burocracia, que días antes negara la posibilidad siquiera de nuevos conflictos armados entre los grupos burgueses: “al proletariado no le interesan esas peleítas entre facciones burguesas. ¡Queremos un gobierno obrero y campesino!” Y después del conjuro ritual contra los “trotskistas”, concluye disparatadamente, levantando consignas para la corporación de los choferes, incitando a los marineros a entrar en masa al Partido (5).

Así, el Partido, que debe ser la vanguardia revolucionaria de las masas, va degenerando poco a poco en oscura secta religiosa, cuya actividad visible es poner banderines rojos en los cables telefónicos en días “de fiesta”, y el proletariado se va alimentando peligrosamente con los restos ideológicos masticados por la pequeñoburguesía mesiánica y esperando con ésta el “regreso” de Luiz Carlos Prestes. Que algunos burócratas se contenten con las “glorias del martirio” sistemáticamente infligido por la represión burguesa a las manifestaciones políticas independientes del proletariado; que algunas almas compasivas juzguen probado el caracter revolucionario del stalinismo por la cantidad de encarcelamientos y deportaciones sufridas por los stalinistas. Nosotros razonamos no como impenitentes pequeñoburgueses sentimentales, sino como materialistas, como marxistas; consideramos estéril, nefasta y criminal la actividad de los funcionarios previamente designados por la I.C. en la dirección del Partido. Estéril la propaganda que no se base en un análisis marxista de las fuerzas motrices de la revolución. Nefasta la agitación que no da al proletariado ninguna perspectiva política para sus tareas inmediatas. Criminal la actividad del Partido, que sacrifica a la vanguardia proletaria a los intereses facciosos de una casta de funcionarios carreristas.

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El proceso histórico fundamental del capitalismo se caracterizó por la expropiación de las capas populares: la acumulación primitiva del capital se manifestó por la separación violenta del trabajador de sus medios de trabajo. El régimen capitalista se desarrolló a costa de la disolución de la unidad económica feudal. El desarrollo técnico que hizo del artesano un asalariado determinó también la transformación del campesino autónomo en productor de mercancías, simple agricultor encadenado al mercado y, finalmente, aplastado por el capital usurario o el fisco – un simple proletario.

Pero el Nuevo Mundo le deparó a las metrópolis europeas una contradicción esencial: al contrario de Europa, las tierras no ocupadas ofrecían al colono(6) libre la posibilidad de volverse propietario, es decir, de acumular para sí mismo. Era el “cáncer anticapitalista” de las colonias, la resistencia al establecimiento del capital, por no existir dependencia del trabajador en relación al capitalista, propietario de los medios de producción. La burguesía naciente tuvo que crear artificialmente la sujeción del productor inmediato al propietario de las condiciones de producción. El Estado convirtió la tierra libre en propiedad privada, fijándole arbitrariamente el precio, para impedir la transformación muy rápida del trabajador en campesino propietario; organizó la esclavitud de indios y negros. “La forma económica específica por la cual le es arrebatado a los productores inmediatos el trabajo no pagado, determina la relación de dependencia tal cual deviene inmediatamente de la producción y reacciona sobre ella. Es la base de la forma específica económica o política, de todo sistema de las condiciones de producción” (7). En una palabra, las relaciones de producción capitalistas fueron transportadas a las tierras americanas. Pero “el fundamento oculto de toda organización social”, es decir, la relación directa entre el propietario de los medios de producción y el productor inmediato no puede dejar de sufrir la influencia de las “diversas condiciones empíricas, condiciones naturales, diferencias de raza, etc.”, presentando, así, “infinitas variaciones y gradaciones explicables solamente por el análisis de esas circunstancias empíricas” (8).

Desde su primera colonización, Brasil no fue más que una vasta explotación rural tropical. La corona de Portugal repartió las tierras para sus serviciales e hidalgos, y así, bajo la forma de un “feudalismo particular”, se creó el monopolio de los grandes señores de tierra. No hubo aquí tierra libre, no se conoció aquí el colono libre, el señor de los medios de producción. El pequeño propietario no pudo desarrollarse, en la formación económica de Brasil. El Estado brasileño se organizó con un rígido esquematismo de clases y se basó en la explotación del brazo esclavo por la minoría de los señores de la tierra. Trabajo esclavo, propiedad latifundiaria, aristocracia rural, constituida al azar por el favoritismo de la metrópolis, en la caza al indio y en el tráfico de negros, imprimieron un cuño particular a la formación histórica de Brasil en América Latina, donde en general, la ausencia de la agricultura organizada acarreó la lucha del colono por la tierra, contra el indio y contra el monopolio de la corona española. En una sociedad así constituida no hay lugar para un desarrollo ponderable de la clase de los pequeños propietarios (campesinos independientes) y la burguesía urbana y la camada de trabajadores libres pueden considerarse despreciables históricamente, ya que su papel es muy insignificante en la producción nacional. La burguesía brasileña nació en el campo y no en la ciudad. La producción se ligó umbilicalmente al mercado externo. Las vicisitudes coloniales en Brasil en los primeros tres siglos de su historia no son más que la repercusión de las luchas de las naciones europeas por el predomínio del mercado mundial, hasta que, en los albores del siglo XIX, la incontrastada hegemonía de Inglaterra en búsqueda de sumideros para su industria fomentó los movimientos de independencia en las colonias ibéricas de América Latina. Los nuevos Estados se constituyeron como deudores del capital británico y se ligaron por la doble cadena de la importación de mercancías y de capitales al mercado mundial. En medio de la turbulencia de los vecinos del continente, el carcomido trono bragantino vegetó dos tercios del siglo bajo la mirada complaciente de Inglaterra. El desarrollo autónomo de la monarquía brasileña no fue sino el reflejo de las condiciones que determinaron la hegemonía británica en el siglo XIX. La producción colonial dirigida por los señores de la tierra fue, desde el principio, dominada por la necesidad del mercado externo. Suprimido el monopolio portugués, en 1808, o antes, absorbido por el predominio británico, las condiciones políticas generales de Brasil no sufrieron un cambio radical: la misma debilidad congénita de la clase dirigente para constituir un gobierno propio le imprime un carácter ficticio y caricaturesco a la adaptación de las instituciones parlamentarias de la monarquía brasileña. Las tendencias descentralizadoras derivadas del retraso del capitalismo, un territorio inmenso e inexplorado, se volvieron condiciones de supervivencia de la monarquía burocrática y patriarcal de Pedro II, reforzando el poder personal imperante. El desarrollo rudimentario de las ciudades, la ausencia de industrias, la falta de comunicación entre las provincias, la insignificancia de los recursos nacionales hicieron del régimen legado por condiciones históricas especiales un caciquismo constitucional, en el que el gran propietario territorial abdicaba en manos del poder moderador sus propias veleidades de dominación política general.

Toda la historia económica y social del Segundo Reinado no es sino la historia de los intentos de los señores de la tierra de adaptarse a las condiciones de la producción capitalista. La decadencia del tráfico negrero, los obstáculos que le oponía a Inglaterra, cuya expansión comercial se topaba con la economía patriarcal para la reducción en el precio de la producción, todo indicaba la próxima extinción del régimen esclavista. La ley de abolición sólo sancionó la desorganización del trabajo esclavo.

El desarrollo capitalista de Brasil hizo necesaria la transformación del trabajo esclavo en trabajo asalariado. El “cambio de forma” del que habla Marx se procesó aquí de modo directo. La esclavitud se transformó en un obstáculo a la liberación de las fuerzas productivas. La institución del mercado de trabajo libre se hizo contingencia económica y comenzó la introducción sistemática de trabajadores asalariados para la labranza paulista. La inmigración fue aquí una empresa industrial para proveer brazos al gran cultivo cafetero. El desarrollo del cultivo del café en las provincias del centro-sur es un desarrollo típicamente capitalista. Se integraron en la plantación de café las condiciones esenciales de una gran explotación agrícola moderna, aún con las ventajas derivadas de un medio geográfico e histórico excepcional. Tierras vírgenes, ausencia de renta agraria por la confusión del propietario territorial con el capitalista dueño de la explotación en una única persona, el consecuente empleo de todo el capital de la empresa en el mejoramiento del cultivo, y, sobre todo, el establecimiento del monocultivo, forma especializada de producción que, por el empleo simultáneo de todos los medios económicos en un objetivo único, desarrolla aceleradamente el fondo de acumulación. Se generaron, así, determinadas por el tipo de explotación de la tierra, es decir “derivados no sólo del aumento de la productividad social sino también de la mayor productividad natural del trabajo, ligado a las condiciones naturales” (Marx), todas las formas de desarrollo capitalista, a escala nacional: crédito, deuda pública, sistema hipotecario, comercio importador, red ferroviaria, desarrollo urbano etc.

La República fue una imposición de la burguesía de San Pablo, que implantó con ella su hegemonía en la Federación. Los legalistas de la Constituyente de 1891 creían que la forma federativa era capaz de conciliar las tendencias centrífugas de las antiguas provincias con las necesidades de desarrollo capitalista en una unidad nacional armónica.

Atribuida por los historiadores burgueses a los más variados factores, pero siempre con la intención apologética de idealizar el pasado rapaz de la clase dominante que carece de héroes legendarios para su fase de acumulación primitiva, la unidad nacional es para aquellos escritores el “gran milagro”, ya sea imputado a la conservación de la dinastía portuguesa, ya sea a las virtudes personales del segundo emperador, o aún a la formación de la aristocracia rural indígena o a la acción del ejército, como órgano predestinado a la ejecución del milagro. Condicionado originalmente a la posesión de la tierra por la corona de Portugal, y determinado por móviles económicos sucesivos (comercio de maderas, caza del indio, búsqueda de oro), el poblamiento de Brasil ofreció desde el inicio, en la inmensidad del país, una base precaria y dispersa a la futura unidad nacional. Con zonas de producción separadas por una diversidad de posibilidades casi sin igual, sometidas a una arbitraria división política, la unidad nacional antes tenía que ser forzosamente función de los caracteres negativos de su formación histórico-política, que consecuencia del proceso económico centralizador. La República precisó y aceleró la diferenciación de los estados, el Sur, con el monocultivo cafetero, preparaba las bases del impulso industrial y fue dejando atrás a las provincias del Centro-Noreste, agrícolas y pastoriles, sofocadas por una economía semifeudal. Derrotadas en el mercado mundial, por la competencia del algodón norteamericano, indio, egipcio y por la decadencia de la producción azucarera indígena, esas provincias vieron trasladarse el predominio político a Rio de Janeiro, San Pablo y Minas Gerais, desde los últimos tiempos del Imperio, como un proceso económico ineludible, y, mientras los negociantes de esclavos despoblaban los ingenios y plantaciones del Noreste, Pernambuco y Bahia, en las tierras altas del Sur se fortificaba la nueva clase dirigente para la conquista del Estado, con sus intereses exclusivos.

La oligarquía de los latifundistas del café, que poseía el gobierno central, suscitó en los estados del Norte, tallados a su imagen y semejanza, repulsivas satrapías locales que se distinguían, sin embargo, por la ausencia de cualquier elemento social progresista. En el marco de la economía precapitalista, que era una supervivencia del feudalismo colonial, la jerarquía política de los “coroneles”, señores que disponían de la vida de sus siervos, dominaba mediante el terror a la miserable población del interior y encontraba así, en nombre del poder central, el medio de huir a su propia descomposición. Como reflejo de la preponderancia de los estados más fuertes sobre los más débiles, las representaciones federales de éstos pasaron a ser delegaciones del poder central junto a los estados secundarios, al contrario de la ficción constitucional.

La burguesía paulista pudo entonces combinar los elementos de acumulación primitiva con los procesos de acumulación que sólo “la fuerza concentrada y organizada de la sociedad”, el poder del Estado, permite recaudar y sistematizar: la vida pública, el sistema tributario y el proteccionismo.

Pero la aparición de las industrias, transformando las bases económicas más atrasadas de Brasil, acentuó las tendencias centralizadoras del Estado, en la medida que se hizo más acuciante la necesidad de mercados internos. El desarrollo capitalista cercenó las tradiciones de Gobierno Municipal (Pernambuco, Bahia, Rio de Janeiro, hasta la Regencia), escenario donde se agitaba una pequeñoburguesía turbulenta y jacobina. La centralización política, viniendo de la mano de la economía, comprometió y condenó, sin apelación, la formación de una burguesía democrática. El proceso de fortalecimiento del poder ejecutivo, tanto del centro como de las provincias, iniciado en el Imperio, alcanzó su auge en la República. La Unión pasó a reinar, sin contraste, sobre los intereses localistas. Por eso mismo, el aparato gubernamental central se fue adaptando mejor a los intereses particulares de la facción que lo controlaba, es decir, se fue procesando al mismo tiempo la tendencia de la burguesía de cada gran estado a unificarse en sus intereses generales, dada la ausencia de carácter nacional de los partidos políticos en Brasil.

Así, el poder ejecutivo en la sociedad brasileña se volvió la fuerza decisiva que le permitió a la oligarquía partidaria que lo ejercía una dominación casi exclusiva. La contradicción entre la centralización, proceso determinado por la necesidad política, y la forma política de la federación, condición histórica de la unidad nacional, se dibujó nítidamente en la base de la política interna de la burguesía brasileña. Como todo proceso contradictorio, el desarrollo de las fuerzas productivas dentro del marco del Estado brasileño crea formas de equilibrio inestable, incapaces de resolver las propias contradicciones, pero que dan el sentido general del movimiento.

Llegados al umbral de un mayor desarrollo capitalista, los otros estados (Minas, Rio Grande do Sul, Bahia y Nordeste) están forzados a luchar por una forma política de equilibrio. La lucha por la Presidencia de la República pasó rápidamente del marco de las competencias electorales plebiscitarias y acuerdos entre los jefes políticos y la camarilla militar, a los pronunciamientos periódicos, al terreno de la guerra civil abierta.

La hegemonía de San Pablo en la Federación no pudo terminar el proceso centralizador del aparato del Estado, aunque la acumulación propiamente paulista sea la única masa ponderable de capitales nacionales. La extensión del país y su insignificancia democráfica condenaron históricamente, en la fase imperialista, cualquier veleidad de reproducirse en América la historia de Prusia. La penetración imperialista es un revulsivo constante que acelera y agrava las contradicciones, alterando permanentemente la estructura económica y política de los países coloniales y dependientes. En el remolino imperialista, la burguesía nacional de esos países no tiene base estable para construir una base social progresista.

Así, bajo la dominación de la burguesía, la unidad nacional brasileña tiende a degenerarse con el peso de la contradicción entre el desarrollo desigual del capitalismo en los estados y la forma de la Federación, en las condiciones creadas por la presión imperialista. Esa tendencia ineludible creará, en adelante, permanentemente, situaciones de choques, conflictos, en una palabra, situaciones de guerra civil, donde el proletariado tendrá la última palabra. Las formas transitorias de equilibrio entre las diversas unidades de la Federación sólo se conseguirán a través de victorias militares, es decir, a costa de una opresión agravada de las masas trabajadoras y de las clases medias, a costa de subordinar, cada vez más, la lucha por la unidad nacional a la lucha por su propio predominio particular, y al conjunto del proceso de penetración imperialista.

Esto no excluye, antes la explica, la perspectiva de disgregación nacional, en función de los intereses del capital financiero internacional. La cuestión de la unidad nacional se traslada, cada vez más, desde el terreno de la competencia política de la burguesía a revestir el carácter concreto de reivindicación de clase de las masas trabajadoras. Sólo la victoria de la revolución proletaria, agrupando todas las clases oprimidas, es capaz de asegurar la unidad nacional, contra la doble opresión de la burguesía brasileña y de la burguesía imperialista.

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Si bien la contradicción entre el proceso económico que se desarrolla desigualmente en los estados y la superestructura federativa debe ser punto de partida del análisis general de la situación brasileña, pues creó las condiciones fundamentales del movimiento armado de 1930, en el que Minas y Rio Grande do Sul se insurreccionaron contra el predominio de San Pablo en la Federación, no basta su consideración para caracterizar al movimiento político ulterior. Sería caer en el error de la dirección burocrática del P.C., para quien la presión imperialista se califica, identificando cada uno de los grupos políticos en lucha con los dos grupos imperialistas, que actúan como un factor externo a la lucha de clases dentro del país (9).

Justamente fue por la falta de perspectiva política que se caracterizó toda la actividad del Partido luego del movimiento de 1930. En el esquema burocrático de la lucha interimperialista, estaba incluida, si no explícitamente al menos implícitamente, la expresión de aquella contradicción, formulada de modo empírico, por cierto, y superficial. El error estratégico fundamental fue el de no ver que el proceso de diferenciación política de las clases que devino del movimiento del 30, reaccionó a su vez sobre su propia base social, ampliándola y preparando oportunidades para la intervención independiente del proletariado en la lucha partidaria.

Con el derrocamiento del Partido Republicano Paulista, precipitado de su cima por la crisis del gran cultivo de café, empezó una serie de ensayos tendientes a la sustitución del antiguo aparato partidario controlador del gobierno federal, por una nueva composición de fuerzas provinciales, representando las zonas de producción, en la cual el ejército, en vista de la ausencia del partido nacional, hacía el papel de levadura aglutinante. Esa sustitución se dio evidentemente por la ausencia de partidos intermediarios. El ejército impuso a la burguesía un régimen político mixto de formas dictatoriales (tenentismo) y formas semiconstitucionales (gobierno central civil, presidencia civil de Minas, etc.) que no son más que la fórmula de compromiso entre la burguesía de los estados del Sur y la burguesía de los estados del Norte, compromiso válido solamente en la medida en que San Pablo no puede recuperar la antigua hegemonía. Está claro que no se puede considerar la acción política del ejército si no en función de la debilidad orgánica de una parte de la burguesía brasileña (Norte en general, pequeñoburguesía en los centros urbanos). Es justamente para compensar esa falla de su aparato político que la burguesía, después de 1930, viene agotándose en intentos estériles para formar un único partido nacional que sea como la coronación de la “obra revolucionaria”, es decir, un sistema de contrapesos que garantice la continuidad del predominio de los estados del Sur, por una especie de rotación en el ejercicio del poder central. Que ese intento fue en vano lo muestra la falta de política de la dictadura en la creación de apoyo estable en San Pablo, fuera de los antiguos cuadros partidarios, que resurgieron en frente único (10), pero fue para intentar recuperar el poder central, levantando la bandera de la Constitución y armando el motín de julio. La derrota del movimiento paulista por la dictadura, que aún pudo controlar el aparato militar porque la burguesía tenía intereses particulares, neutralizó la fuerza de los intereses políticos que unió San Pablo a Minas y a Rio Grande do Sul. La burguesía paulista realzó así el propio prestigio de la dictadura, quien encarnó ante las demás unidades de la Federación la fórmula de compromiso, encontrada por la “revolución” del 30 contra la permanencia de la hegemonía de San Pablo. Vencida militarmente, la burguesía sacó, sin embargo, algunas ventajas políticas de la derrota. Además de haber sido alejadas de escenario las formaciones partidarias que en el fondo encarnaban el predominio del gran cultivo de café, y por lo mismo representaban la forma más pura del reaccionarismo, la forma encontrada por la dictadura para conservar el control del gobierno de San Pablo solo podía ser una precaria dictadura militar (gobierno Waldomiro) (11), de carácter bonapartista, que intentó conciliar la demagogia “revolucionaria” con los intereses propios de la industria y cultivo paulistas, a través de un simple control burocrático junto con una relativa libertad de organización sindical del proletariado y política de las clases medias, en la campaña electoral. Tanto más aleatoria es la premanencia de tal régimen, fundado, en último análisis, en la fuerza del ejército. Este no es una corporación políticamente unida. Generales-“tenientes” luchan con tenientes- “generales”, en una desenfrenada rivalidad por el mando político y las ventajas de las promociones y comisiones. En la atmósfera deprimente de conspiraciones y acuartelamentos, se viene diluyendo, desde 1930, maniobrada por el maquiavelismo provinciano de los políticos de la dictadura, la ascendencia política del ejército. Y si las aspiraciones de la burguesía local del Noreste y del Norte para participar en pie de igualdad, elevándose de la miseria política en la que descansaba, del Gobierno Central, sólo se objetivaron por medio de la dictadudra militar, esa coincidencia ocasional de interés es la fuerza ponderable que prolonga la vida de la dictadura. El compromiso actual entre la burguesía del Sur y el ejército, o más precisamente la fracción de los “tenientes”, será cada vez más precario. Las perspectivas del desarrollo político posterior no se pueden formular, sin embargo, en términos puramente militares. El problema de la correlación de esas fuerzas, la burguesía del Norte llegada a su mayoría de edad política por obra del tenentismo, y la burguesía constitucionalista del Sur, nucleada alrededor de San Pablo, sólo pudo ser resuelto en función de las fuerzas económicas presentes, es decir, en función de la situación relativa de los dos bloques económicos que agrupaban las zonas de producción de Brasil. Las perspectivas actuales son de mejoría de San Pablo, relativamente a los estados del Norte, de lucha inmediata, pues, en el campo electoral, por su antigua hegemonía. La burguesía paulista espera ansiosamente a su millón de electores. Paralelamente a la movilización política dentro de los marcos restringidos en que la dictadura la deja esperar, ella intriga, contemporiza, espera. Insufla en la pequeñoburguesía una ideología separatista, un patriotismo paulista, organiza casi militarmente su frente partidario y, de paso, soborna a los delegados de la dictadura con la permanencia de un régimen de orden y otros argumentos más sonantes.

¿Cómo se planteaba, pues, en 1930, para nosotros, comunistas, la cuestión central de la participación independiente del proletariado en el conjunto del movimiento, que aún sólo se limitaba a la superestructura política, pues los gobiernos provinciales, luchando por su hegemonía particular en la Federación, lo hacían en nombre del dogma constitucional de la autonomía de los Estados? Poner un rótulo imperialista, inglés o norteamericano, en la espalda de alguna de las fracciones burguesas en lucha, como hizo la dirección del P.C., era hacer un análisis abstracto e inoperante políticamente, pues, aunque correcto en la perspectiva general del desarrollo de las luchas políticas de América Latina, no devenía de ella una perspectiva de acción política inmediata del propio Partido, para movilizar a las masas movilizadas por un instante por la repercusión del movimiento en la infraestructura económica golpeada hasta las bases. La agitación por el “gobierno obrero y campesino”, por la “revolución agraria e imperialista” y otras armas del arsenal stalinista, caía al vacío. Esta se basaba en la equivocación de un análisis falso de las fuerzas presentes, pero estaba determinada, en suma, por las conveniencias del seguidismo burocrático, que se articulaba con los elementos militares, restos de la Columna Prestes (dirección Astrogildo – O Tempo (12) – Miguel Costa) y tendía a esconder el Partido bajo las alas protectoras de estos, en un oportunismo típico. La situación no estaba madura, razonaba la dirección, pero las masas se están radicalizando, y como pronto perderán sus esperanzas en los “revolucionarios”, vendrán espontáneamente al Partido, por el simple juego de las leyes del Tercer Período (13). Al mismo tiempo, pensaban, la crisis económica no tenía salida y los elementos militares que representaban a la pequeñoburguesía, empujados del poder por la gran burguesía, fomentarán otras revueltas, que serán el punto de partida para la “revolución agraria y antiimperialista”. Se vio a qué extremos puede ir el cretinismo burocrático en el boicot hecho a la consigna de Asamblea Constituyente, levantada a tiempo por la Oposición de Izquierda. Aunque la perspectiva de un levantamiento obrero y campesino fuese inminente en Brasil, sólo la ceguera de sectario unida a la mala fe de funcionario podría alegar que la experiencia parlamentaria ya estaba hecha, que el proletariado en Brasil ya se había servido hasta el final del mecanismo democrático-burgués. Al contrario, lo que vemos es que la masa obrera no hizo aún tal experiencia en Brasil. El “desarrollo combinado” de nación que se industrializa, en el marco de la economía colonial, impide que la evolución de las formas de dominación política de la burguesía se haga en los marcos normales de la democracia, es decir, las consignas democráticas se transforman en un arma en las manos del Partido del Proletariado, que congrega así las masas oprimidas, en una etapa concreta, y por eso mismo, inevitable. La recomposición de las fuerzas políticas de la burguesía en 1930 tuvo que pasar inevitablemente por un período amorfo bien característico, por cierto, en San Pablo, donde la ausencia de una política consecuente del P.C. por un programa mínimo sólo profundizó aún más el abismo cavado entre el Partido y las masas por el aventurerismo político. Entre 1930 y 1932, la política falsa del Partido enterró las posibilidades del desarrollo democrático de todo movimiento. Permitió, por un lado, el florecimiento de ensayos de partidos intermediarios (Legión Revolucionaria, Partidos Socialistas) (14), y por el otro, la supervivencia de las antiguas formaciones partidarias de la reacción, que de otra forma estarían imposibilitadas de agitar contra la dictadura el estandarte deshonrado de la democracia burguesa. Como en 1851, Engels decía que “después de la eliminación del proletariado de la escena política, sería pedir demasiado, en efecto, que los partidos oficiales pongan la cuestión (el conflicto de la democracia con la dominación burguesa) de forma conveniente al proletariado”. Se puede afirmar también que el P.C.B. liquidó sus posibilidades de fuerza política activa en el desarrollo actual, pues dejó pasar tournants decisivos, sin entrar en juego. En el curso de los años 1848 y 1851, dice Marx, completando la observación de Engels, la sociedad francesa tuvo que crear de nuevo su punto de partida revolucionario: la situación, las relaciones, las condiciones propicias a la preparación de una revolución que no fuese un simple golpe superficial, sino una revolución social profunda. Así, la ausencia del Partido Comunista en las situaciones que sucedieron en los años 1930-32 da la llave del análisis de todo el desarrollo político más reciente. La falta de una estrategia consecuente y de un análisis correcto de la situación por el Partido del Proletariado llevó al conjunto de la sociedad, es decir, a las relaciones entre las clases, al mismo punto de partida.

De estas condiciones de orden político, la más fundamental – la acción independiente del Partido Revolucionario del Proletariado, el Partido Comunista, sólo será real, es decir, el Partido sólo se tornará de hecho la vanguardia de las masas oprimidas, en la medida que, bajo su dirección, la revolución democrática se transforme en revolución socialista.

¿La correlación de las clases en Brasil podría justificar el salto por encima de la etapa democrática en el proceso revolucionario? La dispersión de la población, el régimen general de la gran propiedad, el proletariado rural en aplastante mayoría, la producción diversificada dependiente de mercados externos, el localismo de su economía, ¿estarán condenando históricamente a la pequeña burguesía a la dispersión política y a arrastrarse tras los partidos de la gran burguesía, y por eso mismo, estarán condenando a la esterilidad el programa de la democracia política? Formular así el problema es no comprender que hay etapas históricas inevitables, en ciertas condiciones, pero que no lo son teóricamente, y al contrario, etapas teóricamente inevitables pueden ser reducidas a cero, en la dinámica de la evolución, justamente en las situaciones revolucionarias (Trotsky). Lo característico de estas situaciones, dice Trotsky, por lo demás, desarrollando el pensamiento marxista del Manifiesto, es que las masas se liberan de los preconceptos de la democracia política antes que sus instituciones sean efectivamente realizadas.

El rasgo característico del desarrollo político que siguió al movimiento del 30 es precisamente la soldadura del tenentismo con la pequeña burguesía urbana en general. El papel político reservado a ésta, de instrumento de comunicación entre el proletariado y la gran burguesía, es el fundamento de la experiencia “socialista” en Brasil, es decir, de la conquista del proletariado para formar la base de partidos intermedios. Y es justamente porque no se puede suprimir una etapa concreta en el desarrollo histórico, que el Partido Comunista, para sobrevivir a su propia ruina, busca oponer como dique a la demagogia socialista, en período electoral, la Unidad Obrera y Campesina (15). Pero, al tomar el disfraz, se le cae de las manos la bandera de la Revolución Proletaria. El método homeopático no cura más en la política que en la medicina. En las condiciones actuales brasileñas de estabilización política de la burguesía, el deber de la Oposición de Izquierda es, pues, luchar incesantemente por las consignas democráticas, junto a las reivindicaciones de clase del proletariado, para salvaguardar la posición estratégica fundamental: la unidad de todos los oprimidos bajo la bandera de la revolución socialista.

NOTAS:

(1) En su VI Congreso, cuando la facción de Stalin se torna dirección hegemónica, la Internacional Comunista, constatando una “radicalización de las masas”, toma un rumbo a la izquierda (políticas de “clase contra clase” y del “tercer período”, ver nota 13). Ese tournant trae aparejadas concepciones tácticas, tales como la rigurosa negativa de alianza con la socialdemocracia y otras, de las cuales derivan la concepción y la política del “socialfascismo” (es decir, la socialdemocracia era clasificada como “alma gemela” del fascismo). Tal postura tuvo efectos particularmente funestos en Alemania, donde el ascenso de Hitler al poder fue facilitado por la concepción del “socialfascismo”. Recuérdese, específicamente, el famoso “plebiscito rojo”, cuando los obreros alemanes llamados a elegir, plebiscitariamente, entre “apoyar o negar” la instauración de una dictadura (sin especificar de qué clase) se aliaron a los hitlerianos, bajo inspiración y “orden” del Comité Central del Partido Comunista. Con ese argumento, Hitler presentó a los dirigentes del gobierno alemán la exigencia de ser nombrado primer ministro. Siguiendo, en el texto, varias decisiones refrendadas en el VI Congreso y su aplicación en Brasil, en particular la de “socialismo en un solo país”, son discutidas.

(2) En el Programa aprobado en el VI Congreso de la Internacional Comunista (1928), los países son divididos en cuatro grupos con relación a su “madurez para la revolución”: países de capitalismo de tipo superior; de niver medio de desarrollo del capitalismo; coloniales y semicoloniales y dependientes (entre los que estaba Brasil y para los que la “transición a la dictadura del proletariado es posible, como regla general, solamente a través de una serie de etapas preparatorias, como resultado de todo un período de transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución socialista”); y los países más atrasados.

(3) Montevideo era la sede del Buró Sudamericano de la Internacional Comunista, que en aquel período detentaba fuerte control sobre las orientaciones del PCB.

(4) Con el predominio de las concepciones “obreristas”, el PCB en 1932 hacía una evaluación de que había condiciones para el desencadenamiento de una insurrección armada, y que tales condiciones estaban dadas por el hecho de que las masas eran “revolucionarias por naturaleza”. Es conocido el episodio citado por Leôncio Basbaum en ocasión de la conmemoración del 1º de mayo de 1932, cuando el PCB llega a la conclusión de que no era necesario hacer ni agitación ni propaganda, dada la natural disposición revolucionaria de las masas.

(5) Fue ésta la interpretación del PCB respecto del movimiento “constitucionalista” de San Pablo, en julio de 1932.

(6) Se refiere a los trabajadores agrícolas, generalmente inmigrantes europeos, que no eran como los pequeños campesinos, porque no poseían propiedades. (NdeT)

(7) Marx, Capital, III. (Nota del original).

(8) Marx, ibidem. (Nota del original).

(9) El PCB identificaba a la burguesía industrial, a los grandes propietarios de tierras no productores de café y a parte de la burguesía rural de los Estados con el imperialismo norteamericano y los propietarios de los latifundios de café, los banqueros, los industriales y grandes comerciantes ligados al café eran asimilados al imperialismo inglés.

(10) El 16/2/1932 se constituía, con el objetivo de “reconstitucionalizar Brasil y restituir a San Pablo la autonomía perdida” el Frente Único Paulista, compuesto por antiguos enemigos del Partido Democrático y Partido Republicano Paulista.

(11) Waldomiro Castilho de Lima (1873-1938). Militar. Durante el movimiento armado de octubre de 1930 comanda las tropas rebeldes en el Sur del país. En 1932, al lado de las fuerzas legalistas, combate la “rebelión constitucionalista” paulista; fue nombrado interventor de San Pablo luego, después de la victoria contra los “constitucionalistas”, en octubre de 1932. Permanece en el cargo hasta julio de 1933, cuando asume funciones en el Ejército.

(12) Creado el 30/12/1930, O Tempo tuvo como su principal director a Rafael Correia de Oliveira (1896-1958). Órgano divulgador de la Legión Revolucionaria de San Pablo, atacaba el Partido Democrático y buscaba la adhesión de los trabajadores, obteniendo por eso el apoyo del PCB. Con el progresivo vaciamiento de la Legión Revolucionaria, lo mismo le pasa a O Tempo, que, sucedido por Correio da Tarde, termina siendo desorganizado en mayo de 1932.

(13) En 1928 la Internacional Comunista proclama el “tercer período”, el período final del capitalismo, siendo el primero (1917-1924) el de crisis del capitalismo y ascenso revolucionario y el segundo (1925-1928) el de estabilización del capitalismo.

(14) La Legión Revolucionaria de San Pablo fue creada después del movimiento de octubre de 1930, por Miguel Costa, para defender la “continuidad de la acción revolucionaria” y llegó a obtener una significativa adhesión de masas. En su manifiesto-programa, redactado por Plínio Salgado (1895-1975) – que el 7/10/1932 fundó el partido fascista Acción Integralista Brasileña, se defendía un Estado fuerte, que regulase la vida del país en todos sus aspectos. Muy criticada, se vacía, transformándose en el Partido Popular Paulista, extinguido a fines de 1932. En este período, surgen varios partidos socialistas, destacándose entre ellos el Partido Socialista Brasileño (1931-1937), en Río de Janeiro, y el Partido Socialista Brasileño de San Pablo (1932-1937), que presentan en común el hecho de haber sido constituidos por influencia de militares tenentistas.

(15) Para las elecciones de mayo de 1933, a la Asamblea Constituyente, teniendo negado su registro legal, el PCB lanza sus candidatos por la ya registrada leyenda de la Unión Obrera y Campesina, que fue fundada en Río de Janeiro, el 8/4/1933, con el objetivo de defender medidas políticas, económicas y sociales en favor de los trabajadores urbanos y rurales.

 



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