Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

¿Puede remplazar la democracia parlamentaria a los soviets?[1]

 

 

25 de febrero de 1929

 

 

 

“Si el poder soviético enfrenta dificultades crecien­tes, si la crisis de dirección de la dictadura se agrava constantemente, si no se puede desechar el peligro del bonapartismo: ¿no seria mejor tomar el camino de la democracia?” Esta pregunta aparece planteada a boca de jarro o constituye el substrato de gran cantidad de artículos dedicados a los acontecimientos recientes de la república soviética.

No me propongo entablar una polémica acerca de qué es lo mejor y qué no es lo mejor, sino señalar qué es lo probable, es decir, qué es lo que surge de la lógica objetiva de los procesos. Y llegué a la conclusión de que lo menos probable, mejor dicho, lo que está absoluta­mente excluido, es la transición de los soviets a la de­mocracia parlamentaria.

Muchos diarios me explicaron amable y sencillamente que mi expulsión fue fruto de la falta de demo­cracia en Rusia y que, por consiguiente, no me debo quejar. Pero, en primer lugar, no me he quejado ante nadie; en segundo lugar, también fui expulsado de varias democracias. Que los adversarios de los soviets consideren que la aguda crisis actual de dirección en la URSS es una consecuencia inexorable del gobierno dic­tatorial, dictadura por la que asumo, desde luego, ple­na responsabilidad -, es perfectamente normal. En un sentido muy general esta observación es correcta. No tengo la menor intención de utilizar mi exilio para ne­gar el determinismo histórico. Pero si la crisis de direc­ción no es una consecuencia fortuita de la dictadura, la propia dictadura no surgió por azar de la breve demo­cracia que remplazó al zarismo en febrero de 1917. Si la dictadura es culpable de la represión y de todos los males, ¿por qué entonces la democracia resultó impo­tente para salvar al país de la dictadura? ¿Y dónde está la prueba de que, una vez desplazada la dictadura, po­drá mantenerla a raya?

Para expresar mi idea con mayor claridad, debo am­pliar el marco de referencia geográfico para recordar, por lo menos, ciertas tendencias del proceso político europeo a partir de la guerra, la que no fue un mero epi­sodio sino el prólogo sangriento de una nueva era.

Casi todos los lideres de la época de la guerra están vivos aún. En ese momento, la mayoría de ellos decía que ésa era la última guerra, tras la cual se iniciaría el reino de la paz y la democracia. Algunos inclusive creían en la veracidad de lo que decían. Pero hoy ningu­no tendría la audacia de repetir esas palabras. ¿Por qué? Porque la guerra nos introdujo en una era de grandes tensiones y grandes conflictos, con la perspectiva de nuevas grandes guerras. En este preciso instante, poderosos trenes corren a gran velocidad por las vías de la dominación del mundo, y no tardarán en chocar. No podemos medir nuestra época con la vara del siglo XIX, cuyo signo predominante fue la extensión de la demo­cracia. En muchos sentidos, las diferencias entre los siglos XX y XIX serán mayores que las diferencias en­tre toda la era moderna y la Edad Media. Recientemen­te, Herriot enumeró en un diario vienés las causas del retroceso de la democracia ante la dictadura. Tras la instauración del poder revolucionario en Rusia y la de­rrota del movimiento revolucionario en una serie de paí­ses, fuimos testigos de la instauración de dictaduras fascistas en todo el sur y el oriente de Europa. ¿Cómo se explica esta extinción de la “lámpara votiva” de la democracia? Se suele decir que en estos casos nos en­contramos ante estados atrasados o inmaduros. Esta ar­gumentación difícilmente es válida para Italia. Pero aun allí donde lo fuera, no explicaría nada. En el siglo XIX se creía que por una ley de la historia todos los países atrasados ascenderían la escalera de la democracia. ¿Por qué, entonces, el siglo XX los arroja por la senda de la dictadura? Creemos que la explicación surge de los propios hechos. Las instituciones democráticas se demostraron incapaces de soportar la presión de las contradicciones contemporáneas, sea internacional, in­terna o, como sucede con mayor frecuencia, la combina­ción de ambas. Bueno o malo, es un hecho.

Haciendo una analogía con la ingeniería eléctrica, podríamos definir a la democracia como un sistema de interruptores o cortocircuitos de seguridad, como una protección frente a las corrientes excesivamente car­gadas de luchas sociales o nacionales. Ningún periodo de la historia humana ha estado, ni de lejos, tan sobre­cargado de antagonismos como el nuestro. Cada vez son más los puntos al rojo vivo en la red de alta potencia de Europa. Bajo el impacto de las contradicciones de clase e internacionales, los interruptores de la democra­cia se funden o explotan. Ese es el significado esencial del cortocircuito de la dictadura.

Al mismo tiempo, la fuerza de las contradicciones, dentro de cada país y a escala internacional, no decae sino que crece. No hay razón para consolarse por el he­cho de que el proceso afecte tan sólo a la periferia del mundo capitalista. La gota empieza en el meñique o en el dedo gordo del pie, pero tarde o temprano llega al co­razón. Además, cualquiera que sea la situación en los piases donde el capitalismo es fuerte y la democracia lleva muchos años de existencia - problema que no podemos tratar aquí -, creemos que lo señalado hasta el momento arroja suficiente luz sobre el interrogante planteado en el título.

Cuando se contrapone la democracia a los soviets, generalmente se piensa en el sistema parlamentario. Se olvida el otro aspecto de la cuestión, el más importante: que la Revolución de Octubre allanó el camino para la revolución democrática más grande de la historia hu­mana. La confiscación de las propiedades terratenien­tes, la eliminación total de los privilegios y distinciones tradicionales de clase de la sociedad rusa, la destruc­ción del aparato burocrático y militar zarista, la intro­ducción de la igualdad nacional y la autodeterminación nacional; todo esto fue la obra democrática elemental que la Revolución de Febrero apenas llegó a plantearse antes de dejarla, casi intacta, como herencia para la Re­volución de Octubre. Fue precisamente la bancarrota de la coalición liberal-socialista, su incapacidad para realizar esta obra, lo que hizo posible la dictadura so­viética, basada en la alianza de obreros, campesinos y nacionalidades oprimidas. Las mismas causas que le impidieron a nuestra democracia débil e históricamente morosa realizar su tarea histórica elemental, también le impedirán encabezar el país en el futuro. Porque en todo el tiempo transcurrido los problemas Y dificultades se han acrecentado y la democracia se ha debilitado.

El sistema soviético no es simplemente una forma de gobierno que se pueda comparar en abstracto con la forma parlamentaria. Es, sobre todo, un nuevo modo de relación con la propiedad. De lo que se trata, en reali­dad, es de la propiedad de la tierra, los bancos, las mi­nas, las fábricas, los ferrocarriles. Las masas trabajado­ras recuerdan muy bien qué fueron en la Rusia zarista el aristócrata, el gran terrateniente, el funcionario, el usurero, el capitalista y el patrón. Es indudable que en­tre ellas existe una gran insatisfacción, muy legítima, por la situación actual del estado soviético. Pero las ma­sas no quieren que vuelvan el terrateniente, el funcio­nario o el patrón. No hay que olvidar estas “bagatelas” ni intoxicarse con las trivialidades de la democracia. Los campesinos combatirán contra el retorno del terra­teniente como lo hicieron hace diez años, hasta la últi­ma gota de su sangre. El gran propietario sólo podrá volver a su propiedad desde el exilio montado sobre un cañón, y deberá pasar también las noches al pie de ese cañón. Es cierto que los campesinos podrían aceptar más fácilmente el retorno del capitalista, puesto que, hasta el momento, la industria estatal los favoreció menos que antes el comerciante en la provisión de bienes industriales. Digamos de paso que ésta es la raíz de todas las dificultades internas. Pero los campe­sinos recuerdan que el terrateniente y el capitalista eran los gemelos siameses del viejo régimen, que desaparecieron juntos de la escena, que durante la Guerra Civil combatieron juntos a los soviets y que en los terri­torios ocupados por los blancos el dueño de la fábrica recuperó su fábrica y el terrateniente su tierra. El cam­pesino comprende que el capitalista no volvería solo si­no con el terrateniente, por eso no quiere a ninguno de los dos. Y esa es una poderosa fuente de energía, aun­que por la negativa, para el régimen soviético.

Hay que llamar a las cosas por su verdadero nom­bre. Aquí no se trata de introducir una democracia in­corpórea, sino de que Rusia vuelva a la senda capitalis­ta. Pero, ¿qué aspecto presentaría esta segunda edición del capitalismo ruso? En el transcurso de los últimos quince años el mapa del mundo ha sufrido cambios profundos. Los fuertes se hicieron inconmensurablemente más fuertes, los débiles incomparablemente más débiles. La lucha por la dominación del mundo ha tomado dimensiones titánicas. Las fases de estas luchas se asienta sobre los huesos de las naciones débiles y atrasadas. Una Rusia capitalista no podría ocupar en la actualidad ni siquiera el puesto de tercer orden al que estaba predestinada la Rusia zarísta por el curso de la guerra mundial. El capitalismo ruso sería hoy un capi­talismo dependiente, semicolonial, carente de perspectivas. La Rusia número dos ocuparía una posición intermedia entre la Rusia número uno y la India.

El sistema soviético, con su industria nacionalizada y su monopolio del comercio exterior implica, a pesar de todas sus contradicciones y problemas, una protec­ción a la independencia económica y cultural del país. Esto lo comprendieron inclusive muchos demócratas, atraídos al bando soviético no por el socialismo sino por un patriotismo que había captado algunas lecciones ele­mentales de la historia. A esta categoría pertenecen muchas de las fuerzas de la intelectualidad técnica nativa y la nueva escuela de escritores a los que, por falta de un nombre más apropiado, llamó compañeros de ruta.

Existe un puñado de doctrinarios impotentes que quiere democracia sin capitalismo. Pero las fuerzas sociales serias, hostiles al régimen soviético, quieren capitalismo sin democracia. Esto se aplica no sólo a los propietarios expropiados sino también al campesinado pudiente. Este campesinado, en la medida en que se volvió contra la revolución, siempre sirvió de apoyo al bonapartismo.

El poder soviético surgió como resultado de tremen­das contradicciones de la escena internacional y local. Es absurdo pensar que los interruptores democráticos de tipo liberal o socialista podrían soportar estas contra­dicciones, que en el último cuarto de siglo alcanzaron su máxima tensión, o que podrían “regular” la sed de venganza y restauración que es la fuerza motriz de las clases dominantes derrocadas. Estos elementos cons­tituyen una larga cadena, en la que el comerciante y el industrial se aferran al kulak, el terrateniente al comer­ciante, la monarquía viene a la zaga de todos ellos y los acreedores foráneos están a la retaguardia. Y todos ellos tratarían de ocupar el primer lugar en el país en caso de triunfar.

Napoleón sintetizó correctamente la dinámica de la era revolucionaria dominada por polos extremos cuando dijo: “Europa será republicana o cosaca.” Hoy se pue­de decir con mucha mayor justificación: “Rusia será soviética o bonapartista.”

Lo que acabo de decir no debe interpretarse en el sentido de que hay garantías absolutas para la estabi­lidad permanente del poder soviético. Si la Oposición pensara de esa manera, nuestra lucha contra el peligro de bonapartismo carecería de sentido. Y menos aún quiero afirmar que la solidez del sistema soviético no puede ser afectado por la política del gobierno actual. La implacabilidad de nuestra lucha interna demuestra muy bien hasta qué punto consideramos peligrosa para el poder soviético la política zigzagueante de Stalin. Pero el mismo hecho de que estemos luchando señala cuan lejos nos hallamos de una supuesta actitud pesi­mista. Partimos de la convicción de que el sistema so­viético posee inmensas reservas y recursos internos. La línea de la Oposición no tiende al derrumbe del poder soviético sino a su fortalecimiento y desarrollo.

Podemos formular brevemente nuestras conclusio­nes en las siguientes tesis:

1. Además de su cometido socialista, que encuen­tra su principal apoyo en el sector de vanguardia del proletariado industrial, el régimen soviético tiene profundas raíces sociales e históricas en las masas popula­res y constituye un seguro contra la restauración y una garantía de desarrollo independiente, es decir, no colonial.

2. La lucha histórica fundamental contra la Unión Soviética y la lucha interna contra la dominación comu­nista no se libró para remplazar la dictadura con la democracia sino para remplazar al actual régimen de transición con la dominación del capitalismo, que seria inevitablemente de tipo dependiente y semicolonial.

3. En estas circunstancias, el retorno a la vía capi­talista no podría realizarse sino mediante una prolon­gada y cruenta guerra civil, acompañada por la inter­vención foránea abierta o encubierta.

4. La única forma política que podría asumir seme­jante vuelco seria una dictadura militar, variante contemporánea del bonapartismo. Pero en los propios cimientos de la dictadura contrarrevolucionaria se encontraría alojado el poderoso resorte de una nueva Revolución de Octubre.

5. La lucha de la Oposición no sólo se libra sobre bases pura y exclusivamente soviéticas; es la continua­ción directa y el desarrollo de la línea fundamental del bolchevismo. La etapa actual de esta lucha no tiene un carácter definitivo sino, por así decirlo, coyuntural.

6. El desarrollo ulterior del sistema soviético y, por consiguiente, la suerte de la Oposición, dependen no sólo de factores de índole local sino también, y en gran medida, de la evolución futura de la situación mun­dial... ¿Cuál será el curso de los acontecimientos en el mundo capitalista? ¿Cómo desplegarán sus fuerzas en el mercado mundial los estados más poderosos, que necesitan expandirse? ¿Cómo serán las relaciones en­tre los estados europeos en los próximos años? Y muchísimo más importante: ¿cómo serán las relaciones entre Estados Unidos y Europa, principalmente Gran Bretaña?

Hay gran cantidad de profetas que con toda ligereza se pronuncian sobre la suerte de la república soviética a la vez que guardan silencio sobre el destino de la Europa capitalista. Sin embargo, ambas cuestiones, aunque antagónicas, están indisolublemente ligadas.



[1] ¿Puede remplazar la democracia parlamentaria a los soviets?, de Jto i Kak Proizoslo? Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por George Saunders; en The New Republic del 22 de mayo de 1929 apareció otra traducción con el título ¿Qué camino seguirá Rusia?



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?