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¿Qué es el centrismo?[1]

 

 

28 de mayo de 1930

 

 

 

En Le Cri du Peuple, publicado por el bloque de monattistas y la camarilla “municipal” del POP, Chambe­lland dirige una carta abierta a los dirigentes “centristas” de la Federación de Maestros. No me ocuparé de la carta en si, totalmente desprovista de ideas revolu­cionarias. Hay un solo punto de interés. Chambelland tacha a los comunistas de “centristas”. Su idea -porque creo, de todos modos, que aquí se expresa una idea- es probablemente la siguiente: en un extremo del espectro político se ubican los que apoyan la autonomía sindical, o sea los amigos de Monatte junto con el POP; en el otro están los que apoyan la subordinación de los sindicatos al partido, o sea la dirección oficial de la CGTU. Y en un punto intermedio están los comunis­tas de la Oposición, que luchan tímidamente por la “autonomía” pero no quieren arriesgarse a romper con el comunismo.

Estos, pues, son centristas, porque se ubican en el centro. Ahora que la Oposición de Izquierda acaba de salir de una guerra contra el centrismo, Chambelland anuncia una contradicción interna que, a primera vista, parece otorgarle la victoria sin luchar siquiera.

Para un naturalista no hay nada insignificante en el mundo de la naturaleza. Para un marxista, nada que tenga que ver con el mundo de la política es insignifi­cante. La clasificación de Chambelland, aunque es su­perficial, nos brinda la oportunidad de precisar algunos conceptos revolucionarios.

Es lo que trataremos de hacer.

Es un error fundamental creer que el “centrismo” es una descripción geométrica o topográfica, como en un discurso. Para un marxista, los conceptos políticos no se definen por sus características formales sino por su contenido de clases, enfocado desde un punto de vis­ta ideológico y metodológico. Las tres tendencias del movimiento obrero contemporáneo - reformismo, comunismo y centrismo - derivan inexorablemente de la situación objetiva del proletariado bajo el régimen imperialista de la burguesía.

El reformismo es la corriente surgida de los estratos superiores y privilegiados del proletariado, que refleja sus intereses. Especialmente en algunos países, la aristocracia y la burocracia obreras conforman una capa muy importante y poderosa con una mentalidad que en la mayoría de los casos es pequeñoburguesa en virtud de sus condiciones de existencia y formas de pensar; pero deben adaptarse al proletariado sobre cuyas espal­das se encaramaron. Los más elevados de estos ele­mentos llegan al poder y bienestar supremos por los canales del parlamentarismo burgués.

Un Thomas, un Macdonald, un Herman Mueller o un Paul Boncour[2] encarnan al gran burgués conserva­dor que mantiene en parte una mentalidad pequeño-burguesa y, más frecuentemente, la actitud hipócrita del pequeño burgués hacia la base proletaria. En otras palabras, tenemos, en un tipo social único, el producto de los sedimentos de tres clases diferentes. La relación entre las mismas es la siguiente: el gran burgués da órdenes al pequeño burgués y éste fustiga a los obreros. El hecho de saber si el gran burgués permite a Tho­mas que vaya a visitarlo - entrando por la puerta de servicio - a su casa, a su banco o a su ministerio, o si, por el contrario, le da participación en su riqueza y en sus ideas es un factor que, aunque secundario, no care­ce de importancia. La etapa imperialista de la evolu­ción, que agrava constantemente las contradicciones, frecuentemente obliga a la burguesía a transformar a los principales grupos reformistas en verdaderos acti­vistas de sus monopolios y maniobras gubernamenta­les. Esta es la característica del nuevo - y mucho ma­yor - grado de dependencia de los reformistas respecto de la burguesía imperialista y le da un sello mucho más particular a su psicología y a su política, haciéndolos aptos para tomar directamente el timón de los asuntos del estado burgués.

A esta capa superior de “reformistas” es a quienes menos se aplica la frase “no tienen nada que perder sino sus cadenas”. Todo lo contrario: para todos estos primeros ministros, ministros, intendentes, diputados y líderes sindicales, la revolución socialista significaría la expropiación de sus posiciones privilegiadas. Estos cancerberos del capital no protegen únicamente la propiedad en general, sino principalmente su propie­dad. Son los enemigos encarnizados de la revolución de liberación del proletariado.

Contra el reformismo, una política revolucionaria y proletaria (comunista marxista) entraña para nosotros un sistema de lucha ideológica y metodológica que apunta primero al derrocamiento revolucionario del es­tado burgués con el método de unir al proletariado bajo el signo de la dictadura y reorganizar después la socie­dad de manera socialista.

Sólo la minoría más avanzada - el sector más consciente y audaz de la clase obrera - puede tomar la ini­ciativa del cumplimiento de esta tarea, minoría que - basándose en un programa claramente definido y científicamente elaborado, poseedora de una gran ex­periencia de lucha obrera - concentra en torno a sí a una mayoría siempre creciente del proletariado con la perspectiva de hacer la revolución socialista. Mientras dure el capitalismo, que le impone ideas perniciosas al proletariado, no puede esperarse que desaparezcan las diferencias entre el partido - producto de la selección ideológica - y la clase - producto automático del pro­ceso de producción -. Sólo después de la victoria del proletariado - caracterizada por un auténtico reanima­miento económico y cultural de las masas, es decir, por el proceso de liquidación de las clases - el partido podrá disolverse poco a poco en las masas trabajadoras hasta que, igual que el estado, desaparecerá. Sólo los charlatanes o los mandarines de sectas estériles pueden hablar de revolución proletaria y a la vez negar el papel de la vanguardia comunista.

Así, las dos corrientes fundamentales de la clase obrera mundial son el socialimperialismo por un lado y el comunismo revolucionario por el otro. Entre estos dos polos hay una serie de corrientes y agrupaciones de transición que cambian constantemente de ropaje y se encuentran siempre en estado de transformación y desplazamiento: a veces se desplazan del reformismo al comunismo, otras del comunismo al reformismo. Estas corrientes centristas no tienen, y su naturaleza no les permite tener, una base social bien definida. Mientras el comunismo es el abanderado de la clase obrera y el reformismo representa los intereses de la cúpula privilegiada de la misma, el centrismo refleja el proceso transicional en el seno del proletariado, las distintas oleadas dentro de sus distintas capas y las dificultades que estorban el avance hacia posiciones revolucionarias definitivas.

Precisamente por eso las organizaciones centristas de masas jamás son estables ni viables.

Es cierto que siempre habrá en la clase obrera una capa de centristas crónicos, que no quieren seguir con el reformismo hasta las ultimas consecuencias pero que son orgánicamente incapaces de convertirse en revolu­cionarios. Un ejemplo de este tipo de obrero centrista honesto fue, en Francia, el viejo Bourderon. Otro ejemplo más brillante y notable fue - esta vez en Alemania - el viejo Ledebour.[3] Por su parte, las masas jamás permanecen mucho tiempo en esta etapa transicional: se unen coyunturalmente a los centristas y luego avanzan para unirse a los comunistas o vuelven a los reformistas, salvo que caigan, por un tiempo, en la indiferencia.

Así fue cómo el ala izquierda del Partido Socialista francés se convirtió en un partido comunista, abando­nando a sus dirigentes centristas en el camino. El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, en cambio, desapareció, y sus militantes fueron todos a parar al comunismo o a la socialdemocracia.

De la misma manera, la Internacional “Dos y Media” desapareció de la faz de la tierra.[4]

Se puede observar el mismo fenómeno en el terreno del sindicalismo: la “independencia” centrista de los sindicatos británicos que se afiliaron a Amsterdam se transformó en el amsterdamismo más “amarillo” con la política traidora del momento de la huelga general.

Pero la desaparición de las organizaciones que citamos mas arriba a modo de ejemplo no significa, de ningún modo, que el centrismo haya dicho su última palabra, como afirma la burocracia comunista, cuya propia ideología es muy afín a la del centrismo. Ciertas organizaciones o corrientes de masas bien definidas quedaron reducidas a la nada en la posguerra inme­diata, cuando la movilización obrera europea cayó en reflujo. El agravamiento actual de la crisis mundial y la incuestionable radicalización de las masas provocaron inexorablemente el surgimiento de nuevas tendencias centristas en el seno de la socialdemocracia, los sindi­catos y las masas no organizadas.

No es de descartar que las nuevas corrientes centristas vuelvan a hacer surgir a algunos viejos diri­gentes centristas. Pero, nuevamente, no será por mucho tiempo. Los políticos centristas del movimiento obrero se parecen mucho a la gallina que empolla huevos de pato y luego se lamenta amargamente a la orilla del lago: ¡qué desvergonzados son estos niños que abandonan a su gallina “autónoma” para nadar en las aguas del reformismo o del comunismo! Si Cham­belland quiere tomarse la molestia, le resultará fácil encontrar a su alrededor a varias gallinas respetables abocadas en este momento a empollar huevos refor­mistas.

En el pasado, la burocracia obrera, siempre y en todas partes, se cubría con el principio de “autono­mía”, “independencia", etcétera, para asegurar su propia independencia respecto de los obreros; ¿cómo podía el obrero controlar a la burocracia si ésta tomaba como consigna algún principio? Como es sabido, durante mucho tiempo los sindicatos alemanes y británicos proclamaron su independencia de todos los partidos; los sindicatos estadounidenses se siguen enorgulleciendo de ello. Pero, como lo demostramos anteriormente, la evolución del reformismo, que lo ha atado definitivamente al imperialismo, impide a los reformistas emplear el rótulo de la “autonomía” con tanta facilidad como antes. Los centristas, que se aferran más que nunca a ese rótulo, probablemente aprovechan esta circunstancia. ¿Acaso su característica no es la de conservar celosamente la “autonomía” de sus vacilaciones y su hipocresía frente al reformismo y al comunismo?[5]

Así es como la idea de la autonomía, que en la historia de los movimientos obreros del mundo ha sido principalmente atributo del reformismo, es hoy la marca del centrismo.

Pero, ¿de qué tipo de centrismo?

Ya demostramos que el centrismo siempre cambia de posición: se desplaza hacia la izquierda y el comu­nismo, o hacia la derecha y el reformismo.

Si Chambelland echara una mirada a la historia de su grupo - aunque no sea más que desde el comienzo de la guerra imperialista -, le sería fácil descubrir la confirmación de lo que estoy diciendo. En la actualidad, los sindicatos “autónomos” se desplazan de izquierda a derecha, del comunismo al reformismo, incluso han rechazado el nombre de comunistas. Eso los emparenta con el POP, que sigue la misma evolución pero de manera más desorganizada.

Cuando se desplaza hacia la izquierda y aleja a las masas del reformismo, el centrismo cumple una función progresiva; sobra decir que eso no nos impedirá, llegado el caso, seguir denunciando la hipocresía del centrismo, ya que la gallina progresiva quedará aban­donada tarde o temprano a orillas del lago. Cuando, por otra parte, el centrismo trata de alejar a los obreros de los objetivos comunistas para facilitar - bajo la máscara de la autonomía - su evoluci6n hacia el refor­mismo, cumple una tarea que ya no es progresiva sino reaccionaria. Ese es, en la actualidad, el papel que desempeña el Comité por la Independencia Sindical.

“Pero esas son casi las mismas palabras que emplean los stalinistas”, repetirá Chambelland; ya lo ha escrito. Sería inútil preguntar quién libra una lucha más seria e implacable contra la política mentirosa de los stalinistas: el grupo de Chambelland la Oposición Internacional de Izquierda comunista. Pero un hecho es cierto: la orientación de nuestra lucha es diametralmente opuesta a la de la “lucha” de los “autonomis­tas”, porque nosotros seguimos la senda marxista, mientras que Chambelland y sus amigos siguen la senda reformista. Es cierto que no lo hacen conscien­temente: ¡jamás! Pero, por regla general, el centrismo nunca sigue una política consciente. ¿Acaso una galli­na consciente se sentaría a empollar huevos de pato? Claro que no.

¿En tal caso - podría preguntarse -, cómo se puede acusar de centrismo a dos antípodas como Chambelland y Monmousseau? Sin embargo, eso sólo puede parecerle paradójico a quien no comprende la naturaleza paradójica del propio centrismo; nunca es igual a sí mismo y ni se reconoce en el espejo, aunque se dé de narices contra el mismo.

Desde hace dos años los centristas del comunismo oficial vienen oscilando violentamente de derecha a izquierda, mientras que Monatte y sus amigos lo hacen de izquierda a derecha. Los dirigentes de la Interna­cional Comunista y de la Internacional Sindical Roja han debido actuar ciegamente para contener la ola que ellos mismos iniciaron. Aterrados por sus saltos aven­tureros, los centristas de la calaña de Chambelland se apresuran a hacerse fuertes frente a la ola que se está formando en el horizonte. En ese periodo de transición, entre dos marejadas, lo primero que se arroja a la playa es al centrismo, del que nacen los más diversos movi­mientos que parten en distintas direcciones. No es menos cierto que Chambelland o, para acercarnos más a la realidad, Monatte y Monmousseau, son dos caras de una misma moneda.

Aquí creo necesario recordar cómo concebían el problema sindical los actuales dirigentes de la CGTU y el Partido Comunista hace apenas seis años, cuando ya estaban al frente del partido oficial y habían iniciado - digámoslo al pasar - su lucha contra el “trots­kismo”. En el mes de enero de 1924, después de la reunión lamentable y sangrienta en la Maison des Syn­dicats [Casa Sindical], los dirigentes de la CGTU, presionados para disociarse de toda responsabilidad por la acción del partido y además del propio partido, redactaron la solemne Declaración de la CGTU, que decía:

“Como la preocupación que sienten por la autono­mía orgánica y administrativa de los partidos y sectas es tan grande como la que sienten por la autonomía de la Confederación (CGTU], los organismos responsables de la CGTU no tuvieron necesidad de discutir sobre la asamblea que la Confederación del Sena y la Juventud del Partido Comunista organizaron bajo su propia responsabilidad. Sea cual sea el carácter de los mitines organizados o actividades realizadas por partidos, sectas y grupos, el Comité Ejecutivo y el Buró de la Confederación, hoy como ayer, no tienen la menor intención de abdicar de su poder ante nadie, quienquiera que fuese. Sabrán mantener el control y el dominio de la actividad de la Confederación frente a todos los ataques exteriores [...]

“La CGTU no tiene el derecho ni el poder de cen­surar a ningún grupo de afuera, sus programas y sus objetivos; no puede aplicar restricciones a ninguno de ellos sin violar su indispensable neutralidad y demos­trar favoritismo hacia alguno de los partidos en pugna.

“Monmousseau, Semard, Racamond, Dudilieux, Berrar.”

¡Este es el documento - realmente incomparable - que perdurará eternamente como monumento a la claridad comunista y el coraje revolucionario! Y al pie de este documento leemos las firmas de Monmousseau, Semard, Racamond, Dudilieux y Berrar.

Creo que la Oposición de Izquierda francesa no sólo debería publicar el texto completo de esta “decla­ración”, sino también darle la publicidad que merece. ¡Porque nadie sabe qué sorpresas nos depara el futuro!

Durante los años que nos separan de la firma de la “declaración” en la que Monmousseau, Semard y Cía. anunciaron su absoluta neutralidad hacia el Partido Comunista y todas las demás sectas, estos dirigentes comunistas lograron no pocas hazañas de heroísmo oportunista. Por ejemplo, aplicaron con mucha sensatez la política del Comité Anglo-Ruso, basada totalmente en la ficción de la autonomía: el partido de Macdonald y Thomas es una cosa - enseñaba Stalin -, pero los sindicatos de Thomas y Purcell son otra muy distinta. Después que Thomas, con ayuda de Purcell, trans­formó a los centristas comunistas en asnos, éstos comenzaron a tenerse miedo a sí mismos.

Ayer Monmousseau exigía que los sindicatos fueran independientes, tanto de las sectas como de los partidos. ¡Hoy quiere que los sindicatos sean una mera sombra del partido, transformándolos así en sectas! ¿Quién es el Monmousseau actual, el Monmousseau número dos? Es el Monmosseau número uno, el que por miedo a sí mismo se volvió de adentro para afuera como un guante. ¿Quién es Chambelland? Es un ex comunista que, aterrorizado por el Monmousseau número dos, se arrojó a los brazos del Monmousseau número uno.

¿No salta a la vista que estamos ante dos varie­dades de la misma especie, o dos etapas de la misma confusión? Monmousseau trata de asustar a los obreros con el fantasma de Chambelland; Chambelland trata de asustar a los obreros con el de Monmousseau. Pero en realidad, cada uno no hace más que contem­plarse en el espejo con el puño extendido.

Ese es el meollo del asunto, si lo miramos más de cerca que Le Cri du Peuple... en el que hay más grito que pueblo.

El comunismo es la vanguardia de la clase obrera, unificada por el programa de la revolución socialista. No existe esta organización en Francia. Sólo existen algunos elementos y cierta cantidad de escombros. Quien se atreva a afirmar que los obreros no necesitan esa organización, que la clase obrera es autosuficiente, que es lo suficientemente madura como para prescin­dir de la dirección de su propia vanguardia, es un mise­rable adulón, un cortesano del proletariado, un dema­gogo, jamás un revolucionario. Embellecer la realidad es un acto criminal. Hay que decirles la verdad a los obreros, y ellos deben acostumbrarse a amar la verdad.

Chambelland se engaña gravemente si cree que los comunistas están en el “centro”, entre Mon­mousseau y... Chambelland. No, los comunistas están por encima de ambos. La posición del marxismo está muy por encima de todas las variantes del centrismo y de sus errores. Existe una sola corriente en la clase obrera capaz de transformar a los sindicatos en organis­mos de las masas y dotarlos de una auténtica dirección revolucionaria, y es la que estudia cada problema desde todos los ángulos, cuya sangre y médula están imbuidas de la comprensión marxista de la relación entre la clase y su vanguardia revolucionaria. En esta cuestión fundamental no cabe la menor concesión o silencio.

Aquí, más que en ningún otro terreno, se necesita claridad.



[1] ¿Qué es el centrismo? La Verité, 27 de junio de 1930. Traducido del francés [al inglés] por Jim Burnett.

[2] Joseph Paul Boncour (1873-1972): socialista de derecha hasta 1931, fue ministro en los gobiernos de Sarraut y Blum en la década del 30 y volvió al PS al fin de la segunda Guerra Mundial.

[3] Albert Bourderon (1859-1930): socialista francés que se opuso a la Primera Guerra Mundial y asistió a la Conferencia de Zimmerwald. Georg Ledebour (1850-1937): socialdemócrata alemán que se opuso a la Primera Guerra Mundial y fue uno de los fundadores del USPD. Se opuso a que el USPD se afiliara a la tercera Internacional y que volviera a la socialdemocracia y fundó su propio grupo, un nuevo USPD. Ingresó al grupo centrista SAP en 1931 y estuvo en contra de su ingreso a la Oposición de Izquierda.

[4] El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD): fundado en 1917 por elementos centristas que rompieron con la socialdemocracia. La mayoría de sus miembros se afilió al PC en 1920. La minoría siguió existiendo como grupo independiente afiliado a la Internacional Dos y Media hasta 1922, cuando todos, salvo el pequeño grupo de Ledebour, volvieron a la socialdemocracia. La Internacional Dos y Media (Asociación Internacional de Partidos Socialistas): fundada en febrero de 1921 por partidos y grupos centristas que habían roto con la Segunda Internacional bajo la presión de las masas revolucionarias. Si bien sus dirigentes criticaban a la Segunda Internacional, su política no era esencialmente distinta, y en 1923 se reunificaron.

[5] En el movimiento sindicalista francés de 1906-1914 se llamaba “independencia” a la ruptura con el oportunismo parlamentario. Por esta razón – por su propia naturaleza - el sindicalismo revolucionario francés creó un partido, pero este no se desarrolló plenamente y, por lo tanto, antes de que comenzara la guerra ya había entrado en decadencia. [Nota de León Trotsky]



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