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Recuerdos e impresiones

 

N. Tasin. En, “León Trotsky. Recuerdos e impresiones”, Madrid, 1919

 

“Su rostro revelaba un carácter mas que batallador, agresivo”, dice el publicista ruso Nicolás Tasin, que conoció a Trotsky en su juventud. “Era un verdadero orador, sus discursos eran como llamas que lanzaba sobre los obreros”

 

La primera vez que oí hablar de Trotsky fue en 1903, en Siberia, adonde me había deportado el gobierno del zar. Trotsky acababa de huir al extranjero con un pasaporte falso. Sus compañeros me hablaban de él como un hombre de porvenir:

-¡Ya lo verá usted! Ese muchacho llegará a ser uno de los jefes del movimiento revolucioanrio. Tiene algo de Lasalle.

Tales juicios me intrigaban , despertándome grandes ganas de conocer al Lasalle ruso. No fue cosa fácil para mí. Condenado a doce años de trabajos forzados, desesperaba ya de verme un día en libertad. Pero el mes de septiembre de 1904, después de una estancia de dieciocho meses en Siberia, pude escaparme sin despedirme de los gendarmes, como se dice en Rusia, y sin pagar mi cuenta al gobierno ruso, al que quedé debiéndole diez años y medio de prisión.

Después de vencer una porción de obstáculos, llegué, seis semanas después, a Berlín. Y la primera cosa que me propusieron mis amigos, fue ir a una conferencia que daba Trotsky.

-¿Pero está en Berlín?

-Sí. Y esta tarde dará una conferencia sobre Lasalle.

¡Trotsky hablando sobre Lasalle! No cabía duda de que el destino me era favorable.

Aquella noche tuve el gusto de conocer a Trotsky. Nuestra conversación giró alrededor de la vida en Siberia y de mi fuga. Todo el tiempo que duró nuestra charla estuvo con sus ojos fijos en mí, como si quisiera tomarme medida. Yo también le estudiaba con la mirada. Me produjo la impresión de un hombre fuerte, orgullosos, duro, tenaz, implacable. Sus labios finos y apretados, sus cejas fruncidas sobre los ojos fríos y penetrantes, todo su rostro nervioso y expresivo revelaban un carácter más que batallador, agresivo. En su cara había algo de mefistofélico: sus facciones descarnadas, su alta frente, su mirada aguda, su barba móvil, adornada con una pequeña perilla, me recordaban la cabeza de Mefistófeles, obra del célebre escultor ruso Antokolsky.

A los pocos minutos Trotsky subió a la tribuna. La sala estaba llena de un público bullicioso. El conferenciante, con un gesto imperiosos, hizo el silencio y comenzó a hablar. Desde las primeras palabras se vio que era un verdadero orador, dueño del arte de dominar a su auditorio. Hablaba con extraordinaria facilidad, sin consultar las notas que tenía sobre la mesa. Las frases se sucedían redondas y perfiladas, en orden perfecto, llenas de brillo. De vez en cuando levantaba la voz, y entonces sus palabras semejaban un juego de artificio que caía en estrellas de colores sobre los oyentes. Era un orador artista, quizá más bien un artista que un orador.

En Petrogrado me encontré con Trotsky por tercera vez. Era en la primavera de 1905. La capital estaba convertida en un hervidero de pasiones políticas. Las terribles derrotas, que los japoneses habían infligido a las tropas rusas en la Manchuria, provocaron la indignación general contra el zarismo. Soplaban nuevos vientos. Las masas obreras preparábanse a la lucha. Millares y millares de folletos y hojas volantes excitando a la revolución, salían de las imprentas clandestinas. Hasta los liberales se daban cuenta de que el gobierno zarista no podía conducir al pueblo más que al abismo.

Trotsky, con su nombre supuesto, derrochaba gran actividad. Con freceucnai le veía sobre tribunas improvisadas en las grandes fábricas de Putilov, de Obujov y otras, exteriormente rodeadas por los cosacos. Sus discursos eran como llamas que lanzaba sobre los obreros. Siempre desifrazado, cada día de una forma, recorría las calles de la capital, tomaba parte en las reuniones del Comité revolucionario, asistía a los mitines, escribía artículos en la prensa clandestina. Y, en medio de ese trajín, permanecía sin perder nunca la cabeza, conservaba siempre su sangre fría, burlaba con acierto a la policía y a los espías.

 A fin de mayo, casi todo el Comité Revolucionario de la Capital, incluso yo, fuimos detenidos. Me metieron en la fortaleza de Pedro y Pablo y no pude ver más a Trotsky en Petrogrado. Solo después de mi nueva fuga de la prisión central de Orel, adonde me trasladaron en 1906, me enteré de que Trotsky representó en octubre de 1905 un gran papel en el movimiento revolucionario de Petrogrado y fue elegido vicepresidente del primer Soviet de los obreros.



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