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Resolución sobre la lucha de clases y la guerra en Extremo Oriente

Congreso de fundación de la IV Internacional, 1938

Les Congrès de la Quatrième Internationale, Tomo 1

 

El conflicto en el Extremo Oriente entre China y Japón pone al desnudo algunos de los principales síntomas de la crisis del capitalismo mundial, que ha llegado a su estadio final, es decir a su grado imperialista más desarrollado. Nos abre perspectivas de gran impulso revolucionario en un punto decisivo del globo. Japón, el eslabón más débil de la cadena del imperialismo mundial, busca superar su estado de decadencia por medio de una guerra colonial. Los imperialistas japoneses, al invadir China, han provocado una campaña defensiva, que, a pesar de su debilidad y de la insuficiencia que le da la dirección del Kuomintang, toma el carácter de una guerra de liberación nacional. Al mismo tiempo Japón, al continuar con su guerra de pillaje, ha acentuado los antagonismos interimperialistas que empujan a la humanidad hacia una nueva guerra mundial.

 

La evolución del Japón capitalista

Japón, elevado tardíamente al rango de potencia imperialista hacia fines del siglo XIX, se encuentra con un mundo ya repartido entre las potencias capitalistas. Los imperialistas japoneses tuvieron que apoyarse en una base económica extremadamente débil para la realización de sus planes. A falta de materias primas esenciales, como el carbón y el hierro, el cuero, el petróleo y el algodón, se vieron obligados a buscarlas más allá de sus fronteras. La adquisición de esas materias primas era la condición, no solamente de la expansión japonesa, sino también de su supervivencia en la competencia capitalista. La carrera del imperialismo japonés debutó con la guerra chino - japonesa de 1894 - 1895, en la que Japón venció a China y se apoderó de Corea y de Formosa. Diez años más tarde, Japón salía victorioso frente a la Rusia zarista y se apoderaba de la zona de influencia de esta última en el sur de Manchuria. Durante la guerra mundial de 1914 - 1918, Japón invadió la provincia china de Shan tung, y le presentó a China las famosas "21 condiciones" que, prácticamente, sometían a todo el país bajo control japonés2.

Después de la guerra, la creciente demanda de productos de todo tipo dio un potente impulso a la industria japonesa. El crecimiento de las fuerzas productivas durante este período intensificó todas las contradicciones de la economía nacional. En el tratado de Versalles, Japón, como socio reciente de las potencias aliadas, recibió solamente una miserable parte del botín de guerra. Después de haber cedido a Japón algunas islas del Pacífico, anteriormente bajo dominación alemana, los Aliados imperialistas, en la Conferencia de Washington de 1922, lo forzaron a evacuar la provincia de Shan tung. También lo obligaron a retirar sus tropas de las provincias marítimas de Siberia, en donde habían formado parte de los ejércitos de intervención dirigidos contra el primer estado obrero, engendrado por la Revolución de Octubre en Rusia.

Estos hechos coincidieron con los derechos de aduana y de cupos - medidas de extremo proteccionismo propuestas para superar la crisis económica de posguerra en Occidente - que dieron a Japón un doble golpe en el frente económico. El proteccionismo no solamente disminuyó el comercio japonés, sino que estranguló sus importaciones en materias primas, siendo estas últimas financiadas por el comercio de exportación.

Los golpes para el comercio japonés tuvieron como consecuencia el drenaje de las reservas de oro del país. Una aguda crisis monetaria, que reflejaba la total inseguridad de la estructura económica japonesa, se agravó aún más tarde, luego del desastroso temblor de tierra de 1923. El capitalismo japonés estaba condenado a ahogarse dentro de sus propias fronteras naturales, a menos que pudiera encontrar una salida por medio de conquistas coloniales.

El crecimiento de las fuerzas productivas de Japón y el desarrollo de las relaciones económicas capitalistas no tuvieron como resultado la correspondiente aparición de una superestructura social y política, como en los países capitalistas de Occidente. La transición de la sociedad feudal a la sociedad capitalista se cumplió sin revolución, y la burguesía no se encontró con la necesidad de arrasar con las viejas instituciones sociales y de reemplazarlas por nuevas. Salida de las filas de la nobleza y de la casta militar de los samurais, la burguesía adaptó sus viejas instituciones a las exigencias del nuevo sistema de explotación capitalista, con algunas modificaciones. Así, las antiguas instituciones feudales, que comprendían una monarquía "divina", una casta militar semi independiente, tipos semi feudales de explotación, existen codo a codo con un parlamento "democrático" y trusts financieros e industriales todopoderosos.

Sin embargo, sería falso deducir de la presencia de estas supervivencias feudales, por todopoderosas que parezcan, que la próxima etapa del desarrollo social de Japón deba ser una revolución democrática. Este es el razonamiento superficial y oportunista de los stalinistas. Las relaciones burguesas de propiedad y el sistema de explotación capitalista que reinan a la vez sobre el proletariado y sobre el campesinado, llaman al derrocamiento revolucionario de la clase dirigente y a la instauración de la dictadura del proletariado como único camino de salida, tanto para los obreros como para los campesinos. Si, en la cresta de la ola de la revolución japonesa, el partido revolucionario de masas buscara descubrir una solución intermedia, "democrática", a los grandes problemas sociales, el resultado inevitable sería la desorientación y la destrucción de las fuerzas revolucionarias, y el retorno al poder de la clase gobernante en bancarrota.

La casta feudal de los generales y oficiales, unida superficialmente por la monarquía, no forma un cuerpo homogéneo. Mientras que los cuadros de oficiales subalternos provienen de las poblaciones rurales, las capas más altas del campesinado, las cumbres, se confunden con la burguesía industrial y financiera. Toda la casta militar se encarniza en mantener para ella sola los privilegios tradicionales y la posición semi independiente que ocupaba en la época feudal. Tras este objetivo, está organizada en instituciones típicamente feudales, tales como la sociedad secreta del Dragón Negro. El esfuerzo desplegado por la casta militar para mantener intactos sus privilegios y su poder tiende a complicar el principal problema de la clase japonesa reinante, tomada en su conjunto, que es el de mantener el aplastante sistema de explotación actual sobre el proletariado y el campesinado, con toda la opresión que lo acompaña.

Periódicamente, esta casta entra en conflicto con la industria y el capital financiero que buscan llenar la fosa cavada en la economía por las necesidades parasitarias de la casta militar. Las revueltas del ejército y el asesinato de dirigentes políticos representativos de la burguesía industrial y financiera constituyen las expresiones más agudas de este conflicto. Estas revueltas también expresan, en la medida en que están dirigidas por los cuadros subalternos de oficiales, la rebelión del campesinado contra el capital financiero. Pero, como cada una de las partes de la clase reinante se da cuenta de los peligros de una desunión de clase, los conflictos finalmente se resuelven sobre la base de concesiones mutuas, que caen sobre las espaldas de las masas japonesas como cargas suplementarias, y entonces, deciden de común acuerdo el envío de expediciones de pillaje militar que someten a los pueblos vecinos, cimentando así las fisuras que se producen en la estructura dominante de la clase gobernante tomada en su conjunto.

La crisis del desarrollo capitalista en China

China, situada geográficamente cerca de Japón, con una población de cerca de 435 millones de habitantes repartidos en una amplia región de territorios ricos en minerales y otras importantes materias primas, era el escenario natural para la expansión de Japón. Los imperialistas japoneses vieron en China la perspectiva de una "solución fundamental" para sus dificultades económicas cada vez más acuciantes. El examen de esta perspectiva dejaba entrever posibilidades de potencia y de grandeza imperiales. Pronto, China fue considerada no solamente como la solución de los problemas económicos, sino también como el punto de partida de expediciones que plantarían la bandera del Sol Naciente en Siberia, al menos tan lejos como el lago Baikal, en la India y en Malasia, en Indonesia, en las islas Hawai y en Filipinas, en las antípodas, para no nombrar América latina, ni las zonas más occidentales de EEUU.

El hecho que los imperialistas japoneses no buscaran antes poner a China bajo su absoluto control por medio de una guerra se reducía al temor que le inspiraban sus todopoderosos rivales de Occidente, a quienes hubiera tenido que atacar inevitablemente en sus intereses. La revolución china de 1925 - 1927 le dictó a Japón una política de observación y de espera, tanto más cuanto que la ola antiimperialista en China durante este período estaba dirigida únicamente contra Inglaterra. La crisis económica mundial que alcanzó al mundo capitalista en el período de reconstrucción de posguerra, le suministró rápidamente a Japón una ocasión favorable y una incitación a la acción. Aprovechando las agudas dificultades que le causaron a las potencias occidentales sus propios problemas internos, los imperialistas japoneses se apoderaron de Manchuria en 1931, y en el curso del año siguiente, establecieron allí su "protectorado" de Manchukuo. En 1933, se apoderaron de la provincia de Jehol, la anexaron a Manchukuo, y comenzaron entonces a establecer una base en el norte de China. Los horrores militares con los que Japón agobia actualmente a China representan una etapa ulterior de los planes japoneses de conquista colonial.

China, país atrasado, ha sido víctima de la rapacidad capitalista desde hace más de un siglo. Los fusiles imperialistas, a principios del siglo XIX, pusieron fin a su antigua reclusión y a su aislamiento, e introdujeron la industria moderna y las formas capitalistas de explotación en el interior del país. Los imperialistas penetraron en China, primero como comerciantes. Pero, con el rápido progreso de la industria occidental y con la creciente acumulación de plusvalía, resultados de una explotación cada vez más intensa del trabajo, era solo una cuestión de tiempo que China fuera considerada no solamente como un mercado cómodo, sino también como un campo lucrativo de inversiones de capital. China, inagotable fuente de mano de obra barata, se convirtió en un polo de atracción magnética para el capital extranjero.

En una serie de guerras en las que la decadente dinastía manchú se mostró completamente impotente, los poderes imperialistas sometieron al territorio chino a sus exacciones, establecieron "concesiones" en las principales ciudades chinas, y le arrancaron una serie de "privilegios" destinados a proteger su comercio y sus inversiones. Al limitar los derechos de importación chinos al 5% "ad valorem", se aseguraron la posición competitiva de sus productos en el mercado chino. Al controlar la percepción y el reparto de los ingresos de aduana chinos, se aseguraron el pago de la deuda externa de China, que crecía rápidamente. Al establecer el principio de la extraterritorialidad, alcanzaron a exceptuar a sus negocios del impuesto chino, y sus negocios nacionales de la jurisdicción china. Los tratados desiguales en que se incorporaron estos privilegios eran el signo de la reducción de China a un estado de país semi colonial.

La penetración económica imperialista sacudió la economía semi feudal de China, que se basaba en la agricultura y el artesanado, hasta sus mismos cimientos. Los productos baratos, fabricados por las empresas extranjeras en China y en Occidente penetraron en el país por medio de los ferrocarriles construidos por los imperialistas. Los funcionarios manchúes, la parte más importante de la antigua clase dirigente, se transformaron en agentes comisionistas del capital extranjero (compradores).

Los "privilegios" especiales que los imperialistas le arrebataron a China actuaron contra el desarrollo general de una economía capitalista china independiente, y encerraron las fuerzas económicas del país en una "camisa de fuerza" política. Por lo que fuera, durante la guerra mundial, tanto la industria china como la japonesa, fue considerablemente estimulada.

La preocupación de la mayoría de los imperialismos occidentales, aunque dándole rienda a las ambiciones coloniales de Japón en China, aliviaba sin embargo al país de una total opresión imperialista. La industria indígena progresó rápidamente. 

Fue durante este período que la llamada burguesía "nacional" buscó establecer sus propias bases económicas en competencia con los imperialistas, e hizo su aparición. El proletariado chino, proveniente de la población empobrecida de las aldeas, creció considerablemente en fuerzas y, como resultado de su agrupamiento en vastas fábricas y empresas, aumentó su conciencia de clase y su espíritu de lucha. Cuando el imperialismo inglés, que había superado su crisis de posguerra, comenzó a afirmarse nuevamente en China, se vio obligado a dirigir sus fusiles contra los trabajadores chinos en huelga. Sangrientas masacres causadas por las tropas y la policía británica en 1925 - 1926, en las que los trabajadores y los estudiantes, sus aliados, fueron las principales víctimas, desencadenaron una oleada antiimperialista que amenazó con deglutir a toda la estructura de dominación imperialista en China. La burguesía nacional china, irritada por las humillaciones, y viendo una posibilidad para asestar un golpe a sus principales rivales extranjeros en el terreno comercial, apoyó al movimiento antiimperialista aportando una moderada ayuda financiera a los trabajadores en huelga en las fábricas de las empresas imperialistas. Pero, cuando el movimiento huelguístico se extendió o amenazó con extenderse a las instalaciones industriales indígenas, y además, cuando se profundizó hasta alcanzar el carácter de una revolución social, los explotadores nacionales develaron su instinto de clase y se solidarizaron con los imperialistas contra los obreros. 

El retraso histórico y la esclavitud de China a manos de los imperialistas privaron a la burguesía china de desempeñar el papel progresivo que había tenido su predecesora europea en las revoluciones burguesas de Occidente. No pudo ni establecer raíces de clase independientes en la sociedad china, ni afirmarse como una clase dirigente y soberana.

Los compradores, agentes directos de los imperialistas, reclutados entre los nobles terratenientes, los mercaderes y la antigua burocracia manchú, fueron los primeros representantes del capitalismo chino. De las filas de estos compradores salió la burguesía "nacional". Miles de nudos de interpenetración, de interdependencia y de intereses comunes encadenaron a la burguesía nacional a los compradores. Se asociaron para la explotación, no solamente del proletariado, sino también del campesinado. Desde entonces, sus intereses estuvieron estrechamente ligados a los de los explotadores de las aldeas con los que se conectaban por el amplio sistema bancario del país.

En este complejo de relaciones se basa la explicación de la extrema incapacidad de la burguesía china para dirigir un combate consecuente contra el imperialismo, para edificar un estado moderno unificado, y para resolver el problema agrario.

Las clases en la revolución china

La pequeño burguesía ocupa una posición intermedia entre la gran burguesía y el proletariado. Una enorme mayoría de la clase consiste en pequeños propietarios campesinos y granjeros. En las ciudades, además, se encuentra el numeroso ejército de comerciantes, artesanos manuales, representantes de las profesiones liberales tales como profesores, doctores y abogados, funcionarios de gobierno, que están sometidos a la opresión de la gran burguesía y de los imperialistas.

El campesinado, en razón de su posición social intermedia y dependiente por la diversidad de su estructura, por su dispersión en vastos espacios, por su individualismo y su instinto de propiedad, por su retraso cultural, es incapaz, a pesar de su preponderancia numérica, de desarrollar un papel político dirigente e independiente en la sociedad china. Ni siquiera puede resolver sus problemas más urgentes, liberándose del fardo que constituye el parasitismo de los usureros y de los señores. Es menos capaz aún de reorganizar toda la economía agraria en un nivel nuevo y más elevado, estableciendo la granja colectiva a gran escala. La degeneración y la desaparición de la llamada República soviética china, el abandono explícito de la revolución agraria por parte de los líderes stalinistas del campesinado que han dejado atrapado un grandioso movimiento agrario en la red del gran terrateniente Kuomintang, constituyen una reciente demostración histórica de la debilidad política del campesinado. Como clase, el campesinado puede ser dirigido, pero no puede dirigir. En todos sus movimientos, pasa por la dirección, ya sea de la burguesía, ya sea del proletariado. La pequeño burguesía de las ciudades es también débil y dependiente, y no puede cumplir ningún rol político dirigente. El hundimiento de los grandes movimientos estudiantiles dirigidos en el curso de los últimos años contra el Kuomintang y el imperialismo fue el resultado directo del hecho que estos movimientos no encontraron ninguna base sólida en un proletariado activo.

Dado el carácter reaccionario, débil y dependiente de la burguesía, y dada la debilidad política de la pequeño burguesía, las tareas nacionales o democráticas (independencia frente al imperialismo, creación de un estado unificado, revolución agraria) se convierten en tareas del proletariado, una clase que, única entre todas las clases de la sociedad, tiene objetivos sociales independientes y progresivos, y no tiene ningún lazo de interés, tanto con los imperialistas como con los explotadores indígenas - una clase que, a pesar de su inferioridad numérica, posee una fuerza concentrada que la puede elevar a la cima de la sociedad. Sobre los hombros del proletariado reposan las tareas gemelas de dar solución a los problemas nacionales, y de abrir el camino para la reconstrucción socialista de la sociedad, al elevarse a sí mismo al estado de clase dirigente en alianza con todas las masas explotadas de las ciudades y de las aldeas.

En 1925 - 1927, cuando la ola de la revolución ascendía, la política revolucionaria reclamaba la orientación del proletariado chino en este camino. Lo que le faltaba al proletariado en fuerza numérica se lo aportaban los campesinos y el pueblo pobre, que representaban un poderoso reservorio de fuerzas revolucionarias. La dirección progresiva del campesinado estaba asegurada por el proletariado. Juntas, estas clases representaban una fuerza invencible contra la cual todas las armas del imperialismo y de la reacción burguesa y feudal se mostrarían impotentes, si se le hubiera dado a esta fuerza una clara dirección revolucionaria.

Pero la dirección Stalin - Bujarin de la Internacional Comunista, dando la espalda a toda la experiencia revolucionaria anterior, incluida la experiencia rusa, aún fresca, recurrió en China a la política menchevique que no pudo ejecutarse en Rusia en 1917. Oponiendo las tareas nacionales de la revolución china a la lucha emancipadora de los trabajadores y los campesinos, separando arbitrariamente a los dos, de acuerdo a la teoría muerta de las "etapas", declararon que las tareas inmediatas en China eran la unificación nacional y la expulsión de los imperialistas. Además, conforme a las mezquinas concepciones nacionalistas que ya dominaban la política soviética, la burocracia soviética consideraba a la burguesía china como un aliado posible contra Gran Bretaña, por entonces jefe del frente capitalista antisoviético.

Por eso Stalin y Bujarin le asignaron a la burguesía china el papel dirigente en la lucha nacional. Subordinaron al Partido Comunista Chino al Kuomintang, y al proletariado y al campesinado, a la burguesía. La fórmula política de esta subordinación era el "bloque de las cuatro clases", en el seno del cual el proletariado y el campesinado estaban supuestamente unidos a la burguesía y a la pequeño burguesía en la lucha contra el imperialismo. Los comunistas chinos recibieron la orden de Stalin y Bujarin de mantener el movimiento de huelgas y las actividades de los campesinos dentro de límites aceptables para la burguesía, con el fin de no perturbar el "frente nacional unificado". Esta traición oportunista de la revolución se hizo pasar por bolchevismo al proletariado chino, lleno de juventud e inexperto, y al Partido Comunista Chino, más joven y más inexperto aún. En lo más alto de la oleada revolucionaria, la burguesía, bajo la dirección de Chiang kai Shek, concluyó la paz con el imperialismo al precio de algunas miserables concesiones hechas a sus sentimientos nacionales, y se volvió salvajemente contra los obreros y los campesinos sin desconfianza a los que los comunistas le habían enseñado a considerar a la burguesía como su jefe y su salvador. La burguesía selló su alianza con el imperialismo en la sangre de las masas insurgentes.

Sobre las ruinas de la revolución china de 1925 - 1927 se levantó el régimen contrarrevolucionario del Kuomintang. Los trabajadores regresaron a una esclavitud intensificada por la nueva dictadura militar de Chiang kai Shek, que inauguró un reinado del terror y barrió con todas las organizaciones obreras. Las guerras entre jefes militares, prueba de la completa desunión del país, reaparecieron a una escala sin precedentes, cuando Chiang kai Shek buscó extender su poder a través de toda China. El campesinado, bajo el flagelo de los señores, la usura y las requisiciones militares, cayó en ruinas más profundas aún. El imperialismo, contra quien se había dirigido específicamente el "bloque de las cuatro clases", fue capaz de fortificar todas sus posiciones de mando. El camino estaba listo para la posterior invasión japonesa, con su amenaza evidente para la Unión Soviética. Tales fueron los reales frutos de la política de Stalin - Bujarin en China. 

El gobierno del Kuomintang que surgió de los acontecimientos de 1925 -1927 representó el triunfo de la contrarrevolución burguesa sobre el movimiento popular de masas. Chiang kai Shek, jefe de las fuerzas militares del Kuomintang, instauró una dictadura de hierro. Al mismo tiempo que aplastaba las últimas cenizas de la revolución, "expropiaba políticamente a la burguesía con el fin de salvarla económicamente". Las masas pequeño burguesas cuyo empuje constituía la fuerza del Kuomintang frente a los sátrapas regionales militares, en la cima de la oleada revolucionaria, cayeron en la pasividad política, con excepción de una parte del campesinado, estimulado por la explotación intensificada, que tomó el camino de la guerra civil abierta contra los antiguos y los nuevos opresores. Así, el Kuomintang se convirtió en un partido bien revivificado de la burguesía.

Los nuevos dirigentes justificaron su hipócrita sofocación de las masas apelando a las doctrinas pequeño burguesas del Sun Yat Sen al programa del Kuomintang, especialmente a los supuestos "principios de la democracia", con su prescripción de una puesta bajo tutela política de las masas durante un cierto período. La dictadura militar, progresando bajo la única dirección del Kuomintang, al sofocar a todas las otras tendencias políticas, fue presentada como una preparación de las masas para un gobierno "democrático". Pero hoy la democracia no está más cerca de su realización que hace once años. Este hecho constituye la prueba viva que entre la dictadura militar del Kuomintang y la realización de la dictadura del proletariado no puede haber ninguna "etapa" democrática, intermedia y transitoria. Aquellos que, como los stalinistas, pretenden que tal etapa es posible - incluso inevitable - engañan y desorientan a las masas, y preparan así la traición y la derrota de la revolución china.

Los soviets chinos de 1930 a 1937

Los comunistas chinos pasaron de la fatal política oportunista que siguieron en 1925 - 1927, durante el curso de la oleada revolucionaria ascendente, al aventurerismo, su extremo opuesto, en el período de la contrarrevolución. Después de los levantamientos poco importantes, precipitados y desastrosos, que fracasaron luego del trágico putsch de Cantón, y que los alejó de su base, es decir, de la clase obrera, los comunistas trasladaron nuevamente su actividad al interior del país, en el campo. Abandonando al proletariado derrotado en las ciudades, se pusieron a la cabeza de los ejércitos campesinos que surgieron como continuación de las revueltas agrarias durante el flujo de la marea revolucionaria, dándose por objetivo el establecimiento de una "dictadura democrática de los obreros y de los campesinos", precisamente, esa etapa democrática intermedia que, para China y para todos los países coloniales, está históricamente excluida.

Aunque adelantándose al grito de guerra de los soviets que los comunistas habían negado en la cima de la oleada de la revolución, pero que, más tarde, debía ser santificado por la política del "Tercer período", la guerra campesina no logró despertar eco entre los obreros. Doblegados por la dictadura militar de Chiang kai Shek y en una crisis económica devastadora, desorganizados ulteriormente por la táctica comunista de los "sindicatos rojos", reducidos a la pasividad porque los comunistas se negaron a desarrollar un programa de reivindicaciones democráticas correspondiente a las necesidades vitales en la nueva etapa contrarrevolucionaria, los obreros abandonaron la vida política. A fines de 1934, Chiang kai Shek, sin encontrar oposición por parte del proletariado, fue finalmente capaz de aplastar los soviets campesinos aislados, a pesar de las numerosas y heroicas batallas libradas por los Ejércitos Rojos campesinos. 

En 1931, la invasión japonesa a Manchuria encontró al gobierno del Kuomintang llevando adelante una guerra de exterminio contra los campesinos rebeldes y, al mismo tiempo, reforzando su dictadura reaccionaria sobre los obreros. Anunciando una política de "no - resistencia" al imperialismo japonés, Chiang kai Shek proclamó, como tarea suprema, la supresión definitiva del movimiento campesino insurreccional, significando con eso el establecimiento del poder personal de Chiang sobre el de sus adversarios provinciales. El reverso de la medalla de la "no - resistencia" fue una vigorosa manifestación del ascendente movimiento antijaponés, que revelaba nuevamente la fundamental unidad de intereses entre los imperialistas y la burguesía nacional. La política de la "no - resistencia" del Kuomintang facilitó la invasión de China por los japoneses. Los imperialistas, por su parte, fueron más que generosos al ayudar al Kuomintang a aplastar a los campesinos y a mantener el movimiento obrero en un estado de postración.

Mientras mantenía a las masas oprimidas y reculaba paso a paso frente a los invasores japoneses, el Kuomintang se acercaba a los ingleses y a los norteamericanos, con la esperanza que estos últimos, temiendo por sus propios intereses en China, se vieran obligados a detener la avanzada de Japón. Tenía también la esperanza que China tuviese un instante para respirar, gracias a las relaciones cada vez más tensas entre Japón y la URSS.

Pero los estragos de la crisis económica mundial que coincidían con el empuje colonial japonés, junto con su propia insuficiencia militar, hicieron que Inglaterra y Norteamérica adoptaran una política expectante en el Extremo Oriente, mientras incitaban al Kuomintang a resistir a Japón todo lo posible. La burocracia stalinista, temporariamente casada con la política de statu quo, estaba lista para hacer numerosas concesiones a Japón, de manera de asegurar la continuidad de la construcción del "socialismo" dentro de las fronteras de la URSS. El agravamiento de las dificultades internas y la inmovilidad de sus principales rivales empujaron a Japón a emprender campañas de creciente envergadura en 1937, en vistas de conquistar China del Norte y de atacar la cuenca del Yangzi. El Kuomintang se encontró frente a la alternativa de abdicar frente a Japón o de resistir con la ayuda material que se pudiera asegurar en el extranjero. Difiriendo de las primeras expediciones japonesas, la más reciente campaña hizo temblar al régimen del Kuomintang en su propia fortaleza, y a la burguesía en el corazón mismo de su lucro y de su poder, mostrando claramente que los límites de la política de la "no - resistencia" ya habían sido alcanzados.

El Kuomintang resolvió emprender una campaña militar puramente defensiva contra Japón, lo que era muy diferente a la lucha efectiva de principios contra el imperialismo, tomada en general para la independencia nacional de China. En la decisión de resistir que tomó el Kuomintang intervinieron otros factores. Apoyado por la ayuda financiera inglesa y norteamericana, y por una coyuntura económica en ascenso, entusiasmado también por sus victorias sobre los soviets chinos, el régimen había crecido, más sólido y más seguro de sí mismo. Además, la política de la "no - resistencia" junto al crecimiento del sentimiento antijaponés, a través de todo el país, era cada vez más explotada contra Chiang kai Shek por sus rivales en las provincias, con un éxito creciente.

La guerra de conquista japonesa y los imperialismos.

La más reciente fase del empuje colonial japonés coincidió con la degeneración final de la Internacional Comunista. Los partidos comunistas, de instrumentos de la lucha de clases revolucionaria, se han transformado en instrumentos de la diplomacia stalinista. Buscando aliados entre los poderes democráticos capitalistas, contra la creciente amenaza de guerra, la burocracia stalinista ordenó a estos partidos abandonar su programa revolucionario y apoyar a la burguesía de sus países. Al igual que Stalin necesitaba de las democracias burguesas de occidente como aliadas contra la Alemania de Hitler, en Extremo Oriente, de acuerdo con su orientación anglo - franco - americana, el Partido Comunista Chino buscó una vez más una alianza con el Kuomintang burgués, esta vez contra el Japón imperialista. Lo que quedaba del Partido Comunista Chino luego de la liquidación brutal de los soviets campesinos por parte de Chiang kai Shek, ha abandonado públicamente los últimos vestigios de política revolucionaria, con el fin de entrar en el "frente popular antijaponés", con el verdugo de la revolución china. Los stalinistas chinos liquidaron formalmente a la China soviética, entregando a Chiang kai Shek los restos del Ejército Rojo campesino, renunciando abiertamente a la lucha agraria, abandonando explícitamente los intereses de la clase trabajadora. Al abrazar públicamente las doctrinas pequeño burguesas del Sun Yat Sen, se han proclamado los gendarmes de la propiedad privada burguesa, y, conforme a la práctica stalinista universal, son los enemigos de la revolución.

El imperioso deber del proletariado internacional, y especialmente, de la vanguardia revolucionaria, es el de apoyar la lucha de China contra Japón. El crimen de los stalinistas consiste, no en la ayuda y la participación en la lucha de China, incluso bajo la dirección del Kuomintang, sino en el abandono de la lucha de clases, en el abandono de los intereses de las masas explotadas, en la capitulación política frente al Kuomintang, en la abdicación del derecho de movilización independiente de las masas contra el invasor japonés, en la renuncia a la crítica revolucionaria de la dirección de la guerra por el Kuomintang, en reforzar la dictadura de Chiang kai Shek, en apoyar y en difundir la ilusión que el Kuomintang y la burguesía nacional pueden dirigir la guerra de una manera eficaz y hacia un final victorioso.

Por estas acciones traidoras, descarrían, trastornan y desorientan a las masas chinas, e impiden una movilización revolucionaria. En los demás países, los stalinistas, impotentes para arrastrar a los trabajadores a solidarizarse con la causa de la China, hacen vanos llamados a los gobiernos imperialistas, "democráticos", "pacíficos", con el fin de salvar a China de Japón. Fundamentan estos llamados, no en una base revolucionaria (no hay ninguna), sino en la propia necesidad de los imperialistas de preservar sus intereses de piratas en China y en el Extremo Oriente. Hostigan a los trabajadores para que ayuden a su propio gobierno imperialista en una acción de "seguridad colectiva" contra Japón - que, en realidad, no es más que la acción de una pandilla de bandidos contra otra. Así, los stalinistas, ajustando el paso con la derrota política de la II Internacional, se perfilan como los traidores socialpatriotas de la clase obrera y de los oprimidos en general, no solamente en los países "democráticos" de Occidente, sino también en Oriente.

El imperialismo inglés, con sus vastos intereses comerciales y la apuesta de una inversión en China de diez mil millones de dólares, se conmueve cada vez más con los progresos de Japón. Sin embargo, el golpe que amenaza alcanzar sus intereses en China no constituye más que un solo aspecto de la ansiedad que lo oprime con respecto a su imperio, cuando ve llegar la lucha por un nuevo reparto del mundo, en el que el ataque de los japoneses a China, siguiendo a la conquista de Etiopía por Italia y a la intervención germano - italiana en España, no es más que el comienzo.

Inglaterra, mientras persigue una estrategia temporaria destinada a retardar el inevitable desenlace, se ocupa desesperadamente en la construcción de una maquinaria de guerra propia para defender sus posesiones dispersas. Incapaz por el momento de provocar a Japón por las armas - sobre todo, en razón de sus dificultades mediterráneas, Inglaterra busca bloquear a Japón, acumulando todos los obstáculos posibles en el camino de este país - en especial, suministrando una ayuda material cada vez mayor al régimen del Kuomintang y llevando, paralelamente, una acción diplomática con EEUU, con el objeto de espantar a los imperialistas japoneses con el espectro de un bloque anglo - americano.

Inglaterra estima que Japón terminará por agotarse en el transcurso de una larga guerra de usura con China. También cuenta con la posibilidad de un conflicto entre Japón y la URSS que contendría así la amenaza japonesa suspendida sobre las posesiones y los intereses británicos en Extremo Oriente. Una esperanza similar anima a los imperialistas ingleses cuando consideran el bloque ítalo - germano - nipón como un todo que, por el momento, es el principal provocador sobre los intereses mundiales de Inglaterra. Mientras espera, temiendo que las revueltas de sus millones de esclavos coloniales creen un peligro en la retaguardia durante la guerra que viene, el imperialismo inglés compra a la burguesía nacional de sus colonias (constitución hindú, tratado anglo - egipcio), para asegurarse su fidelidad. Los dominios de Canadá, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, ocupados en el desarrollo de su propia economía, han adquirido intereses separados y contradictorios a los intereses del imperio británico tomado como un todo. Estos intereses representan una fuerza centrífuga dentro del mismo imperio. En particular, Australia y Nueva Zelanda, dada su proximidad de residencia con el Extremo Oriente, reclaman la libertad de mantenerse apartadas de las luchas del imperio contra Japón si tal solución podía aparecer ventajosa.

Canadá está en una posición similar con respecto a EEUU. Inglaterra busca frenar estos factores desintegradores del imperio con la ayuda de medios tales como ventajas comerciales (convención de Ottawa) y conferencias imperiales periódicas que están destinadas a reforzar los lazos entre los dominios, por un lado, y la metrópoli, por otro. En la lucha actual del Extremo Oriente, el imperialismo inglés se inquieta por el destino de China sólo porque el destino de China afecta sus propios intereses.

El imperialismo norteamericano, aunque actualmente en China posee intereses menores en cantidad y en importancia que Gran Bretaña, está alarmado frente a la perspectiva de una dominación japonesa en el Pacífico. Las repetidas crisis de la economía norteamericana, que se suceden a cortos intervalos, advierten que, si el capitalismo yanqui debe sobrevivir y crecer, debe desempeñar pronto un papel preponderante, no sólo en el Pacífico, sino también en toda la arena mundial.

El discurso de Roosevelt en Chicago, en octubre de 1937, dirigido contra las potencias "agresivas", dio la clave de la futura política del imperialismo norteamericano. Incapaz por el momento de provocar a Japón, el gobierno de Washington anda con rodeos a través de caminos diplomáticos tales como la conferencia de Bruselas. Semejantes empresas, ostensiblemente desinteresadas, son muy útiles para sembrar ilusiones pacifistas y, por allí, preparar a los trabajadores norteamericanos a pelear por los intereses del capitalismo norteamericano en las guerras que vendrán.

Al mismo tiempo, mientras le otorga una aparente independencia a Filipinas, para poner de su lado a la burguesía de ese país, el gobierno de Washington construye un ejército, una flota y una aviación poderosos, y consolida su imperio en las Américas, por medio de la Unión Panamericana, paso preliminar a la provocación de todos sus rivales para una supremacía mundial. Mientras consideran inevitable la guerra contra Japón, los imperialistas norteamericanos esperan comprometerse en una guerra así lo más tarde posible, y como Inglaterra será arrastrada en la guerra contra Japón, apuesta a que estos dos países saldrán agotados de la lucha.

Durante algún tiempo, los imperialistas norteamericanos contaron con la perspectiva que una guerra ruso - japonesa destruiría a su rival en el Pacífico, pero la crisis interna que arrasó a la Unión Soviética y que pone en evidencia la completa inestabilidad del régimen de Stalin, hace que esta perspectiva sea dejada cada vez más en segundo plano. En sus esfuerzos por enmascarar sus planes belicosos, los imperialistas norteamericanos reciben la ayuda ilimitada de los stalinistas que, paralelamente a sus compadres chinos, proclaman el papel "pacífico" del imperialismo yanqui, y llaman al gobierno de Washington a salvar a China de las garras de Japón, y ofrecen sus servicios como sargentos reclutas de guerra.

Francia, con un vasto imperio de esclavos coloniales, está interesada en el mantenimiento del statu quo en Europa, en Africa y en Extremo Oriente. Los intereses franceses en China, aunque más reducidos y menos expandidos, son análogos a los de Gran Bretaña. Como están concentrados en Indochina, no entran en la órbita de las ambiciones japonesas inmediatas. Desde entonces, la política francesa de conciliación diplomática hacia Japón va a la par de la ayuda material subrepticia aportada a China, siguiendo en todos los casos el ejemplo de Gran Bretaña. Esta política encuentra su contrapartida en la más cruel explotación y la más cruel opresión de las masas de Indochina (como en todas las otras colonias del imperialismo francés) y en una campaña de violentas persecuciones contra los revolucionarios de esos territorios.

Como socios o sostenedores del gobierno imperialista francés del Frente Popular actualmente difunto, los stalinistas y los "socialistas" de la II Internacional tienen una gran parte de la responsabilidad por todos los crímenes bestiales cometidos por el imperialismo francés en las colonias.

Los estados fascistas europeos, contrariamente a Gran Bretaña, a EEUU y a Francia, no tienen más que una pequeña apuesta económica en China. Su intervención diplomática en la lucha chino - japonesa está destinada principalmente a explotar los antagonismos imperialistas en Extremo Oriente para hacer progresar sus miras fundamentales en Europa. Además, Hitler está por maniobrar con el fin de recobrar las antiguas posesiones coloniales de Alemania, conquistadas actualmente por Japón. Pero no desea oponerse a Japón, que le es necesario como aliado contra la URSS, por lo que reprime la proclamación de sus reclamos coloniales. La Italia fascista se esfuerza en hacer entrar a Japón en su juego contra Gran Bretaña, con el interés de las ambiciones italianas en el Mediterráneo. Alemania e Italia, juntas, buscan hacer entrar a Japón en su juego contra Gran Bretaña y Francia, lo que constituye una de las maniobras con el objetivo del alineamiento de los campos durante el curso de la próxima guerra mundial. Japón, por otro lado, flirtea con el eje Roma - Berlín para chantajear a Gran Bretaña y Francia y para asegurar un frente contra la URSS en Occidente.

El papel de la URSS.

La URSS, como estado obrero, no tiene ningún interés o mira imperialista en China. Por el contrario, entra dentro de los intereses de la URSS ayudar a aplastar al imperialismo en todas sus fortalezas coloniales y semi coloniales, suministrándole a los pueblos oprimidos la ayuda más completa posible en su lucha contra el imperialismo. En 1927, cuando el oportunismo stalinista condujo a la ruina a la gran revolución china, fue abatida una poderosa defensa de la URSS, defensa, no solamente contra el Japón imperialista, sino contra el frente mundial de todo el imperialismo.

Seguidamente, cuando Japón conquistó Manchuria, Stalin no tuvo otra alternativa que dejarle a Japón el ferrocarril chino oriental, el único cimiento estratégico de la URSS en Extremo Oriente, y comenzar una continua retirada frente al imperialismo japonés. En Alemania, de forma semejante, la política stalinista facilitó el triunfo de Hitler y acrecentó la amenaza de guerra sobre la frontera occidental de la URSS. Dentro de la URSS, el sistema de absolutismo burocrático engendró una profunda crisis que, resquebrajando las bases mismas del estado obrero, ha paralizado la política exterior soviética y la ha privado de todo carácter independiente. Temiendo chocarse con el peligro fascista en Europa, y para contrarrestarlo, Stalin ha entregado la independencia y la política revolucionaria de los partidos comunistas a cambio de pactos con los estado burgueses "democráticos".

Buscando oponer China a Japón - no con el interés de liberar a China del imperialismo, sino únicamente para retardar el ataque del imperialismo japonés contra la URSS - entregó al Kuomintang lo que quedaba del partido comunista en China y el Ejército Rojo campesino. La política soviética en China está dictada exclusivamente por los intereses conservadores y reaccionarios de la burocracia soviética, y está desprovista de toda base de principios revolucionarios. Al alinearse con el Kuomintang y las potencias imperialistas "democráticas", Stalin no vacila en convertirse en el cómplice del imperialismo contra las nuevas premisas de la revolución china.

A la burocracia soviética le interesa que la guerra entre China y Japón pueda prolongarse, sobre todo frente a la amenaza, no disimulada, de un ataque del imperialismo japonés a la URSS, una vez alcanzados sus objetivos en China, y frente al peligro que China vencida pueda volverse una aliada de Japón y de los estados fascistas europeos contra la URSS, incluso en forma pasiva. Por estas razones, luego de haber dejado correr cuatro preciosos meses, el gobierno stalinista comenzó a intensificar su ayuda material a China, no sobre la base de principios de ayuda a un país oprimido contra el opresor imperialista (tales motivaciones revolucionarias hace tiempo que han dejado de ser la estrella directriz del gobierno stalinista), sino únicamente en razón de una necesidad estratégica militar.

Para apurar la intensificación de esta ayuda, el gobierno del Kuomintang se comprometió con Moscú en un pacto de no - agresión, después de haberse negado a firmarlo durante cuatro años. Este plazo indicaba que el Kuomintang era capaz de llegar a una convención pacífica con Japón. La ayuda material aportada por los soviets se envió mayormente al Kuomintang, y no al antiguo Ejército Rojo. Además, la ayuda solo comenzó en el momento en que los humores capituladores del partido de la burguesía china ya habían comenzado a debilitar la campaña defensiva contra Japón. Precisamente, es la falta de toda base revolucionaria de principios de la política soviética lo que le ha quitado eficacia a esta ayuda a la lucha china. Cuantitativamente, esta ayuda está seriamente limitada por la aguda crisis interna que la burocracia ha generado en la Unión Soviética, por la dependencia stalinista respecto del imperialismo anglo - francés en todas las esferas de la política exterior, y por la necesidad que experimenta Stalin de evitar toda complicación militar prematura con Japón.

La defensa de China contra Japón

Llevado contra su sentimiento de resistir a Japón, el Kuomintang se confinó exclusivamente en una campaña de defensa militar que es totalmente ineficaz y condujo al sacrificio gratuito de fuerzas humanas. Desde el comienzo mismo de la lucha, al negarse a abrogar los privilegios imperialistas de Japón en China, el Kuomintang dejó la puerta abierta a las negociaciones con el enemigo. A pesar de restituirle algo de libertad a las masas, al mismo tiempo, suprimió y enterró las organizaciones populares que no podía controlar ni circunscribir a él.

La vanguardia revolucionaria de las masas chinas, la organización de la IV Internacional, está forzada a vivir en la ilegalidad. Todos los opositores políticos al régimen del Kuomintang, incluidos los heroicos combatientes de la independencia china, son estigmatizados con el nombre de traidores y tratados como tales. Mientras teme compensar las deficiencias de la defensa de la China armando a las masas, y uniéndolas en gran escala para participar del combate, el Kuomintang da a conocer su buena voluntad de tratar con Japón por intermedio de "potencias amigas".

La especulación desenfrenada, la corrupción y la traición franquean los círculos del gobierno y penetran en el ejército. Los fardos de la guerra pesan sobre las espaldas de las masas, mientras que la fortuna de la burguesía se deja intacta. Frente a todos los crímenes del Kuomintang y de la clase dirigente, los stalinistas que han renunciado a su independencia política y a su programa revolucionario guardan un silencio vergonzoso. Con esto, se hacen cómplices de estos crímenes y de la traición que el Kuomintang está por cometer. Al detener a los revolucionarios chinos, los stalinistas, como en España y en la Unión Soviética, se ubican en el furgón de la reacción.

El curso de la guerra chino - japonesa demostró que un país atrasado, semi colonial, dotado de una débil industria, pobre en armamento pesado, no puede prevalecer durante mucho tiempo sobre un adversario mucho más poderoso únicamente en una guerra de defensa militar. Las deficiencias técnicas de la defensa de China solo pueden compensarse con el desencadenamiento de una campaña política de envergadura, que, combinada con las operaciones militares, arrastrará a la lucha a las masas de millones de seres, quebrará la fuerza de los invasores, atizará las cenizas de la revolución en el país enemigo e incitará a la clase obrera internacional a actos de solidaridad internacional.

Pero las masas solo pueden ser arrastradas a la lucha sobre la base de un programa revolucionario que se corresponda con sus necesidades más urgentes. Las fuerzas de invasión no pueden solo quebrarse por llamados revolucionarios. Solamente el ejemplo revolucionario puede provocar la revolución en el país enemigo. Los llamados a la solidaridad de la clase obrera internacional solo pueden ser efectivos sobre una base revolucionaria. Una acción en este sentido no puede ser llevada adelante por el gobierno burgués de los explotadores, que le teme más a las masas y a la revolución que a los imperialistas. Por eso, a pesar de los heroicos sacrificios de los soldados chinos, la guerra de China mostró, en su primera etapa bajo la dirección del Kuomintang, una derrota y una impotencia lastimosas.

Las masas chinas no han sido capaces de intervenir en los combates militares por medio de sus propias organizaciones independientes. Por el contrario, están obligadas a ser espectadores más o menos pasivos y víctimas de los acontecimientos. Aplastados durante años por la dictadura militar del Kuomintang y la crisis económica, los obreros iniciaron nuevamente su actividad sobre la base del nuevo giro de la coyuntura en 1935 - 1936.

La guerra, que entrañó la destrucción material de casi toda la industria concentrada en Shangai y la ocupación militar japonesa en los grandes centros de China del Norte, bloqueó el proceso de renovación económica y contrarrestó toda reviviscencia ininterrumpida del movimiento obrero. Agregado a esto, la traición del Partido Comunista coronando el desarrollo de años de oportunismo y aventurerismo, profundizó la confusión y la desorientación de las masas. Será necesario un nuevo giro de los acontecimientos que permita que un nuevo partido revolucionario pueda formarse sobre las bases establecidas por los bolcheviques leninistas de la IV Internacional antes que las masas chinas sean capaces de lanzarse en la vía revolucionaria.

Por la revolución japonesa.

A pesar de la bancarrota del régimen del Kuomintang y el retraso de la acción independiente de las masas chinas en la guerra, los imperialistas japoneses se dan cuenta de la imposibilidad de conquistar China. Gran Bretaña, en el inicio del capitalismo mundial, podía construir un imperio de miles de esclavos coloniales en Asia y en Africa, apoyándose en una poderosa base económica interna. Hoy, los imperialistas británicos chocan con la decadencia de este imperio. Japón, en la época de la decadencia del capitalismo, partiendo de una base económica débil, es históricamente incapaz de culminar el destino imperial con el que sueñan las clases dirigentes.

Bajo la fachada imponente del imperialismo japonés yacen las debilidades orgánicas fundamentales que ya han sido agravadas por la conquista militar de Manchuria. Los recursos del capitalismo japonés son insuficientes para edificar el imperio. La construcción económica del país está muy tensa, al punto de quebrarse por las nuevas campañas militares. El capitalismo japonés sobrevive por medio de la más intensa explotación del proletariado, mientras que los campesinos, que forman la mayoría de la población de Japón, están amenazados con un empobrecimiento y una miseria crecientes. Las cargas para el proletariado y los campesinos aumentan de manera insoportable por la guerra. Más de treinta millones de chinos en Manchuria esperan el momento oportuno para liberarse del yugo japonés. Veintiún millones de coreanos y cinco millones de formoseños luchan por liberarse de Japón. Todos estos factores constituyen el talón de Aquiles del imperialismo japonés y lo condenan a la destrucción.

Las victorias militares que el ejército japonés es capaz de obtener en China tienen únicamente una importancia episódica. Los primeros reveses serios, que son inevitables si la guerra se prolonga, se convertirán en el punto de partida de explosiones políticas y sociales en Japón y en los territorios de Manchuria, de Corea y de Formosa. Hecha la abstracción del resultado inmediato de la guerra en China, el imperialismo japonés está condenado. La maquinaria militar del imperialismo japonés jamás fue arrojada contra el poder de la clase dominante. Debilitado por lo que serán victorias a lo Pirro en China, el imperialismo japonés marchará a la derrota en la próxima guerra mundial, si la revolución proletaria no pone fin rápidamente a su carrera. En último análisis, la causa de la revolución en Extremo Oriente progresará en la medida en que las masas de China, de Japón y de las colonias japonesas logren impedir que la clase dirigente haga pesar sobre sus espaldas el fardo de las actuales campañas militares.

Aún cuando las victorias militares de Japón, desde las presentes campañas, conduzcan a la caída del régimen del Kuomintang, esto no significará el fin de la resistencia china a Japón, sino únicamente el fin de una sola fase de la lucha. En la nueva fase, la política pro japonesa de los sucesores del Kuomintang, combinada con la opresión intolerable de los imperialistas japoneses, engendrará inevitablemente una guerra civil larga y salvaje que, dirigida a la vez contra los imperialistas japoneses y el gobierno burgués chino, tomará ciertamente el carácter de una revolución social - aún cuando esto ocurra con algún retraso. Al haber descubierto, por experiencia, la bancarrota aguda e impotente del Kuomintang, de la burguesía nacional y de sus aliados stalinistas, las masas chinas se inclinarán cada vez más a contar con sus propias organizaciones y con sus propias armas. Considerarán a los bolcheviques leninistas como sus jefes y se reunirán bajo la bandera revolucionaria de la IV Internacional.

La reactivación del movimiento revolucionario en China favorecerá el renacimiento del movimiento de liberación en Manchuria, Corea y Formosa. En Japón, la tensión social se exacerbará hasta crear una situación revolucionaria. El parentesco recíproco de estos desarrollos suministrará las premisas objetivas para la revolución nacional y proletaria en China y para la revolución proletaria en Japón. La tarea de los revolucionarios es prepararse para estos acontecimientos. En China, especialmente, los bolcheviques leninistas deben tomar parte en la lucha antijaponesa y al mismo tiempo, difundir las consignas que corresponden a las necesidades de la lucha, haciendo suyos los intereses de las masas en cada etapa nueva. Gracias a ello, ganarán la confianza de las masas y serán capaces de movilizarlas en sus propias organizaciones independientes para la acción revolucionaria.

Las perspectivas esbozadas más arriba obligan a los trabajadores de todos los países, y en especial a la vanguardia revolucionaria, a ayudar la lucha de China contra Japón en todas las formas posibles. La derrota del imperialismo japonés no solamente abrirá el camino de la revolución en China y en Japón, sino también favorecerá nuevas oleadas de revueltas en todas las colonias de las potencias imperialistas. Además, suprimirá una grave amenaza para la Unión Soviética y estimulará al proletariado soviético contra el régimen contrarrevolucionario de Stalin. Sin embargo, un apoyo revolucionario a la lucha de China no significa que los revolucionarios deban suministrar una cobertura al derrotado régimen del Kuomintang y a la burguesía china. Tampoco significa hacer un llamado a los gobiernos "democráticos" imperialistas para que intervengan contra Japón y salven a China, ni prestar ayuda a estos gobiernos, si intervienen contra Japón. Esta es la línea de conducta de los traidores stalinistas.

Los imperialistas de Occidente no intervendrán contra Japón más que para preservar sus propios intereses de piratas en el Extremo Oriente. Si el imperialismo japonés fuese vencido en China por sus rivales imperialistas, y no por las masas revolucionarias, esto significaría la esclavitud de China por el capital anglo - americano. La liberación nacional de China y la emancipación de las masas chinas de toda explotación solamente pueden llevarse a cabo por las propias masas chinas, aliadas con el proletariado y los oprimidos del mundo entero.

La campaña revolucionaria internacional para ayudar a China debe efectuarse bajo el signo de las represalias de los obreros contra Japón, y encontrar su plena expresión en la propulsión de la lucha de clases y la revolución proletaria.

 

2.Las 21 condiciones impuestas a China implicaban la reivindicación de las tierras alemanas de Shan tung, el control de las vías férreas, la libertad de invertir capitales en la industria y el empleo de japoneses en el gobierno central y en la policía.



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