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Resolución sobre la situación política y la actuación de la clase obrera

Comité Ejecutivo de la Izquierda Comunista Española

 

Comunismo, nº19, Diciembre de 1932.

Son muchos los síntomas que permiten suponer que la depresión relativa que ha sufrido el movimiento obrero (a pesar de la cual no han cejado ni un instante el movimiento huelguístico y las luchas revolucionarias) está a punto de superarse. En los centros industriales, que era donde más se notaba la depresión, el proletariado reanuda la lucha y se dispone a hacer frente de nuevo a los abusos de que viene siendo objeto por el nuevo régimen. De la táctica que se siga, de no incurrir en los errores del período precedente, depende el que el resurgimiento que ahora se inicia siga una marcha ascendente o comience el retroceso desde sus primeros pasos. La experiencia pasada (hay que declararlo) no ha sido todavía aprovechada y, por esta causa, el proletariado corre el peligro de incurrir en los mismos errores. La causa fundamental de que la burguesía haya podido imponerse y hacer retroceder momentáneamente al proletariado se debe a que la clase obrera no ha tenido en todo el proceso del cambio de régimen una política de clase. La alianza abierta de los socialistas con la burguesía republicana, de una parte, y, de otra, las ilusiones y la confusión reinantes en las organizaciones revolucionarias, han puesto todo el movimiento obrero en manos de la burguesía durante el cambio de régimen y le han permitido en los primeros momentos adueñarse de las mejores posiciones, montar el aparato represivo y descargarlo, posteriormente, sobre las masas explotadas. La persistencia de esta misma confusión en el campo obrero revolucionario le da a la burguesía republicana la posibilidad de seguir utilizando en beneficio propio la energía revolucionaria de las masas. La política antiobrera, los mayores abusos y atropellos de republicanos y socialistas, pueden provocar un momento de depresión y de hostilidad en el proletariado; pero su hegemonía en los momentos decisivos la tienen asegurada, en cuanto no surja un nuevo factor que cambie el rumbo del movimiento obrero y sepa encauzar constantemente su empuje revolucionario en un sentido de clase. Este factor no puede ser otro que el partido comunista.

Cuando sobrevino la intentona monárquica de Sanjurjo llevaban republicanos y socialistas cerca de año y medio de cínico engaño de las masas explotadas y de alcahuetería e inmundo maridaje con todas las fuerzas monárquicas. Privados del apoyo de las masas populares, el gobierno y las Cortes se desmoronaban y eran impotentes para hacer frente a la reacción. Los instrumentos de que se había valido el nuevo régimen para reprimir el movimiento obrero y campesino se alzaban también como enterradores del gobierno y del régimen. El avance impetuoso del lerrouxismo acaudillando a toda la burguesía para liquidar el período revolucionario y el intento, todavía más audaz, de Sanjurjo, queriendo restaurar la Monarquía, estaban calculados sobre la impopularidad de las Cortes, lo cual las hacía contar con el apoyo o, por lo menos, con la neutralidad de las masas. La reacción del proletariado ante la provocación monárquica dio al traste con la intentona. Pero es un hecho que habiendo sido la camarilla republicano-socialista quien con su política de coalición con las fuerzas monárquicas contra el proletariado le dio posiciones a la reacción, no pagó la responsabilidad de sus traiciones, sino que, por el contrario, la movilización de las masas populares sirvió para reforzarla en el poder. Si año y medio de política antiobrera le habían valido el odio del proletariado y los campesinos, en un solo momento recuperaron las posiciones perdidas. El movimiento obrero, en cambio, por no haberse asimilado la experiencia pasada y no haber sabido adoptar una actitud revolucionaria de clase, no ganó posición ninguna, a pesar de haber sido quien determinó el fracaso de la reacción; todo el régimen de excepción que pesa sobre el proletariado, y cuya abolición debió ser la primera exigencia de la revolución frente al pronunciamiento militar, siguió en pie, y en pie sigue todavía. Después del desengaño renace el engaño, si no se crean las fuerzas capaces de corregir los viejos métodos y señalar nuevos caminos. La pedantesca creencia de los anarquistas de que la clase obrera no volvería a seguir a la burguesía después de la experiencia del cambio de régimen la han echado por tierra experiencias más recientes.

En las pasadas elecciones al primer Parlamento catalán también se ha puesto en evidencia que la clase obrera no se ha emancipado todavía de sus más funestos prejuicios. La abstención de una buena parte de la clase obrera, debida a la propaganda antielectoral de los anarquistas, determinó un triunfo de las fuerzas de Macià que ha superado todas las previsiones. Neutralizado en gran parte el proletariado, han bastado la pequeña burguesía y los campesinos para asegurar una brillante victoria de la Esquerra catalana. El triunfo, por otra parte, del partido de la gran burguesía (Lliga Regionalista) deja el nuevo poder autónomo completamente en manos de esos dos partidos. Las elecciones catalanas han significado un retroceso para el proletariado. El anarquismo, al querer emanciparse de la burguesía, lo que consigue es cederle el punto fundamental, el poder, con el cual ha de reprimir al proletariado. Las fuerzas comunistas (el partido sobre todo) no han experimentado en Cataluña ningún progreso sensible. Es este el punto donde la falta de principios del stalinismo y del BOC se manifiesta en su más alto grado al querer conseguir, por medio de un oportunismo adulador, la confianza del proletariado, en lugar de pretenderla con una política comunista consecuente.

Otra lección, igualmente importante para la revolución, de las elecciones catalanas es el haber revelado una vez más toda la inmensa fuerza e importancia del problema catalán, importancia que, particularmente en los medios obreros, se propende a negar o menospreciar. El hecho de haber quedado excluidos del nuevo Parlamento todos los partidos no catalanes da la medida exacta de la fuerza del movimiento nacional catalán. El comunismo, el único sector del movimiento obrero que tiene una posición tomada ante el problema de las nacionalidades, padece en nuestro país fuertes errores. Se habla del problema de las nacionalidades, y, es nombre de un abstracto derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, se equiparan el movimiento nacional vasco, el catalán y el gallego, cuando no cabe entre ellos comparación. Ante el problema de las nacionalidades es conveniente precisar que no cabe sólo mirarlo desde el punto de vista del derecho de las nacionalidades, sino que, reconocido y admitido este derecho sin ninguna reserva por el comunismo, lo que interesa luego establecer es la importancia de cada problema nacional como un hecho. En este respecto no cabe equiparar en nuestro país los movimientos nacionales gallego y vasco (aparte del carácter agrario-feudal y ultramontano, opuesto, por lo tanto, a los intereses generales de la revolución proletaria que tiene este último) con el movimiento nacional catalán.

El recurso de que se valió el poder actual para escamotear el problema catalán y sacarle importancia ha sido precisamente presentar el régimen autonómico, no como la concesión mínima que ha habido que hacer a una minoría nacional que intenta hacer valer sus derechos, sino como una reforma general en la estructura del estado, con lo cual se colocaba el problema (en lo que se refiere a importancia política) en el bajísimo nivel de los problemas nacionales vasco y gallego. Pero el artificio de querer medir por el mismo rasero de un autonomismo mínimo un caso y otro, no hace más que revelar las diferencias en toda su brutalidad; mientras la solución dada al problema catalán es el resultado de una lucha constante y tenaz del poder central contra las reivindicaciones catalanas hasta reducirlas a una nimiedad, las reivindicaciones autonómicas gallegas y vascas (a pesar de estar ahora estimuladas desde el poder como antídoto del catalanismo) no logran alcanzar ese nivel mínimo, y los estatutos de esas regiones ni acaban nunca de elaborarse ni a nadie inquietan como problema político.

Es menester, por lo tanto, que el comunismo salga de la abstracción vacua si ha de aportar una solución al problema de las nacionalidades en nuestro país; todo intento de equiparar el problema nacional catalán con el vasco y gallego tiene la virtud de exagerar la importancia del problema de las nacionalidades en España y de disminuir la importancia del problema catalán.

Aun con el tiempo que llevamos de República, la burguesía española se sostiene sobre la confusión del proletariado. Si bien es cierto que ha ganado importantes posiciones no ha logrado, sin embargo, una situación estable. Cuando se disponía a dar la batalla abierta a las masas, la vitalidad revolucionaria de éstas, manifestada en los sucesos de agosto, le hizo temerlas de nuevo y ha vuelto a poner por delante de sus intereses la fraseología seudorrevolucionaria de las izquierdas republicanas y de los socialistas. Hay que tener en cuenta que hoy, a diferencia de hace unos meses, el gobierno cuenta con la simpatía de la mayor parte de la burguesía y no tiene más que oposiciones moderadas. Esto refleja el miedo a las masas y es el síntoma más evidente de que la revolución sigue en pie.

El primer deber del proletariado en la hora actual es recuperar las posiciones perdidas, empezando por exigir la plena restauración de sus derechos democráticos, de los cuales se ve privado por toda una serie de leyes de excepción criminales e hipócritas, luchar por asegurar en todo momento su unidad de acción política y económica, creando comités en los lugares de trabajo que incorporen a todos los obreros que trabajan en el mismo lugar, sin distinción de organizaciones y tendencias y concertando en cada caso acciones en común para objetivos concretos con las demás organizaciones proletarias. El fortalecimiento de las organizaciones de clase, y particularmente de la CNT, que es base del movimiento sindical revolucionario, es la primera condición para que el proletariado pueda afrontar con éxito las grandes luchas que se avecinan.

La situación interna de esta central sindical, aunque varía mucho de unas partes a otras del país, es profundamente crítica. A consecuencia de su interminable serie de errores y fracasos, la CNT acusa hoy un lamentable estado de disgregación. En el sectarismo de los anarquistas en conjunto se han apoyado tanto el partido comunista como el BOC para llevar una política de escisión y de creación de islotes sindicales. Este estado de cosas se ha complicado notablemente con la rivalidad entre los anarquistas de la FAI y los reformistas del grupo de los “treinta”, que ha traído como consecuencia la expulsión en masa de la CNT de sindicatos y federaciones locales enteras. Si la CNT ha de ser la base del movimiento sindical revolucionario, no lo será teniendo en ella el monopolio exclusivo los anarquistas, cuya incapacidad para orientar y asegurar la cohesión del movimiento obrero se ha acreditado demasiadas veces. Para que la CNT sea la base del movimiento sindical revolucionario hay que empezar por establecer en ella una perfecta democracia sindical, rigurosamente sometida a la ley de mayorías y minorías y sin privilegios para ninguna tendencia. La convocatoria de un congreso nacional de la CNT al cual puedan asistir todos los sindicatos excluidos o procedentes de cualquier central y también los que siempre hayan sido autónomos, para quedar definitivamente incorporados a la CNT, es el único medio de acabar con la división actual, fortaleciendo en una central sola el movimiento sindical revolucionario. Dos grandes conflictos obreros (el ferroviario y el minero asturiano) están reclamando esto de una manera apremiante.

El nuevo impulso tomado por el movimiento obrero acelerará en los meses próximos el curso de la revolución. El proletariado deberá sostener una lucha difícil y heroica que, bien conducida, puede aproximar considerablemente la hora de su liberación. Pero para que esta lucha sea eficaz, la clase obrera tiene necesidad no sólo de grandes organizaciones sindicales, sino, principalmente, de un partido comunista potente, instrumento indispensable e insustituible de la revolución. El mayor obstáculo que se opone actualmente a la formación de este gran partido es la política de la burocracia dirigente de la Internacional Comunista. La lucha por el partido presupone la lucha contra esa política y contra esa burocracia. El restablecimiento de la unidad de las filas comunistas, por el reingreso en bloque de la Oposición de Izquierda y la instauración de un régimen de democracia interior, será el primer paso hacia la formación del gran partido revolucionario de que tiene necesidad la clase obrera.

¡Por la unidad del partido comunista!
¡Contra la división sindica, por un congreso nacional de la Confederación Nacional del Trabajo!
¡Por la creación de comités en los lugares de trabajo!
¡Contra la Ley de Asociaciones y la de Defensa de la República, por el
pleno restablecimiento de los derechos democráticos!
¡Por el frente único de clase para la lucha emancipadora del proletariado! 



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