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Respuesta al Camarada K.[1]

 

 

Junio de 1930

 

 

 

Querido amigo:

 

Gracias por su carta del 2 de mayo [publicada en Biulleten Opozitsi, número 12-13]. No existen diferen­cias fundamentales entre nosotros. En el Biulleten, so­bre todo en el número 11, esto aparece, espero, con to­da claridad. Es evidente que ahora, como antes, esta­mos a favor de la máxima tasa de industrialización y co­lectivización. Pero obtener la mayor tasa posible en el marco de un proceso aislado supone, en cada momento, no la tasa máxima desde el punto de vista estadístico, sino una tasa económicamente óptima, vale decir, la más lógica y económicamente segura. Esto es lo único que puede garantizar una tasa elevada en el futuro.

En un momento dado, esto significaba, no estraté­gica sino tácticamente: “¡No se mareen, alto!” Consi­deré necesario gritar estas sencillas palabras con toda mi voz, aunque no dudé ni por un instante que los buró­cratas con anteojeras, que mañana no se detendrán sino que pegarán un salto enloquecido para alejarse del borde del abismo al que llegaron, nos acusaran... de caer en una desviación derechista. ¡Miserable charlata­nería! El hecho de que la Oposición de Izquierda, que desde hace años viene exigiendo la aceleración de la in­dustrialización y la colectivización, haya podido gritar “¡alto!” a los egoístas y haraganes de la burocracia, será reconocido por todos.

Desde luego, “detener, frenar la colectivización” significa restringir la colectivización administrativa, de ninguna manera la construcción de verdaderas granjas colectivas. Pero las tasas deben fijarse sobre bases económicas. La voluntad de colectivizar no excluye la presión económica, que difiere de la presión administrativa en el sentido de que ofrece ventajas reales, no las ame­nazas de un miliciano. En un plan de colectivización elaborado correctamente, la actividad ideológica se combina con la presión económica. Pero, puesto que és­ta opera con cifras reales, se la debe calcular con exacti­tud y realizar con un método que asegure el crecimiento constante de la colectivización, junto con el debilita­miento, no el fortalecimiento, del factor administrativo.

Demás está decir que el poder revolucionario debe ajustar cuentas con los kulakis que se rebelaron, y lo hará de la manera más estricta. Pero si a los kulakis, a los que hasta ayer se lisonjeaba (“¡Enriqueceos! ¡ Creced!”), se les amenaza hoy con la deskulakización, es decir con la expropiación total en dos o tres años, significa que se los ha obligado administrativamente a rebelarse. Contra esta deskulakización era necesario le­vantar la voz de “¡alto!”.

En lo que se refiere a la reducción de los gastos, nuestro programa mantiene plena vigencia. Usted re­cordará que Stalin, junto con Rikov y Kuibishev,[2] prometió, en el manifiesto especial de 1927, que los gastos burocráticos serían reducidos en trescientos o cuatrocientos millones de rublos. En realidad, no redujeron nada. Jamás se ha visto a una burocracia que se reduz­ca a sí misma.

Pero las reivindicaciones generales de nuestro pro­grama no descartan la necesidad de efectuar una drásti­ca revisión de todos los planes industriales complementarios de uno o dos años atrás. Ahora, bajo la inspira­ción del secretario general y los secretarios regionales y distritales, se inflan los programas. ¿Cómo se los cubre económicamente? Primero, rebajando la calidad de la producción; segundo, mediante la inflación. Ambas golpean a los obreros y al campesinado pobre y prepa­ran el cruel derrumbe de la industrialización. También por esto era necesario dar la voz de “¡alto!”.

Los arribistas que hoy establecen las tasas máxi­mas, mañana - cuando los procesos económicos, que para ellos constituyen un misterio, les golpeen duramente en la cabeza - describirán un arco por encima de nuestras cabezas para arrastrarnos al viejo camino de Ustrialov; en eso estamos perfectamente de acuerdo. Dicho sea de paso, usted acertó plenamente cuando le­yó entre líneas nuestra solidaridad con un artículo de uno de los profesores rojo-amarillos stalinistas (los llaman profesores por su poco envidiable profesión).

Lo abrazo y le deseo buena salud.

 

Suyo,

 

L. T.



[1] Respuesta al camarada K. Biulleten Opozitsi, Nº 12-13, junio-julio de 1930. Traducido del ruso [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Iain Fraser. El camarada K. era Kote Tsintsaze, bolchevique de la Vieja Guardia que estaba exiliado y murió poco después de publicada la carta. Véase el artículo de Trotsky  Ante la tumba recién abierta de Kote Tsintsaze, 7 de enero de 1931, en Escritos 1930-1931.

[2] Valerian V. Kuibishev (1888-1935): bolchevique de la Vieja Guardia, ocupó varios cargos de importancia y en 1926 pasó a presidir el Consejo Supremo de la Economía Nacional. Fue un ferviente partidario de Stalin. Las circunstancias de su misteriosa muerte jamás fueron aclaradas.



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