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¿Retorno al partido?[1]

 

 

Otoño de 1929

 

 

 

Estimados amigos:

 

Recibí su postal del 3 de octubre. Las quejas en mi contra no son del todo justificadas. Es cierto que tengo que escribir, y lo hago, pero, ¡por favor!, no todo es muy fácil. Tienen que tener en cuenta que me llega muy poco material.

La rimbombante verborragia sobre la necesidad que tenemos de volver al partido no es más que hipocresía o el colmo de la ingenuidad. "¡Qué comienzo!", pensarán ustedes. Se trae a colación un argumento profundo: la derecha se fortalece; en el aparato centrista hay mu­chas fuerzas derechistas; tenemos que colaborar en la lucha contra la derecha. ¿Es que realmente podemos no hacerlo?

Por el solo hecho de nuestra existencia como oposi­ción intransigente ayudamos mil veces más en la lucha contra la derecha que todos los capituladores pasados y futuros.

Los que capitularon a medias y los candidatos a la capitulación alegan lo siguiente: Mientras los centristas, unidos a las fuerzas de derecha, aplicaron una política derechista, no podíamos estar en el partido. Pero ahora que los centristas, en gran parte gracias a nues­tra intransigencia, comenzaron a combatir a la derecha, tenemos que unirnos rápidamente al partido y, además, en términos favorables.

Esto es insensatez, autoengaño o duplicidad cobar­de. Es cierto que debemos participar en la lucha por la Revolución de Octubre. Pero nuestra intransigencia ideológica implica por sí misma una lucha contra la derecha mil veces más efectiva que la "ayuda" de Radek, Preobrashenski o Smilga, a quienes nadie les cree ni nadie necesita. ¿Qué reflejan ellos? ¿A quién pueden ayudar con sus espinazos quebrados? ¿A quién pueden convencer?

Es cierto que en el aparato centrista están madurando tendencias que se resisten al giro a la izquierda. ¿Cómo reaccionará frente a ellas el estrato superior, formado por los Kalinins, los Voroshilovs, etcétera? Lo más probable es que deserten hacia esas tendencias cuando éstas se fortalezcan. ¿Se encamina Stalin hacia una nueva lucha con círculos más amplios de su aparato o hacia la conciliación? ¿Quién puede preverlo? ¿Y qué se puede construir en base a adivinanzas? La única línea que pueden seguir los revolucionarios es preservar su honor, no traicionarse a sí mismos, no mentirle al partido y recordar continuamente que el acuerdo táctico con los centristas, aunque sea total (aparentemente no es éste el caso) y prolongado, no garantiza la unidad estratégica. Y precisamente lo más importante es la estrategia.

La declaración de Rakovski, que yo también firmé, ya es una etapa superada. Consideré esta declaración como una aplicación del "frente único" con los distin­tos grupos opositores. Así lo expliqué en la prensa. Pe­ro la política del frente único exige absoluta claridad sobre el momento en que es necesario romper abrupta­mente con los aliados circunstanciales. (¡Recordemos la experiencia del Comité Anglo-Ruso!) Para algunos de los firmantes, la declaración era un puente hacia el pró­ximo documento capitulador o semicapitulador. Para nosotros era la máxima concesión que podíamos hacer a los pacifistas.

Iaroslavski ya pronunció su profética opinión. La de­claración resulta ya obsoleta. A todo el que dé un paso hacia la derecha de esta declaración se le acelerará el viaje con un buen puntapié.

Mis afectuosos saludos. Les deseo coraje y fuerza.

Suyo,

 

L.T.



[1] ¿Retorno al partido? Con autorización de la Biblioteca de la Universidad de Harvard. Otra carta a los amigos de la URSS. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Marilyn Vogt.



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