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Stalin concertó una alianza con Schumann y Kerenski contra Lenin y Trotsky[1]

 

 

9 de febrero de 1930

 

 

 

En marzo de 1929, el editor Schumann, de Dresden, vino a Constantinopla por propia iniciativa para ofrecer le a L.D. Trotsky un contrato para publicar sus libros[2]. Como carta de presentación de su editorial Schumann trajo consigo su viejo libro sobre Liebknecht[3], escrito con la intención de honrar a un gran revolucionario. Antes de firmar el acuerdo Trotsky telegrafió a sus ami­gos de Berlín para saber si tenían alguna información en contra de Schumann. Debido a una lamentable ca­sualidad que no vale la pena mencionar aquí, el telegra­ma de respuesta llegó muy tarde (más de una semana después). Trotsky supuso que al no haber telegrama no había objeciones. Firmaron el acuerdo.

Poco después, Trotsky recibió un informe de Ber­lín en el que se le decía que Schumann había publicado, hacia unos meses, las memorias de Kerenski, con grandes calumnias sobre los vínculos de los bolcheviques con los Hohenzollern, los viajes de Lenín a Berlín para reunirse con Ludendorff, el dinero que recibieron los bolcheviques para corromper al ejército ruso, etcé­tera.[4]

Dado que en las conversaciones con Trotsky, Schu­mann había ocultado totalmente la existencia de este libro, así como la del folleto de propaganda en que el editor cantaba loas al "desenmascaramiento" de los bolcheviques, y en vista de los engaños a los que recu­rrió el editor durante las conversaciones, Trotsky exigió la derogación del contrato. Cuando el editor se negó, el asunto pasó a los tribunales de justicia. Los juriscon­sultos alemanes más competentes no dudaban que la Corte derogaría el contrato ya que el editor le había ocultado al autor una circunstancia que, dado el carác­ter de la actividad política de éste, no dejaría de reves­tir una gran importancia política y moral.

Consciente de su posición insostenible, Schumann comenzó a postergar la audiencia mediante la presen­tación de nuevos argumentos. Así, en un documento presentado ante el tribunal berlinés el 18 de diciembre, declaró que el repudio del contrato por parte de Trotsky era producto de un ultimátum de Moscú, donde la Casa de Publicaciones del Estado [Gosizdat] amenazaba con suspender el pago de sus honorarios. Para probar esta ridícula afirmación, Schumann mencionó el nombre del jefe del departamento de prensa de la embajada rusa en Berlín, y exigió que el tribunal lo citara como testigo.

L.D. Trotsky respondió que no recibía honorario alguno de Gosizdat, que Moscú no le había hecho llegar ningún ultimátum ni podía haberlo hecho y que las afir­maciones de Schumann al respecto eran un invento puro, pero que, de todas maneras, no ponía objeciones a que se citara al jefe del departamento de prensa en Berlín, a pesar de que desconocía a esa persona y sus vinculaciones con el asunto.

Incluso en esta instancia, podría parecer extraño que Schumann, que acababa de publicar un libro ca­lumnioso contra Lenín, citara como testigo contra Trots­ky a un funcionario de la embajada soviética, el que, en virtud del puesto que ocupaba, estaría seguramente afiliado al partido fundado por Lenín. El asunto se compli­caba aun más en vista de que el mencionado funciona­rio residía en Berlín y, por lo tanto, Schumann o su abo­gado podían ponerse en contacto telefónico con él en cualquier momento. En cambio, no cabía duda de que la afirmación que este testigo debía avalar, era una mentira total.

Pero el enigma quedó develado mediante un nuevo documento que el editor Schumann presentó al tribunal de Berlín el 1º de febrero.

En este nuevo documento, el editor declara que a través de la Casa de Publicaciones del Estado, concertó con el gobierno soviético de Moscú un acuerdo a largo alcance para publicar una colección de documentos es­tatales rusos en cinco tomos. Como siempre ocurre en estos casos, la publicación contará seguramente con grandes subsidios del gobierno. Con un comprensible alarde de triunfo, Schumann declara en su documento que el gobierno soviético, que en su opinión es el “he­redero moral y político de Lenin" (la competencia de Schumann a este respecto es obvia), a diferencia de Trotsky, no tiene el menor problema en colaborar con él, Schumann, editor de un libro en el que Kerenski ca­racteriza a Lenin como agente a sueldo de Ludendorff.

El documento que Schumann presentó el 18 de di­ciembre no mencionaba el acuerdo con Moscú. Sólo se hablaba del jefe de la sección de prensa de Berlín y de cierto testimonio que éste podría prestar. Es obvio que por esa época Schumann estaba creando algún tipo de vinculo con un funcionario de la embajada soviética en Berlín, y que el acuerdo sobre la publicación en cinco tomos fue concertado por Schumann después del 18 de diciembre por intermedio de la embajada en Berlín. Así lo demuestra taxativamente la primera mención que hace Schumann de Iakubovich, secretario de la embajada rusa en Berlín. Hay que subrayar esta cuestión. A pesar de que el 18 de diciembre Schumann apenas pudo traer a colación al jefe de prensa, sin siquiera nombrarlo, el l de febrero ya estaba en condiciones de citar como testigo a un funcionario diplomático tan importante co­mo el secretario de la embajada soviética en Berlín, el comunista Iakubovich.

¿Qué es, en esencia, lo que deben atestiguar los funcionarios soviéticos? Deben presentar testimonio en favor del editor del libro de Kerenski. Deben rehabilitar el honor político de Schumann. Deben demostrarle a la Corte alemana que Schumann merece la plena confian­za de la gente a la que él, a su vez, llama “herederos morales y políticos de Lenin".

Desde luego, nadie puede creer que el encargo del estado le fue acordado a Schumann por casualidad. Hasta ahora éste jamás publicó nada para el gobierno soviético. De haber abrigado esperanzas de recibir se­mejante pedido, jamás hubiera publicado el libro de Kerenski, ni menos aun se hubiera atrevido a acercarse a Trotsky. La ruptura entre Trotsky y Schumann brindó a éste nuevas razones y posibilidades para tantear el terreno en la embajada soviética. Por otra parte, sólo el juicio de Trotsky contra Schumann podría haber suscitado el interés de Moscú en esta publicación; pero el interés de Stalin no se reveló en el hecho de desacreditar a Schumann, distribuidor de un repugnante libro dirigido contra Lenin y los bolcheviques en general, sino, por el contrario, en el apoyo brindado a Schumann contra Trotsky. Esto coincide perfectamente con lo que es Stalin, con su fisonomía y sus métodos, “rudos y desleales", para emplear los términos de Lenin.

Podría preguntarse cuál es el objetivo político que busca Stalin, aparte de la venganza personal. El objeti­vo resulta completamente claro, porque surge de todas las circunstancias. Schumann posee los derechos de nueve libros de Trotsky. Si gana el juicio, los libros quedarán a disposición de y el propio Schumann a disposición de Stalin.

Casi todos saben de los esfuerzos que desplegó Stalin para que Trotsky no pudiera residir en Alemania. ¿Qué pretendía con esto? No podía desconocer que si Trotsky obtenía derecho de asilo en Alemania le estaría vedado participar activamente en política (asistir a asambleas, afiliarse a organizaciones, etcétera). Lo único que podría hacer Trotsky seria escribir. Stalin trató de cerrarle, o al menos obstaculizarle, esta vía por todos los medios diplomáticos. Consideró muy acertadamente que a Trotsky se le haría mucho más difícil escri­bir desde Constantinopla. A pesar de todo, las obras de Trotsky comenzaron a aparecer en varios países. Sabe­mos de muy buena fuente que la aparición de la edición alemana de la autobiografía de Trotsky [Mi vida] provo­có una verdadera furia en los círculos allegados a Sta­lin. En una serie de reuniones discutieron distintos mé­todos para aislar a Trotsky aun más y sobre todo para impedir su actividad de escritor. La edición alemana de la autobiografía apareció a mediados de noviembre. En diciembre aparecieron los primeros comentarios en la prensa, luego cartas de Moscú a Berlín y respuestas de Berlín a Moscú. Este periodo coincide con la primera incursión de Schumann en la embajada para preparar su misteriosa referencia al jefe del departamento de prensa. Esa amistad avanzó y no platónicamente, tal como lo demuestra el pedido que recibió Schumann y que, como todos los pedidos estatales de ese tipo, viene acompañado, desde luego, por un jugoso subsidio. Al revestirlo con la autoridad del estado soviético ante la Corte, Stalin espera ayudarlo a ganar el juicio. Así, la persona que poseería los derechos de los libros de Trotsky en Alemania sería, por intermedio de Schu­man... Stalin.

El objetivo de todo esto no es difícil de comprender si tenemos en cuenta que en la república soviética todos los libros de Trotsky tienen prohibida su circulación y fueron retirados de librerías y bibliotecas y casi todos destruidos.

La concepción de “las obligaciones de un editor que tiene el propio Schumann queda demostrada claramen­te en su carta a L.D. Trotsky acerca del libro de Kerens­ki. Se jacta indignamente de que, debido a ciertas me­didas que tomó, éste no tuvo ni tendrá la circulación que podría esperarse. El doctor Frankfurter, represen­tante legal de los intereses de Trotsky, repudió con to­das sus fuerzas su cínica arbitrariedad para con un autor a quien él mismo había publicado (aunque el autor en cuestión sea Kerenski). Desde luego, Schu­mann no se regirá por pautas morales distintas con Trotsky, sobre todo en vista de sus relaciones nuevas y absolutamente especificas con Moscú.

El carácter del acuerdo entre Schumann y Trotsky facilita enormemente la intriga. En virtud del contrato, el primero tiene la obligación de iniciar la publicación de cada tomo sólo después de la venta de tres mil qui­nientos ejemplares del anterior. En contradicción total con todo lo dicho por Schumann en el momento de fir­mar, ahora insiste en que no hay ni puede haber posibi­lidad de una amplia distribución de las obras de Trotsky en Alemania. Dice que sólo se podrían vender tres mil ejemplares. Está interesado en los libros por razones puramente “idealistas" (!!). Lo mismo declaró en la Corte su abogado. En otras palabras, Schumann prepa­ra el terreno para el sabotaje “idealista" de los libros de Trotsky. No es necesario demostrar que un editor siempre, o casi siempre, puede impedir la distribución de un libro que él ha publicado. En este caso, Schu­mann no arriesga nada en la operación. Por el contra­rio, con las maniobras apropiadas, bien puede transfor­mar la edición de los documentos en cinco tomos en ocho o diez. Esa es la situación en este momento. No cabe duda: Stalin formó un bloque con Schumann... con­tra Trotsky y contra la memoria histórica de Lenin.

En el mismo documento del 1 de febrero en que in­forma a la Corte del tan oportuno pedido de Stalin, Schumann introduce a su testimonio el hecho de que Kerenski está totalmente dispuesto a comparecer ante la Corte para demostrar que su afirmación, de que Lenin era agente a sueldo de Ludendorff, es correcta. Las “pruebas" de Kerenski están analizadas en el capítulo veinticinco de la autobiografía de Trotsky: es sólo la revitalización, después de trece años, de lo que el contra­espionaje zarista hizo circular por intermedio de un la­dronzuelo borracho, el cabo Iermolenko. No hay necesi­dad de repetir aquí esta historia estúpida. En todo caso, en el juicio en curso, Schumann ataca a Lenin y a Trotsky, con el apoyo de Kerenski por la derecha y de Stalin por la izquierda y, en la reserva, el cabo Iermolenko, del servicio de espionaje zarista. Tal es la orientación política del juicio.



[1] Stalin concertó una alianza con Schumann y Kerenski contra Lenin y Trotsky. Biulleten Opozitsi, Nº 9, febrero-marzo de 1930. Traducido del ruso [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por Iain Fraser. Sin firma.

[2] Harry Schumann: presidente de una empresa editorial de Dresden, la Karl Reissner-Verlag, fundada en 1878, que desapareció después de algunos intentos de adaptarse a las exigencias de los nazis durante el Tercer Reich de Hitler. Hombre que sabía nadar a favor de la corriente, publicó en 1914 una apología chovinista de la guerra alemana y en 1919 un libro sobre el adversario más enconado de la guerra (Karl Liebknecht, una evaluación apolítica de su personalidad). Mostró este libro a Trotsky cuando lo visitó en marzo de 1929 para tratar de obtener el contrato de publicación de sus obras, pero no mencionó el libro, publicado en 1928, Memorias de Alexander Kerenski. De la caída del zarismo al golpe de estado de Lenin.

[3] Karl Liebknecht (1871-1919): diputado socialdemócrata en el Reichstag cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Aunque acató la disciplina partidaria y votó a favor de los empréstitos de guerra el 4 de agosto de 1914, no tardó en repudiar esa política pro bélica y estuvo encarcelado de 1916 a 1918 por su actividad antibélica. Fue fundador, junto a Rosa Luxemburgo, de la Liga Espartaco. Ambos fueron asesinados por orden del gobierno socialdemócrata, por dirigir la insurrección de enero de 1919.

[4] Alexander Kenenski (1882-1970): miembro del ala derecha del Partido Social Revolucionario, era primer ministro del Gobierno Provisional cuando éste fue derrocado por los bolcheviques. Primero como primer ministro y luego en el exilio hizo denodados esfuerzos por demostrar que los bolchevi­ques eran agentes del káiser alemán (Guillermo II de la dinastía Hohenzo­llern) y del estado mayor alemán. Erich Ludenndorff (1865-1937): jefe del estado mayor alemán durante la Primera Guerra Mundial, negoció con Lenin el acuerdo que le permitió a éste atravesar Alemania en un tren blindado (Alemania y Rusia eran entonces enemigas en la guerra).



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