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Termidor y bonapartismo[1]

 

 

26 de noviembre de 1930

 

 

 

Es necesario emplear las analogías históricas como corresponde; en caso contrario, se convierten en abs­tracciones metafísicas y no orientan sino, por el contrario, extravían.

Algunos camaradas de base de la Oposición extran­jera consideran que hay una contradicción en el hecho de que a veces hablemos de las tendencias y fuerzas termidorianas de la Unión Soviética y otras veces de los rasgos bonapartistas del régimen imperante en el Par­tido Comunista soviético; inclusive, llegan a la conclu­sión de que hemos revisado nuestra caracterización del estado soviético. Se trata de un error, el cual surge de que estos camaradas conciben los términos históricos (termidor, bonapartismo) como categorías abstractas, no como procesos vivos, es decir contradictorios.

La construcción del socialismo logra éxitos en la URSS. Pero este proceso se desarrolla de manera suma­mente contradictoria; debido al cerco capitalista, a la reacción de las fuerzas antiproletarias internas y a la política errónea de la dirección cae bajo la influencia de fuerzas hostiles.

¿Es posible que las contradicciones inherentes a la construcción del socialismo alcancen, en términos ge­nerales, un grado de tensión tal que hagan volar los cimientos de la construcción socialista asentados por la Revolución de Octubre y fortalecidos por los éxitos económicos posteriores, sobre todo por los éxitos del plan quinquenal? Sí, es posible.

Dadas esas circunstancias, ¿qué remplazaría a la actual sociedad soviética: la economía, las clases, el estado, el partido?

El régimen imperante, que es un régimen de tran­sición del capitalismo al socialismo, sólo podría ceder su lugar al capitalismo. Sería un capitalismo repleto de contradicciones, que no permitirían un desarrollo progresivo. Porque todas esas contradicciones que en nuestra hipótesis liquidarían al régimen soviético, re­surgirían inmediatamente como contradicciones inter­nas del régimen capitalista y no tardarían en adquirir un carácter todavía más explosivo. Eso significa que dentro de la contrarrevolución capitalista estarían los elementos de una nueva Revolución de Octubre.

El estado es una superestructura. Suponer que es independiente de las relaciones de producción y las for­mas de propiedad -como lo hace Urbahns en relación al estado soviético- es renegar de los fundamentos del marxismo. Pero el estado, igual que el partido, no es una superestructura pasiva. Bajo la influencia de las convulsiones que emanan de la sociedad dividida en clases, se gestan nuevos procesos en la superestructura estatal y partidaria, los que poseen -dentro de ciertos límites- un carácter independiente y, cuando se com­binan con los procesos de la infraestructura económica, pueden adquirir una importancia enorme para el carác­ter de clase del régimen en su totalidad y, durante un período prolongado, orientar el desarrollo de éste en tal o cual dirección.

Suponer que la nacionalización de la industria, com­plementada con una elevada tasa de desarrollo, basta por sí sola para asegurarle al socialismo un desarrollo ininterrumpido, independientemente de los procesos en curso en el partido y en el estado. Sería caer en un doctrinarismo de la peor especie, en un "urbahnismo" al revés. Significa no comprender las funciones del par­tido, su doble y triple función, en el único país de la dictadura proletaria, que, para colmo, es un país econó­micamente atrasado. Si los responsables de la industria por un lado, y el estrato superior de los obreros por el otro, se liberan de la disciplina del partido, que está unida a la del estado, se cerraría el camino al socialis­mo: la industria nacionalizada sería repartida entre los grupos en pugna, los choques entre la administración de los monopolios y los obreros comenzarían a estallar abiertamente, los monopolios adquirirían una indepen­dencia creciente, la planificación, que apenas comien­za, quedaría naturalmente reducida a cero, arrastran­do consigo al monopolio del comercio exterior. Todos estos procesos que conducen al capitalismo terminarían por aplastar inevitablemente al régimen de la dictadura proletaria.

A pesar de los éxitos económicos, ¿el régimen partidario actual no pone en peligro al partido al desintegrar sus lazos y su disciplina? Indudablemente, sí. Subesti­mar el peligro que representa la putrefacción del teji­do partidario y estatal porque se obtienen éxitos econó­micos sería criminal. El partido, como tal, no existe hoy. El aparato centrista lo estranguló. Pero la Oposi­ción de Izquierda, a la que el aparato centrista teme como a la peste y bajo cuyo acicate realiza sus virajes, sí existe. Es precisamente esta relación entre la Oposición de Izquierda y el aparato centrista lo que sustituye al partido y frena a la derecha. Aunque se rompan todos los lazos partidarios, el partido no desaparecerá. No porque existe un aparato -que será la primera víctima de sus propios crímenes- sino porque existe una Opo­sición de Izquierda. Quien no lo comprenda, no com­prende nada.

Pero lo que nos preocupa aquí es ver cómo y por qué caminos puede la Oposición cumplir con su tarea fun­damental: ayudar a la vanguardia proletaria a impedir que la contrarrevolución derrote al socialismo en desa­rrollo. Partiremos del punto de vista hipotético de que fracasamos en esta tarea, para visualizar más concre­tamente las consecuencias históricas de tal fracaso.

Hemos dicho que tras el aplastamiento de la dicta­dura sólo podría sobrevenir el capitalismo. Pero el pro­blema de las formas políticas de dicha restauración, del modo en que se alternarían y combinarían, es un pro­blema independiente y complicado.

Solo los ciegos pueden creer que el renacimiento del capitalismo de los compradores es compatible con la "democracia"; pero cualquier otro verá claro que la contrarrevolución democrática está excluida. Sin em­bargo, ante la pregunta concreta de cuáles serían las formas políticas posibles de la contrarrevolución, sólo podemos dar una respuesta condicional.

Cuando la Oposición hablaba del peligro del termi­dor, se refería principalmente a un proceso sumamente importante y avanzado en el seno del partido: el creci­miento de un estrato de bolcheviques que se habían separado de las masas, se sentían seguros, se ligaban a sectores no proletarios y quedaban satisfechos con su nueva posición social, análogo al estrato de jacobinos inflados que fueron, en parte, el puntal y el aparato eje­cutivo principal del vuelco termidoriano de 1794 y le allanaron así el camino al bonapartismo. Al analizar la degeneración termidoriana del partido, la Oposición estaba lejos de afirmar que, de sobrevenir el vuelco contrarrevolucionario, éste debería asumir ineluctablemente la forma termidoriana, es decir, de un régimen más o menos prolongado de bolcheviques aburguesa­dos que mantendrían formalmente el sistema soviéti­co, así como fue conservada la Convención por los ter­midorianos[2]. La historia jamás se repite, sobre todo cuando los cimientos de clase son tan profundamente disímiles.

El termidor francés hundía sus raíces en las contra­dicciones del régimen jacobino. Pero estas mismas contradicciones constituyeron los cimientos del bona­partismo, es decir, del régimen de la dictadura buro­crático-militar, que la burguesía toleró porque le permitió extender su dominio a toda la sociedad con mayor seguridad. La dictadura de los jacobinos ya llevaba en su seno, si bien en forma subdesarrollada, todos los elementos de bonapartismo, sobre todo la lucha contra los elementos sans-culottes del régimen. El termidor fue un paso necesario en la preparación del bonapartismo, nada más. No es casual que Bona­parte[3] construyera la burocracia del Imperio con los ladrillos de la burocracia jacobina.

Al desenmascarar los elementos del termidor y los elementos de bonapartismo existentes en el régi­men stalinista imperante, no caemos en una contradicción, como creen aquéllos para quienes el termidor y el bonapartismo son abstracciones, no tendencias vivas que devienen la una en la otra.

Si llegara a triunfar en Rusia la insurrección contra­rrevolucionaria -lo que no es fácil- la forma estatal que asumiría depende de la combinación de una serie de factores concretos: primero, el grado de agudeza de las contradicciones económicas en ese momento, la relación entre los elementos capitalistas y socialistas en la economía; segundo, la relación entre los bolche­viques proletarios y los "bolcheviques" burgueses y la relación de fuerzas en el ejército; por último, el peso específico y el carácter de la intervención extran­jera. En todo caso, sería el colmo del absurdo creer que el régimen contrarrevolucionario debe atravesar obligatoriamente las etapas del Directorio, el Consu­lado y el Imperio para coronar la restauración con el broche de oro del zarismo. Cualquiera que sea la forma del régimen contrarrevolucionario, los elementos del termidor y el bonapartismo tendrían su lugar en él, la burocracia soviética bolchevique, civil y militar, desempeñaría un papel más o menos importante, y el propio régimen sería la dictadura de la espada sobre la sociedad, por los intereses de la burguesía y contra el pueblo. Por eso hoy es tan importante descubrir la gestación de estos elementos y tendencias en el partido oficial, que, en todo caso, sigue siendo el laboratorio del futuro: sea en medio del desarrollo ininterrumpido del socialismo o en medio de la discontinuidad impues­ta por la contrarrevolución.

¿Significa lo dicho que identificamos el régimen stalinista con el régimen de Robespierre?[4] No, las analogías vulgares nos son tan ajenas en relación al presente como en relación al futuro posible o probable. Para el tema que nos ocupa, la esencia de la política de Robespierre radicó en una creciente acentuación de la lucha en dos frentes: contra los sans-culottes, los desposeídos, y contra los "degenerados" corruptos, la burguesía jacobina. Robespierre hizo la política de un pequeño burgués que trata de elevarse a la posición de gobernante absoluto. De ahí que combatiera tanto a la derecha como a la izquierda. También un revolucio­nario proletario podría verse obligado a combatir en dos frentes, pero sólo circunstancialmente. La lucha fundamental es la que se libra contra la burguesía: clase contra clase. Pero los revolucionarios pequeño burgueses, aun en el momento de su apogeo histórico, se vieron obligados, siempre e invariablemente, a comba­tir en dos frentes. Esto fue lo que provocó el estrangula­miento gradual del Partido Jacobino, la decadencia de los clubes jacobinos, la burocratización del terror revo­lucionario, en fin, el aislamiento de Robespierre, lo cual le permitió al bloque de sus enemigos de derecha e izquierda derrocarlo con tanta facilidad.

Los rasgos de similitud con el régimen stalinista son muy notables. Pero las diferencias superan a las similitudes. El papel histórico de Robespierre consistió en purgar implacablemente a la sociedad de la escoria feudal; pero, ante la sociedad futura, Robespierre era impotente. El proletariado como clase no existía; el socialismo sólo podía ser de tipo utópico. La única perspectiva posible era la del desarrollo burgués. La caída del régimen jacobino era inevitable.

Los izquierdistas de aquellos tiempos, apoyándose en los sans-culottes, los plebeyos desposeídos -¡un punto de apoyo muy inseguro, por cierto!- no podían jugar un papel independiente. En virtud de ello, el blo­que con los derechistas estaba predeterminado, era ine­vitable, y así la abrumadora mayoría de los partidarios de Robespierre apoyaron luego a la derecha. Esta fue la expresión política del triunfo del desarrollo burgués sobre las pretensiones utópicas de la pequeña burgue­sía y los estallidos revolucionarios de los plebeyos.

Sobra decir que Stalin no tiene el menor funda­mento para arrogarse el papel de Robespierre; en Rusia la escoria feudal fue liquidada y los intentos de restau­ración aplastados durante la época leninista. El stali­nismo nació de la ruptura con el leninismo. Pero esta ruptura jamás fue total, ni lo es ahora. Stalin no libra una lucha circunstancial sino una lucha continua, siste­mática, orgánica, en dos frentes. Este es el carácter inherente de una política pequeño burguesa: a la dere­cha de Stalin se encuentran los restauradores capitalistas conscientes e inconscientes, en sus diversos matices; a su izquierda, la Oposición proletaria. Este análisis ha pasado por la fragua de los acontecimientos mundiales. El aparato no estrangula al partido por la necesidad de combatir la restauración burguesa: al contrario, esa lucha exige que el partido esté activo y sumamente alerta; lo hace en virtud de la necesidad de combatir a la izquierda. Mejor dicho, el aparato nece­sita tener las manos libres para poder maniobrar cons­tantemente entre la derecha y la izquierda. Allí reside la similitud con la posición de Robespierre. Estas fueron las raíces que nutrieron a los elementos bonapartis­tas que determinaron su caída. Pero Robespierre no tenía opción: sus oscilaciones reflejaban las convul­siones del régimen jacobino.

En la Unión Soviética de hoy -que cuenta con una base proletaria que Robespierre no tuvo-, ¿es posible o imposible aplicar una política consecuentemente revolucionaria? Y, de ser posible, ¿se puede anticipar que esta política será apuntalada oportunamente por la revolución en otros países? La evaluación de las perspectivas de la lucha entre tendencias antagónicas en la política y la economía de la Unión Soviética depende de la respuesta que se dé a estas dos pregun­tas. Los bolcheviques leninistas respondemos afirmativamente a ambas, y seguiremos haciéndolo mientras los hechos y acontecimientos históricos, mediante una lucha implacable de vida o muerte, no demuestren lo contrario.

Así y sólo así pueden plantear el problema los revo­lucionarios que se consideran fuerzas vivas en el proceso, a diferencia de los doctrinarios que observan el proceso desde afuera y lo disecan en categorías muertas.

Esperamos darle otro enfoque a este problema en el próximo número [de Biulleten Opozitsi]. Aquí sólo queríamos aclarar los malentendidos más groseros y peligrosos. Por su parte, la Oposición de Izquierda no tiene por qué revisar su posición mientras los grandes acontecimientos históricos no lo exijan.



[1] Termidor y bonapartismo. The Militant, 15 de enero de 1931.

[2] La Convención: parlamento revolucionario de la Revolución Francesa.

[3] Napoleón Bonaparte I (1769-1821): a través de una serie de virajes políticos, que consolidaron la reacción posterior a la caída de los revolucionarios jacobinos (1794), ocupó el trono del emperador de Francia. En 1795 la Con­vención fue reemplazada por el Directorio. El golpe de estado dirigido por Bonaparte el 18 de brumario de 1799 derrocó al Directorio y estableció el Consulado, ocupando él mismo el puesto de primer cónsul. El Imperio nació cuando Bonaparte se autoproclamó emperador, en 1804.

[4] Maximiliene Robespierre (1758-1794): dirigente de la izquierda jacobina y la cabeza del gobierno francés en 1793-1794. Fue destituido el nueve de termi­dor (27 de julio de 1794), según el calendario revolucionario.



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