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Trotsky y un balance del derrumbe del Este

 

Por Roberto Ramírez 1

Guión de la intervención en las Jornadas de Sociología,

Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires el 14 de noviembre de 2002

Trotsky y un balance del derrumbe del Este, la URSS y de la vuelta al capitalismo de los países mal llamados socialistas

Quiero agradecer, en primer lugar, a los compañeros del CEIP, por su invitación.

En estos apretados 15 minutos, trataré de sintetizar algunas ideas de un texto no publicado mucho más extenso, escrito como contribución a la Conferencia Internacional realizada en Moscú en 1996, convocada por varios académicos, entre ellos el fallecido historiador de la Oposición de Izquierda, el profesor Rogovin. Esa Conferencia, a la que fuimos invitados por Rogovin, pero no pudimos asistir, se llamaba “La Revolución Traicionada - 60 años después”. Aquí telegráficamente contaré algunas ideas de ese trabajo.

La Revolución Traicionada, publicada por Trotsky en 1936, es una de las cumbres del pensamiento teórico y político marxista. Es sólo comparable a El Capital de Marx. En El Capital, Marx examinó críticamente la anatomía y fisiología del capitalismo. Trotsky en la Revolución Traicionada debió hundir su bisturí en un fenómeno nuevo, que como él decía, era un hecho “sin precedentes en la historia”: la degeneración del primer intento de transición al socialismo.

Marx estudiaba el capitalismo, no sólo con la ventaja de ser un sistema que había dado sus primeros pasos siglos atrás, sino que además lo hacía con los instrumentos acumulados en casi un siglo de pensamiento teórico-crítico en las tres vertientes de la filosofía clásica alemana, la herencia francesa de la Enciclopedia y Rousseau y la economía política inglesa. Por el contrario, Trotsky no contaba con una acumulación semejante, al encarar el examen de la URSS, “una formación social que no tiene precedentes ni conoce analogía” 2 y cuya existencia databa de poco años.

Hoy esa “formación social sin precedentes” de la que hablaba Trotsky ha desaparecido. Aunque se hundió miserablemente, ella, de alguna manera, llenó la historia del siglo XX, al punto que un importante historiador, Eric Hobsbawn, define al siglo XX por el período transcurrido entre la Primera Guerra Mundial de 1914 que alumbró a la Revolución Rusa de 1917 y el derrumbe final de la URSS en 1989/91. Por eso habla del “corto siglo XX”. Aunque sin compartir las concepciones generales de Hobsbawn, digamos que la URSS no sólo determinó en gran medida aunque no exclusivamente el curso del siglo XX, sino que también las consecuencias del desastre del mal llamado “socialismo real” siguen pesando en las luchas sociales y políticas del presente en todo el mundo.

Así, vemos —en nuestro país y en tantos otros— multiplicarse las luchas sociales, vemos generalizarse las protestas, pero al mismo tiempo la gran mayoría de los trabajadores y las masas, aquí y en otros países, no ve aún la posibilidad de una alternativa al capitalismo. La bronca y el odio contra este sistema cada vez más insoportable, cuya principal producción es el hambre y el desempleo, contrastan con que la mayor parte de sus víctimas no ve la posibilidad y por lo tanto no se plantea ir más allá del capital, más allá del horizonte del sistema capitalista.

Detrás esta crisis de la alternativa socialista al capitalismo, está la sombra del desastre del sistema burocrático, una debacle que fue hábilmente vendida a las masas por la burguesía mundial como el “fracaso del socialismo”... con la colaboración de los mismos burócratas que llamaban “socialismo” y “comunismo” a su régimen peculiar de explotación y opresión.

De allí no sólo la importancia sino también la rigurosa actualidad de Trotsky y en especial de su principal trabajo sobre el sistema burocrático, que es La Revolución Traicionada.

Pero no se trata sólo de la comprensión de lo que pasó, sino de extraer enseñanzas para el futuro. Si el socialismo va a lograr imponerse a tiempo, antes que la barbarie capitalista destruya al género humano, ello va a depender en buena medida de que los nuevos intentos de ir más allá del capitalismo que se den en el siglo XXI, asimilen las lecciones del siglo XX. Y eso no se puede hacer sin tomar la obra de Trotsky como un punto de partida y de referencia fundamental.

Hoy día, se puede estar a favor o en contra de tal o cual concepto o posición de Trotsky, pero lo que no se puede hacer es ignorarlo. Más allá de cualquier ubicación política o teórica, tanto el luchador social como el intelectual honesto no pueden saltarse el conocimiento de su obra, y particularmente la que es su obra cumbre teórica, La Revolución Traicionada.

Pero al mismo tiempo pensamos que una asimilación trotskista de la obra de Trotsky —valga la redundancia— debe ser una asimilación crítica y no dogmática, una asimilación que tenga en cuenta no sólo sus contradicciones internas, propia de toda obra viva, sino que tenga en cuenta la confrontación con lo que pasó después. El mismo Trotsky, creo que sintetizaba bien eso en el texto al que nos referimos:

Allí, advertía que “calificar de transitorio o de intermediario al régimen soviético, es descartar las categorías sociales acabadas, como el capitalismo o el socialismo...”

Y más adelante, luego de enumerar las tendencias contradictorias que se combinaban en esa definición intencionalmente “no acabada”, Trotsky añade:

“Naturalmente los doctrinarios no quedarán satisfechos con una definición tan vaga. Ellos querrían fórmulas categóricas, sí y sí, no y no. Las cuestiones de sociología serían más simples si los fenómenos tuvieran siempre contornos precisos. Pero nada es más peligroso que eliminar, buscando la precisión lógica, los elementos que contrarían desde ahora nuestros esquemas y pueden mañana refutarlos. Nosotros tememos ante todo violentar el dinamismo de una formación social que no tiene precedentes ni conoce analogía. El fin científico y político que perseguimos nos prohíbe dar una definición acabada de procesos inacabados.

Hoy estamos en una situación diferente a la de 1936, cuando Trotsky escribía eso. Ese proceso inacabado acabó y de la peor manera, con la reabsorción por el capitalismo globalizado de las distintas experiencias burocráticas de “socialismo en un solo país”, comenzando por la ex Unión Soviética.

Y, como previó Trotsky, hubo elementos que contrariaron y hasta refutaron algunos de sus esquemas, mientras otros elementos fueron plenamente corroborados.

La concepción que creemos central en Trotsky, que la burocracia no sólo es una casta privilegiada sino contrarrevolucionaria, cuyo dominio iba a significar a la larga la restauración del capitalismo, aunque momentáneamente se le opusiese, fue tardía pero absolutamente corroborada por el curso de la historia. Que la burocracia soviética no era una clase, pero simultánea y contradictoriamente era “algo más que una simple burocracia” como las de los países capitalistas. Que a diferencia de esas burocracias, no era simplemente un sector privilegiado como en los países capitalistas, sino que constituía, “la única capa social dominante”, en el pleno sentido de la palabra, en la sociedad soviética.

Otras concepciones pensamos en cambio que fueron total o parcialmente refutadas. En particular la definición de laURSS como Estado obrero burocrático, degenerado, creemos que no pasó la prueba. Es decir, que económica y socialmente la URSS era un Estado proletario aunque políticamente era gobernado por una burocracia, pensamos que es un marco teórico que no sirve para entender su curso posterior ni menos aun su debacle final. Estuvo mucho más cerca de la realidad la definición distinta, pero no absolutamente contradictoria de Cristian Rakovsky, el otro gran dirigente y teórico de la Oposición de Izquierda, prematuramente silenciado y muerto por Stalin, que ya en 1930 advertía que: “De un Estado obrero con deformaciones burocráticas —como Lenin definía a nuestro Estado—, estamos pasando a un Estado burocrático con restos proletarios y comunistas.”

Como decíamos, creemos que esto resalta especialmente en el epílogo del sistema burocrático, cuando la historia baja el telón del falso “socialismo real”. Es importante, establecer el carácter de este hecho: la asimilación por el capitalismo mundial de las países no capitalistas dominados por la burocracia.

Para los que creían —como la mayoría de la izquierda no trotskista— que el mundo estaba dividido en dos sistemas económicos mundiales (el capitalista y el “campo socialista”, que funcionaban autónomamente, según leyes propias y exclusivas de cada uno), lo sucedido en 1989/91 es una catástrofe histórica: se trataría nada menos que de la derrota del “socialismo”. Y aunque se den mil y una explicaciones, no se termina de entender cómo sistemas (supuestamente) socialistas —por definición, superiores al capitalismo—, terminaron abdicando de tal forma.

Para nosotros, este proceso no ha consistido en la transformación de sociedades socialistas en capitalistas. Tampoco creemos que el capitalismo ha sido restaurado en sociedades que, sin ser aún socialistas, eran por lo menos de “transición al socialismo” (como creíamos los trotskistas). Es decir, sociedades donde los trabajadores eran la clase social y económicamente dominante, aunque políticamente estuviesen bajo la férula de una burocracia (supuestamente) obrera.

La forma en que se produjo su tránsito al capitalismo, evidencia que esas formaciones económico-sociales no eran ni “socialistas”, ni estaban “en transición al socialismo”, ni en ellas bajo ningún aspecto el proletariado constituía la “clase dominante”, aunque lo fuese sólo económica o socialmente.

Desde mucho tiempo atrás —con la contrarrevolución stalinista en la ex URSS y con la asfixia burocrática que padecieron desde el principio revoluciones como las de China, Yugoslavia o Cuba—, en esas sociedades quedó clausurada la perspectiva de “transición al socialismo”, así como de un dominio real, económico o político, de la clase trabajadora.

En vez de seguir un curso de transición al socialismo y de construcción de un verdadero poder obrero (de constitución de los trabajadores en clase dominante), fueron a parar a una “vía muerta”.

En esos límites nacionales, cristalizó por un breve período histórico un sistema de explotación parasitario-burocrático, basado —como analiza muy bien Pierre Naville en Le Noveau Leviathan— en elementos tomados del capitalismo (en primer lugar, el trabajo asalariado). Este sistema tenía la inconsistencia y la incurable debilidad de no ser un sistema de explotación “orgánico” (con la solidez de una verdadera clase dominante, la burguesía), ni tampoco un sistema desplegado mundialmente, como el capitalismo.

Esas formaciones nacionales se fueron integrando en la economía capitalista mundial como un “subsistema” contradictorio, del cual el imperialismo, a medida que se ampliaban las relaciones económicas, extraía una parte creciente de la plusvalía estatizada, por medio del intercambio desigual, los préstamos, la inmensa superioridad tecnológica y finalmente las inversiones directas.

Esas relaciones crecientes fueron, a su vez, otros tantos “vasos comunicantes” para la asimilación y aburguesamiento de la nomenklatura y de las capas medias de la burocracia técnica.

Nos parece que desde esta óptica puede ser comprensible —no sólo para el marxismo sino hasta para el sentido común— que el tránsito a la economía capitalista se haya ido realizando sin mediar un aplastamiento, sin necesidad de una derrota sangrienta de la clase obrera. Esto habría sido imprescindible si los trabajadores hubiesen sido realmente la clase social y económicamente dominante en una sociedad “en transición al socialismo”.

Es que en la historia, ninguna “clase dominante” (aunque lo fuese sólo “económicamente”) ha abdicado su dominio de la economía y de sus posesiones sin una resistencia feroz. Si la clase obrera de esos países no opuso esa resistencia, la causa es ante todo material y no “ideológica”. El hecho material es que el proletariado no poseía ni dominaba económica, social ni políticamente nada. Era una clase oprimida, alienada y explotada, directamente por el aparato de Estado burocrático e indirectamente por el capitalismo mundial.

Si esas sociedades hubieran sido de alguna manera la encarnación del “socialismo” o de la “transición al socialismo” o de la “dictadura del proletariado” y el “estado obrero” (aunque burocratizado), deberíamos concluir que la clase trabajadora se habría revelado como históricamente incapaz de ejercer su dominio.

Lo que hemos presenciado es la reabsorción por el capitalismo de un “subsistema” burocrático explotador, que ya venía contradictoriamente integrado al capitalismo mundial, que no constituía una plataforma para la transformación socialista del mundo y que había agotado sus capacidades de reproducción.

No estamos, entonces, ante la derrota histórica del socialismo por el capitalismo, ni frente a la certificación de la incapacidad de la clase trabajadora de ejercer el poder, gestionar la economía y desarrollar la transición al socialismo.

Sin embargo, con la misma claridad debemos decir que la reabsorción del “subsistema” burocrático fortaleció al capitalismo imperialista (como también lo favoreció la debacle y apertura de las economías estatizadas y relativamente “cerradas” del Tercer Mundo, como era por ejemplo, Argentina).

La restauración capitalista significó para la clase obrera de esos países una derrota, no porque haya perdido el poder (el “estado obrero”) y la propiedad que no tenía, sino porque perdió una gran oportunidad: la de aprovechar el momento de crisis para luchar por tener realmente el poder y dar a la crisis una salida propia. El proletariado pagó así muy caro la herencia envenenada del stalinismo: la destrucción de su conciencia de clase y de toda organización obrera independiente.

Pero, además de ésa y otras consecuencias negativas, hay una a la que ya aludimos. Al extenderse universalmente, al reabsorber a esos países, el capitalismo dio una base material, a la ideología nefasta de “el fracaso y/o la imposibilidad del socialismo”, de que no existen alternativas al capitalismo.

Sin embargo hay que observar también que hoy, más tardíamente, empiezan a manifestarse en todo el mundo, las consecuencias positivas de la caída del aparato burocrático de Moscú. Y esto confirma también una de las caracterizaciones centrales del Trotsky, de que la burocracia soviética constituía un aparato contrarrevolucionario que encadenaba a escala mundial al movimiento obrero y los movimientos sociales. Hoy los aparatos burocráticos subsistentes están en una situación notablemente más débiles para enchalecar a los movimientos. Por muchos costados, se les abren grietas por las que se desarrollan fenómenos independientes.

Al mismo tiempo, la caída del stalinismo, aunque deja esa grave confusión en la conciencia, contradictoriamente abre las puertas para poder relanzar la batalla por el verdadero socialismo. Sin la desaparición de su falsificación burocrática eso hubiese sido imposible.

Pero el relanzamiento de la lucha por el socialismo, no puede consistir en hacer retroceder el reloj a los tiempos anteriores a la Revolución Rusa y a la contrarrevolución burocrática que la destruyó. Ni tampoco puede consistir en esos macaneos ridículos, como el que ahora está de última moda, especialmente en la Universidad, el de “cómo cambiar al mundo sin tomar el poder”.

Asimilando críticamente las experiencias revolucionarias (y contrarrevolucionarias) del siglo XX, pensamos que el relanzamiento de la batalla por el socialismo, debe tener sintéticamente las siguientes notas, entre otros rasgos.

* El socialismo, la transición al socialismo, sólo puede ser una construcción internacional, libre y consciente de la clase trabajadora y los sectores populares que la acompañen, sin tutela burocrática alguna. La experiencia ha demostrado que bajo la dictadura de una burocracia, no hay transición al socialismo, sino tarde o temprano la vuelta al capitalismo.

* Debe abandonarse toda concepción economicista de la transición. La mera expropiación y estatización de las principales ramas de la producción, es una medida imprescindible, pero que de por sí no garantiza abre transición alguna.

* La transición al socialismo es un proceso de revolución permanente y global, económico, social, político, nacional e internacional. Pero el motor de ese proceso es la autodeterminación consciente de la clase trabajadora. Esa autodeterminación y actividad consciente sólo puede desplegarse en el marco de la más amplia democracia directa y lo menos delegativa posible de las organizaciones obreras y populares.

* Descartando toda utopía de “cambiar al mundo sin tomar el poder”, debemos de todos modos reconocer que el Estado o “semi-Estado” obrero, imprescindible para tomar el poder y avanzar en la transición, es un arma de doble filo, que puede volverse contra la misma clase. El desarrollo de la más amplia democracia obrera, la lucha contra los privilegios anexos al Estado y sobre todo el promover permanentemente la iniciativa y autodeterminación de los trabajadores son entre otras medidas imprescindibles.

* La pluralidad de los partidos socialistas y obreros —e incluso si hay condiciones favorables, las de otras formaciones políticas— debe ser la norma. Pero más importante que esto es rediscutir el rol de los partidos que nos reclamamos marxistas revolucionarios. Lo que el joven Trotsky llamaba el “sustituísmo”, es decir que el partido reemplazara a la clase, dejó una saldo nefasto. Las concepciones de “partido-guía”, único depositario de la conciencia de clase, y que por lo tanto está habilitado para sustituir a la clase trabajadora cuando ésta, digamos, “se porta mal”, debe ser por completo erradicada.

El rol del partido debe ser ponerse al servicio de los trabajadores, no para subordinarlos ni pretender darle órdenes, sino para ayudarlos a que se autodeterminen, a que se autoorganizen democráticamente, sean cada vez más concientes y luchen por tomar el poder para lograr cambiar la sociedad.

Ahora, creemos que estas no son cuestiones para el día de mañana o de pasado mañana cuando se plantee la cuestión del poder como inmediata.

De una u otra forma, esto está presente hoy en concreto en la lucha de clases de aquí y en otros países. El argentinazo, aunque sin llegar a constituir organismos de poder, generó o fortaleció diversas experiencias de autodeterminación de los trabajadores y sectores populares, como las asambleas, y distintos movimientos de trabajadores ocupados y desocupados.

El desarrollo, confluencia y masificación de estos organismos de autodeterminación es clave si hablamos en serio de la toma del poder. Sin embargo, cabe preguntarse en qué medida las organizaciones que se reclaman de la izquierda han contribuido a impulsar y fortalecer esas tendencias a la autodeterminación, o en cambio, llevando adelante peleas mezquinas por intereses de mini-aparato, para montar kioskitos o colaterales de sus respectivas organizaciones, han contribuido a debilitar y hasta en muchos casos destruir muchas de esas experiencias. Con el agravante de que el “sustituismo” al que se refería Trotsky, era ejercido por grandes partidos con influencia de masas, lo que no es el caso en la actualidad.

En última instancia, creo que esto tiene bastante que ver con el balance que cada uno ha sacado de la caída de la ex URSS. Nosotros hemos hecho un balance que pone en el centro la autodeterminación consciente y democrática de la clase trabajadora, su “autoactividad” para que se constituya en sujeto de la historia, dejando de ser objeto de explotación económica, degradación social, opresión política y manipulación ideológica. Para decirlo con las palabras de Marx: “la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”.

 

1. Dirigente del Movimiento al Socialismo (MAS, Argentina)

2. La Revolución Traicionada, Ed. du Minuit, Paris, 1963, p. 606.




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