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Turquía: 1929-1933; 1935-1947. León Trotski y Erich Auerbach

IPS Karl Marx: blog de debate

por Noé Jitrik

El doctor Kien, personaje principal de Autodafe, la novela de Elías Canetti que le valió el Premio Nobel, es sinólogo, lo mismo que el doctor Albert, personaje secundario de “El jardín de senderos que se bifurcan”, narración de Borges incluida en Ficciones. La novela de Canetti es del ’31, el cuento de Borges del ’41, pero no creo que haya entre ambas ideas acerca de la profesión de los respectivos personajes nada más que una semejanza, a ambos les debe haber resultado atractiva esa curiosa especialidad tal vez porque en ambos casos se trata de bibliotecas. El doctor Kien tiene una muy impresionante, lo mismo que el doctor Albert: el tema, la biblioteca, promete una infinitud, y en la cultura china es insondable y los libros que la recogen son múltiples. Borges, es notorio, asimila la biblioteca al laberinto, pero también la imagina como modelo del mundo y, se podría añadir, como destino: basta recordar su primer empleo, en una biblioteca modesta, y luego, en la Nacional, una mucho mayor, de vastos anaqueles y de resonancias incesantes. Canetti no va tan lejos en su novela, simplemente vincula la obsesión bibliotecaria con una curiosa idea de alienación. Y en eso consiste su relato: el doctor Kien es expulsado de su casa, y de su precisa biblioteca, por una mujer terrible pero, en su kafkiano vagar, se lleva en la cabeza todos sus libros.

Me quedo ahora sólo con esta imagen: tener en la cabeza todos los libros. Pero, aparte del doctor Kien, ¿quién puede lograrlo? Y, más aún, ¿qué ocurre cuando se quiere escribir y no se tiene ni siquiera los necesarios, no ya todos, para hacerlo? En ese caso se apela, no hay otra posibilidad, a la memoria que, salvo el doctor Kien, no puede aspirar a una totalidad (es el caso del común de los mortales); el escritor, entonces, extrae de ella, modestamente, algo, no mucho, de lo que le ha quedado. Así, pues, renunciando a la imposible totalidad, la literatura toma esos restos, los utiliza y los transforma y con ellos, modestamente, ha logrado sin embargo memorables obras.

Escribir sin libros para consultar cuando se intenta mostrar datos o emitir juicios: el historiador no podría hacerlo, el escritor sí. Hay casos. Uno muy notorio es el de Sarmiento que, exiliado en Chile, careciendo de documentos y de libros apeló a tradiciones orales, a informaciones epistolares y, por supuesto, a los libros que guardaba en su memoria, los llevaba consigo en su cabeza no tan obsesivamente como el doctor Kien pero más o menos; el resultado, como es notorio, no se resiente de esa falta y, al contrario, rinde un lleno que todavía permite pensar y disfrutar. Eso es Facundo, un texto tan vibrante, tan pletórico de vida que nos hace dejar de lado ese aspecto, aunque a uno de sus más distinguidos críticos, don Valentín Alsina, se le ocurrió mencionarlo y aun calificarlo. Pero hay más casos.

Creo observar una coincidencia, que me parece evidente entre León Trotski y Erich Auerbach, dos despojados de sus bibliotecas y teniendo notoriamente que trabajar con ellas. Ambos exiliados en Turquía, el primero por las maquinaciones de Stalin a partir de 1929, el segundo por el antisemitismo de Hitler, hacia 1935. Trotski permaneció hasta 1933, Auerbach hasta 1947, aceptados y hasta protegidos por el legendario Kemal Pashá, apellidado Atatürk, primer presidente y fundador de la República, que había modernizado Turquía y había occidentalizado un poco por la fuerza, pero de manera duradera, los restos del Imperio Otomano que tenía en su haber el genocidio de los armenios ejecutado pocos años antes así como diversas derrotas militares. No poco mérito el de Atatürk, pues recibir a Trotski implicaba desafiar a Stalin, aunque seguramente éste no dejó de presionar hasta lograr, como ocurriría luego en Noruega, que el bolchevique emigrara, y a Hitler que, en pleno apogeo, empezaba a arrojar a los judíos a los cuatro vientos, cuando lograban escapar, o a los campos de concentración cuando no.

Pero la vigorosa occidentalización que Atatürk había promovido y logrado no había alcanzado todavía a las bibliotecas, de manera que para seguir en sus proyectos ambos debieron recurrir a las que habían abandonado, o sea a su memoria, y con ello debían arreglarse. ¡Y cómo lo hicieron! Auerbach escribió entre 1943 y 1945 Mímesis y Trotski terminó Mi vida poco después de llegar, pero luego siguió escribiendo infatigablemente. Como lo recuerda Gabriel García Higueras en el prólogo a la nueva edición, argentina, de Mi vida, para escribirlo, así como sucedió en Alma Ata, la imposibilidad de recurrir a bibliotecas y archivos lo llevó a indagar en sus archivos, a activar su correspondencia –notoria es la carta que le envía a su primera mujer pidiéndole que ella a su vez recuerde– y, por supuesto, él mismo recordó.

Ambos libros, acerca de cuya importancia no hay mucho que añadir, fueron publicados casi enseguida. El de Trotski, en alemán, en 1929 y en varios idiomas, ruso, francés, inglés y en español, al año siguiente. El de Auerbach en 1946 y, muy pronto para estas cosas, en español en 1950 en México.

Se sabe bastante acerca de la persona Trotski y del papel histórico que le tocó desempeñar, lo cual, unido al hecho de la persecución de que fue objeto –implacable y hasta su asesinato– permite comprender por qué su autobiografía fue tomada tan pronto; poco acerca de la persona Auerbach, salvo que fue un prominente filólogo cuyos trabajos sobre el Dante, previos al exilio, le habían valido reconocimientos acordes con los rigurosos parámetros científicos de la universidad alemana, antes de ser devastada por el monomaníaco asesino: vivió en Estambul, trabajó en la universidad, y en 1947 emigró a los Estados Unidos. Su realidad es su libro, un impresionante recorrido por toda la literatura occidental, desde los primitivos griegos hasta los naturalistas del siglo XIX, articulado por la idea de la “representación” y sus variantes y evoluciones: imprescindible.

En cuanto a cómo vivió cotidianamente e incluso cómo compuso ese libro, que en sí mismo es un símil de la biblioteca, tal como la pensaba Borges, carezco de información: quizá la modestia universitaria, el silencio del estudio, el ruido de los estudiantes y, sin duda, el resplandor de los restos de los diversos pasados del Asia Menor, que eso es Turquía. Y no mucho más. Lo contrario de Trotski.

Instalado en la isla de Prinkipo, a orillas del Mar de Mármara, que en ese momento era algo así como un limitado paraíso: “No hay teatros ni cinematógrafos. Los automóviles están prohibidos. ¿Hay muchos lugares como éste en el mundo? Nuestra casa no tiene teléfono. El rebuzno del asno es un sedante para los nervios. Ni por un instante se puede olvidar que Prinkipo es una isla, porque el mar se ve desde la ventana y no hay lugar desde donde no se le vea”, escribe Trotski a modo de despedida según cita García Higuera. Un ideal para un intelectual que no tuviera que tener precauciones, pero él debía tenerlas, o que se hubiera propuesto la gigantesca tarea de recuperar el sentido inicial que había tenido esa Revolución traicionada. La isla es hoy un centro turístico, la casa que Trotski habitó, descrita por Van Eijenoort (Con Trotski: de Prinkipo a Coyoacán, de 1979), uno de sus secretarios más duraderos, es difícil de ubicar pero ahí está, melancólicamente abandonada y semi en ruinas, aunque todavía subsiste el sendero que Trotski seguía para ir a pescar, seguido por sus perros.

Valga la coincidencia entre dos escritores instalados en la historia del siglo XX: un mismo lugar en un momento muy particular de un país cambiante, una severa limitación de recursos para proseguir una obra, dos libros imprescindibles, una paralela causalidad de exilio y, lo esencial, la pérdida de la biblioteca y su compensación en una memoria fiel y obsesiva.

Pero de una manera u otra, de todos estos rasgos uno es determinante: el exilio, o sea el principio de las carencias. Cómo se lo vive en relación con la tarea es lo fascinante del asunto o, dicho de otro modo, en términos más altisonantes, el cumplimiento de un destino o de una misión. Algunos –es el caso– lo han enfrentado; otros se dejaron ganar por la pérdida, quizá no tenían biblioteca para guardar en la cabeza, quizá no tenían escritura para realizar sin ella. Deriva caprichosa, tema abierto, da para conjeturas y exclamaciones. Pero a algo se aproxima, no lo sé muy bien.



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