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Una vez más sobre “la crisis del marxismo”[1]

 

 

7 de marzo de 1939

 

 

 

En los buenos viejos tiempos, cuando alguien se refería a la crisis del marxismo, tenía en mente alguna proposición específica de Marx que supuestamente no había resistido la prueba de los hechos: a saber, la teoría de la agudización de la lucha de clases, la lla­mada “teoría del empobrecimiento” y la del “colapso catastrófico” del capitalismo. Estos tres puntos princi­pales sirvieron de blanco a la burguesía y a la crítica reformista. Hoy en día es simplemente imposible entrar en controversia sobre estos temas. ¿Quién intentará demostrar que las contradicciones sociales no se están agudizando sino suavizando? En Estados Unidos, el señor Ickes, secretario del interior, y otros altos dignatarios están obligados a referirse francamente en sus discursos al hecho de que las “Sesenta Fami­lias” controlan la vida económica de la nación.[2] Por otra parte, el número de desocupados oscila entre los diez millones en épocas de “prosperidad” y los veinte millones en épocas de crisis. Esas líneas de El capital en las que Marx habla de la polarización de la sociedad capitalista, la acumulación de riqueza en uno de los polos y de pobreza en el otro, esas líneas que han sido tachadas de “demagógicas”, demuestran ahora ser simplemente una pintura de la realidad,

La vieja concepción liberal-democrática de un crecimiento gradual y universal de la prosperidad, la cultura, la paz y la libertad ha sufrido una quiebra decisiva e irreparable. Ha arrastrado tras de sí la quiebra de la concepción social-reformista que en esencia representaba sólo una adaptación de las ideas del liberalismo a las condiciones que soporta actual­mente la clase obrera. Todas estas teorías y métodos se remontan a la época del capitalismo industrial, la época del libre comercio y la libre competencia, es decir, al pasado que está más allá de la evocación, una época en la que el capitalismo era aún un sistema relativamente progresivo. El capitalismo hoy es reac­cionario. No se lo puede curar. Hay que eliminarlo.

No queda ni un solo estúpido que crea seriamente - tampoco los Blums lo creen,[3] mienten - que la monstruosa agudización de las contradicciones sociales puede ser superada por medio de una legislación parlamentaría. Marx ha demostrado que eran correctos todos

- ¡sí, todos! - los elementos de su análisis, incluidos sus pronósticos “catastróficos”. ¿En qué consiste entonces la crisis del marxismo? Los críticos actuales no se molestan siquiera por articular ordena­damente la cuestión.

En los anales de la historia figurará que el capi­talismo, antes de hundirse en la tumba, hizo un tre­mendo esfuerzo de autopresentación durante un prolongado período histórico. La burguesía no quiere morir. Ha transformado toda la energía heredada del pasado en una violenta convulsión reaccionaria. Este es, precisamente, el período que nos toca vivir.

La fuerza no sólo conquista sino, a su modo, “convence”. La embestida de la reacción no sólo destruye físicamente a los partidos; también corrompe moralmente a la gente. Muchos caballeros radicales tienen el corazón en la boca. Traducen a un lenguaje inmaterial y a un crítica universal su temor ante la reacción. “¡Algo debe andar mal. en las viejas teo­rías y métodos!” “Marx estaba equivocado...” “Lenin no previó...” Algunos incluso llegan más lejos. “El método revolucionario ha demostrado estar en quie­bra.” “La Revolución de Octubre condujo a la más viciosa dictadura de la burocracia.” Pero la Gran Revolución Francesa también terminó restaurando la monarquía. Hablando en general, el universo está mal hecho: la juventud lleva a la vejez, el nacimiento a la muerte; todas las cosas que nacen deben perecer”.

Estos caballeros olvidan con notoria facilidad que el hombre ha ido recorriendo su camino, desde la condi­ción de semisimio hasta llegar a una armoniosa socie­dad, sin ninguna guía; que la tarea es difícil; que a uno o dos pasos adelante le siguen medio, uno y a veces dos pasos hacia atrás. Olvidan que el sendero está sem­brado con las mayores dificultades y que nadie inventó ni pudo haber inventado un método secreto que ase­gure un ininterrumpido ascenso en la escalera de la historia. Triste es decirlo, los señores racionalistas no fueron consultados cuando el hombre se encontraba en su proceso de creación y cuando las condiciones de su desarrollo tomaban forma por primera vez. Pero ha­blando en general, esta cuestión ya no tiene arreglo...

Siguiendo ese argumento, concedamos que toda la historia revolucionaria previa y, si ustedes quieren, toda la historia en general no es sino una cadena de errores. Pero, ¿qué hay que hacer con la realidad actual? ¿Qué pasa con el colosal ejército de desocupa­dos permanentes, con los campesinos empobrecidos, con la declinación general de los niveles económicos, con la guerra que se avecina? Los escépticos sabihon­dos nos prometen que en algún momento del futuro catalogarán todas las cáscaras de banana en las que han resbalado en el pasado los grandes movimientos revolucionarios. Pero, ¿nos dirán estos caballeros qué debemos hacer hoy, ahora?

En vano esperaríamos la respuesta. Los aterrori­zados racionalistas se están desarmando en presencia de la reacción, renunciando al pensamiento social científico, abandonando no sólo las posiciones mate­riales sino también las morales y despojándose de cualquier reclamo de venganza revolucionaria para el futuro. Sin embargo, las condiciones que prepararon la actual ola de reacción son extremadamente inesta­bles, contradictorias y efímeras, y preparan el terreno para una nueva ofensiva del proletariado. La conduc­ción de esta ofensiva pertenecerá justamente a aquellos a quienes los racionalistas llaman dogmáticos y sectarios. Porque los “dogmáticos” y “sectarios” se niegan a renunciar al método científico ya que nadie, absolutamente nadie, propuso otro superior.



[1] Una vez más sobre “la crisis del marxismo”. New International, mayo de 1939. Firmado “T”.

[2] Harold Ickes (1874-1952): fue secretario de interior de Estados Unidos desde 1933 hasta 1946, en la administración Roosevelt-Truman. La expresión sesenta familias está tomada del libro de Ferdinand Lundberg America’s Sixty Families [Las sesenta familias de Norteamérica], (1937). El libro, que causó sensación cuando apareció, documenta la existencia de una oligarquía económica norteamericana encabezada por sesenta familias de inmensa riqueza. El autor puso al día su trabajo en l968 con The Rich and the Super -Rich [Los ricos y los super-ricos].

[3] León Blum (1872-1950): presidente del Partido Socialista Francés en la década del 30 y premier del primer gobierno del Frente Popular en 1936



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