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V. El alcohol, la iglesia y el cine

 

La jornada de ocho horas y la prohibición del alcohol constituyen dos elementos importantes que han dado una nueva orientación a la vida obrera. El monopolio estatal sobre la venta de bebidas alcohólicas fue abolido, debido a la guerra, antes de la revolución. La guerra exigía medios tan gigantescos que el zarismo consideraba los ingresos procedentes de las bebidas alcohólicas como una suma deleznable a la que se podía renunciar: mil millones más o menos no contaban gran cosa. La revolución asumió a su vez esa abolición del monopolio estatal; se trataba de una herencia, de un hecho consumado que adoptó por razones de principio que le pertenecían legítimamente. Sólo después de la conquista del poder por la clase obrera, convertida en artífice consciente de una nueva economía, la lucha del Estado contra el alcoholismo —tanto mediante la prohibición como por la propaganda— adquirió importancia histórica.

Desde este ángulo, la abolición del “presupuesto de la borrachera” con motivo de la guerra, circunstancia contingente, no cambia nada absolutamente el hecho fundamental de que la liquidación de la empresa de degradación del pueblo a través de francachelas hay que acreditársela a la revolución. Extender, consolidar, organizar y culminar el régimen antialcohólico en el país de la renovación del trabajo, he ahí nuestra tarea.

Nuestros éxitos, tanto económicos como culturales, serán proporcionales a la disminución del porcentaje de alcohol en las bebidas. No es posible hacer concesión alguna en esta materia.

En lo que respecta a la jornada de ocho horas, ésta es ya una adquisición directa de la revolución, y una de las más importantes.

La jornada de ocho horas aporta, de por sí, un cambio radical en la vida del trabajador, liberando de trabajo en la fábrica los dos tercios de la jornada. Es la base de un cambio fundamental en lo referente a la vida obrera, al desarrollo cultural, a la educación, etc., pero no se trata sino de un punto de partida. Cuanto más conscientemente se utilice el tiempo de trabajo, en mayor medida quedará la vida del obrero organizada de forma completa e inteligente. La importancia del cambio de octubre, ya lo hemos dicho, consiste precisamente en que los éxitos económicos de cada obrero suponen automáticamente un alza del nivel material y cultural de la clase obrera en su conjunto.

“Ocho horas de trabajo, ocho horas de sueño, ocho horas de tiempo libre”; así reza la vieja divisa del movimiento obrero. En nuestras condiciones, cobra un sentido novísimo: mientras más productivas sean las ocho horas de trabajo, mientras más se realicen las ocho horas de sueño en buenas condiciones de limpieza y de higiene, más sustancial y de un nivel cultural más elevado serán las ocho horas de tiempo libre.

Por consiguiente, la cuestión de las distracciones reviste una enorme importancia en lo tocante a la cultura y la educación. El carácter del niño se manifiesta por el juego. El carácter del adulto se expresa con mayor fuerza a través del juego y las distracciones.

Los juegos y las distracciones pueden también contribuir ampliamente a la formación del carácter de toda una clase, cuando esta clase es joven y marcha hacia adelante, como lo hace el proletariado. Fourier, el gran utopista francés, erigió sus falansterios, utilizando y combinando racionalmente los instintos y las pasiones humanas, con el fin de contrarrestar el ascetismo cristiano y su represión de la naturaleza humana. Es una idea profunda. El Estado obrero no es ni una orden religiosa ni un monasterio.

Tomamos a los hombres tal como los ha creado la naturaleza y como la antigua sociedad los ha educado en parte, y en parte estropeado. En el seno de ese material humano vivo, buscamos donde asentar las palancas del partido y del estado revolucionario. El deseo de divertirse, de distraerse, contemplar espectáculos y reír, es un deseo legítimo de la naturaleza humana. Podemos y debemos conceder a esa necesidad satisfacciones artísticas cada vez mayores, sirviéndonos al mismo tiempo de esa satisfacción como medio de educación colectiva, sin ejercer tutela pedagógica o constreñimiento para imponer la verdad.

En este campo, el instrumento más importante, el que supera de lejos a todos los demás es, sin duda, el cine. Esta invención desconcertante en materia de espectáculos ha entrado en la vida de los hombres con una rapidez fulminante. En las ciudades capitalistas el cine forma parte de la vida corriente, en la misma medida que el baño público, la taberna, la iglesia y otras instituciones más o menos útiles y recomendables.

La pasión del cine se basa en el deseo de distraerse, de ver algo nuevo, inédito, de reír y hasta de llorar no sobre la propia suerte sino sobre la de otro. El cine ofrece una satisfacción óptica totalmente viva e, inmediata a todas esas necesidades sin exigir nada del espectador, ni siquiera la capacidad de leer. De ahí la afición y la gratitud del espectador hacia el cine, fuente inagotable de impresiones y de sensaciones. He ahí el punto, no solamente el punto, sino la vasta superficie donde pueden comenzarse los esfuerzos en vista a la educación socialista.

El hecho de que hasta ahora, después de cerca de seis años, no hayamos echado mano del cine, prueba hasta qué punto somos torpes, incultos, por no decir estúpidos. El cine es un instrumento que se impone por sí mismo: el mejor instrumento de propaganda —propaganda técnica, cultural aplicable a la producción, a la lucha antialcohólica, al campo sanitario, político, en dos palabras, es un instrumento de propaganda fácilmente asimilable, atractivo, que se graba en la memoria— y, eventualmente, es también un negocio lucrativo.

Por el solo hecho de ser atractivo y entretenido, el cine le hace la competencia a la taberna. No sé si actualmente hay en París o en Nueva York más bares que cines; ni qué categoría de esas empresas reporta más. Es evidente que el aspecto en el cual el cine compite particularmente con la taberna es en el de saber cómo y con qué ocupar las ocho horas de tiempo libre.

¿Es posible apoderarse de este incomparable instrumento? ¿Por qué no? El régimen de los zares creó en algunos años una inmensa red de tiendas de venta de alcohol que dependían del Estado. Grosso modo, éstas le reportaron un ingreso anual de mil millones de rublos oro. ¿Por qué el Estado obrero no puede crear una red de cines estatales capaz de introducir cada vez más profundamente la distracción y la educación en la vida popular? Sería no solamente un buen negocio, sino un excelente contrapeso al atractivo del alcohol. ¿Es esto factible? ¿Por qué no? Evidentemente no es nada fácil.

En todo caso, sería normal y correspondería mejor a la naturaleza, a las fuerzas de organización y a las capacidades del Estado obrero que, digamos, el restablecimiento... del circuito del alcohol[1].

El cine le hace la competencia no sólo a la taberna, sino también a la Iglesia. Y esta competencia puede serle fatal a ésta, si hacemos culminar la separación entre la Iglesia y el Estado mediante la unión del Estado socialista con el cine.

La piedad no existe casi en los obreros rusos. De hecho, nunca existió. La Iglesia ortodoxa era un conjunto de ritos y una organización oficial. No consiguió penetrar profundamente en la conciencia de las masas populares, ni introducir sus dogmas y cánones en su vida íntima, siempre por la misma razón: la ausencia de cultura en el seno de la vieja Rusia, especialmente en la Iglesia. Por esto el obrero ruso, al acceder a la cultura, rompe tan fácilmente sus amarras puramente externas con la Iglesia. Es verdad que para los campesinos la ruptura es más difícil, no porque las enseñanzas de la religión tengan mayor influencia sobre él —no se trata de eso— sino porque su vida indolente y monótona está estrechamente ligada al ritual indolente y monótono de la iglesia.

En el obrero —hablamos del obrero sin partido, en bloque — la influencia de la Iglesia responde, la mayor parte de las veces, a la costumbre, sobre todo en la mujer. Las santas imágenes penden de la pared y allí quedan porque allí están.

Adornan la pared; sin ellas el cuarto estaría vacío y frío. El obrero no compra nuevas imágenes, pero no desea deshacerse de las antiguas. ¿Cómo reconocer la fiesta de la Pascua sin el kulich y la pasja[2]? Pero kulich y pasja deben ser bendecidos según la costumbre, de otro modo les faltaría algo. No es en absoluto por piedad por lo que va a la iglesia; pero la iglesia es luminosa y bella; hay mucha gente y se escuchan cantos: he ahí bastantes cosas agradables que no se encuentran ni en la fábrica, ni en la familia, ni en el vaivén cotidiano de la calle.

La fe es casi inexistente. En todo caso, no hay respeto alguno para la jerarquía eclesiástica, ninguna creencia en el poder mágico de las ceremonias. Pero falta igualmente la voluntad activa de romper con todo eso. El elemento de distracción, de entretenimiento, de pasatiempo, desempeña un papel enorme en la ceremonia religiosa.

A través de la escenificación, la iglesia actúa sobre los sentidos: la vista, el oído, el olfato (el incienso), sobre la imaginación. La afición de los hombres al teatro —ver y oír algo nuevo brillante, que los saque de lo ordinario— es muy fuerte, indestructible e insaciable desde la infancia hasta una edad avanzada. Para que las amplias masas renuncien al formalismo, al ritual de la vida diaria, no basta la propaganda antirreligiosa. Ésta, evidentemente, es indispensable. Su resultado práctico inmediato se aplica a una minoría intelectualmente valiente.

Si la multitud permanece inaccesible a la propaganda antirreligiosa, no es porque la religión conserve su dominio sobre ella, es porque no existe un nexo moral, sino sólo una relación informe, persistente, maquinal, sin vínculos con la conciencia: el del curioso que no se niega a participar ocasionalmente en una procesión o en un servicio solemne, a escuchar los cantos religiosos y a hacer apresuradamente la señal de la cruz.

Esta ceremonia maquinal, que pesa sobre la conciencia, no es superable por la sola crítica, hay que remplazarla por nuevas formas de vida, nuevas distracciones, nuevos espectáculos que eleven el nivel de cultura. Al llegar aquí, nuestro pensamiento se detiene naturalmente en ese instrumento teatral por excelencia —por ser el más democrático—, el cine. El cine, que prescinde de una jerarquía con vastas ramificaciones, de sedas recamadas, etc., desplegando en la pantalla medios escénicos mucho más cautivantes que los de la iglesia, mezquitas o sinagogas, cuya experiencia en materia teatral es sin embargo milenaria.

En la iglesia, se asiste siempre a una sola “acción”, la misma cada año, mientras que en el cine, que se encuentra justo al lado o enfrente, se pueden ver, en los mismos días y a las mismas horas, tanto fiestas paganas como pascuas judías o cristianas, en sus relaciones históricas, imitando sus ceremonias. El cine divierte, instruye, sorprende la imaginación con imágenes y quita las ganas de ir a la iglesia. El cine es un gran competidor no sólo de la taberna sino también de la iglesia. Es el instrumento del que tenemos que apoderarnos a toda costa.

 



[1] Estas líneas ya estaban escritas cuando encontré en el último número de Pravda, que tengo en mis manos (de fecha 30 de junio), el siguiente extracto de un artículo enviado a la redacción por el camarada I. Gordeiev: “La industria del cine es un negocio comercial extraordinariamente ventajoso, que reporta grandes beneficios. Utilizándolo en forma hábil, racional y adecuada, el monopolio del cine podría jugar un papel en el saneamiento de nuestras finanzas, comparable al que desempeñaba el monopolio del alcohol en las finanzas del Estado zarista”. El camarada Gordeiev da a continuación indicaciones prácticas sobre la manera de “cinematizar” la vida soviética. Se trata efectivamente de una cuestión que hay que estudiar a fondo y seriamente.

[2] Pasteles tradicionales consumidos durante la Pascua.



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