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V. Tradición y política revolucionaria

 

El problema de !as relaciones entre la tradición y la política del partido no es simple, sobretodo en la actualidad. En estos últimos años, hemos hablado muchas veces de la enorme importancia de la tradición teórica y práctica de nuestro partido y hemos declarado que, en ningún caso, podíamos permitir la ruptura de nuestra filiación ideológica. Pero debemos precisar bien el modo de concebir la tradición del partido. Para ello, comenzaremos con ejemplos históricos con los que reforzaremos nuestras conclusiones.
 
Tomemos el “clásico” partido de la Segunda Internacional: la socialdemocracia alemana. Su política “tradicional” semisecular se basaba en la adaptación del partido al régimen parlamentario y en el crecimiento ininterrumpido de la organización, de su prensa y de sus finanzas. Esta tradición, que no es totalmente extraña, tenía un carácter semiautomático: cada día derivaba naturalmente del precedente y, también naturalmente, preparaba el siguiente. La organización crecía, la prensa se desarrollaba y las finanzas aumentaban.
 
En este automatismo se formó toda la generación que sucedió a Bebel: una generación de burócratas, filisteos, espíritus obtusos, cuya fisonomía política se puso en evidencia apenas comenzó la guerra imperialista. En cada uno de los congresos de la socialdemocracia se hablaba invariablemente de la vieja táctica del partido consagrada por la tradición.
Y, en efecto, la tradición era poderosa. Era una tradición automática, desprovista de espíritu crítico, conservadora, que terminó ahogando la voluntad revolucionaria del partido.
 
La guerra despojó definitivamente a la vida, política alemana de su “tradicional” equilibrio. Desde los primeros momentos de su existencia oficial, el joven partido comunista entró en un período tempestuoso de crisis y perturbaciones. Sin embargo, en el curso de su historia relativamente corta, es posible distinguir el papel no solamente creador sino también conservador de la tradición que, en cada etapa, en cada viraje, se enfrenta con las necesidades objetivas del movimiento y la conciencia crítica del partido.
 
En el primer período de existencia del comunismo alemán, la lucha directa por el poder representaba la tradición, la tradición heroica. Los terribles acontecimientos de marzo de 1921 revelaron que el partido no tenía todavía suficientes fuerzas como para alcanzar ese objetivo. Hubo que cambiar de táctica y emprender la lucha por las masas antes de recomenzar la lucha directa por el poder.
 
Ese cambio fue difícil de realizar, pues se oponía a una nueva tradición.
Actualmente, en el partido ruso, se recuerdan todas las divergencias de criterios, incluso las más insignificantes, que surgieron en el partido o en su comité central durante estos últimos años. Quizá convendría también recordar la diferenciación fundamental que se manifestó durante el III Congreso de la Internacional Comunista. Es evidente ahora que el viraje que se produjo entonces bajo la dirección de Lenin, a pesar de la resistencia encarnizada de un sector inicialmente considerable de la mayoría del congreso, salvó literalmente a la Internacional del aniquilamiento y de la disgregación con que era amenazada por el “izquierdismo” automático, desprovisto de espíritu crítico, que, en un breve lapso de tiempo, se había constituido en rígida tradición.
 
Después del III Congreso, el Partido Comunista Alemán realizó, con bastante dificultad, el viraje necesario. Entonces comienza el período de lucha para ganarse a las masas bajo la consigna del frente único, con largas negociaciones y otros procedimientos pedagógicos. Esta táctica duró más de dos años y suministró excelentes resultados. Pero, al mismo tiempo, esos nuevos procedimientos prologados de propaganda se transforman… en una nueva tradición semiautomática, cuyo papel fue muy importante en los acontecimientos del segundo semestre de 1923.
 
En la actualidad, es incuestionable que el periodo que va desde mayo (comienzo de la resistencia en el Ruhr) o desde julio (aplastamiento de esa resistencia) hasta noviembre, momento en que el general Seeckt toma el poder, constituye en la vida de Alemania una fase de crisis muy neta y sin precedentes. La resistencia que la Alemania republicana semimoribunda de Ebert-Cuno había intentado oponer al militarismo francés es aplastada, arrastrando tras ella al lastimoso equilibrio social y político del país. La catástrofe del Ruhr desempeñó en cierta medida para la Alemania “democrática” el mismo papel que cinco años antes desempeñó para el régimen de los Hohenzollern la derrota de las tropas alemanas.
 
Desvalorización inusitada del marco. Caos económico, efervescencia e incertidumbre generales, disgregación de la socialdemocracia, aflujo constante de obreros a las filas comunistas, espera generalizada de un golpe de estado… Si el partido comunista hubiese modificado bruscamente la orientación de su trabajo y hubiese consagrado los cinco o seis meses que le concedía la historia a una preparación directa política, orgánica y técnica de la toma del poder, el desenlace de los acontecimientos habría sido muy distinto del que se produjo en noviembre.
 
Pero el partido alemán había entrado en la nueva fase de esta crisis, quizás sin precedentes en la historia mundial, armado sólo con los procedimientos utilizados durante los dos años precedentes y que estaban destinados, por medio de la propaganda, a estabilizar su influencia sobre las masas. En ese momento hacía falta una nueva orientación, un nuevo tono, una nueva forma de abordar a las masas, una nueva interpretación y una nueva aplicación del frente único, nuevos métodos de organización y de preparación técnica, en una palabra un brusco viraje táctico. El proletariado tendría que haber visto en acción a un partido revolucionario que se encaminase directamente a la conquista del poder.
 
Pero el partido alemán continuaba, al fin de cuentas, su política de propaganda, aunque a una escala más vasta. Sólo en octubre tomó una nueva orientación. Pero entonces ya le quedaba muy poco tiempo para desarrollar su iniciativa. Imprimió a su preparación un ritmo febril, la masa no pudo seguirlo, la inseguridad del partido se contagió al proletariado y, en el momento decisivo, el partido se negó a combatir.
 
Si el partido cedió sin resistencia posiciones excepcionales, ello ocurrió principalmente porque no supo, a comienzos de la nueva fase (mayo-julio de 1923) liberarse del automatismo de su política anterior, establecida como si debiese durar muchos años, y plantear decididamente en la agitación, la acción, la organización y la técnica, el problema de la toma del poder.
 
El tiempo es un elemento muy importante en política, particularmente en una época revolucionaria. Muchas veces se necesitan años y decenas de años para recuperar algunos meses perdidos. Lo mismo nos hubiese ocurrido a nosotros si nuestro partido no hubiese tomado la iniciativa en abril de 1917 y no se hubiese apoderado del poder en octubre. Sin embargo, tenemos motivos para creer que el proletariado alemán no pagará demasiado cara su vacilación, pues la estabilidad del actual régimen alemán, sobre todo a consecuencia de la situación internacional, es más que dudosa.
 
Es evidente que, como elemento conservador, como presión automática del pasado sobre el presente, la tradición representa una fuerza extremadamente importante al servicio de los partidos conservadores, y profundamente hostil para un partido revolucionario. Toda la fuerza de este último radica, precisamente, en su libertad en relación con el tradicionalismo conservador. Esto no significa de ningún modo que sea libre con respecto a la tradición en general. Pero la tradición de un partido revolucionario es algo muy diferente.
 
Si se considera, por ejemplo, a nuestro partido bolchevique en su pasado revolucionario y en el período siguiente a Octubre, se reconocerá que su cualidad táctica más importante y valiosa es su aptitud inigualable para orientarse rápidamente, para cambiar de táctica, para renovar su armamento y para aplicar nuevos métodos, en una palabra, para operar bruscos virajes.
Las difíciles condiciones históricas hicieron necesaria esta táctica, y el genio de Lenin le imprimió una forma superior. Esto no quiere decir que nuestro partido esté totalmente libre de un cierto tradicionalismo conservador: un partido de masas no puede tener semejante libertad ideal.
Pero su fuerza se manifestó en el hecho de que el tradicionalismo, la rutina, estaban reducidos al mínimo debido a una iniciativa táctica clarividente, profundamente revolucionaria, a la vez audaz y realista. En esto consiste, y debe consistir, la verdadera tradición del partido.
 
La burocratización más o menos grande del aparato del partido se ve acompañada inevitablemente del desarrollo del tradicionalismo conservador con todos sus efectos. Es preferible exagerar este peligro que subestimarlo. El hecho de que los elementos más conservadores del aparato tiendan a identificar sus opiniones, sus decisiones, sus procedimientos y sus faltas con el “viejo bolchevismo” e intenten asimilar la crítica del burocratismo a la destrucción de la tradición, es indudable y constituye por sí mismo la expresión incuestionable de una cierta petrificación ideológica.
 
EI marxismo es un método de análisis histórico, de orientación política, y no un conjunto de decisiones preparadas de antemano. El leninismo es la aplicación de este método a las condiciones de una época histórica excepcional. Es precisamente esta alianza de las particularidades del momento con el método lo que determina la política audaz, segura de sí misma, de los giros bruscos, cuyos más altos ejemplos nos fueron dados por Lenin y que él mismo en varias oportunidades explicó y generalizó en el plano teórico.
 
Marx decía que los países adelantados ofrecen en cierta medida la imagen del porvenir de los países atrasados. De esta proposición condicional se intentó hacer una ley absoluta que estuvo en la base de la “filosofía” del menchevismo ruso. Por eso se le fijaba al proletariado límites que derivaban no de la marcha de la lucha revolucionaria sino de un esquema mecánico. Y el marxismo menchevique era y sigue siendo únicamente la expresión de las necesidades de la sociedad burguesa, expresión adaptada a una “democracia” atrasada. En realidad, Rusia, debido a los fenómenos extremadamente contradictorios de su economía y su política, resultó ser la primera en recorrer el camino de la revolución proletaria.
 
Ni Octubre, ni Brest-Litovsk, ni la creación de un ejército campesino regular, ni el sistema de requisa de los productos alimenticios, ni la NEP, ni el plan del estado fueron ni podían ser previstos o predeterminados por el marxismo o el bolchevismo antes de Octubre. Todos esos hechos y todos esos virajes fueron el resultado de la aplicación autónoma, independiente, crítica, caracterizada por el espíritu de iniciativa, de los métodos del bolchevismo en una situación a cada momento diferente.
 
Cada decisión, antes de ser adoptada, suscitaba grandes discusiones. La mera referencia a la tradición nunca fue un factor decisivo. Ante cada nueva tarea, en cada nuevo giro, no sé trata de buscar en la tradición una respuesta inexistente sino de aprovechar toda la experiencia del partido para encontrar por sí mismo una nueva solución conveniente a la situación y, de ese modo, enriquecer la tradición. También se puede decir que el leninismo consiste en no mirar hacia atrás, en no dejarse influir por los precedentes, referencias y citas puramente formales.
 
El propio Lenin expresó recientemente este pensamiento con una frase de Napoleón: on s’engage et puis on voit. Dicho de otro modo, una vez embarcado en la lucha, no ocuparse demasiado de los modelos y de los precedentes, profundizar en la realidad tal cual es y buscar en ella las fuerzas necesarias para la victoria y las vías que conducen a ella. Por seguir esta línea, Lenin fue acusado en su propio partido, no una vez sino decenas de veces, de violar la tradición y repudiar el “viejo bolchevismo”.
 
Recordemos que los otsovistas intervenían invariablemente con el pretexto de la defensa de las tradiciones bolcheviques contra la desviación leninista (se encuentran materiales muy interesantes sobre este terna en la Krásnaia Létopis, número 9). Bajo la égida del “viejo bolchevismo”, en realidad bajo la égida de la tradición formal, ficticia, errónea, todo lo que había de rutinario en el partido se sublevó contra las “tesis de abril” de Lenin. Uno de los historiadores de nuestro partido (los historiadores de nuestro partido no tienen hasta el momento mucha suerte) me decía en el momento más crucial de los acontecimientos de Octubre: “No estoy con Lenin porque soy un viejo bolchevique y sigo siendo partidario de la dictadura democrática del proletariado y del campesinado”. La lucha de los “comunistas de izquierda” contra la paz de Brest-Litovsk y a favor la guerra revolucionaria también se hizo en nombre de la integridad de la tradición revolucionaria del partido, de la pureza del “viejo bolchevismo” que había que proteger de los peligros del oportunismo de estado. Es inútil recordar que toda la crítica de la “oposición obrera” consistió, en suma, en acusar al partido de violar las viejas tradiciones. Recientemente hemos visto a los intérpretes más oficiales de las tradiciones del partido en el problema nacional entrar en contradicción con las necesidades de la política del partido en lo referente a ese problema así como con la posición de Lenin.
 
Se podría multiplicar estos ejemplos, dar gran cantidad de otros históricamente menos importantes pero igualmente convincentes. Lo que acabamos de decir es suficiente para demostrar que cada vez que las condiciones objetivas exigen un nuevo giro, un viraje audaz, una iniciativa creadora, la resistencia conservadora manifiesta una tendencia natural a oponer a las nuevas tareas, a las nuevas condiciones, a la nueva orientación, las “viejas tradiciones”, el pretendido “viejo bolchevismo”, en realidad la envoltura vacía de un período que acabamos de dejar atrás.
 
Cuanto más cerrado en sí mismo está el partido, más impregnado está del sentimiento de su importancia intrínseca, reacciona más lentamente ante las necesidades de las bases y tiende más a oponer la tradición formal a las nuevas necesidades, a las nuevas tareas. Y si hay algo capaz de asestar un golpe mortal a la vida espiritual del partido y a la formación doctrinal de la juventud, ese algo es la transformación del leninismo, método que requiere en su aplicación iniciativa, pensamiento crítico y audacia ideológica, en un dogma que sólo exige intérpretes escogidos de una vez para siempre.
 
No podría concebirse el leninismo sin poder teórico, sin un análisis crítico de las bases materiales del proceso político. Es preciso aguzar y aplicar incesantemente el arma de la investigación marxista. En esto consiste la tradición, y no en la sustitución del análisis por una referencia formal o una cita casual. El leninismo no podría conciliarse con la superficialidad ideológica y la negligencia teórica.
 
No se puede fragmentar el pensamiento de Lenin en citas apropiadas para todos los casos, pues para Lenin la fórmula nunca estaba por encima de la realidad, siempre era el instrumento que permite aprehender la realidad y dominarla. Se puede encontrar fácilmente en Lenin decenas y centenares de pasajes que formalmente parecen contradecirse. Pero hay que observar no la relación formal de un texto con otro sino la relación real de cada uno de ellos con la realidad concreta en la cual la fórmula ha sido introducida como una palanca. La verdad leninista es siempre concreta.
 
Como sistema de acción revolucionaria, el leninismo presupone un sentido revolucionario estimulado por la reflexión y la experiencia y que equivale, en el campo social, a la sensación muscular en el trabajo físico. Pero no hay que confundir el sentido revolucionario con el olfato oportunista. Este último puede aportar éxitos efímeros, algunas veces hasta sensacionales; pero es un instinto político de orden menor, que siempre tiende hacia la línea de menor resistencia. Mientras que el leninismo trata de plantear y resolver los problemas revolucionarios fundamentales, de superar los principales obstáculos, su contrapartida demagógica consiste en eludir los problemas, en suscitar un apaciguamiento ilusorio, en adormecer el pensamiento crítico.
 
El leninismo es ante todo el realismo, la mejor apreciación cualitativa y cuantitativa de la realidad, desde el punto de vista de la acción revolucionaria. También es inconciliable con la evasión de la realidad, la pasividad, la pérdida de tiempo, la justificación altiva de los errores del pasado con el pretexto de salvar la tradición del partido.
 
El leninismo es la independencia verdadera con respecto a prejuicios, al doctrinarismo moralizador, a todas las formas del conservadurismo espiritual. Pero creer que el leninismo significa que “todo está permitido” sería un error irreparable. El leninismo resume la moral, no formal sino realmente revolucionaria, de la acción de masas y del partido de masas.
 
Nada le es tan extraño como la altivez de los funcionarios y el cinismo burocrático. Un partido de masas tiene su moral, que es el vínculo entre los combatientes en y para la acción. La demagogia es inconciliable con el espíritu de un partido proletario porque es falaz: al dar una solución simplificada de las dificultades del momento socava inevitablemente el futuro y debilita la confianza del partido en sí mismo.
 
Ante la dificultad, y enfrentada a un serio peligro, la demagogia se convierte fácilmente en pánico. Ahora bien, es difícil yuxtaponer, incluso en el papel, el pánico y el leninismo.
 
El leninismo combate con puños y dientes. Pero la guerra es imposible sin astucia, sin subterfugios, sin engaños. La astucia en un combate victorioso es un elemento constitutivo de la política leninista. Pero a la vez, el leninismo es la suprema honestidad revolucionaria con respecto al partido y a la clase obrera. No emplea ni la ficción, ni la autopromoción ni la falsa grandeza.
 
El leninismo es ortodoxo, obstinado, irreducible, pero no implica ni formalismo, ni dogma, ni burocratismo. En la lucha, toma al toro por los cuernos. Pretender convertir las tradiciones del leninismo en una garantía dogmática de la infalibilidad de todas las frases y pensamientos de los intérpretes de estas tradiciones, significa ridiculizar la verdadera tradición revolucionaria y transformarla en burocratismo oficial. Es ridículo e inútil tratar de hipnotizar a un gran partido revolucionario con la repetición de las mismas fórmulas, en virtud de las cuales habría que buscar la línea justa no en la esencia de cada problema ni tampoco analizando y resolviendo correctamente ese problema sino en informaciones de carácter… biográfico.
 
En lo que a mí respecta, diré que no considero el camino por el que llegué al leninismo menos seguro que el de los otros. Mi comportamiento al servicio del partido constituye la única garantía; no puedo dar otra. Y si se quiere plantear la cuestión en el plano de las investigaciones biográficas, entonces hay que hacerlo como se debe.
 
Entonces habría que responder a preguntas espinosas: ¿todos los que fueron fieles al maestro en las pequeñas cosas lo fueron también en las grandes? ¿Todos los que demostraron docilidad en presencia del maestro han dado garantías con ello de que continuarán su obra en su ausencia? Pero no tengo intención de analizar estos problemas tomando como ejemplo a determinados camaradas con los que, en lo que a mí respecta, quiero continuar trabajando en buenos términos.
 
Cualesquiera sean las futuras dificultades y divergencias de opinión, sólo se logrará triunfar con el trabajo colectivo del pensamiento del partido, verificándose en todo momento a sí mismo y verificando de ese modo la continuidad del desarrollo.
 
Este carácter de la tradición revolucionaria está vinculado al carácter particular de la disciplina revolucionaria. Allí donde la tradición es conservadora, la disciplina es pasiva y se quiebra ante el primer síntoma de crisis. Allí donde, como en nuestro partido, la tradición consiste en la más alta actividad revolucionaria, la disciplina alcanza su punto máximo, pues su importancia decisiva se verifica constantemente en la acción. De aquí la alianza indestructible de la iniciativa revolucionaria, de la elaboración crítica, audaz, de los problemas, con la disciplina férrea en el momento de la acción. Y sólo por medio de esta actividad superior los jóvenes pueden recibir las enseñanzas de los viejos y continuar esa tradición de disciplina.
 
Nosotros valoramos más que nadie las tradiciones del bolchevismo. Pero que no se identifique el bolchevismo con el burocratismo ni la tradición con la rutina oficial. 



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