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VI. El desenlace

 

Al mismo tiempo que se le suministraba a Wrangel hombres y material, la Georgia del año 1920 era a su vez un nido de conspiración de los guardias blancos rusos y particularmente de los guardias blancos caucasianos de diferentes tendencias. Servía de intermediaria entre Petliura, Ucrania, Kubán y Dagestán, así como con los reaccionarios de la montaña. Después de su derrota, los blancos encontraron asilo en Georgia, allí organizaron sus Estados Mayores y desarrollaron sus actividades. Desde Georgia dirigían los destacamentos de insurrectos sobre el territorio en poder soviético por las siguientes rutas: lº) Sujum-Kalecol Maruch y las fuentes del Kubán y de la Laba; 2º) Sujum-Kale-Gagri; Adler-Krasnaya Poliana; el paso de Aichka-fuentes de la Laba; 3º) Kutais-Onini Nalchik.

Se movían más o menos en secreto, de forma que cubrían las apariencias diplomáticamente; sin embargo, la Policía Especial georgiana estaba perfectamente al corriente de sus manejos. “Durante mi estancia en Georgia [escribía el 12 de noviembre de 1920 a la Policía Especial un teniente guardia blanco] yo no haré absolutamente nada que sea susceptible de provocar disgustos con la misión soviética, ya que mi trabajo lo efectuaré más clandestinamente que antes. Si se me exigen fiadores, puedo presentar varios entre los hombres del estado georgiano”. Este documento junto a muchos más, fueron encontrados en los archivos mencheviques por la comisión de la Internacional Comunista. Las organizaciones de los conspiradores están en estrecha connivencia con las misiones de la Entente y en particular con las secciones del contraespionaje de estos últimos. Si Henderson hubiese albergado sobre ello la menor duda, hubiese podido informarse en los archivos del contraespionaje británico.

Nosotros suponemos que su entusiasmo patriótico le facilitaba el acceso a ese santuario.

Batum era en esa época el centro más importante de intrigas y complots de la Entente y sus vasallos. En julio de 1920, Inglaterra entregó Batum en manos de la Georgia menchevique, que para ganarse la simpatía de la población de Adjar tuvo que hacer uso inmediato de la artillería. Se evacuó Batum, previa destrucción de sus defensas marítimas; así, el mando británico testimoniaba su completa confianza en las intenciones de Wrangel. La derrota sufrida por éste cambió totalmente la situación. Los generales y los diplomáticos de la Entente conocían muy bien las relaciones entre Georgia, Wrangel y las repúblicas soviéticas, para no albergar duda alguna sobre la situación desesperada en que se encontraban los mencheviques georgianos. Hay que pensar que estos últimos dejaron oír su voz para reclamar “garantías”. En las altas esferas dirigentes inglesas, nuevamente se consideró la posibilidad de otra ocupación de Batum, bajo forma de arrendamiento, creando un puerto franco u otra clase de martingala que en los medios diplomáticos existen en gran cantidad, como llaves falsas tienen los rateros. La gran prensa georgiana se refería a la ocupación proyectada con satisfacción manifiesta, sin aparentar inquietud.

Se trataba, sin duda alguna, de la creación de un nuevo frente en contra nuestra. Nosotros declaramos que consideraríamos la ocupación de Batum por los ingleses como una apertura para las hostilidades.

Más o menos en esta época, la protectora titular de los débiles, la Francia de M. Millerand, se interesa particularmente por la suerte de una Georgia independiente. Recién llegado a Georgia, el “Comisario General de la Transcaucasia” señor Abel Chevalley, inmediatamente declaró a través de la agencia telegráfica georgiana: “Los franceses aman con amor fraterno a Georgia. Me siento feliz de declararlo públicamente. Los intereses de Francia concuerdan enteramente con los de Georgia…” Los intereses de Francia, que había cercado a Rusia con el bloqueo del hambre y arrojado sobre ella una jauría de generales zaristas, ¡“concordaban enteramente” con los intereses de la Georgia democrática! A raíz de amplios discursos líricos y bobalicones sobre el gran afecto de los franceses por los georgianos, el señor Chevalley, a decir verdad, como es propio a todo buen representante de la Tercera República, explicó que “los Estados del mundo entero tenían necesidad en este momento de materias primas y de productos prefabricados; Georgia es la vía más importante entre el oriente y el occidente”. En otros términos, lo que atraía a los amigos de M. Millerand no era solamente su amor a Georgia, sino también el olor del petróleo de Bakú.

Poco después de llegar M. Chevalley, el almirante francés Dumenil desembarcó en Georgia. Su cariño hacia los compatriotas de Noe Jordan no desmerecía en nada al de su colega el diplomático. El almirante declaró que Francia, “no reconocería la apropiación indebida de la propiedad ajena” (¡quién lo hubiese creído!). El, Dumenil, mientras se encontrara en territorio de Georgia “independiente”, no permitiría al gobierno soviético apoderarse de los barcos rusos que se encontraban en el puerto georgiano y que estaban destinados a ser entregados a Wrangel o a sus posibles sucesores. ¡Los caminos por los cuales triunfa el derecho son a veces realmente impenetrables!

La colaboración de los representantes de la democracia francesa con los demócratas de Georgia ofreció un desarrollo extraordinario. El torpedero francés Saquiart bombardeó y quemó la goleta rusa Leínat. Con el concurso de los agentes de la Policía Especial georgiana, el contraespionaje francés atacó al correo diplomático de los soviets y lo desvalijó. Los torpederos franceses protegieron la partida para Constantinopla del barco ruso Printsip, anclado en el puerto georgiano. La organización de las insurrecciones en las repúblicas soviéticas y en las regiones vecinas de Rusia redobló en intensidad. La cantidad de armamentos llevados desde Georgia a esas regiones aumentó sensiblemente. El bloqueo del hambre en Armenia, que ya en aquella época había adoptado el régimen soviético, proseguía. Pero Batum no fue ocupado. Posiblemente en ese tiempo Lloyd George renunció a la idea de un nuevo frente.

También es posible que el amor que sentían los franceses por Georgia hubiese impedido a los ingleses manifestar el mismo sentimiento. Nuestra declaración relacionada con Batum no quedó sin resultado. Habiendo pagado, al último momento, los servicios de Georgia con esa carta crediticia y ficticia que constituía el reconocimiento de jure del estado georgiano, la Entente decidió que no se debía construir nada sobre el inestable fundamento de la Georgia menchevique. Después de la lucha encarnizada que nos habían opuesto, los mencheviques georgianos estaban persuadidos, en la primavera de 1920, de que nuestras tropas alcanzarían su victoria sobre Denikin, llegarían en marchas forzadas hasta Tiflis y Batum y barrerían como una brizna de paja la democracia menchevique… Pero nosotros, que del golpe de estado en Georgia no esperábamos ninguna consecuencia revolucionaria importante, estábamos preparados para tolerar a nuestro lado a esta democracia menchevique, con la condición de que consintiera formar con nosotros un frente común contra la contrarrevolución rusa y el imperialismo europeo.

Pero nuestra actitud, dictada por consideraciones políticas, fue interpretada en Tiflis como un signo de debilidad. Nuestros amigos de Tiflis nos escribían que para empezar, los dirigentes mencheviques no alcanzaban a comprender los motivos de nuestra pasividad: ellos se daban perfecta cuenta de que hubiéramos podido ocupar Georgia sin más pérdida de tiempo. Pronto se imaginaron la explicación más fantasiosa: según les parecía, Inglaterra no consentía en trabar conversaciones con nosotros, a menos que nos comprometiéramos a no intervenir para nada en Georgia. A pesar de ello, el miedo del primer momento se convirtió pronto en insolencia por parte de los mencheviques, que trataban de provocarnos de cualquier forma. Después de nuestros reveses en el frente polaco y de nuestros problemas en el frente de Wrangel, Georgia se pone abiertamente al lado de nuestros enemigos. Sin capacidad revolucionaria, sin grandeza de miras, sin ninguna perspectiva, esa miserable democracia pequeñoburguesa que anteriormente se inclinaba rastreramente ante los Hohenzollern, ahora se sentían prestos a inclinarse ante Wilson, que aún nuestra política hacia Georgia. Pero los mencheviques no podían dar marcha atrás. Estudiando la documentada historia de nuestras relaciones con el gobierno de los mencheviques, me he extrañado muchas veces de nuestra longanimidad y rendí al mismo tiempo justicia a esa gigantesca maquinación burguesa de falsificación y mentira por medio de la cual el golpe de estado soviético, inevitable en Georgia, era representado como una agresión del lobo malo soviético contra la pobre Caperucita Roja menchevique. ¡Oh poetas de la Bolsa, fabulistas de la diplomacia, mitólogos de la gran prensa, o canallas a sueldo del Capital!

Con la perspicacia que le caracteriza, Kautsky descubre la mecánica diabólica del golpe de estado bolchevique en Georgia: la insurrección no empezó en Tiflis, como hubiera sido lógico si la hubieran iniciado las masas obreras, sino en los confines del país, en la vecindad de las tropas soviética, y se desarrolló de la periferia hacia el interior. ¿No está por ello claro que el régimen menchevique cayese víctima de una agresión propugnada desde el exterior? Estas consideraciones harían honor a un juez de instrucción. Pero no agregan nada a la comprensión de los acontecimientos históricos.

La revolución soviética se había iniciado en los centros de Petrogrado y de Moscú, y de allí, se había extendido a todo el imperio de los zares. La revolución en aquella época no tenía ejército. Sus propagandistas eran destacamentos de obreros armados apresuradamente. Penetraban casi sin encontrar resistencia en las regiones más atrasadas, y sostenidos por la simpatía ilimitada de los trabajadores instauraban el poder soviético.

Cuando la reacción, personificada por la burguesía y los grandes hacendados, se habían apoderado, como en el Don y en Kubán, del centro de la población, la insurrección iba de la periferia al centro, generalmente con el apoyo efectivo de agitadores y militantes llegados de las capitales. Sin embargo, la contrarrevolución, gracias a la ayuda que había recibido del exterior, logró recuperar posiciones en los lugares más atrasados del territorio ruso, y allí atrincherarse; así sucedió en el Don, en el Kubán, en el Cáucaso, en la región del Volga, en Siberia, en el litoral del mar Blanco y aun en Ucrania. Al mismo tiempo que la contrarrevolución, la revolución formaba su ejército. Poco a poco fueron batallas preparadas, campañas militares organizadas las que decidieron el destino de las fronteras de la revolución soviética. Pero como los ejércitos en pugna no venían de “exterior”, sino que habían sido formados por soldados que luchaban a muerte unos contra otros sobre toda la extensión del imperio de los zares, así, pues, era la lucha de clases la que se expresaba de esa forma en la jerga de las operaciones militares. La contrarrevolución también es cierto que en gran parte estaba sostenida por una fuerza militar que venía del exterior.

Pero ello no hace más que confirmar nuestra tesis. Sin San Petersburgo, Moscú, la región Ivano-Voznessensk, la cuenca del Donetz, los Urales, no hubiesen hecho la revolución. Por sí misma la región del Don no hubiese nunca instaurado el poder soviético. Un pueblo de la región de Moscú tampoco la hubiese hecho. Pero tal como la aldea del gobierno de Moscú, la stanitza del Kubán y la estepa transvolguiana formaban parte desde largo tiempo de un complejo administrativo y económico único y entraron con él en el torbellino de la revolución. Cayeron naturalmente bajo la dirección revolucionaria de la ciudad y del proletariado industrial. No fue el caso de un plebiscito en cada punto de Rusia, sino la hegemonía indudable de la vanguardia proletaria en todo el país la que aseguró la ampliación y la victoria de la revolución. Con el apoyo de las fuerzas armadas del exterior, algunas regiones de los confines de Rusia consiguieron no solo librarse del torbellino de la revolución, sino mantener, durante largo tiempo, el régimen burgués. Las “democracias” de Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, así como de Polonia deben su existencia a la fuerza militar extranjera, que durante el periodo crítico de su formación prestó su apoyo a la burguesía y aplastó el proletariado. En esos países limítrofes con el Occidente capitalista, la correlación de las fuerzas fue alterada por la introducción de un elemento exterior: la fuerza militar extranjera, por medio de la cual la burguesía, valiéndose de masacres, encarcelamientos y deportaciones diezmaron a lo mejor del proletariado. Solamente de esta manera la democracia pudo establecer un equilibrio temporal sobre bases burguesas. ¿Por qué las caritativas almas de la II Internacional no apoyaron un programa que incluyera: en primer lugar, el retiro de los ejércitos burgueses formados en Finlandia, Estonia, Lituania, etc., con el apoyo de las fuerzas exteriores, en segundo lugar, la liberación de todos los prisioneros y la amnistía para todos los exiliados (es imposible, desgraciadamente, resucitar a los muertos) y, por último, un referéndum?

La situación de la Transcaucasia era diferente. Entre ella y los otros centros de la revolución se extendía la Vendée cosaca. Sin la Rusia soviética, la pequeña burguesía democrática de Transcaucasia hubiese sido inmediatamente deshecha por Dekinin. Sin los guardias blancos del Don y del Kubán, hubiese sido inmediatamente absorbida por la Revolución soviética. Ella vivía y se alimentaba de la encarnizada guerra civil que desbastaba Rusia y de la fuerza militar extranjera instalada en el Transcáucaso. En cuanto la guerra civil acabó con la victoria de la República soviética, el derrumbamiento del régimen pequeño-burgués en Transcaucasia fue inevitable.

En febrero de 1918, Jordan deploraba que las tendencias bolcheviques hubiesen penetrado en los campos y en las ciudades y alcanzado hasta a los obreros mencheviques. Las insurrecciones campesinas venían sucediéndose sin interrupción en Georgia. Mientras que en la Rusia soviética, hasta la insurrección de los checoslovacos (mayo de 1918) dirigida por los socialrevolucionarios y los mencheviques, los periódicos mencheviques aparecían libremente; en Georgia, por el contrario, el Partido Comunista había sido reducido a la clandestinidad desde principios de febrero. Aunque los trabajadores de la Transcaucasia, separados de la Rusia soviética, estuviesen permanentemente atemorizados por la presencia de tropas extranjeras, las insurrecciones revolucionarias ocuparon en el seno de Georgia un lugar mucho más importante que la de los blancos en el territorio soviético. El aparato de opresión del gobierno de Georgia fue sin comparación mucho mayor que el de la Rusia soviética. Nuestra victoria sobre Denikin, y seguidamente sobre la poderosa Entente, produjo una fuerte impresión sobre las masas populares de la Transcaucasia.

Cuando las tropas soviéticas se acercaron a las fronteras de Azerbaiyán y de Georgia, las masas trabajadoras de esas repúblicas, siempre hermanas de los trabajadores rusos, se sintieron presa de una gran efervescencia revolucionaria. Su estado de espíritu puede compararse con aquél de las masas populares de Prusia Oriental y hasta cierto punto en toda Alemania, a raíz de nuestra ofensiva sobre Varsovia, cuando la izquierda del Ejército Rojo llegaba a las fronteras de Alemania. Pero entonces nos encontrábamos en presencia de un hecho efímero, mientras que la derrota de los ejércitos de Denikin, a los ojos de la Entente, tenía un carácter decisivo; también las masas trabajadoras de Azerbaiján, Armenia y Georgia no dudaban de que el gobierno soviético se apoyaba sobre bases firmes y que su dominio sería inquebrantable.

En Azerbaiyán, la revolución soviética se llevó a cabo casi automáticamente en cuanto nuestras tropas se acercaron a sus fronteras; el partido dirigente de los mosavats, compuesto de burgueses y de terratenientes, no tenía las mismas tradiciones ni tanta influencia como los mencheviques georgianos. Bakú, en Azerbaiyán, era una base mucho más importante que Tiflis en Georgia: era una antigua ciudadela del bolchevismo. Los guerrilleros de los mosavats se fugaron, abandonando casi sin resistir el poder a los comunistas de Bakú. La actitud de los dachnaks armenios fue más o menos igualmente indigna. En Georgia, los acontecimientos se desarrollaron más metódicamente. Las tendencias bolcheviques que hasta el momento se habían ocultado, empezaron a manifestarse abiertamente. El Partido Comunista hizo rápidos progresos en poco tiempo, consiguió conquistar las simpatías de los trabajadores. El periódico de los socialistas federales georgianos, el Sakartvello, escribía el 7 de diciembre de 1920. “Las fuerzas de los comunistas en Georgia hace unos meses era diferente que la actual. Entonces Georgia no estaba rodeada de los bolcheviques. Teníamos por vecinos estados nacionales independientes. Nuestra situación económica y financiera era incomparablemente mejor que hoy. Pero la situación ha cambiado y este cambio se ha producido en beneficio de los bolcheviques. En este momento el partido bolchevique tiene sus organizaciones en Georgia. En algunos centros obreros, como, por ejemplo, en el sindicato de obreros impresores, dispone de una mayoría. En suma, la actividad de los bolcheviques ha aumentado considerablemente. En el interior, el crecimiento de las fuerzas bolcheviques; en el exterior, su dominio ilimitado. Esta es la situación en que se encuentra Georgia.” Reflejando realmente esta situación, las quejas de un órgano que nos era totalmente hostil tienen para nosotros una enorme importancia: constituyen una refutación categórica a Kautsky, que afirmando la “entera libertad” concedida a los comunistas y a la vez su completa importancia, se basa en ello para presentar la revolución soviética en Georgia como resultante de la violencia y de la fuerza exterior. Las palabras del periódico nacionalista: “en el interior, el crecimiento de las fuerzas bolcheviques; en el exterior, su dominio” son la fórmula exacta del golpe de estado soviético que iba a tener lugar.

Presintiendo su situación desesperada, los mencheviques georgianos se empeñaron por el camino de una abierta reacción. El brutal rechazo del gobierno de Jordan a aliarse a Rusia contra Denikin provocó el descrédito de los mencheviques ante las masas. Las sistemáticas infracciones cometidas contra el tratado firmado con la Rusia soviética, infracciones que tuvimos el cuidado de denunciar, obtuvieron un efecto análogo. Estimando la imposibilidad de existir por sus propios medios, en tanto que el poder soviético había triunfado en todo el sudeste del antiguo imperio de los zares, los mencheviques hicieron desesperadas tentativas para ayudar a Wrangel y obtener el apoyo de las fuerzas de la Entente. Pero todo fue en vano. En Crimea, no sólo fue la suerte de Wrangel la que se decidió, sino también la de la Georgia menchevique. Nuestros efectivos en el Cáucaso se vieron incrementados en el otoño de 1920, cuando Wrangel se dirigía al Kubán, y cuando no se hablaba más que de la ocupación de Batum. Esta concentración de nuestras tropas revestía un carácter puramente defensivo.

La liquidación del frente de Wrangel y el armisticio con Polonia reforzaron las fuerzas soviéticas en Georgia. La presencia de los regimientos rusos en sus fronteras significaba que ya no había lugar para temer una intervención extranjera en caso de revolución soviética. No era para desalojar a los mencheviques para lo que se necesitaban soldados rusos, sino para prevenir cualquier tentativa de desembarco de tropas enviadas desde Constantinopla por Inglaterra, por Francia o por Wrangel para sofocar la revolución soviética. Los propios mencheviques, con su Guardia Popular pretoriana y su ejército ficticio, opusieron una resistencia insignificante. Habiéndose iniciado a primeros del mes de febrero, a mediados de marzo la revolución soviética había acabado en todos los lugares del país.

No tenemos la menor intención de disimular o menoscabar la importancia del papel representado por el ejército soviético en las victorias de los soviets en el Cáucaso. En febrero de 1921, este ejército prestó un apoyo eficaz a la revolución, aunque mucho menor que el que habían suministrado, durante tres años, a los mencheviques los ejércitos turcos, alemanes, ingleses, sin olvidar a los guardias blancos rusos. Si el Comité Revolucionario que dirigía la insurrección no comenzó sus operaciones en Tiflis, centro de la Guardia Popular menchevique, sino en las fronteras, donde podía sostenerse junto al Ejército Rojo y reagrupar sus fuerzas, ello solamente indica que se tenía un fino sentido político, lo cual no puede decirse de Kautsky, que después de todo inventa a la revolución georgiana una táctica diferente a la que obtuvo la victoria. ¡Que Kautsky guarde para sí su estrategia! Nosotros queremos instruirnos y aprender a vencer del enemigo. Los apóstoles de la II Internacional, por el contrario, enseñan el arte de ser vencidos.

Lo que finalmente ocurrió fue lo que inevitablemente tenía que ocurrir. La historia de las relaciones entre Georgia y la Rusia soviética no es más que un capítulo de la historia del bloqueo a Rusia, de las intervenciones militares, del oro francés, de la escuadra inglesa, de los cuatro frentes que devoraron a la élite obrera. La Georgia, tal como nos la presentan los jefes mencheviques, no existió nunca; nunca existió una Georgia democrática, pacífica, autónoma y neutral. Lo que fue Georgia, fue una plaza de armas de la guerra de clases panrusa. Esta plaza está ahora en manos del proletariado victorioso.

Y después de que los dirigentes mencheviques de Georgia ayudaron a la matanza, a ahorcar y hacer morir de frío a decenas de miles de soldados rojos, a millares de comunistas, y producirnos heridas que tardaron años en cicatrizarse; después de que, a pesar de todas esas pérdidas y sacrificios, salimos vencedores de la lucha; después de que las masas trabajadoras de Georgia, con nuestro apoyo, se deshicieron de sus dirigentes en Batum, éstos tienen la osadía de venir a proponernos considerar todo esto nulo y que iniciáramos nuevamente el juego. Los mencheviques que se comprometieron con los oficiales rusos, turcos, prusianos y británicos, con Macdonald, Kautsky, Mrs. Snowden y otras comadronas de la II Internacional, intentarán rehacer una nueva virginidad democrática, después de la cual, con la ayuda de la flota británica, los subsidios de los reyes del petróleo y del manganeso, los aplausos del Times y la bendición del Papa, la Georgia menchevique, el país más democrático, más libre, más neutral del mundo, será restaurado en su primer esplendor.



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