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VI. La "subestimación" del campesinado

 

Algunos camaradas han adoptado en materia de crítica política, métodos muy particulares: afirman que me equivoco hoy en tal o cual cuestión porque no tuve razón en un determinado problema hace, por ejemplo, quince años.
 
Este método simplifica considerablemente mi tarea. Pero lo que habría que hacer es estudiar los problemas actuales por sí mismos.
 
Un problema planteado hace muchos años está desde hace tiempo agotado y juzgado por la historia, y para referirse a él no hace falta grandes esfuerzos de inteligencia; sólo es preciso memoria y buena fe. Pero en este sentido, no puedo decir que siempre ocurra así con mis críticos. Y voy a probarlo con un ejemplo relativo a uno de los problemas más importantes.
 
Uno de los argumentos favoritos en algunos medios durante estos últimos tiempos consiste en indicar -sobre todo indirectamente- que yo “subestimo” el papel del campesinado. Pero en vano se buscará en mis adversarios un análisis de este problema, hechos, citas; en una palabra, cualquier tipo de prueba. Casi siempre sus argumentaciones se reducen a alusiones a la teoría de la “revolución permanente” y a dos o tres rumores de antesala. Nada más ni nada menos.
 
En lo concerniente a la teoría de la revolución permanente, no veo ninguna razón para renegar de lo que he escrito al respecto en 1904, 1905, 1906 y posteriormente. Aún ahora insisto en considerar que las ideas que yo desarrollaba en esa época están en su conjunto mucho más próximas al verdadero leninismo que la mayoría de los escritos que publicaban por ese entonces numerosos bolcheviques. La expresión “revolución permanente” pertenece a Marx, quien la aplicaba a la revolución de 1848. En la literatura marxista revolucionaria ese término siempre tuvo carta de ciudadanía. Franz Mehring lo usó a propósito de la revolución de 1905-1907. La revolución permanente es la revolución continua, sin interrupción. ¿ Cuál es el pensamiento político que se intenta resumir en esta expresión?
 
Para nosotros comunistas, este pensamiento consiste en la afirmación de que la revolución no acaba luego de una determinada conquista política, luego de la obtención de una determinada reforma social, sino que continua desarrollándose hasta la realización del socialismo integral. Así pues, una vez comenzada, la revolución (en la que participamos y que dirigimos) en ningún caso es interrumpida por nosotros en una etapa formal determinada.
 
Por el contrario, no dejamos de realizar y de llevar adelante a esta revolución, conforme a la situación, en tanto que ella no haya agotado todas las posibilidades y todos los recursos del movimiento. Este concepto se aplica tanto a las conquistas de la revolución en un país como a su ampliación en el área internacional. En el caso de Rusia esta teoría significaba: lo que necesitamos no es la república burguesa ni tampoco la dictadura democrática del proletariado y del campesinado, sino el gobierno obrero apoyado por el campesinado que inicie la era de la revolución socialista internacional[2].
 
Así pues, la idea de la revolución permanente coincide totalmente con la línea estratégica fundamental del bolchevismo. En rigor, podía no vérsela así hace una quincena de años. Pero es imposible no comprenderla y no reconocerla ahora, cuando las fórmulas generales han sido verificadas por la experiencia.
 
No se podrá descubrir en mis escritos de esa época la menor tentativa de “pasar por encima” del campesinado. La teoría de la revolución permanente conducía directamente al leninismo y en particular a las Tesis de Abril de 1917. Ahora bien, esas tesis que predeterminaron la política de nuestro partido con vistas a octubre y en el momento de la insurrección provocaron, como se sabe, el pánico en muchos de aquellos que ahora sólo hablan con un santo horror de la teoría de la revolución permanente.
 
Analizar todos esos problemas con camaradas que desde hace tiempo dejaron de leer y viven únicamente de sus recuerdos de juventud es cosa penosa y por otra parte inútil. Pero los camaradas, y en primer lugar los jóvenes comunistas, que poseen aún el fuego sagrado del partido, y que en todo caso, no se dejan asustar por las palabras cabalísticas como tampoco por la palabra “permanente”, harán bien en leer, lápiz en mano, las obras de esa época, a favor y en contra de la revolución permanente y en tratar de vincularlas con la Revolución de Octubre.
 
Sin embargo, lo que importa aún más es el estudio de los hechos durante y después de octubre. Allí se pueden verificar todos los detalles. Inútil es decir que con respecto a la adopción política por parte de nuestro partido del programa agrario de los socialistas revolucionarios no hubo entre Lenin y yo ni la sombra de un disentimiento. Lo mismo ocurrió en lo que respecta al decreto sobre la tierra. 
 
Quizás nuestra política campesina haya sido errónea en algunos puntos particulares, pero nunca provocó entre nosotros la más mínima divergencia. Nuestra política se orientó hacia el campesinado medio con mi activa participación. La experiencia del trabajo en el sector militar contribuyó en gran medida a la realización de esta política. ¿Cómo se habría podido subestimar el papel y la importancia del campesinado en la formación de un ejército revolucionario reclutado entre los campesinos y organizado con la ayuda de los obreros más esclarecidos?
 
Basta examinar nuestra literatura política militar para ver hasta que punto estaba impregnada de la idea de que la guerra civil es políticamente la lucha del proletariado en oposición a los contrarrevolucionarios por la conquista del campesinado y que la victoria sólo puede ser asegurada con el establecimiento de relaciones racionales entre los obreros y los campesinos, tanto en un regimiento aislado como a escala de las operaciones militares y en todo el Estado.
 
En marzo de 1919, en un informe enviado al Comité Central desde la región del Volga donde me encontraba entonces, yo sostenía la necesidad de una aplicación más efectiva de nuestra política orientada hacia el campesino medio y protestaba por la negligencia del partido al respecto. En un informe inspirado directamente por una discusión en la organización de Senguileev, yo escribía: 
 
“La situación política actual -que, por otra parte, quizás dure largo tiempo- corresponde a una realidad económico-social mucho más profunda, pues si la revolución proletaria triunfa en Occidente, para realizar el socialismo deberemos apoyarnos en gran medida en el campesino medio y hacerlo participar de la economía socialista.”
 
Sin embargo, la orientación hacia el campesino medio, en su primera forma (“testimoniar interés por el campesinado”, “no darle órdenes”, etc.) se rebeló insuficiente. Cada vez más se sentía la necesidad de modificar la política económica. Influido por mis observaciones por el estado de ánimo del ejército y mis comprobaciones durante un viaje de inspección económica que realicé en la zona de los Urales, escribí al Comité Central en 1920:
 
“La política actual de requisa de los productos alimenticios, de responsabilidad colectiva para la entrega de estos productos y de reparto equitativo de los productos industriales provoca la decadencia progresiva de la agricultura, la dispersión del proletariado industrial y amenaza con desorganizar totalmente la vida económica del país.”
 
Como medida práctica fundamental yo proponía:
 
“Reemplazar la requisa de los excedentes por un descuento proporcional a la cantidad de la producción (una especie de impuesto progresivo sobre el ingreso) y establecido de tal modo que siempre sea ventajoso aumentar la superficie sembrada o cultivarla mejor.”
 
Mi texto [1] proponía en resumen, pasar a la NEP en el campo. A esta proposición estaba vinculada otra que concernía a la nueva organización de la industria, proposición mucho menos detallada y mucho mas circunspecta, pero dirigida en general contra el régimen de las “centrales” que suprimía toda coordinación entre la industria y la agricultura[i].
 
Esas proposiciones fueron rechazadas por el Comité Central. Esa fue nuestra única divergencia de opinión sobre el problema campesino.
 
¿En qué medida la adopción de la NEP era racional en febrero de 1920? Las opiniones pueden diferir al respecto. Personalmente, estoy seguro de que habría sido ventajosa. En todo caso, de los documentos que acabo de citar es imposible sacar la conclusión de que yo ignoraba sistemáticamente al campesinado o que no apreciaba suficientemente el papel que desempañaba...
 
La discusión sobre los sindicatos fue provocada por el impasse económico en que nos hallábamos debido a la requisa de los productos alimenticios y del régimen de las omnipotentes “centrales”. ¿La vinculación de los sindicatos con los órganos económicos podía remediar la situación? Evidentemente no. Pero ninguna otra medida podía tampoco arreglar la situación mientras subsistiese el régimen económico del “comunismo de guerra”.
 
Esas discusiones episódicas desaparecieron ante la decisión de recurrir al mercado, decisión de una importancia capital y que no suscitó ninguna divergencia. La nueva resolución relativa a la tarea de los sindicatos sobre la base de la NEP fue elaborada por Lenin en el X y XI Congreso y adoptada por unanimidad.
 
Podría citar por lo menos una decena de otro hechos políticamente menos importantes pero que desmienten también claramente la fábula de mi pretendida “subestimación del papel del campesinado”.¿Es, sin embargo, necesario, es acaso posible refutar una afirmación totalmente indemostrable y basada únicamente en la mala fe o, en el mejor de los casos, en una carencia de memoria?
 
¿Es cierto, por otra parte, que la característica fundamental del oportunismo internacional sea la subestimación del papel del campesinado? Esto no es verdad. La característica esencial del oportunismo, incluido nuestro mencheviquismo ruso, es la subestimación del papel del proletariado o, más exactamente, la falta de confianza en su fuerza revolucionaria.
 
Los mencheviques fundaban toda su argumentación contra la toma del poder por parte del proletariado en el gran número de campesinos y en su papel social determinante en Rusia. Los socialistas revolucionarios consideraban que el campesinado estaba hecho para dirigir al país, bajo su dirección y por su intermedio.
 
Los mencheviques, que hicieron causa común con los socialistas revolucionarios en los momentos más críticos de la revolución, estimaban que por su misma naturaleza el campesinado estaba destinado a ser el apoyo principal de la democracia burguesa, a la cual ayudaban en toda ocasión, ya sea sosteniendo a los socialistas revolucionarios o a los cadetes[ii]. En realidad, en estas combinaciones, los mencheviques y los socialistas revolucionarios entregaron a la burguesía a los campesinos atados de pies y manos. Se puede afirmar, es cierto, que los mencheviques y los socialistas revolucionarios el probable papel del campesinado con respecto a la burguesía; pero subestimaban más aún el papel del proletariado con respecto al del campesinado. Y de esta última subestimación derivaba lógicamente la primera.
 
Los mencheviques rechazaban como una utopía, como un sinsentido, el papel dirigente del proletariado respecto al campesinado, con todas las consecuencias que de allí derivaban, es decir la conquista del poder por parte del proletariado apoyado en el campesinado. Este era el punto débil de los mencheviques.
 
Por otra parte, ¿cuáles eran, en nuestro propio partido, los principales argumentos contra la toma de poder antes de octubre? ¿Consistían en una subestimación del papel del campesinado? Por el contrario, eran una sobrestimación de su papel en relación al del proletariado. Los camaradas que se oponían a la toma del poder alegaban principalmente que el proletariado sería aplastado por el elemento pequeño burgués cuya base era una población de más de cien millones de campesinos. 
 
El término “subestimación” por sí solo no expresa nada ni teórica ni políticamente, pues se trata no del peso absoluto del campesinado en la historia sino de su papel y de su importancia con relación a otras clases: por una parte con la burguesía y por otra con el proletariado.
 
El problema puede y debe ser planteado concretamente, es decir, desde la perspectiva de la relación dinámica de las fuerzas de las diversas clases. El problema que tiene para la revolución una importancia considerable políticamente (decisiva en ciertos casos pero diferente según el país) reside en saber si, en el período revolucionario, el proletariado arrastrará consigo a los campesinos y en qué proporción.
 
El problema que, desde el punto de vista económico, tiene una gran importancia (decisiva en algunos países como el nuestro, pero muy diferente según el caso) es saber en qué medida el proletariado en el poder logrará conciliar las exigencias de la construcción del socialismo con las de la economía campesina.
 
Pero en todos los países y en todas las condiciones, la característica esencial del oportunismo reside en la sobrestimación de la fuerza de la clase burguesa y en la subestimación de la fuerza del proletariado.
 
Ridícula, por no decir absurda, es la pretensión de establecer una fórmula bolchevique universal del problema campesino, válida para la Rusia de 1917 y para la de 1923, para América con sus granjeros y para Polonia con su gran propiedad terrateniente.
 
El bolchevismo comenzó con el programa de la restitución de su pedazo de tierra al campesino, reemplazó ese programa por el de la nacionalización, hizo suyo, en 1917, el programa agrario de los socialistas revolucionarios, estableció el sistema de la requisa de los productos alimenticios, luego lo reemplazó por el impuesto a los alimentos... Y sin embargo, estamos todavía muy lejos de haber solucionado el problema campesino y habrá que efectuar muchos cambios y virajes en ese sentido.
 
¿Acaso no es evidente que no se puede disgregar las tareas prácticas actuales en fórmulas generales creadas por la experiencia del pasado? ¿Que no se puede reemplazar la solución de los problemas de organización económica con recurrir simplemente a la tradición? ¿Que no se puede, cuando se decide emprender un camino histórico, basarse únicamente en recuerdos y analogías?
 
En la actualidad, el objetivo económico fundamental consiste en establecer entre la industria y la agricultura y, en consecuencia, dentro de la industria, una correlación que permita a la industria desarrollarse con el mínimo de crisis, enfrentamientos y perturbaciones y que asegure a la industria y al comercio estatales un predominio creciente sobre el capital privado.
 
Ese es el problema general, que se divide a su vez, en una serie de problemas particulares: ¿Cuáles son los métodos a seguir para el establecimiento de una armonía racional entre la ciudad y el campo?, ¿entre los transportes, las finanzas y la industria?, ¿entre la industria y el comercio? ¿Cuáles son, finalmente, los datos estadísticos concretos que permitan en todo momento establecer los planes y los cálculos económicos más apropiados para la situación?
 
Evidentemente, estos son problemas cuya solución no puede estar predeterminada por una fórmula política general cualquiera. La respuesta concreta hay que hallarla en el proceso de realización.
 
Lo que el campesino nos pide no es la repetición de una fórmula histórica justa de las relaciones de clase (“soldadura” entre la ciudad y el campo, etc.) sino que le proporcionemos clavos, telas y fósforos a buen precio. Sólo podremos llegar a satisfacer esas reivindicaciones por medio de un aplicación cada vez más decidida de los métodos de registro, organización, producción, venta, verificación del trabajo, correcciones y cambios radicales.
 
¿Estos problemas tienen un carácter de principio de programa? No, porque ni los programas ni la tradición teórica del partido están vinculados ni pueden estarlo al respecto, puesto que carecemos de la experiencia, a partir de la cual se puede llegar a generalizar.
 
¿La importancia práctica de estos problemas es grande? Inconmensurable. De su solución depende la suerte de la revolución. En esas condiciones, tratar de diluir cada problema práctico y las divergencias que producen en la “tradición” del partido transformada en abstracción significa la mayoría de las veces renunciar a lo que hay de más importante en esta tradición: la situación y la solución de cada problema en su realidad integral.
 
Es preciso dejar de charlar sobre la subestimación del papel del campesinado. Lo que hay que hacer es rebajar el precio de las mercancías destinadas a los campesinos.

 

[1] Reproducimos aquí la parte fundamental de ese documento: “Las tierras de los señores y de la corona han sido entregadas al campesinado. Toda nuestra política va dirigida contra los campesinos poseedores de una gran extensión de tierra, de un gran número de caballos: los kulaks. Además, nuestra política de reabastecimiento está basada en la requisa de los excedentes de producción agrícola (norma de consumo). Esto incita al campesino a cultivar sólo en la medida de las necesidades de su familia. En particular el decreto sobre la requisa de la tercera vaca (considerada como superflua) provoca la matanza clandestina de vacas, la venta secreta de la carne a precios altos, y la declinación de la industria de productos lácteos. A la vez, los elementos semiproletarios y hasta proletarios de las ciudades se establecen en los pueblos en donde organizan explotaciones. La industria pierde su mano de obra y, en la agricultura, la cantidad de explotaciones aisladas que se bastan a sí mismas tiende a aumentar continuamente. De esa manera se sabotea la base de nuestra política de reabastecimiento, basada en la requisa de excedentes, Si en el curso de este año la requisa da una cantidad más elevada de productos, hay que atribuirlo a la extensión del territorio soviético y a un cierto mejoramiento del aparato de reabastecimiento. Pero, en general, los recursos alimenticios del país amenazan con agotarse y ninguna mejora del aparato de requisa podrá remediar ese hecho. Las tendencias a la crisis económica pueden ser combatidas con los siguientes métodos:
 
1. Reemplazar la requisa de los excedentes por un descuento proporcional a la cantidad de la producción (una especie de impuesto progresivo sobre el ingreso agrícola) y establecido de tal forma que resulte beneficioso, no obstante, el aumento de la superficie cultivada, o el mejoramiento del cultivo.
 
2. Instituir una correlación más rigurosa entre los productos de la industria entregados a los campesinos y la cantidad de trigo proporcionada por ellos, no solamente por cantones y burgos sino también por explotaciones rurales.
 
Hacer participar en esta tarea a las empresas industriales locales. Pagar en parte a los campesinos, por las materias primas, el combustible y los productos alimenticios, que proporcionan, con productos de empresas industriales.
 
En todo caso, es evidente que la actual política de requisa según las normas de consumo, de responsabilidad colectiva para la entrega de los productos y de reparto igualitario de los productos industriales contribuye a la declinación de la agricultura, a la dispersión del proletariado y amenaza con desorganizar totalmente la vida económica del país.” (Nota de L.T.)

[i]) Esas centrales, las glavs, fueron disueltas en 1921.
 
[ii] Sigla con que se designaba al partido demócrata-constitucional, que expresaba los intereses de la burguesía liberal rusa.



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