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VII. La familia, la juventud, la cultura

 

TERMIDOR EN EL HOGAR

La Revolución de Octubre cumplió honradamente su palabra en lo que respecta a la mujer. El nuevo régimen no se contentó con darle los mismos derechos jurídicos y políticos que al hombre, sino que hizo -lo que es mucho más- todo lo que podía, y en todo caso, infinitamente más que cualquier otro régimen para darle realmente acceso a todos los dominios culturales y económicos, Pero ni el "todopoderoso" parlamento británico, ni la más poderosa revolución pueden hacer de la mujer un ser idéntico al hombre, o hablando más claramente, repartir por igual entre ella y su compañero las cargas del embarazo, del parto, de la lactancia y de la educación de los hijos. La revolución trató heroicamente de destruir el antiguo "hogar familiar" corrompido, institución arcaica, rutinaria, asfixiante, que condena a la mujer de la clase trabajadora a los trabajos forzados desde la infancia hasta su muerte. La familia, considerada como una pequeña empresa cerrada, debía ser sustituida, según la intención de los revolucionarios, por un sistema acabado de servicios sociales: maternidades, casas cuna, jardines de infancia, restaurantes, lavanderías, dispensarios, hospitales, sanatorios, organizaciones deportivas, cines, teatros, etc. La absorción completa de las funciones económicas de la familia por la sociedad socialista, al unir a toda una generación por la solidaridad y la asistencia mutua, debía proporcionar a la mujer, y en consecuencia, a la pareja, una verdadera emancipación del yugo secular. Mientras que esta obra no se haya cumplido, cuarenta millones de familias soviéticas continuarán siendo, en su gran mayoría, víctimas de las costumbres medievales de la servidumbre y de la histeria de la mujer, de las humillaciones cotidianas del niño, de las supersticiones de una y otro. A este respecto, no podemos permitirnos ninguna ilusión. Justamente por eso, las modificaciones sucesivas del estatuto de la familia en la URSS caracterizan perfectamente la verdadera naturaleza de la sociedad soviética y la evolución de sus capas dirigentes.

No fue posible tomar por asalto la antigua familia, y no por falta de buena voluntad; tampoco porque la familia estuviera firmemente asentada en los corazones. Por el contrario, después de un corto periodo de desconfianza hacia el Estado y sus casas cuna, sus jardines de infancia y sus diversos establecimientos, las obreras, y después de ellas, las campesinas más avanzadas, apreciaron las inmensas ventajas de la educación colectiva y de la socialización de la economía familiar. Por desgracia, la sociedad fue demasiado pobre y demasiado poco civilizada. Los recursos reales del Estado no correspondían a los planes y a las intenciones del partido comunista. La familia no puede ser abolida: hay que reemplazarla. La emancipación verdadera de la mujer es imposible en el terreno de la "miseria socializada". La experiencia reveló bien pronto esta dura verdad, formulada hacía cerca de 80 años por Marx.

Durante los años de hambre, los obreros se alimentaron tanto como pudieron -con sus familias en ciertos casos- en los refectorios de las fábricas o en establecimientos análogos, y este hecho fue interpretado oficialmente como el advenimiento de las costumbres socialistas. No hay necesidad de detenernos aquí en las particularidades de los diversos periodos -comunismo de guerra, NEP, el primer plan quinquenal- a este respecto. El hecho es que desde la supresión del racionamiento del pan, en 1935, los obreros mejor pagados comenzaron a volver a la mesa familiar. Sería erróneo ver en esta retirada una condena del sistema socialista que no se había puesto a prueba. Sin embargo, los obreros y sus mujeres juzgaban implacablemente "la alimentación social" organizada por la burocracia. La misma conclusión se impone en lo que respecta a las lavanderías socializadas en las que se roba y se estropea la ropa más de lo que se lava. ¡Regreso al hogar! Pero la cocina y el lavado a domicilio, actualmente alabados con cierta confusión por los oradores y los periodistas soviéticos, significan el retorno de las mujeres a las cacerolas y a los lavaderos, es decir, a la vieja esclavitud. Es muy dudoso que la resolución de la Internacional Comunista sobre "la victoria completa y sin retroceso del socialismo en la URSS" sea, después de esto, muy convincente para las amas de casa de los arrabales.

La familia rural, ligada no solamente a la economía doméstica, sino además a la agricultura, es infinitamente más conservadora que la familia urbana. Por regla general, sólo las comunas agrícolas poco numerosas establecieron, en un principia, la alimentación colectiva y las casas cuna. Se afirmaba que la colectivización debía producir una transformación radical en la familia: ¿no se estaba en vías de expropiar, junto con sus vacas, los pollos del campesino? En todo caso, no faltaron comunicados sobre la marcha triunfal de la alimentación social en los campos. Pero cuando comenzó el retroceso, la realidad disipó enseguida las brumas del bluff. Generalmente el koljós no proporciona al campesino más que el trigo que necesita y el forraje de sus bestias. La carne, los productos lácteos y las legumbres provienen casi enteramente de la propiedad individual de los miembros de los koljoses. Desde el momento en que los alimentos más importantes son fruto del trabajo familiar, no puede hablarse de alimentación colectiva. Así es que las parcelas pequeñas, al dar una nueva base al hogar, abruman a la mujer bao un doble fardo.

El número de plazas existentes en las casas cuna en 1932 era de 600.000, y había cerca de cuatro millones de plazas temporales para la época del trabajo en el campo. En 1935 había cerca de 5.600.000 lechos en las casas cuna, pero las plazas permanentes eran, como antes, mucho menos numerosas. Por lo demás, las casas cuna existentes, aun las de Moscú, Leningrado y los grandes centros, están muy lejos de satisfacer las exigencias más modestas. "Las casas cuna en las que los niños se sienten peor que en su hogar, no son más que malos asilos", dice un gran periódico soviético. Después de esto, es natural que los obreros bien pagados se abstengan de enviar allí a sus hijos. Para la masa de trabajadores, estos "malos asilos" son aún poco numerosos. Recientemente, el Ejecutivo ha decidido que los niños abandonados y los huérfanos serían confiados a particulares; el Estado burocrático reconoce así, por boca de su órgano más autorizado, su incapacidad para desempeñar una de las funciones sociales más importantes. El número de niños recibidos en los jardines ha pasado en cinco años, de 1930 a 1935, de 370.000 a 1.181.000. La cifra de 1930 asombra por su insignificancia. Pero la de 1935 es ínfima en relación a las necesidades de las familias soviéticas. Un estudio más profundo haría ver que la mayor, y en todo caso, la mejor parte de los jardines de infancia está reservada a las familias de los funcionarios, de los técnicos, de los estajanovistas, etc.

No hace mucho tiempo el Ejecutivo ha tenido que admitir, igualmente, que "la decisión de poner un término a la situación de los niños abandonados e insuficientemente vigilados se ha aplicado débilmente". ¿Qué oculta ese suave lenguaje? Sólo sabemos ocasionalmente por las observaciones publicadas en los periódicos con minúsculos caracteres, que más de un millar de niños viven en Moscú, aun en su mismo hogar, "en condiciones extremadamente penosas"; que en los orfanatos de la capital existen 1.500 adolescentes que no saben qué hacer y que están destinados al arroyo; que en dos meses del otoño (1935) en Moscú y Leningrado, "7.500 padres han sido objeto de persecuciones por haber dejado a sus hijos sin vigilancia". ¿Qué utilidad tienen estas persecuciones? ¿Cuán tos millares de padres las han evitado? ¿Cuántos niños, colocados en el hogar en las condiciones más penosas" no han sido registrados por la estadística? ¿En qué difieren las condiciones "más" penosas de las simplemente penosas? Estas preguntas quedan sin respuesta. La infancia abandonada, visible o disimulada, constituye una plaga que alcanza enormes proporciones a consecuencia de la gran crisis social, durante la cual la desintegración de la familia es mucho más rápida que la formación de las nuevas instituciones que la pueden reemplazar.

Las mismas observaciones ocasionales de los periódicos, junto con la crónica judicial, informan al lector que la prostitución, última degradación de la mujer en provecho del hombre capaz de pagar, existe en la URSS. El otoño último, Izvestia publicó repentinamente que "cerca de mil mujeres que se entregaban en las calles de Moscú al comercio secreto de su carne, acaban de ser detenidas". Entre ellas: ciento setenta y siete obreras, noventa y dos empleadas, cinco estudiantes, etc. ¿Qué las arrojó a la calle? La insuficiencia de salario, la pobreza, la necesidad de "procurarse un suplemento para comprar zapatos, un traje". En vano hemos tratado de conocer, aunque fuese aproximadamente, las proporciones de este mal social. La púdica burocracia soviética impone el silencio a la estadística. Pero ese silencio obligado basta para comprobar que la "clase" de prostitutas soviéticas es numerosa. No puede tratarse aquí de una supervivencia del pasado, puesto que las prostitutas se reclutan entre las mujeres jóvenes. Nadie pensará en reprocharle personalmente al régimen soviético esta plaga tan vieja como la civilización. Pero es imperdonable hablar del triunfo del socialismo mientras subsista la prostitución. Los periódicos afirman, en la medida en que les está permitido tocar este delicado punto, que la prostitución decrece; es posible que esto sea cierto en comparación con los años de hambre y, de desorganización (1931-33). Pero el regreso a las relaciones fundadas sobre el dinero provoca inevitablemente un nuevo aumento de la prostitución y de la infancia abandonada. En donde hay privilegios también hay parias.

El gran número de niños abandonados es, indiscutiblemente, la prueba más trágica y más infalible de la penosa situación de la madre. Aun la optimista Pravda se ve obligada a publicar amargas confesiones a este respecto: "El nacimiento de un hijo es para muchas mujeres una seria amenaza". Justamente por eso, el poder revolucionario ha dado a la mujer el derecho al aborto, uno de sus derechos cívicos, políticos y culturales esenciales mientras duren la miseria y la opresión familiar, digan lo que digan los eunucos y las solteronas de uno y otro sexo. Pero este triste derecho es transformado por la desigualdad social en un privilegio. Los fragmentarios informes que proporciona la prensa soviética sobre la práctica de los abortos son asombrosos: "Ciento noventa y cinco mujeres mutiladas por las comadronas; treinta y tres obreras, veintiocho empleadas, sesenta y cinco campesinas de koljoses, cincuenta y ocho amas de casa, se hallan en un hospital de una aldea del Ural". Esta región sólo difiere de las otras en que los datos que le conciernen han sido publicados. ¿Cuántas mujeres al año son mutiladas en toda la URSS por los abortos mal hechos?

Después de haber demostrado su incapacidad para proporcionar los socorros médicos necesarios y las instalaciones higiénicas para las mujeres obligadas a recurrir al aborto, el Estado cambia bruscamente y se lanza a la vía de las prohibiciones. Y, como en otros casos, la burocracia hace de la necesidad virtud. Uno de los miembros de la Corte Suprema soviética, Soltz, especializado en problemas del matrimonio, justifica la próxima prohibición del aborto diciendo que, como la sociedad socialista carece de desocupación, etc., etc., la mujer no puede tener el derecho de rechazar "las alegrías de la maternidad". Filosofía de cura que dispone, además, del puño del gendarme. Acabamos de leer en el órgano central del partido que el nacimiento de un hijo es, para muchas mujeres -y sería justo decir que para la mayor parte-, "una amenaza". Acabamos de oír que una alta autoridad atestigua que "la liquidación de la infancia abandonada y descuidada se realiza débilmente", lo que significa, ciertamente, un aumento de la infancia abandonada; y ahora, un alto magistrado nos anuncia que en el país donde "es dulce vivir" los abortos deben ser castigados con la prisión, exactamente como en los países capitalistas en los que es triste vivir. Se adivina de antemano que en la URSS, como en Occidente, serán sobre todo las obreras, las campesinas, las criadas que no pueden ocultar su pecado, las que caerán en manos de los carceleros. En cuanto a "nuestras mujeres", que piden perfumes de buena calidad y otros artículos de este género, continuarán haciendo lo que les plazca, bajo la mirada de una justicia benévola. "Tenemos necesidad de hombres", añade Soltz cerrando los ojos ante los niños abandonados. Si la burocracia no hubiera puesto en sus labios el sello del silencio, millones de trabajadoras podrían responderle: "Haced vosotros mismos a vuestros hijos". Evidentemente estos señores han olvidado que el socialismo debería eliminar las causas que empujan a la mujer al aborto, en vez de hacer intervenir indignamente al policía en la vida íntima de la mujer para imponerle "las alegrías de la maternidad".

El proyecto de ley sobre el aborto fue sometido a una discusión pública. El filtro de la prensa soviética tuvo que dejar pasar, a pesar de todo, numerosas quejas y protestas ahogadas. La discusión cesó tan bruscamente como había comenzado. El 27 de junio de 1936, el Ejecutivo hizo de un proyecto infame, una ley tres veces infame. Hasta algunos de los apologistas oficiales de la burocracia se incomodaron. Louis Fisher escribió que la nueva ley era, en suma, una deplorable equivocación. En realidad, esta ley, dirigida contra la mujer pero que establece para las damas un régimen de excepción, es uno de los frutos legítimos de la reacción termidoriana.

La rehabilitación solemne de la familia que se llevó a cabo -coincidencia providencial- al mismo tiempo que la del rublo, ha sido una consecuencia de la insuficiencia material y cultural del Estado. En lugar de decir: aún somos demasiado indigentes y demasiado incultos para establecer relaciones socialistas entre los hombres: nuestros hijos lo harán, los jefes del régimen recogen los trastos rotos de la familia e imponen, bajo la amenaza de los peores rigores, el dogma de la familia, fundamento sagrado del "socialismo triunfante". Se mide con pena la profundidad de este retroceso.

La nueva legislación arrastra todo y a todos, al literato como al legislador, al juez y a la milicia, al periódico y a la enseñanza. Cuando un joven comunista, honrado y cándido, se permite escribir a su periódico: "Harías mejor en abordar la solución de este problema: ¿,Corno puede la mujer evadirse de las tenazas de la familia?", recibe un par de desaires y calla. El alfabeto del comunismo es considerado como una exageración de la izquierda. Los prejuicios duros y estúpidos de las clases medias incultas, renacen entre nosotros con el nombre de moral nueva. ¿Y qué sucede en la vida cotidiana de los rincones perdidos del inmenso país? La prensa sólo refleja en proporción ínfima la profundidad de la reacción termidoriana en el dominio de la familia.

Como la noble pasión de los predicadores crece en intensidad al mismo tiempo que aumentan los vicios, el noveno mandamiento ha alcanzado gran popularidad entre las capas dirigentes. Los moralistas soviéticos no tienen más que renovar ligeramente la fraseología. Se inicia una campana en contra de los divorcios, demasiado fáciles y demasiado frecuentes. El pensamiento creador del legislador anuncia ya una medida "socialista", que consiste en cobrar el registro del divorcio y en aumentar la tarifa en caso de repetición. De manera que no nos equivocamos al afirmar que la familia renace, al mismo tiempo que se consolida nuevamente el papel educador del rublo. Hay que esperar que la tarifa no será un obstáculo para las clases dirigentes. Las personas que disponen de buenos apartamentos, de coches y de otros elementos de bienestar, arreglan siempre sus asuntos privados sin publicidad superflua. La prostitución sólo tiene un sello infamante y penoso en los bajos fondos de la sociedad soviética; en la cumbre de esta sociedad, en donde el poder se une a la comodidad, reviste la forma elegante de menudos servicios recíprocos y aun el aspecto de la "familia socialista". Sosnovski ya nos ha dado a conocer la importancia del factor "autoharén" en la degeneración de los dirigentes.

Los "Amigos" líricos y académicos de la URSS tienen ojos para no ver. La legislación del matrimonio instituida por la Revolución de Octubre, que en su tiempo fue objeto de legítimo orgullo para ella, se ha transformado y desfigurado por amplios empréstitos tomados del tesoro legislativo de los países burgueses. Y, como si se tratara de unir la burla a la traición, los mismos argumentos que antes sirvieron para defender la libertad incondicional del divorcio y del aborto -"la emancipación de la mujer", "la defensa de los derechos de la personalidad", "la protección de la maternidad"-, se repiten actualmente para limitar o prohibir uno y otro.

El retroceso reviste formas de una hipocresía desalentadora, y ya mucho más lejos de lo que exige la dura necesidad económica. A las razones objetivas de regreso a las normas burguesas, tales como el pago de pensiones alimenticias al hijo, se agrega el interés social de los medios dirigentes en enraizar el derecho burgués. El motivo más imperioso del culto actual de la familia es, sin duda alguna, la necesidad que tiene la burocracia de una jerarquía estable de las relaciones sociales, y de una juventud disciplinada por cuarenta millones de hogares que sirven de apoyo a la autoridad y el poder.

Cuando se esperaba confiar al Estado la educación de las jóvenes generaciones, el poder, lejos de preocuparse por sostener la autoridad de los mayores, del padre y de la madre especialmente, trató, por el contrario, de separar a los hijos de la familia para inmunizarlos contra las viejas costumbres. Todavía recientemente, durante el primer periodo quinquenal, la escuela y las Juventudes Comunistas solicitaban ampliamente la ayuda de los niños para desenmascarar al padre ebrio o a la madre creyente, para avergonzarlos, para tratar de "reeducarlos". Otra cosa es el éxito alcanzado... De todas maneras, este método minaba las bases mismas de la autoridad familiar. En este dominio, se realizó una transformación radical que no estuvo desprovista de importancia. El quinto mandamiento se ha vuelto a poner en vigor al mismo tiempo que el noveno, sin invocación de la autoridad divina por el momento, es cierto; pero la escuela francesa tampoco emplea este atributo, lo cual no le impide inculcar la rutina y el conservadurismo.

El respeto a la autoridad de los mayores ya ha provocado, por lo demás, un cambio de política hacia la religión. La negación de Dios, de sus milagros y de sus ayudantes, era el elemento de división más grave que el poder revolucionario hacía intervenir entre padres e hijos. Sobrepasando el progreso de la cultura, de la propaganda seria y de la educación científica, la lucha contra la iglesia, dirigida por hombres de tipo Yaroslavski, degeneraba frecuentemente en bufonadas y vejaciones. El asalto a los cielos ha cesado como el asalto a la familia. Cuidadosa de su buena reputación, la burocracia ha pedido a los jóvenes ateos que depongan las armas y se dediquen a leer. Esto no es más que un comienzo. Un régimen de neutralidad irónico se establece poco a poco respecto a la religión. Primera etapa. No sería difícil predecir la segunda y la tercera, si el curso de los acontecimientos no dependiera más que de las autoridades establecidas.

La hipocresía de las opiniones dominantes eleva, siempre y en todas partes, al cubo o al cuadrado, los antagonismos sociales; ésta es, poco más o menos, la ley del desarrollo de las ideas traducida a lenguaje matemático. El socialismo, si merece este nombre, significa relaciones desinteresadas entre los hombres, una amistad sin envidia ni intriga, el amor sin cálculos envilecedores. La doctrina oficial declara que estas normas ideales ya se han realizado, con tanta más autoridad cuanto más enérgicas son las protestas de la realidad en contra de semejantes afirmaciones. El nuevo programa de las juventudes comunistas soviéticas, adoptado en abril de 1936, dice: "Una nueva familia, de cuyo florecimiento se encarga el Estado soviético, se ha creado sobre el terreno de la igualdad real del hombre y de la mujer". Un comentario oficial añade: "Nuestra juventud sólo busca al compañero o a la compañera por el amor. El matrimonio burgués de intereses no existe en nuestra nueva generación" (Pravda, 4 de abril de 1936). Esto es bastante cierto cuando se trata de obreros y obreras jóvenes. Pero el matrimonio por interés está muy poco extendido entre los obreros de los países capitalistas. Sucede todo lo contrario en las capas medias y superiores de la sociedad soviética. Los nuevos grupos sociales se subordinan automáticamente al dominio de las relaciones personales. Los vicios engendrados por el poder y por el dinero alrededor de las relaciones sexuales, florecen en la burocracia soviética como si ésta tuviera el propósito de alcanzar a la burguesía de Occidente.

En contradicción absoluta con la afirmación de Pravda que acabamos de citar, "el matrimonio soviético por interés" ha resucitado, la prensa soviética conviene en ello, sea por exceso de franqueza, sea por necesidad. La profesión, el salario, el empleo, el número de galones en la manga, adquieren un significado creciente, pues los problemas de calzado, de pieles, de alojamiento, de baños y -sueño supremo- de coche, se unen a él. La simple lucha por una habitación une y desune en Moscú a no pocas parejas por año. El problema de los padres ha alcanzado una importancia excepcional. Es conveniente tener como suegro a un oficial o a un comunista influyente; y como suegra, a la hermana de un gran personaje. ¿Quién se asombrará? ¿Puede ser de otro modo?

La desunión y la destrucción de las familias soviéticas en las que el marido, miembro del partido, miembro activo del sindicato, oficial o administrador, se ha desarrollado y ha adquirido nuevos gustos, mientras que la mujer, oprimida por la familia, ha permanecido en su antiguo nivel, forma uno de los capítulos más dramáticos del libro de la sociedad soviética. El camino de dos generaciones de la burocracia soviética está señalado por las tragedias de las mujeres atrasadas y abandonadas. El mismo hecho se observa actualmente en la joven generación. Se encontrará, sin duda, más grosería y crueldad en las esferas superiores de la burocracia, en las que los advenedizos poco cultivados, que creen que se les debe todo, forman un porcentaje elevado. Los archivos y las memorias revelarán un día verdaderos crímenes, cometidos contra las antiguas esposas y las mujeres en general por los predicadores de la moral familiar y de las "alegrías" obligatorias de la "maternidad", inviolables ante la justicia.

No, la mujer soviética aún no es libre. La igualdad completa representa también muchas más ventajas para las mujeres de las capas superiores, que viven del trabajo burocrático, técnico, pedagógico, intelectual en general, que para las obreras y, especialmente, que para las campesinas. Mientras que la sociedad no esté capacitada para asumir las cargas materiales de la familia, la madre no puede desempeñar con éxito una función social, si no dispone de una esclava blanca, nodriza, cocinera, etc. De los cuarenta millones de familias que forman la población de la URSS, el 5%, puede ser el 10%, fundan directa o indirectamente su bienestar sobre el trabajo de esclavas domésticas. El número exacto de criadas en la URSS sería tan útil para apreciar, desde un punto de vista socialista, la situación de la mujer, como toda la legislación soviética, por progresista que ésta sea. Pero justamente por eso, la estadística oculta a las criadas en la rúbrica de obreras o "varios".

La condición de la madre de familia, comunista respetada que tiene una sirvienta, un teléfono para hacer sus pedidos a los almacenes, un coche para transportarse, etc., es poco similar a la de la obrera que recorre las tiendas, hace las comidas, lleva a sus hijos del jardín de infancia a la casa -cuando hay para ella un jardín de infancia-. Ninguna etiqueta socialista puede ocultar este contraste social, no menos grande que el que distingue en todo país de Occidente a la dama burguesa de la mujer proletaria.
La verdadera familia socialista, liberada por la sociedad de las pesadas y humillantes cargas cotidianas, no tendrá necesidad de ninguna reglamentación, y la simple idea de las leyes sobre el divorcio y el aborto no le parecerá mejor que el recuerdo de las zonas de tolerancia o de los sacrificios humanos. La legislación de Octubre había dado un paso atrevido hacia ella. El estado atrasado del país, desde los puntos de vista económico y cultural, ha provocado una cruel reacción. La legislación termidoriana retrocede hacia los modelos burgueses, no sin cubrir su retirada con frases engañosas sobre la santidad de la "nueva" familia. La inconsistencia socialista se disimula aquí también bajo una respetabilidad hipócrita.

A los observadores sinceros les llama la atención, sobre todo en lo que se refiere a los niños, la contradicción entre los principios elevados y la triste realidad. Un hecho como el de recurrir a extremados rigores penales contra los niños abandonados, puede sugerir que el pensamiento de la legislación socialista en favor de la mujer y del niño no es más que una hipocresía. Los observadores del género opuesto se sienten seducidos por la amplitud y la generosidad del proyecto, que ha tomado forma de leyes y de órganos administrativos; ante las madres, las prostitutas y los niños abandonados a la miseria, estos optimistas se dicen que el aumento de las riquezas materiales dará, poco a poco, sangre y carne a las leyes socialistas. No es fácil decir cuál de estas dos maneras de pensar es más falsa y perjudicial. Hay que estar atacado de ceguera histórica para no ver la envergadura y la audacia del proyecto social, la importancia de las primeras fases de su realización, y las vastas posibilidades abiertas. Pero tampoco es posible dejar de indignarse por el optimismo pasivo y, en realidad, indiferente, de los que cierran los ojos ante el aumento de las contradicciones sociales, y se consuelan por medio de las perspectivas de un porvenir cuyas llaves se proponen respetuosamente dejar a la burocracia. ¡Como si la Igualdad del hombre y de la mujer no se hubiera transformado, a los ojos de la burocracia, en la igualdad de la carencia de todo derecho! ¡Como si estuviera escrito que la burocracia no puede establecer un nuevo yugo, en vez de aportar libertad!
La historia nos enseña muchas cosas sobre la esclavización de la mujer por el hombre, sobre la de ambos por el explotador, y sobre los esfuerzos de los trabajadores que, tratando de sacudir el yugo al precio de su sangre, en realidad no logran más que cambiar de cadenas. La historia, en definitiva, nos dice otra cosa. Pero nos faltan ejemplos positivos sobre la manera de liberar efectivamente al niño, a la mujer y al hombre. Toda la experiencia del pasado es negativa, e inspira desconfianza a los trabajadores hacia los tutores privilegiados e incontrolados.

LA LUCHA CONTRA LA JUVENTUD

Todo partido revolucionario encuentra, al principio, un apoyo en la joven generación de la clase triunfante. La senilidad política se expresa por la pérdida de la capacidad para arrastrar a la juventud. Los partidos de la democracia burguesa, eliminados de la escena, se ven obligados a abandonar la juventud a la revolución o al fascismo. Cuando el bolchevismo vivía en la ilegalidad, fue siempre el partido de los jóvenes obreros. Los mencheviques se apoyaban en los medios superiores y de más edad de la clase obrera, no sin enorgullecerse de ello y mirar de arriba a abajo a los bolcheviques. Los acontecimientos mostraron implacablemente su error; en el momento decisivo, la juventud arrastró a los hombres de edad madura y hasta a los viejos.

La revolución imprimió un formidable impulso a las nuevas generaciones soviéticas, arrancándolas de un solo golpe de las costumbres conservadoras y revelándoles este gran secreto -el primero de los secretos de la dialéctica-, que no hay nada eterno sobre la tierra y que la sociedad está construida con materiales plásticos. ¡Cuán tonta es la teoría de las razas invariables a la luz de las experiencias de nuestra época! La URSS es un prodigioso crisol en donde se refunde el carácter de decenas de nacionalidades. La mística del alma eslava ha sido barrida como una escoria.

Pero el impulso recibido por las jóvenes generaciones aún no se canaliza en una obra histórica correspondiente. Es verdad que la juventud es muy activa en el terreno económico. La URSS cuenta con 7 millones de obreros menores de 23 años; 3.140.000 en la industria, 700.000 en las vías férreas, 700.000 en los talleres. En las nuevas fábricas gigantescas, los obreros jóvenes constituyen cerca de la mitad de la mano de obra. Los koljoses cuentan actualmente con 1.200.000 jóvenes comunistas. Centenares de millares de jóvenes comunistas han sido movilizados durante los últimos años a las canteras, los yacimientos de hulla, los bosques, las minas de oro, al ártico, a Sajalin o al río Amur, en donde se construye una nueva ciudad, Komsomolsk (literalmente: ciudad de las juventudes comunistas). La nueva generación proporciona trabajadores de choque, obreros de mérito, estajanovistas, contramaestres, administradores subalternos. Estudia y con aplicación en la mayor parte de los casos. Es aún más activa en el dominio de los deportes más audaces, como el paracaidismo, y los más belicosos, como el tiro. Los emprendedores y los intrépidos se unen a expediciones peligrosas de todas clases.

"La mejor parte de nuestra juventud -decía recientemente Schmidt, el explorador bien conocido de las regiones polares- aspira al trabajo difícil". Es, ciertamente, la verdad. Sin embargo, en todos los dominios, la generación posrevolucionaria aún está bajo tutela. Lo que debe hacer, y cómo debe hacerlo, se lo indican los superiores. La política, forma suprema del mando, queda íntegramente en manos de lo que se llama la vieja guardia. Y al mismo tiempo que dirigen a la juventud discursos muy cordiales, y a veces aduladores, los viejos guardan celosamente su monopolio.

Como no concebía el desarrollo de la sociedad socialista sin la "agonía" del Estado, es decir, sin la sustitución de todas las instituciones policíacas por la autoadministración de los productores y los consumidores, Engels atribuía el fin de esta labor a la joven generación "que crecerá bajo las nuevas condiciones de libertad, y se encontrará capacitada para destruir todo el antiguo caos del estatalismo". Lenin añade: "de todo estatalismo, comprendido el de la república democrática"... Tal era, en suma, la idea que Engels y Lenin tenían de la perspectiva de la edificación de la sociedad socialista: la generación que ha conquistado el poder, la vieja guardia, comienza la liquidación del Estado; la generación siguiente termina la tarea.

¿Qué sucede en realidad? El 43% de la población de la URSS ha nacido después de la Revolución de Octubre. Si se fija el límite de las generaciones a 23 años, aparece que más del 50% de la humanidad soviética no alcanza este límite, de manera que más de la mitad de la población no tiene la experiencia de otro régimen que el de los soviets. Pero, precisamente, estas jóvenes generaciones no se forman en "las condiciones de libertad" que pensaba Engels; al contrario, se forman bajo el yugo intolerable de la capa dirigente que, según la ficción oficial, hizo la Revolución de Octubre. En la fábrica, en el koljós, en el cuartel, en la universidad, en la escuela y hasta en el jardín de infancia, y acaso en la casa cuna, las principales virtudes del hombre son la fidelidad al jefe y la obediencia sin discusión. Muchos de los aforismos pedagógicos de los últimos tiempos podrían haber sido copiados de Goebbels, si el mismo Goebbels no los hubiera tomado, en gran parte, de los colaboradores de Stalin.

La enseñanza y la vida social de los escolares y de los estudiantes están profundamente penetradas de formalismo y de hipocresía. Los niños han aprendido a tomar parte en numerosas reuniones mortalmente aburridas, con su inevitable presidencia de honor, sus loas a los amados jefes, sus debates conformistas estudiados de antemano; reuniones en las que, como en las de los adultos, se dice una cosa y se piensa otra. Si los círculos de escolares más inocentes tratan de crear un oasis en medio de este desierto, se atraen crueles medidas de represión. La GPU interviene en la escuela llamada "socialista" para introducir, por medio de la delación y la traición, un terrible elemento de desmoralización. Los más reflexivos de los pedagogos y de los autores de libros infantiles, a pesar de su optimismo oficial, no siempre pueden ocultar su espanto ante la coerción, la hipocresía y el hastío que abruman a la escuela.

Desprovistas de la experiencia de la lucha de clases y de la revolución, las jóvenes generaciones sólo podrían madurar para una participación consciente en la vida social en el seno de una democracia soviética, aplicándose al estudio de las experiencias del pasado y de las lecciones del presente. El pensamiento y el carácter personal no pueden desarrollarse sin crítica, y la posibilidad más elemental de cambiar de ideas, de cometer errores, de verificar y rectificar los errores propios y los ajenos, le está prohibida a la juventud soviética. Todos los problemas, comprendiendo los que le conciernen, se resuelven sin tenerla en cuenta. No se le permite más que ejecutar las órdenes y cantar hosanna. A la primera palabra crítica, la burocracia responde torciendo el cuello a quien la ha pronunciado. Todo lo que la juventud tiene de indocilidad y de cualidades, es sistemáticamente reprimido, eliminado o físicamente exterminado. Así se explica el hecho de que los millones y millones de las Juventudes Comunistas no hayan producido, hasta hoy, una sola personalidad notable.

Al dedicarse a la técnica, a las ciencias, a la literatura, a los deportes, al ajedrez, la juventud parece aprender las más importantes actividades; en todos los dominios rivaliza con la antigua generación mal preparada, la alcanza y la supera en muchas ocasiones. Pero a cada contacto con la política se quema los dedos. En consecuencia, le quedan tres posibilidades: asimilarse a la burocracia y hacer carrera; someterse en silencio, concentrarse en el trabajo económico, científico, o en su pequeña vida privada; lanzarse a la ilegalidad, aprender a combatir y templarse para el futuro. La carrera burocrática sólo está abierta a una pequeña minoría; en el otro polo, una pequeña minoría llega a la oposición. El grupo intermedio es muy heterogéneo. Bajo el yugo opresor se llevan a cabo muchos procesos extremadamente significativos, aunque ocultos, que tendrán gran importancia para determinar el porvenir de la URSS.

Las tendencias ascéticas de la época de la guerra civil dejaron su puesto, en el periodo de la NEP, a estados de espíritu más epicúreos, por no decir más ávidos de placer. El primer periodo quinquenal fue nuevamente de un ascetismo involuntario, pero solamente para las masas y la juventud; los dirigentes ya habían logrado instalarse en las posiciones del bienestar personal. El segundo periodo quinquenal está impregnado, indudablemente, por una viva reacción en contra del ascetismo. La preocupación por las ventajas personales gana al conjunto de la población y, sobre todo, a los jóvenes. El hecho es que la pequeña minoría que logra elevarse sobre las masas tiene, en la joven generación soviética, la posibilidad de alcanzar a los medios dirigentes. Por otra parte, la burocracia forma y selecciona conscientemente a sus funcionarios y arribistas.

"La juventud soviética ignora el deseo de enriquecerse, la mezquindad pequeño burguesa, el bajo egoísmo", aseguraba el principal orador al congreso de las Juventudes Comunistas de abril de 1936. Estas palabras suenan manifiestamente falsas ante una consigna dominante en la actualidad: "comodidad y buena vida", ante los métodos de trabajo a destajo, de las primas y condecoraciones. El socialismo no es ascético, se opone profundamente al ascetismo cristiano, como a toda religión, por su relación con este mundo y sólo con él; la persona humana no comienza en el anhelo por la vida cómoda, sino en donde este anhelo concluye. Pero a ninguna generación le está dado saltar sobre su propia cabeza; por el momento, todo el movimiento estajanovista está fundado sobre el "bajo egoísmo". Su único patrón de medida, que es el número de pantalones y de corbatas ganados al precio del trabajo, comprueba justamente la "mezquindad pequeño burguesa". Admitamos que esta fase histórica sea necesaria; pero entonces hay que verla tal como es. El restablecimiento de las relaciones comerciales abre, indiscutiblemente, la posibilidad de una mejoría sensible del bienestar individual. Si los jóvenes soviéticos quieren ser ingenieros, no es porque la edificación socialista les seduzca tanto, sino porque los ingenieros están mucho mejor pagados que los médicos y que los profesores. Cuando tendencias de esta clase se precisan en una atmósfera de opresión espiritual y de reacción ideológica, mientras que los dirigentes ayudan conscientemente a los instintos de los arribistas, la formación de una "cultura socialista" se reduce, por el momento, a una educación egoísta de las más antisociales.
Sin embargo, sería calumniar groseramente a la juventud soviética presentarla como dominada, exclusiva o Principalmente, por los intereses personales. No, en su conjunto es generosa, intuitiva, emprendedora; el arribismo sólo tiñe la superficie, pero en sus profundidades viven varias tendencias, muchas veces informes, cuyo heroísmo vital busca empleo. El nuevo patriotismo soviético se nutre, en parte, de estas aspiraciones. éste es ciertamente muy hondo, sincero y dinámico. Pero también padece del desacuerdo entre los jóvenes y los viejos.

Los pulmones jóvenes y sanos encuentran insoportable la atmósfera de hipocresía, inseparable del Termidor, es decir, de la reacción que aún se ve obligada a vestirse el manto de la revolución. El vivo contraste entre las consignas socialistas y la realidad viviente, arruina la confianza en los cánones oficiales. Muchos jóvenes adoptan respecto a la política una actitud desdeñosa, y afectan en sus maneras la grosería, aun la licencia. En muchos casos, probablemente en la mayoría de ellos, la indiferencia o el cinismo no son más que las formas primitivas del descontento y del deseo contenido de caminar por su propia voluntad. La exclusión de las juventudes y del partido, el arresto y el exilio de centenares de millares de jóvenes "guardias blancas" y de "oportunistas", por una parte; de bolcheviques-leninistas, por la otra, comprueban que las fuentes de la oposición política consciente, de derecha e izquierda, no se agotan; por el contrario, han surgido con nueva fuerza durante los dos o tres últimos años. En fin, los más impacientes, los más ardientes, los menos equilibrados, heridos en sus sentimientos, o en sus intereses, se vuelven hacia la venganza terrorista. Tal es, poco más o menos, el espectro de los estados de espíritu político de la juventud soviética.

La historia del terrorismo individual en la URSS señala con fuerza las etapas de la evolución general del país. En la aurora del poder de los soviets, los blancos y los socialistas revolucionarios organizaron atentados terroristas en el ambiente de la guerra civil. Cuando las antiguas clases poseedoras han perdido toda esperanza de restauración, el terrorismo cesa. Los atentados de los kulaks que se han prolongado hasta estos días han tenido un carácter local; completaban una guerrilla en contra del régimen. El terrorismo más reciente no se apoya sobre las antiguas clases dirigentes ni en los campesinos acomodados. Los terroristas de la última generación se reclutan exclusivamente entre la juventud soviética, entre las Juventudes Comunistas y el partido, con frecuencia hasta entre los hijos de los dirigentes. Completamente incapaz de resolver los problemas que se propone, el terrorismo individual tiene, no obstante, la mayor importancia sintomática porque caracteriza la aspereza del antagonismo entre la burocracia y las vastas masas populares, especialmente la juventud.

Tomando todo en su conjunto -embriaguez económica, paracaidismo, expediciones polares, indiferentismo demostrativo, "golfería romántica", mentalidad terrorista y actos terroristas ocasionales- prepara una explosión de descontento de los jóvenes contra la insoportable tutela de los viejos. La guerra podría servir, evidentemente, de válvula de seguridad a los vapores acumulados de este descontento. Pero no por mucho tiempo. La juventud adquiriría rápidamente el temple de los combatientes y la autoridad que le falta hoy. Mientras tanto, la autoridad de los viejos sufriría un golpe irreparable. En el mejor de los casos, la guerra no concedería a la burocracia más que una moratoria; al final de las hostilidades, el contacto político sería más agudo.

Naturalmente sería unilateral limitar los problemas de la URSS al de las generaciones. Entre los viejos, la burocracia cuenta con no pocos enemigos declarados u ocultos, del mismo modo que ha,, centenares de millares de burócratas completos entre los jóvenes. Pero, de cualquier parte que salga el ataque contra las capas dirigentes, ya sea de derecha o de izquierda, los atacantes reclutarán sus fuerzas principales entre la juventud asfixiada, descontenta y privada de los derechos políticos. La burocracia lo comprende perfectamente, pues posee una sensibilidad extrema para todo lo que la amenaza, y trata, naturalmente, de consolidar de antemano sus posiciones. Sus trincheras principales, sus plataformas de cemento se alzan, principalmente, contra la generación joven.

Ya hemos mencionado el X Congreso de las Juventudes Comunistas que se reunió en el Kremlin, en abril de 1936. Naturalmente, nadie ha tratado de explicar por qué, contrariamente a los estatutos, este congreso no se había reunido durante cinco años. Por el contrario, inmediatamente se comprendió que, seleccionado y filtrado con el mayor cuidado, se reunía para expropiar el sentido político a la juventud: según sus nuevos estatutos, el Komsomol -las Juventudes Comunistas- pierde, aun jurídicamente, el derecho de participar en la vida social. La instrucción y la educación son, desde ahora, sus únicas esferas de acción. El secretario general de las Juventudes Comunistas declaró por órdenes de sus superiores: "Debemos (...) dejar de charlar sobre el plan industrial y financiero, la base del precio de costo, el equilibrio de las cuentas y todas las demás tareas del Gobierno. ¡Cómo si nosotros las decidiéramos!" El país entero podría repetir estas últimas palabras: "¡Cómo si nosotros las decidiéramos!". La orden arrogante de "dejar de charlar", que no suscitó en un congreso archisometido ningún entusiasmo, parece tanto más asombrosa cuanto que la ley soviética señala la mayoría política a los 18 años, concediendo a partir de esa edad el derecho de voto a los jóvenes de uno u otro sexo, y, aun cuando el límite de edad de los jóvenes comunistas era, según los antiguos estatutos, de 23 años, la tercera parte de los miembros de la organización eran mayores. El congreso llevó a cabo, simultáneamente, dos reformas: legalizó la participación de los adultos en las juventudes, aumentando así el número de electores de las Juventudes Comunistas; y privó a la organización del derecho de inmiscuirse, no ,solamente en la política general (cosa de la que no podría hablarse) sino, además, en los problemas corrientes de la economía. El aumento del límite de edad está dictado por la dificultad de pasar automáticamente del Komsomol al partido. La supresión de los últimos derechos políticos, y aun de su simple apariencia, se debe a la voluntad de supeditar, completa y definitivamente, las Juventudes Comunistas al partido depurado. Las dos medidas, aparentemente contradictorias, tienen la misma causa, y ésta es el miedo que la joven generación inspira a la burocracia.

Los oradores en el congreso, cumpliendo, según sus propias confesiones, misiones que les había confiado Stalin -estas advertencias tendían a evitar toda discusión-, explicaron el fin de la reforma con una franqueza más bien asombrosa: "No tenemos necesidad de un segundo partido". Esto era reconocer que, según la opinión de los dirigentes, si no se le mataba definitivamente, el Komsomol amenazaba con convertirse en un segundo partido. Y, como para determinar las posibles tendencias de este virtual partido, el orador añadió esta advertencia: "En su tiempo, Trotsky trató de inculcar a la juventud, con la que flirteaba por demagogia, la idea antileninista y antibolchevique de un segundo partido", etc. La alusión del orador encierra un anacronismo: en realidad, Trotsky se limitó en cierta época a advertir que la burocratización ulterior del régimen provocaría inevitablemente la ruptura con los jóvenes, y amenazaría con hacer nacer un segundo partido. Poco importa; los acontecimientos, al confirmar esa advertencia, han constituido un programa. El partido degenerado sólo conserva su poder de atracción para los arribistas. Los jóvenes y las jóvenes honrados y capaces de pensar, deben estar desalentados por el servilismo bizantino, la falsa retórica que cubre los privilegios y la arbitrariedad, la habladuría de los mediocres burócratas acostumbrados a alabarse unos a otros, y por todos esos mariscales que si no han bajado las estrellas del cielo se las han colgado todas en el traje. No se trata, pues, de la amenaza de un segundo partido, única fuerza susceptible de continuar la Revolución de Octubre. La modificación de los estatutos de las Juventudes Comunistas, aunque fuese reforzada por nuevas medidas policíacas, no impedirá, claro está, que la juventud adquiera fuerza viril para oponerse a la burocracia.

¿De qué lado se orientará la juventud en caso de grandes convulsiones políticas? ¿Bajo qué banderas se reunirá? Seguramente, nadie puede en estos momentos responder a esas preguntas, y la juventud misma, menos que nadie. Tendencias contradictorias solicitan su conciencia. Al final, serán los acontecimientos históricos de una importancia mundial los que determinen a las masas a pronunciarse: guerra, nuevos éxitos del fascismo o, a la inversa, victoria de la revolución proletaria en Occidente. En todo caso, la burocracia se convencerá de que esta juventud sin derechos constituye en la historia un factor explosivo de primer orden.

En 1894, la autocracia rusa, por boca del joven zar Nicolás II, respondía a los miembros de los zemstvos que expresaban tímidamente el deseo de ser admitidos en la vida política: "¡Sueños insensatos!". Palabras memorables. En 1936, la burocracia responde a las aspiraciones aún confusas de la joven generación soviética con la orden brutal de "cesar las charlas". Estas palabras también entrarán en la historia. El régimen estalinista no las pagará menos caras que el régimen a cuya cabeza se hallaba Nicolás II.

NACIÓN Y CULTURA

La política nacional del bolchevismo, al asegurar la victoria de la Revolución de Octubre, ayudó a la URSS a sostenerse, a pesar de las fuerzas centrífugas del interior y de la hostilidad de los países vecinos. La degeneración burocrática ha atacado rudamente esta política. Justamente sobre la cuestión nacional, Lenin se preparaba a librar un primer combate contra Stalin en el XII Congreso del partido, en la primavera de 1923. Pero tuvo que abandonar el trabajo antes de que el congreso se reuniera. Los documentos que redactara entonces, están aún bajo las llaves de la censura.

Las necesidades culturales de las naciones despertadas por la revolución exigen la más amplia autonomía. Pero la economía sólo puede desarrollarse satisfactoriamente si todas las partes de la Unión se someten a un plan centralizado de conjunto. La economía y la cultura no están separadas por murallas; sucede, pues, que las tendencias a la autonomía cultural y a la centralización económica se ponen en conflicto. Sin embargo, no hay entre ellas antagonismo irreductible. Si para resolver este conflicto no tenemos ni podemos tener una fórmula ya hecha, la voluntad de las masas interesadas existe y sólo su participación efectiva en la decisión cotidiana de su propio destino puede, en cada etapa dada, trazar el límite entre las reivindicaciones legítimas de la centralización económica y las exigencias vitales de las culturas nacionales. Toda la desgracia viene de que la voluntad de la población de la URSS, encarnada por sus diversos elementos nacionales, está falsificada completamente por la burocracia, que sólo considera la economía y la cultura bajo el ángulo de los intereses específicos de la capa dirigente y de sus facilidades de gobierno.

Es cierto que la burocracia continúa cumpliendo en estos dos dominios cierto trabajo progresista, aunque con enormes gastos generales. Esto se relaciona, sobre todo, con las nacionalidades atrasadas de la URSS, que deben pasar necesariamente por un periodo más o menos largo de empréstitos, de imitaciones y de asimilación. La burocracia les construye un puente hacia los beneficios elementales de la cultura burguesa y, particularmente, preburguesa. Con respecto a varias regiones y nacionalidades, el régimen realiza, en amplia medida, la obra histórica que Pedro I y sus compañeros realizaron en la vieja Moscovia; pero a más vasta escala y con un ritmo más rápido.

En estos momentos en la URSS se imparte la enseñanza en ochenta idiomas, al menos. Se ha necesitado, para la mayor parte de ellos, crear alfabetos o reemplazar los alfabetos asiáticos, demasiado aristócratas, por alfabetos latinos más al alcance de las masas. Aparecen periódicos en otras tantas lenguas, que hacen conocer a los pastores nómadas y a los cultivadores primitivos los elementos de la cultura. Las lejanas regiones del Imperio, antiguamente abandonadas, ven surgir industrias; el tractor destruye las viejas costumbres que aún tienen algo del clan. Al mismo tiempo que la escritura, aparecen la medicina y la agronomía. No es fácil apreciar esta construcción de nuevas capas de la humanidad. Marx no se equivocaba al decir que la revolución es la locomotora de la historia.

Pero las locomotoras más poderosas no hacen milagros: no cambian las leyes del espacio, no hacen más que acelerar el movimiento. La necesidad de dar a conocer a decenas de millones de hombres el alfabeto, el periódico, las reglas mal simples de la higiene, muestra qué camino hay que recorrer antes de que pueda plantearse, en realidad, el problema de una nueva cultura socialista. Por ejemplo, la prensa publica que los piratas de Siberia Occidental, que hasta entonces no sabían lavarse, tienen en la actualidad, "en muchas aldeas, baños a los que se acude de treinta kilómetros a la redonda". Este ejemplo, tomado de lo más bajo de la cultura, solamente hace resaltar el nivel de muchas otras conquistas, y no sólo en las regiones atrasadas y lejanas. Cuando el jefe del Gobierno, para mostrar el aumento de la cultura, dice que la demanda de "camas de hierro, de relojes, de ropa tejida, de sueters, de bicicletas, aumenta en los koljoses", esto significa solamente que los campesinos acomodados comienzan a servirse de los productos de la industria, que desde hace mucho tiempo conocen los campesinos de Occidente. La prensa repite de día en día sus prédicas sobre "el comercio socialista civilizado". Se trata, en realidad, de dar un nuevo aspecto limpio y atractivo a los almacenes del Estado, de equiparlos, de no dejar pudrir las manzanas; de vender, al mismo tiempo que las medias, el hilo para zurcir y, en fin, de acostumbrar a los vendedores a tratar a los clientes con atención y cortesía; en una palabra: de alcanzar el nivel acostumbrado del comercio capitalista. Y aún se está muy lejos de alcanzar este fin, en el que no hay, por lo demás, un grano de socialismo.

Si nos alejamos, por un momento, de las leyes y de las instituciones, para considerar la vida cotidiana de la gran masa de la población, sin embriagarnos de ilusiones, estamos obligados a concluir que la herencia de la Rusia absolutista y capitalista es aún inmensamente superior, en las costumbres, que los gérmenes del socialismo. La misma población lo dice con fuerza convincente con su avidez de apoderarse, a la mínima mejoría, de los modelos hechos en Occidente. Los jóvenes empleados soviéticos, y con frecuencia los obreros jóvenes, tratan de imitar las maneras y el traje de los ingenieros y de los técnicos americanos que encuentran en la fábrica. Las empleadas y las obreras devoran con los ojos a la turista extranjera, para vestirse como ella, e imitar sus modales. La afortunada que lo logra se transforma, a su vez, en objeto de imitación. En lugar de los bigudíes de antaño, las mejor pagadas se hacen la permanente. La joven aprende gustosa los "bailes modernos". En cierto sentido, éstos son progresos. Pero por el momento, no expresan la superioridad del socialismo sobre el capitalismo, sino el predominio de la cultura burguesa sobre la cultura patriarcal, de la ciudad sobre el campo, del centro sobre la provincia, del Occidente sobre el Oriente.

Los medios soviéticos privilegiados imitan a las esferas superiores del capitalismo, y los diplomáticos, los directores de trust, los ingenieros que van frecuentemente a Europa o a América, son los árbitros en la materia. La sátira soviética no dice una palabra de ello, pues le está rigurosamente prohibido tocar a los "diez mil" dirigentes. Sin embargo, no es posible abstenerse de señalar con alguna amargura que los altos emisarios soviéticos en el extranjero no han sabido manifestar ante la civilización capitalista un estilo propio, ni siquiera una manera de ser personal. Han carecido de la firmeza interior que les hubiese permitido desdeñar las apariencias visibles y guardar sus distancias. Generalmente, emplean su ambición en distinguirse lo menos posible de los snobs burgueses más acabados. En una palabra, la mayor parte de ellos no se sienten representantes de un mundo nuevo, sino advenedizos, y se comportan de acuerdo con esto.

Decir que la URSS persigue, en este momento, la obra cultural que los países avanzados han concluido desde hace mucho tiempo sobre la base del capitalismo, no sería, sin embargo, más que formular una semiverdad. Las nuevas formas sociales no son, de ninguna manera, indiferentes; no se limitan a abrir a un país atrasado la posibilidad de alcanzar el nivel de los países avanzados, sino que le permiten llegar a él mucho más rápidamente de lo que lo hace Occidente. La clave de este enigma se encuentra sin ningún trabajo: los pioneros de la burguesía han tenido que inventar su técnica y aprender a aplicarla a la economía y a la cultura, mientras que la URSS encontró un instrumento ya hecho, moderno, y gracias a la socialización de los medios de producción, no lo aplica parcialmente y poco a poco, sino de un solo golpe y a gran escala.

Los jefes militares del pasado han alabado muchas veces el papel civilizador del ejército, sobre todo en lo que se refiere a los campesinos. Sin extasiarnos sobre la civilización específica extendida por el militarismo burgués, no es posible, sin embargo, que desconozcamos que numerosos hábitos útiles al progreso han sido introducidos en las masas populares por medio del ejército; y no es casualidad que los soldados y los suboficiales se hayan encontrado a la cabeza de las sublevaciones en todos los movimientos revolucionarios y, principalmente, en los movimientos campesinos. El régimen soviético tiene la posibilidad de obrar sobre la vida de las masas populares, no sólo por medio del ejército, sino por todos los órganos del Estado, del partido, de las Juventudes Comunistas y de los sindicatos confundidos con el Estado. La asimilación de los modelos de la técnica, de la higiene, de las artes, de los deportes, en plazos mucho más breves que los que fueron necesarios para su elaboración en su patria de origen, está asegurada por las formas estatales de la propiedad, por la dictadura política, por la dirección planificada.

Si la Revolución de Octubre no hubiese producido más que esta aceleración de la velocidad, eso bastaría para justificarla históricamente, pues el régimen burgués declinante no se había mostrado capaz, en el último cuarto de siglo, de hacer progresar francamente a un sólo país atrasado en ninguna parte del mundo. Pero el proletariado ruso hizo la revolución con fines mucho más avanzados. Cualquiera que sea el yugo político que sufre actualmente, sus mejores elementos no han renunciado al programa comunista ni a las grandes esperanzas que representa. La burocracia se ve obligada a adaptarse al proletariado en la orientación de su política y, mucho más, en la interpretación de ella. Por eso, cada paso hacia adelante en la economía o en las costumbres, independientemente de su explicación histórica verdadera o de su significación real para la vida de las masas, se transforma oficialmente en una conquista inaudita, en una adquisición sin precedentes de la "cultura socialista". Es indudable que poner el cepillo de dientes y el jabón al alcance de millones de hombres que no conocían ayer las más simples exigencias de la limpieza, es una obra civilizadora de las mayores. Pero ni el jabón, ni el cepillo de dientes, ni siquiera los perfumes reclamados por "nuestras mujeres" constituyen la cultura socialista, sobre todo, cuando estos pobres atributos de la civilización sólo son accesibles a un 15% de la población.

La "transformación de los pobres" de la que tan frecuentemente se habla en la prensa soviética, se realiza, en verdad, a toda velocidad. ¿Pero en qué medida es una transformación socialista? El pueblo ruso no ha tenido en el pasado ni reforma religiosa, como los alemanes, ni gran revolución burguesa, como los franceses. En estos dos crisoles, si hacemos a un lado la revolución-reforma de los insulares británicos del siglo XVIII, se ha formado la individualidad burguesa, fase de primera importancia en el desarrollo de la individualidad humana en general. Las revoluciones rusas de 1905 y 1917 indicaban, forzosamente, el despertar de la individualidad en el seno de las masas y su afirmación en un medio primitivo; de esta manera, recogían, en menor escala y precipitadamente, la obra educativa de las reformas y de las revoluciones burguesas de Occidente. Pero mucho antes de aire esta gran obra fuese terminada, al menos en sus grandes líneas, la revolución rusa, nacida en el crepúsculo del capitalismo, fue lanzada por la lucha de clases a los rieles del socialismo. Las contradicciones en el dominio de la cultura, no hacen más que reflejar y desviar las contradicciones sociales y económicas resultantes de este salto. El despertar de la individualidad adquiere necesariamente, desde entonces, un carácter más o menos pequeño burgués, en la economía, en la familia, en la poesía. La burocracia se ha transformado en la encarnación de un individualismo extremo, algunas veces sin freno. Admitiendo y alentando el individualismo económico (trabajo a destajo, parcelas de los cultivadores, primas, condecoraciones), reprime duramente, por otra parte, las manifestaciones progresistas del individualismo en la esfera de la cultura espiritual (opiniones críticas, formación de opiniones personales, dignidad individual).

Mientras el nivel de un grupo nacional es más elevado, mientras más alta es su creación cultural, los problemas de la sociedad y de la personalidad le tocan más profundamente y las tenazas de la burocracia le son más dolorosas, cuando no intolerables.

En realidad, no puede hablarse de la originalidad de las culturas nacionales, cuando una sola batuta de director de orquesta -más exactamente, un solo garrote policíaco- pretende dirigir las funciones intelectuales de todos los pueblos de la Unión. Los periódicos (y los libros) ucranianos, ruso-blancos, georgianos o tártaros, no hacen más que traducir los imperativos burocráticos en esas lenguas. La prensa moscovita publica diariamente la traducción rusa de las odas dedicadas a los jefes por laureados poetas nacionales, miserables versificaciones en realidad, que no difieren unas de otras más que por el grado de servilismo y de insignificancia.

La cultura Gran Rusa, que sufre con ese régimen cuartelario tanto como las otras, vive sobre todo por medio de la vieja generación formada antes de la revolución. La juventud parece estar aplastada bajo una losa. No estamos ante una opresión de una nacionalidad por otra, en el sentido propio de la palabra, sino ante la opresión de todas las culturas nacionales, comenzando por la Citan Rusa, por un aparato policíaco centralizado. Sin embargo, no podemos olvidar el hecho de que el 90% de los periódicos de la URSS aparecen en ruso. Si este porcentaje está en contradicción flagrante con la proporción numérica de los rusos en la población, corresponde, es cierto, a la influencia propia de la civilización rusa y a su papel de intermediario entre los pueblos atrasados y el Occidente. Sin embargo, ¿no hay que ver en la parte exageradamente grande que se atribuye a los rusos en las ediciones (y naturalmente que no sólo allí), un privilegio nacional de hecho, privilegio de gran potencia obtenido en detrimento de otras nacionalidades? Es muy posible. Pero a este problema extremadamente serio no se puede responder categóricamente, pues, más que por la colaboración, la emulación y la fecundación recíproca de las culturas, está solucionado en la vida por el arbitraje sin apelación de la burocracia. Y como el Kremlin es la sede del poder, como la periferia tiene que imitar al centro, la burocracia central toma inevitablemente una actitud rusificadora, mientras que le atribuye a las demás nacionalidades un sólo derecho indiscutible: el de cantar en su propio idioma los elogios del árbitro.

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La doctrina oficial de la cultura cambia con los zigzags económicos y las consideraciones administrativas; pero en todas sus variaciones conserva un carácter absolutamente categórico. Al mismo tiempo que la teoría del socialismo en un solo país, la de la "cultura proletaria", que hasta entonces había permanecido en segundo plano, recibió la investidura oficial. Sus adversarios sostenían que la dictadura del proletariado es rigurosamente transitoria; que, a diferencia de la burguesía, el proletariado no piensa en dominar durante largas épocas históricas, que la labor de la generación actual de la nueva clase dominante es, ante todo, asimilar lo que hay de precioso en la cultura burguesa; que mientras más proletario sea el proletariado, en otras palabras: mientras conserve más las huellas de la servidumbre de la víspera, será menos capaz de elevarse sobre la herencia del pasado; que las posibilidades de una obra creadora nueva no se abrirán, realmente, más que a medida que el proletariado se reabsorba en la sociedad socialista. Todo esto quiere decir que la cultura socialista -y no una cultura proletaria- está llamada a suceder a la cultura burguesa.

Polemizando con los teóricos de un arte proletario, producto de laboratorio, el autor de estas líneas escribía: "La cultura se alimenta con la savia de la economía y se necesitan excedentes materiales para que crezca, se complique y se afine". Ni aun la solución feliz de los problemas económicos elementales "no significaría, en ningún caso, la victoria completa del socialismo, nuevo principio histórico". El progreso del pensamiento científico sobre las bases populares y el desarrollo del nuevo arte, comprobarían que el grano ha germinado y que la planta ha florecido. Desde este punto de vista, "el desarrollo del arte es la prueba más alta de la vitalidad y de la importancia de una época". Este punto de vista admitido ayer, fue declarado repentinamente en un texto oficial "derrotista", y dictado por el "descreimiento" en las fuerzas creadoras del proletariado. El periodo Stalin-Bujarin se abrió: desde hacía largo tiempo, Bujarin era el heraldo de la cultura proletaria: Stalin jamás había pensado en ello. En todo caso, ambos profesaban que el camino hacia el socialismo se haría "a paso de tortuga" y que el proletariado dispondría de decenas de años para formar su cultura propia. En cuanto al carácter de ésta, las ideas de nuestros teóricos eran tan confusas como poco ambiciosas.

Los años tempestuosos del primer plan quinquenal echaron abajo la perspectiva de los pasos de tortuga. Desde 1931, el país, azotado por un hambre cruel, "entró en el socialismo". Antes de que los escritores y los artistas oficialmente protegidos pudieran crear un arte proletario, o, cuando menos, las primeras obras notables de ese arte, el Gobierno hizo saber que el proletariado se había reabsorbido en la sociedad sin clases. Faltaba acomodarse al hecho de que para crear su cultura no había dispuesto de este factor indispensable: el tiempo. Los conceptos de ayer fueron olvidados inmediatamente y la "cultura socialista" se puso a la orden del día. Conocemos ya su contenido.
La creación espiritual necesita libertad. La idea comunista que trata de someter la naturaleza a la técnica, y la técnica a un plan para obligar a la materia a que dé al hombre todo lo que éste necesita, y mucho más, es una idea que se propone un fin más elevado: el de liberar para siempre las facultades creadoras del hombre de todas las trabas, dependencias humillantes o duras obligaciones. Las relaciones personales, la ciencia, el arte, ya no tendrán que sufrir ningún plan impuesto, ninguna sombra de obligación. ¿En qué medida la creación espiritual será individual o colectiva'? Eso dependerá enteramente de los creadores.

Otra cosa es el régimen transitorio. La dictadura expresa la barbarie pasada y no la cultura futura. Impone necesariamente rudas restricciones a todas las actividades, comprendida la actividad espiritual. El programa de la revolución veía en ello, desde el principio, un mal necesario, y se proponía alejar poco a poco, a medida que el nuevo régimen se consolidara, todas las restricciones a la libertad. En cualquier caso, durante los años más caldeados de la guerra civil, los jefes de la revolución comprendían que si el Gobierno podía limitar la libertad creadora, inspirándose en consideraciones políticas, no podía, de ninguna manera, mandar en el dominio científico, literario o artístico. Con sus gustos bastante "conservadores", Lenin daba pruebas de la mayor circunspección en materia de arte, invocando frecuentemente su incompetencia. La protección concedida por el Comisario del Pueblo para la Instrucción Pública, Lunatcharski, a diversas formas de modernismo, inquietaba a Lenin, pero éste se limitaba a formular observaciones irónicas en sus conversaciones privadas, estaba muy lejos de querer instituir en ley sus gustos artísticos y literarios. En 1924, en el umbral de una nueva época, el autor de este libro formulaba en los siguientes términos la actitud del Estado con relación a las tendencias del arte: "Colocando por encima de todo el criterio: a favor o en contra de la revolución, dejarle, en su propio terreno, una libertad completa".

Mientras la dictadura tuvo el apoyo de las masas y la perspectiva de la revolución mundial, no temió las experiencias, la lucha de las escuelas, pues comprendía que una nueva fase de la cultura sólo podía prepararse por ese medio. Todas las fibras del gigante popular vibraban aún; pensaba en voz alta, por primera vez desde hacía mil años. Las mejores fuerzas juveniles del arte estaban tocadas en lo vivo. En estos primeros años ricos de esperanza y de intrepidez, se crearon los modelos más preciosos de la legislación socialista y las mejores obras de la literatura revolucionaria. A la misma época pertenecen las mejores películas soviéticas que, a pesar de la pobreza de los medios técnicos, asombraron al mundo por su frescura y por la intensidad de su realismo.

En la lucha contra la oposición en el seno del partido, las escuelas literarias fueron sofocadas una después de otra. No sólo se trataba de literatura; la devastación se extendió a todos los dominios de la ideología, con tanta mayor energía, en cuanto que era semiinconsciente. Los dirigentes actuales se consideran llamados, a la vez a controlar políticamente la vida espiritual y a dirigir su desarrollo. Su mando sin apelación se ejerce igualmente en los campos de concentración, en la agricultura y en la música. El órgano central del partido publica artículos anónimos muy semejantes a órdenes militares, reglamentando la arquitectura, la literatura, el arte dramático, el ballet, eso sin hablar de la filosofía, de las ciencias naturales y de la historia.

La burocracia siente un temor supersticioso por todo lo que no la sirve y por todo lo que no comprende. Cuando exige una relación entre las ciencias naturales y la producción, tiene razón; pero cuando ordena a los investigadores que sólo se asignen fines inmediatos, amenaza con cegar las fuentes más preciosas de la creación, incluyendo las de los descubrimientos prácticos, que frecuentemente se realizan por vías imprevistas. Instruidos por una dura experiencia, los naturalistas, los matemáticos, los filólogos, los teóricos del arte militar, evitan las grandes generalizaciones por temor a que un "profesor rojo", que casi siempre es un arribista ignorante, les lance pesadamente una cita de Lenin o de Stalin. Defender en semejante caso su pensamiento y su dignidad científica es, con toda seguridad, atraerse los rigores de la represión.

Las ciencias sociales son las más maltratadas. Los economistas, los historiadores, los propios estadísticos, sin hablar de los periodistas, se preocupan, sobre todo, de no ponerse, aunque sea indirectamente, en contradicción con el zigzag actual de la política oficial. No se puede hablar de la economía soviética, de la política interior y exterior, más que cubriéndose los flancos y la retaguardia con vulgaridades tomadas de los discursos del jefe, y dándose como fin el de demostrar que todo sucede como si se hubiera previsto de la mejor manera posible. El conformismo ha liberado el cien por cien de los fastidios terrenales, pero lleva en sí mismo su propio castigo: la esterilidad.

Aunque el marxismo sea formalmente la doctrina oficial de la URSS, durante los últimos doce años no se han publicado una sola obra marxista -sobre economía, sociología, historia, filosofía- que merezca la atención o la traducción. La producción marxista no sale de los límites de la compilación escolástica, que no hace más que tomar de nuevo las viejas ideas aprobadas y servir las mismas citas, según las necesidades del momento. Tirados por millones de ejemplares, los libros y los folletos que nadie necesita, fabricados con embustes, adulaciones y otros ingredientes viscosos, se distribuyen en todos los rincones del Estado. Los marxistas que podrían decir algo útil o personal, están encarcelados u obligados a callar. ¡Mientras que la evolución de las formas sociales plantea a cada instante problemas grandiosos!

La honradez, sin la cual no puede haber trabajo teórico, se ha arrojado por los suelos. Las notas explicativas, añadidas a los escritos de Lenin, los transforman de pies a cabeza en cada edición para servir los intereses personales del estado mayor gubernamental, magnificando a los "jefes", vilipendiando a sus adversarios, borrando ciertas huellas... Los manuales de historia del partido y de la revolución, sufren el mismo tratamiento. Los hechos se deforman, los documentos se ocultan o, por el contrario, se inventan; las reputaciones se fabrican o se destruyen. La simple comparación de las sucesivas ediciones de un mismo libro en doce años, permite darse cuenta de la degeneración del pensamiento y de la conciencia de los dirigentes.

El régimen totalitario no es menos funesto para la literatura. La lucha de las tendencias y de las escuelas ha dejado su lugar a la interpretación de la voluntad de los jefes. Todos los grupos pertenecen obligatoriamente a una organización única, especie de campo de concentración de las letras. Escritores mediocres pero "bien dóciles", como Gladkov y Serafimovich, son proclamados como clásicos. Los escritores dotados que no saben hacerse la violencia necesaria, son perseguidos por mentores sin escrúpulos armados de citas. Se suicidan grandes artistas; otros buscan el material de su trabajo en un pasado lejano o callan. Los libros honrados y con talento sólo aparecen por azar, como si escaparan de ser ahogados: son una especie de contrabando.

La vida del arte soviético es un martirologio. Después del artículoconsigna de Pravda en contra del formalismo, aparece entre los escritores, los pintores, los directores teatrales, y aun los cantantes de ópera, una epidemia de arrepentimiento. Todos desautorizan sus pecados de ayer, absteniéndose, por lo demás -por prudencia- de precisar lo que es el formalismo. Las autoridades tuvieron que detener, por medio de una nueva directiva, esta corriente demasiado numerosa de abjuraciones. Los juicios literarios se revisan en unas cuantas semanas, los manuales son corregidos; las calles cambian de nombre y se levantan monumentos porque Stalin ha hecho una observación elogiosa sobre Maiakovski. La impresión que una ópera produce a los altos signatarios se transforma en una directiva para los compositores. El secretario de las Juventudes Comunistas dijo en una conferencia de escritores que "las indicaciones del camarada Stalin hacen la ley para todos", y fue aplaudido aunque algunos tuvieran la cara roja de vergüenza. Y como si se tratara de infligir un ultraje supremo a la literatura, Stalin, que es incapaz de construir correctamente una frase en ruso, es declarado como uno de los clásicos del estilo. Este bizantinismo v este reino de la policía tiene algo profundamente trágico, a pesar de sus aspectos bufonescos.

La fórmula oficial enuncia que la cultura debe ser socialista por su contenido y nacional por su forma. Sin embargo, el contenido de la cultura socialista sólo puede ser objeto de hipótesis más o menos afortunadas. A nadie está dado alcanzar esta cultura sobre una base económica insuficiente. El arte es mucho menos capaz que la ciencia de anticiparse al porvenir. Sea como sea, recetas tales como: "representar la edificación futura", "mostrar la vía del socialismo", "transformar al hombre", no proporcionan a la Imaginación un apoyo sensiblemente mayor que una lista de precios de sierras o que la guía de ferrocarriles.

La forma popular del arte está identificada con la ejecución de obras al alcance de todo el mundo. "Lo que no es útil al pueblo -declara Pravda- no puede tener valor estético". Esta vieja idea de narodniki que aparta la educación artística de las masas, adquiere un carácter tanto más reaccionario, cuando que la burocracia se reserva el derecho de decidir cuál es el arte del que no tiene necesidad el pueblo; publica libros a su antojo y establece su venta obligatoria sin dejar al lector la menor elección. Para ella, todo se reduce al fin y al cabo a que el arte se inspire en sus intereses y encuentre motivos para hacerla atrayente a las masas populares.

¡En vano! Ninguna literatura resolverá ese problema. Los mismos dirigentes se ven obligados a reconocer que "ni el primer plan quinquenal, ni el segundo, han suscitado una corriente de creación literaria más potente que la que nació de la Revolución de Octubre". El eufemismo es de gran suavidad. En realidad, a pesar de algunas excepciones, la época termidoriana entrará en la historia como la de los mediocres, de los laureados y de los astutos.



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