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VII. La familia y las ceremonias

 

La ceremonia religiosa esclaviza a todos los trabajadores, incluso al de poca o ninguna creencia religiosa, en los tres grandes momentos de la vida del hombre: nacimiento, enlace y muerte.

El Estado socialista ha rechazado la ceremonia religiosa y ha informado a sus ciudadanos que tenían el derecho de nacer, casarse y morir sin los misteriosos gestos y exhortaciones de individuos cubiertos con togas, sotanas y demás vestiduras eclesiásticas. Pero la costumbre halla más difícil que el Estado suprimir las ceremonias.

La vida de la familia trabajadora es demasiado monótona, y es precisamente la monotonía la que desgasta el sistema nervioso. De aquí se deriva el gusto por el alcohol, una pequeña botella que encierra en sí todo un mundo de imágenes. De ahí la necesidad de la iglesia y sus rituales.

¿Cómo se ha de celebrar el nacimiento de un niño en la familia? ¿Cómo se ha de pagar el tributo de afecto al querido difunto?

Es a esta necesidad de embellecer y celebrar los acontecimientos claves de la vida que responden los rituales de la iglesia.

¿Cómo podemos combatirlos? La superstición, que yace en la raíz de todo ritual, debe, por supuesto, ser atacada por medio de una crítica racional y una actitud realista y atea frente a la naturaleza y sus fuerzas. Pero la cuestión de una propaganda científica y crítica no agota el problema; en primer lugar porque apela sólo a una minoría, cuando en realidad incluso esa minoría siente la necesidad de enriquecer, mejorar y ennoblecer su vida, lo que en última instancia resulta ser lo más importante.

El Estado de los trabajadores tiene ya sus festivales, desfiles, revistas de tropas y todo tipo de espectáculos simbólicos; las nuevas ceremonias teatrales del Estado. Es verdad que en lo fundamental están demasiado conectadas con las viejas formas a las cuales imitan y perpetúan. Pero en líneas generales el simbolismo revolucionario es novedoso, distinto y de gran peso: la bandera roja, la estrella roja, el trabajador, el campesino, la Internacional. Pero en el cerrado recinto de la vida familiar lo nuevo no ha penetrado o al menos lo ha hecho apenas, en tanto que la vida del individuo se halla estrechamente ligada a la familia. Esto explica por qué en materia de imágenes, bautismos, funerales religiosos, la balanza está del lado de la costumbre. Los miembros más revolucionarios de la familia nada tienen que ofrecer en su reemplazo. Los argumentos teóricos sólo funcionan a nivel del pensamiento. Las ceremonias espectaculares, en cambio, actúan sobre los sentidos y la imaginación.

Y por lo tanto, la influencia de estas últimas es mucho más amplia. De ahí que en los círculos más comunistas haya surgido la necesidad de reemplazar las viejas prácticas por nuevas formas, nuevos símbolos, no sólo en el dominio de la vida cívica donde esto ha sido ampliamente realizado, sino también en lo referente a la familia.

Entre los trabajadores existe la tendencia a celebrar el cumpleaños en lugar del día del santo, y dar a los recién nacidos nombres que simbolizan ideas o acontecimientos nuevos y familiares, antes que el nombre de un santo. En los debates de los propagandistas de Moscú fue donde por primera vez me enteré que el nombre de mujer Octobrina estaba de algún modo asociado al derecho de ciudadanía.

Existe un nombre Ninel (Lenin deletreado al revés) y Rem (revolución, electrificación, mir [paz]). También se ha dado a los niños el nombre cristiano de Vladímir, Ilich y aun Lenin, así como el de Rosa (en honor de Rosa Luxemburgo) y muchos otros por el estilo, lo que hace manifiesto el deseo de enlazar todo con la revolución.

Hubo casos en el Favzaskom en que el nacimiento de un niño fue celebrado con una ficticia ceremonia de “inspección” y un especial decreto protocolar en que se añadía el nombre del niño a la lista de los ciudadanos de la RSFR [República Socialista Federativa Rusa]. La ceremonia fue seguida de un banquete. En una familia de trabajadores el aprendizaje de un muchacho es celebrado asimismo como si se tratase de una fiesta. En tanto está orientado a la elección de un oficio, y en última instancia 60 de un género de vida, es un hecho de real importancia. Se trata de una gran oportunidad para la intervención de los gremios.

En general, éstos deben desempeñar un papel más importante en la creación de las nuevas formas de vida. Las corporaciones de la Edad Media debieron su poder e influencia al hecho de que abarcaban la vida del aprendiz en todos sus aspectos.

Saludaban al niño el día de su nacimiento, lo conducían hasta la puerta de la escuela y a la iglesia cuando se casaba, y lo enterraban cuando había cumplido con los deberes de su profesión.

Las corporaciones no eran simplemente confederaciones de gremios; eran la vida organizada de la comunidad. Actualmente nuestras uniones industriales evolucionan siguiendo los mismos rumbos, pero con la diferencia, por cierto, de que, en oposición a las del medievo, las nuevas formas de vida llegarán a independizarse de la iglesia y sus supersticiones, y estarán imbuidas del firme propósito de aprovechar cada conquista de la ciencia y la mecánica para hacer la vida más bella y próspera.

Si se quiere, el matrimonio puede más fácilmente prescindir de la ceremonia. Sin embargo, aun en lo que a éste concierne, ¿cuántos “malos entendidos” y exclusiones del partido se han producido debido a los casamientos por la iglesia? La costumbre se resiste a aceptar el nuevo matrimonio, no santificado por una ceremonia espectacular.

En cuanto a las exequias, es una cuestión mucho más delicada y difícil de resolver. Ser enterrado sin los debidos funerales es tan inusual, deshonroso y monstruoso como crecer sin haber sido bautizado. Allí donde la personalidad del difunto exige un funeral de carácter político, se ha dispuesto el escenario para un nuevo tipo de ceremonia fastuosa, infundida del simbolismo de la revolución: el rojo estandarte, la marcha fúnebre revolucionaria, las salvas de despedida. Algunos de los miembros de la conferencia de Moscú señalaron la necesidad de una rápida adopción de la cremación y propusieron, para sentar un antecedente, la cremación de los restos de prominentes revolucionarios. Con razón vieron en ello un arma poderosa para ser usada en la propaganda antieclesiástica y antirreligiosa. Pero la cremación, que nosotros hemos adoptado hace tiempo, no significa el abandono de los mítines, oraciones fúnebres, marchas, salvas de honor. La necesidad de una manifestación exterior de las emociones es fuerte y legítima. Si lo espectacular ha estado en el pasado estrechamente vinculado con la Iglesia, no hay motivo alguno, como ya lo hemos expresado, por el cual, ahora, no pueda ser separado.

El teatro se separó de la iglesia mucho más pronto que la Iglesia del Estado. En los primeros tiempos la Iglesia luchó intensamente contra el teatro “profano” plenamente consciente de que constituía un rival peligroso en materia de espectáculos. El teatro murió salvo en su calidad de exhibición en un recinto cerrado. Pero los usos y costumbres que utilizaban las formas de espectáculo funcionaron como instrumentos para la preservación de la Iglesia. A este respecto la Iglesia tenía otros rivales que se presentaban bajo la forma de sociedades secretas tales como la de los francmasones.

Pero ellos fueron atravesados, penetrados de lado a lado, de uno a otro extremo, por una clerecía profana. La creación de un “ceremonial” revolucionario de uso (usamos el término “ceremonial” a falta de otro mejor) que suplante el “ceremonial” eclesiástico es posible, no sólo en ocasión de los acontecimientos públicos o políticos, sino también de los hechos de la vida familiar. Ya, ahora, una banda cualquiera que toque una marcha fúnebre compite exitosamente con la música fúnebre eclesiástica. Y nosotros debemos, por supuesto, unirnos a la banda en su lucha contra el ritual religioso basado en una sumisa creencia en otro mundo donde seríamos recompensados mil veces por las miserias e infortunios de éste. Un aliado mucho más poderoso aún es el cinematógrafo.

La creación de nuevas formas de vida y ceremoniales de uso avanzará más aprisa a medida que se extienda la educación y crezca la seguridad económica. Tenemos muchos motivos para atender a este proceso con el máximo cuidado. Por supuesto, no debe existir ningún tipo de compulsiones que venga de arriba, sea, por ejemplo, la burocratización de los nuevos modos de vida. Sólo mediante la creatividad de las grandes masas del pueblo, asistidas por la iniciativa artística y la imaginación creadora, podremos, en el curso de años y tal vez de décadas, descubrirnos en camino para el logro de formas de vida más nobles y elevadas. Sin llegar a regular este proceso creativo, nosotros debemos, sin embargo, impulsarlo cada día. Con este propósito, es preciso ante todo que la tendencia a la oscuridad y al ofuscamiento dé lugar a la luz.

Debemos observar atentamente lo que ocurre a este respecto en la familia obrera y en la familia soviética en general. Cada forma nueva, aun cuando resulte malograda o sea una mera aproximación, debe ser consignada por la prensa y llevada a conocimiento público, con el fin de estimular la imaginación y el interés de todos, y dar el impulso necesario para próximas creaciones colectivas en lo referente a las nuevas costumbres.

El komsomol tiene un puesto de honor en esta tarea. No toda invención es exitosa, no todo proyecto es viable. ¿Qué importa?

La elección adecuada llegará en el momento oportuno.

La nueva vida adoptará las formas más acomodadas a su propio sentir. El resultado será una vida más rica, más amplia, más llena de color y armonía. Ésta es la esencia del problema.



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