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VIII. El respeto y la cortesía como condiciones necesarias para unas relaciones armoniosas

 

Durante las muchas discusiones sobre el funcionamiento de nuestro Estado, el camarada Kiselev, presidente del Sovnarkom, pone en primer lugar, o al menos vuelve a traer a colación, un aspecto del problema que es de gran importancia. ¿En qué sentido la maquinaria del Estado entra en contacto directo con el pueblo? ¿Cómo se conduce con él? ¿Cómo trata al demandante, a la persona que ha sufrido una injusticia, al viejo “peticionante”? ¿Cómo atiende al individuo? ¿Cómo se dirige a él, si es que en realidad se dirige?... Esto también constituye un factor importante del “modo de vida”.

En este tema, sin embargo, debemos separar dos aspectos: forma y sustancia.

En todos los países democráticos civilizados la burocracia “sirve”, por supuesto, al pueblo. Esto no impide, sin embargo, que se eleve por encima de éste como si se tratara de una compacta casta profesional. Actualmente, ya sea en Francia, Suiza o EEUU, sólo es útil a los magnates capitalistas; más aún, se comporta servilmente con ellos, mientras que trata arrogantemente a los trabajadores y campesinos. Pero en las “democracias” civilizadas este hecho está revestido de ciertas formas de educación y cortesía, en mayor o menor grado según los diferentes países.

Cada vez que lo consideran necesario (y eso sucede con gran frecuencia), el puño de la policía resquebraja sin dificultad esa pantalla de educación. Los huelguistas son apaleados en las comisarías de policía de París, Nueva York y el resto de las grandes ciudades del mundo. Como quiera que sea, la educación “democrática” es, en lo esencial, un producto y herencia de las revoluciones burguesas. La explotación del hombre por el hombre conserva su vigencia, ahora menos “brutal” y adornada con el pretexto de la igualdad y la urbanidad de las costumbres. En tanto nuestra máquina burocrática soviética contiene, junto con los gérmenes de las nuevas relaciones humanas, tradiciones provenientes de distintas épocas, constituye una realidad única y compleja. Entre nosotros, como regla general la cortesía no existe. En cambio, es fácil observar gran cantidad de esa grosería heredada del pasado. Pero ella no es nada homogénea. Se trata de la simple grosería de origen campesino que, por cierto, no es plausible pero tampoco degradante.

Sólo se vuelve insoportable y objetivamente reaccionaria cuando nuestros jóvenes novelistas la exaltan como si se tratara de una excelente adquisición “artística”. Los elementos más adelantados de los trabajadores miran esa falsa sencillez con una hostilidad instintiva, porque precisamente en el lenguaje o el comportamiento vulgar perciben las huellas de la vieja esclavitud, mientras que ellos con su disciplina interna aspiran a adquirir un lenguaje culto. Pero esto sea dicho de paso.

Al lado de este tipo de grosería apacible, la habitual grosería pasiva del campesino, tenemos otra de tipo especial: la grosería “revolucionaria”, la torpeza de los líderes, debido a la impaciencia, a un deseo por demás exacerbado por mejorar las cosas, a la irritación que en ellos suscita nuestra oblomovería[1] ante todas las pruebas de un esfuerzo vigoroso. Por supuesto, considerada en sí misma, esta torpeza tampoco es muy atractiva y en general evitamos caer en ella; pero finalmente se sustenta en la misma fuente de la moral revolucionaria, la cual en más de una ocasión durante los últimos años ha sido capaz de mover montañas.

En este caso, no es la sustancia, que en general es creadora, progresista y bien intencionada, lo que debe trasformarse sino más bien las formas distorsionadas.

Y todavía tenemos —y he aquí la gran piedra del escándalo — la torpeza de la vieja aristocracia que arrastra consigo las formas características del feudalismo. Este tipo de torpeza es viciosa y vil en todos sus aspectos. Entre nosotros aún no se ha erradicado por completo, y lograrlo no es nada fácil. En los distritos de Moscú, especialmente en los más importantes, esta brutalidad aristocrática no se manifiesta de un modo agresivo, gritando, por ejemplo, o sacudiéndole un puñetazo en la nariz a algún peticionante; es mucho más corriente que lo haga a través de una despiadada formalidad. Por supuesto, esta última no es la única causa de la “burocracia”, un motivo de gran peso es la total indiferencia por la vida del ser humano y su empeñoso esfuerzo por la subsistencia. Si pudiéramos realizar una apreciación sensible de los modos, réplicas, explicaciones, ordenanzas y decretos de todas las células del organismo burocrático, aún cuando se trate tan sólo de un día ordinario de Moscú, el resultado sería una total confusión. En cuanto a la provincia, es todavía peor, especialmente a lo largo de la frontera donde linda la ciudad con el campo, la frontera que es la parte más vital de todas.

El burocratismo es un fenómeno muy complejo, y de ningún modo homogéneo; se trata, por el contrario, de un conglomerado de fenómenos y procesos de distintos orígenes históricos. Los principios que sustentan y nutren el burocratismo son también sumamente diversos. El más importante es el nivel de nuestra cultura; el atraso y el analfabetismo de una vasta proporción del pueblo. La confusión general resultante de una maquinaria estatal en constante proceso de reconstrucción, inevitable en un período de revolución, es en sí misma la causa de la mayor parte de las fricciones superfluas que desempeñan un papel importante en la conformación de la “burocracia”. La causa de lo más repulsivo de sus formas es la heterogeneidad de clases de la máquina soviética; la confusa mezcla de tradiciones aristocráticas, burguesas y soviéticas.

Por lo tanto la lucha contra el burocratismo no puede dejar de tener un carácter diversificado. En su base se halla la lucha contra el bajo nivel de cultura e higiene, contra el analfabetismo y la miseria. El mejoramiento técnico de la maquinaria, la reducción del número de funcionarios, la introducción de una mayor organización, minuciosidad y exactitud en el trabajo y otras medidas de naturaleza semejante, no agotan por supuesto el problema histórico, pero ayudan a debilitar los aspectos más negativos de la “burocracia”. Se le ha dado gran importancia a la formación de un nuevo tipo de burócrata soviético: los nuevos especialistas. Pero tampoco en esto debemos engañarnos.

Son enormes las dificultades que se presentan para que, en un período de transición y por intermedio de preceptores heredados del pasado, decenas de miles de trabajadores sean formados conforme a los nuevos cánones; espíritu de colaboración, sencillez y humanidad. Son enormes, pero no insuperables.

No puede lograrse inmediatamente, sino de modo gradual, por la aparición de una “edición” más y más mejorada de la juventud soviética.

Todas estas medidas, que se contemplan a mayor o menor plazo, no excluyen sin embargo, en ningún caso, una lucha inmediata, cotidiana, implacable contra esa insolencia burocrática, contra ese desdén administrativo hacia el individuo y su problema, contra ese nihilismo de oficinista que puede ocultar una indiferencia hacia todo, o bien una cobardía importante para reconocer su incapacidad, o un deseo de sabotaje consciente o, incluso, el odio orgánico de una clase degradada hacia aquellos que la han degradado. Aquí se encuentra uno de los puntos fundamentales de la palanca revolucionaria.

Es preciso que el hombre simple, el humilde trabajador, deje de temer a las instituciones administrativas a las que acude en petición de ayuda. Es preciso que se le acoja mostrándole mayor atención cuanto más indefenso sea, es decir, más oscuro, más ignorante. Y en el fondo debe llevarse a cabo un intento real por ayudarle, no por desembarazarse cuanto antes de él. Para ello, y aparte de las otras medidas, la opinión pública debe estar constantemente informada del problema, tomar parte en el asunto con la mayor intensidad posible y, en particular, es preciso que este problema interese a todos los elementos realmente soviéticos, revolucionarios, comunistas y a todos aquellos que, simplemente, sean conscientes del aparato del Estado en sí; afortunadamente, estos elementos son muy numerosos: sobre ellos reposa el aparato del Estado, y gracias a ellos progresa.

La prensa puede cumplir un papel decisivo al respecto.

Desafortunadamente, nuestros periódicos, en general, proporcionan muy poco material informativo con respecto a la vida cotidiana. Si a veces se brinda tal información, lo más frecuente es que se haga a través de artículos estereotipados, tales como:

“Existe una fábrica tal y tal. En la fábrica hay un comité y un director. El comité de la fábrica hace tal y tal cosa, el director dirige”. Mientras en ese mismo momento nuestra vida real está llena de color y es rica en episodios instructivos, particularmente a lo largo de la línea donde la maquinaria estatal entra en contacto con la masa del pueblo. No tenéis más que arremangaros...

Por supuesto, una tarea de iluminación e instrucción de este tipo debe cuidarse mucho de la intriga, debe despojarse de la hipocresía y de toda forma de demagogia. Pero dicha tarea, correctamente desarrollada, es necesaria y vital, y me parece que los responsables de los periódicos deben encarar el modo de realizarla. Para ello nos son necesarios periodistas que sumen el ingenio del reportero norteamericano a la honestidad soviética. Ese elemento existe, y el camarada Sovnovski nos ayudará a movilizarlo. Y en su mandato (sin temer por ello parecerse a Kuzma Prutkov) es preciso inscribir: ¡id hasta el fondo de las cosas!

Un “programa calendario” ejemplar tendrá por fin detectar, en el curso de los próximos seis meses, a un centenar de servidores civiles que hayan demostrado un profundo menosprecio de sus deberes para con las masas trabajadoras, y públicamente, quizá a través de un juicio, arrojarlos de la máquina del Estado, de modo que nunca puedan volver a instalarse en ella.

Será un buen comienzo. No debe esperarse que como resultado de ello ocurran milagros. Pero un pequeño cambio de lo viejo a lo nuevo constituye un útil paso adelante: de mucho más valor que el más grande de los discursos.



 

[1] En ruso, oblomovschina: neologismo formado a partir del nombre del personaje principal de la novela de Goncharov, Oblómov, prototipo del perezoso consciente de serlo, pero incapaz de superarse.



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